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Siguiendo aportes de Moreno (2009) se puede hacer alusión a dos entes que se vieron involucrados en la creación del primer embrión de la política social en Argentina, tales son el Estado y la Iglesia. Durante los siglos XVII Y XVIII el Estado se ocupó de manera parcial y discontinua de la población más pobre del país, por lo que, mayoritariamente las Instituciones religiosas se dedicaron a la asistencia moral, material y al socorro de lo más necesitados. Una excepción fue la Sociedad de Beneficencia de Buenos Aires a partir de cuya creación, el Estado comienza a tener mayor participación en la política social con fines benéficos.

Rivadavia fue el encargado de su creación y de impulsar un cambio profundo en la concepción de beneficencia, otorgándole un carácter público, dónde, el Estado pasó a desempeñar un rol continuo y permanente. Tal como plantea Moreno “La Fundación de la Sociedad de Beneficencia en 1823, se gestó en el marco de las Reformas Rivadavianas, entre las cuales la diferenciación del Estado y la Iglesia fueron decisivas a la hora de la concepción de la nueva figura institucional.” (J. Luis Moreno 2009:32); el nuevo rol adquirido por el Estado, y la relación que mantuvo con la Sociedad de Damas de Beneficencia de la ciudad de Buenos Aires hacen de esta Institución, una Organización particularmente revolucionaria para la época.

35 Esta entidad, se encontraba concebida de un modo totalmente innovador; la administración de la Sociedad quedó en manos de mujeres, desplegando las mismas un rol sumamente activo. Siguiendo los planteos de J. Luis Moreno (2009) para una sociedad tradicional como la rioplatense, fue todo un desafío y una situación un tanto revolucionaria, haber insertado a un grupo de mujeres en el manejo de la cosa pública.

La acción social y educativa promovida por ésta Institución la convertiría en la organización asistencial más importante de la época. Las mujeres se encargaban entre otras cosas de la educación y de la formación de las niñas, siguiendo un conjunto de valores que estrictamente se aplicaban a la población femenina. Según aportes de Jojot M. Cristina (2009) a mediados del siglo XIX el 50 por ciento de las niñas en edad escolar se educaban en las escuelas dirigidas por ésta Sociedad. Las niñas aprendían a leer, a escribir, a bordar y a obedecer. La institución era totalmente moralista, se premiaba el buen comportamiento de los beneficiarios, y la condición que prevalecía para otorgar la asistencia era el merecimiento. Se premiaba la resignación cristiana, el altruismo, la generosidad maternal y el sacrificio, que, a su vez, se tomaba como ejemplo.

A lo largo de la historia, la Sociedad fue otorgando premios y menciones:

A la madre que haya sufrido más (1910), al amor maternal (1920), a la mujer que más abnegada y noblemente honre la maternidad” (1924), a una familia numerosa, compuesta de madre con varios hijos (1923), a una madre abnegada que haya sabido formar una familia numerosa, a las amas externas de la Casa de los Expósitos que hayan cuidado mayor número de niños de salud deficientes o defectuosos (1935). (Laura Golbert 2010: 25)

El objetivo de la premiación por parte de las Damas de Beneficencia no era otro que felicitar y homenajear a aquellas mujeres que se mantuvieran alejadas de la prostitución y de la inmoralidad pública, es decir, se premiaba a quiénes supieran reproducir los valores estipulados de femineidad, las normas del orden social dominante, y que de ninguna manera se volvieran amenazantes del status quo. Tal como plantea Lobato “las Damas de la SB convertidas en

36 madres de la Nación, intentaron imponer estos ideales a las mujeres pertenecientes de otros sectores sociales y así construyeron un modelo de mujer pobre, pero virtuosa”. (2005:43) De esta manera, la transmisión de normas y de estereotipos promovidos por la Sociedad de Beneficencia dejaban bien en claro el lugar y el rol que imperiosamente se pedía cumplir a la mujer siguiendo un patrón y un mandato social.

Como se mencionaba en el primer apartado de éste capítulo, el trabajo asalariado se encontraba vinculado directamente al hombre, y a la tarea masculina, en tanto, que se lo definía y consideraba un factor amenazante de la femineidad y del rol maternal. Es por ello que la SB, premiaba a las mujeres trabajadoras, a aquellas que realizaban tareas en sus hogares, y se vinculaban estrictamente con el espacio doméstico.

