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CAPÍTULO 4 ZONA DE TRABAJO

4.2 Sinaloa como estado agroindustrial

Desde fines del siglo XIX y principios del XX, las transformaciones productivas que se han dado en la economía de Sinaloa son resultado de la consolidación de un sistema económico mundial, en donde la integración de un mercado global define las formas de organización productiva en las regiones. El mercado de bienes y servicios ha tomado progresivamente un papel protagónico que marca pautas de estructuración productiva, organización laboral y nichos de mercado específicos.

Aunque en Sinaloa aún existen espacios en donde la agricultura campesina subsiste, la dirigida a la exportación es la predominante. Esta última ha crecido con base en la acumulación tecnológica y disponibilidad de suelo irrigable en conjunto con un clima propicio para determinados cultivos, lo cual permite que la productividad se incremente al combinar estos elementos con una fuerza laboral flexible.

La producción orientada al mercado extranjero se inicia en pequeña escala en la década de los veinte. En particular se incrementó en el caso del jitomate ante una demanda creciente de Estados Unidos, siendo las primeras familias horticultoras extranjeras establecidas en el estado las primeras productoras. Destaca que desde un principio la producción de tomate se realizó con destino a la exportación (Roldán, 1980; Verdugo, 1987; Guerra, 1998 y Lara, 1998).

El crecimiento del sector agrícola en México en la década de los cuarenta se explica por el apoyo gubernamental y privado que se favoreció por oportunidades de crédito, riego, capital y otras infraestructuras. El fomento al desarrollo de una agricultura comercial indujo a una creciente concentración del ingreso, a la par que descuidó el desarrollo de la agricultura campesina. Frente a la progresiva merma en las condiciones de producción y de las crisis subsecuentes, una gran proporción poblacional del sector rural dejó de producir o lo hizo sólo para el autoconsumo. La necesidad de ingresos monetarios indujo al trabajo asalariado de más miembros de grupos domésticos.

Lara (1998) menciona que los principales problemas hortícolas de Sinaloa en el periodo comprendido desde inicios de siglo hasta 1959 eran tres: la adaptación de técnicas de cultivo para reducir las incertidumbres naturales, las restricciones del mercado norteamericano para la entrada de hortalizas mexicanas y el abastecimiento de la mano de obra para realizar tareas requeridas por el cultivo.

La necesidad de tener un mayor control sobre el tiempo y calidad de la producción empujó a las empresas a incorporar personal técnico especializado como ingenieros agrónomos y administradores, quienes aplicaron tecnologías agrícolas de punta (para esa época) e implementaron diseños administrativos novedosos que cumplieron un doble propósito: cubrir de manera adecuada una demanda masiva y, el de conectar la cadena de producción con la de transformación y distribución.

En la década de los sesenta se consolidan en Sinaloa grandes obras de infraestructura de riego que contribuyen al boom del sector agrícola. De acuerdo con Gaxiola (1993, citado por Guerra, 1998) así lo constatan los anuarios de importación estadounidenses donde se destaca que antes de la construcción de estas obras, a Estados Unidos se enviaba un promedio de 30, 000 toneladas mientras que para 1966, ya con el funcionamiento de las primeras presas, las exportaciones a ese país ascendían a 162, 722 toneladas.

Además, la relativa cercanía con Estados Unidos propició que la región noroeste de México fuera un área estratégica para la reducción de costos de transporte y el enclave de varias empresas distribuidoras estadounidenses. La existencia de espacios de producción, que poco a poco se extendieron hasta convertirse en grandes polos productivos, definió con mayor claridad la interdependencia y complementariedad entre regiones.

En los años setenta grandes empresas sinaloenses se establecen en San Quintín, Baja California, para hacer la producción complementaria con la de Sinaloa; mientras ésta producía durante la temporada de invierno, en el segundo se tenía una temporada de cosecha en el ciclo primavera –verano (Vargas, 2004). Ello condujo a la consolidación de polos de atracción de mano de obra en diferentes épocas del año que permitían la consolidación de una ruta migratoria para la fuerza de trabajo.

