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El la cogió con violencia por encima del codo, por el brazo; ella se le echó a reír en su cara.

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—Te le pareces mucho, pero mucho, es posible que hasta seas pariente suyo. ¡Qué gente tan ladina! Sólo que

el mío es un águila auténtica y príncipe, mientras que tú... eres un mochuelo y un mercachifle. El mío saluda a

Dios, si quiere; pero, si no quiere, no, mientras que a ti Schátuschka (simpático mío, hijo mío, palomito mío!)

en las mejillas te abofeteó, que mi Lebíadkin me lo ha contado. ¿Y por qué tuviste miedo de entrar aquel día?

¿Quién te asustó entonces? Cuando vi tu infame cara, al caerme, y me levantaste... parecióme como si un

gusano me royese el corazón. “No es “él” —me dije—, no es “él”!.” Jamás se avergonzó mi águila ante una

señorita del gran mundo. ¡Oh, Señor! ¡Y yo que he sido feliz todos estos cinco años con sólo pensar que mi

águila, allá, al otro lado de los montes, vivía y volaba cara al sol!... ¡Habla, impostor!... ¿Te dieron mucho por

ha-

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cer este papel? ¿Te aviniste a desempeñarlo por una gran suma de dinero? Yo no te hubiera dado ni un grosch. ¡Ja, ja, ja! ¡Ja, ja, ja!

—Oh, qué idiota! —refunfuñó Nikolai Vsevolódovich, sujetándola todavía fuertemente del brazo.

—Largo de aquí, impostor! —exclamó ella imperiosamente—. ¡Yo soy la esposa de mi príncipe, no le temo a tu puñal! —tPuñal?

—Sí, puñal. Tú llevas el puñal en el bolsillo. Pensabas que yo dormía;

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pero lo veía todo; al entrar, hace un momento, sacaste el puñal.

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—Qué dices, desgraciada; qué visiones has soñado? —clamó él, y con $ todas sus fuerzas apartóla de sí, tanto, que ella se dio un fuerte golpe en los hombros y la cabeza contra el diván. El echó a correr; pero ella inmediata mente lanzóse en su seguimiento, cojeando y tambaleándose, dando tumbos, y ya en la escalinata, asiéndose con todas sus fuerzas al asustado Lebíadkin, pudo todavía gritarle, entre chillidos y risas, en la oscuridad:

—Grischka Ot. . .repi. . .ev, a.. .na. . tema!

IV

—El puñal, el puñal! —repetía él con insaciable rabia, dando zancadas

por

el fango y los charcos, sin fijarse en el camino. Verdaderamente, había momentos en que le entraban unas ganas muy grandes de echarse a reír; pero, sin saber por qué, se comprimía y dominaba la risa. Volvió enteramente en su juicio ya en el puente, en el mismo sitio de antes, donde se encontrara con Fedka; también esta vez aguardábale allí el propio Fedka, el cual, al verlo, se quitó la gorra, descubrió alegremente su dentadura y, acto seguido, animada y jovialmente, púsose a hablarle. Nikolai Vsevolódovich, al principio, siguió su camino sin detenerse, sin escuchar por algún rato al vagabundo, que había vuelto a incorporársele. De pronto chocóle la idea de que se había olvidado por completo de él y que se había olvidado en el preciso instante en que a cada minuto repetía para sí: “El puñal, el puñal!” Cogió al vagabundo por el pescuezo, y, con toda la rabia que tenía acumulada, con todas sus fuerzas, lo arrojó contra el puente. Por un momento pensó aquél en revolverse; pero casi al punto comprendió que ante su adversario, que le había acometido inesperadamente..., venía a ser él como pan comido; se aguantó y se calló, hasta sin oponer resistencia alguna. De rodillas postrado en el suelo, con los codos revueltos hacia la espalda, el pícaro vagabundo esperó tranquilo el desenlace, sin creer, por lo visto, en el peligro.

