II. HACIA UNA DEMOCRACIA RED
3. Tres postulados fundamentales
3.3. El sujeto en democracia: sociedades democráticas del S.XXI y un
El sujeto ha sido contorneado a lo largo de la historia de la democracia, en gran parte, en función al posicionamiento y rol que se le atribuye dentro del sistema político. Así, en sintonía con la transformación operada sobre la democracia repre- sentativa institucional que mencionábamos en el apartado anterior, fue mutando también la imagen del sujeto democrático.
Durante gran parte del siglo XX, en el desarrollo de lo que Pierre Rosanvallon (2007) llamó la ‘democracia electoral-representativa’, el sujeto en democracia de- legaba el poder en manos del representante y adoptaba un carácter de individuo aislado en su rol predominante de votante. Así lo vemos reflejado en las concepcio- nes electorales de la democracia, donde se presenta la participación electoral como
En síntesis, la democracia red junto a las líneas teóricas de la deliberación buscan realizar un trabajo de construcción sobre lo social -es decir, de reconstruc- ción del vínculo social- y no limitarse a facilitar la expresión de una suma de pre- ferencias individuales. Compartimos la descripción que realiza la jurista y politó- loga Mariam Martínez-Bascuñan completando la noción de democracia comunica- tiva de Iris Young como ‘un proceso comunicativo en el que las discusiones y las decisiones son fluidas, entrecruzadas, divergentes y dispersas en tiempo y espacio’ (Martínez-Bascuñan, 2015: p. 186). Entendemos que las palabras de esta autora lo- gran figurar con claridad el contenido de una democracia red en clave deliberativa.
En vista a estos procesos comunicativos entendemos que se impone desde lo jurídico y lo político el imperativo de garantizar un espacio público que idealmente represente la máxima pluralidad de opiniones posible y que además permita un pro- ceso de construcción y transformación de esas opiniones. Así es como la democra- cia red y los partidos en red proponen lograr esa reconfiguración del espacio público y de los procesos de comunicación a través de la generalización de redes democrá- ticas que desplieguen y enaltezcan la figura del ciudadano.
3.3. El sujeto en democracia: sociedades democráticas del S.XXI y un nuevo ciudadano
El sujeto ha sido contorneado a lo largo de la historia de la democracia, en gran parte, en función al posicionamiento y rol que se le atribuye dentro del sistema político. Así, en sintonía con la transformación operada sobre la democracia repre- sentativa institucional que mencionábamos en el apartado anterior, fue mutando también la imagen del sujeto democrático.
Durante gran parte del siglo XX, en el desarrollo de lo que Pierre Rosanvallon (2007) llamó la ‘democracia electoral-representativa’, el sujeto en democracia de- legaba el poder en manos del representante y adoptaba un carácter de individuo aislado en su rol predominante de votante. Así lo vemos reflejado en las concepcio- nes electorales de la democracia, donde se presenta la participación electoral como
actividad ciudadana por excelencia en cabeza del sujeto democrático y luego la par- ticipación dentro de los partidos políticos en los períodos entre actos eleccionarios.
De este modo, por ejemplo, el politólogo y economista Joseph Schumpeter (1961) ubicado dentro de los teóricos elitistas o realistas de la democracia, afirma que la voluntad popular consiste en la representación de las masas sin interconexión alguna, sin procesos internos de construcción; sino que la misma resulta simple- mente de la expresión directa de esas masas a través del acto eleccionario. El sujeto democrático en la teoría de Schumpeter forma parte de una masa irracional, aunque abiertamente reactiva frente a los estímulos de la elite dominante. En otras palabras, este autor en particular adopta una concepción antropológica pesimista sobre el ser humano en su faz cívica y en relación a su capacidad de participación. Schumpeter afirma que ‘el ciudadano normal desciende a un nivel inferior de prestación mental tan pronto como penetra en el campo de la política’ (Schumpeter, 1961: p. 220). Por el contrario, el politólogo Bernard Manin (Manin, 1999; Manin et al., 1999), quien años más tarde continúa trabajando sobre los principios del gobierno repre- sentativo, concibe al ciudadano en una condición más presente en lo político: para el autor, el individuo aislado logra una identificación con su representante a través de un proceso psicológico desarrollado durante el evento eleccionario. Esta cone- xión psicológica con el representante escogido es la que permite a este autor ampliar también el rol de votante del ciudadano, incluyendo una función de rendición de cuentas o accountability.16 No obstante dicha identificación, en la teoría de Manin el sujeto sigue sin interactuar en forma activa ni con los representantes ni con el resto de los ciudadanos.
