• No se han encontrado resultados

VIDA DE LAS PALABRAS

LAS FRASES Y LAS PALABRAS ESTRUCTURA DE LAS PALABRAS 335 manera, entre sí o con otros eslabones, para formar una

15. VIDA DE LAS PALABRAS

15.1. El léxico español

15.1.1. El caudal léxico Es opinión muy extendida que la riqueza de una lengua consiste en el número de palabras de que dispone, enten- diendo por tales las que son recogidas en los diccionarios. Con esto se da por supuesto, o bien que todos los diccio- narios de una lengua contienen igual número de pala- bras, o bien que existe para cada lengua un diccionario «oficial» del cual serían adaptaciones o resúmenes todos los demás.

Un diccionario de una lengua es una recopilación y explicación —normalmente por orden alfabético— de las palabras de esa lengua. Pero la recopilación nunca puede ser total, pues para ello sería preciso que abarcase todos los vocablos que se han usado en dicha lengua desde que esta nació hasta el mismo momento en que se publica el diccionario; tendría que recoger la totalidad de las voces que se han usado y se usan en todas las regiones, hasta el último rincón, pertenecientes al área de esa lengua; habría de incluir todos los términos empleados por cada uno de los individuos considerados como hablantes de tal lengua,

desde los científicos y los profesionales —con toda la ex- tensa terminología empleada en cada rama del saber— hasta los maleantes —con sus variadas y cambiantes jer- gas—, pasando por los zapateros, los impresores, los pes- cadores, los deportistas, los poetas, los mecánicos, los artistas, los soldados, los toreros, los políticos, los cultiva- dores de las mil actividades en que pueden entretenerse los miembros de una sociedad. Hacer un registro comple- to de todo eso sería absolutamente imposible, no ya para una persona, sino para un equipo de especialistas, por muy nutrido que fuese y por muy dotado de medios que se encontrase. Un diccionario es siempre, forzosamente, una recopilación parcial de las voces de un idioma, y el acopio que de estas realiza se somete siempre a criterios restrictivos más o menos rigurosos.

La mayoría de los diccionarios tratan de recoger el vocabulario «general» de la lengua, es decir, todas aque- llas voces que son de uso común para la generalidad de los hablantes (aunque cada uno de estos, por su particular ignorancia, desconozca muchas de ellas), incluyendo las voces que, aunque pertenecientes a distintas ciencias y actividades, no son de uso exclusivo de los cultivadores de estas. (Solo los diccionarios enciclopédicos incluyen tam- bién —aunque sea en forma muy reducida— los términos propios de cada especialidad.) Ño es nada fácil, de suyo, discriminar cuáles son las palabras que constituyen ese vocabulario «general» y cuáles son las que no. Pero ade- más los diccionarios suelen interpretar de una manera algo libre este principio, y acogen multitud de palabras que son «generales» en unas determinadas regiones y solo en ellas; y dan cabida a abundantes vocablos que fueron (o se supone que fueron) «generales» hace quinientos o seiscientos años. En cambio, excluyen muchas palabras

que son demasiado «plebeyas», aunque todo el mundo las conozca, y muchas otras que «no son correctas» por ser de circulación todavía reciente.

En definitiva, la manera de interpretar el ideal de re- coger el vocabulario general, todo el vocabulario gene- ral y nada más que el vocabulario general es diferente en los distintos diccionarios; y si a ello se añade la finalidad concreta con que cada uno se redacta, resulta que podemos encontrarnos con una gama de dicciona- rios que oscila entre las treinta mil palabras —que con- tiene un diccionario de bolsillo— y las trescientas mil —que llegará a abarcar el Diccionario histórico de la Aca- demia '—.

Pero, si no es posible llegar a saber exactamente de cuántas palabras dispone un idioma, sí podríamos estable- cer, apoyándonos en el contenido de los repertorios más extensos, que «no tiene menos» de un determinado nú- mero de palabras. Así, en el caso de nuestra lengua podríamos asegurar sin duda que sus voces no son me- nos de trescientas mil, de acuerdo con los datos que hemos visto.

