Capítulo 3. Estudios sobre la percepción social del riesgo
3.4 Percepción del riesgo y educación
3.4.3 Procesos educativos y de información para disminuir el riesgo ante cambio climático
también son necesarias las estrategias que preparen a la población ante eventualidades climáticas. Crespillo [2009:63] destaca que lo importante es “diseñar actividades que permitan la adquisición de capacidades que posibiliten a los individuos continuar su aprendizaje a lo largo de la vida, en ambientes no formales e informales, y para la aplicación en contextos diferentes”.
3.4.3 Procesos educativos y de información para disminuir el riesgo ante cambio climático
Las estrategias educativas ambientales efectivas requieren del conocimiento de la población a las que van dirigidas y es necesario explorar el impacto que los programas tienen; preguntarse si están capacitando a la población, haciéndola menos vulnerable y dotándola de posibilidades que puedan garantizar el bienestar social. También es necesario insertar en los modelos educativos experiencias que puedan ayudar a formar nuevas estrategias para la disminución de la vulnerabilidad y para la capacitación social.
Los procesos educativos en materia ambiental deberán crear un bagaje de conocimientos que permitan no sólo la asimilación de la información, sino que se promueva la disposición para la acción, fundamentada en los factores contextuales del individuo:
Los procesos educativos ocurren en contextos especíicos y en momentos
determinados. No podemos hacer abstracción de los mismos. De ahí que educar para el cambio climático insistiendo solamente en las consabidas y trilladas recomendaciones de adicionar contenidos al currículo y la cauda de otras acciones que se desprenden de ello (producción de materiales, formación docente, etcétera), no nos llevará muy lejos, porque hay muchos otros elementos
deseducativos que poseen estrategias y medios más efectivos para incidir en la mente de la gente [González Gaudiano, 2007:39].
Al considerar los esquemas de percepción y de acción que Bourdieu [2007] relaciona con las prácticas sociales, se puede asegurar que la conducta de la población no dependerá solamente de los conocimientos que reciba, incluso si los comprende perfectamente, pues el individuo está apegado a las normas externas (estructuras objetivas externas) que rigen sus decisiones de vida, en este caso las políticas públicas, las instituciones educativas y laborales, y todas aquéllas en las cuales no tiene injerencia directa. Por otro lado, existen situaciones en las que el individuo se apropia de su entorno de acuerdo a sus posibilidades, es decir, tiene las condiciones para incorporar a su actuar determinados elementos a su vida (habitus). En el caso del cambio climático, su disposición de realizar ciertas acciones en su propio beneicio que salvaguarden su integridad física y de sus bienes, así como para reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero.
El habitus de la población son los esquemas de percepción sobre el cambio climático y, por lo tanto, de sus prácticas:
El mundo práctico que se constituye en la relación con el habitus como sistema de
estructuras cognitivas y motivadoras es un mundo de ines ya realizados, modos
de empleo o procedimientos por seguir, y de objetos dotados de un carácter teleológico permanente [Bourdieu, 2007:87].
De los numerosos contenidos que se exponen en los diversos medios, queda en el individuo la decisión de prestar atención o no a la información, llevar a cabo algunas prácticas, participar en determinadas políticas o preocuparse por ciertos temas.
A pesar de que se ha expuesto el tema del cambio climático por diversos medios, pareciera estar provocándose una desinformación dada la cantidad abundante de datos que se manejan, varios de los cuales no están sustentados. Incluso, si la información proviene de programas especíicos de educación ambiental, cabe suponer que no han tenido el impacto o el alcance esperado, pues la población ha llegado a confundir el tema del cambio climático con otros problemas ambientales como causa de todas las afectaciones climáticas, o bien, ser consciente del problema pero sentirse ajena a la solución.
La alfabetización cientíica no sólo deberá responder a las necesidades cognitivas de los individuos, pues al momento en que la población experimente los impactos del cambio climático, los conocimientos de las bases cientíicas del fenómeno y de las causas del problema, poco ayudarán para saber cómo actuar.
Los programas educativos y de comunicación deberán contemplar a la población tanto en su
aplicación, como en la deinición de los contenidos y actividades. Vergara et al. [2010] hablan
de un nuevo paradigma sobre la realización de los programas educativos, donde las sociedades necesitan de la planeación conjunta e incluyente. Airman la importancia de asumir el reto para encontrar la manera en que el conocimiento y las experiencias sean compartidos. El uso de una educación ambiental que no sólo contemple las bases cientíicas del cambio climático, sino que conceda valor a situaciones reales, testimonios y experiencias, podrá hacer más efectivo el impacto, sobre todo cuando se trate de una educación no formal y, de esta manera, promover la comprensión y la participación encabezadas por las organizaciones que tienen como meta la protección civil. La educación ambiental como un medio más que como un in, debe preparar al individuo para enfrentar los retos ambientales y así, poder crear una estrategia que ayude a contrarrestar los efectos del cambio climático, principalmente capacitando a la población para disminuir su vulnerabilidad [Ruge y Velazco, 2006].
