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(Roma, segunda mitad de junio del 46) 66 Cicerón a Varrón.

‘Sobre las cosas posibles’, entérate, yo ‘aplico los dictados [1] de Diodoro’60. Por eso, si vas a venir, tienes que saber que es necesario que vengas, pero si no vas a venir, es ‘imposible’ que tú vengas61. Ahora fíjate cuál de los dos ‘juicios’ más te complace, si el de Crisipo62 o este otro que nuestro maestro Diodoto63 no digería. Pero de estas cosas ya hablaremos cuando estemos ociosos. Pues también esto es ‘posible de acuerdo con Crisipo’.

Sobre Coctio64 tengo noticias buenas, pues esto también se lo había encargado a Ático. Si tú al menos no vienes a mi casa, yo correré a la tuya. Si tienes un huerto65 en tu biblioteca, no nos faltará de nada.

181 (IX 6)

(Roma, segunda mitad de junio del 46)

66 Cicerón a Varrón.

[1] Nuestro amigo Caninio67 me aconsejó, haciendo uso de tus propias palabras, que te escribiera, si es que sucedía algo que pensase que tú debías saber. Pues bien, estamos esperando la llegada de César68 y tú no lo ignoras. Y, sin embargo, cuando aquél escribió, según creo, que iba a ir a la zona de Alsio69 los suyos le contestaron que no lo hiciera: y

se molestaron mucho con él y él con muchos. Parece que él podrá desembarcar más fácilmente en Ostia. Yo no veía cuál es la diferencia. Pero, de todas formas, Hircio70 me dijo que tanto él como Balbo y Opio71 —hombres, según tengo entendido, que te aprecian— le habían escrito para que así lo hiciera.

Por consiguiente, yo quería que tú tuvieses información para [2] saber dónde encontrar hospedaje para ti o, mejor aún, que lo preparases en cada uno de los sitios: pues qué va a hacer él es incierto. Y al mismo tiempo te he demostrado que yo soy amigo próximo de éstos y que comparto sus decisiones. No veo ninguna razón por la cual no he de querer. Pues no es lo mismo soportar, si es que hay que soportar algo, que aprobar, si no hay obligación de aprobarlo. Con todo, yo ya no sé qué desaprobar verdaderamente, excepto el comienzo de las hostilidades72; pues éste ha sido voluntario. En efecto, he visto que nuestros amigos deseaban la guerra, mientras tú estabas lejos73, pero César no la desea tanto como no la teme. Éstos son, por tanto, los asuntos de deliberación; los restantes aspectos eran inevitables y la victoria de un lado o de otro también era74 inevitable.

[3] Yo sé que tú has compartido conmigo la pena cuando veíamos no sólo que aquel desastre enorme era la destrucción de cada uno de los dos ejércitos y de sus jefes, sino también que el final de todos los males era la victoria en una guerra civil. Yo, por mi parte, la temía, especialmente si era de aquellos a los que me había unido. Pues amenazaban cruelmente a los neutrales y les resultaban odiosos tanto tu intención como mis discursos. Ahora bien, si los nuestros se hubiesen impuesto, ellos habrían sido totalmente inmoderados. Pues ya estaban muy enojados con nosotros, como si hubiéramos decretado alguna medida sobre nuestra salvación que no hubiéramos aprobado para ellos mismos, o como si hubiera sido más útil a la República que ellos recurriesen incluso a la ayuda de las bestias75 a que muriesen, o incluso viviesen, si no con el mejor de los futuros, al menos con alguna esperanza.

Vivimos en una República totalmente alterada, ¿quién lo [4] niega? Pero han de preocuparse de ello aquellos que no han previsto en su favor los medios necesarios para hacer frente a las diversas situaciones que puede presentar la vida. Pues aquí, adonde he llegado, me ha llevado mi anterior razonamiento, mucho más lejos que lo que pretendía. Y no sólo te he considerado siempre un gran hombre, sino que también lo sigo haciendo ahora, porque en estos tiempos tan agitados tú estás solo en el puerto y has recogido estos frutos del conocimiento que son los más importantes, a saber, considerar y debatir estos temas cuya práctica y disfrute debe anteponerse a todas las hazañas y placeres. Creo sin duda que aquellos días pasados en tu villa de Túsculo tienen el valor de una vida entera, y de buena gana repartiría mis riquezas entre todos para que me fuera permitido vivir de esta manera sin la interrupción de violencia alguna.

Y esto es lo que yo también imito, como puedo, buscando un [5] gratísimo reposo en los estudios que compartimos ¿Quién no va concedernos que, como la patria o bien no puede servirse de nuestra colaboración o bien no quiere, volvamos a este tipo de vida que muchos hombres sabios —quizá no correctamente, pero de todos modos muchos—

pensaron que era preferible incluso al interés del Estado76? Así pues, si estos estudios, en opinión de personas importantes, les proporcionan una cierta exención de obligaciones públicas, ¿por qué no he de disfrutar de lo mismo ahora que el Estado me lo permite?

