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(1)

Fedor M. Dostoievsky

DEMONIIOS

EDITORIAL PORRUA MÉXICO 2009

INTRODUCCIÓN

INTRODUCCIÓN

...

1

EL PRÍNCIPE HARRY. PETICIÓN DE MANO

...

25

AJENOS PECADOS

...

40

LA ASTUTÍSIMA SERPIENTE

...

74

LA NOCHE

...

94

EL DESAFÍO

...

128

PIOTR STEPÁNOVJCH SE AGITA

...

156

ENTRE LOS NUESTROS

...

177

EL ZAREVICH IVÁN

...

187

REGISTRAN LA CASA DE STEPÁN TROFÍMO VICH

...

191

FILIBUSTEROS. UNA MAÑANA FATAL

...

196

EL FESTIVAL. PRIMERA PARTE

...

207

FINAL DE FIESTA

...

219

NOVELA TERMINADA

...

232

ÚLTIMA DECISIÓN

...

242

NOCHE LABORIOSA..

...

268

EL ÚLTIMO VIAJE DE STEPÁN TROFÍMOVICH

...

282

(2)

Fedor Dostoievski nació en 1821. Su padre, cirujano del “Hospital de Santa María” de Moscú, era miembro

de la nobleza, circunstancia a la que Dostoievski parecía conceder gran importancia, ya que se sintió en

extremo afligido cuando, en ocasión de su condena, le quitaron el rango y, al salir de presidio, hizo presión

sobre algunos influyentes para que le fuera devuelto. Pero la nobleza en Rusia era muy distinta de la de otros

países europeos. Se podía, por ejemplo, obtenerla consiguiendo una modesta categoría al servicio del

gobierno, y parece que significaba sólo un escalón por encima del campesino y del comerciante, y esto era ya

bastante para creerse un caballero. En realidad, la familia de Dostoievski pertenecía a la clase de profesionales

pobres.

Su padre era un hombre muy recto. Se privaba no sólo de lujos, sino hasta de comodidades con el fin de poder

dar una buena educación a sus siete hijos, y ya desde su más tierna edad les enseñó que debían habituarse al

trabajo y a las desventuras, preparándose para los deberes y obligaciones de la vida. Vivían muy apiñados en

las dos o tres habitaciones que formaban el hogar del médico en el hospital. Los hijos no estaban autorizados

a salir solos, no les daban dinero para que lo llevaran en el bolsillo, ni tampoco contaban con amigos. El

doctor tenía alguna clientela particular, además del sueldo del hospital, y en el curso del tiempo adquirió una

pequeña propiedad a cien millas de Moscú, y desde entonces la madre y los hijos pasaban allí el verano. En

este tiempo fue cuando probaron por primera vez el gusto a la libertad.

Cuando Dostoievski tenía dieciséis años murió su madre, y el médico llevó a sus dos hijos mayores, Miguel y

Fedor, a San Petersburgo, a fin de que ingresaran en la Escuela Militar de Ingenieros. Miguel, el mayor, fue

rechazado por no reunir las condiciones físicas requeridas, y Fedor quedó separado de la única persona a

quien quería. El joven se sintió solitario y triste. Su padre no podía o no quería enviarle dinero y a él le

resultaba imposible adquirir las cosas más necesarias, como libros y calzado; ni siquiera podía pagar los

gastos regulares de la escuela. El doctor, habiendo colocado a sus hijos mayores y dejado a otros tres al

cuidado de una tía en Moscú, abandonó su clientela y se retiró, con sus dos hijos menores, a su propiedad en

el campo. El hombre se dio a la bebida. Con sus hijos había sido muy severo, pero con sus siervos era brutal y

un buen día éstos le asesinaron.

Fedor tenía dieciocho años. Estudiaba bien, aunque sin el menor entusiasmo y, una vez concluidos sus

estudios en la Academia, fue destinado a la Sección de Ingenieros del Ministerio de la Guerra. Entre la parte

que le correspondió de la finca de su padre y el sueldo, disponía de cinco mil rublos al año. Alquiló un

departamento, empezó a sentir una costosa pasión por el juego de billar, se dio a derrochar el dinero a manos

llenas y, cuando dimitió su empleo pues encontraba el trabajo en la Sección de Ingeniería “tan insulso como

las patatas”, estaba lleno de deudas. Hasta los últimos días de su vida vivió acribillado por las deudas. Era un

derrochador empedernido y, aunque la situación le llevaba a veces a la desesperación, jamás le fue posible

adquirir la fuerza de voluntad necesaria para vencer sus caprichos. Uno de sus biógrafos ha sugerido que el

deseo de sentir confianza en sí mismo era en cierto modo responsable de su hábito de derrochar el dinero, ya

que ello le proporcionaba sensación de poder; éste halagaba asimismo su exorbitante vanidad. Más tarde se

verá a qué extremos sumamente mortificantes le condujo esta desgraciada debilidad.

Mientras se encontraba en la Academia había empezado a escribir una novela y, ahora, habiendo decidido

ganarse la vida como escritor, la terminó. Se llamaba Pobres gentes. No conocía a nadie en el mundo literario,

pero un amigo, llamado Grigorovich, tenía un pariente, Necrasov, que se proponía lanzar una revista y se

ofreció a enseñar a éste la novela. Un día, Dostoievski se retiró muy tarde a su casa. Se había pasado la velada

leyendo la novela a un amigo y discutiéndola con él. A las cuatro de la mañana se dirigió a su casa a pie. No

se metió en la cama, sino que abrió la ventana y se sentó junto a ella. De pronto le sorprendió una llamada en

la puerta. Grigorovich y Necrasov se precipitaron dentro de la habitación casi con lágrimas en los ojos, y le

abrazaron una y otra vez. Habían empezado a leer la novela, turnándose para hacerlo en voz alta, y cuando

concluyeron, a pesar de ser tan tarde, decidieron correr a despertar a Dostoievski. “No importa que esté

dormido, se dijeron. Le despertaremos. Esto es más importante que el sueño.” Necrasov llevó al día siguiente

el manuscrito a Belinsky, el más destacado crítico de la épo ca

y éste se entusiasmó tanto como los otros dos. La novela fue publicada y Dostoievski se encontró convertido

de la noche a la mañana, en un hombre famoso.

No le sentó muy bien el éxito. Una cierta Madame Panaev-Bolovachev ha descrito la impresión que

Dostoievski le produjo cuando fue a visitarla. “A primera vista se podía notar que el recién llegado era un

(3)

hombre extremadamente nervioso y de temperamento impresionable. Bajo y delgado, tenía el cabello rubio,

un color de hombre de escasa salud, ojos grises y pequeños, que vagaban inquietos de objeto en objeto, y unos

pálidos labios que se fruncían sin cesar. Casi todos los presentes le conocían; sin embargo se mostraba tímido

y no tomaba parte en la conversación general, pese a que diversos asistentes a la fiesta intentaron tirarle de la

lengua para alejar su reserva y hacerle sentir que también él era miembro de nuestro círculo. No obstante,

después de aquella velada, vino con frecuencia a vernos, y su timidez comenzó a desaparecer. Incluso llegó a

discutir cuando alguna leve contradicción parecía impelerle a dar mentís. La verdad era que su juventud,

combinada con un temperamento nervioso, le privaba del dominio de sí mismo y le impulsaba a mostrar su

presunción y sus conocimientos de escritor. Es decir, que deslumbrado por su súbita y brillante entrada en el

campo de la literatura, y confundido por los elogios que le prodigaron los grandes del mundo de la literatura,

él, como los espíritus impresionables, no podía disimular su triunfo ante jóvenes escritores cuya entrada había

sido mucho más modesta... A través de sus frases capciosas y su tono de altisonante orgullo, decía que se

consideraba inmensamente superior a sus compañeros... Dostoievski suponía que todos tenían en menos su

talento y, como veía en cada inofensiva palabra un deseo de rebajar su obra y de afrentarle personalmente,

acudía siempre a visitarnos en un estado de ánimo resentido y ávido de pelearse, de arrojar contra sus

detractores toda la cantidad de bilis que almacenaba en su pecho.”

Cuando se encontraba en el apogeo de su triunfo, Dostoievski firmó contratos para escribir una novela y un

número de cuentos. Con los anticipos que obtuvo empezó a llevar una vida tan disipada que sus amigos, por

su propio bien, lo llevaban a su casa a la fuerza para que trabajase. Pero se peleaba con todos, incluso con

Belinsky, que tanto había hecho por él, pues afirmaba que no estaba convencido de la “pureza de su

admiración” y él se consideraba un genio y el más grande de los escritores rusos. Sus deudas aumentaron,

viéndose precisado a trabajar con verdadera prisa. Antes ya había padecido una misteriosa enfermedad de los

nervios, y ahora, al caer enfermo,

creyó que se volvía loco o tuberculoso. Las novelas escritas en tales circunstancias fueron fracasos, además de ilegibles. Los que antes le habían elogiado con tanto entusiasmo, le atacaban ahora violentamente, y la opinión general fue de que se hundía irremisiblemente.

