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30 FEDOR M DOSTOIEVSK

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LOS DEMONIOS 131

tán sus guantes negros, de los que el derecho, todavía sin calzar, tenía er mano, y el izquierdo, que le estaba muy ajustado y no acababa de entri del todo, cubría la mitad de su gruesa mano izquierda, en la que sostenía sombrero de copa, de reluciente pelambre, y que era la primera vez que ponía. Resultaba, pues, que el “frac del amor” de que le hablara, a Schí existía realmente. Todo esto, es decir, el frac y la ropa limpia, hubo de quirirlos (según supe después) por consejo de Liputin, con miras a no qué misteriosos fines. No había duda que si había venido ahora (en un che de punto) había sido también por consejo de tercera persona y contaj con la ayuda de alguien, que él solo no habría acertado a vestirse, prepa se y decidirse en unos tres cuartos de hora, aun suponiendo que hubiese bido la escena que se había desarrollado en el pórtico de la catedral. No taba borracho, pero sí en el estado de la pesadez, tristeza y turbiedad de hombre que despierta de pronto después de muchos días de juerga. Pare que sería bastante sacudirle un par de veces por los hombros para que y viese a

estar borracho.

Entró impetuoso en el salón; pero de pronto tropezó en la puerta con alfombra, Maria Timoféyevna por poco se muere de risa. El le lanzó i mirada de fiera, y, de pronto, dio algunos pasos rápidos hacia Varvara trovna.

—He venido, señora... —gritó como si tocara una trompeta.

—Haga el favor, caballero —Varvara Petrovna se incorporó en asiento—, de ocupar esa silla. Le escucharé a usted de igual modo de ahí, y así podré, además, verle mejor.

El capitán se detuvo, con la estúpida mirada perdida en el vacío; pe no obstante, dio media vuelta y fue a sentarse en el sitio indicado, junto a puerta. Una gran desconfianza de sí mismo, y al mismo tiempo insolenci cierta nerviosidad constante, traslucíanse en la expresión de su fisonorn Tenía un miedo horrible, eso saltaba a la vista; pero sufría también su am propio, y podíase adivinar que, por efecto de su amor propio irritado, capaz de decidirse, no obstante todo su miedo, a cualquier insolencia, lle do el caso. Temblaba a ojos vistas a cada movimiento de su cuerpo. Sabi es que el mayor sufrimiento de semejantes individuos, cuando por cualqu rara circunstancia se encuentran entre la buena sociedad, se lo causan s propias manos y la imposibilidad reconocida de hacer algo decoroso c ellas. El capitán se quedó sin moverse en su silla, con el sombrero y 1 guantes en las manos, y no apartaba su estúpida mirada de la cara de V vara Petrovna. Es posible que quisiese él mirar más atentamente en tori suyo, pero hasta entonces no se había decidido. Maria Timoféyevna, pr bablemente, encontrando su figura terriblemente ridícula, se echó a reír nuevo; pero él no se inmutó. Varvara Petrovna lo tuvo todo un minuto, ir placableniente largo, en aquella situación, mirándolo despiadada.

..__Capitán Lebíadkin —contestó con voz tonante—. He venido, señora. • _y volvió a rebullirse en el asiento. —Haga el favor! —y Varvara Petrovna volvió a atajarle—. Esta pobre criatura, que tanto me ha interesado, ¿es, efectivamente, hermana suya?

—Mi hermana, sí, señora, que burló mi vigilancia, porque se encuentra en un estado... Se detuvo y se puso encarnado.

—Entienda usted bien, señora —se aturrulló enormemente—. Un hermano no debe mancillar.. - Eso de en un estado no

quiere decir en un estado... de reputación puesta en tela de juicio... en los últimos tiempos... De pronto se detuvo.

—1Caballero! —y Varvara Petrovna alzó la frente.

—Vea usted en qué estado se halla! —concluyó él inesperadamente, llevándose a la frente un dedo. Siguió un silencio. —Y ¿hace mucho tiempo que está así? —dijo Varvara Petrovna recalcando un poco las palabras.

—Señora, yo he venido a darle a usted las gracias por la generosidad a la rusa, fraternal, que mostró usted en el pórtico.. - -

—Fraternal?

