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El recordar, el repetir y el aburrimiento (segunda parte)

0. Introducción:

0.2 Fundamentación Bibliográfica La constitución de la realidad Psíquica: de lo

0.2.5 El recordar, el repetir y el aburrimiento (segunda parte)

A propósito de un recordar y un volver sobre el tema del trabajo de grado, se hizo pertinente hacer algunos comentarios acerca de la concepción psicoanalítica del recordar. Estos desarrollos se ubican más hacía el plano de lo intrapsíquico, aunque permean la forma de interacción en la intersubjetividad. Para esto se recurrió a Freud (1914/1975, 1919/1975). Pero además, en la emergencia de categorías de análisis en el trabajo con los videos; se hizo patente la importancia de abordar el problema del aburrimiento y de la repetición; y de la forma de vivirla, por un lado como angustiante o por otro como reaseguradora. En el proceso se allanó el camino para una reflexión sobre la cotidianidad como condición existencial, y su impacto en la acción humana. Vale decir que lo a continuación desarrollado, es producto del intento de explicar algunos fenómenos observados en la vuelta sobre los videos de los encuentros de improvisación.

Para empezar habrá que recordar que el recordar en los tratamientos hipnóticos se

daba de forma muy simple. El paciente se remitía a una situación pasada que parecía no confundirse con el presente, y de esa forma relataba los acontecimientos; agregando lo resultante de la transformación de lo inconsciente en consciente. (Freud, 1914/1975)

Ya en el florecimiento del psicoanálisis como método, Freud (1914/1975) encontró que el olvido de ciertas vivencias e impresiones se reduce las más de las veces a un bloqueo y no a un desaparecimiento del recuerdo. El paciente reporta siempre haberlo sabido, sin embargo nunca haberlo pensado; haciendo que el recuerdo pase desapercibido. Asimismo, aparecen en la misma tarea distractora, los recuerdos encubridores; que suelen contrabalancear casi en su totalidad las amnesias infantiles, de tal forma que estas imágenes suelen ser una representación de aquello olvidado. (Freud, 1914/1975)

Por otra parte, los procesos anímicos netamente internos tales como fantasías, procesos de referencia y elaboración de nexos; permiten dar cuenta de una forma de recuerdo particular en la que aquello que se recuerda nunca fue precisamente olvidado, en tanto nunca tuvo presencia en la consciencia. Lo que en un principio no fue comprendido, halla su camino entre estas diversas manifestaciones psíquicas en las cuales insiste y subsiste; de esta manera lo reprimido no se recuerda sino que se actúa, sin tener por supuesto, noticia del oculto sentido que involucra tal acción. (Freud, 1914/1975)

De esta manera se da una compulsión de repetición en la que la persona repite, sin

saber por qué, algo de su pasado que nunca tuvo el carácter de recuerdo. Son precisamente inhibiciones, tendencias inutilizadas y rasgos de carácter patológico, que se abren paso en la constitución de un modo de ser en la persona; y hallan así una forma de expresión que

ha sido negada en forma de contenido consciente. (Freud, 1914/1975)

De esto cabe destacar el papel de la repetición en los modos de ser, y dentro de éstos, será de particular interés estudiar la cotidianidad como un modo de ser en el mundo; una condición existencial del espíritu humano en el que la repetición juega un papel fundamental. Para esto se retomará la definición que Arcila (1984a.) hace de la cotidianidad, fundamentándose en las propuestas de Heidegger y Freud: “la cotidianidad

es “prima facie” un modo de hablar de ver y de interpretar. Las habladurías son el modo

de hablar de la cotidianidad, el afán de novedades su modo de ver, la ambigüedad su modo de interpretar.” (pp. 4).

Cabe aclarar sin embargo, que al referirse a la cotidianidad, no se está haciendo referencia a “la vida cotidiana” o al hacer de cada día; sino a una mentalidad con la que se puede o no vivir la vida, sea o no una situación habitual o extraordinaria. Tener esta claridad permite entender que, como afirma Arcila (1984a.), “se puede ser terriblemente cotidiano en situaciones insólitas y se puede ser original en la vida cotidiana” (pp. 3).