Además, dada la importancia de la horticultura, el empleo en la misma tiene gran relevancia al incorporar una gran cantidad de mano de obra en temporada de cosecha.

De acuerdo con Lara (1998) se trata de una región que se ha conformado históricamente como un polo de desarrollo agrícola empresarial orientado a la exportación de hortalizas inscrito, primero, en un proceso de producción masiva, y más tarde a una producción flexible que integra productos masivos y de lujo. La crisis en los ochenta conduce a las empresas agroexportadoras, instaladas en esta región, a una reestructuración productiva que genera importantes efectos en el empleo y las formas de trabajo.

Este estado concentra en las zonas de riego una gran parte de la mano de obra que utiliza hombres, mujeres e infantes provenientes de las zonas de agricultura campesina de temporal. Véase Anexo 2- Nota 3.

Sumado a lo anterior, los cambios en los patrones de consumo de los principales mercados nacionales y extranjeros influyeron para incrementar la demanda de productos hortícolas. Por ejemplo la importancia del tomate y otras hortalizas como materia prima en la elaboración de enlatados, salsas y alimentos preparados, así como el crecimiento de la demanda de esos productos por parte de las clases medias estadounidenses (Lara, 1998).

El control de la producción agrícola en Sinaloa se concentra en un grupo reducido de familias. En las épocas del boom hortícola, en la década de los sesenta, se llegó a hablar de 56 familias que controlaban las mejores tierras de riego, la producción y el mercado. En los últimos años son 17 familias quienes controlan 55% de los mejores campos hortícolas en Sinaloa y obtienen la mayor parte de las utilidades. En concreto son siete los empresarios agrícolas considerados como los titanes de la horticultura sinaloense (Raúl Bátiz, Alejandro Canelos, Benjamín Bon, Ángel Demerutis, Rene Carrillo, Roberto Tarriba y Rolando Andrade) que en conjunto administran 58 de los campos agrícolas más grandes de la entidad. Cinco tienen sus campos principales en el valle de Culiacán, uno (Bon) en Guasave y otro (Tarriba) en La Cruz de Elota. Sus empresas concentraron 40% de los campos hortícolas que estuvieron en operación en el ciclo 1996-1997, llegando a contratar hasta 42% de las y los jornaleros agrícolas que trabajan para la producción hortícola (Guerra, 1998). En la última década, los cambios que ha experimentado el sector agrícola sinaloense están marcados por la consolidación de los procesos globales, el auge de empresas trasnacionales agroindustriales y los cambios en el consumo.

En 1994 entra en vigor el Tratado de Libre Comercio (TLC) que generó una serie de especulaciones al interior de las élites productivas del estado. Por ejemplo, se realizó una reunión sobre trabajo infantil en horticultura que fue forzada por la presión ejercida por los medios de comunicación estadounidenses que habían presentado

imágenes de niños y niñas laborando en condiciones insalubres y riesgosas en los campos agrícolas sinaloenses (Guerra, 1997). Con el tiempo y la falta de insistencia sobre el tema, no se dio seguimiento a esta problemática. Véase Anexo2- Nota 4. Con su entrada en vigor, el tratado estimuló considerablemente la exportación hortícola sinaloense. Además, junto con otras políticas públicas (retiro de subsidios, créditos menos accesibles, etc.) cumplió una doble función: por una parte, eliminó a pequeños y medianos productores que no sobrevivieron a los requerimientos de la competitividad internacional y por otra, benefició al segmento empresarial que sí lo hizo, permitiéndoles extenderse y ganar mercados.