A través de estos dos autores intentamos ejemplificar dos cuestiones: en pri- mer lugar, dar ejemplo de la visión meramente individualista del vínculo de repre- sentación vigente durante gran parte del siglo XX, enfocada en la preponderancia de la figura del representante; y, en segundo lugar, dejar en claro el modo en que
16De manera que la identificación psicológica que logra el individuo con el repre-
sentante actúa como base exigible para controlar el correcto ejercicio del poder político por parte del mismo (Manin, 1998; O’Donnell, 1997; Peruzzotti, 2006; Smulovitz y Peruzzotti, 2002).
actividad ciudadana por excelencia en cabeza del sujeto democrático y luego la par- ticipación dentro de los partidos políticos en los períodos entre actos eleccionarios.
De este modo, por ejemplo, el politólogo y economista Joseph Schumpeter (1961) ubicado dentro de los teóricos elitistas o realistas de la democracia, afirma que la voluntad popular consiste en la representación de las masas sin interconexión alguna, sin procesos internos de construcción; sino que la misma resulta simple- mente de la expresión directa de esas masas a través del acto eleccionario. El sujeto democrático en la teoría de Schumpeter forma parte de una masa irracional, aunque abiertamente reactiva frente a los estímulos de la elite dominante. En otras palabras, este autor en particular adopta una concepción antropológica pesimista sobre el ser humano en su faz cívica y en relación a su capacidad de participación. Schumpeter afirma que ‘el ciudadano normal desciende a un nivel inferior de prestación mental tan pronto como penetra en el campo de la política’ (Schumpeter, 1961: p. 220). Por el contrario, el politólogo Bernard Manin (Manin, 1999; Manin et al., 1999), quien años más tarde continúa trabajando sobre los principios del gobierno repre- sentativo, concibe al ciudadano en una condición más presente en lo político: para el autor, el individuo aislado logra una identificación con su representante a través de un proceso psicológico desarrollado durante el evento eleccionario. Esta cone- xión psicológica con el representante escogido es la que permite a este autor ampliar también el rol de votante del ciudadano, incluyendo una función de rendición de cuentas o accountability.16 No obstante dicha identificación, en la teoría de Manin el sujeto sigue sin interactuar en forma activa ni con los representantes ni con el resto de los ciudadanos.
A través de estos dos autores intentamos ejemplificar dos cuestiones: en pri- mer lugar, dar ejemplo de la visión meramente individualista del vínculo de repre- sentación vigente durante gran parte del siglo XX, enfocada en la preponderancia de la figura del representante; y, en segundo lugar, dejar en claro el modo en que
16De manera que la identificación psicológica que logra el individuo con el repre-
sentante actúa como base exigible para controlar el correcto ejercicio del poder político por parte del mismo (Manin, 1998; O’Donnell, 1997; Peruzzotti, 2006; Smulovitz y Peruzzotti, 2002).
esta visión limitada del vínculo representativo incide consecuentemente en el lugar otorgado al ciudadano. Expresado brevemente, en el contexto de las ideas de Schumpeter y Manin, el carácter y rol del sujeto democrático quedaban relegados a un mínimo.
Hoy en día podemos afirmar que estas visiones, tanto sobre el vínculo repre- sentativo como sobre el rol del ciudadano, resultan imposibles de sostener en las sociedades democráticas del siglo XXI y, más aún, en el contexto de una democra- cia red. El sociólogo Enrique Peruzzotti explicita esta imposibilidad con argumen- tos muy claros al afirmar que resulta necesario adoptar una perspectiva relacional de la representación, entendida como el hecho de ‘considerar a ambos protagonistas de la representación como sujetos activos y autónomos que contribuyen a estable- cer, cada uno a su manera, el lazo representativo (...) La idea de representación en tanto vínculo nos fuerza a establecer un puente conceptual entre participación y representación’ (Peruzzotti, 2008: p. 15).
En este propósito de establecer una relación entre participación y representa- ción, idea que compartimos con Peruzzotti, consideramos que la noción de demo- cracia red resulta una perspectiva clave. Ello así dado que permite una expansión de lo político a modo de captar dentro del sistema también aquellas formas de acti- vidad ciudadana no electoral que se encuentran en expansión. De este modo, a tra- vés del enfoque de la democracia red se receptan estas nuevas formas de actividad del ciudadano con un carácter político y a su vez, ‘representativo’, mientras que paralelamente con ello se expande la concepción misma del sujeto en su accionar democrático.