Esto quiere decir que la mentalidad de la cotidianidad no es un producto de la

causas. Por lo tanto, la cotidianidad no es un producto socio-histórico particular, sino una condición que atañe a la más profunda e íntima condición de ser humano. Se trata de un ser-ahí, siempre-ahí, que mantiene en marcha la faena de una vida en la que sucede todo pero en el fondo nada. (Arcila, 1984a.)

Pero para dar cuenta de esta condición existencial, será necesario abordar en primer lugar, y por separado, cada uno de sus componentes. Así, con respecto al modo de hablar de la cotidianidad, Arcila (1984a.) establece que es el de las habladurías, es decir; una

forma del habla trastornada, en el que su fundamento es el conocimiento de oídas. Esto es; el conocimiento no viene por experiencia propia ni por intuición, sino por aquello que los otros hablan unos con otros.

Las habladurías entonces se caracterizan por ser una forma de acercamiento y

conocimiento del mundo, que se asemeja al rumor; en tanto nunca se conoce a ciencia cierta el fundamento real de lo hablado. En estas condiciones, un falso testimonio se tratará de confrontar con otro testimonio más veraz y no por la experiencia concreta o por la intuición. Así las cosas, en la cotidianidad: “aún cuando el mundo del hablar se

alimente del mundo de las cosas, se mantiene en el mundo del hablar como si fuera el mundo auténtico y verdadero” (Arcila, 1984a. pp. 9)

Continuando la caracterización de la cotidianidad, Arcila (1984a.) establece que

una de las características de la misma es la propensión a la estabilidad; y en este sentido la idea de lo común y corriente es uno de sus fundamentos. Pero en esa tendencia normalizadora resulta además paradójico que esté tan profundamente arraigada la avidez de novedades; puesto que las cosas nuevas contrarían el impulso de nivelación al término medio, propio de la cotidianidad.

La avidez de novedades es “al ver lo que las habladurías son al hablar” (Arcila,

1984a. pp. 10). Esto implica que la avidez de novedades, o novelería; es una forma trastornada del ver, que se caracteriza por “el no demorarse, la disipación en nuevas posibilidades y la falta de paradero” (pp. 10). Y lo que liga a este fenómeno con la cotidianidad es el aburrimiento, que es la forma de encontrarse propio de la cotidianidad; mientras que la avidez de novedades, así como las habladurías y la ambigüedad, son formas del comprender de la cotidianidad.

La novelería entonces pone en primer plano una comedia de oposición entre la búsqueda de estabilidad y un rechazo de lo auténticamente nuevo por un lado; y una permanente búsqueda de novedad que actúa como rebelión contra la monotonía de lo antiguo y usado (Arcila, 1984 a.) Ambas tendencias coexisten sin anularse; en una

dinámica en lo que cada cosa nueva no rompe con la monotonía sino que hunde al individuo más en ésta: “lo siempre igual empuja hacia lo distinto y lo distinto sumerge otra vez en lo siempre igual, como en una antinomia” (Arcila, 1984b.).

Así, no importará qué tantas cosas nuevas se hagan o se logren, porque la cotidianidad las terminará hundiendo en el esquema de lo siempre repetido. En contraposición a la apercepción creadora planteada por Winnicott (1971/1994) se podría intuir entre líneas en la obra de Arcila (1984a, b.) una apercepción monótona propia dela

cotidianidad y el aburrimiento.

Aquí también será de ayuda rescatar los planteamientos de Freud (1919/1975) en torno al sentimiento de lo ominoso. Sobre éste, el autor establece que sin duda uno de los factores determinantes es el sentimiento de la repetición no deliberada de lo igual que “nos impone la idea de lo fatal, inevitable, donde de ordinario solo habríamos hablado de <<casualidad>>” (pp. 237). Y es que precisamente es esa compulsión de repetición que

caracteriza los procesos inconscientes y que depende de la naturaleza más íntima de las pulsiones; lo que se reviviría en la vivencia ominosa.

A partir de estos desarrollos en torno al tema de la repetición, sería posible aventurarse a afirmar que el individuo que se ve constreñido a repetir se siente inevitablemente atado a tal destino; y buscaría la novedad en un intento de fuga y escape de esa prisión repetitiva, consecuencia de la no elaboración de contenidos que no accedieron nunca a la conciencia.

