I.
I n t r o d u c c i ó n
U n a a r q u i t e c t u r a del alma
Echando p o r la b o r d a a todos esos «iniciados» j u n t o con sus versiones «esotéricas», decidí que el verdadero Maestro era el Tarot mismo... Fue un trabajo largo y metódico que exigió una gran paciencia de mi p a r t e . P o r medio de una linterna mágica proyecté los arcanos sobre grandes cartones y los copié en sus más ínfimos detalles. Me identifiqué con cada personaje, ha- blando en su n o m b r e y también en n o m b r e de sus detalles: imaginé lo que decía el bastón rojo del Loco, o el águila fetal que acaricia la Emperatriz, o la corona que se abre-cierra en lo alto de la Torre, o la flauta de hueso que yace en el suelo negro del Arcano XIII. O b s e r v a n d o la pierna izquierda de la mujer d e s n u d a de La Estrella, p u d e ver las nalgas de un niño. O entre la llama (o la pluma o la cola de una entidad) y la corona de la t o r r e de la Torre p u d e ver la cabeza de un fantas- ma, etc. Como los dibujos muchas veces parecen completarse fuera del cuadro rectangular, se me plantearon muchas p r e - guntas. ¿Tiene la mesa del Mago una cuarta pata fuera de la carta? ¿Qué esconde en sus manos el Colgado? ¿Qué lleva den- tro de su bolsa el Loco? ¿Qué hay detrás del velo de la Papisa? ¿El príncipe del Carro es un enano subido en un zócalo? ¿El
rojo de la lámpara del Ermitaño es sangre? Etc. Miles de pre- guntas a las cuales no trataba de dar una respuesta exacta -no la había p o r q u e la imaginación es infinita-, sino de encontrar una que en el momento me satisfaciera, me fuera útil, aunque tiempo después se me impusiera otra solución.
Me senté a meditar y a repasar durante horas en mi imagi- nación una p o r una las cartas. Poco a poco me fui d a n d o cuen- ta que cada una de ellas actuaba como un talismán. No eran simples imágenes, en cierta manera eran seres, cada cual con una personalidad diferente, imposible de definir con palabras. H a b i e n d o grabado en mi m e m o r i a esos dibujos, al tener las cartas entre mis manos, existentes al mismo tiempo en el m u n d o exterior como en mi espíritu, me daba cuenta de su infinita complejidad. Cuando quería interpretar las frases ópticas que me daban la unión de dos o más arcanos, me veía obligado a traducirlas en palabras, lo que era limitarlas. Apar- te de n o m b r a r l o , ¿quién p u e d e decir lo que es un color? Todo p o e t a que lo intente logrará acercarse a la esencia del color, p e r o siempre de manera subjetiva e imprecisa... A esta insupe- rable dificultad se agregó otra: me di cuenta de que las cartas no sólo «hablaban» cuando estaban las unas j u n t o a las otras sino también cuando estaban las unas sobre las otras. Mezclan- do in mente los dibujos, p u d e imaginarlos transparentes. Al s u p e r p o n e r l o s me indicaron que se correspondían, obedecien- do a complejas unidades de medida. Que el Tarot había sido creado usando la transparencia me fue confirmado por el libro El templo del hombre del egiptólogo R. A. Schwaller de Lubicz, conocido como Aor, d o n d e , a propósito del Templo de Luxor, afirma lo mismo: «En la "transparencia", si el muro era de cristal podía verse en el reverso, por ejemplo, un signo o una figura que venían a llenar un vacío del anverso». Algunos ejemplos: el cetro del E m p e r a d o r p u e d e hacerse eje del sol del Arcano XVIIII. El cetro de la Emperatriz tiene el largo del bastón del Papa... El As de Oros completa el medio círculo central del As de Copas... Las combinaciones son infinitas. ¿Cómo traducir estos mensajes en palabras?... Todo lo que se
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había dicho, se decía y se diría acerca del significado de los arcanos sólo podía ser una explicación subjetiva p e r o n u n c a una definición exacta. Aquellos q u e afirmaban «Esto es el sig- nificado tradicional del arcano» o eran ingenuos aprendices de mago o deshonestos charlatanes.
