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La Sagrada Escritura (CCE 101-141)

EL PRÓLOGO DEL CCE.

PARTE 1. TRINIDAD Y REVELACIÓN.

2. Dios al encuentro del hombre (CCE 50-141).

2.1.3. La Sagrada Escritura (CCE 101-141)

El Título I nos muestra a “Cristo, Palabra única de la Sagrada Escritura” (CCE 101-104). Y aquí CCE 101 nuevamente inicia la exposición mencionando el “benévolo designio” de Dios de revelarse a los hombres: “En la condescendencia de su bondad, Dios, para revelarse a los hombres, les habla en palabras humanas...”.34

En el desarrollo de este Título no se menciona al Espíritu Santo, sino que toda la exposición gira en torno de “Dios” y “Cristo” o, quizás mejor, el “Padre” y el “Verbo”, vocablos en los cuales se insinúa la perspectiva joánica que aparece inspirando este Título.35

La idea principal de estos cuatro números está cabalmente expresada en el título, idea que se desarrolla en los dos primeros números:

– “«La Palabra de Dios, expresada en lenguas humanas, se hace semejante al lenguaje humano, como la Palabra del eterno Padre asumiendo nuestra débil condición humana, se hizo semejante a los hombres».36” (CCE 101).

– “A través de todas las palabras de la Sagrada Escritura, Dios dice sólo una Palabra, su Verbo único, en quien él se dice en plenitud” (CCE 102); más aún: la cita de Agustín nos dice que: “es un mismo Verbo que resuena en la boca de todos los escritores sagrados, el que, siendo al comienzo Dios junto a Dios, no necesita sílabas porque no está sometido al tiempo (ibi non habet syllabas, quia non habet tempora)”.37

Y, en estos dos números vemos que la economía de la salvación se abre a las perspectivas eternas, que preanunciaba la antedicha inspiración joánica de estos números.

Por su parte, en los dos números siguientes se sacan las consecuencias: la veneración de la Sagrada Escritura en la Iglesia, junto a la Eucaristía,38 y los libros sagrados como lugar de encuentro del Padre con sus hijos.39

32

Cf. CCE 95.

33

El CCE asume aquí al PR (265-299) sin mayores modificaciones, salvo en dos lugares: a) en lo que hoy es CCE 124-126, se enriquece mucho el texto de PR 288-289, incluyéndose ahora la mención de las Tres Personas Divinas en CCE 124 y 126; b) CCE trae hoy –siguiendo a DV– un Título final sobre “La Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia” (CCE 131-133) que en el PR no existía.

34

A esta altura de la exposición, podemos notar que no es casual que esta misma temática haya iniciado de modo general este Capítulo Segundo sobre “Dios al encuentro del hombre” (CCE 50) y, luego en particular, cada uno de los tres artículos que lo componen (CCE 51-53; 74 y aquí, CCE 101).

35

Si bien en estos cuatro números no hay citas joánicas explícitas, CCE 101 cita DV 13: “...sicut olim aeterni Patris Verbum, humanae infirmitatis assumpta carne, hominibus simile factum est” aludiendo a Jn 1, 14 (aunque ni aquí, ni en DV 13 se anote la alusión). Además, aparece varias veces el Hijo caracterizado como “Verbo” y “Palabra” –que en latín es siempre “Verbum”– (CCE 101s), expresiones típicamente joánicas para designarlo; y en las palabras de San Agustín citadas en CCE 102 aparece la expresión joánica “in principio Deus apud Deum” (cf. Jn 1, 1). Finalmente, encontramos en CCE 103 la expresión “Pan de Vida”, originaria también del Cuarto Evangelio (cf. Jn 6, 35. 48).

36

CONCILIO VATICANO II, Dei Verbum, 13.

37

SAN AGUSTÍN, Enarratio in Psalmum 103, 4, 1.

38

Y la referencia a la bondad de Dios que se presentaba al principio de CCE 101, cierra también la perspectiva final del Título, en la frase a la que recién aludíamos: “En los libros sagrados, el

Padre que está en el cielo sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos” (CCE 104, citando DV 21).

Con todo esto el CCE pone también a la Sagrada Escritura en el contexto de las Personas Divinas y su economía de salvación, aunque insinuando por momentos perspectivas de eternidad: – en su bondad y condescendencia, Dios se revela a los hombres en palabras humanas...

