Dice el evangelista: “Después de esto, como Jesús sabía que ya todo se había cumplido, y para que se cumpliera la Escritura, dijo: ‘Tengo sed’”. No he- mos de malinterpretar esta última ex- plicación del narrador. No fue como si se tratara de una especie de “puesta en escena”, para “acomodar” las pala- bras de Jesús a lo que dice el salmo 69 (versículo 21). Fue la garganta seca a causa de tanto sufrimiento lo que le hizo clamar por un sorbo de agua, no la conciencia de que tuviera que pro- nunciar esas palabras porque de ello hablara un texto antiguo. Considero que el “para que” ha de interpretarse en el sentido de que “así”, de esa ma- nera, en la genuina expresión de su deseo, en el hecho frío y crudo de la sed angustiante, literal, también se ha- cía realidad en él lo que había sido la experiencia del salmista, de la que da testimonio en un texto en el que –
Quinta Palabra:
Tengo sed.(Juan 19.28)
como en el ya usado anteriormente por Jesús, el del salmo 22– clama a Dios por salvación ante el insoporta- ble dolor: “Pero yo, Señor, a ti clamo. Dios mío, ¡ayúdame ahora! Por tu gran amor, ¡respóndeme! Por tu cons- tante ayuda, ¡sálvame!” (Salmo 69.14, DHH).
Si primero clamó Jesús por el auxilio divino, para que terminara con su so- ledad, ahora clama por la ayuda huma- na, para que apagara su sed. Es que en las experiencias más profundas de la vida –y en particular en las experien- cias de verdadera necesidad– al ser humano no se lo puede percibir ni comprender separado de Dios, ni se- parado de los demás seres humanos; y, en cierta medida, también a la inversa. Por eso somos humanos, con la im- pronta indeleble de la imagen divina. De ahí que, con el pasar de los años en la vida de la comunidad cristiana, cuando aparecen quienes negaban la verdadera humanidad de Jesús, el au- tor de la Primera epístola de Juan use un lenguaje enfático al afirmar lo si- guiente:
“De esta manera pueden ustedes sa- ber quién tiene el Espíritu de Dios: todo el que reconoce que Jesucristo vino como hombre verdadero tiene el
Espíritu de Dios. El que no reconoce así a Jesús, no tiene el Espíritu de Dios”. (2.2-3)
Por todo ello, consideramos que no hay que espiritualizar las palabras de Jesús. “Tengo sed” era, en aquel pre- ciso momento, la angustiosa petición de Jesús para que alguien (¿alguno de los soldados que hacían guardia ante los crucificados?) se compadeciese de él, humedeciera sus labios y satisficie- ra así las ansias de su reseca garganta y de su “lengua pegada al paladar” (ima- gen que también se usa en el mismo Salmo 22 [versículo 15]).
Pero aunque no espiritualicemos ese preciso momento, no podemos dejar de lado el hecho de que la Escritura, y Jesús mismo, usan la experiencia cor- poral de la sed como imagen para ex- plicar algunos detalles relativos a otras esferas de la vida humana.
La petición implícita de Jesús no deja de ser paradójica a la luz de todo lo que él había estado enseñando y ha- ciendo públicamente a lo largo de tres años. Había alimentado físicamente a varios miles de personas, pero tam- bién había ofrecido, primero a una mujer samaritana y luego a todos sus oyentes, el “agua de vida”, esa agua que haría que nunca más volvieran a tener sed.
Y quien hizo esa oferta, ahora anhela aunque sea un sorbo de agua.
Además, también habló él de los que tienen hambre y sed de justicia, y dijo no solo que quedarían satisfechos sino que serían bienaventurados o dichosos (Mateo 5.6).
Por eso, como él fue el primero en te- ner sed de justicia, su sed mientras está en la cruz del Calvario no solo re- vela su genuina humanidad, sino que también nos habla del sentido global de su vida: precisamente porque tuvo sed de justicia a lo largo de su existen- cia, está ahora en la situación en la que se encuentra y siente en su carne la sed que lo consume. Son dos lados, inseparables, de la misma medalla. Lo segundo solo fue la consecuencia de lo primero. Todos los relatos de los Evangelios dan fehaciente testimonio de ese hecho.
Lo dicho significa, así mismo, que Je- sús sufre sed juntamente con los se- dientos del mundo. Hoy, ya resucitado por el poder de aquel a quien conside- raba su “Padre” (véase Hechos 2.32; Hebreos 13.20), él sigue experimen- tando como propia la sed de aquellos que la sufren por muy diversas razo- nes. Sed literal de agua, porque hay tanta gente en este mundo que no tie- ne acceso al agua potable, muchas ve- ces a causa de la avaricia de quienes, con el poder del dinero, acaparan para sí y para sus criminales negocios las fuentes que pueden proveerla; y en otras ocasiones porque la naturaleza, inmisericorde, produce sequías morta- les (provocadas también por la irres-
ponsabilidad humana). Y sed de justi- cia, porque muchos son los sedientos, por ser los desheredados y los margi- nados de la tierra.