El trabajo de descubrir las distintas aristas de un sujeto democrático activo más allá del acto eleccionario tuvo sus comienzos con los teóricos de la participa- ción y de la deliberación, momentos en los que el individuo votante comenzaba a adquirir mayor presencia y nuevas funciones a su cargo. Sin ánimo de realizar un desarrollo cronológico completo, nos proponemos puntualizar algunos hitos pun- tuales que ilustran en grandes términos el camino recorrido hasta concluir en la imagen de lo que hoy podemos describir como el ciudadano en una democracia red.
esta visión limitada del vínculo representativo incide consecuentemente en el lugar otorgado al ciudadano. Expresado brevemente, en el contexto de las ideas de Schumpeter y Manin, el carácter y rol del sujeto democrático quedaban relegados a un mínimo.
Hoy en día podemos afirmar que estas visiones, tanto sobre el vínculo repre- sentativo como sobre el rol del ciudadano, resultan imposibles de sostener en las sociedades democráticas del siglo XXI y, más aún, en el contexto de una democra- cia red. El sociólogo Enrique Peruzzotti explicita esta imposibilidad con argumen- tos muy claros al afirmar que resulta necesario adoptar una perspectiva relacional de la representación, entendida como el hecho de ‘considerar a ambos protagonistas de la representación como sujetos activos y autónomos que contribuyen a estable- cer, cada uno a su manera, el lazo representativo (...) La idea de representación en tanto vínculo nos fuerza a establecer un puente conceptual entre participación y representación’ (Peruzzotti, 2008: p. 15).
En este propósito de establecer una relación entre participación y representa- ción, idea que compartimos con Peruzzotti, consideramos que la noción de demo- cracia red resulta una perspectiva clave. Ello así dado que permite una expansión de lo político a modo de captar dentro del sistema también aquellas formas de acti- vidad ciudadana no electoral que se encuentran en expansión. De este modo, a tra- vés del enfoque de la democracia red se receptan estas nuevas formas de actividad del ciudadano con un carácter político y a su vez, ‘representativo’, mientras que paralelamente con ello se expande la concepción misma del sujeto en su accionar democrático.
El trabajo de descubrir las distintas aristas de un sujeto democrático activo más allá del acto eleccionario tuvo sus comienzos con los teóricos de la participa- ción y de la deliberación, momentos en los que el individuo votante comenzaba a adquirir mayor presencia y nuevas funciones a su cargo. Sin ánimo de realizar un desarrollo cronológico completo, nos proponemos puntualizar algunos hitos pun- tuales que ilustran en grandes términos el camino recorrido hasta concluir en la imagen de lo que hoy podemos describir como el ciudadano en una democracia red.
En aquellas teorías y autores de la participación enmarcados en lo que la po- litóloga Jane Mansbridge denominó como la función pedagógica de la participa- ción, ya se propugna la idea de un ciudadano activo ‘a construirse’. Estas teorías postulan que, a través de la participación, el ciudadano desarrolla hábitos y capaci- dades psicológicas que contribuyen a moldear y consolidar su personalidad demo- crática. En este contexto, la participación ciudadana se mide en términos de la crea- ción de un tipo específico de cultura política, cultura cívica o capital social; el cual una vez consolidado, provee un ambiente cultural que favorece el funcionamiento del sistema político democrático. Encontramos en esta línea de trabajo a politólogos y sociólogos como Gabriel Almond, Robert Putnam y Carole Pateman, entre otros.17
Luego, con las teorías y los autores de la deliberación emerge la imagen de un sujeto que aporta su individualidad como parte necesaria para el desarrollo de una interacción colectiva dentro del espacio público. En este modelo de actividad ciudadana centrada en el espacio público, la participación ciudadana como tal adopta la función pedagógica de Mansbridge, pero incluye además una función de voz que apunta a compensar el déficit de representatividad que padece el sistema político. A su vez, en cuanto al sujeto democrático ‘a construirse’, esta construcción no se da exclusivamente a través del desarrollo de la cultura cívica, sino también (y mayormente) en el marco de procesos de aprendizaje colectivo. Es decir que, según esta concepción, la formación del sujeto individual se produce principalmente a través de las interacciones con otros individuos, y no gracias a la capacitación reci- bida por parte de un tercero o a modo de un auto-desarrollo personal del sujeto
17Todos estos autores exponen la importancia de las formas de sociabilidad no polí-
tica para la vida democrática. En este sentido, refieren a aquellos espacios de sociabilidad caracterizados por la existencia de alto grado de confianza interpersonal y de una actitud generalizada de cooperación o solidaridad entre iguales. Los procesos de socialización desarrollados en este tipo de espacios generan rasgos psicológicos en los participantes acorde con lo que los autores denominan una ‘personalidad democrática’.
En particular, el sociólogo y politólogo Robert Putnam (2002, 1995) destaca dentro de su modelo del capital social, aquellos espacios de sociabilidad constituidos por asocia- ciones voluntarias privadas, que denomina espacios pre-políticos de sociabilidad. Para Put- nam, el índice de capital social de una sociedad está directamente relacionado con la tasa de densidad asociativa de la sociedad civil.