Durante largo tiempo, con mucha pena, guardé en una caja mi Tarot, considerando imposible llegar a utilizarlo de m a n e r a objetiva. Una noche tuve un sueño que me indicó qué camino seguir:
Me vi caminando d e s n u d o p o r un desierto de arenas blan- cas. Una liebre azul con las orejas cortadas rodó desde lo alto de una duna y vino a estrellarse contra mis pies. A mi contacto cambió la forma de su cabeza a d o p t a n d o la mía. Nuestros cuerpos se integraron f o r m a n d o u n o solo. Era yo un testigo humano y al mismo tiempo un guía animal. Llegué, llegamos, al horizonte que era de color violeta. Haciendo equilibrios sobre esa línea apareció el Loco, gigantesco. Me miró con complicidad abriendo su bolsa hacia el cielo. Las estrellas se desprendieron y convertidas en luciérnagas descendieron p a r a entrar en la bolsa. El Loco la giró hacia la tierra d o n d e caye- ron esos insectos luminosos convertidos en semillas. P r o d u - ciendo con sus cascabeles sonidos de una delicadeza angélica, abrió su casaca y m o s t r á n d o m e su pecho verde me invitó a entrar en él... Como una rana que se lanza a un lago milenario me sumergí en el gigante... Tuve la impresión de explotar con- virtiéndome en una nube de energía. Incesantemente miles de imágenes me sumergieron en una vorágine, fui incontables seres a la vez, todo aquello se resumió en una carcajada cata- clísmica exhalada por una boca inmaterial. Recuerdo que con- vertido en ese caos llamado el Loco me lancé hacia el firma- mento, atravesando el cosmos a velocidad tremenda. De p r o n - to me encontré en un cielo sin astros en el centro del cual brillaban dos pirámides, u n a negra y una blanca, ensambladas formando un volumen de seis puntas... Ese cuerpo al que sentí dotado de una conciencia sin límites me atrajo como un imán a un trozo de metal. Me dejé absorber. Estallé convertido en luz.
Me d e s p e r t é lleno de energía con la sensación de h a b e r cono- cido la felicidad.
Esta experiencia onírica - q u e me inspiró para crear con Moebius mi cómic El Incal- me reveló cómo estudiar el Tarot Comprendí que cada arcano, teniendo características diferen- tes al resto de los otros, actuaba en el inconsciente como un a r q u e t i p o . «El arquetipo es una fuerza. Es autónomo y puede a p o d e r a r s e de nosotros de un m o d o r e p e n t i n o . (...) Es la orga- nización biológica de nuestro funcionamiento psíquico, del mismo m o d o en que nuestras funciones biológicas y fisiológi- cas r e s p o n d e n a un m o d e l o . (...) El h o m b r e tiene un modelo, una forma que lo hace específicamente h o m b r e ; nadie nace sin ella. Somos profundamente inconscientes de estos hechos puesto que debido a nuestros sentidos vivimos hacia el exte- rior de nosotros mismos. Si el h o m b r e pudiera mirar dentro de sí mismo lo descubriría. (...) Este aspecto de la personali- dad humana, inhibido en la mayoría de los casos p o r el hecho de su incompatibilidad con la imagen que se tiene de uno mismo, no se compone solamente de rasgos de carácter negati- vos, sino que representa del mismo m o d o la totalidad del inconsciente: casi como regla general, es la primera figura con la que el inconsciente se presenta a la consciencia. (...) Ignora- mos lo que es un arquetipo (es decir, de qué está compuesto) p o r q u e la naturaleza de la psique no nos es accesible, pero sabemos que existen arquetipos y que provocan una serie de efectos. Cuanto mejor c o m p r e n d a m o s los arquetipos, partici- p a r e m o s más en su vida y a p r e h e n d e r e m o s mejor su eternidad e intemporalidad» (Cari G. J u n g , La vida simbólica). Para lle- gar a conocer los arcanos había que entrar en ellos, despojado de palabras. Más bien, había que dejarse poseer p o r ellos. Tuve la suerte en aquella época de contactar con un grupo de adeptos al vudú que trabajaba con divinidades que me recor- daban a los arcanos mayores. Cada una de ellas tenía un ritmo musical, un traje, objetos personales, una forma de moverse y de actuar. Estaba Legba, anciano cojo, marchando apoyado en una muleta, cubierto de h a r a p o s , de apariencia débil, p e r o en
