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Desde la Reforma al Coloquio de Poissy

In document Renovación nº 62 Octubre 2018 (página 60-62)

(1521 - 1561) #6

Félix Benlliure Andrieux Diplomado en Teología en el Instituto Bíblico Europeo de París. Instalado en España dividió su tiempo entre el pastorado, la enseñanza y la literatura.

POR AQUELLOS DÍAS llegó de Suiza un exalta- do llamado Feret con unos pasquines contra la misa y propuso propagarlos por todo el reino. Los más prudentes se opusieron diciendo que la precipitación podía echarlo todo a perder, pero los exaltados hicieron prevalecer su opi- nión y el 18 de octubre de 1534, los habitantes de París encontraron en las plazas públicas, en los cruces de las calles, en las paredes de los palacios y en las puertas de las iglesias un pas- quín que decía: “Importantes abusos de la misa papal, invento directo contra la Santa Cena del Señor, único Salvador y Mediador... No dicen la verdad y la verdad les amenaza, la verdad les persigue, la verdad les da miedo y pronto esa verdad destruirá el reinado para siempre”. El pueblo se atropellaba alrededor de los pas- quines y las masas inventaron rumores horri- bles secundados por los curas y los frailes que atizaron el furor. Se decía que los luteranos ha- bían tramado una terrible conspiración y que- rían quemar las iglesias, destruir los palacios reales mientras la multitud gritaba a pleno pul- món: “¡Muerte a los herejes!”.

En el castillo de Blois donde se encontraba Francisco I, la tormenta estalló con una viru- lencia inusitada. El rey se encontró con un pas- quín en la puerta de su habitación, seguramente colocada por una mano enemiga y consideró que aquello era un insulto contra su autoridad y lleno de cólera ordenó perseguir el atrevimien- to. Los enemigos de los reformados que esta- ban alrededor del rey, supieron aprovecharse de su estado de ánimo para obtener medidas más crueles y nombró a uno de sus lugarte- nientes que se encargara de la situación. Se cuenta que el tal lugarteniente, entró en casa de un reformado llamado Bartolomé Milon, que tenía el cuerpo totalmente imposibilitado y

le pidió que se levantara. El paralítico le con- testó que haría falta un maestro mayor que él para poder levantarse. Dos sargentos se lo lle- varon y fue a consolidar el ánimo de sus com- pañeros de cautividad. Muy pronto fue conde- nado.

En París la persecución se extendió por las ca- sas y familias que leían la Biblia y oraban en secreto. Ciento sesenta personas fueron encar- celadas y muchas de ellas terriblemente tortu- radas. Les cortaban la lengua para impedirles hablar y así los verdugos no podían oír una pa- labra de fe o una oración que saliera de entre las llamas e hiciera cambiar el corazón de los verdugos.

Enseguida salió un decreto ordenando el exter- minio de los herejes; pena de muerte a los que pudieran esconderles y la promesa de la cuarta parte de los bienes de las víctimas para los de- nunciantes. Las cárceles se llenaron de presos en abigarrada mezcla y pronto fueron procesa- dos, aunque la sangre de los herejes no era sufi- ciente para el clero y los sorbonistas. Estos querían hacer un llamamiento a la imaginación del pueblo por medio de una solemne proce- sión general y comprometer al rey en las perse- cuciones.

Este hecho marca un hito importante en la his- toria, porque a partir de ese momento en que el pueblo de París aparece en escena e interviene en la lucha contra los herejes, se comprometerá en la persecución hasta el final de la Liga. La solemne procesión, mezclada con torturas, fue la primera de las ensangrentadas jornadas del siglo dieciséis. Seguiría la noche de San Barto- lomé; las barricadas; el asesinato de Enrique III y el asesinato de Enrique IV.

El mismo rey fue a París para expiar el crimen cometido contra la misa y participó de la so-

lemne procesión con sus tres hijos y toda la corte, con la cabeza descubier- ta y un cirio en la mano. La procesión, mezclada con suplicios, fue la primera de las grandes jornadas sangrientas del siglo XVI. Durante el recorrido de la comitiva por la ciudad encendieron enormes piras al paso del rey, a la vez que un hereje sufría el martirio. Seis hombres pasaron por el suplicio lla- mado la “estropada” que consistía en un artilugio con el cual les hacían su- bir y bajar lentamente de entre las lla- mas. ¡Por lo menos los inquisidores españoles no les hacían padecer tanto y les echaban directamente al fuego!. (Estropada significa en occitano le- vantar y sepultar).