* * *

A primeras horas de la mañana del día 29 de abril de 1854, Dostoievski fue arrestado y conducido a la fortaleza de Pedro y Pablo. Se había unido a un grupo de jóvenes imbuidos de las ideas socialistas corrientes entonces en el occidente de Europa, que propugnaban ciertas reformas sociales, en especial la abolición de los siervos y la supresión de la censura, y que se reunían una vez por semana para discutir sus ideas. Aquellos jóvenes publicaban un periódico clandestino, para divulgar entre el público artículos escritos por los miembros del grupo. La policía los había mantenido durante algún tiempo bajo vigilancia y, al final, detuvieron a todos el mismo día. Después de varios meses de cárcel comparecieron ante un tribunal, y quince de ellos, entre los cuales se encontraba Dostoievski, fueron condenados a muerte. Un día invernal por la mañana fueron conducidos al lugar de la ejecución, pero cuando los soldados se disponían a ejecutar la sentencia, llegó un mensaje con la orden de que la muerte había sido conmutada por trabajos forzados en Siberia. Dostoievski fue condenado a cuatro años de prisión en Omsk; luego tendría que servir como soldado raso. De nuevo en la fortaleza de Pedro y Pablo escribió la siguiente carta a su hermano Miguel: “Hoy, 22 de diciembre, hemos sido conducidos todos a la plaza Semenov. Allí se nos leyó la sentencia de muerte, nos dieron a besar la cruz, rompieron las espadas sobre nuestras cabezas y nos pusieron nuestros atavíos fúnebres:

camisas blancas. Tres de nosotros fueron colocados ante el paredón para el cumplimiento de la sentencia de muerte. Yo era el sexto de la hilera, y nos llamaban en grupos de tres, así que a mí me correspondía el segundo grupo. Me quedaba sólo un momento de vida. Pensé en ti, hermano mío, en los recuerdos que guardo de ti. En ese último instante sólo tú ocupaste mi mente. Entonces me di cuenta de lo mucho que te quiero, mi querido hermano... Tuve tiempo de abrazar a Plestchiev y a Durov, que se encontraban cerca, despidiéndome de ellos. Finalmente tocaron a retirada y los que estaban atados al muro fueron retirados de allí; luego se nos leyó que su Majestad Imperial nos perdonaba la vida. Al final se nos comunicaron las nuevas sentencias”.

En La casa de los muertos ha descrito Dostoievski los horrores de la vida en la cárcel. Hay un punto en el cual

es necesario hacer hincapié. A las dos horas, un recién llegado se encuentra en amigables relaciones con los

otros presidiarios y convive familiarmente con ellos. “Pero con un caballero las cosas son distintas. No

importa lo sencillo, lo amable y lo inteligente que éste sea. Acabará siendo una persona odiada y despreciada,

jamás comprendida, y lo que es peor aún, no merecedora de confianza. Nadie lo mira como a un amigo o a un

camarada, y aunque a lo largo de los años pueda lograr que cesen de tomarle por un imán de los insultos, le

será imposible vivir su propia vida, no podrá verse libre del torturante pensamiento de que vive solitario y es

un extraño para los demás.”

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vida, y, salvo un breve período de gloria, se había visto siempre agobiado por la pobreza. Durov, su amigo y

compañero de prisión, era querido por todos. Parece como si la soledad que sentía Dostoievski y el

sufrimiento que ésta le producía fuera en parte ocasionada por sus propios defectos de carácter, su orgullo, su

egoísmo, su susceptibilidad y su pronta irritación. La soledad en que vivía en medio de doscientos

compañeros le hizo retraerse sobre sí mismo: “A través de este aislamiento espiritual

—escribe— obtuve la oportunidad de volver a vivir mi vida pasada, de examinarla hasta su más mínimo

detalle, de juzgar toda mi existencia anterior y de juzgarme a mí mismo rigurosa e inexorablemente”. El

Nuevo Testamento era el único libro que le permitían tener y lo leyó incesantemente. Esta lectura ejerció una

gran influencia sobre él. Desde entonces practicó la humildad y la necesidad de suprimir los deseos humanos

del hombre normal. “Antes de todo, humíllate, escribía. Considera cómo ha sido tu vida pasada, considera lo

que puedes ser capaz de hacer en el futuro, considera lo grande que es la masa de mezquindades, de

pequeñeces y de torpezas que espían en el fondo de tu alma.” La prisión, al menos en aquel tiempo,

acobardaba a su altanero y dominador espíritu. Cuando salió de ella ya no era un revolucionario sino un firme

sustentador de la autoridad de la corona y del orden establecido. También era un epiléptico.

Cuando concluyó el tiempo de su prisión, fue enviado para completar su sentencia como soldado raso a la

guarnición de una pequeña ciudad de Siberia. Era una vida dura. Pero él aceptó sus penas como parte del

castigo que merecía por su crimen, pues había llegado a la conclusión de que sus actividades reformadoras

eran pecado, y escribió a su hermano: “No me quejo; ésta es mi cruz y la he merecido.” En 1856, debido a la

intercesión de un antiguo compañero de

escuela, fue ascendido y entonces su vida resultó más tolerable. Hizo amigos y se enamoró. El objeto de su

amor fue una cierta María Dmitrievna Isaeva, esposa de un deportado político que se moría de tanto beber y

de tuberculosis, y era madre de un niño. A ella se le describe como una bonita rubia de mediana estatura, muy

delgada, apasionada y exaltada. Poco se sabe de ella, salvo que era de naturaleza tan suspicaz, celosa y

torturadora como el propio Dostoievski. Este fue su amante, pero pasado algún tiempo, Isaev, su marido, fue

trasladado del pueblo en que vivía Dostoievski a otro puerto fronterizo situado a cuatrocientas millas de allí, y

en tal lugar murió. Fedor escribió a la mujer y le propuso matrimonio. La viuda titubeó, en parte porque los

dos eran verdaderos menesterosos, y en parte porque había entregado ya su corazón a un joven maestro

“animoso y simpático” llamado Vergunov, y había sido su amante. Dostoievski, profundamente enamorado,

se sintió loco de celos, pero con su gusto por lacerarse a sí mismo y quizá también por el placer de novelista

de verse a sí mismo como personaje de novela, hizo una cosa característica. Declaró a Vergunov que lo quería

como a un hermano y encargó a uno de sus amigos que le llevase dinero para que María Isaeva pudiera

casarse con su amante.

Por lo que se ve, estaba dispuesto a representar el papel de un hombre con el corazón sangrante que se

sacrifica por la felicidad de su bienamada. Pero no pudo representarlo, pues la viuda abrió los ojos ante la

suerte que le esperaba. Aunque “animoso y simpático”, Vergunov no tenía un cuarto, mientras que

Dostoievski era ahora oficial. Su perdón no podía tardar en llegar, y no había razón para que no escribiera de

nuevo libros de gran éxito. La pareja se casó en 1857. No tenían dinero y el novelista había andado pidiendo

prestado por todas partes y ahora le era imposible pedir más. Volvió de nuevo a la literatura. Pero como era

un ex presidiario, tenía que solicitar autorización para poder publicar, y esto no era nada fácil conseguirlo.

Tampoco le resultaba fácil su vida matrimonial. En realidad era muy poco satisfactoria y Dostoievski atribuía

a su esposa una naturaleza suspicaz y dolorosamente fantasiosa. No se percataba de que él era tan impaciente,

peleador, neurótico y poco seguro de sí mismo como lo había sido en los primeros tiempos de su vida.

Empezó varias novelas, las abandonó a medio terminar, empezó otras y, en general, produjo poco, y este poco

de escasa importancia.

