EDWIN ARTHIIR BURTT
LOS FUNDAMENTOS
METAFÍSICOS DE LA
CIENCIA MODERNA
EDWIN ARTHUR BURTT
LOS FUNDAMENTOS
METAFÍSICOS DE LA
CIENCIA MODERNA
Ensayo histórico y etílico
Traducción de
Roberto R9J6
EDITORIAL SUDAMERICANA BUENOS AIRES
IMPRESO EN LA ARGENTINA
Queda hecho el depósito que pre viene la ley. © 1960, Editorial Sudamericana Sociedad Anónima, calle Alsina 500, Buenos Aires.
Título del original en inglés:
“The metaphysical foundations of modern physical Science”
PREFACIO
El primer capítulo de esta obra indica con suficiente cla ridad el alcance del problema planteado en ella. Baste agre gar axiuí que mi atención se sintió atraída por la profunda importancia de este problema al asumir ¡a responsabilidad de un curso superior de Historia de la filosofía inglesa en la Universidad de Columbio. Un estudio intenso de los pen sadores británicos clásicos me enseñó hace mucho que no era posible apreciar los motivos subyacentes de su obra hasta haber dominado la filosofía de aquel inglés cuya autoridad e influencia en la Edad moderna rivaliza con la de Aristó teles en la Baja Edad media: Sir Isaac Newton.
Deseo expresar mi especial deuda de gratitud para con el decano F. J. E. Woodbridge, del Departamento de Filo sofía de la Universidad de Columbio, por el estímulo de sus enseñanzas y su interés crítico en la filosofía de Newton; al profesor Morris R. Cohén, del Colegio de la ciudad de Nue va York, que es una autoridad en la materia; al doctor J. H. Randall, hijo, cuyas amplias investigaciones en el mismo campo de estudios han hecho que sus críticas sean suma mente útiles; y, finalmente, a mi esposa, sin cuya fiel com pañía y colaboración hubiera sido imposible cumplir la tarea.
Dos palabras sobre las citas que aparecen en los capítu los siguientes: como en gran parte he trabajado con fuentes no traducidas, debo aceptar la responsabilidad por las tra ducciones de Copémico (salvo por la Carta al papa Pablo III, para la que he usado la traducción de Miss Dorothy Stim- son en su Gradual Acceptance of the Copemican Theory of
PREFACIO
the Univcrse [La paulatina aceptación ¿le la teoría copemi- cana ¿leí universo] ); KépHer; Galileo (salvo sus Diálogos so bre los dos máximos sistemas del universo y los Diálogos y demostraciones matemáticas sobre las dos nuevas ciencias, para los cuales he utilizado las traducciones anotadas); Des cartes, en lo que respecta a todas las citas tomadas de la edición ¿le sus obras al cuidado ¿le Cousin; el Enchiridion metaphysicum de More; Barrote y Newton, en lo que se re fiere a las citas tomadas de la edición de sus obras cuidadas por Horsley, tomo IV, págs. 314-320. El resto de las citas proceden de traducciones existentes.
Deseo expresar mi cordial agradecimiento a mi amigo y colega, el profesor T. V. Smith, de la Universidad de Chica go, que ha compartido conmigo el trabajo de revisar las pruebas.
E. A. B. Universidad de Chicago.
PREFACIO A LA EDICIÓN INGLESA REVISADA ¡Ojalá tuviera yo competencia para volver a escribir este volumen con clara comprensión de todo lo que ha ocurrido en el mundo de la ciencia desde los dios de Newton, y es pecialmente a la luz de las transformaciones de la física con temporánea! En lugar de hacerlo creo que el mejor plan consiste en dejar el cuerjm de la obra tal como estaba, ad mitiendo tan sólo unos pequeños cambios. Ninguna de las investigaciones históricas de estos últimos años, que yo co nozca, parecen requerir cambios esenciales en el panorama que aquí se presenta, y hasta donde éste alcanza.
Sin embargo, el último capítulo ha sido escrito de nuevo casi en toda su extensión. Su énfasis original ya no está muy de acuerdo con mis actuales preferencias filosóficas, y no con seguía poner de manifiesto las lecciones derivadas del es tudio histórico de manera que se obtuviesen sugerencias oportunas para la especulación contemporánea.
E. A. B. Universidad de Stanford, California.
Ca p ít u l o I
INTRODUCCIÓN
A. EL PROBLEMA HISTÓRICO SUGERIDO POR LA NATURALEZA DEL PENSAMIENTO MODERNO
Iji muñera como nosotros los modernos pensamos acerca de nuestro mundo es, en reulldud, bastante curiosa. Y no sólo curiosa, sino también original. La cosmología que sub yace en nuestros procesos mentales tiene tan sólo trescien tos años de edad; es, pues, una mera criatura en la his toria del pensamiento. Sin embargo, nos adherimos a ella con el mismo turbado fervor con que un papá joven mima a su recién nacido. Como él, ignoramos cuál sea su natura leza precisa; como él, empero, aceptamos piadosamente que es nuestra y le dejamos ganar un dominio que penetra sutil mente y sin oposición en todo nuestro pensamiento.
La visión del mundo de cualquier época puede descubrir se de varios modos, pero uno de los mejores es observar los problemas que se repiten en sus filósofos. Los filósofos nunca consiguen salir completamente de las ideas de su tiempo y, de este modo, mirarlas objetivamente. En realidad sería mucho esperar. Tampoco las doncellas que se cortan el pelo y dejan más en descubierto la bifurcación de la nuca se ven con los ojos de una madura matrona puritana. Pero en cambio los filósofos logran divisar algunos de los problemas impli cados en las nociones metafísicas de su tiempo, y sacan inocuo placer especulando en tomo a ellas de manera más o menos vana. Pongamos a prueba la moderna visión del
mundo de esta manera. Preguntemos cuáles son los proble mas cuyo correcto planteamiento —se ha supuesto general mente— constituyen la ocupación fundamental de los pen sadores metafísicos. Pues bien, el problema más notable en este sentido es el llamado problema del conocimiento. La corriente principal de la investigación especulativa desde Descartes en adelante ha estado imbuida por la convicción de que el estudio de la naturaleza y posibilidad del cono cimiento forma una etapa preliminar y necesaria para abor dar con éxito otros problemas últimos. Preguntemos ahora cómo llegó a ocurrir todo esto, qué supuestos se aceptaban cuando el mundo se sumía en estas profundas reflexiones epistemológicas, cómo es que estos supuestos penetraron en el pensar humano. Plantear estas cuestiones en un momen to en que todo el mundo cree lozanamente que la filosofía debe ocuparse de esto, es, naturalmente, fútil e inoportuno; pero ahora que algunos filósofos contemporáneos han te nido la osadía de descartar la epistemología como si se tra tase del estudio de enigmas irreales, es sazón de sugerirlas. ¿El problema del conocimiento conduce el pensamiento en direcciones equivocadas e invalida sus conclusiones con sus falsas premisas? ¿Cuáles son estas premisas, cómo se rela cionan con los otros rasgos esenciales del pensamiento mo derno, y qué era, en el fondo, lo que inducía a pensar de este modo al mundo moderno? No por accidente la episte mología ocupa el puesto central en la filosofía moderna. Es el corolario natural de algo más significativo y penetrante, una concepción del hombre mismo, y especialmente de su relación con el mundo que lo rodea. El conocimiento no era problema para la filosofía dominante en la Edad media. Ex plícitamente se daba por supuesto que el mundo que el espíritu humano trata de comprender es inteligible. El hecho de que luego se considerase al conocimiento como un pro blema implica que se habían aceptado ciertas creencias dife rentes sobre la naturaleza del hombre y sobre las cosas que
el hombre trata de comprender. ¿Cuáles son estas creencias y cómo aparecieron y se desarrollaron en los tiempos mo dernos? ¿De qué modo impulsaron a los pensadores hacia los característicos esfuerzos metafísicos que llenan los libros de la filosofía moderna? Los pensadores contemporáneos que vituperan la epistemología, ¿han objetivado realmente ante sus ojos la totalidad de este proceso? En una palabra, ¿por qué la corriente fundamental del pensamiento moderno es
lo que es?
