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Para que la revelación pueda ser comprendida cada vez más

In document La Palabra Inspirada - Luis Alonso Schökel (página 190-192)

LITURGIAS BIBLICAS

5. Para que la revelación pueda ser comprendida cada vez más

380 Palabra y Espíritu

profundamente, el Espíritu Santo perfecciona constantemente la fe con sus dones.

23. La Iglesia, esposa de la Palabra hecha carne, instruida por el

Espíritu Santo, procura comprender cada vez más profundamente la Escritura.

Lo podemos calificar con el libro de la Sabiduría: «Es un es­ píritu inteligente, santo, único, múltiple, sutil, móvil, pene­ trante... lúcido, incoercible» (Sab 7,22).

«El Espíritu de Dios se cernía sobre el océano» (Gn 1). Dando forma, diferenciando, iba transformando el cosmos en caos: luz y tinieblas, mares y continentes, sol y luna, plantas y animales según múltiples especies... Era como la fantasía de Dios derrochando formas variadas, variables. En esa creación multi­ forme parece faltar un centro; se habla de un arriba y un abajo, no se menciona un punto central. Y los hombres lo imaginan geocéntrico o heliocéntrico o antropocéntrico. Modos humanos de concebir.

Semejante al cosmos es el mundo bíblico ordenado por el Espíritu. Rico de figuras, personajes, sucesos; pululando de sím­ bolos cósmicos, humanos, históricos. ¿Pura variedad dispersa? ¿Discurren todos autónomos, divergentes, paralelos? Podemos perdernos buscándole a cada uno su referencia individual. La Bi­ blia se nos desintegra si no damos con su centro de gravitación. Es el Espíritu quien señala al cosmos y a la Biblia un centro: Jesucristo, de modo que todo se coloque concéntrico a él, por la fuerza de su atracción gloriosa. Al recibir del centro un impulso vibratorio, cada página bíblica lo refleja manifestando una faceta del misterio de Cristo.

Así D ios, que habló en otros tiempos, sigue conversando siempre con la Esposa de su Hijo amado; así el Espíritu Santo, por quien la voz viva del evangelio resuena en la Iglesia, va introduciendo a los fieles en la verdad plena y hace que habite en ellos intensa­ mente la palabra de Cristo («Dei Verbum» 8).

C O N S T I T U C I O N «D E I VERBU M » SO B R E LA D IV IN A R E V E L A C IO N

1. La palabra de Dios, escuchada con piedad y proclamada con confianza por el sacrosanto Sínodo, mueve a éste a hacer suyas las palabras de san Juan, cuando dice: O s anunciamos la vid a eterna, que estaba en el Padre y se nos manifestó: lo que hemos visto y oído os lo anunciamos a vosotros, a fin de que vivá is tam bién en comunión con nosotros, y esta comunión nuestra sea con el Padre y con su H ijo Jesucristo (1 Jn 1,2-3). Siguiendo, pues, las huellas de los concilios de Trento y Vaticano I, desea proponer la verdadera doctrina sobre la revelación divina y so­ bre su transmisión, para que todo el mundo, al escucharla, crea el mensaje de la salvación, creyendo espere y esperando ame.

Capítulo primero

I. LA REVELACIÓN

2. Quiso Dios con su sabiduría y bondad revelarse a sí m ism o y dar a conocer el misterio de su voluntad (cf. Ef 1,9), gracias al cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, se acercan, en el Espíritu Santo, al Padre y se hacen participantes de la naturaleza divina (cf. Ef 2,18; 2 Pe 1,4). Por esta revelación Dios invisible (cf. Col 1,15; 1 Tim 1,17), movido por su gran amor, habla a los hombres como a amigos (cf. Éx 33,11; Jn 15,14-15) y conversa con ellos (cf. Bar 3,38), para invitarlos a su compañía y admitirles en ella. Esta economía de la revelación comprende hechos y palabras intrínsecamente conexos entre sí, de modo que las obras, realizadas por Dios en la historia de la salvación, manifiestan y confirman la doctrina y las realidades significadas por las palabras, mientras las palabras manifiestan y explican el misterio en ellas contenido. Mas la verdad íntima so­ bre Dios y sobre la salvación humana se nos manifiesta por esta

>:i Esta constitución fue promulgada el 18 de noviembre de 1965 por el Vati­ cano II. La incluimos aquí como apéndice para facilitar su consulta a nuestros lectores.

