4. LAS CORRIENTES ACTUALES DEL PENSAMIENTO GEOGRÁFICO
4.3. Las modernas renovaciones
4.3.8. El realismo y el postmodernismo
Desde finales de los años setenta muchos geógrafos recurrieron a las interpretaciones estructuralistas, al realismo, y desde finales de los años ochenta al postmodernismo. El realismo surge como reacción a las posturas anteriores, y pretende alcanzar una meta- teoría global que integre a la diversidad filosófica de los últimos años. Admite la existencia de un mundo real independiente de la percepción humana, y puede contemplarse como una forma de unificar las críticas al positivismo (desde posturas marxistas, humanistas...). El término se apoya en dos procedimientos metodológicos, coincidentes con otras tantas necesidades: la de identificar cómo ocurre algo, y la de establecer la extensión de un fenó- meno determinado. Para Bhaskar una de las principales ventajas es la capacidad potencial de englobar a las ciencias naturales y sociales. Y las obras de Sayer, Gregory, Allen, Lovering y Thrift han tenido un gran calado por sus implicaciones prácticas.
Por su parte, el postmodernismo alienta una disposición mental que permita interpre- tar los cambios, e implica una deconstrucción respecto a las influencias previas, en la que se plantea que los códigos de la mente humana deben eliminarse para poder construirlos desde cero. El significado central que se le atribuye es el de desmontar el edificio sobre el que se apoya el pensamiento moderno, huyendo de los sistemas de pensamiento totaliza- dores, y defendiendo la pluralidad y la diversidad de posiciones. Se basa en el rechazo de la gran teoría y en el deseo de crear un nuevo entorno intelectual y físico para la existencia humana. En definitiva, supone el reconocimiento de la subjetividad, la reivindicación de la diversidad en las relaciones y experiencias humanas. Pero se muestra como el fin de las verdades absolutas, de las ideologías y dicotomías tradicionales entre las escuelas geográ- ficas, dedicando sus esfuerzos a la deconstrucción a través de la crítica a las ideologías y métodos existentes. Entiende la realidad como un sistema dinámico y complejo, con proce- sos y escalas globales y locales, en relación dialéctica e interdependiente, que determinan las características de cada espacio. Así en los estudios geográficos se presenta la singula- ridad y la pluralidad, utilizando principios y métodos de las distintas corrientes geográficas. Dentro de las alternativas propuestas por el postmodernismo suele incluirse a la Geo- grafía del Género, entroncada con las corrientes ideológicas feministas. Iniciados los trabajos a comienzos de los años ochenta, esta corriente supone una reinterpretación de la
Geografía, que asume como idea básica que el espacio no es neutro desde la perspectiva del género. Por ello se hace necesario incorporar a las diferencias territoriales las diferen- cias sociales entre los hombres y las mujeres. La Geografía feminista o del género se define como el lugar de encuentro entre el género y sus variaciones espaciales. En cuanto a las diferencias entre una y otra la Geografía feminista es la que incorpora las aportaciones teóricas del feminismo a la explicación e interpretación de los hechos geográficos. Pero Geografía y feminismo se han dado la espalda; mientras la Geografía ha ignorado al género como variable social, el feminismo ha olvidado el componente territorial y espacial del gé- nero. Entre las corrientes internas hay básicamente tres líneas: la reestructuración produc- tiva, el empleo femenino y el cambio regional; las diferencias espaciales en la construcción social del género; y la mujer, el medio y el desarrollo.
Lo evidente es que hay dos tipos de Geografías postmodernas: la de las reor- ganizaciones experimentadas en los últimos años en la formulación espacial de los procesos sociales, y la que ha abordado la consideración de otros desarrollos plan- teando la forma de acceso al conocimiento. Ambos pertenecen a una ola de cambio, la postmodernidad, que se alimenta de la crisis (en el terreno socioeconómico con la gran subida de los precios de los crudos en 1973, y la revolución social previa de mayo de 1968), para Aglietta y Lipietz expresiones del deterioro del sistema fordista. En efecto, la crisis del fordismo fue de acumulación, de subproducción y consumo, con una eco- nomía sumida en deudas empresariales, estatales e internacionales. Sólo el avance de las nuevas tecnologías logró que las empresas redujeran sus costes, diversificaran sus inversiones y adaptaran la producción a la inestabilidad de la demanda, pero a costa de la generalización de la subcontratación y de la crisis fiscal del Estado, que disparó el paro. La hegemonía de la economía estadounidense pasó a ser sustituida por la de las multinacionales (también estadounidenses). Y todo concluyó en el postfordismo o globalización, con un mercado único de capitales, que ha conllevado la reconversión de las ciudades, el debilitamiento de los Estados nacionales y el creciente protagonismo de las regiones y de las localidades.
Además, mediante el conocimiento se produce lo desconocido, y la postmodernidad científica conduce a la trascendencia de la dualidad materia-conciencia. De ahí que Dear aluda a la desmembración de la Geografía como disciplina, con el incesante desdoblamien- to en especialidades que ya poco tienen en común. Y tanto más cuando a este panorama se incorporan las denominadas geografías disidentes o alternativas, que para Short sólo son otras formas de escribir acerca de la Tierra. Son geografías postmodernas y radica- les, basadas en la crítica y la contestación, que nacen en el ámbito anglosajón, en revistas como Environment and Planning, Society and Space y Area. Castree indica que son resulta- do del alto grado de sofisticación teórica de la ciencia social occidental, lo que ha permitido a la revista Annals of American Geographers llegar a combinaciones de la cuestión de clase y género con la poscolonial, defendiendo los intereses de las diferentes clases, culturas, mujeres, de los oprimidos, etc. Se propone, incluso, la incorporación del término Geografía Crítica a partir de la celebración del I Congreso Internacional de Geografía Crítica (Vancouver, 1997), cuando en realidad es sinónimo de geografía de izquierdas, aunque la pretensión se centra en agrupar a otras secciones nuevas de la ciencia (antirracistas, posestructurales, poscoloniales, culturales…), que procedentes del mundo anglosajón quieren representar una ruptura con las propuestas temáticas hegemónicas, incorporando a sectores sociales para pensar el espacio en otras escalas. Reivindican que el conocimiento verdadero es el producido para y con los sectores populares a partir de las categorías marxistas, lo que permite crear un tercer espacio, entre el activismo y el pensamiento académico, que Maxey (1999) califica de activismo reflexivo, y cuyo ámbito de aplicación será cualquier aspecto de la vida cotidiana.
Su raíz en el humanismo y el radicalismo ha permitido explotar la vía del trabajo de campo frente a la sofisticación técnica tradicional, donde Peet (2001) ve el subsiguiente nacimiento de otras vías (geografías del miedo, de la sexualidad, de los discapacitados, de los niños, de la exclusión, de la salud, de los jóvenes, etc.). De manera que, en gran medida, la innovación reside en la vuelta a las teorías de Smith y Harvey sobre el desarrollo desigual, también construido en espacios periféricos, pero estudiado desde los países cen- trales. Y en retomar las preocupaciones sociales siguiendo la línea existente en la década de los años setenta, pero desde una postura crítica, desde un compromiso político que busca la dignificación de los sectores más desfavorecidos.
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