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Chéire, chére

In document dostoievsky-demonios (página 87-91)

Y Step, Trofimovich dio un pas hacia delante; pero se detuvo, p sando que cera peligroso interrumpirla.

Y 5i usted siempre junto a

Niclas

—y en parte declamaba ya vara Petrovna_ se hubiese encontrad como un Horacio apacible, g en su modetstia (otra magnífica expresin suya, Stepán Trofimovich), es sible que hace mucho tiempo se hubiee salvado del triste y “súbito ¿ nio de la tronja”, que toda su vida h estropeado. (Lo del demonio ironía es Ottra maravillosa

expresión su’a, Stepán Trofimovich.) Pero

las

no tuvo nunca a su lado ni un Horaio ni una Ofelia. Sólo tuvo a su ti dre. ¿Y qu puede hacer una madre sda, y en tales circunstancias? usted, Piotrr Stepánovich, que a mí m parece sumamente comprensible que una Crijatura como

Nicolas

pudier frecuentar esos sucios parajes q. usted acabaL de describirnos9 A mí me isulta clara ahora esa “ironía” de , vida (iadmirablemente exacta su expreión!), esa insaciable sed de contras tes, ese

SOltnbrío fondo del cuadro en c.ie se destaca como un brillante, c

gén su comparación de usted, Piotr Stepánovich. Y mire usted: allí fue a encontrarse con una criatura vejada de todo el mundo, impedida y medio loca, y al mismo tiempo dotada, es posible, de los más nobles sentimientos...

—Hum!... Sí, concedámoslo.

—Y usted, después de todo esto, no comprende que él no se ría de ella, corno todos. ¡Oh, la gente! Usted no comprende que él la defienda de su ofensor, que la rodee de respetos “como a una marquesa” (ese KiriIIo cala, por lo visto, a fondo en las personas, aunque tampoco haya compren. dido a

Nicolas).

Si usted quiere, precisamente de ese contraste resultó l desdicha: de haber estado esa desdichada en otra situación, puede que nc hubiese llegado a concebir ilusión tan

descabellada. Una mujer, una mujef es la única que puede comprender esto, Piotr Stepánovich, ¡y cuánto siente que usted..., es decir, no que no sea usted mujer, sino siquiera que no le sea por esta vez, para poder comprenderlo!

—En el sentido de que cuanto peor, tanto mejor la comprendo a usted, la comprendo a usted, Varvara Petrovna. Con esto pasa lo mismo, poco má o menos, que con la religión: cuanto peor vive el hombre o más apuros y pobreza pasa el pueblo todo, tanto más tenazmente sueña con la recompensa en el Paraíso; y si, además, cien mil sacerdotes se desviven todavía para fomentar sus ilusiones y sus ensueños... La comprendo a usted, Varvar Petrovna; esté tranquila.

—No es del todo así; pero dígame usted: ¿es que

Nicolas,

para sofocai esa ilusión en ese desdichado organismo (por qué Varvara Petrovna emplearía aquí la palabra organismo, no puedo explicármelo), estaba obligadc a burlarse de ella y tratarla como los demás funcionarios? ¿acaso usted nc reconoce la elevada piedad, el noble temblor de todo el organismo, con que

Nicolas

de pronto espetóle severamente a Kirillov: “Yo no me burlo de ella”? ¡Sublime, santa contestación! —“Sublime!” —balbuceó Stepán Trofimovich.

—Y fijese usted: no es él tan rico como usted piensa. La rica soy yo, y no él, y él entonces apenas si recibía algo de mí. —Comprendo, comprendo todo eso, Varvara Petrovna —revolvióse Piotr Stepánovich, algo impaciente ya.

—Oh, qué genio el mío! Me reconozco en

Nicolas.

Reconozco esa fogosidad, esa posibilidad de violentos, amenazadores arrebatos... Y si llegáramos a intimar, Piotr Stepánovich, cosa que yo sinceramente deseo, tantc más cuanto que ya le estoy obligada, es posible que entonces me compren- da...

—Crea usted que yo, por mi parte, también lo deseo —balbuceó Pioti Stepánovich con voz entrecortada.

—Comprenderá usted entonces ese arranque, por el cual en esa ceguera de nobleza elige el hombre de pronto una criatura indigna de él en todot sentidos, incapaz de comprenderlo, dispuesta a atormentarlo en la primera ocasión, y a esa criatura, a despecho de todo, la erige de pronto en ideal, en ilusión, concentra en ella todos sus ensueños, inclinase ante ella, le consa

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LOS DEMONIOS

gra su vida toda, sin saber por qué... Puede que precisamente por eso de ser digna de él... ¡Oh, cuánto he sufrido toda mi vida, Piotr Stepánovicl

Stepán Trofimovich, con aire enfermizo, hacía por cazar mi pero yo volví a tiempo la cabeza.

