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15. MECANISMOS DE ESTRÉS PSÍQUICO Y FISIOLÓGICO

15.3. Ruido y consciencia

La evidencia apunta a que existen procesos conscientes que determinan o modifican los efectos del ruido sobre la salud. Muchos de estos procesos se manifiestan a través de la sensibilidad, que a su vez influye en el grado de molestia o irritación ante los eventos sonoros. La sensibilidad es diferente entre individuos, pues depende de factores biológicos y psicosociales, y también exhibe una variación intraindividuo en función del momento del día, el lugar y la actividad realizada. Los estudios publicados acerca de la sensibilidad intraindividuo se han centrado sobre todo en la interacción del ruido con la actividad.

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Sensibilidad

La sensibilidad parece jugar un papel importante en la magnitud del efecto del ruido ambiental sobre los desenlaces en salud. Algunos estudios prospectivos han considerado la interacción entre el ruido y la sensibilidad en el diseño y el análisis. Por ejemplo, en Selander et al. (2009) presentaban más riesgo de sufrir infarto de miocardio las personas que reportaban molestias por el ruido nocturno, de lo que se deduce que una mayor sensibilidad al ruido aumenta la probabilidad de sufrir sus consecuencias.

Según la definición amplia de Job (1999), la sensibilidad constituye un entramado emocional que depende tanto de factores permanentes o estructurales (tipo de personalidad, grado de satisfacción con el entorno, capacidad de adaptación a los cambios ambientales, actitud hacia el ruido en general, etc.) como de factores cambiantes o coyunturales (complejidad de la tarea desarrollada, equilibrio emocional, estado de salud, etc.); sin embargo no depende de la agudeza auditiva. El tipo de personalidad neurótico o con propensión a la ansiedad, el nerviosismo o la ira está más fuertemente asociado a una elevada sensibilidad al ruido. Por tanto ésta puede sobrevenir como consecuencia de desarreglos del sistema nervioso autónomo, donde la sobreactivación de la rama simpática sobre la parasimpática puede llevar a un estado psicológico de permanente alerta (Shepherd et al. 2010, Paunovic et al. 2009, Belojevic y Jakovljevic 2001). Se produce así una retroalimentación positiva: la descompensación de ambas ramas del sistema nervioso autónomo da lugar a una excesiva sensibilidad, la cual a su vez contribuye a perpetuar dicha descompensación. El ruido podría entonces no ocasionar la descompensación inicial ni por tanto la elevada sensibilidad, pero sí generar una respuesta fisiológica excesiva debido a la amplificación de sus efectos psicológicos como resultado de dicha sensibilidad elevada (Thayer y Brosschot 2005; Heinonen-Guzejev et al. 2007).

La sensibilidad determina la reacción al ruido en general: molestia, frustración, fatiga, etc. Un tipo de ruido específico con un nivel determinado causa cierto grado de molestia en función de la sensibilidad, que a su vez determina el tipo de respuesta generada, tanto conductual como fisiológica. Por tanto la sensibilidad condiciona los efectos del ruido ambiental. Personas distintas pueden manifestar diferentes reacciones o grados de molestia ante el mismo tipo de ruido, que se deben en parte a una diferente sensibilidad al ruido y los factores de estrés en general.

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Molestia

La molestia (annoyance) sucede cuando el ruido enmascara otros sonidos deseables, entorpece la realización de actividades intelectuales, perturba la concentración y la atención, y provoca reacciones fisiológicas y emocionales desagradables.

La molestia ocasionada por el ruido urbano es uno de los principales efectos en salud de este contaminante, habiéndose demostrado una relación dosis-respuesta positiva en numerosos estudios. En 2011 el 25% de la población europea, expuesta a niveles diarios promedio superiores a 55 dBA, declaraba sentirse altamente molesta por el ruido urbano, en muchos casos con afectación al bienestar y la calidad de vida (Banerjee 2013). La molestia por el ruido tiene consecuencias negativas que culminan en depresión, ansiedad y fatiga psicológica, pasando por un aumento considerable del estrés y la carga alostática. La molestia es por tanto un mediador en el complejo proceso que vincula al ruido con ciertos desenlaces graves en salud que atañen a los sistemas cardiovascular, respiratorio y metabólico. De hecho, las personas que reportan mayor molestia tienen un riesgo aumentado de sufrir enfermedad isquémica del corazón (Urban y Máca 2013).

