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Transformaciones contemporáneas del mundo del trabajo

1. PRESENTACIÓN DE LA INVESTIGACIÓN

1.3 Referentes conceptuales

1.3.2 Transformaciones contemporáneas del mundo del trabajo

En la actualidad existe una serie de fenómenos que plantean transformaciones en la experiencia misma de la modernidad. Estas transformaciones han sido caracterizadas por diversos autores a partir de la idea de crisis de la experiencia y de los discursos en torno a la modernidad. Mientras algunos hablan de posmodernidad, sociólogos como Touraine cuestionan la utilización de esta noción en tanto supone una evolución de la modernidad. Este autor propone la desmodernización para referir las rupturas que se operan en la experiencia de la modernidad (Touraine, 2000). Otros autores como Beck plantean, en esa misma lógica de dar cuenta de las rupturas en la experiencia del individuo en la sociedad moderna, el paso de una modernidad sólida a una modernidad líquida. Este paso trae consigo crisis ecológicas, individualización y la entrada casi por completo en la globalización. Esta experiencia ha traído también consecuencias en el mundo del trabajo (Beck, 1999).

La modernidad sólida era la época del capitalismo pesado, de un vínculo muy fuerte entre el capital y la mano de obra. La supervivencia de los trabajadores dependía de la contratación; a su vez la reproducción y el crecimiento del capital dependían de esa contratación. Por su parte, la modernidad líquida, se caracteriza por un capitalismo liviano y flotante, signado por el desprendimiento y el debilitamiento de los lazos entre capital y trabajo. En la modernidad líquida, la flexibilidad es el eslogan; se caracteriza por una vida laboral cargada de incertidumbre, empleos regidos por contratos breves, renovables o directamente sin contratos, cargos que no ofrecen ninguna seguridad (Bauman, 2002).

Las nuevas tendencias del mercado laboral se caracterizan por una serie de situaciones para Castel (1997) tiene que ver con el debilitamiento de la condición salarial, la cual aseguró, además de una retribución salarial, el acceso a prestaciones fuera del trabajo y la posibilidad de acceder al consumo de servicios. Este debilitamiento configura lo que Castel denomina la “nueva cuestión social” caracterizada por la desestabilización de los estables, la instalación de la precariedad laboral y la presencia de un déficit de lugares ocupables en la estructura social, es decir, una posición con utilidad social y reconocimiento público.

Por su parte, Beck (2006) describe la crisis del trabajo desde la instauración de la flexibilización que ha tenido el derecho laboral, la localización del trabajo y el horario laboral, lo cual ha conllevado a un aumento de la incertidumbre y la desigualdad social.

En este marco de incertidumbre, precarización y flexibilización del trabajo se evidencia que hay una realidad de exclusión social o en términos de Castel una desafiliación. El trabajo no es solo un medio material para resolver las necesidades básicas de subsistencia, sino que tiene la virtud de propiciar la inscripción de los individuos en la vida social. En la actualidad, sin embargo, la empresa, el sistema y el mercado excluyen a diversos grupos poblacionales, entre los que se encuentran las personas con discapacidad, en una apuesta por la eficacia y la competitividad potencial de sus trabajadores y, por tanto, de sí mismas. Se genera así una parte de la población

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que no solamente no tiene empleo sino que no lo tendrá nunca, que estará excluida del sistema y de las posibilidades de subsistir. Esta exclusión del trabajo se traduce en exclusión de la construcción de lazos de cohesión social, es decir, en la desafiliación de las personas de la vida social. Quienes quedan excluidos del empleo, se quedan sin un lugar útil en la estructura social y sin reconocimiento público (Castel, 1997).

En América Latina, la precariedad laboral no es un fenómeno nuevo.

“Los contextos laborales de la región han sido históricamente muy heterogéneos y en muchos sectores y ramas de la economía ha persistido desde hace tiempo una fuerte precariedad estructural, mientras que el trabajo digno, con buenos salarios, condiciones adecuadas y protección social ha sido más la excepción que la regla” (Reygadas 2011, p.33)

Además, existe un predominio de la informalidad en América Latina que se caracteriza por empleos de baja productividad, al margen de la normatividad del mercado, con salarios inferiores al mínimo, sin reconocimiento de prestaciones sociales e incumplimiento de jornadas laborales. Esto revela que el sector de la economía en el que se encuentran las actividades más productivas, factores productivos de alta calidad y las mejores remuneraciones ha venido en descenso y consigo las oportunidades de mejorar la calidad de vida de las personas (Jiménez, 2012).

“La idea social de un empleo completo, entendido en el sentido formal con pagos regulares registrados disponibles para ser gravados con impuestos nunca fue una característica dominante de muchas economías intermedias como la de Brasil. Por el contrario, ésta ha sido una mezcla de esclavos y servidumbre, vendedores ambulantes, artesanos, jornaleros, trabajo agrícola migrante, trabajos esporádicos entre otros, así como de profesionales liberales, trabajadores de la industria, trabajadores del comercio y de servicios, y empleados del sector público. La mayoría de ellos continúa moviéndose en conjunto con lo “informal” como práctica dominante, a pesar de que no es el discurso dominante” (Spink 2011, p6).

Por su parte, García (2006) plantea una serie de características del mercado de trabajo en América Latina que recogen a manera de resumen los principales ejes analíticos que ponen en evidencia la precariedad laboral.

El primero es la ampliación de la insuficiente absorción laboral. Esto revela el aumento de los niveles de desempleo como un asunto estructural y de larga duración. El segundo, la importancia del trabajo no asalariado ligado a la subsistencia o a la pobreza. Es evidente la heterogeneidad del trabajo no asalariado, por un lado el autoempleo ligado a la pobreza y por otro lado, como refugio de mano de obra.

El tercer eje analítico es la permanencia de las exiguas retribuciones. El poder adquisitivo del salario mínimo en el siglo XXI se mantiene por debajo del observado en 1980 en la mayoría de los países latinoamericanos. El cuarto es la inestabilidad laboral frecuente. Importan las entradas y salidas de los trabajadores del mercado de trabajo y los cambios entre un tipo de ocupación y la dependencia laboral.

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El quinto hace referencia a la inseguridad en constante aumento. Al aumento de trabajadores temporales, con contratos transitorios o sin contratos de trabajo. El sexto eje analítico es el declive de la cobertura de la protección social.

El séptimo es la menor importancia de la negociación colectiva, relacionada con la baja participación en asociaciones gremiales y el octavo es la perdida en el ámbito de los derechos laborales.