Como se habla de una manera tan general de ‘la comen to fiimlaiucutal de) pensamiento moderno”, quizá debamos intercalar breves palabras para mostrar que no caemos cie gamente en cierto y claro peligro. Pudiera ser muy bien que las ideas verdaderamente constructivas de la filosofía moder na no fuesen en modo alguno las ideas cosmológicas, sino conceptos éticosociules como los de “progreso”, “control”, y similares. Tendríamos así una clave muy atractiva para la interpretación del pensamiento moderno que le daría un perfil muy diferente del que toma cuando rastreamos sus nociones metafísicas. Pero en este trabajo no nos concierne ese aspecto del pensamiento moderno. Un postrer análisis muestra que la posesión más fundamental de una época es la imagen última que se ha formado con respecto a la na turaleza de su mundo. Es el elemento básico que domina todo pensamiento. No tardaremos en ver que el espíritu moderno tiene claramente esta imagen, tan claramente como cualquier época anterior que deseáramos escoger. Pregunte mos ahora cuáles son los elementos esenciales de esta ima gen y cómo se insertaron en ella.
Sin duda no es misterio por qué, entre todos los estudios genéticos que hoy se emprenden con tanta confianza, no se haya hecho objeto de una investigación realmente crítica y desinteresada la naturaleza precisa y los supuestos del pen samiento científico moderno. La verdad de este aserto no reposa sólo en el hecho, importante de suyo, de que todos
nosotros tendemos a caer atrapados por el punto de vista de nuestra época y a aceptar sin cuestión sus principales presuposiciones. Se debe también a la asociación que se realiza en nuestros espíritus entre el principio de autoridad y la dominante filosofía medieval de la que el pensamiento moderno se apartó en airosa rebelión. Los pensadores mo dernos han condenado tan vigorosa y unánimemente la ma nera como la autoridad exterior imponía amplias proposi ciones en los espíritus inocentes, que se ha aceptado con bas tante facilidad que las proposiciones mismas eran totalmente insostenibles, y que los supuestos esenciales subyacentes en el nuevo principio de libertad, la manera como se buscó con éxito el conocimiento mediante su ayuda, y las implicacio nes más generales del mundo que se desprendían de ese proceso, están completamente bien fundadas. Pero ¿por qué habríamos de aceptar todo esto como sana doctrina? ¿Pode mos justificarla? ¿Sabemos claramente lo que significa? A buen seguro necesitamos aquí un estudio histórico y crítico de los orígenes de los supuestos fundamentales que carac terizan el pensamiento moderno. Por lo menos nos obligará a reemplazar este fácil optimismo por una apreciación más objetiva de nuestros propios postulados y métodos intelec tuales.
Tratemos de establecer de manera preliminar, aunque tan precisa como podamos, el contraste metafísico central entre el pensamiento medieval y el pensamiento moderno con res pecto a su concepción de la relación del hombre con su medio natural. Para la tendencia dominante en el pensa miento medieval, el hombre ocupaba un puesto más signifi cativo y determinante en el universo que el reino de la na turaleza física, mientras que para la corriente principal del pensamiento moderno la naturaleza tiene un puesto más in dependiente, determinante y permanente que el hombre. Nos será útil analizar más específicamente este contraste. Para la Edad media el hombre era el centro del universo en todo
sentido. Se suponía que el mundo de la naturaleza en su to talidad estaba teleológicamente subordinado a él y a su destino eterno. Los dos grandes movimientos que se unie ron en la síntesis medieval, la filosofía griega y la teología judeocristiana, habían llevado irresistiblemente hacia esta convicción. La visión del mundo dominante en este perio do estaba caracterizada por una profunda y persistente con vicción de que el hombre, con sus ideales y esperanzas, era el hecho más importante y aun dominante del universo.
Esta concepción servía de base a la física medieval. Se suponía que no sólo el mundo de la naturaleza en su totali dad existía en provecho del hombre, sino que estaba inme diatamente presente y era pimíamente inteligible a su espíritu. De aquí que las categorías empleadas para la inter pretación del mundo no fueran las de tiempo, espacio, masa, energía y similares; sino las de sustancia, esencia, materia, forma, cualidad, cantidad — categorías derivadas de un esfuerzo por dotar de forma científica a los hechos y relacio nes observados en la desnuda experiencia sensible del mun do y en las principales aplicaciones que el hombre podía dar le. Se creía que el hombre era activo en la adquisición del conocimiento, y la naturaleza pasiva. Cuando observaba un objeto distante algo iba desde su ojo hacia el objeto, y no del objeto a su ojo. Y, naturalmente, lo que había de real en los objetos era lo que podía percibirse inmediatamente en ellos mediante los sentidos humanos. Las cosas que aparecían de manera diferente eran sustancias diferentes, como el hielo, el agua y el vapor. El famoso enigma del agua que parece caliente a una mano y fría a la otra era una auténtica difi cultad para la física medieval, pues para ella el frío y el calor eran sustancias distintas. Entonces ¿cómo la misma agua podía tener a un tiempo frío y calor? Lo liviano y lo pesado eran cualidades distintas, cada una de ellas tan real como la otra, pues así las distinguían los sentidos. Lo mismo ocurría en el aspecto teleológico: se reputaba que una ex
plicación basada en la relación de las cosas con respecto a los propósitos humanos era tan justa y real, y a menudo más importante, que una explicación en términos de causalidad eficiente, que expresa la relación de las cosas entre si. La lluvia caía porque hacía crecer la cosecha de los hombres, tan ciertamente como porque las nubes la vertían. Se usaba libremente de analogías extraídas de actividades orientadas por un propósito. Los cuerpos livianos, como el fuego, ten dían hacia arriba, hacia su lugar propio; los cuerpos pesados como el agua o la tierra, tendían hacia abajo, hacia el suyo. De estas distinciones teleológicas se extraían diferencias cuantitativas. Como un cuerpo más pesado tiende hacia aba jo con mayor fuerza que uno más liviano, llegará a la tierra con más rapidez cuando se lo deje caer libremente. Se supo nía que el agua en el agua no pesaba, puesto que estaba en su lugar adecuado. Pero no es necesario multiplicar los ejem plos. Los que hemos dado bastarán para ilustrar los muchos aspectos en que la ciencia medieval atestiguaba en sus presu posiciones que el hombre, con sus medios de conocimiento y sus necesidades, era el hecho determinante del mundo.
Además se duba por sentado que esto habitat terrestre del hombre era el centro del ámbito astronómico. Con excepción de unos pocos audaces pero dispersos pensadores, a nadie so le había ocurrido cuestionar la legitimidad de escoger al gún otro punto de referencia en la astronomía salvo la Tie rra. La Tierra aparecía como algo amplio, sólido, quieto; los cielos estrellados se presentaban como una esfera liviana, vaporosa, no muy distante, que se mueve suavemente en torno de la tierra. ¿Qué más natural que sostener que estas luces regulares y brillantes habían sido hechas para descri bir círculos en torno al habitáculo del hombre, en una pa labra, que existían para su gozo, instrucción y provecho? Todo el universo era un lugar pequeño y finito; y era el lugar del hombre. £1 ocupaba el centro. Su bienestar era la fina lidad rectora de la creación natural.
Por último, el universo visible mismo era infinitamente más pequeño que el ámbito humano. El pensador medieval nunca olvidaba que su filosofía era una filosofía religiosa, con una firme persuasión del destino inmortal del hombre. El Motor inmóvil de Aristóteles y el Padre personal del cristianismo se habian identificado. Había una Razón y Amor eterno, que a la vez era Creador y fin de todo el sis tema cósmico. El hombre, como ser de razón y amor, estaba emparentado de un modo esencial con el Creador. Este pa rentesco se revelaba en la experiencia religiosa, que para el pensador nu'dicvnl ora el hecho científico más sublime. La razón habla realizado connubio con la intimidad y el trance místicos; aquel sublime instante, la transitoria pero inefable mente embriagadora visión de Dios, era igualmente el mo mento en que todo el ámbito del conocimiento humano alcan zaba significación última. El mundo de la naturaleza existía para que pudiera ser conocido y gozado por el hombre. A su vez, el hombre existía para que pudiera “conocer a Dios y go zarlo eternamente”. Esta benévola concesión de parentesco (>ntre el hombre y una Razón y Amor eternos garantizaba a la filosofía medieval que todo el mundo de la naturaleza en su forma actual no era más que un instante del divino drama que se extendía por innumerables edades del pasado y del presente, y en las que el puesto del hombre era indestructible.