Por eso, resulta que “dar de beber” al que está en la cárcel, según el propio Jesús, es darle de beber a él mismo (Mateo 25.35) y no darle es no darle a él (versículo 42). Igualmente, dijo él en otra ocasión, el que dé de beber un vaso de agua porque el sediento es se- guidor de Cristo no quedará sin re- compensa, sino que recibirá su pre- mio (Marcos 9.41; Mateo 10.42). En estos casos, el “dar de beber” es sím- bolo de satisfacer las necesidades, fí- sicas, en primer lugar, que el otro, el prójimo tenga. Es lo que enseñó Jesús por medio de la parábola del buen sa- maritano.
Al leer esta “Palabra” de Jesús, grita- da desde aquella plataforma que se volvió universal, nos preguntamos: ¿Hacemos que esa Palabra sea tam- bién nuestra?, ¿tenemos la voluntad y la predisposición de hacer nuestra la sed de los que la padecen? ¿Nos atre- vemos a aliviar la sed de algunos que a nuestro alrededor la sufren? ¿Tene- mos de verdad hambre y sed de justi- cia?
Jesús murió sintiendo sed…, por- que vivió consumido por la sed de los demás y, sobre todo, por la sed de justicia. R
Fotograma de la película “La Pasión” de Mel Gibson
Espiritualidad Espiritualidad
(*) Este artículo es la revisión, ampliación y compleción de reflexiones presentadas en varias comunidades durante la liturgia del Viernes Santo.
Jesús murió como murió…,
porque vivió como vivió
(*)LAS SIETE PALABRAS
Plutarco
Bonilla A.
Fue profesor de la Universidad de Costa Rica y consultor de traducciones de Sociedades Bíblicas Unidas (Región de las Américas). Jubilado, vive en Costa Rica.LA AGUSTIA POR EL DESAMPARO di- vino fue un claro reflejo de la plena humanidad de Jesús, que se manifiesta en las experiencias más íntimas y do- lorosas que el ser humano pueda tener. Ahora, esa misma humanidad se refle- ja de nuevo al expresar el crucificado una apremiante necesidad corporal: “Tengo sed”.
Dice el evangelista: “Después de esto, como Jesús sabía que ya todo se había cumplido, y para que se cumpliera la Escritura, dijo: ‘Tengo sed’”. No he- mos de malinterpretar esta última ex- plicación del narrador. No fue como si se tratara de una especie de “puesta en escena”, para “acomodar” las pala- bras de Jesús a lo que dice el salmo 69 (versículo 21). Fue la garganta seca a causa de tanto sufrimiento lo que le hizo clamar por un sorbo de agua, no la conciencia de que tuviera que pro- nunciar esas palabras porque de ello hablara un texto antiguo. Considero que el “para que” ha de interpretarse en el sentido de que “así”, de esa ma- nera, en la genuina expresión de su deseo, en el hecho frío y crudo de la sed angustiante, literal, también se ha- cía realidad en él lo que había sido la experiencia del salmista, de la que da testimonio en un texto en el que –
Quinta Palabra:
Tengo sed.(Juan 19.28)
como en el ya usado anteriormente por Jesús, el del salmo 22– clama a Dios por salvación ante el insoporta- ble dolor: “Pero yo, Señor, a ti clamo. Dios mío, ¡ayúdame ahora! Por tu gran amor, ¡respóndeme! Por tu cons- tante ayuda, ¡sálvame!” (Salmo 69.14, DHH).
Si primero clamó Jesús por el auxilio divino, para que terminara con su so- ledad, ahora clama por la ayuda huma- na, para que apagara su sed. Es que en las experiencias más profundas de la vida –y en particular en las experien- cias de verdadera necesidad– al ser humano no se lo puede percibir ni comprender separado de Dios, ni se- parado de los demás seres humanos; y, en cierta medida, también a la inversa. Por eso somos humanos, con la im- pronta indeleble de la imagen divina. De ahí que, con el pasar de los años en la vida de la comunidad cristiana, cuando aparecen quienes negaban la verdadera humanidad de Jesús, el au- tor de la Primera epístola de Juan use un lenguaje enfático al afirmar lo si- guiente:
“De esta manera pueden ustedes sa- ber quién tiene el Espíritu de Dios: todo el que reconoce que Jesucristo vino como hombre verdadero tiene el
Espíritu de Dios. El que no reconoce así a Jesús, no tiene el Espíritu de Dios”. (2.2-3)
Por todo ello, consideramos que no hay que espiritualizar las palabras de Jesús. “Tengo sed” era, en aquel pre- ciso momento, la angustiosa petición de Jesús para que alguien (¿alguno de los soldados que hacían guardia ante los crucificados?) se compadeciese de él, humedeciera sus labios y satisficie- ra así las ansias de su reseca garganta y de su “lengua pegada al paladar” (ima- gen que también se usa en el mismo Salmo 22 [versículo 15]).
