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f eométricas, en la esperanza de que se conviertan en prúe as de si mismas ante los espíritus sin prejuicios

D. EL PROBLEMA DEL ALMA Y DEL CUERPO

La respuesta cartesiana suscita el gran problema de expli­ car las relaciones recíprocas de estas entidades distintas. Si cada una de las dos sustancias existe en absoluta indepen­ dencia respecto de la otra, ¿cómo producen sensaciones in­ extensas los movimientos de las cosas extensas y cómo son válidos para la res extensa los conceptos claros o categorías del alma inextensa? ¿Cómo es que lo inextenso puede cono­ cer y, conociendo, realizar fines en un universo inextenso? La respuesta menos objetable de Descartes a estas dificulta­ des es la misma respuesta de Galileo a un problema similar, aunque no tan claramente formulado: el apelar a Dios. Dios hizo de tal manera el mundo material que siempre se apli­ can a él los conceptos puros y matemáticos, intuidos por la mente. Esta era la respuesta que los cartesianos posteriores intentaron desarrollar de manera satisfactoria y consecuente. El recurrir a Dios ya comenzaba, sin embargo, a perder pres­ tigio entre los espíritus científicos; el positivismo del nuevo movimiento era sobre todo una declaración de independen­ cia con respecto a la teología, concretamente, con respecto a la causalidad final, que parecía ser una manera muy cómo­ da de responder de un modo muy general a las cuestiones científicas que harían imposible la ciencia auténtica. Era una respuesta al último porqué, no al cómo presente. Descartes

ALMA Y CUERPO

mismo fue un vigoroso representante de este aspecto del nue­ vo movimiento. Había afirmado categóricamente que nos es imposible conocer los fines de Dios.40 De aquí que esta res­ puesta sólo tuviera algún peso entre sus secuaces metafísicos, cuya influencia se halla fuera de las principales corrientes de todos los tiempos. Unos de los pasajes más significativos son aquellos en los cuales Descartes parece ofrecer una respues­ ta más inmediata y científica a estas abrumadoras dificulta­ des, sobre todo al ser capitalizadas por un pensador vigoroso como Hobbes. En estos pasajes Descartes parece mostrar que las relaciones evidentes entre las entidades del dualismo im­ plica, finalmente, la localización real del alma, pero tuvo enorme importancia para tocio el desarrollo subsiguiente de la ciencia y déla filosofía el hecho de que el lugar, de mal grado asignado al alma, fuera muy pequeño, pues no excede nunca una porción variable del cuerpo al cual está unida. Descartes no rechazó los principales enfoques filosóficos que le habían llevado a su franco dualismo. Hay que separar de la res extensa todas las propiedades no geométricas y locali­ zarlas en el alma. Afirma explícitamente que ésta “no tiene relación ni con la dimensión ni con la extensión” 41 y que no podemos “concebir el espacio que ocupa”. Pero, y estos eran los pasajes más decisivos, el alma “está realmente unida a todo el cuerpo y no podemos decir que exista en una cual­ quiera de sus partes con exclusión de las otras”. Podemos afirmar que “ejerce sus funciones” más particularmente en la glándula pineal, “desde la cual irradia por todo el resto del cuerpo, por medio de los espíritus animales, los nervios y hasta la sangre". Si en el gran filósofo de la nueva época en­ contramos tales afirmaciones, ¿tiene algo de extraño que la idea del alma como algo localizado y completamente ence-

40 Principies, Part III, Principie 2.

■ ri Passions of the Soul, Arricies 30,31 (Philosophical Works, Vol. I, 345 y sig.). Las bastardillas son nuestras. En sus últimos escritos Des­ curtes era más cauteloso en su lenguaje. Cf. Oeuvres (Cousin ed.), X, Ofl y sig.