En 1859, como resultado de sus solicitudes y de la influencia de sus amigos, le autorizaron para regresar a San

Petersburgo. El profesor Ernest Simmons, de la Universidad de Columbia, en su interesante e instructivo libro

sobre Dostoievski, hace notar que los medios

que empleó para recobrar su libertad de acción fueron abyectos. “Escribió poemas patrióticos, uno de ellos

celebrando el cumpleaños de la emperatriz viuda Alejandra, otro sobre la coronación de Alejandro iT, y un

canto fúnebre a la muerte de Nicolás 1. Fueron enviadas cartas de súplica a personas influyentes e incluso al

nuevo zar. En ellas hace protestas de amor al joven monarca, al que describe como un sol brillante por el que

está dispuesto a dar su vida. Confiesa el crimen por el que ha estado preso, pero insiste en que está

(5)

Dostoievski se instaló con su esposa y su hijastro en la capital. Hacía diez años que la había abandonado

como presidiario. En unión de su hermano Miguel empezó a publicar un periódico literario. Se llamó Tiempo,

y para él escribió Dostoievski La casa de los muertos y Humillados y ofendidos. Ambas novelas fueron un

éxito y sus circunstancias mejoraron. En 1862, dejando el periódico en manos de Miguel, visitó Europa

Occidental. No le gustó. Determinó que París era “una ciudad muy aburrida”, que sus habitantes se

interesaban por el dinero y carecían de amplitud espiritual. Le sorprendió la miseria de los pobres de Londres

y la hipócrita respetabilidad de los pudientes. Estuvo en Italia. Pero no se interesaba por el arte. Vivió una

semana en Florencia sin visitar la Galería de los Uffizi; todo el tiempo se lo pasó leyendo los cuatro

volúmenes de Los miserables de Víctor Hugo. Regresó a Rusia sin visitar Roma ni Venecia. Su esposa, a

quien él había dejado de querer, había contraído la tuberculosis y ahora era una inválida crónica.

Algunos meses antes de partir para el extranjero, Fedor, que tenía entonces cuarenta años, conoció a una

joven que había llevado un cuento con el fin de que se lo publicaran en su periódico literario. Se llamaba

Polina Suslova. Tenía veinte años, era bella y virginal, pero para demostrar que sus ideas eran avanzadas se

había cortado el cabello y usaba lentes oscuros. Dostoievski se sintió prendado de ella, y a su regreso a San

Petersburgo la sedujo. Más tarde, debido a un desgraciado artículo de uno de los que lo sostenían, el periódico

fue prohibido y Dostoievski decidió marchar de nuevo al extranjero. La razón que dio para ello fue que

necesitaba que le curasen la epilepsia, que desde hacía un tiempo venía agravándose. Pero esto era una simple

excusa. Lo que deseaba era ir a Wiesbaden para jugar, ya que había inventado un sistema para hacer saltar la

banca, aparte de que había dado una cita a Polina Suslova en París. Dejó a su esposa enferma en Vladimir,

una ciudad situada a poca distancia de Moscú, pidió dinero prestado a la “Fundación para los autores

necesitados” y partió para el extranjero.

En Wiesbaden perdió gran parte de su dinero y tan sólo se pudo apartar de las mesas de juego porque su

pasión por Polina era aún más fuerte que su pasión por la ruleta. Habían convenido en ir a Roma juntos, pero

mientras le esperaba, la emancipada joven tuvo que ver con un joven español estudiante de medicina. La

joven se sentía contrariada cuando Fedor la dejaba para ir a jugar, proceder que las mujeres no aceptan de

buen grado, y se negó a continuar sus relaciones con Dostoievski. Este aceptó la situación, y le propuso a la

muchacha ir a Italia “como hermano y hermana” y como seguramente no sabía qué hacer, la joven aceptó.

Aquel arreglo, complicado por la circunstancia de que andaban tan cortos de dinero que en ocasiones tenían

que empeñar sus cosas, no fue un éxito, y después de algunas semanas de recriminaciones se separaron.

Dostoievski regresó a Rusia, donde encontró a su esposa casi moribunda. Tardó seis meses en morir. El viudo

escribió a un amigo:

“Mi esposa, el ser que me adoraba y al que yo amaba más allá de toda medida, expiró en Moscú, en donde se

había instalado un año antes de morir de tisis. Yo la seguí hasta allí y en aquel invierno jamás me separé de la

cabecera de su lecho... Amigo mío, ella me quería sin medida y yo le devolvía el afecto en un grado que

escapa a toda expresión. Sin embargo, nuestra vida de matrimonio no fue feliz. Algún día, cuando me

encuentre contigo, te contaré toda la historia. Por el momento, déjame que te diga que, aparte de que nos

sentíamos desgraciados cuando estábamos juntos, jamás perdimos nuestro mutuo amor. Por el contrario, nos

habíamos unido mucho más debido a nuestra misma tristeza. Eso te parecerá extraño, pero es la pura verdad.

Ella era la mejor y más noble mujer que he conocido Jamas...”

Exageraba algo su devoción. Durante aquel invierno fue dos veces a San Petersburgo con motivo de la nueva

revista, cuya publicación había iniciado en unión de su hermano. Su tendencia ya no era liberal como lo había

sido Tiempo, y fracasó. Miguel murió después de una breve enfermedad, dejando tras sí grandes deudas, y su

hermano se sintió obligado a sostener a la viuda y a los hijos, así como a su amante y al hijo de ésta. Pidió

prestados diez mil rublos a una tía rica, pero en 865 tuvo que declararse en bancarrota. Debía dieciséis mil

rublos en pagarés y cinco mil bajo palabra. Sus acreedores estaban preocupados, y para escapar de ellos, pidió

de nuevo prestado a la “Fundación para autores necesitados”, consiguiendo al propio tiempo un adelanto

sobre una novela que tenía que entregar en determinada fecha.

Provisto de este modo, se dirigió a Wiesbaden para probar suerte de nuevo ante las mesas de juego y reunirse

otra vez con Polina. Hizo a la joven una oferta de matrimonio. Pero no la aceptó. Era evidente que aunque ella

lo hubiese querido alguna vez, no lo quería ya. Podía suponerse que si ella cedió fue porque era un autor

conocido y como editor de una revista podía serle de alguna utilidad. Pero la revista había desaparecido. La

apariencia de Dostoievski siempre había sido insignificante, y ahora tenía ya cuarenta y cinco años, estaba

calvo y sufría epilepsia. Tengo la impresión de que nada exaspera tanto a una mujer como el deseo sexual de

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un hombre que físicamente le repele, y cuando, para decirlo de una vez, éste no toma esto como una

respuesta, ella puede muy bien llegarlo a odiar. Así sucedió, según imagino, con Polina. El novelista atribuyó

su cambio de sentimientos a una razón más halagadora para él. A su debido tiempo hablaré de ello y del

efecto que en él produjo. Habían gastado el dinero y Dostoievski escribió a Turguenev, con el que se había

peleado y a quien detestaba y despreciaba, pidiéndole dinero prestado. Turguenev le envió cincuenta táleros y

con ese dinero Polina se fue a París. Durante un largo mes Fedor permaneció en Wiesbaden. Estaba enfermo y

sin un centavo. Tenía que permanecer quieto en su habitación para no despertar un apetito que no tenía

medios de satisfacer. Al fin llegó a un estado tal que escribió a Polina pidiéndole dinero. Al parecer, ella ya

estaba ocupada en otro asunto y no se sabe qué le contestó. Obligado por el látigo de la necesidad y contra el

tiempo, como él decía, empezó otro libro. Este fue Crimen y castigo. Al cabo, en contestación a una carta que

había escrito a un viejo amigo de los días de Siberia, recibió el suficiente dinero para poder abandonar

Wiesbaden y, mediante una segunda ayuda de su amigo, llegó por fin a San Petersburgo.

Mientras trabajaba aún en Crimen y castigo, recordó que tenía que entregar un libro en determinada fecha.

Debido al inicuo contrato que había firmado, si no entregaba el libro a tiempo, el editor tenía derecho a

quedarse con todo lo que escribiera durante los siguientes nueve años sin pagarle un centavo. La fecha estaba

al caer. Dostoievski trabajaba como un demonio. Entonces una persona perspicaz le sugirió que empleara a

una taquígrafa. Así lo hizo el novelista, y en veintiséis días escribió una obra titulada El jugador. La

taquígrafa, que se llamaba Ana Grigorievna, tenía veinte años. Pero era honesta. Resultó muy eficiente,

práctica, paciente y una devota admiradora suya, y a principios de 1867 Dostoievski se casó con ella. Su

hijastro, la viuda de su hermano y los hijos de su hermano, imaginando que el escritor ya no los sostendría,

como había venido ha-

ciendo hasta entonces, rompieron desde el principio las hostilidades contra la pobre muchacha, actuando tan acremente y haciéndola tan desgraciada que Ana convenció a Fedor para que abandonara Rusia una vez más. De nuevo estaba agobiado por las deudas.

Al principio, Ana Grigorievna encontró difícil la vida al lado del celebrado autor. La epilepsia de éste se agravó. Era irritable, poco sensato y vano. Continuaba escribiéndose con Polina Suslova, cosa que no podía agradar a Ana. Pero como era una joven dotada de gran sensatez, se guardó para sí el disgusto que esto le producía. Fueron a Baden-Baden y aquí Dostoievski comenzó de nuevo a jugar. Como de costumbre perdió todo cuanto tenía y, como de costumbre, escribió a todo el que podía estar en condiciones de ayudarle con dinero, y cuando éste llegaba, se iba derecho a las mesas de juego para perderlo. Empeñaron todo lo que tenían de valor, fueron pasando de alojamiento en alojamiento, cada vez más baratos, y a veces no tenían nada que llevarse a la boca. Ana estaba embarazada. He aquí el extracto de una de las cartas de Dostoievski. Acababa de ganar cuatro mil francos:

“Ana Grigorievna me rogó que me contentara con los cuatro mil francos y dejase de inmediato el juego. Pero allí había una oportunidad tan fácil y capaz de remediarlo todo...