Ahora bien, con respecto a la ambigüedad Arcila (1984a.) retoma a Heidegger para afirmar que en la situación cotidiana del ser-ahí, se da un estado de cosas que es accesible

a todos; y de la cuál es posible decirlo todo. Así se presumiría estar en estado de total entendimiento, pero que en el fondo encierra un profundo desconocimiento. En otras palabras, es una forma de vivir en la que todo parece resuelto y todo está abierto al público. Un siempre ahí de la cotidianidad que se pone en marcha entre las habladurías y

la novelería; mientras en el fondo nada en realidad pasa y no hay un genuino comprender. Ahora bien, recuperando la concepción del aburrimiento como la forma del

encontrarse de la cotidianidad; será pertinente ahora dar cuenta de la esencia misma de

este estado afectivo. Para esto servirá una definición del aburrimiento propuesta por Lipps y retomada por Arcila (1984b): “es un sentimiento de displacer que surge de un conflicto entre la necesidad de una intensa actividad mental y una falta de incitación a ésta, o incapacidad de ser incitado” (pp. 5).

Profundizando en esta definición, es preciso recordar que en el esquema tradicional entre deseo y satisfacción; en el momento en que el individuo experimenta una carencia, éste busca y desea el objeto que le dará la satisfacción a su tensión instintiva. Ahora bien, Arcila (1984b) retomando a Spinoza, establece que en el momento en el que el individuo experimenta la satisfacción del deseo; el objeto satisfactor no solamente resulta redundante sino también displacentero, y es por lo tanto repudiado.

Dinámicamente las fuerzas libidinales cargan la realidad en busca de satisfacción, y al obtenerla vuelven sobre sí mismas. Es decir que el estado de satisfacción tiene entonces una organización narcisista, en tanto hay un desprendimiento amoroso de los objetos exteriores; y valdría decir incluso que del vínculo consigo mismo. El estado de plena satisfacción es entonces un estado de soledad, no solo porque hay un desprendimiento de los objetos, sino también consigo mismo. (Arcila, 1984 a.)

Pero el aburrimiento, aunque se asemeja a la saciedad por ese estado de desprendimiento; no es exactamente igual. La saciedad conlleva al replegamiento observado en el dormir; pero el aburrimiento sucede en el estado de alerta consciente. Es por lo tanto una falta de ganas que produce una contradicción displacentera: siendo la conciencia un estado de alerta concebido naturalmente como una herramienta que sirve para dirigir la acción hacia la consecución de un deseo; al hallarse sin un deseo sobre el mundo resulta contrariada. (Arcila, 1984 a.)

Pero esta aparente falta de ganas, al contrario de la producida por la saciedad; no implica una satisfacción lograda. Es por el contrario una falta de ganas producida por una falta de satisfacción. Para entender este aparente contrasentido, Arcila (1984) invocará el problema de la represión, como eje transversal del psiquismo. Desde ahí, concebirá el aburrimiento como el caso de un cierto fracaso de la represión en el que no se logra reprimir el afecto displacentero que surge por efecto del vacío que deja la ausencia del deseo en la consciencia.

Esto tiene como consecuencia un estado permanente de falta de ganas; que sin embargo no es propiamente una carencia de deseo, sino que se experimenta con la presencia de un deseo con un carácter general imposible de satisfacer; que no incita al acto. Por el contrario, al aparecer el deseo singular orientado a la acción; este tiende a desaparecer. (Arcila, 1984)

Ante esta situación entonces, aparecen diferentes mecanismos de evasión de este estado de aburrimiento, y que se caracterizan por ser distracciones que permiten un alejamiento de esa sensación de vacío y por lo tanto, una renuncia a la satisfacción del

deseo represado. Estas actividades, a diferencia de las formas de la sublimación que lograría satisfacciones sustitutivas de lo reprimido; tenderían a una suplantación de ese deseo por otro; son por lo tanto no satisfacciones alternativas. En otras palabras, estas formas de acabar con el aburrimiento, son intentos de rellenar ese vacío con otra cosa.

Esto desencadena en una vida insípida, insatisfecha y aún en constante búsqueda de algo que no tiene ganas de buscar: “se rechazan los deseos no porque sean dañinos o malos, sino simplemente son hartos en la jerga popular” (pp. 8). Y es precisamente en esta situación en la que el habla se convierta en habladurías, el ver en novelería y el comprender en ambigüedad. (Arcila, 1984)