– ...y en esto hay una analogía con la Encarnación del Verbo (CCE 101).

– “A través de todas las palabras de la Sagrada Escritura, Dios dice sólo una palabra, su Verbo único... «el que, siendo al comienzo Dios junto a Dios... que no está sometido al tiempo»” (CCE 102); (y aquí está la apertura a la Theologia).

– ...y con todo esto “el Padre sale amorosamente al encuentro de sus hijos” (CCE 104).

A continuación, el Título II nos habla de la “inspiración y verdad de la Sagrada Escritura” (CCE 105-108). A diferencia del Título anterior, en el presente Título aparece recurrentemente la Persona del Espíritu Santo: tres veces se le menciona, siempre en el contexto de la inspiración de los libros sagrados.40

Finalmente CCE 108 insiste en la idea del Título anterior: “...la fe cristiana no es una «religión del Libro». El cristianismo es la religión de la Palabra de Dios... del Verbo encarnado y vivo.” Y cierra la exposición con una referencia explícita a las tres Personas, y con una apertura a perspectivas eternas: “Para que las Escrituras no queden en letra muerta, es preciso que Cristo, Palabra eterna del Dios vivo (aeternum Dei viventis Verbum), por el Espíritu Santo, nos abra el espíritu a la inteligencia de las mismas (nobis aperire sensum, ut intelligamus Scripturas).” Por tanto, de nuevo vemos a las Tres Personas Divinas y su acción salvífica: Cristo, por medio del Espíritu, nos abre a la inteligencia de la Revelación que nos trae desde Dios.

El Título III, por su parte, expone sobre “el Espíritu Santo, intérprete de la Escritura” (CCE 109-119). Ya desde el título se nos indica aquí el protagonismo del Espíritu Santo, quien aparece mencionado cuatro veces y siempre en relación con la interpretación de la Escritura.41 Y, en medio de la exposición, aparecen las otras dos Personas Divinas: “...por muy diferentes que sean los libros que la componen, la Escritura es una en razón de la unidad del designio de Dios, del que Cristo Jesús es el centro y el corazón, abierto desde su Pascua.42” (CCE 112).43

Como se ve, si bien el protagonismo inmediato pertenece al Espíritu como intérprete de la Escritura, es sumamente relevante lo que compete a las otras dos Personas, pues todo está presidido por el designio de Dios, del cual Cristo es el “centro y corazón”.

39

Cf. CCE 104.

40

“Las verdades reveladas por Dios, que se contienen y manifiestan en la Sagrada Escritura, se consignaron por inspiración del Espíritu Santo... todos los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento... escritos por inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor...” (CCE 105); “Como todo lo que afirman los hagiógrafos, o autores inspirados, lo afirma el Espíritu Santo, se sigue que los libros sagrados enseñan... la verdad que Dios hizo consignar en dichos libros para salvación nuestra” (CCE 107, citando DV 11).

41

La primera vez aparece en el título; luego, en CCE 111 (dos veces): “La Escritura se ha de leer e interpretar con el mismo Espíritu con que fue escrita (DV 12, 3). El Concilio Vaticano II señala tres criterios para una interpretación de la Escritura conforme al Espíritu que la inspiró...”; finalmente, en CCE 113: “...la Iglesia encierra en su Tradición la memoria viva de la Palabra de Dios, y el Espíritu Santo le da la interpretación espiritual de la Escritura.”

42

Cf. Lc 24, 25-27.44-46.

43

Un poco más abajo, y siempre dentro de nuestro Título III, reaparece literalmente la expresión referida a la unidad del designio de Dios: “Gracias a la unidad del designio de Dios, no solamente el texto de la Escritura, sino también las realidades y los acontecimientos de que habla pueden ser signos.” (CCE 117)

A continuación, el Título IV habla de “el canon de las Escrituras” (CCE 120-130). En lo que se refiere al Antiguo Testamento, la única idea significativa en relación con las Personas divinas es que, según el plan de Dios, “...el fin principal de la economía antigua era preparar la venida de Cristo, redentor universal.” (CCE 122, citando DV 15).44

Por el contrario, el primer número que habla del Nuevo Testamento menciona a las tres Personas:

“«La Palabra de Dios, que es fuerza de Dios para la salvación del que cree, se encuentra y despliega su fuerza de modo privilegiado en el Nuevo Testamento»...45 Su objeto central es Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, sus obras, sus enseñanzas, su pasión y su glorificación, así como los comienzos de su Iglesia bajo la acción del Espíritu Santo” (CCE 124).

