apures; en un asilo decente; no hay ofensa. Ella, según parece, va a hacerlo. ¿Recuerdas la última carta que me escribiste, estando yo en el gobierno de j***, hace tres semanas?
—tSe la enseñaste a ella? —dio un brinco con espanto Stepán Trofimovich.
estaba esquilmando..., que estaba envidiosa de tu talento; bueno; y también aquello de los “ajenos pecados”. ¡Vamos a ver, hermanito, a propósito, cuidado que tienes amor propio!... ¡Cuánto me he reído! En general, tus cartas son aburridísimas. Tienes un estilo horrible. Yo muchas veces me abstenía de leerlas, y todavía conservo una sin abrir. Mañana te la enviaré. Pero ésa, esa última carta tuya..., era el colmo de la perfección. ¡Cuánto me he reído, cuánto me he reído!
—Monstruo, monstruo! —gritó Stepán Trofimovich.
—Vamos, qué diablos; contigo no se puede hablar! Oye: ¿vuelves a enfadarte, como el jueves pasado? Stepán Trofimovich irguióse amenazante.
—tCómo te atreves a hablarme en ese lenguaje? —j,Qué lenguaje? ¡Sencillo y claro!
—Pero dime de una vez, so monstruo, si eres mi hijo o no lo eres.
—Eso tú lo sabrás mejor. Claro, todo padre, en estos casos, suele estar en tinieblas!... —Calla, calla!... —exclamó Stepán Trofimovich, todo alterado.
—Ya estás gritando y refunfuñando, como el jueves de marras, en que quisiste levantarme el bastón?... Pero mira: has de saber que yo, entre tanto, descubría un documento. Por curiosidad, toda la noche estuve rebuscando en la maleta. Verdaderamente, nada de concreto; puedes estar tranquilo. Sólo esta carta de mi madre al polaco aquél. Pero, a juzgar por su carácter...
—Una palabra más, y te abofeteo.
—Para que se vea lo que es la gente! —y de pronto encaróse conmigo Piotr Stepánovich—. Ya ve usted: del mismo modo anduvimos el jueves. Yo celebro el que ahora, por lo menos, esté usted presente y pueda juzgar. Ante todo, un hecho: él me reprocha porque hablo así de mi madre, pero ¿no me impulsa él mismo a ello? En Petersburgo, cuando yo era todavía alumno del Gimnasio, ¿no me despertaba él un par de veces en la noche, me abrazaba y se echaba a llorar, como una hembra? ¿Y qué se figura usted que me contaba entonces? Pues esas mismas escandalosas historias de mi madre. A él fue a quien primero se las oí.
—Oh, yo lo hacía entonces con una intención elevada! ¡Oh, tú no me comprendías! ¡Nada, nada comprendías!
—Pero, a pesar de todo, en ti resultaba eso más villano que en mí. ¡Sí, más villano; confiésalo! Aunque, si quieres, que a mí me da igual. Yo lo decía desde tu punto de vista. Del mío no te preocupes; no culpo a mi madre. Si eres tú, serás tú; si es el polaco, será el polaco; a mí me da lo mis-
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mo. Yo no tengo la culpa de que en Berlín os pasasen esas cosas tan e das. ¿Pero podía esperarse de vosotros algo más inteligente? ¿No sois V( tros, después de todo, unos seres ridículos? Y no te da también a ti lo r mo que yo sea tu hijo o no
lo sea? Oiga usted —dijo, encarándose nuevo conmigo—: un rublo no se gastó en mí en toda su vida; hasta dieciséis años me ignoró en absoluto; luego, aquí, mc ha robado, y a’- grita que toda su vida le ha dolido el corazón por mí, y se retuerce a como un actor. Pero yo no soy Varvara Petrovna, cuidado!
Se levantó y cogió el sombrero.
—Te maldigo y te retiro mi nombre —dijo Stepán Trofimovich :: diendo sobre él la mano, todo lívido, como un muerto.
—Para que se vea a qué estupidez puede llegar un hombre!... — Piotr Stepánovich, hasta asombrado—. ¡Bueno; adiós,
viejo; no volver poner los pies en tu casa! El artículo envíalo cuanto antes, no lo olvide procura, si puedes, que no contenga desatinos. ¡Hechos, hechos y hech Y, sobre todo, breve. ¡Adiós!
