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Salvador Guerra

In document Baja Euphorion n.º 4 (página 87-89)

13 Martes…

Ni te cases ni te embarques, o algo así. Sorprendidos quedamos el pasado 13 de Mayo cuando el presidente de la República de Colombia, Álvaro Uribe Vélez, a muy bajas horas de la madrugada decidió extraditar de manera dictatorial, pasando por sobre las cuatro Cortes y demás organismos de control, muchos de ellos fervientes defensores de las políticas del gobierno, a los 14 paramilitares pedidos por la justicia estadounidense con la única intención de dar la estocada final al proyecto de reparación de víctimas, farsa que desde el mezquino circo de Ralito se veía venir, sepultando la esperanza de millones de compatriotas que esperan poder saber al menos dónde se encuentran los restos de sus seres queridos, y la tan besuqueada “verdad” por parte de los afectos al ejecutivo, todos ellos igualmente favorecidos en lo que concierne a la parapolítica, a la yidispolítica, al mal olor que hay al interior de la Casa de Narquiño.

Estados Unidos nunca ha jugado limpio, y es obvio que esta vez vuelve a ensuciar su nombre al encubrir a las verdaderas cabezas de la mafia colombiana.

Mientras tanto, el incólume Uribe Vélez cree haber realizado una jugada maestra, la cual no está muy lejos de concretar; no obstante, su manera de hacer política nos recuerda a una figura en extremo hábil y veleidosa como es la de Rafael Núñez, el contencioso cartagenero que culminó con la Constitución de 1886 la obra centralista iniciada por los padres fundadores de la Patria, basándose en los principios del confesionalismo, del presidencialismo, del autoritarismo y la imposición de mínimas libertades públicas: esto es, lo que el mismo Núñez llamó “Regeneración o Catástrofe”; para Uribe Vélez, en cambio, pero con la misma fórmula, es “Reelección o Hecatombe”.

Lo que más claro nos queda es que este solo hombrecito en su afán megalomaniático por ser

reelegido una vez más, es capaz de ser él mismo una hecatombre, un hitlercito criollo que arrase consigo gran parte del continente. La iglesia está con Uribe; los políticos de profesión, ulcerada manifestación del clientelismo demagógico, están con él, lo que agranda su diminuta y aborrecible figura presidencial; las fuerzas armadas que debieran defender a todos los colombianos, y que sin embargo han favorecido los intereses de unos pocos y los del extranjero, están con él; la horda de narcotraficantes que tiene repartido en casi todo el territorio patrio está con él; el pueblo, acorralado y bostezando hambre y miseria, está con él; una escasa parte de los nacionales (no nacionalistas) que estamos en su contra y de sus políticas exclusionistas, aparecemos como la mínima porción de habitantes, según las encuestas que también están con él, y dicho por esas mismas encuestas, noticieros, semanarios y demás elementos mediáticos, que están con él, tendemos a desaparecer de la arena política del país y de la existencia.

Regeneración o Catástrofe, Reelección o Hecatombe: al ser la misma fórmula tiene los mismos males, y esto sin duda conllevará una solución nada benigna. Para Núñez y su sarta de políticos falderos de los obispos fueron los levantamientos armados liberales de 1885, 1895 y 1899, este último más conocido como la Guerra de los Mil Días, la sangrienta respuesta a su tiranía y unas terribles consecuencias que aún nos llegan. Para Uribe Vélez y su partida de truhanes narcotraficantes, persignados y bendecidos por pedófilos representantes de la iglesia católica, será inevitablemente una dura contienda, la más desesperante guerra vivida por colombiano alguno hasta ahora.

Porque es mentira decir que cuando nombramos a Colombia se está hablando de la ralea de vándalos políticos que conforman el actual gobierno; porque es calumnia decir: “todos los ministros de esa iglesia están con él”; porque no es veraz pensar que todo ser con los sentidos en su sitio esté de su lado;

porque el ejército vendido y las fuerzas paramilitares no son los únicos sosteniendo las armas en la mano; porque el pueblo es vasto y pluri-étnico y valiente; y porque cualquier ser que se sienta como mínimo pensante, sabe la fórmula de no haber camino más urgente al de una gran contienda civil, cuyo fin sea desestabilizar plenamente las bases sobre las cuales está cimentada nuestra desgracia y derribar la soberbia barbaridad de los actuales representantes de la casta dominante.