' 30.000 voces son las que, según su portada, contiene el Diccionario Iter, de bolsillo; algo más de 300.000 puede estimarse que serán las registradas por el Diccionario histórico de la lengua española cuando termine su publicación en fascículos, que inició en 1960 la Real Acade- mia Española. El más conocido de los diccionarios españoles, y también el más importante en cuanto que sirve de base a todos los existentes, el Diccionario «común» de la Academia, registra en su edición de 1984 unas 100.000 palabras. Conviene tener en cuenta que ninguno de los diccio- narios extensos, ni aun el Histórico, registra el vocabulario especial (ex- clusivo) de cada ciencia y cada técnica; se ha calculado que solo la terminología de la química rebasa las 300.000 palabras.

344 LAS FRASES Y LAS PALABRAS 345 15.1.2. La «riqueza»

Ahora bien, es pueril dar a estos recuentos alguna sig- nificación en orden a determinar la riqueza de un idioma. Ante todo, el concepto de «riqueza» no puede incluir, junto a lo que se tiene, lo que se ha tenido; como el concepto de «población» de un país no puede comprender juntamente los habitantes que pueblan sus ciudades y campos y los que yacen en sus cementerios. Habría que descontar del total de voces contenidas en los diccionarios las que han muerto, las que ya no usa nadie. Por otra parte, tampoco la riqueza de una lengua consiste en el número de palabras vivas que se pueden censar en un diccionario; la idea sería tan errada como, en economía, suponer que la riqueza de un país se cifra en la cantidad de oro que atesora. Es, sí, un factor de riqueza del idioma; pero no es «la riqueza». Donde esta se encuentra de verdad es en la capacidad de sus hablantes de hacer un uso eficaz de todos los recursos que les ofrece la lengua, cuyo número es indefinidamente grande y no tiene más limitaciones que las impuestas por la incompetencia de sus usuarios.

En principio, cualquier idioma sirve para comunicarlo todo, pues al caudal de palabras heredado de sus mayores pueden los hablantes incorporar, en caso de necesidad, palabras prestadas por otros idiomas o creadas según diversos procedimientos; de manera que nunca debe ha- blarse en rigor de pobreza o riqueza de una lengua, sino de pobreza o riqueza intelectual de cada uno de sus hablantes.

15.1.3. La vida del léxico El léxico de un idioma, el conjunto de las palabras que están a disposición de sus hablantes, no es permanente e inmutable. Las palabras no tienen ganada su plaza por

oposición. En una forma más imperceptible, pero no menos intensa que los seres humanos, están sometidas a un movimiento demográfico constante. En cada momento de la vida del idioma hay palabras que entran en circulación, palabras que están «en rodaje», palabras que se ponen de moda, palabras que cambian de forma, palabras que cambian de contenido, palabras que caen en desuso y que acaban por ser olvidadas. La vitalidad de las voces es muy diversa: unas existen en el idioma «desde siempre»; otras se

incorporaron a él en distintas épocas, en la Edad Media, en los siglos modernos, en nuestro tiempo; otras nacieron, también en distintos momentos, de aquellas primeras palabras o de las adoptadas después; otras, en fin, son libre invención de los hablantes. Por otra parte, las hay muy usadas, que forman parte de la expresión de todo el mundo, junto a otras de empleo escaso, que rara vez se oyen o se leen. Unas, sobre todo las más antiguas, han visto alterados sus fonemas —a veces profundamente— con el paso del tiempo; otras han estrechado, ensanchado o transformado su significado; otras han evolucionado a la vez en uno y otro aspecto; son relativamente pocas las que no han sufrido cambio de una manera o de otra.