382 Constitución «D ei Verbum»

revelación en Cristo, que es el mediador, a la vez que la plenitud de toda la revelación.

3. Dios, que crea y conserva todo por el Verbo (cf Jn 1,3), ofrece a los hombres, en la creación, perenne testimonio de sí (cf. Rom 1,19-20), y, queriendo abrir el camino de la salvación sobrenatural, se manifestó, además, personalmente a nuestros primeros padres, ya desde el principio. Y, después de su caída, les elevó a la esperanza de salvarse (cf. Gn 3,15) con la promesa de la redención, y tuvo constante cuidado del género humano, para dar vida eterna a todos los que buscan la salvación me­ diante su fidelidad en las buenas obras (cf. Rom 2,6-7). A su tiempo llamó a Abrahán para hacer de él un gran pueblo (cf. Gn 12,2-3), al que, después de los Patriarcas, por Moisés y los Profetas le enseñó a reconocerle como único Dios, vivo y verda­ dero, Padre providente y justo juez, y a esperar al Salvador pro­ metido; y así, en el correr de los siglos, preparó el camino para el evangelio.

4. Después que Dios habló muchas veces y de muchas ma­ neras por medio de los Profetas, últim am ente, en estos días, nos habló por su H ijo (Heb 1,1-2). Envió, ciertamente, a su Hijo, es decir, al Verbo eterno, que ilumina a todos los hombres, para que habitara entre ellos y les manifestara los secretos de Dios (cf. Jn 1,1-18). Jesucristo, pues, el Verbo encarnado, hom bre en­ viado a los hombres, habla palabras de D ios (Jn 3,34) y acaba la obra de salvación que el Padre le dio para hacer (cf. Jn 5,36; 17,4). Y así él —ver al cual es ver también al Padre (cf. Jn 14,9)— , con toda su presencia y manifestación, con sus palabras y obras, prodigios y milagros, pero ante todo con su muerte y resurrección gloriosa de entre los muertos y, finalmente, en­ viando el Espíritu de verdad, cumple perfectamente la revela­ ción, y la confirma con el divino testimonio de que Dios está con nosotros para liberarnos de las tinieblas del pecado y de la muerte y resucitarnos para la vida eterna.

La economía cristiana, por lo tanto, como alianza nueva y definitiva nunca ya pasará; y no se ha de esperar ya ninguna re­ velación pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor Jesucristo (cf. 1 Tim 6,14; Tit 2,13).

5. A Dios que revela se le debe la obediencia de la fe

Sobre la divina revelación 383

(cf. Rom 16,26; con Rom 1,5; 2 C or 10,5-6), por la que el hom ­ bre se entrega libre y totalmente a Dios ofreciendo a D ios, que revela, el pleno homenaje d el entendim iento y de la vo lu n ta d, y asintiendo de buen grado a la revelación que él ha hecho. Para esta fe necesitamos la gracia preveniente y auxiliadora de Dios, así como los socorros interiores del Espíritu Santo, que mueva el corazón y lo convierta a Dios, abra los ojos de la mente y dé a todos la dulzura para aceptar y creer en la verdad. Y para que la revelación sea comprendida cada vez más profundamente, el Espíritu Santo no cesa de perfeccionar la fe por medio de sus dones.

6. Con la revelación divina quiso Dios manifestarse a sí mismo y comunicar los eternos decretos de su voluntad sobre la salvación de los hombres, para hacerles participar los bienes d i­ vinos, que superan totalm ente la comprensión de la inteligencia humana. Proclama el sacrosanto Concilio que Dios, principio y fin de todas las cosas, pu ed e ser conocido con seguridad p o r la luz natural de la razón hum ana, partiendo de las criaturas (cf. Rom 1,20); pero enseña que se ha de atribuir a su revelación el que todo lo divino que p o r su naturaleza no sea inaccesible a la ra­ zón hum ana lo pueden conocer todos fácilm en te, con certeza y sin error alguno, incluso en la condición presente del género hu­ mano.

Capítulo II

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