1.3. Primeras obras
2.1.1. Realismo, costumbrismo, cuarta pared
PIEZAS COSTUMBRISTAS
Se tratará a lo largo de este capítulo de unas piezas que la mayor parte de la crítica coloca bajo la etiqueta de costumbristas. Dado que el autor ha re- chazado repetidamente (y acertadamente) esta definición, se intentará acla- rar primero los conceptos de realismo y costumbrismo, para, a continuación, considerar qué hay de costumbrista en ellas y cómo se pueden denominar —en caso de no ser costumbristas— estas obras de Carballido.
2.1.1 Realismo, costumbrismo, cuarta pared
Ya se ha mencionado que algunos críticos consideran la primera etapa de Carballido como realista, y algunos otros incluso costumbrista.18Sin em-
bargo, parece mucho más acertada la distribución que ha realizado Margarit Peden en piezas convencionales y no convencionales, partiendo de la cons- 18Así, por ejemplo, Frank Dauster (1962). También para Adalberto García (1988) el realismo
de las piezas de provincias es un axioma. Y Skinner, en su temprana clasificación del teatro de este dramaturgo agrupa algunas de sus piezas bajo el epígrafe de costumbristas (Skinner 1976).
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tatación de que, para la crítica, «realism has been taken to mean that ev- erything happening on the stage could possibly be taking place in the house or appartment next door» (Peden 1980, 165). Dado que Peden no profundi- za en el significado de esta diferencia, se intentará asentar primero de qué convención se trata, y si podemos llamar a esa convención «costumbrismo».
El costumbrismo es una variedad del realismo que pretende mostrar los hábitos y costumbres de los habitantes de una zona y una época determina- das, por lo que «prevalece la descripción de tipos y escenas sobre la acción» (Estébanez Calderón 1996,costumbrismo). Para ello, los personajes y am- bientes que se muestran en escena se escogen entre los de determinada clase social y geográfica y se muestran de una forma realista.
Normalmente se entiende por realismo la «categoría estética o rasgo de las obras literarias, consistente en su referencia o vinculación con la rea- lidad, imitada o representada en ellas» [Ibid., realismo]. Esta realidad de referencia suele ser contemporánea a la obra, y se pretende reflejarla lo más fielmente posible, a ser posible como un espejo. El problema que generalmen- te aqueja a la etiqueta de «realismo» es que, si se toma la expresión «reflejo de la realidad» en un sentido amplio, en el género dramático cabrían como realistas, por poner dos ejemplos cualesquiera, desde algunos entremeses de Cervantes (porque aparecen en ellos personajes entonces contemporáneos) hasta Esperando a Godot, de Samuel Beckett (porque el reflejo de la reali- dad contemporánea no tiene por qué ser exclusivamente el de la realidad de los sentidos, y podría ser el reflejo de la realidad de lo subconsciente). Evi- dentemente, no es esto lo que se entiende cuando se habla de realismo en el teatro, y si la crítica considerara únicamente esta idea de realismo tendría que englobar toda la obra de Carballido (¿y la de quién no?) como realista. Lo que ocurre es que el término realismo, en teatro, está, desde su aparición en el siglo XVIII, fuertemente vinculado a cierto planteamiento de la represen- tación teatral que ha llegado a convertirse en absolutamente convencional y prácticamente único hasta principios del siglo XX. Este planteamiento, esta forma de representar la realidad, obedece a la técnica de la cuarta pared.19
19Tradicionalmente, se le atribuye la acuñación del término cuarta pared a André Antoine,
cuyo Théâtre Libre fue el primero en aplicar las teorías del realismo en el teatro expuestas por Émile Zola. Cfr. (Oliva y Torres Monreal 2002).
La cuarta pared consiste en la representación de la acción como si suce- diera, no en el teatro, sino en un lugar de la «realidad» (el salón de un hogar, muy a menudo), el cual se encuentra momentáneamente a la vista de los espectadores. La acción se representa intentando transmitir una ilusión de realidad, tanto en el lenguaje y las acciones como en los objetos. Más aún, el desarrollo temporal de la acción tiende a coincidir con la duración de la representación. De esta manera, el público asiste —sin ser percibido— a lo que ocurre en el interior de una habitación mientras está sucediendo. Esto es posible, claro, gracias a que a dicha habitación le falta una pared —la cuarta pared—, que es la que estaría en la embocadura del escenario. No es exclu- sivo de este tipo de obras costumbristas o realistas el desarrollarse en algún lugar de la «realidad» pero, como apunta Ubersfeld (1983, 111 y 135), a par- tir de la aparición del teatro burgués, se ha asociado realismo (reproducción de la realidad) con cuarta pared, y esta, a su vez, con el estudio en escena de las costumbres de cierta zona o clase social.
Así pues, en el siguiente apartado, con el fin de decidir si las obras que se estudiarán en este capítulo se pueden definir o no como costumbristas, se tendrán en cuenta dos aspectos de toda obra de teatro: el tratamiento escénico y el objeto representado. De esta manera, se hablará de convención de la cuarta pared al referirse al tratamiento escénico descrito más arriba y de costumbrismo para señalar los objetivos definidos en el párrafo anterior. No se utilizará en ningún caso el término «realismo», puesto que en el teatro es un problema especialmente difícil definir qué es realidad y qué no, ya que, independientemente de lo que se represente, la propia representación teatral es real en sí.