Un cronista de la época llamado Si- món Fontaine, doctor por la Sorbona, nos dejó una larga descripción de la famosa procesión. Fue el 29 de enero de 1535 y entre otras cosas dice: “Una inmensa multitud de los alrededores se había congregado. Los techos de las casas estaban abarrotados de hom- bres, mujeres y niños. Nunca tantas reliquias habían salido por las calles de París. Sacaron por primera vez el relicario de la Santa Capilla. Los cu- ras llevaban en una urna la cabeza de san Luis, un pedazo de la verdadera cruz, la corona de espinas, un clavo y la lanza que había atravesado el cuer- po de Jesús. El gremio de carniceros se había preparado en ayuno de varios días para llevar el relicario de santa Genoveva, patrona de París y las gen- tes se acercaban para tocar la preciosa reliquia con la punta de los dedos”. Cardenales, arzobispos y obispos, con mitra o sombrero de teja, se encontra- ban en el lugar asignado para ellos. Después seguía el rey con la cabeza descubierta y un hachón encendido de cera; detrás iban los príncipes, caba- lleros, consejeros del parlamento, her- mandades de oficios y cofradías. A lo largo de las casas se encontraban los burgueses con cirios encendidos que se arrodillaban al paso del santo sacra- mento.

Después de la misa, el rey comió en el palacio obispal con sus hijos, la reina y los príncipes de sangre real. Termi- nada la comida llamó al clero, emba- jadores, señores, presidentes de los

tribunales de justicia y notables del reino. Se sentó en un trono y dijo que nunca perdonaría ni a sus hijos el cri- men de herejía y si supiera que algún miembro de su séquito estuviese in- fectado, le mataría con sus propias manos.

El mismo día unos luteranos murieron quemados vivos. A los más convenci- dos de su fe les cortaron la lengua an- tes de pasar por la pira, por temor a que un testimonio de fe o una oración, no saliera de entre las llamas y tocara la conciencia de los verdugos.

Antes de volver al palacio, Francisco I fue testigo de las ejecuciones. El ver- dugo esperaba su paso para que viera el espectáculo.

El rey muy pronto se arrepintió de ha- ber cedido a todos los excesos frenéti- cos que había cometido. Los protes- tantes alemanes se indignaron y le amenazaron aliarse con la casa de Austria para ir contra él. El soberano través de su embajador les hizo saber que los ajusticiados eran sediciosos; sacramentalistas y no luteranos. Para reconciliarse con la liga de Esmalcada publicó el edicto de Coucy por el que ordenaba liberar a los sospechosos de herejía bajo condición de que abjura- ran antes de seis meses. El edicto, re- dactado por razones diplomáticas y políticas, nunca entró en vigor.

Margarita de Valois se retiró a la re- gión de Bearn con su pequeña corte y fue el asilo de muchos hombres céle- bres que escapaban de la persecución. Familias enteras se refugiaron en esa región y llevaron con ellos su dinero y su industria. Todo cambió de aspecto. Redactaron nuevas leyes, cultivaron las bellas artes, perfeccionaron la agri- cultura, abrieron escuelas y prepararon al pueblo para recibir las enseñanzas de la Reforma.

La reina de Navarra murió en 1549 y fue llorada por los bearneses quienes gustaban repetir su generosa máxima: “Los reyes y los príncipes no son ni los amos ni los señores de los peque- ños, sólo los ministros que Dios esta- blece para servirles y cuidarles”. Margarita de Valois fue la madre de Juana de Albret y la abuela de Enrique

IV. Los reformados franceses fueron acusados por toda Europa, de sedicio- sos, blasfemos, enemigos de Dios y de los hombres, juzgados y condenados a puerta cerrada, con la lengua cortada para que no hablaran antes del último suplicio e incluso su martirio era con- siderado como justo y necesario. Cuando todos los poderes humanos se armaban para la destrucción total de la Reforma, Dios preparaba un instru- mento, débil en apariencia, para que un día pudiera proteger sus derechos y defender su causa con una intrepidez insuperable. En medio de las persecu- ciones y hogueras que se iban repi- tiendo y abundaban más desde que Francisco I era prisionero de Carlos V, aparece un niño llamado a ser un día el caudillo de un gran ejército que lu- chará para que resplandezca la luz del Evangelio.

Entre los habitantes de la ciudad y de los grandes Facultades de Paris que habían oído resonar la gran campana anunciando el suplicio, se encontraba un joven estudiante de dieciséis años, llamado Juan Calvino, nacido en el norte de Francia en l509, de talla me- diana, de tez pálida, en cuyos ojos lle- nos de vida se leía una sagacidad poco común. Iba vestido con un ropa muy simple que indicaba orden limpieza y modestia. En aquel entonces estudiaba en el Colegio Mayor dirigido por Cor- dier, hombre conocido por su probi- dad, erudición y capacidad para ense- ñar a la juventud. (Continuará). R

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M á r t i r e s p o r l a f e

#12

Desde la Reforma al Coloquio de Poissy

(1521 - 1561) #6

Félix Benlliure Andrieux Diplomado en Teología en el Instituto Bíblico Europeo de París. Instalado en España dividió su tiempo entre el pastorado, la enseñanza y la literatura.

