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Las potencias del alma

Por su carácter de texto oficial y ortodoxo para las escuelas normales, p0r su circulación masiva en sucesivas reediciones y por su pretensión de ser un compendio exhaustivo del conocimiento pedagógico básico para todo maestro colombiano, hemos optado por utilizar, como íiiente principal, la fatigosa exposición de la doctrina de las facultades que se leía en el manual de los hermanos Restrepo Mejía, cuyo título resumido citaremos como Elementos de

pedagogía, o simplemente Elementos.2

Como ha podido notarse, hay una cierta ambigüedad en el uso de las expresiones facultades del alma, facultades humanas

y facultades mentales, las que hasta ahora hemos usado de modo

indiscriminado, pero que es menester precisar. En el texto ortodoxo de Vallet leído en el Colegio del Rosario, se usa la primera expresión, siguiendo a santo Tomás:

el a l ^ sola es el sujeto de algunas potencias, y de otras lo es Parcialmente; pero todas se derivan de ella: las primeras emanan

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Restrepo Mejía, M. y L. Elementos... Véase al comienzo del capítulo anterior la valoración que hemos hecho de él como uno de los tres soportes teóricos de la instrucción primaria colombiana desde 1890.

Las fisuras de la pedagogía de las facultades del alma /

de la esencia del alma como propiedades naturales, y el alma es su residencia exclusiva; las segundas, por que si bien se ejercen en el cuerpo y por el cuerpo; [...] éste es cuerpo animado y cuerpo humano, por virtud del alma. 3

Los psicólogos materialistas o racionalistas usan en cambio la expresión facultades mentales excluyendo toda referencia a la sustancia espiritual. Y por fin, en los Elementos, se ha resuelto el problema con la expresión facultades humanas, la cual de alguna manera zanja el problema salomónicamente, pretendiendo evitar los dos extremos, pero en realidad, abriendo paso al tema cien­ tífico de la autonomía fisiológica de los organismos vivos, y relegando por ende las actividades del alma a las llamadas facul­ tades superiores. Lo cual nos confirma de nuevo cómo se fue problematizando la noción de alma en el campo católico. En otras palabras, esta dificultad para fijar la frontera entre lo fisiológico y lo psicológico constituye la fuente de la riqueza de esta peda­ gogía, pero también de sus límites, así como de la fractura profunda, la encrucijada en la que se halla la pedagogía oficial colombiana desde fines del siglo XIX.

En los Elementos, la naturaleza humana es concebida como una composición en la cual se pueden distinguir tres partes: el alma o esencia, las potencias o facultades, y las operaciones o actos. Como resultado de su método — “sólo es posible conocer las potencias por sus operaciones, y las operaciones por sus objetos”— ,4 la antro­ pología neoescolástica ha clasificado los actos en seis tipos diferen- ciables, a cada uno de los cuales debe corresponder — por inferencia— la potencia respectiva. Las facultades humanas son: 1) la facultad vegetativa; 2) la sensibilidad cognoscitiva — que com­

3 Vallet, R Lecciones de filosofìa..., p. 232. En este punto la doctrina de Mercier en términos filosóficos era idéntica: “afirmamos con santo Tomás, que el alma está toda en el cuerpo, y en cada una de sus partes [...] la presencia del alma en el organismo y en cada uno de sus elementos anatómicos, es pues, siempre una presencia total, sin embargo tiene sus límites, determinados por el espacio que el cuerpo ocupa”. Mercier, Desiderio. Curso de filosofía..., p. 233. Para el manual de los Hermanos Cristianos de 1911, el alma es principio vital, espiritual y físico: “el alma humana obra sobre los órganos que vivifica; en la vida intelectual y moral, el alma obra por facultades”. Bruño, G. M. Manual de pedagogía..., p. 8.

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prende nueve sentidos— ; 3) la sensibilidad afectiva o apetito sensi­ ble; 4) el entendimiento; 5) la voluntad o apetito racional, y 6) la potencia motriz. Esta clasificación sirve además para deslindar terri­ torio con otras escuelas de antropología filosófica: a los materialistas que sostienen que la actividad, la memoria, la conciencia y la libertad son facultades humanas, la antropología neotomista responde que la actividad es el nombre genérico de todas ellas, que la memoria y la conciencia son funciones de las facultades cognoscitivas, y que la libertad no es sino una condición o modo de ser de la voluntad.0 Y a Kant, quien “enumera como distintas entre las facultades humanas, la razón teórica y la razón práctica” , los hermanos Restrepo lo despachan diciendo que “la antropología demuestra que ambos conocimientos (el conocimiento de las cosas y el conocimiento de lo que debemos hacer) son obra del entendimiento”.6

En la enumeración de las seis facultades no se halla diferencia de fondo con otras clasificaciones no escolásticas contem­ poráneas: el ya citado pedagogo racionalista Compayré, odiado por protestante, pero estudiado por los Hermanos Cristianos y por los Restrepo, admite cinco facultades, a partir de la tripar­ tición fundamental:

Todos los hechos esenciales de la vida moral entran en estas tres categorías: sensibilidad, inteligencia y voluntad. [...] Sin embargo para ser riguroso y en razón de las estrechas relaciones del espíritu y del cuerpo, hay que comprender también ciertos hechos intermedios medianeros, por decirlo así, entre el espíritu y el cuerpo y colocados en los confines de la psicología y de la fisiología, tales son los movimientos y los instintos, que se pueden referir a la actividad física. Por otra parte, los fenómenos de la sensibilidad difieren profundamente en su origen, en su objeto y en el orden de su evolución. Los placeres y los dolores del cuerpo, las sensaciones, en una palabra, están íntimamente ligadas a los órganos físicos. Las alegrías y las penas del corazón y del espíritu son de una naturaleza más elevada, tardan más en desarrollarse y suponen como antecedentes hechos intelectuales. Los primeros constituyen la sensibilidad física; los otros la sensibilidad moral que no debe ser estudiada sino según la inteligencia, puesto que en parte se deriva de ella. En resumen, el cuadro de las facultades psicológicas puede ser dividido de este modo: Io. Actividad física;

5 Restrepo M., M. y L. Op. cit. T. I, p. 21. 6 Ibíd.

2o. Sensibilidad física; 3o. Inteligencia; 4o. Sensibilidad moral; 5o. Actividad voluntaria.7

Pero si bien compartían la idea de una estructuración jerárquica de las facultades donde se privilegia la voluntad como facultad superior,8 la diferencia entre los pedagogos tomistas, los empiristas y los racionalistas, residía en su filosofía sobre el fin, la finalidad, del hombre, fin moral terrenal en estos dos últimos, fin moral trascen­ dente en los cristianos; en el caso de la pedagogía oficial colombiana desde la Regeneración, se excluye toda implicación laica: el encade­ namiento y la jerarquía de las facultades depende de las nociones neoescolásticas de perfección y de finalidad. Según estas nociones, el mundo, en tanto hechura de Dios, está ordenado de arriba hacia abajo, de lo perfecto a lo imperfecto, y desde el punto de vista de las criaturas, el mundo debe ascender de abajo hacia arriba, los seres creados lo han sido para cumplir siempre un doble fin: un primero, el logro de la propia perfección por medio de sus actos, y un segundo, el servir a la perfección de los seres inmediatamente superiores, así: los minerales a los vegetales, éstos a los animales, los animales al hombre y el hombre a Dios; tal es el orden que sostiene este universo en forma de pirámide, orden que por tanto explica y justifica la secuencia, peldaño a peldaño, del funcionamiento, complejidad y finalidad de cada una de las facultades, como veremos a con­ tinuación.