Los números siguientes sobre el Nuevo Testamento (125-127) hablan casi exclusivamente de Cristo, salvo una mención del Espíritu Santo y su acción iluminativa en los Apóstoles.46

En conclusión, en este Título reencontramos –como en los casos anteriores– a las Tres Divinas Personas y su acción en la historia.

Finalmente, el Título V, expone sobre “la Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia” (CCE 131- 133).47 Aunque estos números –tal como anuncia el título– se concentran en la importancia de la Sagrada Escritura, su conclusión vuelve a centrarlo todo –y muy enérgicamente– en la persona de Cristo tal como se había hecho en CCE 101, al comienzo de este Artículo 3: “La Iglesia «recomienda insistentemente a todos los fieles... la lectura asidua de la Escritura para que adquieran ‘la ciencia suprema de Jesucristo’ (Flp 3, 8), ‘pues desconocer la Escritura es desconocer a Cristo’».48” (CCE 133).

En conclusión, con la apertura de CCE 101 y el corolario de CCE 133, toda la temática sobre la Escritura queda marcada por un profundo cristocentrismo.

2.2. Resumen.

Si bien CCE 50, inaugurando estos temas, ponía “la eternidad” como trasfondo, esa misma eternidad aparece dentro de la perspectiva de la oikonomia, pues en esa eternidad se ha dispuesto el “designio benevolente” de nuestra salvación.

Por eso, podemos decir que en este Capítulo Segundo hay una primacía de la perspectiva económica en la exposición sobre la presencia y la acción de las Tres Personas Divinas, que se manifiesta en toda la dinámica de la Revelación y de su transmisión (CCE 50-51, 79, 81, 108, 124).49

En referencia a “Dios” se habla en primer lugar de su “benévolo designio” que preside toda la economía de la salvación (CCE 50, 51-53, 74, 101, cf. 104, 112).

Cuando se habla de la Antigua Alianza (CCE 54-64) hay un neto predominio del nombre de “Dios”, usado en el sentido del Antiguo Testamento –salvo dos veces en que designa al Padre, con referencias al Cuarto Evangelio, y con sendas menciones de la Persona del Hijo (CCE 54,

44

Esto está en completa consonancia con lo que vimos en CCE 54-64, donde todo el protagonismo recaía en “Dios”, sólo se mencionaba a la Segunda Persona en relación con el futuro, y no aparecía el Espíritu Santo.

45

CONCILIO VATICANO II, Dei Verbum, 17.

46

Cf. CCE 126, punto 2.

47

Como habíamos adelantado en la nota 33, este Título no estaba en el PR: cf. PR 293s.

48

CONCILIO VATICANO II, Dei Verbum, 25; cf. SAN JERÓNIMO, Comentario a Isaías, Prólogo.

49

Estos son sólo los números en que se mencionan las Tres Personas Divinas, en este Capítulo Segundo. Podríamos agregar muchos textos más, pues como hemos visto, cada subtítulo habla de las Personas y su acción en la historia.

58)– quien aparecerá en el futuro para consumar estas etapas iniciales del “benévolo designio”. Pero no se menciona al Espíritu Santo.

Pasando a la Nueva Alianza, CCE 65-67 remarca la centralidad de Cristo en la economía de la salvación, quien aparece como “Mediador y plenitud de toda la Revelación” (CCE 65-67).50 Y en CCE 65 hay una apertura a la Theologia que fundamenta la Oikonomia; pero tampoco se menciona al Espíritu Santo en este segmento.

También encontramos a la Persona del Hijo en el origen de la Tradición apostólica, tanto en lo que se refiere a su contenido, como en lo que mira al mandato de predicar (CCE 75; cf. 81 y 83). El Magisterio, por su parte, recibe su autoridad de Cristo (CCE 88); y es en Su nombre que ejercita el oficio de interpretar auténticamente la Palabra de Dios (CCE 85). Finalmente, también la Sagrada Escritura está en íntima relación con el Hijo pues, a través de todas sus palabras, en realidad dice una sola Palabra: el Verbo “que no está sometido al tiempo” (CCE 102). Por eso, “desconocer la Escritura es desconocer a Cristo” (CCE 133), y “es preciso que Cristo, Palabra eterna del Dios vivo, por el Espíritu Santo, nos abra el espíritu a la inteligencia de las mismas (Escrituras)” (CCE 108).

