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Y como la vida de la Iglesia se desarrolla por la participa­

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LITURGIAS BIBLICAS

26. Y como la vida de la Iglesia se desarrolla por la participa­

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ción asidua del misterio eucarístico, así es de esperar que recibirá nuevo impulso de vida espiritual con la redoblada devoción a la palabra de Dios.

Esa unión es parte de una vieja tradición, que puede haber influido en el relato lucano de Emaús, en el cual Jesucristo ex­ pone las Escrituras y después parte el pan. Su formación en los términos conciliares corona un proceso relativamente reciente.

Es de recordar la postura de los jansenistas, que, mientras es­ catimaban la comunión frecuente, recomendaban generosamente la lectura bíblica (véase, p.e., Denzinger-Schónmetzer 2479-85). Pío X dio un renovado impulso a la práctica eucarística a princi­ pios de siglo (1905). Con la comunión temprana y frecuente es­ peraba fomentar la unión con Cristo y con los hermanos. Ese impulso se prolonga hasta hoy sin quiebra. N o fue parejo su es­ fuerzo bíblico. Este había recomenzado con León XIII (Provi- dentissimus, 1893), del cual se puede saltar a Pío XII («Divino afflante Spiritu», 1943) y al Concilio. La Escritura va a ser fuente de vida espiritual en la Iglesia.

Palabra y comida: ¿Qué es más fácil de entender? Qué ex­ traño que sea una la boca con que hablamos y con que co­ memos. N o sé si es extraño que el banquete, como elemental convivencia humana, se realice con la conversación. ¿Imagi­ namos un banquete en silencio? «Convite» incluye el morfema «con» de simultaneidad; como el griego sym-posion (= beber juntos); también lleva «con» la conversación. Comer a solas nos parece algo biológico, animal; comer en compañía, compar­ tiendo y conversando, es acto humano: familia, amistad, socie­ dad. Si nos molestan los discursos en un banquete es porque im­ piden la grata conversación.

Pues no nos extrañe esa unión eucarística de comida y pala­ bra. ¿Por cuál empezaremos para explicar la otra? Quizá se ex­ pliquen mutuamente (haré la prueba). La conversación es como ofrecerse y compartir un alimento espiritual, en la que los dos co-mensales (con-mensa = mesa en común) se enriquecen sin empobrecerse. Se puede gustar y saborear y paladear una con­ versación. Frases robustas, como tajadas de carne, sentencias leves como crema, palabras dulces, confidencias amargas, ocu­ rrencias saladas, críticas ácidas, recuerdos jugosos... A veces de

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un banquete recordamos mejor la conversación que el menú. Ahora intentaré el camino contrario. Un con-vite es como una con-versación sabrosa: una vez que el anfitrión ha invitado, los comensales participan en régimen de igualdad: no hay manjares exquisitos para el dueño de casa y pitanza desabrida para el invi­ tado. En la conversación triunfa el que más puede dar, de pensa­ miento o expresión, aunque, por otra parte, salga ganando el que recibe. Así en el banquete es gloria del anfitrión poder ofre­ cer, de modo que todos compartan. La conversación es comuni­ cación humana, y así lo es el convite. (Compruebo que es más fácil el primer itinerario del convite a la conversación. Así pues, comenzaremos por el banquete eucarístico).

Eucaristía. En el convite eucarístico se nos reparte el cuerpo, carne y sangre de Jesucristo glorificado. Y también su Espíritu; no lo descuidemos.

Por esa carne somos hermanos camales de Jesús y el cuerpo de la Iglesia mantiene una encarnadura sana. Sin ella la Iglesia, sus miembros, estarían descamados. Esa carne que fue escarne­ cida antes de ser glorificada, el cuerpo que quedó en carne viva antes de ser trasformado.

Por esa sangre somos consanguíneos de Cristo, y en la Igle­ sia, que es su cuerpo, hay una nueva y misteriosa circulación de la sangre. Sin ella la Iglesia y sus miembros estarían desangrados, exangües. Es la sangre que fue derramada, porque el Mesías, para completar su misión, se desangró hasta la última gota del costado. Por ella son ahora los cristianos «pura sangre», porque ésa es la auténtica pureza de sangre.