Representémonos más vivamente todo esto con ayuda de algunas líneas de la maravillosa creación poética de la filo sofía de la Edad media: la Divina Comedia de Dante. Se expresa aquí de una manera sublime la convicción dominan te del carácter esencialmente humano del universo.
“La gloria de Aquel que todo lo mueve se difunde por el universo, y resplandece en unas partes más y en otras menos. Yo estuve en el meló que recibe mayor suma de su luz, y vi tales cosas, que ni sabe ni puede referirlas el que desciende de allá arriba; porque nuestra in teligencia, al acercarse al fin de sus deseos, profundiza tanto, que la memoria no puede volver atrás.
"Sin embargo, todo cuanto mi mente baya podido atesorar de lo concerniente al reino santo, será en lo sucesivo objeto de mi canto."
"Muchas cosas son allí permitidas a nuestras facultades que no lo son aqui, por ser aquel lugar creado para residencia propia de la es pecie humana."
“Todas las cosas guardan un orden entre si, y este orden es la forma que hace al universo semejante a Dios. Aquí ven las altas criaturas el signo de la eterna sabiduría que es el fin para que se ha creado aquel orden. En el orden de que hablo todas las naturalezas propenden y según su diversa esencia se aproximan más o menos a su principio. Así es que se dirigen a diferentes puertos por el gran mar del ser, y cada una con el instinto que se le concedió para que la lleve al suyo.
"Este instinto es el que conduce al fuego hacia la luna; el que pro mueve los primeros movimientos del corazón de los mortales, y el que concentra y hace compacta a la Tierra. Y este arco se dispara, no tan sólo contra las criaturas desprovistas de inteligencia, sino contra lus que tienen inteligencia y umor.”
18 INTRODUCCIÓN
“El inefable I’odor primero, juntamente con su Hijo y con el Amor quo de uno y otro clcmumcntc procedí', hizo con tnnto orden cuanto concibe la inteligencia y ven lus ojos, que no es posible a nadie con templarlo sin gustur de sus licllezns.
"Eleva, pues, lector, conmigo tus ojos liada las ultas esferas, por aquella parte en que un movimiento se encuentra con otro, y empieza a recrearte en la obra de aquel Muestro, que la ama tanto en su in terior, que jamás separa de ella sus miradas. Observa cómo desde allí se desvia el círculo oblicuo, conductor de los planetas, para satis facer al mundo que le llama. Y si el camino de aquéllos no fuese in clinado, más de una influencia en el cielo seria vana, y como muerta aqui abajo toda potencia. Y si al girar se alejaran más o menos de la línea recta, dejaría mucho que desear arriba y abajo el orden del mundo."
De la descripción de la unión última de Dante con Dios: "|O h luz suprema que te elevas tanto sobre los pensamientos de los mortalesI: presta a mi mente algo de lo que parecías, y haz que mi lengua sea tan potente que pueda dejar al menos un destello de tu gloria a las generaciones venideras.”
mu habría perdido, si hubiera separado de él mis ojos; y recuerdo que por esto ful tan osado para sostenerlo, que uní mi mirada con el Poder infinito. |Oh gracia abundante, por la cual tuve atrevimiento
}
>nra fijar mis ojos en la luz eterna hasta tanto que consumí toda mi uer/u visiva! En su profundidad vi que se contiene ligado con víncu los d<; amor en un volumen todo cuanto hay esparcido por el universo: sustancia, accidente y sus cualidades, unido todo de tal manera, que cuanto (Úgo no es más que una p&lida luz.”*'A»l rs como mi mente en suspenso miraba fija, inmóvil y atenta, y «imlluuiilia mirando con ardor creciente. El efecto de esta luz es tal,
<|in< no en |m»i|i|ii consentir Jamás en separarse de ella para contem-
plm otra nr.li, iMin|ue el bien, «pie es objeto de la voluntad, se cn- flfiiii loiln en ella, y luriii de ella es defectuoso lo que allí perfecto.”
~|Oli lor rli'iiui, ijiif é-ii II sol.iiiienle lealdes, que sola te compren
de», y <|ue slfiidii por ll n la ve/, inteligente y entendida, te amus y le rompí.loe* en II iidsiind Aquel de lus circuios, que parecía pro cedí! de II ruino el rayo reflejado procede del rayo directo, cuando mi» ojo» lo ronlnupluriin en tomo, parecióme que dentro de si con su pioplo color representaba nuestra efigie, por lo cual mi vista estaba lija nimiamente en él.
‘‘(.lomo el geómetra que se dedica con todo empeño a medir el círcu lo, y, por más que piensa no encuentra el principio que necesita, k>
iiiImiu) estaba yo ante aquella nueva imagen. Yo quería ver cómo co
rrespondía la efigie al círculo, y cómo a él estaba unida; pero no al canzaban a tanto mis propias alas, si no hubiera sido iluminada mi mente por un resplandor, merced al cual fue satisfecho su deseo.
‘‘Aqui faltó la fuerza a mi elevada fantasía; pera ya eran movidos mi deseo y mi voluntad, como rueda cuyas partes giran todas igualmen te, por el Amor que mueve el Sol y las demás estrellas.” 1
Comparemos con esto un extracto de un representativo e influyente filósofo contemporáneo, en el que se expresa una posición bastante extremada de la doctrina del hombre vi gente en los tiempos que corren. Después de citar al mefis- tofélico relato de la creación como obra de un ser2 cruel y caprichoso, prosigue así:
1 Paraíso, Cantos I, X y XXXIII. Trad. de M. Aranda y San Juan. 3 Bertrand Russell, A Free Morís Worshlp (MysUcism and Logic)
New York, 1918, págs. 40 y sig.
20 INTRODUCCIÓN
“Tai es, en esquema, el mundo que la ciencia presenta a nuestra creencia, aunque en realidad tiene aun menos propósito y está más vacio de significado. En tal mundo o en ninguna parte nuestros idea les deben, pues, buscar su nido. Que el hombre es producto de causas que no preveian el fin que estaban realizando; que su origen, creci miento, temores, esperanzas, amores y creencias son el resultado de accidentales colocaciones de átomos; que no hay fuego, heroísmo, in tensidad de pensamiento o sentimiento que pueda conservar una vida individual mas allá de la tumba; que los esfuerzos de todas las épocas, toda la devoción, inspiración y brillo meridiano del genio del hombre están destinados a la extinción con la muerte del sistema solar, y que todo el templo de las hazañas humanas inevitablemente debe enterrar se bajo los despojos de un universo en ruinas; todas estas cosas, aunque no sin disputa, son, sin embargo, tan aproximadamente ciertas que una filosofía que las niegue no puede abrigar esperanzas de subsisten cia. Sólo en la armazón de estas verdades, sólo sobre los firmes bases de una inflexible desesperanza, desde ahora en adelante podrá cons truirse con seguridad el habitáculo del alm a...