En aquellas teorías y autores de la participación enmarcados en lo que la po- litóloga Jane Mansbridge denominó como la función pedagógica de la participa- ción, ya se propugna la idea de un ciudadano activo ‘a construirse’. Estas teorías postulan que, a través de la participación, el ciudadano desarrolla hábitos y capaci- dades psicológicas que contribuyen a moldear y consolidar su personalidad demo- crática. En este contexto, la participación ciudadana se mide en términos de la crea- ción de un tipo específico de cultura política, cultura cívica o capital social; el cual una vez consolidado, provee un ambiente cultural que favorece el funcionamiento del sistema político democrático. Encontramos en esta línea de trabajo a politólogos y sociólogos como Gabriel Almond, Robert Putnam y Carole Pateman, entre otros.17
Luego, con las teorías y los autores de la deliberación emerge la imagen de un sujeto que aporta su individualidad como parte necesaria para el desarrollo de una interacción colectiva dentro del espacio público. En este modelo de actividad ciudadana centrada en el espacio público, la participación ciudadana como tal adopta la función pedagógica de Mansbridge, pero incluye además una función de voz que apunta a compensar el déficit de representatividad que padece el sistema político. A su vez, en cuanto al sujeto democrático ‘a construirse’, esta construcción no se da exclusivamente a través del desarrollo de la cultura cívica, sino también (y mayormente) en el marco de procesos de aprendizaje colectivo. Es decir que, según esta concepción, la formación del sujeto individual se produce principalmente a través de las interacciones con otros individuos, y no gracias a la capacitación reci- bida por parte de un tercero o a modo de un auto-desarrollo personal del sujeto
17Todos estos autores exponen la importancia de las formas de sociabilidad no polí-
tica para la vida democrática. En este sentido, refieren a aquellos espacios de sociabilidad caracterizados por la existencia de alto grado de confianza interpersonal y de una actitud generalizada de cooperación o solidaridad entre iguales. Los procesos de socialización desarrollados en este tipo de espacios generan rasgos psicológicos en los participantes acorde con lo que los autores denominan una ‘personalidad democrática’.
En particular, el sociólogo y politólogo Robert Putnam (2002, 1995) destaca dentro de su modelo del capital social, aquellos espacios de sociabilidad constituidos por asocia- ciones voluntarias privadas, que denomina espacios pre-políticos de sociabilidad. Para Put- nam, el índice de capital social de una sociedad está directamente relacionado con la tasa de densidad asociativa de la sociedad civil.
adquirido a través de la experiencia. Se incluyen en este modelo las obras de Ha- bermas (1998), Cohen y Arato (1992), entre muchos otros.18
De este modo, intentamos remarcar que, si bien la participación y la delibe- ración pueden actuar como vías complementarias a la hora de ampliar el espectro de presencia ciudadana, el tipo de sujeto democrático al que responde cada una de ellas es muy diferente. El esquema tradicional de participación ciudadana alude a un sujeto pasible de ser construido, de ser educado en su faz cívica, en miras a que practique una participación siempre activa, manteniendo un diálogo cara a cara con otros ciudadanos, del cual se obtiene como producto una cierta vara de homogenei- dad a través de consensos colectivos. Por el contrario, en las teorías de la delibera- ción, el sujeto mantiene sus particularidades y aporta su cuota de heterogeneidad, sometiéndose en virtud de su deber cívico a un proceso de co-aprendizaje colectivo en forma de debate público, con la posibilidad de interactuar en calidad de sujeto activo (orador) y/o sujeto pasivo (mero oyente).
Además de plantear sujetos diferentes, la participación y la deliberación como teorías políticas también ofrecen escenarios distintos para ellos. En este sentido, la construcción del sujeto en las teorías de la participación se encuentra orientada en función a una noción de auto-gobierno. Por ende, el mismo se halla rodeado de esquemas que promueven la formación de una ciudadanía activa, capaz de buscar por sí misma una solución colectiva a sus problemas, reforzando en general sus capacidades de expresión y de acción local o micro-política (Blondiaux, 2014). Por
18 Queda comprendido dentro de las concepciones deliberativas, por ejemplo, el con-
cepto habermasiano de sociedad civil (Habermas, 1998). Así también, las nociones de po- lítica de identidad y de influencia como las formas principales de politización cívica en la teoría de Cohen y Arato (Cohen y Arato, 1992). Según estos autores, la política de influen- cia busca ‘abrir al sistema político, haciéndolo receptivo a las demandas y reclamos socia- les’; mientras que la política de identidad busca ‘problematizar las identidades sociales existentes e introducir nuevos valores y discursos’ (Cohen y Arato, 1992: p. 526).