El Espíritu Santo comienza a aparecer activamente después de la Pascua, pues “los comienzos de la Iglesia” se dan “bajo la acción del Espíritu Santo” (CCE 124). En el seno de esta Iglesia, el Espíritu Santo es quien “enseña” a los apóstoles e “inspira” a los autores sagrados (CCE 76; cf. 126). De este modo –como el Hijo– también el Espíritu, a su modo, está en el origen de la Tradición (cf. CCE 81 y 83) y de la Escritura, que es “la Palabra de Dios, escrita por inspiración del Espíritu Santo” (CCE 81; cf. 105 y 107). Es también el Espíritu quien anima la “transmisión viva” de la Revelación en la Iglesia (CCE 78).

El Espíritu también asiste a los sucesores de los apóstoles “para que ellos, iluminados por el Espíritu de la verdad, la conserven, la expongan y la difundan fielmente en su predicación.” (CCE 81). Con esto, el Espíritu Santo también está en relación con el Magisterio de la Iglesia. Pero el Espíritu no sólo asiste al Magisterio, sino también al conjunto del Pueblo de Dios, pues vemos su presencia y su acción en relación con el sensus fidei y con el crecimiento en la

intelligentia fidei (CCE 91, 93, 94, 95).

Además, cuando el CCE comienza a tratar de la Sagrada Escritura en particular, también la pone en relación con las Personas Divinas y su economía de salvación, aunque insinuando por momentos perspectivas de eternidad:

– en su bondad y condescendencia, Dios se revela a los hombres en palabras humanas... – ...y en esto hay una analogía con la Encarnación del Verbo.51

– “A través de todas las palabras de la Sagrada Escritura, Dios dice sólo una Palabra, su Verbo único... «el que, siendo al comienzo Dios junto a Dios, no necesita sílabas porque no está sometido al tiempo.»” (CCE 102); (y aquí hay una apertura a la Theologia).

– ...y con todo esto “el Padre sale amorosamente al encuentro de sus hijos” (CCE 104).

– Y el mismo Cristo, Verbo eterno del Dios vivo, por medio del Espíritu nos abre a la inteligencia de la Revelación que nos trae desde Dios (y aquí tenemos otra apertura a la

Theologia).52

Por lo que se refiere a la interpretación de la Escritura, el protagonismo inmediato en pertenece al Espíritu,53 pero también es relevante lo que compete a las otras dos Personas, porque “la

50

Y, prolongando este cristocentrismo, también se nos dirá –más adelante– que el Hijo es “el centro y el corazón” del designio de Dios (CCE 112) y “el objeto central” del Nuevo Testamento (CCE 124).

51

Cf. CCE 101.

52

Escritura es una en razón de la unidad del designio de Dios, del que Cristo Jesús es el centro y el corazón” (CCE 112).

También el canon de las Escrituras también se relaciona –como en los casos anteriores– con las Tres Divinas Personas y su acción en la historia.54

Y toda la temática sobre la Escritura (CCE 101-141) queda enmarcada por un profundo cristocentrismo, con la apertura de CCE 101 y el corolario de CCE 133.

2.3. Comentario.

2.3.1. El vocabulario de CCE 26.

Como hacíamos notar en su lugar, el vocabulario de CCE 26 –que introduce a toda la Primera sección– ya anticipa el vocabulario de CCE 27-49, que sólo hablarán de “Dios” y de “el hombre” sin perspectiva trinitaria alguna.

Esta opción es viable para CCE 27-49, porque quiere cultivar una perspectiva “fundamental”. Pero CCE 26 podría (y quizás. debería) haber tenido una dimensión trinitaria, que sólo comenzará en CCE 50.

Hubiera sido muy fácil introducir la mención del Hijo y del Espíritu, y hoy el texto podría decir: “...Por ello consideramos primeramente esta búsqueda del hombre (Capítulo primero), a continuación la Revelación divina, por la cual Dios viene al encuentro del hombre, con el envío de su Hijo y el don del Espíritu Santo (Capítulo segundo), y finalmente la respuesta de la fe (Capítulo tercero).”

