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Vida cotidiana de los langreanos 142 

In document Lanngreo Libro Langreo Libre (página 142-145)

CAPITULO XVII: EL PASO A LA SOCIEDAD INDUSTRIAL 133 

6. Vida cotidiana de los langreanos 142 

En aquellos tiempos a que nos venimos refiriendo todavía usaban los langreanos el traje regional, "de casín" los hombres, y de "aldeana" las mujeres; no había casinos, ni teatros, ni cafés ni otros goces y refinamientos; la gente sólo se divertía una vez al año en algunas romerías y los domingos y días de mercado jugando a los bolos, a los naipes o tirando a la barra; la música popular era la gaita y el tambor, así como también el pandero, pandereta y las castañuelas, cantando romances, bailes y danzas; entonces se alumbraban por velas de sebo, el candil de candelera, el velón, el candil de esquisto y el quinqué, hasta que vino la lámpara eléctrica; la gente hablaba aún el bable dulce y melódico; en los batanes y "filando" en casa se preparaban los paños, sayales, bayetas y las estameñas en que se vestían; en las andechas se ayudaban los vecinos unos a otros en las faenas del campo; las gentes eran sencillas, ingenuas, y creían en el trasgu, la guaxa, la güestia y en los fantasmas; los mozos iban a "cortejar", y en las romerías andaban en "quimeras o palizas", por antroxu salían las comedias de guirrios, e iban de aldea en aldea para divertir a la gente; el molineru, el ferreru y el madreñeru eran los personajes más importantes de la aldea; el langreano era amigo de comilonas y francachelas, siendo lo típico de su antigua comida el pote de fabes, castañas, la sidra, les ablanes, nueces turraes, la leche cuayá, les fariñes, la boroña, etc; con su carácter socarrón y con los apodos y motes se bautizaban unos a otros, algunos de los cuales eran una síntesis psicológica caricaturesca del individuo a quienes motejaban. Para hacer el viaje a Madrid había que ensillar los caballos y luego había que coger en Mieres la silla de postas que conducía a los viajeros hasta la Corte. Dice Miñano en 1826: "sus juegos son: tendere, ventana, quince, etc, y se usa mucho del mediador entre las gentes de distinción".

Por esta época, en el último tercio del siglo XIX, predominaban mucho las tertulias caseras de la clase media, donde se jugaba a las prendas o a la lotería alrededor de una mesa al abrigo del brasero, o la gente joven al baile o a escuchar inocentemente un concierto y demás músicas de moda cantadas por aficionados al piano. Los bailes más en boga eran el vals, la gavota, la contradanza y el rigodón.

La gente se divertía en las romerías que se celebraban por las fiestas de El Corpus, San Lorenzo, El Carbayu, Santa Eulalia, el Carmen de Lada, Santa Apolonia, San Juan y San Pedro.

Para comunicarse entre sí las diferentes aldeas, lugares y pueblos, además de los antiguos caminos de herradura, los senderos, atajos, veredas y los viejos caminos,

restos de las calzadas romanas, estaba también el "camín real", que descendía por la margen y orilla del Nalón para comunicarse con Laviana, Caso, Oviedo y Gijón.

Aún para los caminos vecinales hallábase establecida y autorizada, desde tiempos inmemoriales, la prestación personal bajo el nombre de sestaferia, porque ordinariamente era el viernes designado con este nombre en la literatura eclesiástica el día que se dedicaba en la semana a esa clase de trabajos, a los cuales se les dio también el nombre de servicios de concejada. Estaba establecido este derecho consuetudinario de la prestación personal o servidumbre rurales para la construcción, conservación y reparación de los caminos, y era obligatorio veinte días al año entre la edad de los 16 a los 50 años.

Si he traído a este sitio preferente estas noticias de la vida popular langreana aunque parezcan nimias, es porque creo que contribuyen siempre a dar idea de la manera íntima de ser de un pueblo.

Progresivamente han ido desapareciendo las antiguas costumbres y tradiciones de los tiempos pasados por la transformación profunda y los radicales cambios de la vida moderna, siendo sustituidas por otras que son consecuencia del progreso material y científico de nuestro tiempo y de los nuevos inventos del vapor, la electricidad, el telégrafo, el teléfono, el motor de explosión, el aprovechamiento del carbón como combustible, las fundiciones de hierro, los progresos de la física, de la química, de la medicina, de la aviación, del automóvil, etc.

Así vemos cómo han desaparecido también aquellas antiguas tertulias caseras que constituían uno de los mejores recursos para pasar agradablemente las interminables veladas del invierno.