15.2. El léxico heredado

15.2.1. La herencia latina Nuestra lengua, como ya vimos en el capítulo 3, es una lengua románica, es decir, una forma moderna del latín. De aquel latín hablado en la Península Ibérica durante el dominio de los visigodos, se mantiene vivo en el español de hoy, aparte de las líneas generales de su gramática, un contingente importante del léxico. Infinidad de palabras

346

fundamentales de nuestro idioma pertenecen a estos con- tingente: numerosísimos verbos, entre ellos los principales

(haber, ser, estar, tener, poner, ir, dar, querer, saber, hacer, decir, comer, beber, nacer, vivir, morir...); muchos de los

adjetivos más usuales (bueno, malo, grande, alto, fuerte,

vivo, feo, viejo, sabio, feliz, triste, pobre, ancho, negro...);

todos los artículos y pronombres (el, un, yo, tú, él, ella, este,

quien, todo, mucho, poco...); todos los adverbios fun-

damentales (aquí, ahí, allí, entonces, ahora, ayer, hoy, ma-

ñana, bien, mal, más, menos, sí, no...); casi todas las pre-

posiciones; las conjunciones más importantes (y, ni, o,

pero, mas, que, si, pues, cuando...), y, sobre todo una gran

cantidad de nombres designadores de las más variadas realidades: el mundo físico (sol, luna, tierra, mar, río, valle,

monte, cielo, campo, mundo, agua, aire, fuego, luz...), la

fauna y la flora (bestia, caballo, gato, asno, mulo, toro,

puerco, mosca, ave, pájaro, gallo, pez, árbol, fruto, hoja, flor, semilla, hierba, trigo...), la agricultura y los oficios (arado, trillo, yunta, cosecha, barbecho, martillo, pala, cuchilla...), los

materiales (madera, hierro, piedra, tela, lana, cuero...), los alimentos (pan, vino, carne, harina, leche, queso,, sal...), la vivienda (casa, pueblo, puerta, techo, teja, ladrillo, pared,

lecho, mesa, silla...), la familia (padre, madre, hijo, hermano, abuelo, nieto, cuñado, suegro...), el cuerpo (cuerpo, hueso, pellejo, cabeza, nariz, boca, ojo, brazo, mano, dedo, pie...),

etc.

15.2.2. Elementos incorporados al latín

El caudal léxico español en que hoy se perpetúa, sin solución de continuidad, el léxico latino hispanogodo con- tiene elementos procedentes de otras lenguas, los cuales habían sido incorporados a aquel idioma y por tanto corresponden plenamente al mismo legado. Muchas de

esas palabras que no eran latinas originariamente, pero que fueron adoptadas por el latín, venían del griego, como

palabra, cada, tío, baño, bodega, limosna, iglesia, obispo;

otras procedían del celta, como camisa, cargo, legua, cer-

veza.

Muchas palabras de origen germánico habían sido to- madas por el latín general a través de los contactos entre el Imperio romano y los germanos en los siglos i al IV, y otras de la misma procedencia pasaron solo al latín de algunas regiones a partir del siglo v, como consecuencia de las invasiones germánicas (recordemos que en Hispa-nia la dominación visigoda duró hasta comienzos del siglo VIH). Muestras de las dos oleadas de palabras germánicas son, en el español de hoy, numerosas voces, algunas tan comunes como

blanco, rico, guardar, guerra, tregua, espuela, falda, guisar, gana, ropa. (V. § 3.3.3.)

A todos estos elementos hay que añadir algunos escasos términos supervivientes de las viejas lenguas indígenas de la Península, que también fueron asimilados por el latín hablado en ella, como gordo, páramo, arroyo.

15.2.3. Evolución formal

Todo este léxico que está en la base de nuestro idioma, y que es el primer vocabulario de la lengua cuando esta surge como dialecto con rasgos propios en medio de otros dialectos hermanos (fenómeno que ocurre, como dijimos, a lo largo de los siglos Vil a ix), ha tenido que sufrir, en sus formas y en sus contenidos, no pocos cambios motivados por el paso del tiempo. Así, en estas voces, las vocales latinas /e/ y /o/ abiertas, en posición tónica, se convirtieron en los diptongos /ie/, /ue/ (terram pasó a ser tierra, bonum pasó a ser bueno); las vocales interiores átonas a menudo desaparecieron (dominum se hizo dueño); las con-

349