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Capítulo 2. La conformación del bloque en el poder en la década de 1990

2.2 La articulación de las distintas fracciones burguesas bajo la hegemonía del

2.2.3 El rol de las clases dominadas en la consolidación de la hegemonía

Para que la burguesía o una fracción de ella pudiese consolidar su dirección política, moral y económica en la sociedad era necesario que la acción hegemónica abarcase a las clases subalternas No es posible tratar con detalle aquí el rol que jugaron las clases dominadas en la consolidación de la nueva hegemonía durante la primera mitad de la década de 1990; ciertamente se trata de una problemática cuyo tratamiento científico excede los marcos de análisis de la presente tesis. Sin embargo, en la medida en que la hegemonía en el interior del bloque en el poder no puede ser escindida de la hegemonía entendida como dirección moral, intelectual y económica del conjunto de la sociedad, se hace necesario considerar someramente algunos aspectos sobresalientes de los efectos de la política económica impulsada desde el Estado sobre los sectores dominados.

No es un hecho menor que el régimen de convertibilidad, al lograr la estabilidad de precios y permitir la recuperación de la economía, haya logrado una aceptación muy amplia en casi todas las capas de la sociedad. Además del mencionado efecto coercitivo que generó el estallido hiperinflacionario, también se gestó cierto “consenso” también de un modo “positivo”, es decir, el efecto disciplinador de la hiperinflación no fue el único elemento que permitió el desplazamiento de la represión del centro de la escena sino que también intervinieron otros mecanismos. Al respecto, Basualdo (2001) sostiene que la consolidación de la valorización financiera bajo el régimen democrático durante la década de 1990 sólo fue posible porque el sistema político argentino se articuló sobre la capacidad de la clase dominante de ejercer el consenso en la superestructura sin modificar la

107 Según Ferreira Rubio y Goretti (1998), entre julio de 1989 y agosto de 1998 Carlos

Menem firmó 472 decretos de excepción, mientras que Alfonsín utilizó sólo 10 decretos de necesidad y urgencia. Sobre la concentración del poder durante el primer gobierno de Menem también ver Palermo y Novaro (1996).

situación estructural (de decadencia) de las clases subalternas. Retomando algunas ideas de Gramsci, Basualdo afirma que el “transformismo argentino” consistió en la hegemonía que ejercieron los intelectuales orgánicos de la clase dominante sobre los intelectuales del resto de los sectores sociales.

Más allá de la acepción del concepto de transformismo en Gramsci – entendido en este caso como la cooptación de cuadros dirigentes de los sectores subalternos fundamental aunque no exclusivamente a partir de la corrupción–, es difícil pensar que la consolidación de una nueva hegemonía no implicó concesión alguna hacia las clases dominadas, aún cuando estas concesiones no supusieran una mejoría sustantiva en la calidad de vida de los sectores populares en comparación con la etapa previa a la “valorización financiera”, es decir, respecto al modelo sustitutivo. La conciencia de las masas no funciona como lo hace el relato historiográfico, es decir, teniendo en cuenta los procesos de largo plazo, sino que su acción suele partir de su situación concreta, es decir, de la coyuntura. En este sentido, el punto de comparación debería ser el pasado más reciente, o sea, el estado en que se encontraban los sectores populares a finales de la década del ochenta, o al menos su percepción de ello. Esto no supone de ninguna manera que las identidades no puedan perdurar en el tiempo ni que las ideologías cambien abruptamente junto con los cambios en la estructura. Se ha mencionado ya con Althusser que las ideologías tienen suficiente consistencia como para sobrevivir a su contexto de vida inmediato e incluso pueden llegar a recrear sus condiciones de existencia temporariamente. Sin embargo, las tradiciones ideológicas se vuelven significativas o no de acuerdo a las situaciones contingentes y, por lo tanto, son reinterpretadas a la luz de las prácticas recientes. En definitiva, toda ilusión relacionada con el pasado debe decir algo sobre el presente para que sea efectiva108.