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el fondo de una fuerza tremenda; Agoué, vestido de oficial de marina, con guantes blancos, soplando con todas sus fuerzas para imitar los rugidos de una tempestad marina; Zaka, h o m - bre del c a m p o , con sombrero de paja, blusa azul, desconfiado, ansioso, temiendo ser r o b a d o p o r la gente de la ciudad; el colérico g u e r r e r o Ogou, con un quepis a la francesa y un d o r - mán rojo, blandiendo un sable o un machete; la seductora Ezili, con joyas y faldas rosadas y celestes, maquillándose sin cesar; el Baron-Samedi, emisario de la m u e r t e , con un sombre- ro de copa, varios pares de anteojos oscuros y los bolsillos de su frac agujereados: todo lo que m e t e en ellos cae hacia la tie- rra, e t c . . Mediante actos rituales, los adeptos caían en trance convirtiéndose en «cabalgaduras» que eran «jineteadas» p o r estas divinidades... Me dije: «Es preciso trabajar el Tarot en la misma forma que los adeptos del vudú. Debo sentir cada carta dejando que me absorba, p o n e r m e al servicio de su e x p r e - sión». Y así lo hice: cuando «fui» el Mago sentí la energía del cordón amarillo que rodeaba mi sombrero u n i é n d o m e con los lejanos universos para a p o r t a r m e una Consciencia cósmica que estallaba en los ocho p o d e r o s o s soles que se anidaban en mis cabellos. Sostuve en una mano el bastón de mago, capaz de captar las energías divinas p a r a inyectarlas en la materia y producir milagros. En la otra mano sostuve la esfera de oro capaz de curar todos los males de la humanidad... Sentí los movimientos ágiles del personaje, su inteligencia, su astucia, su capacidad de atención, su rapidez. Con mi inmensa destre- za era un ladrón metafísico que p o d í a robar el secreto de la inmortalidad a los dioses... Pacientemente, día tras día, este mismo ejercicio lo realicé dejándome poseer, uno a u n o , p o r los 77 restantes arcanos. Cuando entraron en mi inconsciente, grabándose como si hubieran f o r m a d o siempre p a r t e de mis sueños, intenté hacerlos hablar. ¿Qué diría La Torre o el Arca- no XIII o el Paje de Copas o el Nueve de Bastos, etc.? Me encontré con otra dificultad. Si bien, p o n i é n d o m e en trance, todos los arcanos hablaban, a veces en forma de p o e m a s , n a d a podía p r o b a r que sus palabras fueran objetivas, vinieran de un
m u n d o exterior a mí. Con toda probabilidad esos discursos eran manifestaciones de mi subjetividad, meros autorretra- tos... Visualicé una vez más los 22 arcanos mayores p a r a ver de qué m a n e r a yo me proyectaba en ellos. Por supuesto que el Sol, XVIIII, me recordaba mi p u e b l o natal, Tocopilla. Ese Sol contenía p a r a mí mortales amenazas de sequía. P o r otra parte al unir su disco llameante al cetro del E m p e r a d o r no podía dejar de ver a mi severo p a d r e , tan avaro de caricias, tan «rese- co» emocionalmente. Constaté que tres cartas me aterroriza- ban: La Justicia, El Colgado y el Arcano XIII. A p r i m e r a vista me daban la sensación de un castigo impuesto p o r la Ley. La j u e z implacable condenaba a la tortura a alguien que había cometido un acto ilegal. La Muerte no sólo lo eliminaba a él, sino a la humanidad entera, al planeta, a las estrellas, al uni- verso. Ese t e r r o r me pareció infantil; sin embargo, al sentirlo incrustado en la médula de mis huesos, comprendí que La Jus- ticia era mi madre encinta, que El Colgado era yo, en estado fetal, y que el Arcano XIII eran los deseos de eliminarme que ella vertía sobre mi organismo. En la época en que fui concebi- do sin ser deseado, mis p a d r e s se odiaban. Mi llegada estable- ció entre ellos un lazo agobiante. Los nueve meses de gesta- ción se convirtieron p a r a mí en una lucha p o r sobrevivir. Por todo esto nací embebido en un t e r r o r visceral. A cada instante sentía la orden: «Te está p r o h i b i d o vivir. Eres culpable de haber invadido nuestro m u n d o . No debías haber resistido ese cordón umbilical que te estrangulaba. Para nosotros eres un veneno». Comprendí que era p o r esto p o r lo que muchos años más tarde, a pesar de vivir relativamente feliz, de tiempo en tiempo, quizás cada nueve meses, sentía deseos de morir... Me dominaba el desamor de mi m a d r e , que blandiendo una imagi- naria espada, como la Justicia, decretaba: «No tienes derecho a nacer, obedece a mi o r d e n : desaparece». ¿Qué p o d í a hacer? El estudio del Tarot se me convirtió en una terapia. Comencé a trabajar sobre mis proyecciones... A un sueño p u e d e dársele una infinitud de interpretaciones, supersticiosas, psicoanalíti- cas, míticas, etc. Me dije: «Si las imágenes surgidas del incons-