13 Martes ni te cases ni te embarques, o algo así. Los jefes paramilitares extraditados se llevan su verdad al extranjero, embarcados como cerdos, como lo que siempre han sido; no pertenecen a la vieja data de los mafiosos tropicales quienes preferían una tumba en Colombia a una cárcel en Estados Unidos. Los afectos al gobierno por ahora tranquilos, casándose con su barbarie, olvidando que los gringos ni olvidan ni perdonan, sólo utilizan mientras les sea necesario; luego, como pasó con el dictador panameño Noriega, al terminar sus relaciones sentimentales con la Casa Blanca se lo llevaron a pasear con esposas, es decir, casado y cazado, embarcado a una helada prisión norteamericana.

Vaya a ser, y que su Dios lo permita, que a Uribe Vélez y a sus secuaces los veamos como al triste panameño desfilar por las pasarelas de los tribunales de justicia internacional; esto por ahora, creerán ellos, no será; mientras la Corte Suprema de Justicia prepara sus ataques jurídicos que harta mella les han hecho ya, definiendo una vez más la lucha constitucional; y esa gran franja del pueblo olvidada, excluida por ellos desde siempre, se prepara para la batalla definitiva que virará el curso de la nave del continente, hacia las rutas de una nunca antes vista justicia social latinoamericana.

15-05-2008 15-05-2008

…Y el País no existe

Sobre la superficie en alto relieve de un mapa de Colombia, analizo ingenuamente la posición en la que me hallo situado; un ínfimo punto es el corregimiento, sede de mi trashumancia en el día de hoy, y del cual partiré a otro lugar cuyos parajes jamás hayan visto mis ojos, ni mis sentidos todos se hallan en él compenetrado.

Deslizo el dedo del corazón por la cordillera central de los Andes y me encuentro con la cristiana sorpresa de estar dentro de la región antioqueña, tan llena de montañas, cuna de aguiluchos emplumados en cuyos nidos se ha perpetuado como un fósil viviente toda esa godarria rezandera, de camándula y lengua de víbora, de carriel, revólver y sombrero, de fusil, discurso y motosierra. Y me encuentro más en la sorpresa de reconocerme, al igual que ellos, hijo de estas montañas: ¡Virgen santísima, qué peligro!

Es tanto el susto producido por esta sensación que mi dedo índice señala intempestivamente a la región de La Macarena, en el departamento del Meta, y me abismo en la voluptuosidad de imaginarme dentro de las aguas del río de los siete colores, Caño Cristales, esa es mi meta, paraíso natural que no sabemos si es nuestro, es decir, de los colombianos, porque hablar de Colombia es también hablar eufemísticamente; y más aún, es hablar místicamente, porque no hay fe más grande que creer en lo que ya no existe y seguir considerando que lo perdido aún nos pertenece.

Hagamos un recuento, refresquemos la cabeza, el cuerpo y la memoria con las aguas límpidas del río de los siete colores, o con las párvulas nacientes que resbalan por las hojas de los frailejones en Tierradentro, del Puracé, o con las benditas aguas serenas de la Laguna de Guatavita, o con las blancas gotas del río Chinchiná desprendidas de la nieve pulcra del Kumanday a nuestras sienes; si os parece, fuere con las saltantes y juguetonas de Guadalupe que van a engrosar el río Porce, las represadas del Peñol y de Guatapé, las vírgenes y dulces del Darién, del río San Juan, de la Laguna de Marimonda, del nudo del Paramillo, de Tatamá, del Sumapaz, de Santurbán, de Morotonque, de la Sierra Nevada, del Guatapurí; si os es preferible los turbios caudales del Bogotá, del Medellín; las frescas y ondulantes aguas del Samaná, del Río Claro; las furiosas corrientes del Cauca, del Magdalena; las selváticas del Atrato, del Ariari, las aguas del Orinoco, las del Amazonas; las arrecidas olas del mar Pacífico y el eterno piélago cantarino del mar Caribe bajo un firmamento de luz.