Una de las principales causas de la molestia por el ruido urbano es el tráfico rodado. Las asociaciones se estudian en muchos casos mediante modelos de ecuaciones estructurales, que integran como cofactores los niveles sonoros del tráfico rodado, la molestia por el ruido del tráfico rodado, la perturbación del sueño, la calidad de vida en relación a la salud, la calidad de vida percibida en general, la satisfacción con el lugar de residencia, etc; la calidad de vida en relación a la salud se puede estimar mediante el cuestionario von Zerssen, que detecta síntomas somáticos de estrés psíquico como el cansancio, dolor abdominal, pies fríos y pérdida del apetito, que no son específicos de ninguna enfermedad en concreto (Héritier et al. 2014). Se ha hallado que la calidad de vida en relación a la salud está fuertemente asociada a la perturbación del sueño, que a su vez está asociada débilmente a la molestia por el ruido del tráfico rodado, y esta última a los niveles sonoros reales. La molestia por el ruido del tráfico rodado está fuertemente asociada a la satisfacción con el lugar de residencia, pero no con la calidad de vida en general. El tiempo de residencia en el entorno ruidoso, así como factores sociodemográficos como la edad y el sexo, influyen en la asociación de los niveles sonoros con la molestia a través de variaciones en la sensibilidad. Hay que matizar que el diseño de los estudios que han medido las interrelaciones de las variables anteriores era transversal, por lo que nos es posible establecer cuáles actúan como causa y cuáles como efecto, sino tan solo sugerir hipótesis.

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En un estudio de la OMS en cuyos modelos se ajusta por numerosas variables confusoras (Niemann et al. 2006) la molestia moderada por el ruido del tráfico rodado en la población adulta presentaba asociación significativa con asma, diabetes y migrañas; mientras que la molestia severa se asociaba con una variedad de desenlaces: alergias, síntomas de artritis, bronquitis, síntomas circulatorios, síntomas respiratorios, hipertensión, tendencia a la depresión y migrañas. Dado que la población anciana (60 o más años) tiene más dificultades para defenderse del estrés, constituye un grupo de especial riesgo en cuanto a la molestia y sus derivaciones en salud orgánica; sin embargo solo aparecían asociaciones significativas con los síntomas de artritis y el ictus, lo que lleva a pensar que otros factores distintos de la molestia por el ruido influyen más sobre los desenlaces en salud en esta población, con respecto a la adulta. La evidencia de que la molestia por el ruido del tráfico rodado incrementa el riesgo de desenlace cardiovascular adverso es todavía limitada, pues muchos modelos fallan a la hora de encontrar significación estadística, o se publican resultados contradictorios. De acuerdo con un metaanálisis (Ndrepepa y Twardella 2011) la molestia aparece asociada significativamente al riesgo de padecer hipertensión, mientras que la asociación con la enfermedad isquémica del corazón se halla en el límite de la significación. En conjunto parece confirmarse que la molestia, sobre todo cuando es elevada y crónica, participa en la cadena causal entre el ruido y el aumento de la morbilidad.

Interacción con la actividad

Especial atención merece el efecto del ruido cuando éste interfiere con la actividad realizada por el individuo. Diferentes tareas requieren un esfuerzo intelectual y un grado de concentración diferentes, por lo que un determinado nivel de ruido ambiental interferirá más o menos con una tarea en función de su demanda intelectual, con mayores o menores efectos sobre ciertos parámetros cardiovasculares mediados por una mayor o menor sensibilidad puntual a cualquier factor distractor (como el ruido). En un estudio longitudinal realizado con trabajadores expuestos al ruido industrial crónico se analizó el efecto interactivo de dos variables, el ruido y la complejidad del trabajo desempeñado, sobre los cambios en la tensión arterial y la satisfacción laboral a lo largo del tiempo (Melamed y Fried 2001). Se obtuvo que el ruido, por sí solo, no estaba asociado con cambios en la tensión arterial (OR=0.2), ni tampoco la mera complejidad de la tarea realizada (OR=0.3). Este resultado inicial confirmaba la débil asociación entre ruido y tensión arterial que se reflejaba en la investigación histórica precedente. Sin embargo, la interacción de la variable “ruido laboral” con la variable “complejidad del trabajo” producía resultados muy diferentes a los

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encontrados para ambas variables por separado: tanto la presión sistólica como la diastólica se veían afectadas a lo largo del tiempo por la exposición al ruido en los trabajadores que realizaban tareas complejas (OR=2.7).

Hasta la fecha no hay estudios de campo que hayan investigado la interacción del ruido ambiental con la actividad en relación a los efectos adversos cardiovasculares, pero el trabajo anterior revela que los mecanismos por los cuales el ruido urbano incide en la salud pueden ser muy complejos debido a la intervención de la consciencia moderadora, que impide considerar a este contaminante como una variable puramente objetiva a efectos de entender en profundidad sus efectos orgánicos.