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Rezo al Dios Algayú

In document El Camino de Osha (página 177-182)

Lucumí:

Algayú chola iye kini obá abara chola oyina obá ni na oké gbina mísísiyi, awa orno nile

Awa o/e ki kó de ma gbina, ati na buruku baba mí balomi

Español:

Se dice que Algayú es el santo, pero no es así es la silla del trono más grande del rey; cuida grandemente el mundo, que el rey, mecha encendida, cuida desde lejos, al rey

de lo alto candela, en nuestros días, nosotros hijos de la tierra todos obedecemos, nosotros queremos que no

llegue la candela y lo malo. Padre mío, acompáñame a mí.

Itutu

Cuando muere una lyalocha o un Babalocha se celebra la ceremonia del Itutu (apaciguamiento), ceremonia que tranquiliza y refresca al muerto. El mismo día en que este fallece, se reúnen en la casa mortuoria un grupo de santeros para conocer y cumplir su voluntad y la de su orisha tutelar. Se les pregunta por medio de los caracoles, a qué manos han de pasar las piedras del Santo patrón y las de los demás santos que ha adorado en vida, así como otros objetos sagrados que le han pertenecido pues, a su muerte, muchas veces los orishas desean irse con su hijo, o el hijo quiere llevárselos a la tumba. Uno de los babalochas -nunca el padrino, ni la madrina de su asiento- funge de oriaté durante la ceremonia. Todos permanecen sentados en ruego y el oriaté interroga a los orishas, empleando los caracoles que le pertenecen a cada uno. Asi. el orisha tutelar y los demás a quienes a cada uno. Así, el orisha tutelar y los demás a quienes en vida ha rendido culto, declaran con qué persona de la misma sangre del difunto o pariente (hijo, hermano, tío, sobrino o primo, natural o de santo) desean permanecer. Hecha la elec

ción dentro de la familia natural o espiritual del finado, unos santos se quedan en la tierra, otros se marchan, "se quieren ir con el ikú". En ocasiones, es sólo su ángel u osha principal, quien lo sigue al mundo de las sombras; o se da el caso -sobre todo cuando se trata de olochas viejos, dueños de santos muy antiguos y delicados- que todos sus santos quieren marcharse. El muerto se los lleva, si juzga que no hay entre los suyos nadie digno de poseerlos. El que hereda una de estas piedras en que se materializa un orisha celebrará más adelante otro rito para quitar del Otan las manos del muerto.

La piedra que se queda con alguien en esta ceremonia lo hace para cuidar al indi- viduo que la posee; con ella no se puede realizar ninguna ceremonia. Al morir este individuo esa piedra se va con él sin que sea necesario preguntarle. Se supone que el santo recibido de esta forma es el que más defiende al individuo, pues él sabe que a la muerte de quien lo posee, también tiene que irse.

Cuando el que se queda es el Ángel de la Guarda de un Santero, es que la persona que falleció no estaba "cumplida" y se fue o bien porque tuvo "una falta con el Santo", porque le echaron brujería o por otra causa, pero todavía él no debía haberse muerto.

El Santo se queda cuando al tirar el caracol sale Oché (5): Familia de Sangre -es decir, con alguien de la familia del difunto- o cuando sale Obbara (6): Familia de Piedra -es decir, se queda con alguien de la Familia de Santo, Padrino, Madrina. Ahijado, etc. Con todas las otras letras, el Santo tiene que irse.

Los dieciocho caracoles pertenecientes al orisha (cada uno posee los suyos y Elegguá 21) que han expresado su voluntad de acompañar al Santero, guardados

En un bolsillo de tela con unos pedacitos de pescado ahumado, jutía y granos de maíz se le colocan al cadáver sobre el corazón. El otan -la piedra del Santo- se arroja al río se echa en la fosa o se pone dentro del féretro, según la costumbre de cada fundamento o familiar del Santo. Se rompen la sopera del Orisha, un plato y uno de sus collares. Se envuelve una jicara con una tela blanca y otra negra; se deposita en el suelo y. dentro de ésta los Santeros colocan las pinturas-polvos, rojos, amarillos blancos y azules con los que se pintó la cabeza del difunto al consagrarlo. El oriaté mete en la jicara, después de partirlo, el peine que aquel llevó al río antes de consagrarse y que una vez asentado, al cumplirse el sexto día de la iniciación, en su presencia, la oyugbona o segunda madrina del asiento, después de moyugbar le entregó a la primera madrina, con las pinturas, las navajas, las tijeras, el pelo cortado y los cuatro géneros con los que se le hizo como un palio a su cabeza para recibir a los Santos. Este es el peine con que peinamos a nuestro hijo (le dice la oyugbona a la iyaré); este es la navaja con que lo afeitamos (primero le entrega el paño blanco;