¿Y

los ejemplos? Además de las ganancias personales de uno, cada día se ve a otros que ganan veinte mil y treinta mil francos, aunque bien es verdad que no se ve a los que pierden. ¿Y no hay tantos en el mundo? El dinero me es más necesario a mí que a los demás. Saqué más dinero que perdí. Empecé a perder mis últimos recursos, trastornándome hasta enfebrecer. Perdí. Empeñé mis trajes y Ana Grigorievna ha empeñado todo lo que tenía, hasta su última joya. ¡Qué ángel! ¡Cómo me consoló y cómo sufrió en aquel maldito Baden, dentro de las dos pequeñas habitaciones, encima de la herrería, donde tuvimos que buscar refugio! Al fin, todo se perdió. ¡Oh, esos viles alemanes! Todos ellos, sin excepción son unos usureros, truhanes y bribones. El propietario, sabiendo que no teníamos a dónde ir hasta que recibiésemos dinero, elevó los precios. Al fin pudimos escapar y dejar Baden.” El niño nació en Ginebra. Dostoievski continuó jugando. Repetía amargamente que perdía el dinero con que tenía que proveer a su esposa y a su hijo de los cuidados que tanto precisaban. Pero corría a la casa de juego en cuanto tenía unos francos en el bolsillo. A los tres meses, con profunda aflicción por parte del padre, murió el niño. Ana estaba de nuevo embarazada. La pareja se encontraba en tal estado que Dostoievski tenía que pedir prestadas sumas de cinco o

diez francos a casuales conocidos a fin de poder comprar comida para él y su esposa.

Crimen y castigo fue un éxito de público e inmediatamente se puso a trabajar en otro libro. Este nuevo libro

se tituló El idiota. Su editor se mostró de acuerdo en remitirle doscientos rublos cada mes. Pero su

desgraciada debilidad seguía dominándole, y Dostoievski se veía obligado a pedir más y más anticipos. El

idiota no gustó, y entonces empezó a escribir otra novela, El eterno marido, y otra, muy larga, titulada Los

demvnios. Mientras tanto, de acuerdo con las circunstancias, que creo que serían peores cuando agotaron por

completo su crédito, Dostoievski, su esposa y su hijo iban de sitio en sitio. Pero sentían nostalgia por la patria.

Jamás habían disimulado que no les gustaba Europa. Al novelista no le había producido ninguna impresión la

cultura y la distinción de París, la Gemütlichkeit, la música de Alemania, el esplendor de los Alpes, la

sonriente pero enigmática belleza de los lagos suizos, el gracioso encanto de la Toscana y los tesoros de arte

que distinguen a Florencia. La civilización occidental burguesa le pareció decadente y corrompida, y estaba

convencido de que se encontraba próxima su desaparición. “Aquí me siento aburrido y menguado, escribió

desde Milán, y estoy perdiendo el contacto con Rusia. Echo de menos el aire ruso y la gente rusa”. Sentía que

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nunca podría acabar Los demonios, a menos que volvieran a Rusia. Ana, por su parte, estaba deseando volver

a su país. Pero carecían de dinero y el editor había anticipado ya todos los derechos que podía pagar por los

distintos números de la novela. En su desesperación, Dostoievski recurrió a él de nuevo. Los dos primeros

números habían aparecido ya y ante el temor de no poder seguir publicando la novela, envió dinero para los

pasajes. Los Dostoievski regresaron al fin a San Petersburgo. Esto ocurría en 1871. El escritor tenía cincuenta

años y le quedaban diez de vida.

Los demonios fue recibida con agrado y el ataque de los jóvenes radicales del día procuró al autor amigos en

los círculos reaccionarios. Estos amigos pensaban que Dostoievski podría representar un apoyo en la lucha del

gobierno contra las reformas y le ofrecieron el bien pagado puesto de director de un periódico titulado El

ciudadano, que era sostenido oficialmente. Dostoievski permaneció al frente del periódico un año. Pero

entonces presentó la dimisión porque surgió una diferencia con el editor. Ana había convencido a su marido

para que le dejara publicar Los demonios. El experimento dio resultado, y a partir de entonces publicó ella los

libros con tanto provecho que hasta el final de sus días se vio ya libre Dostoievski de estas preocupaciones.

AlÁ

Los años de vida que le quedaban pueden ser recorridos brevemente. Con el título El diario de un autor

escribió una serie de ensayos. Se hicieron muy populares, y Dostoievski llegó a considerarse un maestro y un

profeta. Este es un papel por el que muy pocos autores han dejado de sentir inclinación. Se había convertido

en un ardiente paneslavista, y veía en las masas rusas con su amor fraternal, que él tomaba como el genio

peculiar del pueblo ruso, con su sed de servicio en pro de la humanidad, la posibilidad de sanar todos los

males no sólo de Rusia sino del mundo entero. El curso de los acontecimientos sugiere que Dostoievski era

excesivamente optimista. Escribió una novela titulada El adolescente y, finalmente, Los hermanos

Karamazov, en la que llevaba pensando largo tiempo y a la que dedicó más atención de la que, por culpa de

las dificultades financieras, había podido dedicar a las anteriores. Es, en conjunto, su obra mejor construida,

su obra maestra.

Su fama fue en constante aumento y al morir, casi súbitamente en 1881, era considerado ya por muchos como

el más grande escritor de su tiempo. Se ha asegurado que su entierro dio ocasión a “una de las más

extraordinarias demostraciones de sentimiento público que se hayan visto en la capital de Rusia.”

He procurado relatar los hechos principales de la vida de Dostoievski sin hacer ningún comentario. La

impresión que uno recibe es de que se trataba de un carácter muy poco afable. La vanidad es la enfermedad

corriente de los artistas, sean escritores, pintores, músicos o actores. Pero Dostoievski resultaba ofensivo.

Jamás se le ocurría pensar que los demás podrían cansarse de oírle hablar de sí mismo y de sus obras. Con

esto se combinaba quizá la falta de confianza en sí mismo, que ahora llamamos complejo de inferioridad.

Acaso se debiera esto al decidido desprecio que sentía hacia sus compañeros escritores. Un hombre con un

carácter un poco consistente no hubiera aceptado la experiencia de la prisión con sumisión tan completa.

Dostoievski aceptó su sentencia como el castigo debido a su pecado, pero esta sumisión no le privó de hacer

todo lo que pudo para que el castigo le fuera remitido. Esto no parece lógico. Ya he contado a qué bajezas

descendió en sus peticiones a personas de poder e influencia. Carecía por completo de todo dominio sobre sí

mismo. Ni la prudencia ni el sentido del deber lograban detenerle cuando se encontraba entre las garras de la

pasión. Así, encontrándose su primera esposa enferma y próxima a morir, él la abandonó sin el menor reparo

para

seguir a Polina Suslova a París, y sólo volvió al lado de su esposa cuando aquella ligera joven lo rechazó.

Pero en nada se manifestaba tan patentemente su debilidad como en la manía del juego. Esto le llevó a la

indigencia.

El lector recordará que, para cumplir un contrato, Dostoievski escribió una novela corta llamada El jugador.

No es una buena novela. Su principal interés radica en que en ella describen vívidamente los sentimientos que

se ceban en una infortunada víctima y que él conocía tan bien. Después de haber leído esa novela se

comprende que se dejara arrastrar por el juego, no obstante las humillaciones que tenía que soportar, la

miseria suya y la de los que quería, los deshonrosos procedimientos a que se veía forzado a recurrir —cuando

obtuvo dinero de la “Fundación para autores necesitados” se lo dieron para que escribiera, no para que jugara

—, la constante necesidad de andar mendigando a unos y a otros, que ya estaban hartos de darle dinero; es

decir, que no obstante todo esto él era incapaz de resistir a la tentación. Era un exhibicionista, como más o

menos lo son todos los que en arte tienen algún instinto creador, y Dostoievski ha descrito la forma en que un

golpe de suerte puede premiar esa desacreditada tendencia. Los que rodean la mesa de juego tienen los ojos

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puestos en el afortunado ganador como si se tratara de un ser superior, se sienten maravillados y lo admiran;

es el centro de la atracción general. Los mirones no hacen caso del hombre desafortunado, que incluso es

mirado con malsana desconfianza. Pero cuando éste gana experimenta una intoxicadora sensación de poder;

se siente dueño de su destino, pues su talento, su intuición, son tan infalibles que pueden gobernar la suerte.

