—observó tranquilamente Schátov, que se había sentado en un pico de la mesa y apoyado ambos codos en las
rodillas.
46 Becadas o chochas (Kuliki).
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—También inedia en ello el odio —prosiguió, después de un minut silencio—. Ellos serían los primeros en ser horriblemente desgraciad cambiase de pronto el régimen de Rusia aunque fuese de acuerdo c:. ideas, y ésta llegara a ser rica y dichosa. A nadie podrían entonces env ni escupirle, ¡ni tendría tampoco contra quién conspirar! Aquí sólo h: odio bestial, infinito, a Rusia, que se les ha infiltrado en el organismo.. no hay que buscar nada de lágrimas invisibles del mundo bajo la risa ble! Jamás se dijo en Rusia frase más falsa que la referente a esas lágri invisibles —exclamó casi con rabia.
—;Vaya, ya se ha puesto furioso! —dije, echándome a reír.
—Pero usted es un... “liberal moderado” —rió también Scháto’ Sabe usted —saltó de pronto— que yo también es posible que haya h mal al hablar de “lacayismo de pensamiento”; usted, seguramente, pensado en seguida: “Tú eres el hijo de lacayo y no yo!”
—En absoluto pensé tal cosa... ¿Qué le pasa a usted?
—Pero no se disculpe usted, que no le temo. Entonces sólo yo r casta de lacayos; pero ahora también usted será lacayo, igual que yo. 1’ tros liberales rusos son, ante todo, lacayos, y sólo piensan en limpian botas a alguien.
—iQué botas! ¡Vaya una alegoría!
—No hay tal alegoría! Usted, lo estoy viendo, se ríe... Stepán Ti1 movich dijo la verdad al decir que yo estaba debajo de una piedra, c, do, pero no aplastado, y que me agito en convulsiones; estuvo muy a do en la comparación.
—Stepán Trofimovich asegura que usted tiene la monomanía .. alemanes —dije, riendo—. Nosotros, sin embargo, les
hemos quitado L tantes cosas del bolsillo a los alemanes. —Les cogimos dos grívenes y les hemos devuelto cien rublos. Callamos un minuto.
—Ese otro fue en América donde contrajo su enfermedad. —j,Quién? ¿Qué enfermedad?
—Me refiero a Kírillov. Yo estuve con él allí; cuatro meses dormi: en el suelo de una choza.
—Pero ¿Acaso ha estado usted en América? —preguntéle, maravi do—. Nunca me habló de eso. —Para qué hablar de ello? Hace tres años que nos embarcamos c:
buque de emigrantes para los Estados Unidos, con nuestros últimos diner “para probar por uno mismo la vida del emigrante norteamericano, y de modo, por experiencia “personal”, comprobar el estado del hombre c situación social para él más dura.” He ahí con qué objeto nos embarcarn
—Señor! —dije riendo—. ¡Mejor habrían hecho ustedes en dirigirs cualquier lugar del campo de nuestro gobierno en la época de la siega “a co probar por propia experiencia”, que no en irse a América!
—Nosotros allí nos contratamos como obreros al servicio de un p no; había a sus órdenes seis rusos... estudiantes, y también propietarios
ta oficiales, y todos animados de ese alto propósito. Y trabajábamos, nos h;S,bamos nos atormentábamos, nos
cansábamos, y, por último, Kirillov a lo dejamos..., caímos enfermos, no pudimos más. El patrono, al haceros las cuentas, en vez de los treinta dólares convenidos, me pagó sólo
cho y a Kirillov, quince; también más de una vez nos calentó el cuerpo a olpeS. Entonces flOS quedamos sin trabajo, y
estuvimos durmiendo en el uelo en un poblacho cuatro meses seguidos; él pensaba únicamente en una cosa y yo en otra. _-Pero ¿es que el patrono pudo pegarles a ustedes en Norteamérica? vaya, seguramente lo insultarían ustedes!