—Es decir, fraternal, no, sino únicamente en el sentido de que yo soy hermano de mi hermana, señora, y crea usted, señora —se precipitó y volvió a ponerse encarnado—, que no estoy tan mal educado como puedo parecer a primera vista, sin más ni más, en su salón. Mi hermana y yo no somos nada, señora, comparados con el lujo que aquí vemos. Tenemos, además, calumniadores. Pero de su reputación está orgulloso Lebíadkin, señora, y..., y... he venido a darle gracias.. - ¡Aquí

está el dinero, señora!

Al decir esto, sacó del bolsillo una cartera, extrajo de ella un fajo de billetes pequeños y se puso a contarlos con sus dedos temblones en un arrechucho de impaciencia. Era de ver que quería cuanto antes explicar algo, y hasta era muy preciso; pero seguramente, comprendiendo él mismo que el manipuleo con el dinero en la mano le comunicaba un aspecto todavía más estúpido, acabó de perder el aplomo; no terminaba de contar el dinero, los dedos se le engarabitaban, y, para colmo de vergüenza, un billetito verde se le voló de la cartera y fue a caer, haciendo zigzags, en la alfombra.

—Veinte rublos, señora —se levantó de pronto con el fajo de billetes en la mano y el rostro bañado en sudor de tanto apuro; al reparar en el billetito que había caído sobre la alfombra, se agachó un poco para recogerlo, pero después le dio vergüenza e hizo un gesto en el aire con la mano.

—Llame usted a sus gentes, señora; a un criado, que se lo lleve; para que se acuerde de Lebíadkin. —Nunca lo permitiré —declaró Varvara Petrovna atropelladamente y Con cierto temor.

—En ese caso...

Se agachó, lo recogió, se puso encarnado y, acercándose de pronto a Varvara Petrovna, le ofreció el dinero contado.

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—tQué es esto? —exclamó aquélla, completamente asustada ya, y ta se apartó un poco en su asiento. Mavrikii Nikoláyevich, Stepán vich y yo nos adelantamos.

—Tranqui1ícense ustedes, tranquilícense ustedes, que, gracias a no estoy loco! —nos aseguró a todos, emocionado, el capitán.

—No, caballero; usted ha perdido el juicio.

—Señora, no es lo que usted se piensa! Yo, sin duda, soy un e insignificante... ¡Oh señora, magníficos son sus aposentos, pero nL.. de Maria la Desconocida, mi hermana, apellidada Lebíadkin, per que por lo pronto llamaremos Maria la

Desconocida; por lo pronto, sólo “por lo pronto”, porque Dios no permitirá que así sea siempre! ra, usted le ha dado a ella

diez rublos, y ella los tomó, pero por vet “usted”, señora! ¡Oiga usted, señora! De nadie en el mundo habría t dinero esta Maria la Desconocida, que en otro caso se estremecería sepulcro el oficial de Estado Mayor, su abuelo, muerto en el Cáucas vista del mismo Ermólov; pero a usted, señora, a usted se le acepta t Pero con una mano toma y con la otra le da sus veinte rublos en conce de aportación para uno de los comités de Beneficencia de que usted, ñora, es miembro..., ya que usted misma publicó en las Noticias Mosc tas que usted tiene la lista de suscriptores, en la que puede apuntarse el que quiera...

El capitán calló de pronto; respiraba dificultosamente, cual - una ardua hazaña. Todo aquello relativo a los comités de

Beneficenci llevaba probablemente preparado de antemano, también bajo la inspira de Liputin. Sudaba a más y mejor; literalmente, corríanle por las goterones de sudor. Varvara Petrovna lo contemplaba con ojos penetran

—Esa lista —dijo severamente— está siempre abajo, en la portería; que allí puede usted suscribirse con su aportación, silo desea. Yo le ruego guarde ahora su dinero y no lo agite así en el aire. Eso es. Le ruego bién vuelva a ocupar su sitio de antes. Eso es. Siento mucho, caballero, berme equivocado respecto a su hermana y tomádola por una pobre, s así que es tan rica. Sólo una cosa no comprendo: por qué de mí sola p ella aceptar algo y nada en absoluto de otros. Usted lo recalcó tanto, necesito, sin más dilación, me dé una explicación sobre ello.