“Por una vez tengo que mostrar fuerza de voluntad para poder transformar mi destino en una hora, hace

exclamar a un jugador. Lo importante es la fuerza de voluntad. Sólo he de recordar lo que me sucedió hace

siete meses en Rulettenburgo, justamente antes de mi fracaso final. Fue un notable ejemplo de determinación.

Lo había perdido todo, absolutamente todo. Cuando salía del casino noté que aún llevaba un gulden de oro en

el bolsillo de mi chaleco. Con esto podré cenar, me dije. Pero no había caminado un centenar de pasos cuando

cambié de intención y volví sobre mis pasos. Arriesgué aquel gulden.., y se experimenta una sensación

extraña cuando solo en tierra extranjera, lejos de nuestra patria y de nuestros amigos, no sabiendo si se tendrá

algo que comer en aquel día, se arriesga el último gulden, el verdaderamente último. Gané, y veinte minutos

más tarde salí del casino llevando ciento setenta güldenes en el bolsillo. ¡Un ejemplo! Esto es lo que el último

gulden puede representar. ¿Qué

XX INTRODUCCIÓN INTRODUCCIÓN XXI

hubiera sucedido si entonces me hubiese acobardado, qué hubiera sucedido si entonces no me hubiese

atrevido a arriesgarlo?”

La vida oficial de Dostoievski fue escrita por un cierto Strakhov, un antiguo amigo suyo, y en relación con

esta obra, el biógrafo escribió una carta a Tolstoi que Aylmer Maude ha publicado en su biografía de este

autor y que con algunas omisiones doy ahora:

“Durante todo el tiempo que permanecí escribiendo tuve que luchar con una sensación de disgusto, intentando

dominar mis malos sentimientos... No puedo considerar a Dostoievski como a un hombre bueno y feliz. Era

malo, rencoroso, libertino y estaba lleno de envidia. A lo largo de toda su vida fue presa de pasiones que le

hubieran hecho sentirse ridículo y desdichado de haber sido menos inteligente o menos malvado. Me di

cuenta vívidamente de esos sentimientos mientras escribía su biografía. En Suiza, en presencia mía, trató tan

mal a su criado, que el hombre se rebeló y le replicó: ‘Yo soy también un ser humano!’ Recuerdo lo que me

emocionaron estas palabras que reflejaban las ideas corrientes en la libre Suiza sobre los derechos del hombre

y que fueron dirigidas a uno que siempre estaba predicando sentimientos de humanidad para el resto del

género humano. Estas escenas eran constantes. Dostoievski era incapaz de dominar su carácter... Lo peor de

todo es que se enorgullecía de ello y jamás se arrepentía de sus innobles acciones. Acciones que le atraían y

de las que se jactaba. Viskavatov, un profesor, me confesó que alardeaba una vez de haber violado a una niña

en la casa de baños, niña que le fue llevada por su institutriz... A todo esto se mezclaba una especie de

enfermizo sentimentalismo y unos vidriosos sueños de humanitarismo, y son esos sueños, su mensaje literario

y la tendencia de sus escritos lo que hace que su figura nos resulte querida. En una palabra, todas esas novelas

tienden a exculpar a su autor y muestran que las más negras felonías pueden existir al mismo tiempo que los

más nobles sentimientos.”

Es cierto que su sentimentalismo era enfermizo y su humanitarismo sin base. Tenía muy escasa familiaridad

con el “pueblo”, al que, como opuesto a la inteligentsia, buscaba para la regeneración de Rusia, y sentía

escasa simpatía hacia su dura y amarga suerte. Atacó violentamente a los radicales que trataban de aliviar al

pueblo. El remedio que él propugnaba para la terrible miseria del pobre era “idealizar sus sufrimientos y

extraer de ellos un modo de vivir. En lugar de reformas prácticas, le ofrecía consuelo religioso y místico.”

La historia de la violación de la niña ha molestado mucho a los admiradores de nuestro novelista, y han

afirmado que no era cierta. Ana aseguró que jamás le había hablado de esto. El relato ofrecido

por Strakhov está, sin duda, basado en simples habladurías, pero existe una versión que sostiene que,

consumido por el remordimiento, Dostoievski se lo contó a un viejo amigo, el cual le impuso como penitencia

confesar el hecho al hombre que odiaba más en el mundo. Ése era Turguenev. Turguenev había elogiado

calurosamente a Dostoievski cuando éste irrumpió en el campo de la literatura, incluso le ayudó

económicamente. Pero Fedor le odiaba porque era un “occidentalista”, aristocrático, rico y afortunado.

Dostoievski hizo su confesión a Turguenev, qu la escuchó en silencio. Dostoievski hizo una pausa. Quizá,

como sugiere Gide, esperaba que Turguenev actuase como uno de sus propios personajes —los de

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Dostoievski— hubiera actuado, es decir, abrazándole y besándole con las lágrimas resbalando por sus

mejillas, tras de lo cual se habrían reconciliado. Pero nada de eso ocurrió:

“Turguenev, tengo que decírselo a usted, tengo que decírselo a usted. Me desprecio profundamente”. Y

continuó, perdidos los estribos: “Pero todavía más le desprecio a usted. Esto era todo lo que tenía que

decirle”. Y abandonó la habitación dando un portazo. Le habían estafado una de aquellas escenas que nadie

podía describir mejor que él.

Es curioso que utilizara el vergonzoso episodio en dos de sus libros. En Crimen y castigo, Svidrigáilov

confiesa la misma fea acción, y lo mismo hace Stavrogin en un capítulo de Los demonios, capítulo que su

editor se negó a publicar. Es tal vez significativo que en este mismo libro trazara una maliciosa caricatura de

Turguenev. Es mala y estúpida. Sirve tan sólo para hacer que una obra imperfecta sea aún más imperfecta, y

parece como si la caricatura hubiese sido colocada en el libro para proporcionar a su autor una oportunidad de

airear su malicia. No es el único escritor que ha mordido la mano que le daba de comer. Antes de casarse con

Ana Grigorievna, Dostoievski, con una asombrosa falta de tacto, contó la fea historia a una muchacha que

estaba cortejando. Pero lo hizo como si se tratara del argumento de una novela y esto era, a mi entender, lo

que significaba aquel escabroso asunto. Al igual que los personajes de sus novelas, experimentaba un acusado

deseo de rebajarse a sí mismo, y no me parece improbable que narrase el dudoso incidente a los demás como

una experiencia personal. Por todo eso, yo no creo que cometiera el asqueroso crimen de que se acusaba. Era

un persistente sueño que a la par le fascinaba y le horrorizaba. Sus personajes soñaban a menudo despiertos, y

es muy probable que a él le sucediera lo mismo. En realidad esto nos sucede a todos. Pero el novelista, por la

misma naturaleza de su don, tiene sueños diurnos más precisos y detallados

ÁÁII INIKUVULLIUIN

que la mayoría de la gente. A veces son de tal naturaleza que pueden utilizarlos en sus novelas olvidándolos luego. Había colocado la vergonzosa historia en sus novelas y dejó ya de interesarle. Tal vez sea ésta la razón de por qué no habló jamás de ello a Ana Grigorievna.

Dostoievski era vanidoso, envidioso, suspicaz, rastrero, egoísta, jactancioso, informal, desconsiderado, mezquino e intolerante. Poseía, en suma, un carácter odioso. Pero ésta no es toda la historia. Si lo fuera, costaría creer que hubiese sido capaz de crear a Alyosha Karamazov, quizá el personaje más encantador de toda la producción novelística. También resultaría imposible imaginar que hubiese creado asimismo al santo padre Zosima. Dostoievski era el menos severo de los hombres. Mientras estaba en la cárcel aprendió que los hombres podían cometer horribles crímenes y, sin embargo, mostrarse confiados, generosos y amables con el prójimo. Era caritativo. Jamás negó dinero a un mendigo o a un amigo. Aun estando sin un centavo, siempre se las arreglaba para reunir algo que dar a su cuñada, a la amante de su hermano, a su despreciable hijastro y al inútil y borracho Andrés, su hermano menor. Ellos le sacaban a él, como él le sacaba a otros y, lejos de lamentarlo, sólo parecía sentir no poder hacer más por ellos de lo que hacía. Amaba, admiraba y respetaba a Ana; la consideraba en todos los sentidos superior a él, y emociona saber que durante los cuatro años que estuvieron ausentes de Rusia, él se sintió atormentado por temor de que ella se aburriese sola con él. Apenas podía creer que había encontrado por fin a alguien que, no obstante sus defectos, de los que se daba perfecta cuenta, sentía por él un profundo cariño. No sé de nadie en que la dicotomía entre el hombre y el escritor haya sido mayor que en Dostoievski. Probablemente se da en todo artista creador. Pero se nota más en los escritores que en las otras artes, pues su medio de expresión es la palabra, y la contradicción entre su poder y su obra es más sorprendente. Quizás el don creador, una facultad normal en la niñez y en la temprana juventud, si persiste después de la adolescencia, representa un nial que sólo puede florecer a expensas de los normales atributos humanos, y lo mismo que el melón es más dulce cuando crece en el estiércol, así el don creador se desarrolla mejor en un terreno encenagado. El manantial de la sorprendente originalidad de Dostoievski, originalidad que hizo de él uno de los supremos novelistas que en el mundo han sido, no era lo bueno de su persona sino lo malo.