III
Por lo demás, mediaban en todo eso motivos secundarios. Piotr Stepár vich, efectivamente, tenía ciertas intenciones encubiertas respecto a su dre. A juicio mío, contaba con lanzar al viejo a la desesperación y así
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pulsarlo a cualquier escándalo lamentable de cierta índole. Le hacía f eso para ulteriores y secundarios fines de que más adelante hablaré. De los y planes semejantes abrigaba él por entonces una muchedumbre duda, fantásticos todos. Tenía, además, en el pensamiento otro mártir, te de Stepán Trofimovich. En general, tenía no pocas víctimas en la iL., nación, según pudo verse después; pero con ésta contaba él partícularmen y no era otra cosa que el señor von Lembke.Andrei Antónovich von Lembke pertenecía a esa raza favorecida por
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Naturaleza que en Rusia cuenta, según las estadísticas, con unos c cientos de miles de individuos, y que es posible ignoren ellos mismos componen con toda su masa una alianza perfectamente organizada. Aliam desde luego, no deliberada ni premeditada, pero que existe en toda la r, de por sí, sin palabras ni convenios, como algo moralmente obligatorio que consiste en el recíproco apoyo que todos los individuos de esa raza S prestan los unos a los otros, siempre, dondequiera y en las circunstanci que fuere. Andrei Antónovich había tenido el honor de educarse en una esas elevadas instituciones rusas de enseñanza, adonde acudía una juvent de familia influyente o rica. Los alumnos de esa institución, casi a raíz terminar el curso, estaban destinados a desempeñar empleos bastante iz.. tantes en algunas secciones del servicio imperial. Andrei Antónovicht2 t un tío coronelde Ingenieros y otro panadero; pero en dicho elevado colegí tuvo ocasión de encontrarse con bastantes compañeros de raza. Era un
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marada jovial; resultaba bastante torpe para los estudios; pero todos 1querJ’ Y cuando ya en las clases superiores muchos de aquellos jóvenes, 50bre todo rusos, sabían hablar de muy encopetadas cuestiones contemporáneas y de un modo que sólo parecían aguardar a salir de allí para resolver todos los problemas, Andrei Antónovich seguía ocupándose todavía en las cosas más ingenuas y escolares. Todos se reían mucho con sus candorosísi1 aS ocurrencias, acaso simplemente cínicas; pero se había propuesto ese objeto. En clase, cuando el profesor le hacía alguna pregunta..., sonábase las narices, con lo que hacía reír tanto al maestro como a los condiscípulos. g el dormitorio solía representar cuadros vivos, con general aplauso. A veceS tocaba el piano, con la nariz (y con bastante gusto), la obertura de Fra- Diávolo. Distinguíase también por su voluntario desaliño en el vestir, juzgando esto, él sabría por qué, muy ingenioso. El último año le dio por componer versitos en ruso. Su lengua materna conocíala, no por la gramática, como muchos de esa raza que viven en Rusia. Aquella afición a los verSoS hízole amigo de un compañero sombrío y como ensimismado, hijo de un pobre general ruso, y al que tenían en el colegio por un futuro gran escritor. El cual se condujo con él con ínfulas de protector. Pero sucedió que al salir del colegio, ya a los tres años, aquel melancólico camarada, que había dejado su puesto en el servicio para consagrarse a la literatura, y a consecuencia de ello hubo de verse
vagando por las calles con los zapatos rotos y rechinando los dientes de hambre, con un paletó de verano ya entrado el otoño, encontróse de pronto en el puente de Anischkin con su antiguo protegé, Lembka, como todos, por lo demás, lo llamaban en aquel tiempo. Cómo! ¡Pues ni siquiera lo reconoció a la primera ojeada, y se detuvo, maravillado! Ante él estaba un joven irreprochablemente vestido, con unas patillas rubias, rizadas artificialmente, con lentes, zapatos de charol, guantes flamantes, un paletó, obra de Scharmer, y una cartera debajo del brazo. Lembka acogió cariñosamente a su compañero, díjolc su dirección y lo invitó a su casa alguna que otra nochecita. Resultó también que ya no se llamaban Lembka, sino Von Lembke. Su condiscípulo es posible que fuera a visitarlo sólo por mala idea. En la escalera, bastante modesta y en modo alguno de parada, pero cubierta de una alfombra roja, le salió al paso y lo interrogó el suizo. Arriba sonó ruidosamente una campanilla. Pero, en lugar de la riqueza que el visitante esperaba encontrar, halló a su Lembka en su cuartito muy reducido, de aspecto lóbrego y mísero, partido en dos por una gran cortina verdeoscuro, amueblado de un modo cómodo, pero con enseres antiguos, con visillos color verdeoscuro en las angostas y altas ventanas. von Lembke se alojaba en casa de un pariente remoto, un general, que lo protegía. Acogió al huésped con finura, estuvo con él serio y de una afectuosidad rebuscada. Hablaron también de literatura pero dentro de unos límites decorosos. Un criado de corbata blanca les llevó un té bastante deficiente, con unos bizcochitos secos. El visitante, por mala idea, pidió un poco de agua de
seltz. Se la sirvieron; pero con cierta demora, lo que pareció desconcertar a Von Lembke, que llamó por segunda vez al
criado y le repitió la orden. Por lo demás, indicó a su huésped si no quería tomar algún bocado, recibiendo visiblemente
una gran satisfacción cuando aquél rehusó la oferta, y, por último, se fue. Sencillamente, Lembke estaba entonces empe 1
Andrés, hijo de Antón.
