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Principios y práctica

In document El ABC del comunismo libertario (página 141-144)

El objetivo principal de la revolución social debe ser la mejora inmediata de las condiciones en que viven las masas. El éxito de la revolución depende fundamentalmente de ello. Esto sólo se puede conseguir organizando la producción y el consumo para que redunden en benefi cio popular. En esto descansa la máxima –de hecho la única– seguridad de la revolución social. No fue el ejército rojo el que venció a la contrarrevolución rusa, sino los campesinos aferrándose como a su vida a las tierras de las que se habían apoderado durante la sublevación.

La revolución debe traer benefi cios materiales para las masas si se quiere sobrevivir y prosperar. A la larga, el pueblo debe estar seguro de que sus esfuerzos son de provecho, o en último extremo, concebir la esperanza de que serán de provecho en un futuro próximo. La revolución está condenada al fracaso si para su existencia y defensa confía en medios mecánicos, tales como la guerra y los ejércitos. La salvaguardia real de la revolución es orgánica, o sea, que descansa en la industria y en la producción.

El objeto de la revolución es asegurar mayor libertad e incre- mentar la prosperidad material del pueblo. El fi n de la revolución social es, en particular, permitir a las masas que por sus propios esfuerzos mejoren las condiciones de bienestar material y social y puedan elevarse a su máximo nivel moral y espiritual.

En otras palabras, es la libertad la que ha de ser establecida por la revolución social. Pero la verdadera libertad se basa en la oportunidad económica. Sin ello toda libertad es una burla y una mentira, una careta tras la que se esconden la explotación y la opresión. En su sentido más profundo la libertad es la hija de la igualdad económica.

La fi nalidad primordial de la revolución social es, por lo tanto, establecer igual libertad sobre la base de la igualdad de oportunidades.

La reorganización revolucionaria de la vida debe proceder inmediatamente a asegurar la igualdad de todos, económica, política y socialmente.

Esta reorganización dependerá, primero y ante todo, de la com- pleta familiaridad del trabajador con la situación económica del

país: de un completo inventario de las provisiones, de un exacto conocimiento de los orígenes de la materia prima y de la apro- piada organización de las fuerzas del trabajo para una ordenación efi ciente.

Esto signifi ca que las estadísticas y las asociaciones obreras intelectuales son necesidades vitales de la revolución desde el día después de la sublevación. Todo el problema de la producción y la distribución –la vida de la revolución– se basa en ello. Es obvio reseñar, por haberlo apuntado antes, qué conocimientos deben adquirir los obreros antes de la revolución si esta última quiere cumplir sus propósitos.

Es por esto que los comités de fábrica y taller –de los que hemos tratado en el anterior capítulo– son tan importantes y jugarán un papel tan decisivo en la reconstrucción revolucionaria.

Pues una nueva sociedad no surge súbitamente, se gesta y nace como un niño. La nueva vida social se gesta en el cuerpo de la antigua vida, lo mismo que una nueva vida humana en las entrañas de la madre. Se requieren tiempo y ciertos procesos para que se desarrolle hasta hacerse un organismo completo capaz de funcionar. Cuando esta etapa ha sido cumplida tiene lugar el alumbramiento entre agonías y dolores, lo mismo en lo social como en lo individual. La revolución, usando un dicho vulgar pero expresivo, es la matrona del nuevo ser social. Esto es verdad en su sentido más literal. El capitalismo es la madre de la nueva sociedad. Los comités de taller y fábrica y el sindi- cato de trabajadores con conciencia de clase y fi nalidades revo- lucionarias son el germen de la nueva vida. En esos comités de taller y sindicatos debe adquirir el obrero el conocimiento de cómo manejar sus asuntos. En este proceso llegará a percibir que la vida social es cuestión de organización adecuada, de esfuerzos unitarios, de solidaridad. Llegará a comprender que no es dirigir y mandar a los hombres lo que hace que se hagan las cosas, sino la libre asociación. Que no es el gobierno y las leyes quienes producen y crean, quienes hacen crecer el trigo y girar los engranajes, sino la concordia y la cooperación. La experiencia le enseñará a sustituir el gobierno de los hom- bres por el manejo de las cosas. En la lucha y la vida diaria de su comité de taller, el obrero debe aprender cómo guiar la revolución.

Los comités de taller y de fábrica, organizados localmente, por distrito, región, Estado y federados nacionalmente, serán los organismos más indicados para continuar la producción revolucionaria.

Los comités locales y estatales, federados nacionalmente, serán la forma de organización más acorde para administrar la distribución por medio de las cooperativas del pueblo.

Esos comités, elegidos por los obreros en el trabajo, conectan sus fábricas y talleres con otros talleres y fábricas de la misma industria.

El consejo conjunto de toda una industria enlaza ésta con otras, y así se forma por todo el país una federación de consejos del trabajo.