Para poder comprender mejor cuál era la situación, la fisonomía, el ambiente, los usos y costumbres y las actividades sociales y económicas de nuestro concejo en aquellos años del XIX, cuando no había llegado aún hasta aquí ni la carretera carbonera, ni el ferrocarril de Langreo, y cuando aparecían los primeros síntomas y balbuceos de la minería del carbón, reproducimos este texto de La Aldea perdida de Palacio Valdés, que nos da una idea realista y muy aproximada de la fisonomía y carácter de nuestro Concejo en aquellos tiempos; aunque se refiere a Laviana, bien podemos extrapolarlo para Langreo por las proximidades de vecindad y por las idénticas costumbres, clima y actividades.

"Llegó el otoño; las vegas comenzaron a ponerse amarillas, el ganado bajó del monte; los paisanos se prestaron a cortar el maíz. Así que lo cortaron, después de tener los buenos días en la vega en pequeñas pirámides que llaman "cucas", lo acarrearon a las casas. Reinaba en la aldea gran animación. Chillaban los carros por los caminos; derramábase la gente por las eras; cantaban los mozos en las castañales sacudiendo con sus varas largas el erizado fruto, ahumaban los hogares. Una brisa fresca, perfumada de trébol y madreselva corría por el campo. Unos iban al río y con los calzones remangados entraban en él y pescaban con atarraya y con caña las sabrosas truchas salmonadas, las anguilas y lampreas; otros sacudían los castaños, amontonaban los erizos en un cerco hecho de piedra para que allí se pudran y dejen suelto el fruto; otros aguijaban los bueyes delante del carro; otros fabricaban madreñas debajo del hórreo. Las mujeres los ayudaban unas veces en las eras otras en casa, amasando y cocinando la borona, otras por fin, en el río, lavando su ropa manchada por el polvo y el sudor, riendo, cantando siempre, esparcían por el valle la alegría. Cuando la noche lleva los rapaces que apacentaban el ganado por las colinas, bajan al pueblo tañendo silbatos hechos de caña de saúco y las montañas repiten dulcemente sus sones acorados. Las fuentes murmuran, los sapos cantan, la brisa se

calla, y un manto negro recamado de estrellas, se extiende al cabo sobre la campiña feliz.

Por la noche solía haber "esfoyaza", la faena de descubrir las mazorcas y atarlas en ristras. Cada día acudían los vecinos a cada casa de uno de ellos para ayudarle; generalmente eran los jóvenes. Reunidos en una estancia, mozos y mozas a la luz del candil, pasaban la velada alegremente, bromeando, cantando, requebrándose, mientras poco a poco, las doradas espigas salen de sus envolturas y se enristran para adornar después los corredores y los hórreos. Después venía el recoger la manzana de las pomaradas y la fabricación de la sidra, que era asunto de gran interés. Cuando ya se arregla la prensa, la viga, el huso, fréganse las pipas y barricas y se renuevan los arcos que se han perdido. Un grato aroma de manzana madura se esparce por todo el lagar. Después viene el momento de pisarla, y los mozos, empuñando sendos mazos, machacan el fragante fruto en duernos de madera. Después de machacarla, se transporta a la prensa, y cuando hay bastante se exprime para dar paso a la sidra". "Más tarde, en las largas noches invernales, casi siempre hay lluvias. Solían también reunirse en las más principales casas algunos vecinos, la mayor parte viejas mujerucas para hilar. Estas "filas" siempre se celebraban en las cocinas, por ser las más espaciosas y calientes de la casa.

Mientras, se escuchaba el gotear de la lluvia o el sordo rumor del viento en las ramas secas de los árboles, se narraban cuentos, se murmuraba, se comentaban sucesos antiguos, se hacían profecías, las mujeres se comunicaban sus achaques y los hombres se lamentaban de la escasez de las cosechas".

Antiguamente, el suelo langreano estaba cubierto de espléndidas vegas de maíz, y sus hórreos ceñidos por las colgaduras de las amarillas riestras del dorado fruto como necesaria base para les fariñes y la boroña, indefectible alimentación en las humildes caserías de la aldea. Además de proporcionar al labrador alimento para su familia y para su hacienda (cerdos, gallinas, etc), también suministraba mullido para su lecho con las hojas secas que cubrían la panoya (esta era también la limosna que se daba a los pobres), combustible para el hogar, y ceba para las vacas con el "narvaso" reunido en "cucas" para estos fines.

Existía también en nuestro concejo gran abundancia de castañedos que permitían, con la cosecha de las castañas, disfrutar de las otoñales fiestas de los amagüestos con las primicias del fruto recién sacado de la cuerria y del zumo de la manzana que empieza a hervir en la pipa de sidra. En el encanto de las patriarcales veladas de invierno, sentados en los escaños ahumados, al pie del llar donde la leña arde y el pote de castañes hierve, no le faltaba al labrador langreano o bien las harinosas corbates o las cenicientas del forno o las negras del farol o las sabrosas pulguines o las dulzonas mayuques.

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