No se equivocaba. Nikolai Vsevolódovich ya se había quitado con la mano izquierda su bufanda para atarle las manos; pero de pronto, sin saber por qué, lo dejó y apartóse. El otro, en un momento, púsose en pie, volviéndose, y una corta y ancha cuchilla de zapatero, que sacara quién sabe de dónde, brilló en su mano.

—1Fuera ese cuchillo...; guárdalo, guárdalo en seguida! —“ordenó” con impaciente gesto Nikolai Vsevolódovich, y el cuchillo desapareció tan rápidamente como había surgido.

II

Nikolai Vsevolódovich, otra vez silencioso y sin volverse, prosiguió su camino; pero el terco truhán no le dejó, sino que le fue escoltando sin apartarse y hasta guardando la distancia de un paso. De este modo cruzaron ambos el puente y salieron a la ribera; pero aquella vez tomó Stavroguin hacia la izquierda, también con dirección a una larga y solitaria calleja. por la que se llegaba más pronto al centro de la población que por el anterior camino de la calle de la Epifanía.

—Verdaderamente, dicen que tú por aquí, en el distrito, no sé dónde, robaste hace poco en una iglesia, ¿es cierto? — inquirió Nikolai Vsevolódovich de pronto.

—Yo, a decir verdad, entré allí primero a rezar —contestó el vagabundo lenta y cortésmente, cual si nada hubiera pasado, y no sólo gravemente, sino hasta con dignidad. De la anterior familiaridad “amistosa” no quedaba ya ni rastro. Saltaba a la vista que era hombre práctico y serio, en verdad, que, injustamente ofendido, sabe olvidar las ofensas.

—Y cuando Dios me condujo a la iglesia —prosiguió—, “ah, qué delicia celestial!”, pensé. Por mi orfandad sucedió así, porque en este mundo no se puede vivir sin recursos. Y mire usted: crea usted en Dios, caballero, que me ha castigado por mis culpas: por el cinturón del diácono y demás cosas sólo me dieron, en total, doce rublos. El barboquejo de San Nikolai, todo de plata pura, lo tuve que dar casi de balde, porque me dijeron que era de similor.

—Desde luego que yo hice el robo de acuerdo con él; pero luego, al ser de día, junto al río, tuvimos una disputa sobre quién había de cargar con el saco. Falté, lo aligeré un poco.

—Sigue matando y robando.

—Eso mismo, casi con las mismas palabras que usted, me aconseja también Piotr Stepánovich, porque es sumamente avaro y duro de corazón en punto a ayudar a nadie. Además, que ya en el Creador celestial, que nos hizo con el dedo del barro, no cree ni el valor de un grosch, y dice que todo es obra de la Naturaleza, hasta el último ser, y no comprende que es nuestro destino no poder vivir sin una ayuda bienhechora. Te pones a hablarle, y no hace más que mirarte asombrado, como carnero al agua. ¿Querrá usted creer que en casa del capitán Lebíadkin, al que acaba usted de visitar, cuando aún vivían en casa de Filippov, algunas veces quedaba la puerta abierta de par en par toda la noche, y él dormía borracho en el suelo, donde rodaba todo el dinero de sus bolsillos? Con mis propios ojos fui a verlo, porque, en nuestra situación, estar sin recursos no es posible...

—j,Cómo con tus propios ojos? ¿Es que entraste allí alguna noche? —j,Puede que entrase, sólo que nadie lo sabe.

—Y cómo no lo mataste?

—Eché mis cuentas y me abstuve. Además, yo sabía que podía llevarme siempre ciento cincuenta rublos; pero ¿por qué dar el golpe para eso, cuando podía llevarme mil quinientos, con sólo aguardar un poco? Porque el capitán Lebíadkin (con mis propias orejas lo he oído) siempre ha tenido

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su esperanza puesta en usted, en medio de su borrachera, y no hay taberna por aquí, ni aun la más ínfima

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