POR AQUELLOS DÍAS llegó de Suiza un exalta- do llamado Feret con unos pasquines contra la misa y propuso propagarlos por todo el reino. Los más prudentes se opusieron diciendo que la precipitación podía echarlo todo a perder, pero los exaltados hicieron prevalecer su opi- nión y el 18 de octubre de 1534, los habitantes de París encontraron en las plazas públicas, en los cruces de las calles, en las paredes de los palacios y en las puertas de las iglesias un pas- quín que decía: “Importantes abusos de la misa papal, invento directo contra la Santa Cena del Señor, único Salvador y Mediador... No dicen la verdad y la verdad les amenaza, la verdad les persigue, la verdad les da miedo y pronto esa verdad destruirá el reinado para siempre”. El pueblo se atropellaba alrededor de los pas- quines y las masas inventaron rumores horri- bles secundados por los curas y los frailes que atizaron el furor. Se decía que los luteranos ha- bían tramado una terrible conspiración y que- rían quemar las iglesias, destruir los palacios reales mientras la multitud gritaba a pleno pul- món: “¡Muerte a los herejes!”.

En el castillo de Blois donde se encontraba Francisco I, la tormenta estalló con una viru- lencia inusitada. El rey se encontró con un pas- quín en la puerta de su habitación, seguramente colocada por una mano enemiga y consideró que aquello era un insulto contra su autoridad y lleno de cólera ordenó perseguir el atrevimien- to. Los enemigos de los reformados que esta- ban alrededor del rey, supieron aprovecharse de su estado de ánimo para obtener medidas más crueles y nombró a uno de sus lugarte- nientes que se encargara de la situación. Se cuenta que el tal lugarteniente, entró en casa de un reformado llamado Bartolomé Milon, que tenía el cuerpo totalmente imposibilitado y

le pidió que se levantara. El paralítico le con- testó que haría falta un maestro mayor que él para poder levantarse. Dos sargentos se lo lle- varon y fue a consolidar el ánimo de sus com- pañeros de cautividad. Muy pronto fue conde- nado.

En París la persecución se extendió por las ca- sas y familias que leían la Biblia y oraban en secreto. Ciento sesenta personas fueron encar- celadas y muchas de ellas terriblemente tortu- radas. Les cortaban la lengua para impedirles hablar y así los verdugos no podían oír una pa- labra de fe o una oración que saliera de entre las llamas e hiciera cambiar el corazón de los verdugos.

Enseguida salió un decreto ordenando el exter- minio de los herejes; pena de muerte a los que pudieran esconderles y la promesa de la cuarta parte de los bienes de las víctimas para los de- nunciantes. Las cárceles se llenaron de presos en abigarrada mezcla y pronto fueron procesa- dos, aunque la sangre de los herejes no era sufi- ciente para el clero y los sorbonistas. Estos querían hacer un llamamiento a la imaginación del pueblo por medio de una solemne proce- sión general y comprometer al rey en las perse- cuciones.

Este hecho marca un hito importante en la his- toria, porque a partir de ese momento en que el pueblo de París aparece en escena e interviene en la lucha contra los herejes, se comprometerá en la persecución hasta el final de la Liga. La solemne procesión, mezclada con torturas, fue la primera de las ensangrentadas jornadas del siglo dieciséis. Seguiría la noche de San Barto- lomé; las barricadas; el asesinato de Enrique III y el asesinato de Enrique IV.

El mismo rey fue a París para expiar el crimen cometido contra la misa y participó de la so-

lemne procesión con sus tres hijos y toda la corte, con la cabeza descubier- ta y un cirio en la mano. La procesión, mezclada con suplicios, fue la primera de las grandes jornadas sangrientas del siglo XVI. Durante el recorrido de la comitiva por la ciudad encendieron enormes piras al paso del rey, a la vez que un hereje sufría el martirio. Seis hombres pasaron por el suplicio lla- mado la “estropada” que consistía en un artilugio con el cual les hacían su- bir y bajar lentamente de entre las lla- mas. ¡Por lo menos los inquisidores españoles no les hacían padecer tanto y les echaban directamente al fuego!. (Estropada significa en occitano le- vantar y sepultar).