—Y todavía, hace poco, recientemente... ¡Oh, y qué culpable soy c

Nicolas!...

Usted no lo creerá, me atormentaban por todos lados, L.’ todos, así sus enemigos como la gentuza y sus mismos amigos; puede q más sus amigos que sus

enemigos. Cuando me enviaron el primer ? preciable anónimo, Piotr Stepánovich, no tuve, finalmente, bastante c cio para contestar a toda esa maldad... ¡Nunca, nunca me perdonaré esa bardía!

—Ya había oído hablar de los anónimos —dijo Piotr Stepánovich, - mándose súbitamente—, y sabré descubrir a sus

autores, esté tranquila.

—Pero usted no puede figurarse qué enredos han urdido aquí... torturado incluso a la pobre Praskovia Ivánovna... Y a ella también, , qué? Es posible que yo me haya portado mal contigo hoy, Praskovia -. novna, amiga mía —añadió, en un

generoso arrebato de ternura, pero no cierta triunfal ironía.

—Basta de eso,

mátuschka

—murmuró aquélla, malhumorada—. P a mi juicio, hay que acabar con todo esto. Ya hemos hablado demasiadi

—y volvió a mirar tímidamente a Liza, la cual contemplaba a Piotr ‘ novich.

—Pero a esa pobre, a esa desdichada criatura, a esa demente que t lo ha perdido, y sólo ha conservado el corazón, tengo el propósito de - jarla —exclamó, de pronto, Varvara Petrovna—. Es un deber que estoy puesta a cumplir religiosamente.

Hoy mismo quedará bajo mi protección.

—Lo cual estará muy bien, en cierto sentido —dijo Piotr Stepánovic completamente animado—. Perdone usted: antes no concluí del todo. precisamente, iba a hablar de protección. Puede usted figurarse que al p en aquella ocasión Nikolai Vsevolódovich (prosigo por donde había d mi relato, Varvara Petrovna), ese caballero, ese mismo señor L -. juzgóse en

seguida con derecho a disponer de la pensión que le habían nado a su hermana, toda entera, y tal cosa dispuso. No sé a punto fijo c Nikolai Vsevolódovich habría arreglado la cosa; pero al cabo de un año llándose ya en el extranjero, al enterarse de lo sucedido, viose o - disponerlo de otro modo. Tampoco conozco detalles; él se los contará a ted; pero sé

solamente que a la interesada la habían internado en no sé monasterio, hasta muy confortable, pero bajo una vigilancia discreta. ¿Cc prende usted? Pero ¿qué pensará usted que hizo entonces el señor Let kin? Pues, ante todo, hizo toda clase de esfuerzos por averiguar dónde bían escondido su papel del Estado, es decir, a su hermana, lo que no 1 hasta hace poco, sacándola entonces del convento, mediante la alegación no sé qué derecho sobre ella, y trayéndosela aquí. Aquí no cuida de su a mentación; le pega, la tiraniza; finalmente, recibe por no sé qué cond

una suma considerable de Nikolai Vsevolódovich, con absurdas exigencias, caso de no pagarle en lo sucesivo la pensión a él mismo, en

su mano, con acudir a los Tribunales. De este modo, la voluntaria donación de Nikolai Vsevo dovich la considera ya como una obligación. ¿Puede usted imagmnase tal cosa? Señor Lebíadkin, ¿no es verdad “todo” lo que acabo de decir?

El capitán, que hasta entonces había permanecido en pie, en silencio, adelantóse rápidamente dos pasos y se puso todo encamado.

__-Piotr Stepánovich, se ha conducido usted cruelmente conmigo _—dijo, como si se le escaparan aquellas palabras. __Cómo cruelmente? ¿Por qué? Pero permita usted: después hablaremos de crueldad o de blandura; ahora le ruego que conteste a mi pregunta:

¿Es verdad o no lo es “todo” lo que acabo de decir? Si usted cree que no es verdad, puede en el acto hacer las rectificaciones oportunas.

—Yo... Usted mismo sabe, Piotr Stepánovich... —balbuceó el capitán, después de lo cual se detuvo y guardó silencio. Es preciso observar que Piotr Stepánovich estaba sentado, con las piernas cruzadas, en tanto el capitán se hallaba en pie, ante él, en la más respetuosa actitud.

La vacilación del señor Lebíadkin desagradó mucho, al parecer, a Piotr Stepánovich. Por su rostro pasó un temblor maligno.

—Pero ¿acaso tiene usted algo que rectificar? —y miró con malicia al capitán—. Pues, en ese caso, haga el favor de hablar; le están aguardando.