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ciente tienen incontables significados, y si todos son míos, debo rechazar aquellos que son p r o d u c t o de la angustia y esco- ger los que me acerquen más a la Consciencia divina». A pesar de haber sido educado p o r un p a d r e ateo que se burlaba de todos los libros sagrados, me permití hablar de «Dios» p o r q u e en el Arcano XVI (en francés, La Maison Dieu) aparece la pala- bra Dios, y p o r lo menos la mitad de los arcanos mayores tiene relación con el pensamiento religioso. El Loco, que avanza mirando hacia el cielo, muy bien p u e d e ser un monje ilumina- do; el Arcano XIII lleva grabadas en el cráneo las cuatro letras sagradas, Yod-He-Vav-He, que forman el n o m b r e del Dios hebreo; la Papisa y el Papa estudian y difunden un texto sagra- do; en El E n a m o r a d o , Templanza, El Juicio y El M u n d o , hay ángeles y en el Arcano XV aparece el Diablo, ángel caído. El Colgado muy bien podría r e p r e s e n t a r a Jesucristo, entregándo- se al sacrificio. Cuelga entre dos árboles en los que p u e d e n verse doce gotas rojas que representarían a los apóstoles. Y si se considerara ésta una interpretación falaz, no p o d r í a negarse que el personaje p o r t a en su pecho las diez sefirot del Árbol de la vida cabalístico... No p u d i e n d o refutar el llamado místi- co que hace el Tarot, fiel a las enseñanzas ateas de mi p a d r e , traté de eludir el tema de «Dios» interpretando al Loco como la energía vital, a la Papisa y al Papa como el anima y el animus junguianos, al ángel del Arcano VI como la fuerza libidinal, al Colgado como el ego que se entrega a la Esencia, al Arcano sin nombre (XIII) como la voluntad de transformación p o r la eli- minación de lo superfluo, a Templanza como la comunicación interior, al Diablo como las pulsiones del inconsciente colecti- vo, al ángel en El Juicio como una dimensión superior de la Consciencia, y a El Mundo como el alma universal. Sin embar- go, p o r más que lo intenté, no p u e d e b o r r a r la palabra Dios del Arcano XVI... A pesar de mi enraizada educación atea, me vi obligado a enfrentarme a esta exigente pregunta del Tarot: «¿Qué es Dios para ti?».
P a r a mí, el «personaje» Dios, actor principal de toda obra sagrada, no podía tener un n o m b r e , ni forma humana, ni sexo,
ni edad. No podía ser p r o p i e d a d exclusiva de ninguna reli- gión. Cualquier denominación o cualidad que se le diera sólo sería una supersticiosa aproximación. Imposible de definír con conceptos o imágenes, inalcanzable si se le persigue, sien- do t o d o , es absurdo tratar de darle algo. Única posibilidad: recibirlo. ¿Pero cómo, si es inconcebible, impalpable? Se le recibe sólo p o r los cambios y mutaciones que a p o r t a a nuestra vida en forma de claridad mental, de felicidad amorosa, de capacidad creativa, de salud y p r o s p e r i d a d . Si se le imagina e t e r n o , infinito y t o d o p o d e r o s o es sólo p o r contraste con lo que pensamos ser nosotros, finitos, efímeros e impotentes ante esa transformación que hemos llamado m u e r t e . Si todo es Dios y Dios no muere, nada m u e r e . Si todo es Dios y Dios es infinito, nada tiene límites. Si todo es Dios y Dios es eterno, nada comienza ni nada termina. Si todo es Dios y Dios es todo- p o d e r o s o , nada es imposible... Siendo incapaz de nombrarlo, y de creer en él, en Ello, p u e d o de manera intuitiva sentirlo en lo más profundo de mí; p u e d o aceptar su voluntad, esa volun- tad que crea el universo y sus leyes, e imaginarlo como aliado, suceda lo que me suceda. «Soy de ti... Tengo confianza en ti.» Eso es t o d o , no necesito decir más, las palabras no son el camino directo, lo indican p e r o no lo recorren. Acepto perte- necer a ese inconmensurable misterio, entidad sin ser ni no- ser, sin