_-Nada de eso. Nosotros por el contrario, desde el primer momento dijimos Kirillov y yo, que “nosotros los rusos, ante los norteamericanos, somos unos niños pequeños, y que era preciso haber nacido en Norteamérica, o, por lo menos, haber vivido muchos años con los norteamericanos, para estar a su nivel.” ¿Qué más? Cuando a nosotros, por una cosa que valía un copec, nos pedían un dólar, pagábamos no sólo con gusto, sino hasta con entusiasmo. Lo elogiábamos todo: el espiritismo, la ley de Lynch, los revólveres, los vagabundos. Una vez estábamos comiendo, y un tipó fue y me metió la mano en el bolsillo y me sacó mi peine y se puso a peinarse con él; yo me limité a cambiar una mirada con Kirillov, y decidí que aquello estaba bien y me había hecho mucha gracia...
—Es raro que entre nosotros no sólo ocurran esas ideas, sino que se ejecuten también —observé yo. —Gente de papel —asintió Schátov.
—Sin embargo, atravesar el océano en un buque de emigrantes, abordar a una tierra desconocida, sólo para “conocer por propia experiencia”, etcétera, etcétera..., en eso hay, por Dios, cierta magnánima entereza... Pero ¿cómo salieron ustedes de allá?
—Yo le escribí a un hombre de Europa, que me envió cien rublos.
Schátov, en tanto hablaba, tenía todo el tiempo, según su costumbre, fija en el suelo la vista, hasta cuando se exaltaba. De pronto alzó la cabeza.
—,Querria usted saber el nombre de ese hombre? —c,Quién fue?
—Nikolai Stavroguin.
De pronto levantóse, fue a su escritorio de madera de tilo y se puso a buscar algo. Hasta nuestros oídos había llegado el rumor vago, pero fidedigno, de que su mujer, durante algún tiempo, había estado en relaciones Con Nikolai Stavroguin en París, y precisamente hacía dos años; es decir, Cuando Schátov se encontraba en América..., aunque, a decir verdad, ya haCia mucho que, después de eso, la dejara a ella en Ginebra. “Si es así, ¿por que se empeña ahora en decirme su nombre
y en darme detalles?”, pensé.
—Hasta ahora no se los he devuelto —dijo, encarándose de pronto nuevamente conmigo, y, después de mirarme atentamente, fue a sentarse en el Sitio de antes, en un rincón, y preguntóme con voz entrecortada, que pa- recia del todo otra:
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—Usted, sin duda, habrá venido a algo. tQué se le ofrece a usted
Yo en seguida se lo referí todo por riguroso orden histórico, y que, aunque ya ahora había tenido tiempo de recapacitar después de arrechucho, estaba todavía más desorientado; comprendía que allí rz. algo de mucha importancia para Lizaveta Nikoláycvna; que deseaba ‘ mente ayudarla, siendo lo malo que no sólo no sabía cómo cumplir 1. mesa que le había dado,
sino que ni siquiera comprendía qué era, conc mente, lo que le prometiera. Luego, en términos sugestivos, asegurélc vez más que ella no quería ni pensaba engañarle, que allí había habid guna mala inteligencia y que ella estaba bastante disgustada por el modo que había tenido él de retirarse...
El me escuchaba atento.
—Es posible que yo, según mi costumbre, cometiese antes alguna pidez... Bueno; pero si no se explica por qué mc vine de allí así..., rpara ella.
Se levantó, se acercó a la puerta, la entreabrió y se puso a escuc lado de la escalera. —,Desea ver, usted mismo, a esa persona?
—Eso es lo que necesito; pero ¿cómo arreglármelas? —exclamé borozado.
—Pues iremos allá, sencillamente, cuando esté sola. Cuando él y, le pegará si sabe que nosotros hemos estado a verla. Yo
voy con frecu a verla a escondidas de él. Hace poco tuve que pegarle yo para que zurrara. —,Usted?
—Eso mismo; lo cogí por los cabellos y lo aparté de ella; quiso me, pero lo atemoricé, y así quedó la cosa. Temo que vuelva borrr acuerde... y le siente la mano en venganza.