—Usted mismo sabe, Piotr Stepánovich, que, por ahora, no puedo rectificar nada. —No, yo eso no lo sé; es la primera vez que lo oigo. ¿Por qué no puede usted hablar? El capitán callaba, fija la vista en el suelo.

—Permítame usted que me retire, Piotr Stepánovich —respondióle con

—Pero no antes que haya usted dado alguna contestación a mi primera pregunta: ¿Es verdad “todo” lo que he dicho? —Es verdad —profirió Lebíadkin con voz sorda, y alzó los ojos hacia SU sayón.

Hasta le corría el sudor por las sienes. —LEs verdad “todo”?

—Todo es verdad.

—No tiene usted nada que añadir, que hacer observar? Si usted cree que soy injusto, rectifiqueme; proteste usted, manifieste en voz alta su indignacj

—No, no tengo que objetar nada.

—Amenazó usted recientemente a Nikolai Vsevolódovich?

—Eso..., eso fue en su mayor parte culpa del vino, Piotr Stepánovich —alzó de pronto la cabeza—. Piotr Stepánovich, cuando el honor de

energía.

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LOS DEMONIUS

la familia y el oprobio inmerecido se atraviesan ante las criaturas..., , entonces es el hombre culpable? —exclamó,

olvidándose de nuevo.

—Pero, ¿casualmente está usted ahora despejado, señor Lebíadkin? Piotr Stepánovich le lanzó una penetrante mirada. —Yo... despejado.

—?Qué significa eso del honor de la familia y del oprobio inmerec

—No quería referirme a nadie, a nadie quise aludir. Lo decía adentros —balbuceó de nuevo el capitán.

—A usted, al parecer, le han ofendido mucho mis expresiones a sito de su persona y su modo de conducirse. Está usted muy nervioso, Lebíadkin. Pero permítame usted: todavía no he pasado a hablar de su ducta en su verdadero sentido. Puede que pase a hablar de ella; muy pudiera ocurrir, pero hasta ahora no he empezado a exponerla en su “ve

dero” aspecto.

1

El capitán se estremeció y miró aterrado a Piotr Stepánovich. —Piotr Stepánovich, ahora es solamente cuando empiezo a desperti —jHum! Y he sido yo quien le ha despertado?

—Sí; es usted quien me ha despertado, Piotr Stepánovich; yo he r durmiendo cuatro años bajo la nube que se cernía. ¿Puedo, finalmente, rarme, Piotr Stcpánovich?

—Ahora ya, sí, siempre que Varvara Petrovna no estime necesario. .

Pero aquélla hizo un ademán de asentimiento.

El capitán saludó, dio dos pasos hacia la puerta, se detuvo de llevóse la mano al corazón, quiso decir algo; no lo dijo; y, rápidamente, capó. Pero en la puerta hubo de tropezar con Nikolai Vsevolódovich cual se echó a un lado; el capitán pareció haberse quedado petrificad pronto en su presencia, y como muerto en el acto, sin quitarle ojo, conejo ante la serpiente boa. Después de aguardar un momento, Vsevolódovich lo apartó con la mano y penetró en el salón. VII

Estaba contento y tranquilo. Puede que le acabase de ocurrir algo muy no, que aún no conocíamos nosotros; pero es el caso que parecía e_: mente contento.

—Me perdonas,

Nicolas?

—dijo Varvara Petrovna sin poder conten se, y salió, presurosa, a su encuentro. Pero

Nicolas

soltó una carcajada rotunda.

—jEso es! —exclamó, bonachón y chancero—. Yo veo que está enterada de todo. Ya yo, al salir de aquí, iba pensando en el coche: “O do menos, hubiera debido contar alguna anécdota. ¡Cómo salirme así! ¡ al recordar que quedaba aquí Piotr Stepánovich, se me quitó la preO(ción.

Al hablar miraba rápidamente en torno suyo.

—Piotr Stepánovich nos ha contado una vieja historia petersburgUes de la vida de un bicho raro —encareció Varvara Petrovna solemnemeflte

de Un hombre caprichoso y loco, pero siempre elevado en punto a sentimientos, siempre de una caballeresca nobleza... _Caballeresca? Pero ¿hasta aquí ha llegado? —dijo

Nicolas

riendo—. unque, después de todo, le estoy muy reconocido a Piotr Stepánovich, esta vez por SU apresuramiento. (Al decir esto, cambió con él una mirada instantánea.) Ha de saber

usted,

maman,

que Piotr Stepánovich... es el reconciliador universal. Este es su papel, su manía, su caballo de batalla; y yo se lo recomiendo a usted especialmente en este aspecto. Adivino lo que les habrá relatado aquí. Porque él siempre habla largo y tendido cuando cuenta algo; lleva en la cabeza un archivo. Fíjense ustedes en que, en su calidad de realista, no puede mentir, y estima más la verdad que el éxito...; claro que quitando circunstancias especiales en que estima más el éxito que la verdad (al decir esto, seguía mirando en torno suyo). De este modo, puede usted ver claro,

maman,

que no le toca a usted pedirme a mí erdón, y que si en todo esto ha habido algo de locura, ha sido, desde luego, de mi parte, lo que quiere decir, al fin y al cabo, que yo estoy loco... Hay que sostener la fama local...