La maternalización de los cuerpos de las mujeres, fue uno de los recursos y el medio social y político para generar un rol maternal o desarrollar el instinto en cada una de ellas, neutralizando de alguna manera los demás roles. La premiación al rol de madre con muchos hijos o de madre sacrificada y generosa, deja entrever la naturalización impuesta entre la mujer y sus virtudes de bondad, de instinto maternal, de madre solidaria, como así también la relación de naturalización y normativización de la mujer y el rol de madre. Como indica Bracamonte (2015) las damas de ésta entidad contribuirían con sus acciones a la regeneración de la sociedad y a la formación de madres respetables y responsables.

Asimismo, no es casual que ésta SDB haya sido administrada por un grupo de mujeres, cuando el objeto de intervención estaba constituido por mujeres y niños, en general. Tal como plantea M. Cristina Jojot

La pertenencia o no a la elite, así como la simpatía a la causa y la disponibilidad de tiempo, habían sido factores determinantes al confeccionar la lista. Una vez realizada esta distinción, la aptitud que se buscaba tuvo que ver con su condición de género y con la supuesta inclinación “natural” de la mujer hacia la sensibilidad y dulzura. (M.C. Jojot 2009:3)

37 Lo que se intenta exponer y visibilizar es que las mujeres que integraban estas instituciones benéficas habían sido seleccionadas por sobre todas las cosas por su condición de género, por los sentimientos innatos de calidez, amor y el instinto maternal que naturalmente poseían y podían trasmitir a otras mujeres; se determinaba así que las mismas serían capaces de formar a estas niñas como futuras madres y esposas respetables. Las damas además pertenecían a una misma clase social, y todas poseían un alto nivel económico. Como indica Laura Golbert (2010) la posición social de las damas les aseguraba una cercanía al poder que explicaba muchas veces el éxito de las gestiones que ocurrían en la Institución; la mayoría de las integrantes mantenía un trato o relación con diputados y senadores y en algunas ocasiones compartían eventos sociales/culturales, generando con estos vínculos, reacciones favorecedoras que beneficiaban a la Sociedad.

La intervención sobre la educación y la pobreza, la asistencia material y moral hacia los pobres, huérfanos, y madres solteras era la base más sólida de la Sociedad de Beneficencia. La función ejemplificadora y moralizadora promovida por las madres de la beneficencia al igual que la transmisión de normas y valores, hizo que las mujeres tuvieran un rol fundamental en la estructuración de la beneficencia como terreno social.

Según Moreno (2009) hacia el año 1934, la SDB supo administrar 25 Instituciones incluyendo hospitales, asilos y maternidades. Su carácter cambió radicalmente con el primer gobierno de Perón, ya que, en 1947, por el decreto 28.752 la Sociedad de Beneficencia es disuelta, pasando varias Instituciones asistenciales a depender de la Dirección Nacional de Asistencia Social.

Se puede afirmar que estas Instituciones, entre otras (El Patronato de la Infancia, La Escuela de Madres del Patronato de la Infancia, los Institutos de Puericultura Municipales, las diversas Sociedades de beneficencia provinciales y las instituciones caritativas locales, etc.) se organizaron durante el siglo XIX y primeros años del XX, para constituir el comienzo del sistema de protección social en Argentina. Siguiendo aportes de De Paz, Trueba (2007) las instituciones benéficas del centro y del sur de la provincia de Buenos Aires, actuaron hasta entrado el siglo XX conjuntamente con entidades religiosas para

38 saciar las demandas sociales y las mujeres se encontraron desplegando un papel esencial dentro de ellas, ya que la participación del Estado fue más escasa y tardía. Las mismas, pusieron en práctica las tareas de asistir, controlar y educar, con el objetivo de mantener el status quo y evitar cualquier amenaza que pusiera en peligro el orden social. La beneficencia bonaerense contó con mujeres notables, pertenecientes a las elites locales, que se ocuparon de la asistencia y la atención hacia los desvalidos, entre ellos las madres solteras, los niños y los huérfanos.

Como indica De Paz, Trueba para el centro y sur de la provincia de Buenos Aires (2006), estas no ciudadanas, a partir de la disposición de un capital social y cultural, devinieron en agentes de control y en trasmisoras de normas, volviéndose protagonistas claves en la construcción de un orden social y político al llevar a cabo las tareas vinculadas específicamente con la beneficencia. Asimismo, supieron establecer lazos con instituciones locales y mantener relaciones recíprocas existiendo una armoniosa relación entre las Sociedades y las instituciones locales, que le otorgaron reconocimiento a la labor de estas mujeres.

Sin embargo, fue en las capitales provinciales y en las grandes ciudades de más viejo asentamiento, donde primero se habían organizado las Sociedades de Beneficencia.