Balzac y Dickens crearon un gran número de personajes. Se sentían fascinados por la diversidad de los seres

humanos, y su imaginación se enardecía ante las diferencias que sorprendían en ellos y las peculiaridades que

los individualizaban. No importaba que los hombres fueran buenos o malos, estúpidos o listos, eran ellos

mismos y, por ende, materia digna de ser puesta en circulación. En cambio, sospecho que Dostoievski no se

interesaba más que en sí mismo, y en los demás sólo cuando le afectaban a él íntimamente. Era, en cierto

modo, como esas personas a quienes sólo les gustan los objetos bellos cuando los poseen. Se sentía satisfecho

de tener que entendérselas con un reducido número de personajes, y éstos se repiten novela tras novela.

Alyosha, de Los hermanos Karamazov, es el mismo hombre, a excepción de la epilepsia, que el príncipe

Myshkin de El idiota; Stavrogin de Los demonios es simplemente una repetición del Svidrigáilov de Crimen y

castigo. El héroe de este libro, Raskolnikov, es una versión más recia del Iván de Los hermanos Karamazov.

Todos son emanaciones de la torturada, retorcida y morbosa sensibilidad de Dostoievski. Todavía hay menos

variedad en sus personajes femeninos. Polina Alexandrovna de El jugador, Lizabeta de Los demonios,

Nastasia de El idiota, Katrina y Grushenka de Los hermanos Karamazov son la misma mujer; están

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modeladas directamente sobre Polina Suslova. El sufrimiento que ésta le produjo, las indignidades a las que le

arrastró, fueron el estímulo que necesitaba para satisfacer su masoquismo. El sabía que ella le odiaba, y, al

mismo tiempo, estaba convencido de que le amaba, y así, las mujeres modeladas sobre ella, desean dominar y

torturar al hombre que aman, a la vez que someterse a él y sufrir en sus manos. Son histéricas, rencorosas y

malévolas porque Polina lo era. Algunos años después de la ruptura, Dostoievski la encontró en San

Petersburgo y le hizo una nueva proposición de matrimonio. Ella la rechazó. Pero él se negó a creer que fuera

consecuencia de que ella no le quería, y entonces concibió la idea, que por lo visto salvaba su herida vanidad,

de que una mujer da tanta importancia a su virginidad que sólo puede odiar al hombre que se la quita sin estar

casado con ella.

“No puedes perdonarme, le dijo a Polina, debido a que una vez te diste a mí, y ahora te vengas de ello.”

Dostoievski estaba lo bastante convencido de la verdad de esto para utilizar la idea más de una vez.

También era consciente de la dualidad que existía en él y traspasó esto a todos sus personajes con voluntad.

Sus personajes débiles, por ejemplo, el príncipe Nyshkin y Alyosha, con toda su dulzura, resultan ineficaces.

Pero la misma palabra dualidad sugiere una simplificación de la naturaleza humana que no está de acuerdo

con los hechos. El hombre es una criatura llena de imperfecciones. Lo más fuerte de su ser es el interés que

siente por sí mismo. Sería absurdo negarlo. Pero también es absurdo negar que al mismo tiempo es capaz de

un desinterés sublime. Todos sabemos hasta qué cumbres puede elevarse en un momento de crisis y demostrar

entonces una nobleza que ni él ni los demás sabían que existiera en él. Spinoza nos ha dicho que: “Todo llega

tan lejos como se esfuerza en perseverar en su propio ser”; y sin embargo, sabemos que no es raro que un

hombre dé su vida por un amigo. El hombre es una amalgama de vicios y virtudes, de bondad y maldad, de

egoísmo y generosidad, de terrores de toda clase y el valor necesario para enfrentarse con ellos, de tendencias

y de predisposiciones que le cierran ese camino y el otro. Está hecho con elementos tan discordantes que es

sorprendente que puedan existir juntos en el mismo individuo, e incluso congraciarse uno con el otro para

formar una plausible armonía. Pero en las criaturas de la invención de nuestro novelista no sucede esto. Están

constituidas con un deseo de dominar y con un deseo de someterse, por un amor que llega a la ternura y por

un odio repleto de malicia. Están extrañamente desprovistos de los atributos de seres humanos. Sólo tienen

pasiones. No ejercen el menor dominio sobre ellos ni se respetan a sí mismos. Sus malos instintos no son

suavizados por la educación, la experiencia de la vida o ese sentido de la decencia que evita que un hombre se

infame a sí mismo. He aquí por qué para el sentido común sus actividades parecen inverosímiles y sus

motivos locamente inconscientes.

Nosotros, los de la Europa Occidental, contemplamos con verdadero asombro su extraño proceder, y lo

aceptamos. Si es que lo aceptamos, como el proceder natural de los rusos. Pero, ¿hay rusos así? ¿Había rusos

así en la época de Dostoievski? Turguenev y Tolstoi fueron contemporáneos suyos. Los personajes de

Turguenev se parecen mucho a la gente corriente, y todos hemos conocido a jóvenes de otros países como el

Nicolás Rostov de Tolstoi, alegres, despreocupados, derrochadores, valientes y afectuosos, excelentes

individuos, en suma. Y también hemos conocido a algunas muchachas tan bonitas, encantadoras e ingenuas

como su hermana Natacha. Ni nos sería difícil encontrar en nuestro país a un hombre como el obeso, estúpido,

generoso y simpático Peter Bezurkhov. Dostoievski sostenía que sus extraños personajes eran más reales que

la misma realidad. No sé lo que pretendía decir con esto. Una hormiga es tan real como un arzobispo. Si

quería decir que poseían cualidades morales que los elevaban sobre el común de los hombres, estaba

equivocado. Si el arte, la

música y la literatura tienen algún valor para corregir las perversidades de carácter, para curar el dolor y para liberar en parte el alma de la servidumbre humana, esos personajes no saben nada de todo esto. Carecen de cultura. Poseen maneras infames, gozan de un maligno placer mostrándose descorteses unos con otros simplemente por el gusto de herir y humillar. En

El idiota,

Varvara escupe a su hermano a la cara porque está dispuesto a casarse con una mujer que ella no aprueba. Y en

Los hermanos Karamazov,

Dimitri, cuando la señora HohlakOv le niega el préstamo de una gran suma de dinero que no tiene el menor motivo para prestarle, escupe, lleno de cólera, en el suelo de la habitación en que ella le ha recibido. Es una pandilla terrible. Pero son extraordinariamente interesantes. En ellos palpita la vida.

W. SOMERSET MAUGHAM

La novela

Los demonios,

publicada en 1871-72 es una novela típicamente política, en la cual Dostoievski adopta una clara postura contra el movimiento revolucionario de aquellas décadas, el denominado nihilismo terrorista. Un crítico ha llamado a este documento de una época y de una lucha, “el libro de la gran ira”, y se ha querido ver en algunos de sus protagonistas a personajes representativos de aquella contienda. El autor mueve varios episodios en torno a uno central: la organización de delitos por medio de los cuales el jefe del movimiento trata de ligar entre sí a los conjurados. Cuatro personajes se elevan sobre todos los demás: Stavrogin y Verchovenski, verdaderas almas malditas de la acción, uno el instrumento pasivo y el otro el activo del espíritu demoniaco que domina sobre todo. Los otros dos, Satov y Kirillov,

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representan la posibilidad del paso del espíritu demoniaco a la liberación de la fe. Berdiaev veía en esta obra de Dostoievskj una novela, “no de la época contemporánea, sino de la futura.”

CAPÍTULO PRIMERO

A GUISA DE PRÓLOGO. ALGUNOS PORMENORES

DE LA BIOGRAFÍA DEL HONORABILÍSIMO STEPÁN

TROFÍMOVICH VERJOVENSKII

Al emprender la descripción de recientes y algo extraños acontecimientos ocurridos en nuestra hasta aquí apacible ciudad, créome obligado a tomar el hilo de mi narración de un poco lejos, empezando por mencionar algunos pormenores biográficos del talentudo y honorabilísimo Stepán Trofimovich’ Verjovenskii. Sirvan estos pormenores de introducción a la referida crónica y a la historia que yo tenía intención de describir hace tiempo.

