En “Homelessness and the Issue of Freedom”, texto publicado originalmente en 1991, Jeremy Waldron ensaya un inusual punto de vista sobre la libertad entendida en forma negativa que me propongo ahora examinar a la luz de las cuestiones que quedaron planteadas con motivo de la crítica formulada por el propio Waldron a la teoría de Pettit. El tema de “Homelessness…” es la relación que existe entre las normas que rigen la propiedad pública y privada y la libertad de las personas que, carentes de hogar, se ven obligadas a pasar sus días y sus noches en las calles. Uno de sus objetivos consiste en controvertir la posición según la cual las personas pobres no son menos libres que las que no viven en la pobreza. Pero, en esta controversia, Waldron no quiere apartarse siquiera un poco de la estricta tradición negativa que sostiene que libertad es llanamente la ausencia de obstáculos externos.
Waldron comienza por sentar algo que considera evidente: “Todo lo que se hace tiene que hacerse en algún lugar. Nadie es libre para realizar una acción a menos que haya un lugar en el que sea libre para realizarla” (1993, 310). Ahora bien, las normas relativas a la propiedad cuentan entre sus funciones la de darnos una manera de determinar a quién le está permitido estar en determinado lugar y a quién no. Así, “es característico de la propiedad privada que alguna persona legal en particular tenga el poder de determinar a quién se le permite estar [who is allowed to be] en la propiedad” (310). Al respecto, la idea de tener permitido [being allowed] es clara; expresada en forma negativa nos dice que un individuo “que está en un lugar donde no le está permitido estar puede ser retirado [removed], y puede hacerse sujeto de sanciones civiles o criminales por violación de propiedad o por alguna otra transgresión similar” (310-311).
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Pero así como muchos lugares están regidos por normas de propiedad privada, otros lo están por normas de propiedad colectiva. En los lugares en que rige la propiedad colectiva “no hay una persona privada [private person] en la posición de propietario”; en cambio, su uso “es determinado por gente, usualmente funcionarios públicos [officials], que actúan en nombre de la comunidad entera”. La propiedad colectiva comprende, detalles aparte, dos grandes subclases: algunos lugares se rigen por normas de propiedad estatal y otros por normas de propiedad común. Los primeros, entre los que se cuentan las oficinas del gobierno y las instalaciones militares, están restringidos para el público en general, salvo que medie algún permiso o justificación concretos; en contraste, el objeto de que haya lugares de propiedad común consiste, en parte, en que cualquiera pueda usarlos “sin tener que asegurarse el permiso de alguien más”: es el caso de las calles, las aceras, los parques urbanos, las áreas silvestres y otros (1993, 311). Aunque en estos lugares de propiedad común rigen ciertas normas relativas a las maneras y los tiempos en que pueden usarse, están relativamente abiertos la mayor parte del tiempo a una amplia gama de usos por parte de cualquiera; “son lugares en los que cualquiera puede estar” (312).
Por otro lado, Waldron introduce el tema de las personas que no tienen hogar. En aras de mi posterior argumentación me permitiré citar extensamente:
Una manera de describir el apuro de un individuo sin hogar puede ser decir que no hay lugar regido por una norma de propiedad privada donde se le permita estar. // De hecho, eso no es del todo correcto. Un propietario privado puede invitar a su casa a una persona sin hogar, y si lo hace habrá algún lugar privado donde a la persona sin hogar se le permita estar. Una descripción técnicamente más precisa de su apuro consiste en que no hay lugar regido por una norma de propiedad privada donde se le permita estar cuando quiera que él lo escoja [where he is allowed to be whenever he chooses], ningún lugar regido por una norma de propiedad privada del que no pueda ser excluido en cualquier momento porque alguien más así lo diga [from which he may not at any time be
excluded as a result of someone else’s say-so]. En lo que respecta a estar en
propiedad privada —en las casas o jardines de la gente, en granjas o en hoteles, en oficinas o restaurantes— la persona sin hogar está totalmente y todo el
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tiempo a merced de otros [the homeless person is utterly and at all times at the
mercy of others]. (1993, 313)
Hechas estas consideraciones, Waldron dirige su atención a la propuesta, de origen libertariano, de que en una sociedad toda la tierra sea propiedad privada,12 y de esta idea deriva una consecuencia notable: “la persona sin hogar podría encontrarse, en este paraíso libertariano, con que no hay literalmente ningún lugar en que se le permita estar” (1993, 314). Podemos agregar, de acuerdo con lo dicho por el propio autor, que el individuo sin hogar se encontraría con que no hay ningún lugar donde se le permita estar sin el consentimiento de tal o cual propietario, en otras palabras, sin depender de la decisión de algún propietario. Waldron precisa: “Dondequiera que fuera estaría expuesto a sanciones por violación de propiedad y expuesto a desalojo [he would be liable to penalties for
trespass and he would be liable to eviction], a ser arrojado fuera por un propietario o
arrastrado por la Policía” (314). Este posible estado de cosas justifica al autor para decir que sólo en la medida en que nuestra sociedad es comunista les permite a las personas sin hogar estar en ella: sólo porque una parte del territorio de la sociedad está dispuesto como propiedad común las personas sin hogar no se ven expuestas a esa catástrofe que supondría el mentado paraíso libertario (314).
