COLECCION FORJADORES DEL PERU
MANCO INCA
Juan José Vega
Volumen 1: Maco Inca Director de la colección:
Dr. José Antonio del Busto Duthurburu
Carátula: Oscar López Aliaga
1.5. B. N. 84-8389-600-1 (Obra completa) 1.5. B. N. 84-8389-601-X (Este volumen)
Fue en unos "aposentos de los reyes Incas", ubicados cerca de los soberbios templos y palacios de Tiahuanacu, donde nació Manco Inca, quien con el correr de los años habría de convertirse, gracias a sus hazañas, en el americano más importante de su época, al lograr contener por un tiempo el proceso de expansión europea sobre el continente, cual ninguno de los demás caudillos indígenas americanos.
El nacimiento de Manco debió de suceder hacia 1515, si nos atenemos a diversos testimonios. Por aquel entonces, su padre, el Inca Emperador Huaina Cápac acampaba en Tiahuanacu encaminándose hacia el sur, a fin de culminar la conquista de Chile. El feliz acontecimiento dinástico bien pudo ocurrir en abril, puesto que en el Cuzco se habría tenido que aguardar el término de la temporada de lluvias para la salida del numeroso ejército incaico y de su cortejo imperial. Este, como era costumbre en aquellos tiempos, comprendía un vasto séquito dentro del cual figuraban las mujeres escogidas del Inca y de sus capitanes. Una de las damas cuzqueñas era "Mama Runtu"; y fue ella la que alumbró a Manco algo más allá de la ribera sur del Titijaja, cuna remota de la nación de los cuzcos según ciertas leyendas, parajes donde se yergue -en medio del lago- la Isla del Sol.
Imperio en marcha, la capital prácticamente tenía sede donde el Inca Emperador hacía tender en cada jornada su vistosa carpa de banderas y plumas multicolores. Desde allí, en cualquier sitio que se hallare, gobernaba "las cuatro partes del mundo": el Tahuantinsuyu. Un trono itinerante y diversas sedes del poder constituían usos necesarios en una sociedad en veloz expansión política y militar, fruto del impulso de los
cuzcos, que sentíanse llamados a sojuzgar el mundo por designio del dios supremo Viracocha. Por todas partes esta nación se expandía fundando ciudades y con mitimaes de paz y de guarnición. Por eso, tras saber del parto, el propio Huaina Cápac al estrechar al crío tal vez meditó, una vez más, en la vastedad del Imperio, recordando que él mismo había nacido en la lejana Tumebamba, en el norte, lugar muy distante del Cuzco; aunque en circunstancias similares, esto es, dentro del más puro linaje imperial, al igual que aquel niño que venía al mundo con su abolengo Hanancuzco en las punas aimaras de la nación de los pacajes.
Todos conocían en la sociedad incaica que el ancestro y la sangre eran los factores que determinaban la patria: no el suelo. Y la venida al mundo de un príncipe real, allí donde naciese, constituía todo un suceso. Por ello habría festejos. Pero únicamente las pallas cuzqueñas, entre ellas las demás mujeres de Huaina Cápac, habrían podido ingresar al recinto donde había dado a luz Mama Runtu, a fin de participar en los ritos festivos; porque las demás esposas y concubinas, las "extranjeras", tuvieron que conformarse con conocer desde fuera el acontecimiento, con excepción -tal vez- de alguna dama de honor.
Entre ceremonias propiciatorias se le perforarían entonces al recién nacido los lóbulos de las orejas con fina aguja, como a todos los crios de la aristocracia imperial. Luego, en el regazo de su madre, muy arropado, cual era la costumbre, iría en litera hasta Cochabamba, donde se quedarían miles de mitimaes cuzcos. Después, todos los demás del ejército y del cortejo seguirían la marcha hacia el Maulé; y quizá, por las sendas de las cumbres nevadas, tocarían Biobío, acompañando Mama Runtu al Inca, su esposo, rey y señor.