Inmediatamente bajamos. y
La puerta de la casa de Lebíadkin estaba sólo entornada, no cerra todo; así que entramos con toda libertad. Todas sus habitaciones se cían a dos cuartitos fcos y chicos, con las paredes ahumadas, de las r”’ gaban materialmente pedazos del sucio empapelado. Allí, durante años, había tenido su dueño, Filippov, la taberna, hasta que la traslad nueva casa. Las demás habitaciones, que antaño habían pertenecido a berna, estaban ahora cerradas, y estas dos las ocupaba Lebíadkin. El ir je se componía de unos bancos sencillos y unas mesas de pino, apar una vieja butacona sin brazos. En la segunda salita, en un rincón, habíi cama con una colcha de indiana, que pertenecía a mademoiselle Lebí en cuanto al capitán, al acostarse por las noches, rodaba al suelo, y L. cas veces vestido y todo. Por doquiera, suciedad, desorden, abandon trapo grande,
mojado, estaba tirado en la primera habitación en el s::
allí en aquella pocilga, veíase un zapato viejo destrozado. Saltaba a la vista ue allí nadie se cuidaba de nada: la estufa no se encendía, la comida no esaba dispuesta; ni siquiera tenían samovar, según detalladamente me contó Schátov. El capitán había llegado a la ciudad con su hermana en un estado de miseria absoluta, y, como dijera Liputin, efectivamente, al principio iba a pedir a las casas; pero habiendo recibido inesperadamente dinero, en seguida se dio a la bebida y hasta perdió el juicio con el vino, de suerte que ya no tenía tiempo para atender su casa.
Mademoiselle Lebíadkin, a la que yo tenía tanto afán por ver, estaba plácida y discretamente sentada en el segundo
aposento, ante la mesa de cocina, en un banco. No nos dijo nada al abrir nosotros la puerta, y, ni siquiera se movió de su sitio. Schátov decía que allí no se cerraba nunca la puerta y que una vez había quedado abierta de par en par toda la noche. A la luz de una vela opaca y tenue en un candelero de hierro, vi una mujer de unos treinta años, de una delgadez
enfermiza, que vestía un traje oscuro, viejo, de indiana, y tenía al descubierto el largo cuello, y el cabello, oscuro, fino, hecho un moño en la nuca, del tamaño del puño de un chico de dos años. Nos miró con expresión bastante alegre; además del candelero, tenía delante, encima de la mesa, un espejito de madera, una vieja baraja, un librillo de coplas y un panecillo alemán blanco, al que ya le había dado uno o dos mordiscos. Saltaba a la vista que mademoiselle Lebíadkin se ponía blanquete y colorete y se pintaba los labios. Teñíase también las cejas, que ya, de por sí, teníalas largas, finas y oscuras. En la frente, estrecha y alta, pese al blanquillo, se le marcaban con toda claridad tres largas arrugas. Yo ya sabía que era coja, pero aquella vez, delante de nosotros no se levantó ni anduvo. Allá, en tiempos, en su primera mocedad, aquel rostro chupado pudo parecer no del todo feo: pero sus serenos, amables ojos grises, todavía eran notables: algo de soñador y sincero iluminaba su plácida y casi alegre mirada. Aquella alegría serena, tranquila, que se expresaba también en su sonrisa, asombróme después de lo que oyera decir de que la castigaban con la nagaika y todas aquellas cosas deshonrosas de su hermano. Cosa rara: en vez de la enojosa y hasta temerosa aversión que, por lo general, sentimos en presencia de todos los sujetos semejantes a ella, castigados por la mano de Dios, ami me fue casi agradable verla desde el primer momento, y sólo quizá piedad, pero nunca repulsión, llegué luego a sentir.
espejo —díjome desde elumbral señalando a ella, Schátov—; ni siquiera come, ya lo ve usted. La vieja que vive en el pabellón le trae algo de cuando en cuando. ¡Por Cristo, cómo pueden dejarla sola, sin más que la vela!
Con asombro de mi parte, Schátov hablaba alto, como si ella no estuviese en la habitación. —Buenos días, Schátuschka! —díjole afectuosamente mademoiselle Lebiadkina.