Pero aunque no espiritualicemos ese preciso momento, no podemos dejar de lado el hecho de que la Escritura, y Jesús mismo, usan la experiencia cor- poral de la sed como imagen para ex- plicar algunos detalles relativos a otras esferas de la vida humana.
La petición implícita de Jesús no deja de ser paradójica a la luz de todo lo que él había estado enseñando y ha- ciendo públicamente a lo largo de tres años. Había alimentado físicamente a varios miles de personas, pero tam- bién había ofrecido, primero a una mujer samaritana y luego a todos sus oyentes, el “agua de vida”, esa agua que haría que nunca más volvieran a tener sed.
Y quien hizo esa oferta, ahora anhela aunque sea un sorbo de agua.
Además, también habló él de los que tienen hambre y sed de justicia, y dijo no solo que quedarían satisfechos sino que serían bienaventurados o dichosos (Mateo 5.6).
Por eso, como él fue el primero en te- ner sed de justicia, su sed mientras está en la cruz del Calvario no solo re- vela su genuina humanidad, sino que también nos habla del sentido global de su vida: precisamente porque tuvo sed de justicia a lo largo de su existen- cia, está ahora en la situación en la que se encuentra y siente en su carne la sed que lo consume. Son dos lados, inseparables, de la misma medalla. Lo segundo solo fue la consecuencia de lo primero. Todos los relatos de los Evangelios dan fehaciente testimonio de ese hecho.
Lo dicho significa, así mismo, que Je- sús sufre sed juntamente con los se- dientos del mundo. Hoy, ya resucitado por el poder de aquel a quien conside- raba su “Padre” (véase Hechos 2.32; Hebreos 13.20), él sigue experimen- tando como propia la sed de aquellos que la sufren por muy diversas razo- nes. Sed literal de agua, porque hay tanta gente en este mundo que no tie- ne acceso al agua potable, muchas ve- ces a causa de la avaricia de quienes, con el poder del dinero, acaparan para sí y para sus criminales negocios las fuentes que pueden proveerla; y en otras ocasiones porque la naturaleza, inmisericorde, produce sequías morta- les (provocadas también por la irres-
ponsabilidad humana). Y sed de justi- cia, porque muchos son los sedientos, por ser los desheredados y los margi- nados de la tierra.
Por eso, resulta que “dar de beber” al que está en la cárcel, según el propio Jesús, es darle de beber a él mismo (Mateo 25.35) y no darle es no darle a él (versículo 42). Igualmente, dijo él en otra ocasión, el que dé de beber un vaso de agua porque el sediento es se- guidor de Cristo no quedará sin re- compensa, sino que recibirá su pre- mio (Marcos 9.41; Mateo 10.42). En estos casos, el “dar de beber” es sím- bolo de satisfacer las necesidades, fí- sicas, en primer lugar, que el otro, el prójimo tenga. Es lo que enseñó Jesús por medio de la parábola del buen sa- maritano.
Al leer esta “Palabra” de Jesús, grita- da desde aquella plataforma que se volvió universal, nos preguntamos: ¿Hacemos que esa Palabra sea tam- bién nuestra?, ¿tenemos la voluntad y la predisposición de hacer nuestra la sed de los que la padecen? ¿Nos atre- vemos a aliviar la sed de algunos que a nuestro alrededor la sufren? ¿Tene- mos de verdad hambre y sed de justi- cia?
Jesús murió sintiendo sed…, por- que vivió consumido por la sed de los demás y, sobre todo, por la sed de justicia. R
Fotograma de la película “La Pasión” de Mel Gibson
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QUE DIOS ESTÁ AUSENTE de nuestra
sociedad europea es un dato innega- ble, como profetizó Nietzsche. Pero Nietzsche no habló de inexistencia
sino de muerte de Dios. Y, para dejar las cosas claras, añadió: “lo hemos matado nosotros”. La ausencia de Dios es, pues, una opción nuestra, no un dato previo a nuestro existir con el que nos encontramos. Las razones de esa opción serán diversas: para que el hombre pueda crecer y ser libre (Marx o Sartre), para liberarnos de ilusiones infantiles (Freud) o para explicar el escándalo del mal… Pero lo que pare- ce claro es que, más que en la inexis- tencia, nuestra sociedad vive en “el exilio de Dios”, con expresión precisa de Lluís Duch.
Desde los orígenes lo divino parece haber sido percibido como un Poder Supremo al que debemos el ser y que actúa por encima de nosotros. En los grandes poemas homéricos, las accio- nes humanas (una batalla, una empre- sa o viaje) no tienen el resultado pla- neado por el hombre, sino el decidido por algún poder divino superior. Lo que sucede es que en el panteón ho- mérico los dioses se pelean entre ellos y ayudan o hacen fracasar a los huma- nos sea para complacer a algún devoto (que le habrá hecho antes un buen re- galo), o para fastidiar a otra divinidad que protegía a aquel devoto.