Lo diré sin ambages: Stepán Trofimovich desempefió realmente entre nosotros cierto papel especial y, por decirlo así, cívico, y gustaba de tal papel con pasión; tanto, que sin él no habría podido vivir. No es que yo le compare con un actor de teatro, ¡guárdeme Dios!, tanto más cuanto que me inspira estimación. Puede que se tratase más bien de la costumbre o, por mejor decir, de una propensión continua y noble, desde los tiernos años, a acariciar el grato sueño de su posición civil. Gustábale extraordinariamente, por ejemplo, su situación de “desterrado” y, por decirlo así, de “deportado”. Estas dos palabrejas tienen un prestigio clásico a su modo, que lo había seducido de una vez para siempre e inspirádole, poco a poco, en el transcurso de muchos años, una idea que había acabado, al fin, por erigirlo sobre un pedestal elevadísimo y muy grato para su amor propio. En una novela satírica inglesa del pasado siglo, un tal Gulliver, al volver del país de los liliputienses, donde los hombres tenían unas dos

viorchkas

de estatura, hasta tal punto habíase habituado a considerarse grande entre ellos, que aun al pasear por las calles de Londres gritábales a los transeúntes y a los cocheros, para que se apartasen y diesen un rodeo delante de él, imaginándose todavía ser grande y ellos pequeños. Por lo cual se burlaban de él y le gruñían, y los cocheros ordinarios le propinaban latigazos; pero ¿tenían razón? ¿Qué no puede la costumbre? La costumbre vino a poner casi en ese extremo a Stepán Trofimovich, pero aun de modo más inocente e inofensivo, si cabe expresarse así, porque era una excelente persona.

Yo hasta creo que todo el mundo ha acabado ya por olvidarlo en todas partes; pero eso no aitoriza a decir que antes no lo hubieran conocido. In¡ Esteban, hijo de Trófimó.

3

4

FEDOR M. DOSTOIEVSKI

LOS DEMONIOS 5

discutiblemente hubo un tiempo en que perteneció a la famosa pléyade c. los famosos actores de nuestra pasada

generación y un tiempo —aunqu sólo tuviese la duración de un minutillo— en que su nombre pronunciáron lo muchos de los que entonces pugnaban por abrirse paso casi poniéndol al nivel de los de Chaadáyev, Bielinskii, Granovskii y Herzen, que entonce empezaba a darse a conocer en el extranjero. Pero la actividad de Trofimovich terminó en el preciso instante en que empezaba..., ¿cómo

cirlo?, por efecto de un “vórtice de coincidentes circunstancias”. Sólo ni el “vórtice” ni tampoco las “circunstancias” hubieron de aparecer pués, por lo menos, en ese caso. Ahora ha sido, hace unos días, cuando, gran asombro de mi parte, pero eso sí, de fuente enteramente fidedigna, sabido que Stepán Trofimovich no sólo no vivió aquí en nuestro go deportado, según es cosa aceptada entre nosotros, sino que ni siquiera yo nunca sujeto a vigilancia. Después de esto, ¡qué fuerza de imaginac personal! Sinceramente creyó él toda su vida que en algunas esferas lo c sideraban un constante peligro, que siempre estaban al tanto de sus pasos que cada uno de los tres gobernadores que entre nosotros se sucedieron

¿. rante los veinte años últimos, al venir a posesionarse del cargo, ya traían al guna inquieta idea acerca de él, que les era

sugerida allá arriba, y ante t - al confiársele el gobierno. Si alguien le hubiese demostrado en aquel - ces al honorabilísimo

Stepán Trofimovich, con pruebas irrebatibles que a no le tenía nadie el menor miedo, irremisiblemente se habría dado por ol dido. Y, sin embargo, era, a pesar de eso, un hombre inteligentísimo y c gran capacidad; un hombre, por así decirlo, hasta de ciencia; aunque, p otra parte, en punto a la ciencia..., bueno, en una palabra: en la ciencia ri hizo gran cosa, y hasta según parece, no hizo nada. Pero téngase en que a los hombres de ciencia, acá en Rusia, suele ocurrirles eso. Volvió del extranjero, y brilló como lector en una cátedra universitari en las postrimerías del año 40. Tuvo tiempo para dar sólo algunas conferen cias acerca de los árabes, según parece; también para desarrollar una

llante disertación encareciendo la importancia cívica y hanseática de la — dad alemana de Hanau en el período

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se sostuviese. Esa disertación, hábil y deliberadamente, a

gotó a los eslavófilos de entonces y le acarreó de un golpe entre nosol muchos y encarnizados enemigos. Luego —pero después de perder la e dra— escribió (en venganza, por decirlo así, y para que viesen a quién bían perdido), en una revista mensual y progresiva, que traducía a D

y hablaba de

George Sand,

el comienzo de un profundísimo estudio..., c que sobre las ideas de una nobleza inusitada de cierto caballero de sé qué época o algo por el estilo. Decían luego que había sido prohibida toda prisa la continuación del referido estudio, y que hasta la progresiva vista había sido afectada por la publicación de la primera mitad. Muy 1 podría ser esto, porque ¿qué no era posible entonces? Aunque en el

presente es más probable que no ocurriese nada y que todo se redujese

pereza del autor para terminar su trabajo. Suspendió también sus lecciones, porque alguien (indudablemente

alguno de sus enemigos de Petersburgo) hubo de escribirle una carta, en la que le exponía ciertos motivos por

los que alguien le exigía determinadas explicaciones. No lo sé de fijo, pero afirmaban también que en

Petersburgo habían descubierto, en aquella misma época, una terrible sociedad, monstruosa y hostil al

régimen, formada por treinta hombres, y que casi hacía temblar el edificio. Murmuraban que se reunían allí

para traducir a Fourier. Como adrede, por aquel entonces, también en Moscú se incautaron de un poema de

Stepán Trofimovich, compuesto seis años atrás, en Berlín, en su primerísima juventud, y del que habían

encontrado una copia hecha entre dos aficionados y en poder de un estudiante. El referido poema lo tengo

ahora aquí, encima de mi mesa; cayó en mis manos el año pasado nada más, en forma de una copia hecha de

puño y letra, no hace mucho, por el propio Stepán Trofimovich, con su firma y magníficamente encuadernado

en cordobán rojo. Por lo demás, no carece de poesía ni de algún talento; es extraño, pero entonces (es decir,

seguramente el año 30) escribíanse muchas cosas por el estilo. Exponer el argumento me resulta dificil,

porque, a decir verdad, no entiendo nada de él. Viene a ser una alegoría, de forma liricodramática, y que

recuerda la segunda parte del Fausto. La escena ábrela un coro de mujeres, al que sucede un coro de hombres;

luego viene otro de no sé qué fuerzas, y al final de todo, un coro de espíritus, aún por encarnar, pero que

sienten grandes ansias de hacerlo. Esos coros cantan algo muy confuso, en su mayor parte maldiciones, pero

con acentos de supremo humorismo. Pero de pronto cambia la escena, y nos encontramos frente a cierta Vida

ociosa, en la que también cantan incluso los insectos, salen tortugas con ciertas frases sacramentales en latín,

y hasta, si mal no recuerdo, canta no sé qué un mineral... Es decir, que el asunto no se presta para nada en

absoluto. En general, todos los personajes se pasan todo el tiempo cantando, y cuando dialogan parece como

si riñeran por algo vago, pero con ribetes de suprema importancia. Finalmente, vuelve a cambiar la escena, y

aparece un lugar salvaje, donde por entre unas rocas vaga un hombre civilizado, el cual va arrancando y

chupando unas hierbas, y a la pregunta de un hada: “Por qué chupa aquellas hierbas?”, contesta que él,

sintiendo en sí superabundancia de vida, busca su olvido y lo halla en el zumo de esas hierbas, pero que su

principal deseo se reduce a... perder cuanto antes el juicio (deseo que acaso estuviese de más). Luego, de

pronto, sale un joven de indescriptible belleza montado en un caballo negro y seguido de una multitud

espantosa de todas las razas. El Joven representa la muerte, y todas las razas sienten ansia de ella. Y por

último, ya en la postrera escena sale de pronto la torre de Babel y unos atletas la elevan cantando una canción

de nueva esperanza, y cuando ya la han elevado hasta lo más alto, entonces el soberano, supongamos que del