Siguiendo a Dalla Corte, Ulloque y Vaca (2015) fue en junio de 1854 cuando un grupo de mujeres rosarinas decidió conformar y fundar la asociación llamada Sociedad de Beneficencia de Rosario (SBR). La propuesta fue apoyada en su momento, por el entonces gobernador Domingo Crespo y el lema o principio básico que motorizaba la asociación era “la mano que da”. El objetivo de esta organización giraba en torno a la asistencia, la protección y el resguardo de la población a través de una institución llamada Hospital de Caridad. Este Hospital surgió con la ola de cambios sociales, demográficos y políticos que sacudieron a la ciudad de Rosario y de la mano de este grupo de mujeres que de forma voluntaria se asoció para dar asistencia y contención a la población.

39 A partir de la década de 1870, la ciudad se convirtió en el destino elegido por la población inmigrante y las mujeres contribuyeron a ayudar activamente a esta población.

La inmigración masiva, trajo diversos problemas consigo, entre ellos, la falta de viviendas, la insuficiencia de servicios, el hacinamiento habitacional, el contagio de enfermedades y el hambre, problemas que irrumpieron de forma caótica durante esta época. De este modo, el Hospital de Caridad, funcionó de sostén y resguardo, atendiendo las necesidades urgentes de la población y albergando a cientos de inmigrantes. Este hospital se desempeñó como el único refugio sanitario durante décadas y fue el lugar elegido por las integrantes de la Sociedad para desarrollar su labor trascendiendo de esta manera y estableciendo una relación con el espacio público. Durante el gobierno de J. Domingo Perón, en el año 1945 se produce un cambio de nombre del Hospital, pasándose a llamar Hospital de la Sociedad de Beneficencia.

Otra de las organizaciones que formó parte de esta red asistencial fue la Sociedad de Damas de Caridad, según aportes de M. Bonaudo (2006) se conformó en el año 1869 y participó activamente en la organización, socialización y normalización de los sectores subalternos, a partir del disciplinamiento social y de la moralización. Los objetivos que motivaron a las Damas de Caridad fueron el socorro del desvalido y la educación del huérfano. Siguiendo a M. Bonaudo (2006) a diferencia de la Sociedad de beneficencia de Bs. As (1822) y de la Sociedad de beneficencia de la ciudad de Santa Fe (1860), la Sociedad de Damas de Caridad se conformó de manera autónoma, a cualquier poder estatal, en un contexto totalmente masculinizado, donde la esfera privada se encontraba restringida a la mujer.

Resulta llamativo pensar cómo estas mujeres trascendieron el espacio privado, conquistando un lugar en la esfera pública y haciendo frente a las afecciones de la cuestión social, sin tener que desafiar o enfrentar rigurosamente el mandato social.

En relación a lo anterior, se puede mencionar a una de las instituciones administradas por las Damas de Caridad, cuyo nombre es “Hogar del Huérfano”; en este espacio se recibían los niños que habían sido abandonados, por madres

40 desesperadas que no podían hacerse cargo de sus hijos, debido a las condiciones materiales que golpeaban su existencia. Como plantea Donna Guy (2011) el abandono fue un patrón de conducta, durante los siglos XVIII y XIX; en tanto que las instituciones religiosas y municipales promovieron esta práctica, para mejorar la calidad de vida de muchos niños, y evitar así otras situaciones como los abortos o los infanticidios.

La ausencia de un Estado y las condiciones deplorables en las que se encontraba la población inmigrante generaban un contexto hostil que obligaba a las madres a abandonar a sus hijos, para evitar condenarlos a la miseria, al hambre y a la pobreza. Como indican Dalla Corte y Piacenza (2006) las madres dejaban junto a sus niños señales, entre ellas, medallitas, cartas, mantitas, objetos significativos que cumplían la función de documentos de identidad, con el objetivo de reencontrarse y restituir la relación con sus hijos. “La señal fue el hilo conductor de la gestión del Hospicio de Huérfanos y Expósitos y restituyó un vínculo perdido entre madres e hijos, entre familiares y bebés, a través de la asociación benéfica.” (Dalla Corte y Piacenza, 2006:33).

Las instituciones benéficas pusieron en práctica la lógica asambleísta, y el debate para aprobar el ingreso o la incorporación de alguna nueva integrante, así como también, se familiarizaron con conceptos políticos; entre otras acciones, supieron organizar y gestionar las tareas benéficas necesarias para el sostenimiento de la asociación. La vinculación con personas de la elite social (como se mencionaba respecto de la SB de Buenos Aires), brindaba a la entidad una posición de prestigio dentro de la sociedad civil, donde además se percibía el ingreso de donaciones por parte de la clase alta. El conocimiento cultural y la pertenencia de las mujeres de la Sociedad a esta clase, les permitía conseguir adeptos o beneficios que, sin embargo, no resultaban suficientes. Siguiendo a Marta Bonaudo (2006) el objetivo central que estas mujeres buscaban cumplir era que el Estado se responsabilice de las cuestiones sociales y políticas, sobre las que ellas intervenían y lo hacían interpelando al poder local, provincial y nacional.