DESCASTES

rrado en el cuerpo fuera pensada por el común de la gente inteligente que se estaba adhiriendo a la corriente científica, que en el mejor de los casos era indiferente a las cuestiones metafísicas, y totalmente incapaz de apreciar con simpatía la noción de una entidad inespacial independiente del mun­ do extenso, en parte porque tal entidad es completamente irrepresentable por la imaginación, en parte a causa de las evidentes dificultades que ello implica, y en parte debido a la poderosa influencia de Hobbes? Descartes había querido decir que a través de una parte del cerebro una sustancia completamente inextensa entra en relación efectiva con el reino de la extensión. En este punto, el resultado de sus in­ tentos para la corriente positiva y científica del pensamiento era que el alma existía en un ventrículo del cerebro. El uni­ verso material concebido como enteramente geométrico, exceptuada la indeterminación de la materia primera, se ex­ tiende infinitamente a través de todo el espacio, sin que ne­ cesite nada para su existencia continua e independiente. El universo de la mente, incluyendo todas las cualidades expe­ rimentadas que no son reductiblcs matemáticamente, se con­ sidera como oculto tras los confusos y engañosos medios de los sentidos, lejos de este independiente reino inextenso, en una pequeña e insignificante serie de situaciones interiores al cuerpo humano. Esta es la posición que generalmente se ha conferido al “alma” en los tiempos antiguos, pero no a toda la “mente”, con excepción de los filósofos de las escuelas sen­ sualistas que no hicieron entre ambas distinciones esenciales. Por supuesto, esta inteqiretación de la posición cartesia­ na no resolvió el problema del conocimiento, sino que lo acentuó enormemente. ¿Cómo es posible que la mente co­ nozca algo acerca del mundo? Por ahora, pospondremos con­ sideraciones de esta clase. Todos los pensadores de los cuales nos hemos ocupado o no lograron ver este enorme problema o lo esquivaron con una sencilla respuesta teológica.

Notemos, sin embargo, el extraordinario contraste que hay

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mire esta concepción del hombre y su puesto en el universo, y la do la tradición medieval. El científico escolástico tenia los ojos puestos en el mundo de la naturaleza que se le pre­ sentaba como un mundo humano muy sociable. Era finito en extensión y estaba hecho para servir a sus necesidades. Como tiene una presencia inmediata para las facultades ra­ cionales de su mente, resultaba clara y completamente inte­ ligible. Estaba fundamentalmente compuesto de las cualida­ des más vividas e intensas de su experiencia inmediata, gra­ cias a las cuales el mundo era inteligible: el color, el sonido, la belleza, la alegría, el calor, el frío y su plasticidad con res­ pecto al fin e ideal. Ahora el mundo es una infinita y mo­ nótona máquina matemática. No sólo ha dejado de existir en la teleologia cósmica, sino que todas estas cosas que consti­ tuían la sustancia propia del mundo físico para la escolástica —las cosas que lo animan y lo hacen hermoso y espiritual— se agrupan y apiñan en pequeñas y fluctuantes posiciones temporarias de la extensión, que llamamos sistema nervioso y circulatorio del hombre. Los aspectos metafísicamente cons­ tructivos del dualismo tendían a desaparecer. Era un cam­ bio realmente incalculable en la concepción del mundo soste­ nida por la opinión inteligente en Europa.

Ca p ít u l o V

LA FILOSOFÍA INGLESA EN EL SIGLO XVII La obra de Descartes tuvo enorme influencia por toda Europa durante la última mitad del siglo xvn, en gran parte porque era no sólo un gran matemático y anatomista, sino también por su poderoso genio filosófico que trató de nuevo, con alcance notablemente universal, todos los grandes pro­ blemas de la época unciéndolos de una manera u otra a la carroza de la victoriosa ciencia matemática. Especialmente en Inglaterra suscitó gran interés unido a una crítica consi­ derable y penetrante. Entre los pensadores que florecieron en el tercer cuarto del siglo y expresaron su simpatía con la gran tarca que Descartes trataba de cumplir, aunque en cier­ tos detalles importantes lo criticaron severamente, se cuentan Thomas Hobbes y Henry More. Nos hemos ya referido bre­ vemente a la labor del primero; señalaremos ahora la signi­ ficación que tiene en la corriente matemática de la época si­ tuándolo en un contexto algo más amplio según lo indica el título de este capítulo.

Durante el siglo anterior, el pensamiento se mostró rela­ tivamente más libre de las trabas teológicas en Inglaterra que en cualquier otro lugar de Europa. En el primer cuarto del siglo xvn el conocimiento secular se había incrementado po­ derosamente gracias a la defensa de un hombre que no tiene par en los consejeros políticos del reino, el Canciller Lord Bacon. Es imposible determinar cualquier influencia directa de Bacon sobre la metafísica de Boyle o Newton, pero la con-

copeión que el primero tuvo de la ciencia como una exultada empresa de cooperación, el acento que puso sobre la necesi­ dad y la fuerza lógica de los experimentos sensibles, su des­ confianza en las hipótesis y el análisis general del procedi­ miento inductivo penetraron en el espíritu de los científicos rectores de mediados de siglo, en especial Robert Boyle, a través de quien ejercieron una notable influencia sobre New- ton. En el capitulo siguiente estudiaremos a Boyle con algún detalle.

A. ATAQUES DE HOBBES AL DUALISMO CARTESIANO

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