Actualmente, Sinaloa es uno de los líderes nacionales productores de vegetales, frutas y granos con 32% de la producción agrícola de México (SAGARPA, 2005), sin embargo, la mayor parte de su producción se dirige a mercados internacionales. En condiciones óptimas en el valle de Culiacán, donde existe la mayor producción de hortalizas del estado, se han llegado a utilizar 40, 000 hectáreas de riego que se distribuyen en 140 campos agrícolas (Guerra, 1998).

La industria más representativa en el estado en cuanto a valor de producción se refiere es la industria alimentaria con 56.5%. A escala nacional, la participación de las actividades agropecuarias en las exportaciones totales es de 5%. En Sinaloa alcanzan un porcentaje cercano al 50%. En 1998, las exportaciones sinaloenses sumaron 1,500 millones de dólares, representando 1.25% del total nacional. Las hortalizas participaron con 50% de la captación de divisas; la pesca con 13.3% y el turismo con 33.3% (Gobierno del Estado de Sinaloa, 2005). Es decir, aunque la producción hortícola es inferior al 10% del valor cultivado, genera más de la mitad del valor total de la producción agrícola de la entidad. Véase Cuadro 17.

Cuadro 17

Producción Hortícola (tons.) de Sinaloa y cantidad exportada Temporada Superficie Cultivada Producción

exportada

1985-86 38,515 618,919

1987-88 64,051 609,582 1988-89 58,195 625,976 1989-90 52,893 606,537 1990-91 54,324 610,361 1991-92 51,147 393,886 1992-93 47,083 703,727 1993-94 44,427 620,103

Fuente: CAADES, 1996 (citado por Díaz Coutiño ,2000)

La Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca de Sinaloa (CAADES, 2006) señala que el Producto Interno Bruto Agropecuario del estado para el 2005 fue de 21.3% respecto de 5.9% para el resto del país. Los mercados internacionales cobran una gran importancia ya que se exporta cerca del 46% de la producción total estatal. La composición porcentual de sus principales mercados extranjeros es Estados Unidos (85%), Canadá (12%) y Japón y Unión Europea (3%) (CAADES, 2006).

La estructura agrícola del estado se integra principalmente por ocho cultivos, tanto por su extensión, como por su importancia económica y social. En granos básicos destacan: maíz, fríjol, y trigo; en oleaginosas la soya; en industriales el algodón y en alimenticios los cultivos hortícolas, principalmente jitomate, chile y pepino. En algunos productos, de acuerdo con la Confederación de Asociaciones de Agricultores del Estado de Sinaloa- CAADES (2006), la producción agrícola sinaloense en participación porcentual respecto del total producido por México es relevante como en el caso del maíz (18.5%), garbanzo (53.3%), tomate (42.8%) y papa (20.3%). Un millón trescientas mil hectáreas se destinan cada año para uso agrícola; entre ellas más de 50% producen bajo un sistema de riego (INEGI, 1993 citado por SEDESOL, 2005b). Para la temporada 2004-2005, por ejemplo, Sinaloa disponía de 820,000 hectáreas de riego y 657, 000 de temporal, con un volumen de producción que para ese año de 10 millones 756 mil toneladas (CAADES, 2006).

Conforme a la CAADES8 la producción de tomate conserva un lugar preponderante seguido en importancia del cultivo de chile y calabaza; los cuales mantienen una

8

Datos correspondientes a la producción del sector privado afiliados a la CAADES, y que en muchos casos se realiza en tierra rentada sector social (SEDESOL, 2005b)

tendencia creciente desde hace varios años, como se puede apreciar en el Cuadro 18:

Cuadro 18

Hectáreas sembradas de los principales productos hortícolas en Sinaloa

CULTIVO/ AÑO 95-96 96-97 97-98 98-99 99-00 00-01 01-02 02-03 Tomate 18,616 21,277 22,270 24,268 13,283 24,442 19,417 25,029 Chile 7,508 8,432 10,489 19,603 4,184 14,945 14,340 14,746 Pepino 5,453 3,982 4,921 6,094 4,725 4,226 4,752 3,875 Calabaza 4,620 5,179 5,971 10,602 2,500 7,495 7,176 7,635 Berenjena 1,058 886 1,321 1,261 990 1,265 1.067 1,190 Fuente: Informe estadístico de la CAADES, 2003