108 Tal como lo analiza Marx en El 18 Brumario de Luis Bonaparte, la inclinación de la

mayor parte de la nación francesa (los campesinos) por Luis Bonaparte tuvo que ver con la memoria de los “buenos tiempos” bajo Napoleón Bonaparte (“la fe milagrosa de que un hombre llamado Napoleón le devolvería todo su esplendor”): luego de la primera revolución francesa, Napoleón había convertido a los campesinos semisiervos en propietarios libres de su tierra. Sin embargo este apoyo no se dio únicamente por una identificación con ese pasado sino por la relación que esa ilusión tenía con el presente. Si bien durante los tres años de república burguesa (1848-1851) la burguesía batalló por

Por lo tanto, la fuerte inserción del neoliberalismo entre los intelectuales de las clases subalternas a partir de la consolidación de un particular diagnóstico sobre las causas de la crisis argentina (un Estado demasiado grande e incapaz de gestionar empresas eficientemente, un mercado que optimiza la asignación de recursos, la necesidad de “abrirse al mundo”, etc.) tuvo que ver con que este discurso tenía algo significativo para decir en esa coyuntura, aunque partiera de una visión parcial e ideologizada de la realidad. Si bien a largo plazo el balance fue muy negativo, en dicho momento las reformas estructurales y especialmente la instauración de la convertibilidad tuvieron también efectos “positivos” sobre determinados sectores de las clases dominadas, sobre todo si se tiene en cuenta la situación en la que se encontraban a finales de la década de 1980.

En sí, la estabilidad económica y la eliminación del “impuesto inflacionario” favorecieron cuantitativamente el consumo de los sectores medios y bajos permitiendo una -parcial y ciertamente limitada- recuperación del salario durante los primeros años de la convertibilidad. Además de esta limitada recuperación salarial, el relativo bajo precio de los alimentos -que, debe recordarse, son bienes mayormente exportables que suelen modificar sus precios de acuerdo al nivel del tipo de cambio- y la posibilidad de acceder a cuotas fijas y en pesos favorecieron el consumo del conjunto de los sectores populares. Sin embargo estos beneficios se verían recortados poco tiempo después ya que el salario retomaría su tendencia declinante a partir de la expansión del desempleo y la subocupación, aunque a un ritmo mucho menor que durante la segunda mitad de los ochenta (Gráfico Nº 2.5).

instaurar en los campesinos una conciencia “moderna” en detrimento de la ilusión napoleónica, cuando los campesinos amenazaron con adoptar una actitud independiente del gobierno y se enfrentaron al ejército, la burguesía los reprimió con estados de sitio y ejecuciones. Por otra parte, el principal enemigo de los campesinos no era ya el señor feudal sino el capital, que le cobraba impuestos e intereses por las hipotecas que pesaban sobre sus parcelas. Para los campesinos, la Asamblea Nacional (parlamento), institución fundante de la república burguesa, era la que les había impedido progresar. A partir de allí se consolidaron las simpatías de la clase campesina por Bonaparte, ya que este representaba para los campesinos franceses el predominio del poder ejecutivo sobre el parlamento burgués. L. Bonaparte les permitía a los campesinos seguir creyendo que la causa de su ruina no era su forma de propiedad sino que se encontraba fuera de ella, en otras clases de la sociedad. En este sentido, el sobrino Bonaparte no sólo se llamaba Bonaparte como el tío sino que aparecía como un gobierno con el poder de proteger a los campesinos de las demás clases mediante el sometimiento del conjunto de la sociedad (Marx, 2000).

Gráfico Nº 2.5. Evolución del salario horario medio real y de las tasas de desempleo abierto y subempleo horario, 1986-2001.

(en número índice 1986=100 y en porcentajes)

72 100 73 68 12,6 13,9 34,6 30,9 20 30 40 50 60 70 80 90 100 110 1986 1987 1988 1989 1990 1991 1992 1993 1994 1995 1996 1997 1998 1999 2000 2001 S a la ri o m e di o - 5,0 10,0 15,0 20,0 25,0 30,0 35,0 40,0 De soc upac n + subo cupa ci ón

Salario medio Desocupación + Subocupación

Fuente: Elaboración propia en base a información del Área de Economía y Tecnología de la FLACSO

Por otra parte, la revalorización del peso generó beneficios en términos de consumo sobre todo para los sectores medios no solo en términos cuantitativos sino también cualitativos, contribuyendo a difundir de una manera atrofiada y distorsionada la ideología consumista que había calado hondo en los países centrales109. Paralelamente al surgimiento de mercancías novedosas como las computadoras personales, los teléfonos