También el Espíritu. Como la sangre lleva oxígeno a cada cé­ lula del cuerpo, así la sangre de Cristo transporta Espíritu a cada miembro de la Iglesia. En la antropología hebrea, como el cuerpo humano (o la carne) vive por la respiración, y nepes = respiro, significa también vida, así conciben que la carne vive por la sangre. «La vida de la carne es la sangre» (Lv 17,11): por eso la sangre no se come, es para el Señor; por eso derramar sangre es quitar la vida, matar.

El Espíritu es viento = anemos = anim a = alma. Sin él la Iglesia y sus miembros expirarían, quedarían exámines. Él es

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quien alienta a los desalentados, anima a los desanimados (los que carecen totalmente de él son desalmados). Con él respi­ ramos y por él suspiramos.

Una tradición antigua ha aplicado a la eucaristía sendos episo­ dios paralelos de Elias y Eliseo. Se trata de un niño muerto (o en coma) a quien el profeta devuelve el calor o aliento vital para que recobre la vida.

1 Re 17,19: Elias respondió: — Dame tu hijo. Y tomándolo de su regazo, se lo llevó a la habitación de arriba, donde él dormía, y

lo acostó en la cama... ,

21 Luego se echó tres veces sobre el niño, clamando al Señor:

— Señor D ios mío, que resucite este niño. 22 El Señor escuchó la súplica de Elias, volvió el aliento (nepes) al niño y resucitó.

2 Re 4,32: Eliseo entró en la casa y encontró al niño muerto en la cama.

33 Entró, cerró la puerta y oró al Señor, 34 Luego subió a la

cama y se echó sobre el niño, boca con boca, ojos con ojos, manos con manos, encogido sobre él. La carne del niño fue en­ trando en calor. 35 Entonces Eliseo se puso a pasear por la ha­ bitación, de acá para allá; subió de nuevo a la cama y se encogió sobre el niño, y así hasta siete veces. El niño estornudó y abrió los ojos.

D e la eucaristía a la palabra. Cuando se discutía en el Conci­ lio el texto sobre la revelación divina (quizá demasiado tarde), Monseñor Neófito Edelby, en nombre de la tradición oriental, describía la inspiración bíblica como «la consagración de la his­ toria de salvación bajo especies de palabra». La historia de salva­ ción culmina y se condensa en Cristo: también su vida se ofrece «bajo especies de palabra» en el evangelio.

Cristo es vida. Dio su vida terrena por nosotros, nos da su vida glorificada a nosotros. Su vida es su sangre y su Espíritu. Dice Mateo 27,50: «Jesús dio otro fuerte grito y exhaló el espí­ ritu» (apheken to pneum a). Dice Juan 19,30: «Y reclinando la cabeza, entregó el espíritu» (paredoken to pneum a). Ese entre­ gar, tradidit spiritum, es el arranque de la «tradición» de la Igle­ sia. Cristo se da enteramente, como palabra total, en una palabra final, él que nos había dado sus palabras. Con ellas nos había ido dando Espíritu: «mis palabras son espíritu y vida» (Jn 6,64).

Juan presenta la última cena de Jesús, en la cual inserta las

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últimas palabras de Jesús, su testamento; en ellas promete la ac­ ción del Espíritu. (De nuevo, convite y conversación). La firma o el sello lo pone una última palabra de Jesús: «Todo queda ter­ minado», tras la cual entrega el espíritu (19,30).

La presencia del Espíritu en la palabra es quizá más fácil de sentir y entender que la presencia en los dones eucarísticos. De­ cimos «palabra inspirada» y podríamos cruzar significados y funciones diciendo «espíritu palabrado». «Palabra» nos remite al Logos, «in-spirada» al Pneuma. Jesucristo, que es la palabra y posee la plenitud de Espíritu, vuelve a hacerse palabra inspirada, portadora de Espíritu. Leemos en Heb 6,4s que los cristianos son «los que fueron iluminados una vez, han saboreado el don celeste y participado del Espíritu Santo, han saboreado la pala­ bra favorable de Dios...».

La unión de palabra y espíritu se presenta en la Biblia a veces como dato narrativo, a veces como paralelismo explícito:

En Gn 1 suena la palabra creadora de Dios y el espíritu divino

actúa sobre el caos.

Is 34,16: Lo ha mandado la boca del Señor (pi Yhwh) y su aliento (rufa) los ha reunido.

Is 40,7: Se agosta la hierba, se marchita la flor, cuando el aliento del Señor (ruh Yhwh) sopla sobre ellos;

8 se agota la hierba, se marchita la flor, pero la palabra de

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