En función de lo que se viene mencionando, se puede agregar que estas entidades administradas por mujeres, supieron darles voz a los grupos más

41 postergados, llevando a la acción tareas de gestión, administración de recursos y el involucramiento en cuestiones políticas.

Al igual que otras grandes ciudades, la capital cordobesa contaba con su Sociedad de Beneficencia, la cual auxiliaba a las mujeres necesitadas de forma moral y material y donde sus recursos estaban destinados a Hospitales y Asilos, sostenidos por ellas. Asimismo, otras localidades de importancia del interior provincial como Río Cuarto, contaba con una Sociedad de Beneficencia, donde había un Hospital fundado por ella, al que acudían no sólo enfermos locales, sino también, prestaba servicios a otras regiones. Existían además otras asociaciones asistenciales tales como: Las Damas de Misericordia, La Sociedad de San Vicente de Paul, entidades dedicadas a la caridad social.

Todas estas asociaciones y sus acciones encuentran sentido en el marco del modelo de asistencia predominante, que siguiendo los planteos de Beatriz Moreyra (2009) se encontraba caracterizado por una relación de interdependencia entre caridades provenientes de una red de Instituciones (sin un sistema planificador), con una significativa impronta religiosa y el Estado. En ese “modelo mixto “como lo denomina la autora mencionada, el Estado es sólo una de las partes y prevaleció durante las primeras décadas del siglo XX.

Según Moreyra (2009) la política social reforzaba a través del modelo benéfico asistencial el control de las elites, sobre los sectores subalternos y hacia posible la subsidiariedad del Estado en materia social. Aunque se demandaba al Estado cada vez con mayor frecuencia, este no tenía una presencia continua que impusiera reconocimiento; esto se daba porque prevalecía una creencia en la inadecuación del sistema, donde se confiaba en las acciones voluntarias para enfrentar los problemas. A través de la asistencia social, se pretendía transformar a los pobres en buenos y honorables ciudadanos, eliminando la ociosidad y todas las actividades improductivas para que puedan encontrar una ocupación digna y honorable.

La iglesia y las entidades asistenciales, ocuparon el lugar que el Estado dejaba vacío, asumiendo los problemas sociales y políticos de la época y dando paso a un actor fundamental en el espacio público, la mujer. Siguiendo a Bonaudo (2006) durante esta época no existía una política social continua y

42 coherente, sino que esta red de asociaciones asistenciales, desplegaban prácticas de tutelaje y acciones moralizantes. Tampoco se daba lugar a la asistencia como un derecho, sino que cada individuo debía volverse merecedor de la asistencia y portador de una moral integral para justificar y recibir la ayuda o la contención de las asociaciones benéficas.

En líneas generales y siguiendo los aportes de De Paz, Trueba (2007) se puede indicar que la beneficencia resultó ser el camino para que las mujeres de ciertos sectores sociales encontraran un lugar en la sociedad y en el espacio público, teniendo en cuenta, que los discursos de maternidad también las hacia parte como destinatarias de los controles y de la moralización que se intentaba imponer sobre la población femenina.

Estas mujeres pertenecientes a las diferentes instituciones de beneficencia, resultaron ser piezas claves para el desarrollo de la estabilidad social, con un Estado en plena expansión y consolidación, que necesitaba reforzar un determinado estereotipo de mujer, vinculado plenamente al rol de madre y esposa. Aunque es importante mencionar que, con su labor caritativa, pudieron establecer un vínculo enriquecedor entre el espacio doméstico y el espacio público, trascendiendo este último.

De esta forma, algunas mujeres supieron encontrar un rol social y político dentro de estas asociaciones, diferente del espacio doméstico habitual al que acostumbraban; como así también supieron desplegar acciones que se encontraron vinculadas a lo domestico y ocupar un espacio de poder empoderándose como sujetos sociales, viéndose involucradas en cuestiones de interés público, y siendo partícipes de esta esfera a través de acciones no cuestionadas ni disruptivas con el orden imperante(como sí sucedía , con las trabajadoras de los sectores más pobres y las de clase media que, encontraron en los primeros años del siglo XX nuevos lugares en el mercado laboral).

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Capítulo II

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