Colombia fue el gran sueño de Francisco de Miranda, con su tricolor y su cruz; un ideal planeado para toda la América Meridional. No más que un

sueño, llegó a tener forma de 1819 a 18261 durante

el Estado Colombiano y abarcó los territorios de Venezuela, Nueva Granada, Panamá, Quito y Guayaquil. Perú no perteneció a la unión, y Bolivia fue un engendro de los próceres colombianos, un apéndice ubicado en el Alto Perú, mucho más cerca de Buenos Aires, sin comunicación directa con el resto de la nación.

Tras la separación del sueño bolivariano, soñado anteriormente por Miranda, Venezuela volvió a ser Venezuela; Quito y Guayaquil pasaron a ser Ecuador; Panamá y Nueva Granada llegaron a ser esta última; Perú siguió siendo, pero sin el Alto Perú; y éste pasó a ser un islote de encumbradas montañas, aislado del mar durante la guerra del Pacífico y por ende del mundo, y se quedó como Bolivia, otro sueño que se desvanece apenas empieza uno a despertar.

En Nueva Granada, por una costumbre nostálgica y melodramática, se volvió a recurrir al nombre que nos emparienta de manera directa con los colonos, y se llamó Estados Unidos de Colombia en 1863, durante la época federal, hasta su última versión ratificada por la Regeneración, y el cual es el nombre que hoy porta, República de Colombia. Separado Panamá, sólo recayó sobre los habitantes de esta tierra el misterioso encanto de creer que habitamos en Colombia, o

Colombeia

. De apasionarnos con una historia añeja que cada vez suena más a fábula, a divertimento.

Colombia, cuando existió, fue una nación grande, soberana, fuerte. Madre de otras Repúblicas desafió al yugo español, al inglés, al norteamericano. Sus soldados recorrieron la extensa geografía que abarca desde el Lago de Maracaibo a Guyana, de Panamá a El Callao, de Apure cruzando el Ariari y el Juanambú, hasta el Apurímac; atravesando Pisba, Chimborazo, Tungurahua, Pichincha, Junín, Ayacucho, para posarse gloriosos sobre el Condorcunca, cuello de cóndor, en las más firmes alturas andinas.

Colombia no puede ser sin venezolanos, ni panameños, ni ecuatorianos, ni bolivianos. No puede ser sólo la sombra de toda la grandeza antaño alcanzada. No puede seguir siendo el sofisma

1 Téngase en cuenta la insurrección de Valencia acaudillada

por Páez, lo que daría pie a enfrentamientos jurídicos entre gra- nadinos y venezolanos. La separación de 1830 fue consecuencia de este suceso.

vicioso de unos pocos, la desgracia de los más, los sin nada.

Se refresca las sienes con el agua de la memoria y se da uno cuenta de lo que hemos perdido: y el país no existe; un mapa en alto relieve nos revela que ya no hay lugar dónde ocultar a Colombia de sus enemigos. Y da tristeza saber que la mayoría de sus habitantes creen que aún existe, que está vivo, que les pertenece. No saben que mientras ellos, el 80 o el 85 % de la población, ocupan un mínimo de territorio, hacinados en las grandes cloacas que son las ciudades, el resto de la tierra permanece a merced de los usureros, de los ambiciosos, de esos mismos que los han aterrorizado con una guerra al parecer inacabable; que los prefieren así; allí entre las paredes de una pocilga, respirando el humo negro de sus fábricas, llenando sus arcas y sus cementerios.

Seamos sensatos: el país no existe; el país ha sido robado, y nos hemos visto reducidos a vivir lo que virtualmente nos obligan desde los noticieros y los programas de farándula, en la televisión. El país no existe; y toda esa espléndida naturaleza que está aquí, afuera, y que asalta los sentidos, no cabe nunca dentro de un mapa, hoy reducido a la zona andina y a unos cuantos puertos. Millones de hectáreas que nos pertenecen por derecho, están siendo parceladas, como quien juega Tío Rico, Monopolio. El país no existe. Siendo un magnate en esta tierra de nadie, alcanzará para comprar un lotecito de dos metros de largo, por noventa centímetros de ancho y con un metro de profundidad.

26-08-2008 26-08-2008

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