Waldron está al tanto de que esa propuesta libertariana deja inconformes a la mayoría de los defensores de la propiedad privada, y de que por lo pronto no debe ser considerada otra cosa que “simple fantasía” de sus ideólogos. Sin embargo, advierte, existe una forma modificada de esa propuesta que gana terreno entre los adeptos de la propiedad privada. Se trata de la creciente restricción de las actividades que pueden realizarse en calles, parques y
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Escribe Murray Rothbard, For a New Liberty (1973): “En última instancia el programa libertariano puede resumirse en una frase: la abolición del sector público, la conversión de todas las operaciones y servicios ejecutados por el gobierno en actividades ejecutadas voluntariamente por la economía de empresa privada… Abolición del sector público significa, por supuesto, que todas las porciones de tierra, todas las áreas de tierra, incluidas calles y carreteras, serían poseídas de manera privada por individuos, corporaciones, cooperativas o cualquier otra unión voluntaria de individuos y capital… Necesitamos reorientar nuestro pensamiento para considerar un mundo en el que todas las áreas de tierras sean poseídas en forma privada” (citado por Waldron 1993, 457, n. 7).
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demás sitios de propiedad común: lo que se ofrece es un estado de cosas en el que una ingente cantidad de personas no tienen lugar para llevar a cabo “actividades humanas elementales” como orinar, defecar, bañarse, dormir, cocinar, comer, tener relaciones sexuales o sencillamente estar por ahí. Los legisladores y electores que deciden estas restricciones, y que ordinariamente disponen de lugares privados donde pueden realizar todas esas actividades, pretenden que los usos de los espacios privados y públicos son complementarios: lo que se hace en la calle no ha de ser lo que adecuadamente se hace en casa. Esta complementariedad, observa Waldron, que tan bien funciona para quienes disponen de ambos tipos de lugares, “es desastrosa para aquellos que tienen que vivir sus vidas enteras en tierra común. Si estoy en lo correcto acerca de esto, este es uno de los más insensibles y tiránicos [callous and tyrannical] ejercicios de poder en los tiempos modernos, ejercido por una (en términos comparativos) rica y complacida mayoría contra una minoría de sus menos afortunados semejantes humanos” (1993, 314-315).
¿Qué supone todo esto en términos de libertad? “Una persona a quien no le está permitido estar en un lugar no es libre para estar ahí [A person who is not allowed to be in a place is
unfree to be there]” (Waldron 1993, 315). El concepto de libertad usualmente es referido a
acciones, no a lugares; pero, puesto que toda acción se efectúa en algún lugar, resulta obvio —sentencia el autor— que “si uno no es libre para estar en determinado lugar, uno no es libre para hacer cosa alguna en ese lugar”. Y de ello se sigue que “una persona que no es libre para estar en ningún lugar no es libre para hacer nada; esta persona es por completo ilibre [comprehensively unfree]”. De realizarse la propuesta de privatizar toda la tierra disponible para una sociedad, las personas sin hogar se encontrarían “simplemente sin libertad (o, más precisamente, cualquier libertad que tuvieran dependería totalmente de la tolerancia de aquellos que poseyeran los lugares [any freedom they had would depend
utterly on the forbearance of those who owned the places])” (316). Ahora bien, en términos
generales, de la exposición de Waldron se sigue que “la persona sin hogar no es libre para estar [is unfree to be] en ningún lugar regido por una norma de propiedad privada”, pero con una aclaración: “a menos que el propietario por alguna razón decida darle su permiso para estar ahí” (318). Hasta aquí, entonces, se entiende con claridad que, al menos en este
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caso, para Waldron es válido afirmar que una persona es libre incluso si su libertad depende por completo de la decisión de otra.
Waldron continúa su exposición recordando que quienes sostienen que las personas pobres en general, y entre ellas, por supuesto, las que carecen de hogar, son menos libres que las que no viven en la pobreza son con frecuencia acusados de deslizarse hacia la peligrosa vertiente de las concepciones positivas de la libertad (1993, 318).13 Para evitar hacerse objeto de esta acusación el autor quiere demostrar que no confunde la libertad con otra cosa —que no “positiviza” o moraliza en absoluto el concepto de libertad—, pero quiere al mismo tiempo afirmar su posición de que en el sentido negativo las personas sin hogar son menos libres que las otras (318-319).