dimensión, sin tiempo. Acepto entregarme a sus desig- nios, confiar en que mi existencia no es un capricho ni una burla ni una ilusión ni un j u e g o sino una inexplicable necesi- dad de su Obra. Saber que esta p e r m a n e n t e impermanencia forma p a r t e de lo que mi m e n t e concibe como proyecto cósmi- co. Creer que siendo ínfimo engranaje de la inconmensurable máquina participo de su e t e r n i d a d , que ese cambio que mi cuerpo llama muerte es la p u e r t a que debo atravesar para sumergirme en aquello que mi corazón siente como amor total, que mi centro sexual concibe como infinito orgasmo, que mi intelecto llama iluminada vacuidad. ¿Cómo el Tarot nos presenta a Dios? Lo presenta como La Torre (La Maison Dieu), misterioso hogar d o n d e habita el universo q u e , estando
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nosotros unidos a él, es nuestro c u e r p o . Somos inquilinos de un Amo que nos alimenta y sostiene y mantiene en vida p o r el lapso de tiempo que su voluntad decide. De esta casa, refugio cierto, p o d e m o s hacer un j a r d í n o un basural, un sitio d o n d e florezca nuestra creatividad, o un oscuro rincón d o n d e impe- ren el mal gusto y la fetidez; entre esos muros impasibles podemos procrear o suicidarnos. La casa no se comporta, está ahí, su calidad d e p e n d e del uso que hacemos de ella. P o d e m o s convertirla en un templo o una cárcel. Esta Torre que nos muestra el Tarot aporta el tesoro de la inmortalidad, no como un regalo. La Humanidad d e b e ganarse ese p r e m i o . Si no lo logra, p o r un mal empleo del don, está condenada a desapare- cer.
Vemos en el Arcano XVI una t o r r e pariendo seres h u m a n o s (ver pág. 247). Una forma indefinible, rayo, pluma, cometa, energía, está restando p o d e r a la corona, voluntad h u m a n a racional, p a r a que bajo la eufórica danza de los astros los seres iluminados se den cuenta de que Dios no está en el «más allá» sino en la materia misma. Ambos juglares acarician las plantas; uno de ellos se u n e mediante una prolongación azul que surge de su pecho hacia los montes, también e m b e b i d o s del color celestial. Tanto la forma indefinible como la corona, los astros, la t o r r e , las plantas y los montes forman p a r t e de la conciencia de estos dos seres.
C o m p r e n d i e n d o así la unidad divina, origen de lo creado, nos encontramos ante una impotencia del lenguaje racional para, con su sistema conceptual siempre a la caza de diferen- cias y límites, comprender, definir, explicar una realidad en d o n d e absolutamente todo está u n i d o y forma un solo c u e r p o . Si aceptamos que cada concepto no es la realidad, sino un retrato limitado de ella, a p r e n d e r e m o s a usar las palabras no como definiciones del m u n d o sino como símbolos del mismo. Un símbolo permite una incontable variedad de significados, tantos como los individuos que lo perciben. Una «cruz» p u e d e alcanzar una enorme variedad de niveles interpretativos, desde
un instrumento de tortura, p a s a n d o p o r el cruce del espacio y del tiempo, hasta el p u n t o divino central generador de los cua- tro elementos que constituyen el universo o el Cristo formado p o r los cuatro Evangelios... Cada arcano del Tarot, teniendo como fundamento la presencia indefinible del Loco, no pre- senta una sola definición, ya establecida en los siglos que nos p r e c e d i e r o n , sino que son Torres abiertas a infinitas interpre- taciones. P o r supuesto que esto, p a r a las mentes que funcio- nan exclusivamente con una lógica aristotélica, es inaceptable. Tales personas exigirán q u e se les den significados precisos «símbolos estancados». «¡Un arcano es esto y no otra cosa! ¡No p u e d e ser luz y oscuridad al mismo tiempo! ¡No puede tener infinitas interpretaciones; de ellas la subjetividad del tarólogo está excluida!» A los símbolos estancados, si se obe- dece al Tarot, se oponen los «símbolos fluidos». Los sueños están constituidos de imágenes ambiguas. Los objetos del inconsciente tienen aspectos infinitos. Los brujos y los psicoa- nalistas escogen sus significados embutiéndolos en las supers- ticiones o teorías de sus maestros. Los pacientes de terapeutas