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—Te traigo visita, Maria Timoféyevna47 —dijo Schátov.
—Bueno, pues se le harán los honores. No sé a quién me traes, recuerdo tampoco de nada —dijo, mirándome de hito en hito a la luz vela.
E inmediatamente volvió a encararse con Schátov (ya no volvió a rar en mí en todo el tiempo del diálogo, ni más ni menos que si no e’ ra presente).
—Te aburrías, ¿verdad? de dar vueltas solo en tu cuartucho —i - riéndose, con lo que dejó ver dos magníficas hileras de
dientes.
—Sí, me aburría, y, además, tenía que verte.
2
Schátov acercó un banquillo a la mesa, se sentó y me hizo sentar lado.
—La charla a mí siempre me gusta, sólo que, a pesar de todo, cuentro algo ridículo, Schátuschka: pareces un fraile. ¿Cuándo te pei Trae acá la cabeza, te la arreglaré otra vez —dijo, sacando un peine e” sillo—. ¿Es que desde la última vez que te la peiné no has vuelto a te en ella?
—Resulta que yo no tengo peine —dijo Schátov riendo.
—j,De veras? Pues te regalo el mío, no éste, sino otro, pero recu me lo.
Con el gesto más serio, púsose a peinarle, y hasta le sacó la rr lado; inclinóse un poco hacia atrás, lo miró a ver si estaba bien y y:
guardarse el peine en el bolsillo.
—Sabes una cosa, Schátuschka? —dijo moviendo la cabeza—. un chico hasta de talento, y, no obstante, te aburres. Todos vosotros ir recéis raros; no comprendo cómo os hartáis de aburrimiento.Y más pena, no aburrimiento. Yo estoy alegre. —j,También estás contenta con tu hermano?
—Te refieres a Lebíadkin? Es mi criado. Y me es del todo igual esté aquí o que no esté. Yo le grito: “1Lebíadkifl, tráeme agua! ¡Lebíad dame los zapatos!”, y corre a hacerlo; a veces, pecas: tú te burlas de é,
—Y así es, punto por punto —dijo Schátov dirigiéndose a mí alto ceremonias—. Lo trata exactamente igual que a un criado; yo mismo oído gritarle: “1Lebíadkin, dame agua!”, yal hacerlo así, se reía; la diferencia estriba en que él no iba corriendo por el agua, sino que, en eso, se ponía a pegarle; pero ella no le tiene miedo. Le dan no sé q:
ques nerviosos casi todos los días y pierde el conocimiento, tanto que no se acuerda de nada de lo que acaba de ocurrir y siempre pierde la y del tiempo. ¿Usted piensa que se acuerda
de
que entró usted? Puede acuerde; pero ya seguramente loha trastocado todo a su manera, y nos toma por otros personajes distintos de
lo
que somos, aunque sí r_ que yo soy Schátuschka. No importa que yo hable recio: a los que le deja en seguida de escucharlos, y se lanza al punto a soñar para sí; c se lanza. Es una soñadora extraordinaria; por espacio de ocho horas,un día se está en un mismo sitio sin moverse. Ahí tiene un panecillo; es poslble que desde esta mañana sólo le haya dado un mordisco y que le dure hasta el otro día. Mire usted: ya se ha puesto a echar las cartas...
_Echo y vuelvo a echar las cartas, Schátuschka; pero nada me sale ._dijo de pronto Maria Timoféyevna, que había oído las últimas palabras.
y, sin mirar, alargó la mano izquierda al panecillo (también, probablemente por haberle oído mentar). Cogiólo finalmente; pero, después de tenerlo un rato en la mano izquierda, y distraída por la conversación, que había vuelto a animarse, volvió a dejarlo encima de la mesa sin advertirlo y sin morderlo ni una vez.
