I. MARCO TEÓRICO
3. La comunicación institucional en las Universidades Públicas
3.4. Valor de la comunicación universitaria: la difusión de la ciencia
La centralidad de la ciencia y la tecnología en el mundo actual, así como su es- trecha vinculación con el desarrollo, hacen urgente la promoción de las activi- dades científicas a través de distintas vías, entre las que se incluye la comu-
nicación científica, en sus diversas manifestaciones como son el periodismo y la divulgación.
Se ha especulado mucho sobre la escasa cultura científica de los ciudadanos, que muchas veces no comprenden ni lo que se hace en ciencia ni todos los fac- tores (económicos, políticos, sociales y culturales) que se encuentran asociados a la producción y aplicación de conocimientos. Las Universidades, como centros productores de saberes y como núcleos que concentran grupos y centros de in- vestigación, están llamadas a promover la comunicación científica, comenzando por la casa y continuando por el resto de la sociedad (Ferrer, 2005). A juicio de la citada autora, este potencial se debe explotar para lograr varios objetivos:
• Fortalecer la imagen interna y externa de la Universidad, explicando cómo sus investigadores contribuyen al avance del conocimiento.
• Contribuir con la educación no formal de los ciudadanos, informándoles so- bre los diversos aspectos de la investigación científica que se desarrolla en las Universidades.
• Estimular la participación de los investigadores en la difusión del cono- cimiento, a través de mecanismos de divulgación en los medios de comuni- cación.
• Contribuir con la discusión pública de temas de gran actualidad en los cuales los científicos tienen mucho que aportar.
Del mismo modo, según Ferrer (2005), cabe destacar la contribución de la Universidad con la formación de opinión sobre temas puntuales, y recurre a Cal- vo para poner de manifiesto la desconfianza e incertidumbre que hoy día pre- senta el ser humano ante la ciencia. Ello trae como consecuencia que se abra una brecha entre el ciudadano común y el investigador científico porque al primero no le queda más que «aceptar pasivamente las afirmaciones del segundo», lo cual lo vuelve indiferente y lo aleja del mundo de la ciencia (Calvo, 2003: 186).
La difusión del conocimiento científico ha sido tradicionalmente el campo en el que con más energía se ha intentado cimentar la proyección externa de la acti- vidad universitaria: hacer llegar a la opinión pública los frutos de la investigación universitaria(Miraz, 2005). Y es que, como argumenta Losada-Díaz (2002: 156), «la sociedad pide cuentas a la Universidad y le exige que el resultado de su tra- bajo tenga una utilidad que trascienda lo meramente especulativo. Por ello, la institución universitaria debe ser absolutamente permeable y hacer de las preocu- paciones de ésta el objeto de su labor científica. Y debe, además, hacerlo en- tender».
El acercamiento al público de los temas de ciencia que pueden parecer lejanos es una de las posibilidades que brinda la comunicación pública de la ciencia uni- versitaria: la conquista del espacio, los desarrollos de nuevos medicamentos, los avances y dificultades en la labor de investigación, por ejemplo, pueden ser co- mentados, explicados y analizados por los investigadores de las Universidades y centros de investigación, que pueden hacer más cercanos y comprensibles estos avances y despejar las incógnitas que muchas veces dejan abiertas las noticias procedentes de las agencias de prensa internacionales que, en muchos casos, son la materia prima informativa de diarios que circulan en ciudades con grandes y sólidas Universidades. Por ello, «los medios a cargo de instituciones vinculadas a la ciencia y tecnología tienen la posibilidad de constituirse en espacios para la in- formación y análisis profundo y documentado sobre los avances de la ciencia, cumpliendo una labor divulgativa necesaria en los tiempos que corren» (Ferrer, 2002: 77-80).
Para esta autora, el trabajo de los gabinetes de prensa para la difusión de la ciencia y el ejercicio del periodismo científico se encuentra con muchas posibi- lidades en relación con la labor de los reporteros que cubren ciencia y tecnología desde los medios: en primer lugar, porque estar donde se produce la noticia y ser compañeros del equipo de la misma institución implica mucha más cercanía entre científicos y periodistas y, en segundo lugar, por la ventaja del tiempo. «Si el tiempo es oro, los periodistas científicos institucionales tienen más del dorado mineral para que sus materiales informativos brillen entre todos». Según Ferrer (2002: 78), para la ciencia suele ser prioridad la comunicación de igual a igual mediante la revista especializada, cuyo lenguaje suele estar alejado del que ma- nejan a diario los comunicadores. Por lo que, de igual manera, el trabajo de los gabinetes de prensa en estas instituciones puede ser de gran valía en los medios de comunicación locales, que tienen poco presupuesto y personal y no disponen de periodistas especializados en educación, ciencia o tecnología.
A esta diferencia entre el interés científico y periodístico también alude Burh- nam (1988: 196),al señalar que «a la mayoría de los periodistas solo le interesa la ciencia y la tecnología si ésta cura definitivamente el cáncer. Por el contrario, a los científicos solo les interesa la ciencia si ésta está escrita en latín, contiene abundantes fórmulas matemáticas y en el artículo queda claro que, en realidad, lo que en él se cuenta no es especialmente trascendente o importante. Estas ac- titudes tan encontradas entre ambos colectivos han generado que, en el caso de la divulgación científica, se haya propiciado el antiperiodismo».