Dicha preparación de los individuos mediante la comprensión de los problemas fue propuesta como una estrategia en la Conferencia Intergubernamental sobre Educación Ambiental, celebrada en Tbilisi en 1977; el punto 7 de la primera recomendación menciona: “Para la realización de tales funciones, la educación ambiental debería suscitar una vinculación más estrecha entre los procesos educativos y la realidad, estructurando sus actividades en torno a sus problemas del medio ambiente que se plantean a comunidades concretas y enfocar el análisis de aquéllos, a través de una perspectiva interdisciplinaria y globalizadora que permita la comprensión de los problemas ambientales” [UNESCO, 1978:29].
Por lo anterior, fomentar una relación entre sociedad, su ambiente y su cultura, ayudaría a explicar la comprensión de los fenómenos climáticos y su aprehensión social. El cambio climático, explica Göbel [2007], debe ser enmarcado hacia caminos que sean más útiles para los tomadores de decisiones y en las políticas públicas, donde la meta inal sea el considerar
procesos bidireccionales entre la construcción del conocimiento cientíico y las dinámicas de las prácticas; es decir, abarcar las perspectivas culturales (en este caso, la percepción del riesgo) y direccionarse hacia las necesidades sociales (estrategias efectivas de educación y comunicación).
Los proyectos educativos deben atender por igual la producción vigente de conocimiento cientíico, a los impactos apremiantes que afectan a la población e interpretar solamente aquéllos que la sociedad debería asimilar. Los resultados cientíicos pueden proveer las bases para la capacitación y la educación que ayuden a promover los cambios en los patrones del entendimiento de la vulnerabilidad humana [Lavell, 2007].
Por otra parte, la urgente aplicación, corrección y complemento de programas educativos se deriva del incremento de las afectaciones sociales provocadas por el cambio climático. La ubicación de grupos sociales que se han visto afectados por alguna eventualidad de este tipo, directa o indirectamente, no es difícil de determinar; es decir, se han vuelto casos comunes. La mayoría de las comunidades presentan historias que relejan alguna falla sistémica del proceso educativo, ya sea por falta de información, planeación, capacitación o prevención. Aunque es evidente que en situaciones provocadas por el cambio climático, también intervienen otros factores que quedan lejos de las posibilidades de acción de la población, como lo son los económicos, de planeación urbana, los problemas masivos de salud, etc. Sin embargo, la educación y la capacitación se convierten en el proceso ideal para la disminución de la incertidumbre sobre los problemas ambientales, la formación de capacidades para enfrentarlos, la integración de conocimientos para apropiarse de las políticas y acciones gubernamentales y para la asimilación de ideales que busquen el bienestar social.
De esta manera, un comparativo de la percepción del riesgo entre los diferentes impactos del cambio climático en zonas urbanas, como son ciclones tropicales, sequías, ondas de calor, etc., y los efectos que de éstos resultan: inundaciones, escasez de agua, problemas de salud, entre otros, sumado a la determinación de la vulnerabilidad, causas del riesgo y modos de organización social, pueden deinir los patrones conductuales, los cuales son indispensables en la elaboración de estrategias educativas y comunicativas enfocadas al fomento de una cultura de la prevención de desastres.
Esta investigación busca conocer qué valor tiene el saberse vulnerables ante cierta situación para aceptar un cambio no sólo material (vivienda, sustitución de pertenencias, etc.), sino cultural (hábitos cotidianos, conductas, formas de organización familiar o comunitaria). Detectar si es necesario cambiar todo un estilo de vida, modos organizacionales, soportes materiales, hábitos y conductas en las poblaciones que viven en zonas de riesgo, y de esta manera, implementar una medida educativa que conduzca a la acción.
En resumen, la presencia de afectaciones en una comunidad marca el grado de descontrol que tiene el aparato gestor del riesgo, bajo una sociedad evidentemente vulnerable. Si bien, la gestión requiere de recursos económicos, manejo de políticas públicas, organización interinstitucional, participación ciudadana y personal capacitado, entre otros, habrá que considerar aspectos culturales en estrategias educativas que facilitarían la ejecución de diversas acciones. El estudio de las percepciones sociales ha sido ignorado en la conformación de programas sobre reducción de desastres [IFRC, 2014], por lo que es necesario tomarlo en cuenta como una prioridad para la gestión del riesgo.