[6] Pero excedo las instrucciones de Caninio. Pues él me había preguntado si sabía algo que tú ignorases, y yo te cuento hechos que tú conoces mejor que yo mismo que te lo cuento. Por consiguiente, haré lo que se me ha pedido que haga para que no desconozcas nada de los acontecimientos de este momento, sean cuales sean de los que yo tenga noticia.

182 (V 21)

(Roma, abril del 46)

Cicerón saluda a Lucio Mescinio Rufo77.

[1] Te agradezco tu carta por la que me he enterado de lo que sin necesidad de cartas yo sabía: que tú sientes un gran deseo de verme. Recibo con tanto agrado este cumplido que, de todas formas, no te dejo ninguna ventaja en este sentimiento; aunque se hagan realidad todos los bienes a los que aspiro, ¡mi ardiente deseo sería estar contigo! Pues ya entonces, cuando mayor era la abundancia de hombres y de ciudadanos honrados y personas encantadoras que me apreciaban, sin embargo, no había nadie con quien hubiese estado más a gusto que contigo y pocos con los que hubiese estado tan placenteramente. Pero, en estos momentos, cuando algunos han muerto, otros están lejos y otros se han cambiado de forma de pensar, por Dío Fidio78, pasaría contigo el día entero con más placer que todo ese tiempo que paso con la mayoría de ellos, con los que estoy obligado a vivir79. Pues no pienses que la soledad —de la que ahora no me es lícito disfrutar— no me resulta más agradable que la conversación de aquellos que frecuentan mi casa, con la excepción de una o a lo sumo dos personas.

Así pues, recurro al mismo refugio que creo que ha de ser [2] útil para ti, nuestros pequeños afanes literarios, y además con la conciencia de mis decisiones. Pues yo soy de tal manera que —como puedes comprobar facilísimamente— no haría nada nunca antes por mi interés que por el de mis conciudadanos. Y si no me odiase éste80 a quien tú nunca apreciaste —pues me apreciabas a mí—, él mismo hubiera sido feliz y todos los hombres de bien también. Yo soy quien ha querido que la fuerza de nadie tuviese más valor que la de una paz honesta81; y soy el mismo que cuando sentí que aquellas mismas armas que siempre había temido podían tener más valor que el consenso de los ciudadanos honrados que yo mismo había logrado, preferí más aceptar la paz bajo condiciones injustas82 antes que luchar con mis fuerzas contra un enemigo más poderoso. Pero de esto y de otros muchos asuntos habrá oportunidad de conversar personalmente dentro de poco tiempo.

[3] De todas formas, ningún otro asunto me retiene en Roma, salvo la expectación de las noticias de África83. Pues me parece que la situación ha llegado a un momento decisivo. A pesar de todo, pienso que tiene algún interés para mí —aunque no comprendo del todo cuál es exactamente el interés, sin embargo…— no quedar lejos de los consejos de mis amigos, sea cual sea lo que venga anunciado. Pues la situación ha llegado a tal punto que, aunque haya una gran diferencia entre las motivaciones de aquellos que luchan, sin embargo, pienso que no la habría entre sus victorias.

Pero, sin duda, mi ánimo, que tal vez se había debilitado por lo dudoso de la situación, se ha visto muy fortalecido ante una situación ya desesperada. Este ánimo mío se ha fortalecido también con tu carta anterior84, por la que comprendí cuán valerosamente soportas la injusticia. Además me ha complacido que te hayan beneficiado no sólo tu gran humanidad sino también tu cultura. Pues te contaré la verdad: me parecías una persona de carácter bastante sensible como casi todos los que hemos llevado una vida acomodada en una ciudad afortunada y un Estado libre.

[4] Pero como sobrellevamos con moderación aquellas circunstancias favorables, de la misma manera debemos sobrellevar esta suerte no sólo adversa, sino enteramente trastocada, a fin de conseguir en medio de las mayores desgracias al menos este bien, la muerte, que incluso afortunados debíamos despreciar, porque iba a carecer de sensación85; de la misma manera, afligidos como estamos ahora, no debemos únicamente despreciarla, sino incluso desearla.

Si tú me aprecias, disfruta de este momento de paz y convéncete [5] de que salvo la culpabilidad y el delito, de lo que siempre has estado libre y lo estarás, nada puede suceder al hombre que sea horrible o espantoso. Si veo directamente que puede ser así, iré a verte de inmediato86; si sucediera algo para hacerme cambiar de opinión te lo haré saber al instante. Tú procura que el deseo de verme no te haga moverte de ahí con una salud tan debilitada, a no ser que antes me pidieras por carta algo que deseara que hicieses. Me gustaría que me aprecies como haces y que conserves tu salud y tu tranquilidad de ánimo.

183 (VII 3)

(Roma, mediados o finales de mayo del 46)

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