“Breve e impotente es la vida humana. Lenta y segura, la condena ción cae inexorable y atroz sobre la especie. Ciega pira el bien y para el muí, indiferente ante la destrucción, la nwlerla omnipotente sigue su curso, implacable. Al hombre, condenado hoy a perder a su ser más querido, condenudo a pasar él mismo por la puerta de ia muer te, sólo le es permitido abrigar, untes de que cuiga el golpe, los elevados pensamientos que ennoblecen su efímera existencia; desde ñando los cohnrdes terrores del eseluvo del Destino, venerar el altar que sus propias manos lian construido; inflexible ante el imperio del azar, conservar el espíritu libre de la caprichosa tiranía que gobierna su vida exterior; desafiando orgullosamente las irresistibles fuerzas que toleran por un momento su conocimiento y su condenación, sostener a solas, cual Atlas cansado e inflexible, el mundo plasmado por sus propios ideales a pesar de la marcha destructora de la fuerza inconsciente."
|Qué contraste entre la audaz filosofía de Dante —tran quila, contemplativa, infinitamente confiada—, y esta con cepción! Para Russell el hombre no es más que el casual y temporario producto de una naturaleza ciega y sin propósi to, un ajeno espectador de sus obras, casi un intruso en sus dominios.3 El hombre no ocupa ya un lugar de privilegio
8 El autor ha adoptado ahora una posición menos extrema en estos puntos (Revised Edition).
en una teleología cósmica. Sus ideales, sus esperanzas, sus raptos místicos no son sino las creaciones de su propia ima ginación, entusiasta y errabunda, sin referencia ni aplicación a un mundo real mecánicamente interpretado en términos de espacio, tiempo y átomos inconscientes aunque eternos. Su madre tierra no es sino un tilde en el espacio ilimi tado, su puesto, aun en la tierra, es sólo insignificante y pre cario, en una palabra, está a merced de las fuerzas brutas que sin saberlo le dan ser y que del mismo modo prometen apagar su vida antes de mucho. Él mismo y todo lo que ama,
€■ «•11 el curso del tiempo se "enterrará en un universo de
ruinas".
Naturaliueiilc nos encontramos ante una posición extre ma; y también ,1110 es clcito que el hombre reflexivo de
nuestra época cu sus actitudes cosmológicas siente que este análisis de la situación penetra cada vez con mayor coheren cia? lis verdad que siempre hay quienes tratan de evitar la cosmología; igualmente hay unos pocos filósofos idealistas y un número mucho mayor de entusiastas religiosos que sos tienen confiados una concepción diferente; pero ¿no sería licito decir que aun en sus filas hay mucho temor oculto de que algo así como la convicción arriba expresada puede re sultar cierto si hiciéramos frente a los hechos con absoluta franqueza? Porque en esta cuestión, como en todas las de más, hay una verdad. De todas suertes, la especulación se ha estado moviendo en esta dirección: así como era total mente natural para los filósofos medievales concebir la na turaleza como subordinada al conocimiento, propósitos y destino humanos, ahora ha llegado a ser natural concebiría como existente y operante en su propia y autónoma indepen dencia, tj, en la medida en que la relación entre el hombre y la naturaleza resulta de algún modo clara, considerar el co nocimiento y propósitos humanos producidos en parte por ella, y el destino del hombre como totalmente dependiente de ella.
22 INTRODUCCIÓN
B. LOS FUNDAMENTOS METAFÍSICOS DE LA CIENCIA MODERNA COMO CLAVE DE ESTE PROBLEMA
Difícilmente es posible filosofar hoy día, en el verdadero sentido de la palabra, a menos que se comprenda cómo ha ocurrido históricamente este verdadero cataclismo en la corriente principal del pensamiento. Esta es precisamente la cuestión que queremos plantear. Pero —y esto es lo intere sante— cuando se plantea la cuestión en esta forma en se guida resulta patente que un estudio de la filosofía moderna —es decir, de los escritos de los autores cuyos nombres llenan las páginas de las historias de la filosofía— sirve de poco en el esfuerzo por contestarla. Porque la metafísica moderna, al menos comenzando con la obra de Berkeley y Leibniz, tiene otro significativo hilo conductor que el del interés epistemo lógico. Es en gran medida una serie de fracasadas protestas contra la nueva relación del hombre con la naturaleza. Ber keley, Hume, Kant, Fichte, Hegel, James, Bergson, todos ellos están unidos en un serio esfuerzo: el esfuerzo de res tablecer al hombre con sus altas pretcnsiones espirituales en un puesto de importancia dentro del esquema cósmico. La constante renovación de estos esfuerzos y su constante fra caso en convencer amplia y totalmente a la humanidad reve lan qué arraigo poderoso estaba alcanzando en el espíritu hu mano la concepción que combatían y ahora, quizás más que en cualquier generación precedente, hallamos filósofos que desean ser intelectualmente honestos, por encima de todas las cosas y están prontos a rendirse abandonando la lucha como si ya estuviera decidida. Una filosofía que se parezca a la de Russell en los puntos esenciales que hemos tratado, se llama a sí misma “naturalista", con lo que implica la seguridad de que, enfrentando los hechos con el espíritu normal, libre de maliciosas distorsiones internas, llegaremos inevitable mente a estar de acuerdo con sus resultados.
CLAVE DEL PROBLEMA
¿Cuál es la razón del fracaso de estos intentos? Una res puesta posible a esta cuestión es, naturalmente, que esta ban condenados a ser ineficaces desde el principio, que la moderna concepción de la relación que el hombre guarda con su medio, aunque antes nunca habia sido expresada de esa manera, es cierta, después de todo. La patética caracte- rística de la naturaleza humana, que permite fácilmente que el hombre piense de sí mismo con más elevación de lo que debiera —que acepte crédulamente una idea lisonjera de su propia importancia en el drama de la historia— podría expli car muy bien que en todas las corrientes de pensamiento dominantes en casi todos los tiempos y lugares del pasado, aun cuando el interés teorético hubiera alcanzado gran al tura, tendiera a imaginar que en la estructura eterna de las cosas había algo que se parecía más a lo que él más estimaba que a meras parricidas materiales en relaciones cambiantes. MI hecho de que la filosofía científica de los griegos, con toda su sublime pasión por la verdad misma de las cosas, llegara a su vez a una exaltada filosofía del hombre, podría deberse a la circunstancia, que los historiadores del pensa miento han observado con insistencia, de que se alcanzó el cénit de la metafísica griega muy conscientemente por la extensión al reino físico de conceptos y métodos que habían demostrado ser útiles en el campo de las situaciones perso nales y sociales. Podría ser el resultado de una falsa aplica ción al universo en general de un punto de vista bastante legítimo en cierto campo. El error de la aplicación consis tiría en última instancia en el supuesto gratuito de que por que el hombre, mientras está en la tierra, puede conocer y usar ciertas partes de su mundo, con ello realiza una dis tinción última y permanente en el mundo.
Podría haber, sin embargo, otra posible respuesta a esta cuestión. Resulta evidente al hacer algunas observaciones sobre los métodos medievales y modernos de abordar las dificultades de la metafísica, que se ha producido un cambio
INTRODUCCIÓN
radical en la terminología usada. En vez de tratar las cosas en términos de sustancia, accidente, causalidad, esencia, idea, materia, forma, potencia y acto, ahora nos referimos a ellas denominándolas fuerzas, movimientos, leyes, cambios de masa en el espacio y el tiempo, etc. Si se toma la obra de cualquier filósofo moderno podrá apreciarse cuán com pleto ha sido el cambio. Sin duda el término “masa” no ha de hallar gran aplicación en los tratados de filosofía gene ral, pero en cambio los otros términos nombrados se repeti rán con abundancia como categorías fundamentales de explicación. El espíritu moderno, acostumbrado a pensar ge neralmente en términos de espacio y tiempo, tiene especial dificultad en darse cuenta de cuán poca importancia tenían estas entidades para la ciencia escolástica. Las relaciones es paciales y temporales eran características accidentales, no esenciales. En vez de las conexiones espaciales de las cosas los hombres buscaban sus conexiones lógicas; en vez de la marcha del tiempo hacia el futuro se buscaba el eterno tránsito de la potencia al acto. Pero en cambio los grandes enigmas de los filósofos modernos se refieren todos al espa cio y al tiempo. Hume se pregunta cómo es posible conocer el futuro, Kant resuelve por un coup de forcé las antinomias del espacio y el tiempo, ílegel inventa una nueva lógica a fin de que las aventuras del ser se conviertan en un románti co desarrollo, James proclama un empirismo del “fluir", Bergson nos pide que nos sumerjamos intuitivamente en la corriente de duración que es la esencia de la realidad, y Alexander escribe un tratado metafísico sobre el espacio, el tiempo y Dios. En otras palabras, es evidente que los filó sofos modernos han estado tratando de seguir la pesquisa ontológica usando un fondo terminológico e ideológico rela tivamente nuevo. Pudiera ser que la razón del fracaso de la fi losofía para dar al hombre mayor seguridad del puesto del universo que una vez creyó confiadamente ocupar, se deba a la incapacidad de repensar una correcta filosofía del ser hu
CLAVE DEL PROBLEMA
mano utilizando esta nueva terminología. Pudiera ser que a cubierto de este cambio de ideas la filosofía moderna hubiera aceptado sin crítica ciertas importantes presuposiciones, ya en forma de significados contenidos en los nuevos términos, ya de doctrinas sobre el hombre y su conocimiento, que se hu bieran deslizado con ellas, y que estos presupuestos por su na turaleza imposibilitaran un esfuerzo fructuoso de reanalizar la relación del hombre con respecto a su mundo circundante.
