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Por qué la revolución?

In document El ABC del comunismo libertario (página 117-120)

Vamos a retomar tu pregunta; “¿Cómo llegará la anarquía? ¿Podemos ayudar a su llegada?”. Éste es un punto muy impor- tante, porque en todo problema existen dos cosas fundamen- tales: primero, saber claramente lo que queremos, y segundo, lograrlo.

Nosotros ya sabemos lo que queremos. Nosotros queremos condiciones sociales donde todos seamos libres y cada uno tenga la oportunidad de satisfacer sus necesidades y sus aspiraciones, sobre las bases de la misma libertad para todos. En otras pala- bras, nos esforzamos por una comunidad de libre cooperación de anarco-comunistas. ¿Cómo se realizará esto?

No somos profetas, y nadie puede decir con precisión cómo sucederá tal cosa. Pero el mundo no existe desde ayer, y el hom- bre, como ser razonable, debe benefi ciarse de la experiencia del pasado.

Ahora bien, ¿cuál es esa experiencia? Si hojeas la historia, verás que toda la vida del hombre ha sido una lucha por la existencia.

En su estado primitivo, el hombre combatía sin ayuda con las bestias salvajes del bosque, y se enfrentaba en vano con el hambre, el frío, la oscuridad y las tormentas. Debido a su ignorancia, todas las fuerzas de la naturaleza eran sus enemi- gas, creaban sus males y su destrucción, y él, solo, era impo- tente para combatirlas. Pero poco a poco aprendió el hombre a juntarse con otros de su clase. Juntos, buscaron protección y seguridad.

Aunando esfuerzos comenzaron, entonces, a poner a su ser- vicio las energías de la naturaleza. La ayuda mutua y la coope- ración multiplicaron gradualmente la fuerza y la habilidad del hombre hasta que consiguió conquistar la naturaleza, aplicando las fuerzas de ésta en su propio interés, encadenando el rayo, tendiendo puentes entre los océanos y dominando hasta el aire.

De igual forma, la ignorancia y el temor del hombre primi- tivo hicieron de la vida una continua lucha del hombre contra el hombre, de familia contra familia, de tribu contra tribu, hasta

que el ser humano dedujo que reuniéndose, aunando esfuerzos y gracias al apoyo mutuo, podría hacer más que con luchas y hostilidades. La ciencia moderna enseña que hasta los animales han aprendido bien esto en su lucha por la existencia.

Ciertas clases subsisten porque dejaron de combatirse y vivieron en manadas, y de este modo pudieron defenderse mejor contra las otras bestias79. En la proporción en que los hombres

sustituyeron la lucha mutua por el esfuerzo y la cooperación conjunta avanzaron, evolucionaron para superar la barbarie y volverse civilizados. Familias que en un principio se habían combatido entre ellas a muerte, se unieron formando un grupo común. Éstos se juntaron y formaron tribus, y éstas se federa- ron en naciones. Las naciones todavía continúan combatiéndose entre ellas estúpidamente, pero gradualmente van aprendiendo la misma lección y ahora comienzan a buscar un modo de dete- ner la matanza internacional conocida como guerra.

Desgraciadamente, en nuestra vida social estamos todavía reducidos a una condición de barbarie, destructiva y fratricida: todavía hay combates de grupo contra grupo, de clase contra clase. Pero también aquí comienzan a ver los hombres que es una guerra insensata y ruinosa, que el mundo es bastante grande y rico para ser disfrutado por todos, como pasa con el sol, y que una humanidad unida conseguiría más que una dividida.

Lo que se llama progreso es precisamente la realización de esto, un paso en esta dirección.