—Señora, ése es un secreto que me he de llevar a la tumba! —resi dió el capitán. —,Por qué? —inquirió Varvara Petrovna con voz ya algo insegura.

— Señora, señora!...

Guardó un silencio sombrío, fijó la vista en el suelo y se llevó la r derecha al corazón. Varvara Petrovna aguardaba sin quitarle ojo.

—Señora —exclamó de pronto—, ¿me permite usted hacerle una gunta, una sola, pero franca, directa, a la rusa, con el alma?

—Hágala.

—Ha sufrido usted, señora, alguna vez en la vida?

_Usted quiere decir, sencillamente, que ha sufrido o está sufriendo por culPa de alguien.

— Señora, señora! —y volvió a dar un brinco en su asiento, probablei11e te sin advertirlo y golpeándose el pecho—. ¡Aquí,

en este corazón, bullen tantas, tantas cosas, que ha de asombrarse el mismo Dios al abrirlo el día del Juicio! _Hum! Eso es mucho decir.

—Señora, es posible que me exprese con nerviosidad... —No se apure, ya sabré yo cuándo hay que atajarle. _i,Puedo hacerle a usted aún otra pregunta, señora? —Hágala.

—i,Es posible morir únicamente por nobleza de alma? —No sé; nunca me formulé pregunta semejante.

no sabe usted! ¡Que no se formuló nunca semejante pregunta! _exclamó con patética ironía—. Pues si es así, si es así...

¡Calla, corazón sin esperanza!

Y aporreóse el pecho frenéticamente.

Ya había vuelto a andar por la habitación. Es característica de estos individuos la absoluta incapacidad para reprimir sus deseos; por el contrario, el incontenible anhelo inmediatamente lo traslucen, con toda franqueza, en cuanto lo conciben. Cuando no se encuentran en su ambiente, esos sujetos suelen empezar con timidez; pero ceded ante ellos un pelo

solamente, y en seguida se propasarán a insolencias. El capitán se había ya acalorado, iba y venía, manoteaba, no atendía a las preguntas y hablaba de sí mismo tan atropelladamente, que a veces se le trababa la lengua, y sin terminar la frase pasaba a otra. A decir verdad, no estaba muy despejado: encontrábase allí también Lizaveta Nikoláyevna, a la que no había mirado ni una sola vez, pero cuya sola presencia, al parecer, lo mareaba. Por lo demás, todas éstas son suposiciones. Había también una razón para que Varvara Petrovna, venciendo su repugnancia, se hubiese decidido a escuchar a tal hombre. Praskovia Ivánovna estaba, sencillamente, muerta de miedo, aunque en verdad no comprendía en absoluto de qué se trataba. Stepán Trofimovich también temblaba, pero por todo lo contrario, por comprenderlo demasiado bien. Mavrikii Nikoláyevich estaba en pie, en la actitud de nuestro general defensor. Liza se había puesto algo pálida, y con los ojos muy abiertos contemplaba de hito en hito al fogoso capitán. Schátov seguía en la misma actitud, Pero lo más extraño de todo era que Maria Timoféyevna no sólo había dejado de reírse, sino que se había puesto espantosamente triste. Había apoyado el codo derecho en la mesa, y con larga, mustia mirada, seguía la declamaC1Ó de su hermano. Sólo Daria Pávlovna parecíame a mí tranquila.

—Todo eso son absurdas alegorías —dijo, enojada, por fin, Varvara Petrovna_. Usted no ha contestado todavía a mi pregunta: “,Por qué?” Yo Sigo aguardando la respuesta.

LOS ULMUINIUS 1 J’

—tQue no he contestado a su “por qué”? ¿Que está usted aguardan mi contestación a su “por qué”? —dijo el capitán, guiñando el ojo—. - palabrillas de “por qué” se hallan difundidas por todo el Universo desde primer día de su creación,

señora, y la Naturaleza toda, a cada instante, grita a su Creador: “,Por qué?”, y hace siete mil años que no obtiene testación. ¿Es justo que precisamente el capitán Lebíadkin vaya a contesi eso, señora?