Durante la última generación estas ideas de la ciencia han sido objeto de un vigoroso ataque y crítica por parte de un grupo de agudos pensadores que se han preguntado qué mo dificaciones habría que hacer a las concepciones tradiciona les si tratásemos de repararlas a la luz de una experiencia más amplia y de más coherente interpretación. Actualmente esta investigación crítica ha culminado en una transforma ción bastante amplia de los principales conceptos del pensa miento científico, proseguida por una parte por hipótesis fí sicas radicalmente nuevas —las teorías de talentosos físicos como Einstein— y, por otra, por los intentos de dar nueva forma a los métodos y puntos de vista científicos: las contri buciones de filósofos de la ciencia como Whitehead, Broad y Cassirer.4 Éstos son ahora los acontecimientos más im portantes en el mundo de la filosofía científica. Obligan a plantear cuestiones más fundamentales que las que se han planteado por generaciones. Llevan a los hombres de ciencia a un estado de escepticismo sumamente saludable en lo que atañe a muchos fundamentos tradicionales de su pensamien
4 Ver especialmente, A. N. Whitehead, The Principies of Natural Knowledge, Cambridge, 1919; The Concent of Nature, Cambridge, 1920; The Principie of Relatioity, Cambridge, 1923; C. D. Broad,
Percéption, Physics, and Reality, London, 1914; Scientlfic Thought,
London, 1923; E. Cassirer, Das Erkenntniss-problem in der Philosophie und Wissenschaft der neueren Zeit, 3 Vols., Berlín, 1906-20; Substan- ce and Function and Einstein’s Theory of Pielatioity (trad. de W. C. y M. C. Swabey), Chicago, 1923; ver también los primeros estudios de K. Pearson, E. Mach, H. Poincaré, y para un mayor conocimiento del tema las obras de Minkowski, Weyl, Robb, Eddington.
to. Pero el trabajo que estos pensadores de vanguardia quie ren ver realizado es sólo una parte de lo que realmente hay que hacer. Y lo que hay que hacer, en su totalidad, no puede realizarse limitando meramente el interés al establecimiento de una concepción coherente de lo que es el método de la ciencia física, ni con el cuidadoso análisis de las categorías de la física tal como revelan su significado en la actual época de hazañas científicas. Cassirer peca por lo primero; Whitehead y Broad por ambas cosas. Si seguimos a este eru dito alemán de notable agudeza, obtendremos una magní fica perspectiva histórica; pero olvidaremos, por el mismo esfuerzo, la penetrante influencia del movimiento estudiado sobre el pensamiento cosmológico moderno en general. Si seguimos a los críticos ingleses damos por supuesto, además, muchas cosas del pasado que es necesario investigar tan cuidadosamente como muchos problemas contemporáneos que llaman nuestra atención.® Inevitablemente vemos nuestro problema a través de nociones heredadas que, a su vez, deberían formar parte de un problema mayor. Con unos pocos ejemplos se verá qué es lo que queremos decir: estos investigadores continuamente usan sin crítica ideas tradi cionales como la de "mundo exterior”, suponen una dico tomía entre el mundo del físico y el mundo de los sentidos, y dan por buenos los postulados fisiológicos y psicológicos. Nuestras preguntas deben penetrar más profundamente y traer a un foco más claro un problema más fundamental y de mayor significación para todos que los problemas vis lumbrados por estos investigadores. Y la única manera de trabar contacto con el problema más amplio y alcanzar una posición desde la cual podamos decidir entre alternativas como la expresada es seguir críticamente el uso primitivo y el desarrollo de estos términos científicos en la época mo derna, y analizarlos especialmente tal como se presentaban
E Esto no se aplica ya a Whitehead (Revised Edition).
CLAVE DEL PROBLEMA
en su primera formulación precisa y, por así decirlo, deter minante. Preguntemos entonces cómo ocurrió que los hom bres comenzaron a pensar el universo en términos de átomos de materia en el espacio y el tiempo en vez de usar catego rías escolásticas; cuándo las explicaciones teleológicas —ex plicaciones basadas en el concepto de utilidad y del Bien— se abandonan definitivamente en favor de la noción de que las verdaderas explicaciones, del hombre y de su espíritu así como de las demás cosas, deben ser en términos de sus partes más simples; qué ocurrió entre 1500 y 1700 para que pudie ra cumplirse esta revolución; y, luego, qué implicaciones metafísicas últimas llegaron a la filosofía general, al reali zarse la transformación; quiénes expresaron estas implica ciones en la forma que cobró validez y convicción; cómo im pulsaron a los hombres a emprender investigaciones como las de la epistemología moderna; qué efectos tuvieron sobre las ideas del hombre moderno acerca de su mundo.
Cuando comenzamos a dividir nuestro problema en cues tiones específicas como éstas nos damos cuenta de que esta mos proponiendo un tipo de investigación histórica que se ha descuidado bastante, es decir, un análisis de la filosofía de los comienzos de la ciencia moderna, y en particular de la metafísica de Sir Isaac Newton. No es que todavía no se haya escrito sobre este tema. En realidad, el mismo profe sor Cassirer es autor de una obra sobre epistemología mo derna que por mucho tiempo seguirá siendo una hazaña monumental en su género. Pero es necesario realizar un aná lisis histórico mucho más radical. Debemos captar el esen cial contraste de toda la visión del mundo moderno y la del pensamiento anterior, y utilizar este contraste claramen te concebido como una pista que nos sirva de guía para elegir cada una de nuestras significativas presuposiciones modernas, a fin de estimarlas y criticarlas a la luz de su desarrollo histórico. En ninguna parte se ha publicado un análisis de este alcance y propósitos. Estas consideraciones
también ponen de relieve por qué no puede evitarse esta ardua labor, como lo esperan algunos pensadores actuales, utilizando en nuestro filosofar categorfas tomadas de la bio logía evolucionista. En verdad, estas categorías han tendido a suplir gran parte de la terminología de la física mecánica, al menos en las disquisiciones sobre la materia viva. Pero la totalidad del magnífico movimiento de la ciencia moderna es esencialmente una; las ramas biológicas y sociológicas poste riores tomaron sus postulados básicos de la mecánica que había obtenido tempranas victorias, especialmente el postu lado, de máxima importancia, de que todas las explicacio nes válidas siempre deben formularse en términos de pe queñas unidades elementales en relaciones regularmente cambiantes. A esto se ha agregado igualmente, salvo en casos muy raros, el postulado de que la causalidad última se halla rá en el movimiento de átomos físicos. En la medida en que la biología tiene sus propios y peculiares supuestos metafí- sicos, todavía se hallan cubiertos por la vaguedad de sus conceptos fundamentales, como los de “medio ambiente", “adaptación”, etc., y habrá que darles tiempo para que re velen su naturaleza específica. Por tanto debemos dirigirnos al período creador de la ciencia moderna, al siglo xvn espe cialmente, para encontrar la principal respuesta a nuestro problema. En lo que respecta a la ciencia anterior a Newton, el movimiento se identifica con la filosofía, tanto en Ingla terra como en el continente; la ciencia era simplemente fi losofía natural, y las figuras influyentes de este período eran tanto los grandes filósofos como los grandes hombres de ciencia. En gran parte se debe a Newton el hedió de que se produjera una distinción real entre ambas disciplinas. La filosofía en general presupuso la cienda. Otra manera de plantear nuestro tema central sería: ¿Los problemas que ocu paban a los filósofos sttrgían directamente por haber acep tado sin critica esta distinción? Un breve sumario de la obra de Newton mostrará que es muy posible.