Un cronista de la época llamado Si- món Fontaine, doctor por la Sorbona, nos dejó una larga descripción de la famosa procesión. Fue el 29 de enero de 1535 y entre otras cosas dice: “Una inmensa multitud de los alrededores se había congregado. Los techos de las casas estaban abarrotados de hom- bres, mujeres y niños. Nunca tantas reliquias habían salido por las calles de París. Sacaron por primera vez el relicario de la Santa Capilla. Los cu- ras llevaban en una urna la cabeza de san Luis, un pedazo de la verdadera cruz, la corona de espinas, un clavo y la lanza que había atravesado el cuer- po de Jesús. El gremio de carniceros se había preparado en ayuno de varios días para llevar el relicario de santa Genoveva, patrona de París y las gen- tes se acercaban para tocar la preciosa reliquia con la punta de los dedos”. Cardenales, arzobispos y obispos, con mitra o sombrero de teja, se encontra- ban en el lugar asignado para ellos. Después seguía el rey con la cabeza descubierta y un hachón encendido de cera; detrás iban los príncipes, caba- lleros, consejeros del parlamento, her- mandades de oficios y cofradías. A lo largo de las casas se encontraban los burgueses con cirios encendidos que se arrodillaban al paso del santo sacra- mento.

Después de la misa, el rey comió en el palacio obispal con sus hijos, la reina y los príncipes de sangre real. Termi- nada la comida llamó al clero, emba- jadores, señores, presidentes de los

tribunales de justicia y notables del reino. Se sentó en un trono y dijo que nunca perdonaría ni a sus hijos el cri- men de herejía y si supiera que algún miembro de su séquito estuviese in- fectado, le mataría con sus propias manos.

El mismo día unos luteranos murieron quemados vivos. A los más convenci- dos de su fe les cortaron la lengua an- tes de pasar por la pira, por temor a que un testimonio de fe o una oración, no saliera de entre las llamas y tocara la conciencia de los verdugos.

Antes de volver al palacio, Francisco I fue testigo de las ejecuciones. El ver- dugo esperaba su paso para que viera el espectáculo.

El rey muy pronto se arrepintió de ha- ber cedido a todos los excesos frenéti- cos que había cometido. Los protes- tantes alemanes se indignaron y le amenazaron aliarse con la casa de Austria para ir contra él. El soberano través de su embajador les hizo saber que los ajusticiados eran sediciosos; sacramentalistas y no luteranos. Para reconciliarse con la liga de Esmalcada publicó el edicto de Coucy por el que ordenaba liberar a los sospechosos de herejía bajo condición de que abjura- ran antes de seis meses. El edicto, re- dactado por razones diplomáticas y políticas, nunca entró en vigor.

Margarita de Valois se retiró a la re- gión de Bearn con su pequeña corte y fue el asilo de muchos hombres céle- bres que escapaban de la persecución. Familias enteras se refugiaron en esa región y llevaron con ellos su dinero y su industria. Todo cambió de aspecto. Redactaron nuevas leyes, cultivaron las bellas artes, perfeccionaron la agri- cultura, abrieron escuelas y prepararon al pueblo para recibir las enseñanzas de la Reforma.

La reina de Navarra murió en 1549 y fue llorada por los bearneses quienes gustaban repetir su generosa máxima: “Los reyes y los príncipes no son ni los amos ni los señores de los peque- ños, sólo los ministros que Dios esta- blece para servirles y cuidarles”. Margarita de Valois fue la madre de Juana de Albret y la abuela de Enrique

IV. Los reformados franceses fueron acusados por toda Europa, de sedicio- sos, blasfemos, enemigos de Dios y de los hombres, juzgados y condenados a puerta cerrada, con la lengua cortada para que no hablaran antes del último suplicio e incluso su martirio era con- siderado como justo y necesario. Cuando todos los poderes humanos se armaban para la destrucción total de la Reforma, Dios preparaba un instru- mento, débil en apariencia, para que un día pudiera proteger sus derechos y defender su causa con una intrepidez insuperable. En medio de las persecu- ciones y hogueras que se iban repi- tiendo y abundaban más desde que Francisco I era prisionero de Carlos V, aparece un niño llamado a ser un día el caudillo de un gran ejército que lu- chará para que resplandezca la luz del Evangelio.

Entre los habitantes de la ciudad y de los grandes Facultades de Paris que habían oído resonar la gran campana anunciando el suplicio, se encontraba un joven estudiante de dieciséis años, llamado Juan Calvino, nacido en el norte de Francia en l509, de talla me- diana, de tez pálida, en cuyos ojos lle- nos de vida se leía una sagacidad poco común. Iba vestido con un ropa muy

In document Renovación nº 62 Octubre 2018 (página 60-62)