_Siempre me sale lo mismo: un camino, un hombre malo, una villanía de no sé quién, un lecho de muerte, una carta de no sé dónde, noticias inesperadas... A mí todo esto me parecen patrañas, Schátuschka, ¿qué piensas tú? Si la gente miente, ¿por qué no han de mentir las cartas? —de pronto se puso a barajarlas—. Esto mismo le dije yo una vez a la madre Praskovia, una honrada mujer que venía a mi celda a que le echara las cartas a escondidas de la madre superiora. Y que no era la única que iba. Se quejaban, movían la cabeza, sentábanse en fila, y yo, a todo esto, riéndome. “Pero vamos a ver: ¿de dónde va usted, madre Praskovia, a recibir ninguna carta, cuando en doce años no la ha recibido? Una hija suya se le había casado allá en Turquía, y durante doce años, no oyó ni pío de ella. Pero no hago yo más que sentarme al otro día a tomar el té, por la noche, con la madre superiora (que era de casta de princesas), y veo que se halla también presente una señora forastera, una gran soñadora, y un monje del monte Athos, que me pareció harto ridículo. ¿Y qué te figuras, Schátuschka? Pues ese monje, aquella misma mañana, habíale traído a la madre Praskovia una carta de su hija desde Turquía. ¡Ahí tienes el valet de carreau..., la noticia inesperada! Tomamos el té, y el monje de Athos le dice a la madre abadesa: “Y, ante todo, venerable madre abadesa, ha bendecido el Señor su convento con haberle dado a guardar bajo su techo tan preciadísimo tesoro.” “Qué tesoro dice?”, —pregunta la madre abadesa—. Pues la bienaventurada madre
Lizaveta estaba en el claustro emparedada, en una hornacina de una sáchena de largo por dos arschjnas de alto, y llevaba allí, detrás de una reja de hierro, diecisiete años, con sólo una camisa de estameña así en verano como en invierno, y siempre, con una pajita o una varilla prendida en la tela, se mortificaba, y nada decía, ni se peinaba, ni se lavaba en diecisiete anos. En invierno le llevaban una piel y, además, todos los días, un canastito Con un pan y una jarra de agua. Los peregrinos la contemplaban, plañían, Suspiraban, daban dinero. “He ahí nuestro tesoro —respondió la madre abadesa (se había puesto de mal humor; no podía soportar a Lizaveta)—. Lizayeta hace todo eso por pura maldad, por pura obstinación, y todo eso es un infundio.» A mí no me hicieron gracia esas palabras, porque también que- rna, entonces emparedarme así. “Pues yo creo cligo que Dios y la Naturaleza son todo uno.” Todos a una me replicaron: “Vaya ocurrencia!”
47 Maria, hija de Timoteo.
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LOS DEMONIOS III
La
abadesa se
echó a reír, díjole al oído no sé qué a la señora, me 1’ me estuvo acariciando, y la señora me regaló un lacito color rosa. que te lo enseñe? Bueno; pues el monje fue y se puso allí a sermone; pero con tanta amabilidad y placidez hablaba y con tanto talento, sí, ç me estaba quietecita escuchándole. “i,Has comprendido?”, me pre “No —le dije —, no he comprendido nada, y déjeme usted en paz!” 1 entonces me dejaron ya completamente en paz, sola, Schátuschka. Por tiempo también, al salir de la iglesia, una de las religiosas, que viví con nosotras castigada por hacer profecías, fue y me preguntó: “La r de Dios, ¿qué cosa es? ¿Qué piensas tú?” “La gran madre —respondí. esperanza del género humano.” “Así es —dice—; la gran madre de 1 meda tierra es, y en esto se encierra para el hombre una gran alegr toda pena terrestre y toda lágrima terrenal... es alegría para nosotr cuando hayas empapado con tus lágrimas la tierra hasta mediaarscr profundidad, en seguida te sentirás consolada. Y nunca, nunca más v a tener amarguras, que así dice la profecía.”
Esas palabras me hicier tonces una impresión grande. Desde aquel día, al hacer la oración, trarme en tierra, siempre la beso, la beso y lloro. Y mira, Schátuscl creas que hay en estas lágrimas nada malo; y aunque tú no tengas p lo mismo: las