CLAVE DEL PROBLEMA
Desde su tiempo se ha concedido a Newton una doble importancia. En lo que toca a su influencia popular, ha afec tado profundamente el pensamiento del hombre medio con sus extraordinarias proezas científicas. La más notable de éstas fue su conquista de los cielos en nombre de la ciencia humana, al identificar la gravitación terrestre con los movi mientos centrípetos de los cuerpos celestes. Por grande que hoy sea el nombre de Newton es difícil representarnos la adoración que se le tenía en toda Europa en el siglo xvm. Si hemos de confiar en la voluminosa literatura de la época, parecía que hazañas como el descubrimiento de las leyes del movimiento y la ley de la gravitación universal representa ban unu victoria incomparable, de importancia única, que sólo podía ocurrir una vez n un solo hombre en todos los tiempos. Newton había sido ese hombre. Ilenry Pemberton, que cuidó la tercera edición de los Principia, y que escribió uno de los numerosos comentarios de la obra, declaraba: ".. .mi admiración ante el sorprendente invento de este gran hombre me lleva a concebirlo como una persona que no sólo tiene que aumentar la gloria de su patria sino aun honrar la humanidad entera al haber extendido la más grande y noble de nuestras facultades, la razón, a temas que, hasta que él lo intentó, parecían estar totalmente fuera del alcance de nuestras limitadas capacidades.’’6 La admiración de otros espíritus científicos se halla representada por Locke, que se llama a sí mismo, al lado del “incomparable Mr. Newton, un subalterno, empleado en limpiar el campo y quitar algo de la muralla que obstruye el camino del conocimiento” 7; o por el famoso tributo de Laplace, quien observó que Newton no sólo era el mayor genio que jamás había existi do, sino también el más afortunado, pues como hay un solo universo, sólo un hombre en la historia del mundo puede
• A View of Isaac Newton’s Fhilosophy, London, 1728, dedicado a Sir Robert Walpole.
7 Essay Conccrning Human Understandlng, Epístola al lector. 29
ser intérprete de sus leyes. Hombres de letras como Pope encontraban expresión de la veneración preponderante por el gran hombre de ciencia en el famoso dístico:
Nature and Naturas laws lay hid in night; God said, ‘Let Newton be?, and all toas light» Entretanto, el nuevo autoritarismo que crecía bajo el nom bre de Newton, que Berkeley atacaba tan violentamente en su Defence of Freethinking in Mathematics [Defensa del librepensamiento en matemáticas], todavía despertaba la mentaciones veinte años después por parte de vehementes averiguadores como George Home:
“El prejuicio en favor de Sir Isaac ha sido tan grande que ha echado a perder la finalidad de su empresa, y sus libros han sido un medio de impedir los conocimientos que intentaba promover. Todo niño apren de desde la cuna que Sir Isaac Newton ha llevado la filosofía hasta el más alto grado que puede alcanzarse, y que ha establecido un sistema de física sobre las solidas bases de la demostración matemática.” 0
Estas citas representativas revelan la creación de un nue vo ambiente en los espíritus europeos bajo la conducción de Newton, de modo que todos los problemas debían estu diarse de nuevo porque se los veía en una nueva perspectiva. El estudioso de la historia de la ciencia física asignará a Newton una nueva importancia, que el hombre medio difí cilmente puede apreciar. Verá en el genio inglés una figura sobresaliente en la invención de ciertos instrumentos cientí ficos necesarios para fructuosos progresos, como los del cálculo infinitesimal. Se verá entonces en Newton la prime ra clara expresión de la combinación de los métodos mate máticos y experimentales que se ha repetido luego en todos los descubrimientos de la ciencia exacta. Se observará en 8
8 Epitafio para la tumba de Newton en la Abadía de Westminster,
Poetical Works, Glasgow, 1785, Vol. II, pág. 342.
0 A Fak, Candid and Impartía! State of tlte Case between Sir Isaac Newton and Mr. Hutchinson, Oxford, 1753, pág. 72.
CLAVE DEL PROBLEMA
Newton la separación de las investigaciones científicas posi tivas de las cuestiones de causalidad última. Lo más impor tante, quizá, desde el punto de vista del hombre de ciencias exactas, es que Newton tomó términos vagos como “fuerza” y “masa” y les dio significados precisos como continuos cuan titativos, de modo que mediante su uso los principales fe nómenos de la física fueron susceptibles de tratamiento matemático. Debido a estos notables logros científicos la historia de las matemáticas y de la mecánica durante los cien años que siguieron a Newton se presenta ante todo como uii período dedicado a la asimilación de su obra y a la aplicación de sus leyes a más variudos tipos de fenómenos. En tanto los objetos fueran musas que se desplazan en el espucio y el tiempo bajo el impulso de fuerzas tal como Newton las habla definido, su comportamiento era ahora totalmente explicable en términos de matemáticas exactas, gracias a sus trabajos científicos.
Puede ser, sin embargo, que Newton sea una figura su mamente importante por una tercera razón. No sólo halló una aplicación matemática precisa para conceptos como los de fuerza, masa, inercia; dio nuevos significados a los viejos términos de espacio, tiempo y movimiento, que hasta enton ces no tenían mucha importancia, pero que se estaban con virtiendo en las categorías fundamentales del pensamiento humano. Al tratar estos conceptos últimos junto con su doc trina de las cualidades primarias y secundarias, su noción de la naturaleza del universo físico y de su relación con el conocimiento humano (en todo lo cual llevaba a posiciones aun más influyentes un movimiento que ya había avanzado bastante) — en una palabra, al representar decididamente los postulados últimos de la nueva ciencia y su airoso mé todo tal como él los entendía, Newton se constituía en filó sofo más que en hombre de ciencia, en el sentido que hoy damos a estas palabras. Newton presentaba los fundamen tos metafísicos del progreso matemático del espíritu, que en
él había logrado sus más notables victorias. Estas nociones metafísicas, contenidas de la manera más directa y promi nente en su obra más ampliamente estudiada, los Principia, llegaron a todos los rincones donde penetrara su influencia científica, y cobraban certeza, posiblemente injustificada, por las claras demostraciones de los teoremas de la gravi tación, a los que siguen como Escolios. Newton era un hom bre de ciencia sin rival; pero acaso no esté libre de críticas como metafísico. En su obra experimental, por lo menos, trató escrupulosamente de evitar la metafísica. Le disgusta ban las hipótesis, es decir, las proposiciones explicativas que no se deducen inmediatamente de los fenómenos. Al mismo tiempo, siguiendo a sus ilustres antecesores, da o supone dadas respuestas definitivas a cuestiones fundamentales como las que se refieren a la naturaleza del espacio, el tiem po y la materia; y las relaciones del hombre con respecto a los objetos de su conocimiento. Precisamente estas respuestas son las que constituyen la metafísica. El hecho de que su ma nera de tratar estos grandes temas —que pasó al mundo culto bajo el peso de su prestigio científico— estuviera cu bierta por esta capa de positivismo, puede haber llegado a ser un peligro. Quizá haya contribuido no poco a deslizar un conjunto de ideas del mundo que fueron aceptadas sin crítica en el ambiente intelectual corriente del hombre mo derno. Lo que Newton no distinguía, otros no estaban dis puestos a analizar cuidadosamente. Las hazañas reales de la nueva ciencia eran innegables; además, el antiguo conjun to de categorías, que al parecer envolvían la física medieval ahora desacreditada, no era ya una alternativa para ningún pensador competente. En estas circunstancias es fácil com prender cómo la filosofía moderna pudo haberse encontrado sumida en ciertos enigmas que se debían a la presencia in cuestionada de estas nuevas categorías y presupuestos.