Las asociaciones cooperativas son los medios de intercam- bio entre el campo y la ciudad. Los campesinos, organizados localmente y federados regional y nacionalmente, cubren las necesidades de los ciudadanos por medio de las cooperativas, y reciben como intercambio, por medio de estas últimas, los productos de las industrias de la ciudad.

Toda revolución está acompañada por un gran estallido de entusiasmo popular, lleno de esperanzas y aspiraciones. Es el trampolín de la revolución. Esta fuerte oleada, espontánea y poderosa, hace que surjan la iniciativa y la actividad humanas. El sentido de la igualdad libera lo mejor que hay en un ser humano y lo hace conscientemente creativo. Ésos son los grandes motores de la revolución social, sus fuerzas motrices. Su expresión libre y desembarazada signifi ca el desarrollo y la profundidad de la revo- lución. Su supresión es decadencia y muerte. La revolución está a salvo, crece y se hace fuerte, mientras que las masas sienten que son participantes directas, que moldean sus propias vidas, que están haciendo la revolución, que son la revolución.

Pero en el momento en que son usurpadas sus actividades por un partido político, o centralizadas en alguna organización en especial, los esfuerzos revolucionarios quedan limitados a un pequeño círculo, del cual las masas están prácticamente exclui- das. El resultado natural es que se apaga el entusiasmo popular, se debilita gradualmente el interés, la iniciativa languidece, la creación decae y la revolución se convierte en monopolio de una facción que entonces se torna en dictadora.

Esto es fatal para la revolución. La única forma de evitar tal catástrofe yace en el interés activo y continuado de los trabaja- dores por su participación diaria en los asuntos relativos a la revolución. El foco de este interés y actividad está en el taller y el sindicato.

El interés de las masas y su lealtad a la revolución dependerá además de que sientan que representa justicia y equidad. Esto explica por qué la revolución tiene poder para exaltar el ánimo del pueblo hasta realizar actos del mayor heroísmo y devoción.

Como ya he señalado, las masas ven instintivamente en la revolución un enemigo del error y la iniquidad, y el heraldo de la justicia.

En este sentido la revolución es un factor altamente ético o inspirador.

Fundamentalmente, sólo los grandes principios morales pue- den infl amar a las masas y elevarlas a cumbres espirituales.

Todas las sublevaciones populares han demostrado que esto es verdad, particularmente la Revolución Rusa. Fue por este espí- ritu por lo que las masas rusas triunfaron tan sorprendentemente sobre todos los obstáculos en los días de febrero y octubre.

Ninguna oposición pudo vencer su fervor inspirado por una causa noble y grandiosa. Pero la revolución comenzó a declinar cuando se castraron sus altos valores morales, cuando fue des- pojada de sus elementos de justicia, igualdad y libertad.

Estas pérdidas fueron la sentencia de muerte de la revolución. No puede ser subrayado con demasiada energía lo esenciales que son los valores espirituales de la revolución social. Éstos y la conciencia en las masas de que la revolución también signifi ca el mejoramiento material son infl uencias dinámicas en la vida y evolución de la nueva sociedad. De los dos factores, los valores espirituales son primordiales. La historia de las revoluciones ante- riores prueba que las masas desearon siempre sufrir y sacrifi car el bienestar material por la causa de la libertad y la justicia.

Por eso, en Rusia, ni el frío ni el hambre pudieron indu- cir a obreros y campesinos a que prestasen ayuda a la contrarrevolución.

Pese a todas las privaciones y la miseria, sirvieron heroica- mente los intereses de la gran causa. Sólo cuando vieron monopo- lizada la revolución por un partido político –el nuevo cercenador

de libertades–, una dictadura instaurada y la injusticia y la des- igualdad dominando de nuevo, declinaron participar en la farsa, rehusaron cooperar y hasta se volvieron contra ella.

Olvidar valores éticos, introducir métodos inconsecuentes u opuestos a los elevados propósitos morales de la revolución, sig- nifi ca invitar a la contrarrevolución y al desastre.

Está claro, por lo tanto, que el éxito de la revolución social dependerá, primordialmente, de la libertad y la igualdad. Alejarse mínimamente de ellas no solamente será perjudicial, sino que en verdad, se mostrará como algo destructivo. De esto se deduce que todas las actividades de la revolución deben estar basadas en la libertad y en la igualdad de derechos, y esto puede aplicarse tanto a las pequeñas cosas como a las grandes. Cualquier acto o método encaminado a limitar la libertad, a crear desigualdad e injusticia, solamente puede provocar una actitud popular hostil hacia la revolución y sus mejores intereses.

Desde este ángulo deben ser considerados y resueltos todos los problemas del período revolucionario. Entre ellos los más importantes son el consumo y la vivienda, la producción y el intercambio.

Capítulo XXIX

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