Incluso, se podría haber modificado la frase anterior a la citada, para darle dimensión trinitaria: “La fe es la respuesta del hombre a Dios Uno y Trino, que se revela y se entrega a él, dando al mismo tiempo una luz sobreabundante al hombre que busca el sentido último de su vida.”

2.3.2. “Dios se revela y se da al hombre” (CCE 50).

En abstracto, el concepto de “revelación” parece apuntar sólo a la inteligencia.

En concreto, la revelación bíblica, apunta a todo el ser del hombre. Por eso, para evitar una interpretación “gnóstica” del concepto de revelación, el CCE es coherente en mostrar –desde su principio– una doble coordenada:

– “La fe es la respuesta del hombre a Dios que se revela y se entrega a él...” (CCE 26). –“...la Revelación divina, por la cual Dios viene al encuentro del hombre...” (ibid.).

– “...sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar...” (CCE 27).55

– “El hombre” está “llamado a conocer y amar a Dios” (CCE 31).

– “Por una decisión enteramente libre, Dios se revela y se da al hombre.” (CCE 50).

53

Cf. CCE 109ss Repasando aquí la acción de cada Persona, encontramos que la acción del Espíritu Santo aparece de un modo más polifacético que la del Padre y el Hijo.

54

Cf. CCE 120-127.

55

El texto de GS 19 indicado a continuación abunda en estas perspectivas hablando de: “comunión”, “diálogo”, “verdad”, “amor” y “entrega”.

Incluso, para ser coherente con esta doble coordenada, el CCE completa textos anteriores del Magisterio:

“Ya en las relaciones humanas no es contrario a nuestra propia dignidad creer lo que otras personas nos dicen sobre ellas mismas y sobre sus intenciones, y prestar confianza a sus promesas (como, por ejemplo, cuando un hombre y una mujer se casan), para entrar así en comunión mutua. Por ello, es todavía menos contrario a nuestra dignidad «presentar por la fe la sumisión plena de nuestra inteligencia y de nuestra voluntad al Dios que revela»,56 y entrar así en comunión íntima con Él.” (CCE 154).57

Aquí, al Vaticano I que aportaba la perspectiva de “revelación”, el CCE le agrega la perspectiva de “comunión”.58

Porque, si bien es cierto, que Dios nos ha hecho para contemplarle, y nuestra inteligencia estará insatisfecha hasta que no lo veamos “cara a cara”, no es menos cierto lo que San Agustín – hablando con Dios– nos recordaba ya en CCE 30: “...nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto mientras no descansa en ti.”

2.3.3. El Espíritu Santo y su acción en la elaboración del Nuevo Testamento.

El CCE comienza a hablar largamente del Espíritu, desde que empieza a tratar de “la transmisión de la revelación divina” (CCE 74ss). No obstante, en ese mismo segmento aparecen textos que indican que el Espíritu Santo no sólo interviene en la transmisión, sino en la elaboración del Nuevo Testamento:

“La transmisión del Evangelio, según el mandato del Señor, se hizo de dos maneras:

– oralmente (Ore tenus): «los apóstoles, con su predicación, sus ejemplos, sus instituciones, transmitieron de palabra lo que habían aprendido de las obras y palabras de Cristo y lo que el Espíritu Santo les enseñó (quae sive ex ore, conversatione et operibus Christi acceperant, sive a Spiritu Sancto suggerente didicerant)»;

– por escrito (Scripto): «los mismos apóstoles y otros de su generación pusieron por escrito el mensaje de la salvación inspirados por el Espíritu Santo».59” (CCE 76).

La misma presencia activa del Espíritu en la elaboración del Nuevo Testamento la encontramos en CCE 81, 105, 107 y 111.

Y CCE 126 (citando DV 19) vuelve a mostrar –como ya lo había hecho CCE 76 (citando DV 7)– la intervención del Espíritu Santo en la segunda de las “tres etapas”, que está constituida por “la tradición oral” llevada adelante por “los Apóstoles”, quienes “después de la ascensión del Señor” reciben una “crecida inteligencia... amaestrados (instructi) por los acontecimientos gloriosos de Cristo y por la luz del Espíritu de verdad”.

Finalmente, esta “tradición oral”, cristalizará –en la tercera etapa– en “los evangelios escritos”,