Un penetrante estudio de los filósofos posteriores a New ton revela ahora que filosofaban sin duda a la luz de sus
hazañas, y teniendo en cuenta principalmente su metafísica. En el momento de su muerte, Leibniz estaba trabado en fo goso debate sobre la naturaleza del espacio y el tiempo con el defensor teológico de Newton, Samuel Clarke. El Com- monplace Book [Cuaderno filosófico] y los Principios del conocimiento humano de Berkeley, y más aun sus obras me nores, como The Analyst [El analista], A Defence of Free Thinking in Mathematics y De Motu [Tratado del movi miento], muestran con bastante claridad quién era, para él, su mortal enemigo.10 La Investigación sobre el entendimien to humano y la Investigación sobre los principios de la mo ral, de Hume, contienen frecuentes referencias a Newton. Todos los enciclopedistas franceses y materialistas de media dos del siglo xviii se sentían más ncwtonianos que el mis mísimo Newton. En sus primeros años Kant fue un entu siasta estudioso de Newton, y sus primeras obras 11 apuntan principalmente a dar una síntesis de la filosofía continental y de la ciencia newtoniana. Hegel escribió 12 una extensa y mordaz crítica de Newton. Naturalmente, ninguno de estos hombres acepta a Newton como la verdad evangélica —todos critican algunas de sus concepciones, especialmente las de espacio y fuerza— pero ninguno de ellos somete a un aná lisis critico la totalidad del sistema de categorías que tenía su más clara expresión en los magníficos Principia. Puede ser que su fracaso en el intento de construir una filosofía del hombre que fuera convincente y alentadora se deba en gran medida a este residuo sin analizar. Puede ser que mu
10 La edición m¿s completa de los Obras de Berkeley es la de Fra- ser, Oxford, 1871, 4 Vols.
11 Ver especialmente sus Thoughts on the Trué Estimation of Ltoing Totees,Monadologia Physica, 1746; General Physiogony and Theory of the Heavens, 1755; 1756; e Inquiry into the Evidence of the Princi pies of Natural Theology and Moral, 1764; en cualquier edición de sus obras.
12 Hegel, Phenomenology of Mind (trad. de Baillie, London, 1910, Vol. I, págs. 124 y sig., 233 y sig.: Ilistory of Philosophy Philosophy of Nature, passim; y
(trad. de líaldane), Vol’. III, 322 y sig.
chos de los términos y supuestos de su pensamiento eran esencialmente refractarios a cualquier hazaña brillante, preci samente porque no se los había criticado.
La única manera de traer esta cuestión ante el tribunal de la verdad será sumergimos en la filosofía de los prime ros tiempos de la ciencia moderna, localizando sus supuestos fundamentales a medida que aparecen y siguiéndolos hasta su formulación clásica en los párrafos metafísicos de Sir Isaac Newton. El lector tiene en sus manos un breve estu dio histórico que trata de responder a esta necesidad. Nues tro análisis será suficientemente detallado para que los per sonajes tengan amplia oportunidad de hablar por su cuenta, y poner en descubierto de la manera más explícita posible los métodos e intereses reales revelados en su obra. Al final el lector comprenderá más claramente la naturaleza del pen samiento moderno y juzgará más exactamente la validez de la imagen del mundo ofrecida por la ciencia contemporánea.
Comenzaremos nuestra investigación con ciertas cuestio nes sugeridas por la obra del primer gran astrónomo moder no y fundador de un nuevo sistema de las esferas celestes: Nicolás Copémico.
Ca p ít u l o II
COPÉRNICO Y KÉPLER
A. EL PROBLEMA DE LA NUEVA ASTRONOMIA ¿Por qué Copémico y Képler, antes de cualquier confir mación empírica de la nueva liipótesis de que la Tierra es un planeta que gira sobre su eje y da vueltas alrededor del Sol, mientras las estrellas fijas permanecen quietas, creyeron que era una verdadera imagen del universo astronómico? He aquí la cuestión más conveniente, desde el punto de vista histórico, para comenzar nuestro ataque.
A fin de preparar la respuesta de esta cuestión, pregunte mos otra: ¿qué fundamento hubiera tenido un hombre de ciencia representativo, cabal, contemporáneo de Copémico, para rechazar esta nueva hipótesis como ejemplo de temera rio e injustificado apriorismo? Estamos tan acostumbrados a pensar que la oposición al gran astrónomo se fundaba pri mariamente en consideraciones teológicas (lo que, natural mente, en esa época era en gran medida cierto) que tene mos tendencia a olvidar las sólidas objeciones científicas que podrían haberse levantado y que efectivamente se presenta ron contra ella.
Ante todo, no se conocían fenómenos celestes que no se explicasen según el método ptolomaico con una precisión tan grande como podía esperarse sin instrumentos más moder nos. Se hacían predicciones de fenómenos astronómicos que resultaban tan ciertas como las que hacían los copemicanos.
Y en astronomía, como en todo lo demás, la posesión consti tuye nueve décimos de la ley. Ningún pensador sensato habría abandonado una teoría del universo encanecida por la prueba del tiempo en favor de un plan novedoso, a menos que se pudieran obtener importantes ventajas, y en este caso sin duda no se ganaba nada en precisión. Los movi mientos de los cuerpos celestes podían seguirse tan correc tamente de acuerdo con Ptoloineo como de acuerdo con Co- pémico.
En segundo lugar, el testimonio de los sentidos parecía ser completamente claro en este asunto. Todavía no habían llegado los días en que se podría ver realmente, con la ayu da de un telescopio, las manchas del Sol, las fases de Venus, la áspera superficie de la Luna, en una palabra, todavía no podía descubrirse una prueba bastante convincente de que estos cuerpos estaban constituidos esencialmente del mismo material que la tierra, ni se podía determinar cuán grandes eran en realidad sus distancias. A los sentidos debía pare cer incontestable que la Tierra era una sustancia sólida, inamovible, en tanto que el éter liviano y los trocitos de llama estrellada en su límite no muy distante flotaban fá cilmente a su alrededor todos los días. A los sentidos la Tierra npurece como algo macizo, estable; en comparación, los cielos son algo tenue, móvil, débil, como se revela en la brisa y en el fuego.
En tercer lugar, sobre este supuesto inconmovible testimo nio de los sentidos se había erigido una filosofía natural del universo que ofrecía una base bastante completa y satis factoria al pensamiento humano. Los cuatro elementos: tie rra, agua, aire y fuego, en escala ascendente no sólo por sus relaciones espaciales sino también por su dignidad y valor, eran las categorías que el hombre se había acostumbrado a utilizar cuando pensaba en el reino de lo inanimado. En esta manera de pensar se había incluido necesariamente el supuesto de que los cuerpos celestes eran de más noble
lidad y más móviles en realidad que la Tierra. Cuando estos presupuestos se añadían a las otras proposiciones fundamen tales de la metafísica aristotélica, que armonizaba esta con cepción astronómica con la totalidad de la experiencia humana hasta ese momento, la sugerencia de una teoría as tronómica muy diferente tenía que aparecer forzosamente como una contradicción con respecto a todos los puntos im portantes del conocimiento que el hombre había alcanzado sobre su mundo.
li'inalin<‘iito había ciertas objeciones específicas contra la nueva teoría que, <lo acuerdo con el estado de las observa ciones astronómicas y de la ciencia mecánica en aquella ópoea, no podiun contestarse satisfactoriamente. Algunas de ellas, como la afirmación do que no cuerpo proyectado ver- ticalmeute cu el aire debe caer a una considerable distan cia hacia el oeste de su punto de partida si la teoría coper- nlcann era correcta, debía esperar hasta que Galileo pusiera los cimientos de la dinámica moderna para ser refutada. Otras, como la objeción de que según Copémico las estrellas fijas debían revelar una paralaje anual debido a la diferen cia de ciento ochenta y seis millones de millas en la posición de la Tierra cada seis meses, no obtuvieron respuesta hasta el descubrimiento de esa paralaje por Bessel, en 1838. En la época de Copémico, el hecho de que los sentidos no pudie ran divisar ninguna paralaje estelar implicaba, en caso de que la teoría fuera correcta, la necesidad de atribuir a las estrellas fijas una distancia tan inmensa que casi todos la habrían descartado como ridiculamente increíble. Y estas son sólo dos de las muchas deducciones legítimas que se ha cían de acuerdo con la nueva hipótesis, que carecían por completo de confirmación empírica.
