• No se han encontrado resultados

u, progresistas de los grandes relatos de Lyotard En este sentido, y a pesar de las reservaciones u,

‘e

de Brunner, se podría hablar de una modernidad hispanoamericana muy intensamente vivida ‘e

e

durante los años sesenta y setenta, una especie de condensación de dos siglos de expenencía ‘e

u,

europea en menos de veinte años.90 Desde luego, en el ámbito más amplio de ‘e

‘e

Hispanoamérica, la Revolución Cubana de 1959 desempeña un papel paralelo al de la ‘e

‘e

Revolución Francesa en la modernidad europea, y es el hito inaugural de lo que Noten O

e

Lechner ha denominado “la inflación ideológica” del continente.9’ ‘e

u,

La disolución de esta inflación ideológica -o su “liquidación”, para volver al término U

e

de Lyotard- empezó a fraguarse simultáneamente, quizá, con la resaca del 1968 parisiense, vi

e

con la incapacidad de los procesos modernizadores en Hispanoamérica -apoyados por los u,

e

u,

‘e

90No ignoro la importancia del gran relato marxista (entre otros) en movimientos ‘e

hispanoamericanos anteriores: un testigo ejemplar es la vida y obra de Pablo Neruda, a partir ‘e de 1936. Sin embargo, estos movimientos empezaron a consolidarse de un modo mucho más ‘e

potente en la década de los sesenta.

U

‘e

91La inflación ideológica, según Lechner, existía en todas las tendencias políticas en ‘e

Latinoamérica durante estas décadas, y se caracterizaba por: (i) la “sacralización de los ‘e

principios políticos como verdad absoluta”, creando una fuerte cohesión interna en cada ‘e movimiento y una correspondiente “demonización del adversario”;

(u)

una “resignificación ‘e

de la utopía”, que se convierte en una meta factible, incluso una necesidad histórica, en cuya u, búsqueda se requería un espíritu de sacrificio y abnegación en el presente; (iii) la fuerza

U

utópica descansaba en una noción de la totalidad como una identidad plenamente realizada, 10 cuya visión totalizadora se desembocaba en una posición sectaria y totalitaria (Los patios

U

interiores de la democracia, Santiago, FCE, 1990: 107-108).

‘e

‘e

61 ‘e

‘e

e

e

e

e

• Estados Unidos- de poner fin a la pobreza, con el desgaste que la progresiva sovietización y

e

• el caso Padilla suponían a la Revolución Cubana, con la muerte de Che Guevara, abandonado

e

en el Oriente boliviano, con la crisis económica -provocada desde fuera y desde dentro- que

e

• paralizó la euforia socialista de la Unidad Popular, y con los sangrientos golpes militares en

• Chile, Argentina y otros paises hispanoamericanos. Según Lechner, la liquidación de esta • breve modernidad se experimentó en Chile de una manera trágica, y paradigmática: “En

e

• ningún país el fracaso de la visión heroica, casi prometeica, del desarrollo está tan a la vista

e

• como en Chile. Ni las políticas desarrollistas de Frei ni las reformas socialistas de Allende

e

• ni las medidas neoliberales de Pinochet cristalizaron en un proceso de transformación social

e

• sostenido y estable”. (113)

• Se ha acusado a Lyotard de “eurocentrista”, por intentar universalizar~el ‘gran relato

e

• del fin de los grandes relatos’ a partir de su propia experiencia como francés.92 Callinicos

e

• ha comentado la evolución ideológica de Lyotard desde el grupo cuasi-trotskista Socialisme • ou Barbarie en los años cincuenta a su posterior abandono del marxismo como uno de otros • tantos “hijos desilusionados de 1968” (4-5). En efecto, el gran relato que tiene mayor peso • en las teorías de Lyotard es sin duda el del marxismo. Esta perspectiva, que corresponde a

e

• un contexto específicamente francés y post-marxista, se presta muy bien, no obstante, al

e

• contexto latinoamericano de los años sesenta y setenta, con las ilusionesy desilusiones de sus

• 92véase el articulo ya citado de Ricardo Cuadros: “Lyotard (como Hegel en su momento, • como Marx en el suyo); piensa en el Occidente pero no sabe nada de Latinoamérica, no la

• alcanza a ver -o no le interesa esa periferia sino, quizás, como algo de lo ‘impresentable’ de

• la modernidad-. Bajo el chame de su escritura va y vieneun eurocentrismo cenado sobre

• sí mismo” (39). A Cuadros, le molesta la generalización eurocentrista de Lyotard no sólo • porque habla del fin de un metarrelato cristiano todavía vigente en América Latina, sino • también porque da por sentado que un estudio dedicado explícitamente a la condición del • saber en las sociedades más desarrolladas, debería tener validez también entre las • sociedades menos desarrolladas de Occidente. Habría que recordar que Lyotard se cuida -de • hecho, se cuida demasiado- de no formular relaciones causales entre el estado de desarrollo • de la sociedad y la condición del saber (Véase, por ejemplo, La condición oostmoderna: 75).

e

• 62

e

e

U

u,

vi

vi

e

puestas en práctica del gran relato marxista. De ahí que Lechner, y con mayor profundidad

y pasión el también chileno Martín Hopenhayn, en su libro Ni aDocalioticos ni inte2rados

vi

u, (1995), hayan podido desarrollar los planteamientos de Lyotard con resultados de innegable

interés.

‘8

e

Hopenhayn, que se reconoce dentro de “una generación de latinoamericanos perdidos, que llegó tarde a la épica de los 60, alcanzó a respirar su resaca, se desencantó y tuvo miedo,

vi

pero no se resigna ni al cinismo ni al nihilismo de fin de siglo”,93 señala una visión muy ‘e

‘8

postmoderna de las distintas consecuencias de esta etapa post-revolucionaria en Chile: (i) la ‘8

*

resignificación de la existencia personal sobre la base de una suma de “pequeñas razones” que ‘e

e

nunca suman una “razón total”;

(u)

el paso de la utopía al “adhoquismo”; (iii) la renuncia a ‘e

e

la voluntad de la ruptura; (iv) el reconocimiento de la fragmentación social como una realidad ‘8

U

inexorable, o la aceptación de un nuevo tipo de totalización económica transnacional; (y) la

‘e

‘e

acelerada desterritorialización, producto de la globalizacióñ de las comunicaciones (19- ‘e

e

21).

‘e

U

e

‘8

Jameson en Hispanoamérica ‘e

‘e

Documento similar