De otro lado, hay otros autores que consideran que aunque parezca que los científicos, educadores y divulgadores tienen la necesidad de hacer llegar y hacer partícipes a la sociedad de la ciencia y la tecnología que los especialistas van construyendo y desarrollando (Blanco, 2004), sin embargo, la postura de los agentes implicados ante la divulgación es diversa: por un lado, los científicos ol- vidaron e, incluso, menospreciaron la difusión de los logros de la ciencia por
considerarla una depreciación del «verdadero saber» para pasar a necesitarla to- mando conciencia de que la opinión pública influye sobre los fondos privados y públicos que necesitan para llevar a cabo sus investigaciones. Desde una perspec- tiva u otra, no se sienten «comunicadores». Por lo que se prefiere poner la tarea en manos de un experto en técnicas de comunicación, evitando así caer en el peligro de degenerar la ciencia(González y Jiménez, 2005).
Por ello, Ferrer (2002)concluye que los periodistas institucionales son quienes con su trabajo serio y sostenido deberán dar los primeros pasos y acercarse a los investigadores para establecer una relación profesional fructífera para las Univer- sidades, centros de investigación y toda la sociedad, la cual tiene derecho saber qué se hace en esos organismos cuya financiación pública los obliga a dar res- puestas y a rendir cuentas a las comunidades.
Marín (1992: 6) hace referencia en este punto a la tendencia oscurantista que caracteriza a la cultura universitaria y que impide la efectividad de cualquier re- planteamiento de las tareas y los objetivos comunicativos de las instituciones: «la Universidad está genialmente pensada para que la información no fluya. El cor- tijo feudal de los científicos: no saben traducir su información, o no saben valo- rarla, o intentan conseguir algo a través de ella. Nuestra profesión no es nada cómoda».
La Universidad de La Rioja ha editado el Manual «on line» de Comunicación para Investigadores (http://comunicaciencia.unirioja.es/), la primera guía de di- vulgación científica en formato digital publicada en España para facilitar la co- municación de los investigadores con el público no especializado. La obra reúne pautas, consejos útiles y algunos ejemplos prácticos para acercar los contenidos de la ciencia al público no especializado.
Como expresa Mateo (2011) en la presentación de la guía: «La ciencia no es algo alejado de la gente de a pie. Aunque no siempre seamos conscientes de su proximidad, condiciona cómo nos alimentamos, qué tejidos nos visten, cuánto tiempo vivimos, qué combustible mueve nuestros coches o cómo nos matamos en las guerras. Ya que los resultados de las investigaciones científicas nos afectan tanto porque marcan la dirección del progreso, la ciencia (que además se financia en gran medida con dinero público) no puede ser algo inaccesible, solo para ex- pertos. Como ciudadanos, tenemos derecho a tener una información de calidad que nos sirva para dar respuesta a nuestras dudas y para crear nuestra propia opinión. Porque no se puede opinar de lo que no se conoce. Los medios de co- municación son muy responsables de que esto se cumpla, pero también la comu- nidad científica, con su actitud hacia la sociedad, tiene mucho que aportar».
Del mismo modo, se expone que «comunicar lo que se investiga es la otra cara de la tarea investigadora. Una sociedad más culta en ciencia se compromete me- jor con aquello que los científicos se traen entre manos. La tarea investigadora
necesita buenos aliados. Solo así los políticos, los legisladores, los comunicadores, los empresarios…, se sentirán urgidos para dar a la I+D+i el peso que ha de te- ner en un país desarrollado. Si el investigador permanece ajeno a la sociedad, ensimismado en su mundo, al margen del bien y del mal, aunque cumpla con su primera obligación (investigar) habrá ignorado la oportunidad de impulsar la cul- tura científica en los ciudadanos y, con ello, la valoración que hacen de su papel en la sociedad. Por otra parte, entusiasmar a los escolares es el mejor camino para promover vocaciones científicas entre los más jóvenes» (Martínez-Saez, 2011).
El Manual muestra también en la introducción la diferencia entre comu- nicación y divulgación. Por comunicar (lat. comunicare) entendemos «hacer a al- guien partícipe de lo que uno tiene» (RAE). En nuestro caso, «comunicar la cien- cia significa compartir nuestras teorías y conocimientos, los nuevos y aquellos ya consolidados que ayudan a comprenderlos. La comunicación exige utilizar un lenguaje asequible, usar herramientas explicativas o didácticas, como son las me- táforas adecuadas, y servirnos de imágenes y animaciones que permitan vi- sualizar los fenómenos. La comunicación implica actualidad, noticia…». Por di- vulgación (lat. divulgare) se entiende «extender, poner algo al alcance de la gen- te que no es experta». Se reserva entonces el término de «divulgar» para describir aquellas acciones que pretenden «extender los conocimientos científicos y tec- nológicos con independencia de si son novedosos o de actualidad» (Martínez- Saez, 2011).
El manual ha sido elaborado por especialistas en divulgación científica de di- versos ámbitos y aborda situaciones tan concretas como: «cómo redactar un ar- tículo divulgativo», «cómo preparase para una entrevista en televisión», «cómo elaborar una nota de prensa», «cómo diseñar tu imagen en Internet», «cómo pre- parar una charla o una exposición» o «cómo organizar actividades y talleres».