Olimpo, huye con una facha muy cómica, pero la Humanidad, que se entera, ocupa Su puesto y da principio

en el acto una nueva vida con un nuevo objeto. Bueno; pues este poema lo encontraron en aquel tiempo

peligroso. Yo le

6 FEDOR M. DOSTOIEVSKI

LOS DEMONIOS 7

propuse el año pasado a Stepán Trofimovich que lo publicase, por su abs luta inocencia en nuestros tiempos, pero él declinó la proposición con vis ble disgusto. Aquello de su inocencia absoluta no le hizo pizca de gracia hasta le achacó a eso la frialdad con que por espacio de dos meses justos condujo conmigo. Pero ¿qué importa? De pronto, y casi por la época en qi yo le propuse publicarlo aquí, publicaron nuestro poema “allá”; es decir, e el extranjero, en una antología revolucionaria y sin que Stepán Trofimovie supiese lo más mínimo. Aquél al principio se asustó, fue a ver al gobern dor y escribió la más noble carta de justificación a Petersburgo, que n leyó por dos veces, pero que no llegó a mandar por no saber a quién dii girla. En resumidas cuentas: que anduvo alborotado todo un mes; pero e toy convencido de que en los secretos recovecos de su corazón sentíase e:

traordinariamente halagado. Puede decirse que casi dormía con el ejempi de la antología que le habían enviado, y durante el día lo ocultaba debO jo de los colchones, y ni siquiera le permitía a la criada hacer la cama; aunque todos los días

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aguardaba recibir un telegrama de algún sitio, mostr ba aspecto arrogante. Telegrama no hubo ninguno. Entonces fue y se reco:

cilió también conmigo, lo que da fe de su bondad extraordinaria, de su pl cido y nada rencoroso corazón. 11

Hágase cuenta que yo no afirmo que él no tuviera que sufrir nada en abs luto; estoy convencido ahora plenamente de que habría podido continu hablando de los árabes hasta que hubiese querido, con sólo haber dado 1 necesarias explicaciones. Pero en aquella ocasión sentía él ambiciones, con especial premura optó por asegurarse a sí mismo, de una vez para siei pre, que su carrera había quedado interrumpida para toda su vida “por vórtice de las circunstancias”. Y si se ha de decir toda la verdad, la cau efectiva de ese corte en su carrera no había sido otra que la delicadísir proposición que ya antes le hiciera, y luego volvió a reiterar, Varvara P trovna Stavróguina, mujer del teniente general del mismo nombre y not blemente rica, de encargarse de la educación y de todo el desarrollo espi tual de su único hijo, en calidad de supremo pedagogo y amigo, para 1 decir nada de una brillante retribución. Esa proposición se la hizo por p mera vez cuando aún

estaba en Berlín, y precisamente a raíz de quedar viudo de su primera mujer. Su primera mujer había sido una aturdida señ rita de nuestro gobierno, con la que hubo de casarse en su primera juve tud, aún incapaz de discernimiento, y tuvo que sufrir mucho con aquel criatura, por lo demás encantadora, por la insuficiencia de recursos pa mantenerla, y, además, por otras en parte delicadas razones. Acabó yéndo a París, después de haber estado tres años separada de él, y dejándole niño de cinco años “fruto de su primero, feliz y aún no entibiado amor’ según la expresión que se le escapó una vez, hablando conmigo, al afligii Stepán Trofimovich. Al chico, desde el primer momento, enviáronlo a R sia, donde se crió a cargo de unas tías lejanas, allá en las selvas. Step’

Troflm0hi rehusó entonces la proposición de Varvara Petrovna2 y diose prisa a contraer nuevas nupcias, aun antes de cumplirse el año, con una arisca alemata de Berlín, que sobre todo no tenía ninguna aptitud en especial. Pero aparte de esto, hubo también otras razones para que no aceptase el papel de preceptor: deslumbrábale la fama, creciente con el tiempo, de un profesor inolvidable, y a su vez aspiraba a la cátedra, en la que se disponía a probar sus alas aquilinas. Pero ahora, con las alas caídas, acordóse de la proposición que ya antes hacía vacilar su designio. La muerte repentina de su segunda mujer, que no había llegado a vivir con él ni un año, lo arregló todo definitivamente. Lo diré sin rodeos: todo 5C

logró por el ardiente interés y la preciada, y por así decirlo, clásica amistad que por él sentía Varvara Petrovna, si es lícito expresarse así hablando de la amistad. Echóse él en brazos de esa amistad y ésta fue corroborándose en ci transcurso de veinte años. He empleado la expresión “echóse en los brazos”, pero que Dios os guarde de pensar en algo superfluo y ocioso; tales abrazos se han de entender en el sentido más sublimemente moral. Las más exquisitas y delicadas relaciones unieron para siempre a esas dos tan notables criaturas.

El cargo de prcceptor aceptólo también porque la finquita que le legara su primera mujer a Stepán Trofimovich, sumamente pequeña, estaba lindando con los Skvoréschniki, soberbia posesión que en los arrabales de nuestro gobierno tenían los Stavróguines. Además, que siempre era posible, en la paz del gabinete y sin el estorbo de las abrumadoras tareas universitarias, consagrarse a la ciencia y enriquecer las patrias glorias con profundísimas investigaciones. Las tales investigaciones no aparecieron por ninguna parte; pero, en cambio, sí apareció la posibilidad de mantenerse erguido en pie todo el resto de la existencia, más de veinte años, por así decirlo, “como el reproche en persona” ante la Patria según la expresión de cierto poeta nuestro:

¡Encarnación del reproche te erguiste ante la patria, liberal-idealista!

Pero la personalidad a que se refería el poeta puede que tuviera derecho a mantenerse en esa actitud, si tal era su gusto, aunque tal actitud sea bastante molesta. Nuestro Stepán Trofimovich, a decir verdad, no pasaba de ser un imitador, comparado con semejantes personalidades, y se cansaba de estar en pie y con harta frecuencia se ladeaba. Pero aunque se ladease y echase de costado, seguía siendo la encarnación del reproche —hay que hacerle justicia—, tanto más cuanto que para el régimen eso era bastante. ¡Le hubierais visto en el club jugando a las cartas! ¡Todo él estaba diciendo:

Cartas! “jAquí estoy jugando con ustedes al yeralasch!3 ¿Es que esto es posible? ¿Quién tiene la culpa de esto? ¿Quién acabó con mis actividades habituales y las redujo al yeralasch? ¡Ah, que se hunda Rusia! “, y altivamente largaba una sota.

2 Bárbara, hija de Pedro. 3 Especie de juego de naipes.

o FEDOR M DOSTOIFVSKI

LOS DEMONIOS 9

Pero, verdaderamente se desvivía por jugar a las cartas, por lo que, so bre todo en los últimos tiempos, solía tener frecuentes y desagradables al tercados con Varvara Petrovna. Pero quédese esto para más adelante. Ob servaré tan sólo que era hombre de conciencia (es decir, a veces) y por el! andaba con frecuencia tristón. En el transcurso de su amistad de veinte año con Varvara Petrovna, unas tres o cuatro veces al año caía regularmente e lo que ellos llamaban la “tristeza cívica”, es decir, sencillamente, en la hi pocondría; pero aquella expresión era muy del agrado de la honorabilísim Varvara Petrovna. Más adelante, además de la tristeza cívica, empezó a dar se también al champaña; pero la lista de Varvara

Referencias

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Todos los nuestros fueron advertidos desde el principio, oficialmente, de que Stepán Trofirnovich, durante algún tiempo, no podría recibirlos, y les rogaba lo dejasen completamente tranquilo El insistía en una Estoy convencida de que en su casa habrá montones de basura y columnas de humo del tabaco Le mandaré a usted a María y a Fomuschka; en media hora lo dejarán todo listo Pero usted no se entremeta y estése Comprendo que no puedo ser como todos Todos piensan en una cosa y en seguida en otra Yo no puedo pensar en otra cosa, y toda la vida me la Paso pensando en una sola A mí Dios me ha atormentado toda la Chéire, chére decidimos que el culpable de que se hubiesen difundido aquellos rumores no podía ser otro que Piotr Stepánovich, aunque éste hacía algún tiempo, en Conversación con su padre, le aseguró que ya se había El la cogió con violencia por encima del codo, por el brazo; ella se le echó a reír en su cara. Apeóse del caballo y metióse bajo el brazo el estuche de las pistolas. Consistía aquello en que el joven Verjovenskii, desde el primer momento mostró una decidida falta de respeto para Andrei Antónovich, y se arrogó sobre él unos raros derechos, mientras que Julia Mijaíbovna, siempre tan enfermedad; que en la misma fábrica, y sobre todo en las viviendas de los obreros, reinaba tan inveterada suciedad, que si no había habido ya allí cólera, no tenía más remedio que haberlo Inmediatamente, como es casamiento había conservado su inocencia Y, además, ¿tenía él la culpa de que, en vez de un puesto tranquilo y una Mienchen ingenua, lo hubiese elevado hasta su altura una princesa cuarentona? Sé de un modo cas

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