Todo el avance del hombre consiste en el empeño por con- seguir mayor protección y paz, más seguridad y bienestar. El impulso natural del hombre lo lleva hacia la ayuda mutua y al esfuerzo conjunto, su mayor anhelo instintivo es la libertad y el gozo. Estas tendencias tratan de expresarse y afi rmarse a des- pecho de todos los obstáculos y difi cultades. La lección de toda la historia del hombre nos dice que ni las fuerzas hostiles de la naturaleza ni la oposición humana pueden contener su marcha hacia adelante. Si se me pidiese que defi niera la civilización en una sola frase diría que es el triunfo del hombre sobre los pode- res de la oscuridad, naturales y humanos. Hemos conquistado las fuerzas hostiles de la naturaleza, pero todavía tenemos que luchar contra los poderes tenebrosos de los hombres.

79 Véase El apoyo mutuo, de Piotr Kropotkin. (N. del A.)

La historia no puede mostrar una sola mejora social impor- tante que no encontrara la oposición de los poderes dominantes: la Iglesia, el gobierno y el capital. No se dio ningún nuevo paso adelante sin quebrantar la resistencia de los amos. Cada avance ha costado una dura lucha. Se necesitaron numerosos comba- tes para abolir la esclavitud. Asegurar los más fundamentales derechos del pueblo requirió revueltas e insurrecciones. Para abolir el feudalismo y el vasallaje se necesitaron rebeliones y revoluciones.

Se necesitó la guerra civil para abolir el poder absoluto de los reyes e instaurar las democracias, para conquistar más libertad y bienestar para las masas. No hay un solo país sobre la tierra ni una época en la historia en la que se eliminase algún mal social sin una amarga lucha contra los poderes imperantes.

En nuestra época volvieron a necesitarse revoluciones para expulsar a los zares de Rusia, al káiser de Alemania, al sultán de Turquía, a la monarquía de China y así en diferentes países.

No se recuerda de ningún gobierno o autoridad, de ningún grupo o clase que haya entregado su poder voluntariamente.

En todo momento se tuvo que recurrir al uso de la fuerza, o en última instancia, a la amenaza de emplearla.

¿Es razonable suponer que la autoridad y la riqueza experi- mentarán una súbita conversión y se conducirán en el futuro de forma diferente de como lo hicieron en el pasado?

Tu sentido común te dirá que eso es una loca y vana esperanza.

El gobierno y el capital lucharán por mantener el poder. Lo hacen actualmente, a la más mínima amenaza dirigida contra sus privilegios.

Combatirán hasta morir por conservar su vida actual. Es por esto que no es profecía el anticipar que algún día debe llegar una lucha decisiva entre los amos de la vida y las clases desposeídas.

De hecho, esta lucha continúa a través de los tiempos. Es una guerra continua entre el capital y el trabajo. Esta contienda se da generalmente en el marco de las llamadas formas legales.

Pero aquí y allá se dan estallidos violentos, como en las huel- gas y lock-outs, porque el puño armado del gobierno está siem- pre al servicio de los amos, y este puño entra en acción en el

momento en que el capital ve sus ganancias amenazadas, enton- ces deja caer la careta de los “intereses comunes” y la “asocia- ción” con el trabajador y recurre al último argumento de todo amo: a la coacción y a la fuerza.

Por lo tanto, es cierto que el gobierno y el capital no permi- tirán, si pueden impedirlo, ser abolidos pacífi camente. Tampoco desaparecerán milagrosamente, como algunas gentes pretenden creer. Se requiere una revolución para desembarazarse de ellos.

Existen aquellos que sonríen incrédulos cuando se menciona la palabra revolución. “¡Imposible!”, dicen confi adamente. Es lo que pensaron Luis XVI y María Antonieta de Francia tan sólo unas pocas semanas antes de que perdiesen el trono junto con sus cabezas. Así pensó la nobleza de la corte del zar Nicolás II la misma víspera del alzamiento que los barrió. “Esto no parece una revolución”, argumenta a veces el observador superfi cial. Pero las revoluciones suelen estallar precisamente cuando “no parecen una revolución”. No obstante, los capitalistas moder- nos, más clarividentes, no quieren correr ningún riesgo.