La incorporación de nuevas tecnologías no es ajena a Sinaloa y tiene un fuerte impacto en los niveles de competitividad del sector agroindustrial al generar diferenciales de productividad considerables. El uso de tecnología agrícola ocupada se apoya en la biotecnología, informática, riego por goteo, nivelación de suelo con rayo láser, sistemas de refrigeración, plasticultura, sistemas de empaque en campo, etcétera. Los diferenciales productivos debido al uso de tecnología van creando una brecha que posicionan a las empresas en un lugar favorable respecto a sus competidores nacionales e internacionales. Por ejemplo, para el caso de tomate y de acuerdo con Díaz Coutiño (2000) se tiene que existen grandes diferenciales productivos que van desde 100% hasta 2000% en función del sistema de riego empleado (Cuadro 19):

Cuadro 19

Productividad de los sistemas de riego en tomate maduro en Sinaloa. Sistema Tradicional (ST) Riego por Goteo (RG) Diferencial (RG/ST)% Invernadero e Hidroponía (H) Diferencial (H/RG)% Diferencial (H/ST)%

Bultos/ha Bultos/ha 137.5 ó Bultos/Ha 1,515.1 ó 2,083.3

más alto rendimiento

más alto rendimiento

alto rendimiento Fuente: Banco de Comercio Exterior, Gerencia estatal de Sinaloa, 1997 (citado por Díaz Coutiño, 2000)

Las inversiones privadas y gubernamentales destinadas a dotar a la producción agrícola con infraestructura y tecnología de punta han sido cuantiosas en varias zonas del estado. Ejemplo de ello es la vasta red de sistemas de riego que es una de las más importantes del país: nueve presas irrigan una superficie de 746,077 hectáreas a través de canales. Otro ejemplo es el alto grado de mecanización, que en la entidad se traduce en el uso de un tractor por cada 60 hectáreas (el promedio nacional es uno por cada 240 hectáreas) (SEDESOL, 1997).

Los diferenciales en productividad, dados por una determinada combinación de factores productivos han definido el curso del desarrollo agrícola de la región, así como la estructura de los grupos de poder. Sin embargo, el reducido número de empresas que controlan la producción de Sinaloa confirma la concentración no sólo de grandes extensiones de tierra sino también de utilidades, obras de infraestructura y apoyos gubernamentales.

La tecnología implementada no ha sido generada en la región. Ha sido importada principalmente de Estados Unidos y adaptada a las necesidades de sus mercados de consumo agroindustrial. Es decir, no hay un desarrollo autónomo de tecnología sino que hay una marcada dependencia de la misma para la producción agrícola.

Además, la tecnología ocupada por la mayoría de las agroindustrias permanece intensiva en mano de obra. La implementación de la plasticultura y la ferti-irrigación incrementan la utilización de mano de obra por hectárea y además mantienen las actividades meramente manuales como la producción de plántula en invernadero, la colocación de estacas, las labores culturales del cultivo, la cosecha y la selección de producto en empaque.

Las estrategias para incrementar la productividad no se concentran únicamente en el plano tecnológico-productivo sino también se combinan con formas flexibles de organización del trabajo. Por ejemplo, Lara (1998) menciona que al volverse más estrictas las normas de calidad en Estados Unidos para permitir la entrada de

hortalizas, se impuso un método de embalaje que obligó a los productores a respetar normas de calidad para el empaque, implicando a su vez una mayor demanda y calificación de mano de obra que privilegió, desde entonces, la contratación de mujeres para realizar tareas de selección y empaque.

La incorporación de mano de obra migrante en la región brinda la posibilidad de ocupar mano de obra barata que estimula la tasa de ganancia de la producción hortícola altamente cotizada en el mercado nacional e internacional.