109 Bauman (1999) ha llevado al extremo la hegemonía de la ideología consumista al

sostener que las sociedades actuales han pasado a ser sociedades de consumo donde el eje no pasa ya por el individuo como trabajador sino como consumidor. Sin embargo, el autor pasa por alto el hecho de que para que sea posible el consumo es necesario que siga habiendo producción, siendo que la mayor parte de los trabajadores producen mucho más de lo que consumen. El concepto de “sociedad de consumo” parece haber sido pensado principalmente para los países centrales, donde la sensación de acumulación de riqueza y la persistencia de bajas tasas de interés han dado lugar a un aumento sustantivo del consumo de los hogares llegando a reducir el ahorro a prácticamente cero. Sin embargo, en la mayor parte de la periferia, y especialmente en los países más recientemente industrializados como China y otras naciones del sudeste asiático, la población tiende a ahorrar mucho más debido a la ausencia de seguridad social y la necesidad de cubrir los gastos ocasionados por la enfermedad y la vejez. Por otro lado, si bien el capitalismo siempre ha explotado maravillosamente bien el deseo de poseer en forma privada, lo que caracteriza en definitiva a los trabajadores asalariados es su desposesión de los medios de subsistencia. Por lo tanto, antes de poder ser consumidores, los mismos deben vender su fuerza de trabajo en el mercado y, por lo tanto, primeramente son interpelados en tanto trabajadores y sólo secundariamente en tanto consumidores

celulares, las casas en los countries, etc., la convertibilidad permitió también, a partir de la baja de precios y la masificación del crédito al consumo, la dinamización de las ventas de mercancías tradicionales, como automóviles y electrodomésticos, cuyo consumo se encontraba virtualmente estancado, así como la expansión de servicios privados como educación y medicina. Asimismo, tal como lo señala Aronskind (2001), no es menor el hecho de que se pusieran al “alcance de la mano” de la clase media bienes y servicios extranjeros anteriormente inaccesibles como alimentos, ropa y mercancías importadas de todo tipo, así como la posibilidad de realizar viajes al exterior que antes solían tener costos prohibitivos. Este tipo de consumo generaba la ilusión de haber entrado efectivamente al “primer mundo”, imaginario que era reforzado por la construcción de Shoppings Centers y grandes hipermercados, así como la extensión de la bancarización y la masificación de las tarjetas de crédito110.

Si bien es cierto que estos beneficios serían “cortoplacistas” ya que en el mediano plazo buena parte de los asalariados se encontraría muy golpeada por la extensión del desempleo, este último fenómeno remite a un proceso más paulatino y con una importante carga ideológica individualista, mientras que el acceso al consumo suele generar satisfacción inmediata. En este sentido, los efectos ideológicos de uno u otro proceso son bien distintos. Mientras que la estabilidad y la posibilidad de acceder a bienes y servicios que antes estaban prácticamente vedados para los sectores populares se constituye como un beneficio inmediato que satisface el deseo de consumo, la pérdida del empleo es vista en primera instancia como una situación transitoria y de responsabilidad personal y, por lo tanto, la salida del desempleo suele ser canalizada en un primer momento a través de mecanismos individualistas. Además, muchos de los que perdieron sus trabajos durante la primera etapa del modelo, como por ejemplo los despedidos o “retirados” de las empresas privatizadas, obtuvieron indemnizaciones que les permitieron realizar microemprendimientos (maxikioscos, “parri-pollos”, videoclubes, remiserías, etc.) o mantenerse sin

110Sobre la relación entre consumo y hegemonía durante la década de los noventa ver y

trabajo durante un tiempo hasta que finalmente se acabara el dinero o, como solía suceder, fracasara el emprendimiento por falta de mercado.

Además de los mencionados beneficios/perjuicios inmediatos y sus efectos ideológicos por un lado, y la cooptación de los intelectuales orgánicos de las clases subalternas, por el otro, el predominio de la ideología neoliberal –y con ella toda la ola de reformas encarada por el gobierno de Menem– encuentra su raíz más profunda en la derrota política sufrida por los sectores populares durante la dictadura y en el trauma vivido a partir de la hiperinflación. El predominio del individualismo a nivel social y del mercado a nivel económico encuentra todo su sentido si se considera que la “excesiva politización” de los sectores populares había conducido a la masacre de la dictadura, y que las políticas estatales habían llevado al caos hiperinflacionario. La estabilidad económica y política y el achicamiento del Estado parecían ofrecer una respuesta ante este cuadro de situación. Aquí debe tenerse en cuenta el efecto “desorganizativo” de la represión de la última dictadura militar y la pérdida de los cuadros más combativos de la clase obrera, incluyendo especialmente las persecuciones y desapariciones que sufrieron los miembros de las comisiones internas de las fábricas. También el viraje político que dio el Partido Justicialista con Menem ofrece elementos relevantes para comprender la penetración de la ideología neoliberal en la clase trabajadora. Si bien no hay lugar aquí para tratar en extenso esta cuestión, cabe destacar que la persistencia del predominio de la identidad peronista dentro de la clase obrera determinó que sólo el PJ fuera capaz de imponer un programa neoliberal en un contexto democrático sin enfrentarse a un gran rechazo popular111.