Saben que las sublevaciones y las revoluciones son posibles en cualquier momento. Y es por esto por lo que las grandes corpo- raciones y los grandes empresarios, sobre todo en Norteamérica, están comenzando a introducir nuevos métodos que sirvan de pararrayos contra el descontento popular y la revuelta. Crean primas para sus empleados, participaciones en el benefi cio y métodos similares destinados a satisfacer al trabajador y a que se interese fi nancieramente en la prosperidad de su industria.

Estos medios pueden ocultar temporalmente al proletariado sus verdaderos intereses pero no creas que el trabajador per- manecerá contento eternamente con su esclavitud salarial, aun- que de vez en cuando se le doren ligeramente los barrotes de su jaula. Mejorar las condiciones materiales no es asegurarse contra la revolución. Por el contrario, la satisfacción de nues- tras necesidades crea otras nuevas, da vida a nuevos deseos y aspiraciones. Así es la naturaleza humana y esto es lo que hace posible la superación y el progreso. El descontento del trabaja- dor no se acalla con un pedazo extra de pan, aunque se unte el pan con mantequilla. Es por esto por lo que hay revueltas más activas y conscientes en los centros industriales de Europa que en las retrasadas Asia y África. El espíritu del hombre anhela

siempre mayores comodidades y libertades, y en las masas que padecen este ansia está el verdadero incentivo para seguir avan- zando. La esperanza de la moderna plutocracia arrojando de vez en cuando un hueso más grande al trabajador para prevenir la revolución, es ilusoria y no tiene base.

Las nuevas políticas del capital pueden parecer que apaci- guan al trabajo momentáneamente, pero su marcha adelante no puede ser detenida por tales componendas. La abolición del capitalismo es inevitable a pesar de todas las conspiracio- nes y resistencias, y sólo podrá llevarse a cabo a través de una revolución.

Una revolución es similar a la lucha del hombre contra la naturaleza. En solitario el hombre es impotente y no puede tener éxito, pero con la ayuda de sus semejantes triunfará por encima de todos los obstáculos.

¿Puede el trabajador individual conseguir algo en contra de la gran corporación? ¿Puede un insignifi cante sindicato obligar a que el gran empresario le conceda sus demandas? La clase capitalista está organizada en su lucha contra el trabajador. Se sabe con razón que en una revolución se luchará con éxito sólo cuando los trabajadores se hayan unido, cuando estén organiza- dos en todo el mundo, cuando el proletariado de todos los paí- ses haga esfuerzos conjuntos, porque el capital es internacional y los amos se unen siempre contra el trabajador en cada cuestión importante. Es por esto, por ejemplo, que la plutocracia mun- dial se volvió contra la Revolución Rusa. Mientras el pueblo ruso sólo quiso abolir el zarismo, el capitalismo internacional no intervino; no le importaba la forma de gobierno que Rusia tuviese, mientras fuese burgués y capitalista. Pero tan pronto como la revolución intentó acabar con el sistema capitalista, el gobierno y la burguesía de todos los países se unieron para aplastarla. Veían en ella una amenaza para la continuidad de su propio dominio.

Ten esto bien presente, amigo mío. Pues hay revoluciones y revoluciones. Algunas revoluciones cambian sólo la forma de gobierno, colocando un nuevo grupo de gobernantes en el lugar de los antiguos. Ésas son revoluciones políticas y como tales, a menudo tropiezan con poca resistencia. Pero una revolución que aspire a abolir por completo el sistema de la esclavitud

del salario debe acabar también con el poder de una clase que oprime a otra. Esto no es, entonces, un simple cambio de gober- nantes, de gobierno; no es una revolución política, sino una que trata de alterar todo el carácter de la sociedad. Sería una revo- lución social. Como tal, no sólo tendría que combatir contra el gobierno y el capitalismo, sino que también se enfrentaría con la ignorancia y los prejuicios populares de aquellos que creen en el gobierno y el capitalismo. ¿Cómo se realizará entonces?

Capítulo XXV

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