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El zorro confesor

In document Berta Elena Vidal de Battini Índice (página 115-119)

El zorro, el gallo y otros animales

82. El zorro confesor

CORRIENTES El zorro iba hambriento y se encontró con el mono que llevaba un pedazo de carne. Se aproximó y le preguntó:

-Monito, ¿qué llevás? -Hé191... y, carne.

-¿Dónde la conseguiste? -Hé... en la carnicería. -¿Y cómo te la dieron? -Hé... y, por la plata.

El mono no se detuvo en ningún momento y el zorro vio que no iba a poder quitarle el trozo de carne. Entonces lo dejó ir. No lo siguió más.

Pensó y pensó qué podía hacer para engañar a los demás y por último decidió disfrazarse de sacerdote.

Cundió la noticia de que había llegado un misionero al pueblo y los feligreses se dispusieron a cumplir las abandonadas prácticas religiosas.

Se dijo el gallo:

-Yo iré a confesarme muy de mañana, antes de que amanezca, porque soy muy pobre y así evitaré que la gente vea mis ropas remendadas.

Como lo pensó, lo hizo. Antes del amanecer, el gallo llegó a la iglesia y lo recibió el señor cura. —202

-Vengo a confesarme, Padre -le dijo, y el zorro lo llevó hasta el confesionario y una vez allí, le requirió:

-Diga sus pecados, hijo, usté tiene aspecto de ser un gran pecador.

-No sé si será pecado -dijo el gallo-, lo que yo suelo hacer es cantar todas las noches... -¡Pecado! ¡Pecado! -lo interrumpió el cura-. ¿Y qué más?

-Después, cuando amanece, bajo del árbol donde duermo y como los granos de maíz que me da mi amo.

-¡Todo eso es pecado! ¿Y qué más?

En ese momento se oyeron golpes en la puerta. El cura llevó apresuradamente al gallo a una piecita contigua y le dijo que lo esperase allí. Después salió a atender la puerta y se encontró con el perro. El cura temblaba, pero ocultó lo mejor posible su inquietú y saludó efusivamente al perro:

-¡Hola, don Josecito Hidalgo! Viene muy temprano. Oficiaré la misa recién a las diez... Puede irse y volver más tarde...

-No -dijo el perro-, vengo a confesarme.

-Pero si usté no ha de tener pecados. No necesita confesarse. -Quiero confesarme -insistió el perro.

El cura no quiso contrariarle y le llevó a confesarse.

-Eso no es pecado.

-Suelo ladrar y correr a todos los que pasan frente a casa y suelo morder las patas de los caballos, les tiro de la cola y procuro desmontar a los jinetes.

-Nada de eso es pecado.

-¡Ah!, tengo que decirle otra cosa, padre. La especial recomendación que tengo de mi amo es que si lo encuentro al zorro, sea donde sea, lo tengo que matar porque dicen que se ha metido de confesor.

Al oír esto, el cura, echó a correr con gran ruido de sotanas y se fue hacia el monte, seguido muy de cerca por el perro. Encontró en su camino una cueva de tatú192 abandonada y se metió en la cueva. El perro quedó en la boca de la cueva ladrando y cavando.

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Y después del susto, cuando se vio a salvo en el fondo de la cueva, el zorro comenzó a decir:

-Gracias a mis patas pude llegar hasta aquí. Mis ojos me permitieron ver el camino en la oscuridá, pero ésta, mi cola tan peluda, tan pesada y tan inútil, me estorbaba. Se la voy a dar al perro para que se conforme y se vaya.

Sacó la cola sin darse cuenta. Áhí lo agarró el perro y lo sacó al zorro y lo mató.

Justo Pucheta. 53 años. Loreto. Corrientes, 1959.

El narrador es persona de cultura. Conoce una gran cantidad de narraciones tradicionales de su región, que oyó desde que era niño.

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83. El zorro confesor

NEUQUÉN El zorro ya no sabía qué hacer para conseguir engañar a los animales que podía cazar. Todos lo conocían y se cuidaban de sus trampas. En las casas había perros muy malos y no podía entrar a robar en los gallineros. Entonce pensó en hacerse confesor de las aves. Hizo correr la voz que había venido un confesor. Se puso una sotana y se puso en un rincón oscuro di una iglesia. Áhí se armó un confesionario. Hizo decir que recibía confesión muy temprano porque tenía mucho trabajo en el día.

Muy temprano llegó un pavo.

-¿Usté viene a confesarse? -le dice el zorro. -Sí, padre -le dice el pavo.

-Buena falta le hace. Venga pal confesionario. Lo llevó al confesionario y lo empezó a confesar. -Diga sus pecados.

-Ayer me comí una juente de trigo.

-¡Ah!, ése es pecado muy grave, es pecado mortal -ahí se lo comió.

Al otro día jue una gallina, también muy temprano. Y el zorro la llevó al confesionario y le dijo: -Diga sus pecados.

-Hace dos días me comí un plato lleno de maíz.

-¡Ah!, ése es un pecado de los más grandes, usté 'ta condenada -y ahí nomás se la comió.

Los parientes del pavo y de la gallina se alarmaron y le jueron a contar al perro lo que estaba pasando. El perro dijo que él se iba a confesar al otro día. Un gallo muy vivo lo acompañó —205 al perro. Cuando llegaron, el confesor se dio un gran susto cuando vio al perro y les dijo:

-Yo soy confesor de aves, solamente, así el señor Gallo puede pasar solo. El señor Perro se puede ir. Yo no sé cómo se ha molestado tan temprano.

Entonce le dice el perro:

-No, señor confesor, yo vengo a confesarme, y usté, quiera o no quiera, me tiene que confesar. Discutieron un rato y no tuvo más que confesarlo al perro.

-Diga sus pecados -le dice el confesor con voz muy débil. -Anoche me comí una res de carne, que robé.

-¡Ah!, ése no es ningún pecado.

-Después me comí una torta que era para un regalo. -¡Ah!, ése no es ningún pecado.

-Mordí a un hombre en la calle y casi lo maté. -¡Ah!, tampoco es ése ningún pecado.

-Ahora ando buscando al zorro para matarlo porque mi han dicho que si ha metido a confesor. Y claro, áhi salió corriendo el zorro y el perro salió di atrás. Perdió la sotana y agarró para el lao del campo, pero el perro lo alcanzó y lo mató.

José Martínez, 30 años. Naunaucó. Ñorquín. Neuquén, 1947. El narrador es viajante de comercio.

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In document Berta Elena Vidal de Battini Índice (página 115-119)