A la luz de estas consideraciones es correcto decir que aunque no hubiera habido ningún escrúpulo religioso contra la astronomía copemicana, los hombres sensatos de toda Europa, especialmente los de tendencias empíricas, hubieran
visto gran extravagancia en la aceptación de los frutos pre maturos de una imaginación incontrolada, en vez de dar preferencia a las sólidas inducciones construidas paulatina mente a través de los tiempos que confirmaban la experien cia sensible del hombre. Conviene recordar este hecho, ahora que una de las caracteristicas de la filosofía contemporánea es poner el acento sobre el empirismo. Los empiristas ac tuales hubieran sido los primeros en desechar la nueva fi losofía del universo si hubieran vivido en el siglo xvi.
Entonces ¿por qué frente a estos importantes hechos Co pérnico propuso la nueva teoría como la verdadera descrip ción de las relaciones entre la Tierra y los cuerpos celestes? Fuertes razones deben de haberlo impulsado. Si podemos lo calizarlas con precisión habremos descubierto la piedra angu lar y la estructura básica de la filosofía de la ciencia física mo derna. Para oponerse a estas objeciones profundamente se rias, Copérnico sólo podía apelar al razonamiento de que su concepción ponía los hechos de la astronomía en un orden matemático más sencillo y armónico. Era más sencillo, pues to que en vez de los ochenta epiciclos, más o menos, del sistema ptolomaico, Copérnico podia “salvar los fenómenos” con sólo treinta y cuatro, que eran todos los que se necesi taban si se abandonaba la suposición de que la Tierra per manecía en reposo. Era más armonioso porque la mayor parte de los fenómenos planetarios se podían representar ahora bastante bien con una serie de círculos concéntricos alrededor del sol, con nuestra Luna como único intruso. Pero ¿qué significaba esta mayor armonía y sencillez contra las sólidas objeciones filosóficas que se acaban de expresar?
Para responder a esta pregunta describamos brevemente las circunstancias pertinentes del mundo intelectual de Co pérnico, y su influencia sobre nuestro astrónomo en esta oca sión decisiva. Descubriremos que la respuesta se halla prin cipalmente en los cuatro rasgos siguientes de su mundo es piritual.
Tanto los observadores antiguos como medievales habían notado que en muchos sentidos la naturaleza parecía gober narse por el principio de la sencillez. Sus observaciones sobre el particular se hallaban sintetizadas en forma de axiomas proverbiales, corrientemente aceptados como ejemplos de la concepción del mundo. El hecho de que los cuerpos caen moviéndose perpendicularmente hada la tierra, que la luz se propaga en línea recta, que los proyectiles, no varían la dirección en que se los arroja e innumerables otros hechos de experienda familiar habían originado proverbios corrien tes como “natura semper agit per mas breoissimaiT, “natura ndiil fácil frustra”, “natura ñeque redundat in superfluis, ñeque déficit in neccesariis” [la naturaleza obra siempre por el camino más corto, la naturaleza no hace nada en vano, la naturaleza no tiene abundancia de cosas superfluas ni carece de lo necesario]. Esta noción de que la naturaleza realiza sus tarcas de la manera más cómoda, sin trabajo extra, habría tendido a disminuir en alguna medida la re pulsión que la mayor parte de los espíritus debían sentir hacia Copérnico; los incómodos epiciclos ahora eran menos y se habían eliminado varias irregularidades del sistema pto- lomaico. Así tenía que ser si los proverbios mendonados se aplicaban a la naturaleza. Cuando Copérnico, en nombre del principio de sencillez, ataca dertas complicaciones de la concepción anterior, como los ecuantes de Ptolomeo y su incapacidad de atribuir velocidad uniforme a los movimien tos planetarios1 —lo mismo que cuando alaba su propio sistema porque puede representarse por “paucioribus et mul to convenientioribus rebus” [un número menor de construc ciones, y mucho más convenientes]— con razón espera disminuir los prejuicios que su revolucionaria concepdón ciertamente habrá de despertar.
En segundo lugar la nueva astronomía implicaba la afir
1 Nicolai Coppemici de hupothesibus motuum coelesltum a se cons-
títutis Commentartohu, Fol. Xa.
mación de que el punto de referencia correcto en la astro nomía no era la Tierra —como lo habían dado por supuesto hasta entonces todos menos un puñado de pensadores anti guos—, sino las estrellas fijas y el Sol. La gente que por una educación de siglos se había acostumbrado a pensar según una filosofía homocéntrica y una física geocéntrica, no podía entender que fuera legítimo realizar tan tremendo cambio en el punto de referencia. Nadie hubiera podido abrigar noción semejante cien años antes de Copérnico, salvo algún accidental astrónomo familiarizado con los detalles erudi tos de su ciencia y capaz de comprender que había alguna recompensa, consistente en una mayor sencillez, si se con sideraba la posibilidad de un sistema heliocéntrico. Pero habían ocurrido algunas cosas en estos cien años. No era ya tan imposible persuadir a quienes pudieran apreciar las ven tajas de un nuevo punto de referencia. Había ocurrido el Renacimiento, es decir, el cambio del centro del interés hu mano que pasaba del presente a una edad de oro en la An tigüedad. Había comenzado la Revolución comercial con sus largos viajes y estimulantes descubrimientos de continen tes ignorados hasta entonces y de civilizaciones jamás estu diadas. Los adalides de los negocios europeos y los campeo nes de las aventuras coloniales apartaban su atención de las pequeñas ferias locales para posar sus ojos en los grandes centros de comercio aún sin explotar, en Asia y las Améri- cas. El ámbito anteriormente conocido por el hombre pareció de pronto mezquino y pequeño. Los pensamientos humanos se iban acostumbrando a un horizonte cada vez más amplio. Se había circunnavegado la Tierra, con lo que se probaba de manera más popular su redondez. Se había hallado que las antípodas se encuentran igualmente habitadas. Parecía co rolario posible que el centro de importancia del universo no estuviera quizá ni siquiera en Europa. Además, el cataclismo religioso sin precedentes de esta época había contribuido poderosamente a liberar el pensamiento. Se había supuesto
durante más de mil años que Roma era el centro religioso del mundo. Ahora aparecían varios centros distintos de vida religiosa, además de Roma. El crecimiento de las literatu ras vernáculas y la aparición de tendencias claramente nacio nales en el arte contribuyeron también a la misma inestabi lidad. En todos estos sentidos el hombre renunciaba a sus antiguos centros de interés y se fijaba en algo nuevo. En medio de este fermento de ideas extrañas y radicalmente distintas de las anteriores, ampliamente propagadas por la reciente invención de la imprenta, Copérnico no halló di ficultad en considerar seriamente para su interior y sugerir persuasivamente a los demás (|ue ahora había que realizar un cambio mayor todavía que cualquiera de éstos: poner el Sol en lugar de la Tierra como centro do referencia en la astronomía. Esta suprema revolución había tenido sus pre cursores, como se advierte en las libres especulaciones de pensadores como Nicolás de Cusa, quien se atrevió a ense ñar que no hay nada completamente quieto en el universo —que a su vez es infinito en todas direcciones y que no tiene centro— y que la Tierra se desplaza junto con otras estrellas. El breve esbozo biográfico que el mismo Copérnico presenta al comienzo de su De revoltitionibus, sugiere 2 efec tivamente que esta ampliación del horizonte intelectual de la época, con la sugestión de los nuevos centros de interés, fue un factor decisivo en su propia formación personal. El argumento usado por Copérnico y otros defensores de la nueva cosmografía, como Gilbert de Colchester, en respuesta a la objeción de que los objetos que están sobre la super ficie de la Tierra serían arrojados lejos de ella como proyec tiles si realmente se encontrara en un movimiento tan rápi do —el argumento decía que más bien la supuesta inmensa esfera de las estrellas fijas se desintegraría— implica que
2 Copemicus, De Revolutionibus Coelesthtm Orbium, Carta al Papa Pablo n i. Autores descarriados como Anaxágoras en la Antigüedad y De Vinel en la Baja Edad media lian considerado que las estrellas son de naturaleza semejante a la de la tierra.