Por otra parte, como se señaló, ciertos mecanismos coercitivos no institucionalizados pueden favorecer la consolidación de la hegemonía. En este sentido, el ejemplo que da Anderson respecto al miedo al desempleo y como este puede producir una mayoría silenciosa de ciudadanos dóciles y obedientes es perfectamente aplicable al caso argentino. En efecto, a lo

111 Al respecto vale mencionar que la Unión de Centro Democrático (UCeDé), aliada al

gobierno de Menem, había fracasado en sus intentos por ganar elecciones presentando un programa muy similar al que adoptó el PJ a comienzos de los noventa.

largo de la década de 1990 la clase trabajadora ocupada, especialmente del sector privado, fue perdiendo su rol central en la defensa de los intereses de los sectores populares y, salvo casos particulares, operó de alguna manera como una “mayoría silenciosa”. No obstante, la dominación ideológica nunca llegó a ser completa, lo cual queda en evidencia al considerar a los sectores de la clase obrera que ofrecieron resistencia. Al respecto cabe mencionar, además de las primeras huelgas contra las privatizaciones y los estallidos sociales en el interior, la movilización de los empleados estatales –que estaban menos expuestos a la pérdida del empleo–, la creación de una central sindical alternativa (CTA), el surgimiento de una corriente opositora dentro de la CGT (el MTA) y la aparición de numerosos movimientos de desocupados hacia finales de la década. Estos últimos jugarían un rol clave durante la crisis de la convertibilidad y se constituirían como la parte más activa de la clase obrera; no casualmente eran los que ya no tenían empleo que perder112.

En síntesis, la consolidación de una nueva hegemonía no puede comprenderse sin tener en cuenta que el paradigma neoliberal impulsado por las organizaciones de crédito multilaterales y los países centrales había impactado fuertemente en una Argentina sumida en una de las crisis más graves de su historia. El apoyo a la convertibilidad de gran parte de los sectores medios y de la clase obrera y no sólo de los intelectuales cooptados fue lo que la hizo posible.

Pero la “creencia” en este paradigma abarcaba no sólo a buena parte de las clases dominadas sino también a la propia burguesía, siendo que las propias clases dominantes no ejercen su dominación desde “afuera” sino que también se ven inmersas en la ideología. Uno de los grandes logros del gobierno de Menem fue, en este sentido, lograr un acuerdo sobre un modelo de país para el conjunto de la gran burguesía asumiendo las fracciones locales el “interés particular” del capital financiero y las empresas transnacionales. Como sostiene Bonnet, “más allá de los intereses

112 Para ampliar sobre la protesta laboral durante la primera mitad de la década de 1990

consultar, entre otros, Auyero (2002), Campione (1994), Farinetti (1999) y Palomino (2005). El incremento de la resistencia social durante la segunda mitad de la década de 1990 será brevemente tratada en el Capítulo 4 de la presente investigación.

económicos inmediatos y diferenciales de las distintas fracciones de la burguesía, los intereses económicos y políticos inmediatos de las fracciones dirigentes de la gran burguesía fueron asumidos como sus propios intereses estratégicos, en la lucha de clases, por la burguesía en su conjunto” (Bonnet, 2007: 284). Debe señalarse una vez más que las fracciones capitalistas locales no encontraban ninguna alternativa propia para salir de la crisis, con lo cual el hecho de que el régimen convertible permitiera garantizar y reforzar la dominación de clase fue un elemento determinante en la subordinación de la gran burguesía local al proyecto del capital transnacional. Sin embargo, esto implicaba omitir o minimizar las consecuencias y los riesgos que podía tener la combinación de reformas pro- libre mercado con la adopción de un tipo de cambio fijo en el mediano plazo.