—Todo eso es absurdo, y nada más! —y Varvara Petrovna se cneo] rizó y perdió la paciencia—. Son solamente alegorías; y, además, se pern te usted hablar con demasiado calor, lo que yo, caballero, considero una solencia.

—Señora —prosiguió, sin escucharla, el capitán—, yo puede que siera llamarme Ernest, y, sin embargo, me veo obligado a llevar el ordini nombre de Ignat. Porque ¿qué piensa usted? Yo quisiera llaniarme prínci de Montbar, y, sin embargo, no soy más que Lebíadkin, sin más arreqi ves... ¿Por qué? Yo soy poeta, señora, poeta de alma, y podría recibir mi rublos de un editor, y, sin embargo, me veo obligado a vivir en un cuchitm ¿Por qué, por qué? ¡Señora! ¡A mi juicio, Rusia es un capricho de la I raleza, y nada más!

—Usted, decididamente, ¿no puede decir nada más concreto? —Yo puedo leerle a usted un poema: La cucaracha, señora. —,La qué.. .é. .

—]Señora, yo todavía no estoy loco! Llegaré a estarlo; lo estaré, s ramente; pero ¡todavía no lo estoy! Señora, un amigo mío..., una per:

no.. .bi. . .lí. . si.. ma, escribió una fábula a lo Krilov, titulada La cucarp ¿puedo leérsela a usted?

—tQuiere usted leernos alguna fábula de Krilov?

—No, no quiero leer ninguna fábula de Krilov, sino una fábula u propia, obra mía. Crea usted también, señora, sin ánimo de ofender, . tampoco estoy tan mal educado ni pervertido que no comprenda que Rusi posee un gran fabulista en Krilov,

al que el ministro de Instrucción Públic ha hecho erigir un monumento en el jardín de Verano, alrededor del e” juegan los niños. Pero, usted me preguntaba, señora: ¿por qué? La cc

tación va en el fondo de esta fábula, escrita con letras de fuego. —Lea usted su fábula.

Érase una cucaracha infantil que hubo de caerse en un jarro

de los que suelen usar a cazar moscas destinados.

—Señor, ¿qué es eso? —exclamó Varvara Petrovna.

—Quiere decir que era verano —atropellóse el capitán, gesticulan con la nerviosa impaciencia del actor al que le impiden declamar—, y Cu do en verano las moscas suben por los vasos, se pone en ellos un cebo

r

matarlas; el más tonto lo entiende; no me interrumpan ustedes, no me

u....

rrumpan; ya verán, ya verán... (no hacía más que mover las manos).

Su sitio ocupó la cucaracha; las moscas, el grito alzaron:

“Ya está nuestro vaso harto lleno a Júpiter le clamaron. Pero en tanto alzaban sus voces, acercóse Niktfor, un no.. .bi. .11.. .simo anciano...

Todavía no está terminado del todo, pero es igual —farfulló el capitán—. Nikifor coge el vaso y, a pesar del griterío, vierte en la letrina toda la comida, moscas y cucaracha, todo junto, cosa que ya se debía haber hecho hace tiempo. Pero fijese usted, fijese usted, señora: la cucaracha no rechista. Ahí tiene usted la respuesta a su “por qué” —exclamó triunfalmente—. ¡La cu. . ca.. .ra. . .cha no rechista! Por lo que se refiere a Nikifor, representa a la Naturaleza —añadió

atropelladamente, y muy ufano, púsose a dar vueltas por la habitación. Varvara Petrovna estaba terriblemente enojada.

—Pero ¿por qué dineros, permítame usted que le pregunte, que a usted le enviara Nikolai Vsevolódovich y que usted no recibiera, se atreve usted a acusar a una persona que pertenece a mi casa?

—]Una calumnia! —vociferó Lebíadkin, alzando trágicamente la dies;tra. —No, no es una calumnia.

—Señora, hay circunstancias que obligan a soportar más bien el oprobio de la familia antes que proclamar en voz alta la verdad. ¡No se irá de la lengua Lebíadkin, señora!

Estaba como ciego; poseíale la inspiración; sentía su importancia; se imaginaba seguramente algo. Quería ya ofender, ya mancillar en alguna forma, demostrar su poder.