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zando su carrera, y vivía a expensas de un general de su misma raza, p... naje
de viso.
Por aquel tiempo hubo de enamorarse de la quinta hija del referido neral, y, según parece, la muchacha le correspondió. Pero a Amelia, sin ebargo, se la dieron, llegado el momento, a un viejo panadero tudesco, a guo compañero del viejo general. Andrei Antónovich no la lloró mucho, se construyó un teatrito de papel. Se alzaba el telón, salían los actores, 1- cían gestos y ademanes; en los palcos se sentaba el público; la orques mediante un mecanismo, tocaba sus violines; el director esgrimía la y en el patio de butacas caballeros y oficiales batían palmas. Todo e de papel; todo era idea y obra del propio Von Lembke, que se llevó h do ese teatrito medio año. El general organizó
ex professo
una velada ma para exhibir el teatrito. Las cinco hijas del general, con la recién Amelia, su marido y muchas señoritas y señoras, con sus respectivos alema nes, atentamente, contemplaron y elogiaron el teatrillo. Luego bailaroi Lembke quedó muy satisfecho, y no tardó en consolarse.Transcurrieron los años, y fue adelantando en su carrera. Servía pre en puestos muy visibles, y siempre a las órdenes de algún compafler de raza, acabando por ocupar un cargo muy importante en relación con a edad. Hacía ya mucho tiempo que quería casarse, y mucho tiempo tambi que lo pensaba prudentemente. A escondidas de su jefe, enviaba cuente lbs a la redacción de un periódico, pero no se los publicaban. Luego cc truyó un ferrocarril, y tampoco le salió mal: entraba el público en el con baúles y sacos, con niños y perros, y subía a los vagones. Los cond tores y mozos iban y venían; sonaba la campanilla, daban la señal, y el t. se ponía en movimiento. En esta cuca obrita empleó todo un año. Pero,., pesar de todo, era menester casarse. El círculo de sus amistades era bastant amplio, casi en su mayoría formado por alemanes; pero él se dirigió L bién a las esferas rusas, naturalmente, a las familias de los jefes. Por últim cuando ya había cumplido los treinta y ocho años, entró en posesión de t: herencia. Muriósele su tío, el panadero, y le dejó treinta mil rublos en testamento. Lo cosa estaba bien. El señor Von Lembke, no obstante el - empaque de su esfera de servicio, era un hombre
independiente, o con cualquier otra cosa por el e lo, y de ese modo de pensar fue toda su vida. Pero he aquí que, en vez d Ernestina o la Minna esperada, hubo de presentársele de pronto Julia M lovna. Su carrera se volvió entonces un grado más importante. El mod y apocado Von Lembke comprendió que podía ser vanidoso.
Julia Mijaílovna, según el antiguo cálculo, poseía doscientas almas además, contaba con una alta protección. Por otra parte, Von Lembke c guapo y ella pasaba ya de los cuarenta. Era de notar que, poco a poco,
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enamorándose él de ella, y en el fondo, a medida que se iba sintiendo r novio. El día de la boda, por la mañana, le envió unos versitos. A ella L,1_ -
lb le agradó mucho, ¡hasta versos! Cuarenta años no son cosa de broma