Después el rojo, el azul y el amarillo). La trenza o mechón de pelo que se le cortó para hacerlo santo se pone en el féretro. El cadáver se viste con el traje de la iniciación, que los Santeros guardan cuidadosamente para el día de la entrega, de la muerte. Todos los olochas que están presentes en la ceremonia del Itutu -que debe hacerse con la mayor escrupulosidad, para que el muerto se vaya tranquilo y no venga después a perturbar o a castigar a los que no cumplieron como es debido- desmenuzan pajas de maíz y parten pedazos de quimbombó seco para echar dentro de la jicara, con las pajas de maíz o estropajo y

Ceniza de carbón vegetal. Al terminar esta operación, con la cual se significa que al muerto se le desliga de todo y puede mar- charse tranquilo, tuto fresco, los Santeros se vuelven de espaldas y el oriaté toma un pollo negro, lo mata destrozándole la cabeza contra el suelo y lo coloca dentro de la jicara. Esta jicara contiene el ebbó del Itutu;

Se lleva a la cámara mortuoria y se deposita junto al cadáver hasta poco antes de salir el entierro, pues deberá entrar en el cementerio antes que el cadáver y ser arrojado en la fosa abierta en el lugar que corresponda a la cabecera del ataúd.

Por último, antes de concluir la ceremo- nia, se tiran los cocos de espaldas a la pared, para preguntar si todo se realizó correctamente o si aún falta algo por hacer.

El Itutu se practica a puertas cerradas, en la habitación más alejada de la casa. Después, todos los Santeros, dirigidos por el oriaté (que marca el paso golpeando en el suelo con un bastón encintado), bailan y cantan alrededor del cadáver, ya metido en el ataúd. Se le llama por su nombre secreto. se canta para los muertos, familiares y antecesores en la religión. Luego se hace oro, se canta para cada orisha y estos bajan a veces llorando y purifican al cadáver, limpiando el ataúd con pañuelos de colores. Forzosamente entre los presentes tiene que haber una hija de Oyá (la diosa muertera), que se posesiona enseguida de su caballo; limpia con su iruké (plumero) y preside la ceremonia fúnebre.

Para despedir a los Santos en el Itutu, se ponen los caballos de espaldas contra la pared y se descargan sobre ésta tres fuertes puñetazos. Aproximadamente una hora antes del entierro, sus colegas se reúnen en torno al féretro para cantarles a los 16 orishas y al desaparecido. Por último, se le canta a Oyá, la dueña del cementerio y

Luego al santo principal, al padre, ai ángel del Santero muerto. Esta ceremonia se llama: Sacar los pies del muerto.

Al partir el entierro, ya en la calle, detrás del coche fúnebre, se rompe una tinaja chica y se arroja bastante agua, para que el muerto vaya fresco al reino de Oyá.

Al cumplirse los nueve días del deceso, después del oro ilé Olofi (la misa cantada que se dice en la iglesia por el

eterno descanso del olocha

desaparecido), se reúnen de nuevo los Santeros para ofrecerle coco a su espíritu.

Levantamiento del plato

Al año tiene lugar el levantamiento del plato, ceremonia que consiste en el sacrifi- cio de un cochino o -según el camino (el dios) del difunto- un carnero o un chivo y un toque de tambor que durará toda la noche. en su honor y en el de todos los antepasados (si el muerto era babalawo. no se matará cerdo).

Para realizar esta ceremonia, se cubre una mesa que hará las veces de altar o túmulo, con una sábana blanca y sobre ésta se coloca el plato en que comía el desaparecido, otro plato con sal, velas (no se escatimará en velas) y un frasco de agua de colonia, una estampa de San Pedro y otra de Santa Teresa suelen ser de rigor y nada de flores, ni una sola. el agua de colonia la sustituye. Detrás de la mesa, en la pared, se cuelga otra sábana blanca con una cruz de tela negra aplicada en el centro. En el suelo, delante de la mesa se coloca la jicara en la cual todos los asistentes al levantamiento irán dejando la cantidad de dinero con que puedan contribuir a los gastos que origina la ceremonia. Debajo de la mesa se pondrán en una vasija, la sangre y la cabeza del cerdo o de la bestia

Sacrificada, que permanecerá ahí para que el muerto se beba la sangre y vea la cabeza durante todo el tiempo que demore el rito desde la tarde en que tiene lugar la matanza, hasta el día siguiente.