—Lebíadkin es muy listo, señora —y guiñó los ojos con repulsiva sonrisa—, pero tiene su lado flaco: tiene un escape abierto a las pasiones. Y ese escape... es la vieja botella del húsar cantada por Denis Davídov. Cuando se encuentra en ese escape, señora, suele ocurrir que se ponga a escribir cartas en versos magníficos..., pero que luego querría recoger a costa de las lágrimas de toda su vida, porque deslustra el sentimiento de lo bello. Pero ¡luego que voló el pájaro, no lo cogerás por la cola! Pues ahí, en ese escape, señora, Lebíadkin puede irse de la lengua hasta respecto a una noble señorita, so color de noble indignación de un alma mortificada por las ofensas, cosa de la que se han aprovechado sus calumniadores. Pero Lebíadkin es liisto, señora. Y en vano se cierne sobre él un lobo maligno y le echa a beber a cada instante, esperando el final; no se irá de la lengua Lebíadkin, y en el fondo de la botella, en vez de lo esperado, siempre se manifiesta... la Sagascidad de Lebíadkin. Pero ¡basta, sí, basta! Señora, su suntuosa mansión Podiría pertenecer al más noble personaje; pero la cucaracha no rechista. FiJese usted bien, fijese usted bien, finalmente, en que no rechista, y reconozca su grandeza de alma.

i.o FEDOR M. DOSTOIEVSKI

LOS DEMONIOS 137

—Haga

usted

el favor de tocar el timbre, Stepán Trofimovich — Varvara Petrovna.

En aquel instante, abajo, en la portería, oyóse un timbrazo, e inmea tamente acudió, un poco alarmado por el campanillazo de Stepán Tr’ vich, Aléksieyi Yegórovich. El viejo y digno servidor parecía hallarse e estado de agitación extraordinaria. —Nikolai Vsevolódovich se ha servido llegar en este instante, y hacia acá —dijo, en respuesta a la interrogante mirada de Varvara PILJ

Yo la recuerdo especialmente en ese momento: primero se puso p pero de pronto sus ojos centellearon. Se irguió en su asiento, con una riencia de energía desusada. Todos también estaban desconcertados. La gada de todo punto inopinada, de Nikolai Vsevolódovich, al que no esperaba hasta dentro de un mes, resultaba extraña, no sólo por - sino también por la

fatal coincidencia con el presente instante. Hasta e pitán se quedó parado como un poste en medio del salón, boquiabiert mirando a la puerta con ojos enormemente estúpidos.

Y he aquí que en la sala contigua, una habitación grande y espaci sonaron pisadas, que se aproximaban ligeras, unas pisadas menudas, traordinariamente menudas; alguien parecía correr, y de pronto irrumpié la sala.., una persona que no era en modo alguno Nikolai Vsevolódov sino un joven completamente desconocido para todos.

y

Me permito detenerme y, aunque sólo sea a grandes rasgos, describir a personaje súbitamente aparecido.

Era un joven de veintisiete años, aproximadamente; de estatura a más que mediana, con los cabellos rubios, crespos y bastante largos, pt y un bigotillo incipiente, que apenas le apuntaba. Iba bien vestido, y la moda, pero no con elegancia;

parecía a la primera mirada cargado paldas y pesadote, pero no había tal cosa, y hasta resultaba desenvuelt recía un individuo extravagante, y, sin embargo, todos los que allí e mos encontramos después sus modales muy distinguidos y su convers siempre ceñida al asunto.

Nadie habría dicho que era feo, pero su cara no le fue a nadie simp ca. Tenía la cabeza alargada hacia la nuca y como aplanada por los L de suerte que resultaba con la cara aguda. La frente, alta y estrecha; las L ciones, menudas; la mirada, buída; la naricilla, pequeña y respingona; 1 labios, largos y finos. La expresión de su cara era literalmente enfermiza pero eso era sólo en apariencia. Un pliegue seco en las mejillas y alreded de los pómulos le daba el aspecto de un convaleciente de grave “‘ dad. Y, sin embargo, estaba perfectamente sano y fuerte; y es más: um’había estado enfermo.

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