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2.1 Principales tendencias de la terminología

2.1.3 Enfoque cultural

2.1.4.2 Terminología de base sociocognitiva

De los planteamientos de índole descriptivo, pasamos a los aportes de carácter sociocognitivo propuestos por Temmerman (1995, 1997 y 2000). Mediante la terminología sociocognitiva, Temmerman se propone demostrar que existen conceptos/categorías que son perfectamente delimitables y que, por tanto, responden al ideal de univocidad y otros que no lo son porque presentan una estructura prototípica, es decir, que se caracterizan por tener polisemia, sinonimia y lenguaje figurado.

Según la autora, existen tres razones fundamentales por las que hay conceptos/categorías a los que no se puede aplicar el ideal de univocidad:

1) para la terminología tradicional un término no es polisémico; para la terminología sociocognitiva la polisemia existe en el discurso de los lenguajes de especialidad;

2) para la terminología tradicional un concepto sólo debería ser denominado por un

término; para la terminología sociocognitiva la sinonimia existe en el discurso de los lenguajes de especialidad;

3) para la terminología tradicional el lenguaje literal puede sustituir el lenguaje figurado, mientras que para la terminología sociocognitiva el lenguaje figurado es el motor que mueve el pensamiento.

Así, para la terminología de base sociocognitiva el conocimiento es dinámico y no estático, aspecto que conduce a la autora a proponer una diversificación en la metodología de la terminografía. Si un concepto está claramente delimitado, el principio de univocidad de la terminología tradicional puede aplicarse a la terminografía. Por el contrario, si una categoría muestra características de estructura prototípica, los métodos y los principios deben desarrollarse para poder incorporar la polisemia, la sinonimia y el lenguaje figurado en la descripción del significado.

El ser humano tiene la facultad de crear categorías en la mente cuya mayoría presenta una estructura prototípica. En este sentido, la terminología moderna considera que los elementos del triángulo semántico no son explotados cuando se trata de tres elementos que funcionan en un marco social. En concreto, podemos observar que la terminología sociocognitiva acepta la aportación de la semántica cognitiva y desarrolla la relación entre los tres elementos del triángulo semántico: mente, mundo y lenguaje.

En esta misma línea, surgen los trabajos efectuados por Bouveret et al. (1997) quienes presentan un caso concreto de colaboración entre científicos de diferentes disciplinas (biólogos, informáticos y estadísticos) en un proyecto de bioinformática que arroja resultados insatisfactorios. Los autores atribuyen el fracaso del proyecto a una falta de comunicación entre los expertos que habían utilizado los mismos términos, pero sin otorgarles el mismo sentido.

Bouveret et al. analizan el problema basándose en dos hipótesis teóricas:

(1) Para estudiar el funcionamiento de los términos se debe analizar el discurso en que aparecen. Dado que el discurso de cualquier disciplina está pautado por el punto de vista del objeto estudiado, es necesario especificar dicho punto de vista en cada caso.

(2) No existe una correspondencia estricta entre referente y concepto, ya que entre éstos se produce un trabajo de categorización. El proceso de categorización está determinado por el punto de vista, de modo que puede diferir entre disciplinas. Es

necesario, por tanto, confrontar las diversas categorizaciones, en lugar de contrastar los términos.

En el caso planteado por Bouveret et al., la transmisión de conocimientos entre los especialistas no era efectiva porque no compartían las categorizaciones y no tenían la capacidad de construir un referente común.

Con el fin de ilustrar esta situación, Bouveret et al. analizan los términos identité (identidad) y region codante (una secuencia determinada de ADN) y observan que detrás de estos términos existe una estructuración de la realidad diferente según el dominio al que pertenece el especialista: los campos conceptuales no coinciden, se discriminan diferentes aspectos del mismo objeto, no se selecciona la misma información como relevante, etc. Así, la realidad se percibe de manera diferente según el punto de vista y, dado que el punto de vista es intrínseco e implícito a la disciplina, el especialista no percibe la especificidad de su interpretación.

Bouveret et al. concluyen afirmando que la labor previa a cualquier colaboración interdisciplinaria consiste en sacar a la luz las divergencias relacionadas con el punto de vista, con el fin de construir un referente categorial y lograr el consenso de los términos que servirán de vehículo a la comunicación.

Por último, hacemos referencia a los planteamientos que desde esta misma perspectiva realiza Lara (1997). Lara entra por la puerta de la cognición inquieto por saber si la cognición y la significación constituyen un proceso único. Para ello, subraya que existe una necesidad de relacionar la lingüística y la psicología, aunque considera este proceso bastante difícil, ya que existen diferentes puntos de vista y objetos de estudio propios, así como intereses e instrumentos.

Para resolver dicho interrogante, Lara intenta definir el objeto de la lingüística y las presuposiciones que se tienen sobre la cognición y la significación. En lo referente al objeto de la lingüística, señala que se debe identificar el objeto de conocimiento; esto es, el

fenómeno de la manifestación verbal como síntesis de acontecimientos que tienen lugar en la mente (la verbalización no se puede separar del signo lingüístico). El signo lingüístico tiene aspectos cognoscitivos y correlatos neurofisiológicos, pero es necesario saber diferenciarlos.

En lo que concierne a la cognición y la significación, muestra que desde la creencia tradicional, los signos sólo nombran objetos y desde las investigaciones psicológicas, antes de la aparición de los signos lingüísticos, ya hay actividad cognoscitiva e inteligente.

Retomando a Piaget, Lara subraya que existen dos mecanismos psicológicos que surgen desde los primeros momentos de la vida de un niño: la asimilación de los estímulos y la

acomodación de las variaciones en los estímulos del medio al organismo. Cada proceso de

acomodación da lugar a esquemas de conocimiento. Ambos procesos se producen a través de los reflejos, activados por la herencia biológica de la que los individuos están provistos para sobrevivir.

Piaget afirma que la inteligencia se desarrolla por estadios: el bebé imita sonidos y movimientos de labios. Cuando logra disociar el movimiento de la reproducción de sonidos es cuando hallamos los primeros indicios del signo lingüístico en el niño. Para Lara, lo anterior equivale a señalar que el signo lingüístico se desarrolla a partir de esquemas de cognición anteriores. De ahí surge un primer apunte que revela la relación existente entre la cognición y la significación: la cognición precede a la significación, pero en cuanto

aparece el signo, la significación precisa y desarrolla la cognición.

En este sentido, Lara concluye señalando que la cognición y la significación son dos modalidades de la inteligencia humana estrechamente relacionadas, es decir, que para que una de ellas se dé es necesaria la otra, aunque deja claro que la actividad cognitiva se da antes que la actividad lingüística.

A manera de síntesis, se puede observar que los representantes de las aportaciones cognitivas de la terminología ya no se interesan por justificar que imagen, concepto y

representación existen independientemente de los signos que manifiestan. Igualmente, se

percibe desde esta perspectiva que si se aborda la misma realidad desde diferentes dominios, pueden surgir diversas conceptualizaciones debido a los diversos puntos de vista existentes.