En cuanto a lo primero, escribe, “libertad negativa es libertad de obstrucciones como el vigoroso esfuerzo [forceful effort] de alguien más destinado a evitar que uno haga algo [to
prevent one from doing something]”, y es exactamente en este sentido negativo de
“ausencia de interferencia forzada [forcible]” que la persona sin hogar no es libre para estar en un lugar regido por una norma de propiedad privada (salvo que cuente con el permiso
del propietario). No hace falta acercamiento alguno a una concepción positiva para hablar
de pérdida de libertad en un caso semejante (cf. Waldron 1993, 318-319).
Para sostener lo segundo —que en sentido negativo las personas sin hogar son menos libres que las otras— Waldron necesita que se acepte que “la propiedad privada limita la libertad”, y considera que esto es obvio. “Si yo poseo una porción de tierra, otros tienen el deber de no usarla (sin mi consentimiento), y hay una batería de recursos legales que puedo desplegar para hacer cumplir este deber como a mí me plazca” (1993, 319). Es cierto, admite, que “la conexión entre la propiedad y la restricción de la libertad es en algunos
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Detengámonos un momento en esta acusación para reconocer en ella ecos de Berlin, a quien le interesa que no se superponga o confunda la libertad con la disponibilidad de al menos un mínimo de recursos, con la equidad o con cualquier otra cosa (Berlin 2008, 51), es decir, que no se la confunda con ninguna condición positiva cuya bondad o deseabilidad pueda servir de excusa para enseñar qué debe hacerse si se quiere ser libre. Pues si se identifica, por ejemplo, la libertad con la justicia, ya está a la vista el camino para que se suprima la libertad en nombre de la “justicia”.
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sentidos contingente”, pues aunque un propietario pueda valerse de su derecho para impedir que otro realice alguna acción, no necesariamente lo hará. Pero, responde Waldron a esta posible objeción,
[…] hay una contingencia similar en cualquier restricción jurídica. Un Estado represivo puede tener leyes que autoricen a sus oficiales para aplastar a la disidencia. En la práctica ellos pueden optar por abstenerse de hacerlo en ciertas ocasiones; pero aún describiríamos la ley como una restricción de la libertad si
los disidentes tuvieran que tomar en cuenta la probabilidad de que fuera usada contra ellos. De hecho, con frecuencia decimos que el elemento impredecible de la discreción oficial “enfría” cualquier libertad que persista en los intersticios de su ejecución. Así, exactamente en la manera en que denominamos a las leyes
políticas represivas restricciones de la libertad, podemos denominar a los derechos de propiedad restricciones de la libertad.14 (1993, 319, las cursivas son mías)
Con el objeto de descartar la identificación de su postura con una concepción positiva de la libertad y apoyar, al mismo tiempo, la afirmación de que las personas sin hogar son menos libres en un sentido negativo, Waldron asume que debe responder a varias posibles objeciones. Me interesa aquí una de estas cuestiones: Waldron debe dejar claro que no confunde la libertad con la capacidad (ability). Y es que quienes sostienen que las personas sin hogar son tan libres como las que disponen de un espacio privado arguyen que las primeras son libres, en el sentido relevante —negativo—, para efectuar las mismas actividades que las segundas, pero no cuentan con los medios o la capacidad para llevarlas a cabo. Waldron contesta que, por lo general, las personas sin hogar no son incapaces de entrar a los lugares privados en los que no se las admite. “Lo que se levanta en su camino es simplemente lo que se levanta en el camino de quienquiera que es ilibre en el sentido
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“[…] there is a similar contingency in any juridical restriction. A repressive state may have laws entitling officials to crush dissent. In practice they might choose to refrain from doing so on certain occasions; but we would still describe the law as a restriction on freedom if dissidents had to take in to account the likelihood of its being used against them. Indeed we often say that the unpredictable element of official discretion ‘chills’ whatever freedom remains in the interstices of its enforcement. Thus, in exactly the way in which we call repressive political laws restrictions on freedom, we can call property rights restrictions on freedom”.
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negativo: la probabilidad [likelihood] de que alguien más impida por la fuerza [forcibly] su acción” (1993, 319-320). Los ricos construyen altos muros y cercas para hacer imposible que las personas sin hogar entren en sus propiedades, pero “que esto no constituye una mera incapacidad por oposición a la ilibertad lo indica el hecho de que a las personas sin hogar no se les permite siquiera intentar superar estos obstáculos físicos. Podrían ser pilladas y castigadas por intentar escalar los muros” (320).