A todos los que concurran a la ceremonia se les dibujan en las mejillas, con cascarilla, las consabidas rayas, contraseñas, para que no se los lleve la muerte. Se hacen rezos y cantos en loa a los ikús que acompañan el sacrificio. Fuera de la casa un Santero mayor (de esto no pueden ocuparse las mujeres), señala en un palo -con un trazo de cascarilla, para no confundirse, ni olvidar a ningún muerto de la familia- el número de los que son indispensables de invocar y rogar. Cada vez que se nombre uno, el Santero da un golpe en el suelo con el bastón y pide por el descanso y la paz de su alma. Terminado el sacrificio que se inicia con una ofrenda de coco, el que dirige la ceremonia (en este momento, al ofrecer Obi, todos los asistentes han de volver la cara para no mirar), se depositan la sangre y la cabeza de la víctima debajo del altar que hemos descrito. A las doce de la noche, la hora en que baila y anda suelta la gente del otro mundo, comienzan el tambor, el canto y los bailes, que en esta ocasión son para los muertos. A excepción de Oyá y de Elegguá, no suelen bajar los Santos. Los cantos son tristes, diferentes a los que se escuchan en las fiestas.

A medianoche se les envía a los difuntos su comida al cementerio, a una ceiba o a la manigua. Para ellos se les cocina un plato de ajiaco, con las patas, las costillitas y el mondongo del cochino, del carnero o del chivo. Este plato que se llama Osún es compartido con los muertos por los Santeros. La carne se fríe y es consumida con arroz blanco, sin sal por todos los que asisten al velorio. De esta comida que se ha comido

Con el muerto, nadie se puede llevar nada para su casa. Antes de aclarar, hacia las tres de la madrugada, lo que se ha puesto debajo de la mesa (la sangre y la cabeza), se sacan de la casa y se le envían al muerto a su tumba o a una ceiba. Pero el tambor, los cantos y el baile continúan. Luego todos asisten a misa en una iglesia y de regreso comienzan en la casa las limpiezas y baldeos eliminatorios. Se riegan por todas parles las sobras de comidas y se barren después desde el fondo hacia la puerta, para que se vaya el muerto, que va detrás de la comida y sale de la casa; hay que barrer muy bien los rincones, para que el muerto no se esconda; no debe quedar ni una partícula de la comida fúnebre. Por último, se descuelga la sábana de la pared. Cuatro olochas que la sostienen por las puntas, levantan la que cubre la mesa y la depositan con el plato, en el suelo y dicen:

Premia lagguemí aliaba didé, el muerto fulano del tal se ha levantado y se ha ¡do

Inmediatamente después de esto se lleva el plato a la esquina de la calle y se rompe. Por virtud de este último rito. el muerto queda totalmente desligado de la vida y de sus necesidades. El plato también se puede romper en el patio de la casa junto a un caño.

Generalidades

Tratado de los saludos

El saludo es la forma de expresión de reconocimiento de un ser humano hacia otros. El carácter del mismo puede ser más o menos afectivo, pero siempre indica deferencia y reconocimiento hacia personas o grupos de personas hacia el que está dirigido. En nuestro caso. el saludo está dirigido en reconocimiento hacia la deidad que en cuestión se agasaja.

Nos preguntamos por qué todos los hijos u omorishas cuyo sexo hipotético re- cibe filiación femenina saludan peculiar- mente, colocando ladeado el cuerpo, apo- yándose primero sobre el codo derecho y después de idéntica forma sobre el izquierdo y el por qué los omorishas de filiación masculina saludan tendidos a lo largo boca abajo, o sea en decúbito supino, con los brazos extendidos a lo largo del cuerpo con las palmas de las manos tocando el suelo. El origen de esto lo encontramos en un rito de Ifá del oddum "Otura meyi", en el cual al repartir Olofin los poderes, creó los saludos, donde los orishas masculinos se tendían a lo largo besando a itere, la tierra, representando todo esto el acto de la cópula de la fecundación.

Los orishas femeninos, como tenían en su obo (órganos genitales) impurezas por la menstruación, saludan ladeando el cuerpo apoyados en el codo, evitando de esta forma que las impurezas del obo contaminen a ilere la tierra.

Un iniciado de orisha se entiende que ha sido consagrado como ídolo viviente de su prusha, por tanto, tiene que realizar su saludo como le pertenece a la filiación de su prima tutelar, no así los aberíkolas, que tienen que tocar la tierra con la punta de los dedos y besarla.

Ahora trataremos del saludo generalizado entre los santeros, que consiste en cruzarlos brazos al encontrarse en la calle. Esto es correcto hasta un cierto punto, pues no es correcto cruzar los brazos al nivel del codo, ni de la muñeca; se hace del modo siguiente: la mano derecha sobre el corazón el brazo izquierdo cruzado sobre el brazo derecho, tocando el hombro derecho con la mano izquierda. Esto significa: al saludar con la mano derecha, que él está contenido en su corazón y el brazo izquierdo cruzado sobre el hombro derecho, que ahí estará seguro y bendito, resguardado de toda maldad. Con eso se indica deferencia respeto y reconocimiento de un iworó a otro. La respuesta verbal a este saludo es santo, y significa: que el santo y el orisha de quien recibe el saludo sea testigo de lo que el saludante le anuncia con el saludo.

Tratado del sacrificio a los orishas

In document El Camino de Osha (página 177-182)