Al llegar aquí, abrazó tiernamente a su madre.

—En todo caso, ahora el asunto está terminado y referido, y, por consiguiente, podemos dejarlo a un lado —añadió. Y una vibración seca, firme, traslucióse en su voz. Varvara Petrovfla, comprendió aquel dejo; pero su exaltación no cedió, sino todo lo contrario.

—No te aguardaba antes de un mes,

Nicolas.

—Yo, naturalmente, se lo explicaré todo,

maman;

pero ahora... Y encaróse con Praskovia Ivánovna.

Pero ésta apenas si volvió hacia él la cabeza, no obstante la emoción que mostrara media hora antes, a su primera

aparición. Ahora también tenía nuevas preocupaciones. Desde el momento en que salió el capitán y se tropezó en la puerta con Nikolai Vsevolódovich, Liza empezó de pronto a reírse, al principio de un modo quedo y entrecortado, pero luego la risa fue subiendo de tono, haciéndose cada vez más clara y sonora. Se había puesto muy encarnada. El contraste con su anterior sombrío aspecto era extraordinario. En tanto Nikolai VsevolódoviCh estuvo hablando con Varvara Petrovna, llamó a su lado dos veces seguidas a Mavrikii Nikoláyevich, cual si desease decirle algo por lo bajo; pero no bien se inclinaba aquél hacia ella, al punto soltaba la carcajada. Habría podido inferirse que se reía del pobre Mavrikii Nikoláyevich. Por lo demás, esforzábase visiblemente por reprimirse, y se tapaba la boca con el pañuelo. Nikolai Vsevolódovich, con el aire más inocente y sencillo, se acercó a saludarla.

—Usted me perdonará _respondió ella, atropelladamente—. Usted. usted, sin duda, habrá visto a Mavrikii Nikoláyevich... ¡Dios, qué injustamente alto es usted, Mavrikii NikoláyeViCh!

Y volvió a echarse a reír. Mavrikii Nikoláyevich era de elevada estatura, pero no desmedidamente alto.

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—i,Usted... hace mucho que llegó? —balbuceó, volviendo a y hasta aturrullándose, pero con ojos centelleantes. —Unas dos horas —respondió Nico/as, mirándola de hito en hito. Observaré que estaba sumamente discreto y cortés; pero al proferir SI

cortesías, mostraba un aspecto de perfecta indiferencia, hasta de aburnmjent —tY dónde va usted a alojarse?

—Aquí.

Varvara Petrovna también seguía con la vista a Liza; pero de pron asaltóle un pensamiento.

—i,Dónde estuviste hasta ahora, Nico/as, esas dos horas? —dijo, acej cándose—. El tren llega a las diez. —Primero fui con Piotr Stepánovich a ver a Kiriilov. Y a Piotr Step novich me lo encontré en Matviéyevo, la antepenúltima estación, y en mismo vagón acabamos de hacer el viaje.

—Yo, desde el amanecer, aguardaba en Matviéyevo —asintió Pio Stepánovich—. Los últimos vagones de nuestro tren

descarrilaron esta n che, y por poco si me rompo una pierna.

—jRomperse una pierna! —exclamó Liza—. “Mamá”, “mamá”, y que quería ir contigo la semana pasada a Matviéyevo, para que nos hubiér mos roto una pierna.

—El Señor nos asista!

Y Praskovia Ivánovna santiguóse.

—“Mamá”, “mamá”, mamaíta, no se asuste usted, aunque, efectivaa mente, me rompiese ambas piernas; a mí pudiera muy bien ocurrirme; usted misma lo dice, que, como monto todos los días a caballo, me rompiese ufl día la cabeza.

Mavrikii Nikoláyevich, ¿me conducirá usted del brazo si cojeo? —volvió a reírse—. Si tal cosa me ocurriese, de nadie me

dejaría

conducir más que de usted; cuente con ello. Pero supongamos que sólo mC rompo una pierna... Bueno; sea usted amable, diga que ello lo considerará una suerte.

—,Una suerte con una pierna menos?

Y Mavrikii Nikoláyevich frunció seriamente el ceño.

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