De la madre de Manco no se sabe mucho, aunque sí que era "hermosísima" y más blanca de lo común, de donde vino aquello de llamarla Mama Runtu (runtu es huevo), porque su verdadero nombre era Shihui Chimpu. Pertenecía a un encumbrado linaje de los cuzcos, al de Anta, lugar de donde fue también oriunda la madre de Ninan Cuichi, joven designado más tarde por Huaina Cápac para la sucesión en el trono (tiana). En suma, era magna la prosapia del recién nacido. Por algo lo llamarían Manco, nombre del fundador del Cuzco, rarísimamente usado, lo cual nos induce a suponer que las calpas (augurios) debieron serle en extremo favorables en su cuna y tales vaticinios se
MANCO INCA 7 reiterarían durante las jornadas en el Collasuyu. Ninguno de sus hermanos (y tendría ya más de cien para entonces) había alcanzado semejante privilegio.
De regreso de la triunfal expedición al sur de Chile, Huaina Cápac y Mama Runtu retomaron a tierras cuzqueñas, región de la cual su vás- tago nunca saldría.
Algún tiempo después el Emperador partió a Tumebamba llevándose a varios de sus hijos, entre ellos a Atao Huallpa, a la sazón ya de unos veinte años. La formación de Manco la dejó confiada a poderosos deudos maternos de su retoño, así como a sabios (amautas), a maestros (yachachic) y a expertos servidores, yanas de variados oficios importantes.
Desde niño Manco tendría que concurrir a ceremonias religiosas, reverenciando a numerosos dioses, pues eran cerca de dos mil. Esta infancia fue inquietada por cierto desasosiego de los suyos. Debió percibir preocupación en sus mayores. Oiría hablar de que lejos, muy lejos y desde poco antes de que naciese, habían aparecido unos seres misteriosos, como salidos del mar. Lo afirmaban balseros que venían de remotas comarcas litorales de más allá de la frontera imperial. Ellos los consideraban dioses. En el Cuzco se preguntaban si los extraños personajes no serían los del cortejo de Viracocha, el máximo dios, o el mismo dios con sus hijos, que muchos tuvo. Todos ellos se habían ido por las aguas, justo hacia esos parajes, cuando la creación del mundo.
Estos rumores se fueron acentuando conforme crecía. Cuando llegó a los diez años las versiones se habían vuelto insistentes. No eran -claro está- sino exploradores y descubridores españoles en pos de nuevos reinos: Vasco Núñez de Balboa, Pascual de Andagoya, Francisco Pizarro y
Diego de Almagro merodeando por costas distantes del océano Pacífico. Pero en el Incario, donde se desconocía Europa y el resto del mundo, nadie, obviamente, podía entender lo que ocurría. Aun más, en las diversas naciones del Imperio de los Incas, imbuidas de religiosidad y de magia, entre mitos y leyendas, a todo se tendía a dar una explicación divina.
Precisamente, los primeros maestros de Manco fueron sin duda umos (sacerdotes), pero éstos nada pudieron esclarecer sobre un posible retorno de Viracocha y de sus hijos; aunque sí, le enseñarían las com
plejidades de los dogmas y de los ritos del Incario, destacando siempre la diferencia entre los dioses tutelares del Cuzco y los de las demás naciones del Imperio, de nivel inferior y, en ocasiones, enemigos. Pronto acudirían ante el principito otros personajes de la Corte para darle mayores enseñanzas, las que correspondían a un niño de pura sangre cuzco, respecto a los roles que podría desempeñar en el futuro como hijo de Huaina Cápac, habido en palla de panaca, esto es, en dama de linaje cuzco.
LA JUVENTUD
El niño llegó a la adolescencia escuchando a diario las proezas de su padre en el extremo norte del Imperio. Alcanzada la virilidad participaría, con otros jóvenes de la nobleza cuzco, en la ceremonia del Huarachicu; ese día ancianos de abolengo, tras cortarle sus muchas trencillas, le dieron las huaras (bragas) y le colocaron en las orejas los discos de oro que eran la mayor prueba de su linaje. Durante aquella misma celebración le raparían el cabello; lo cual era otro símbolo, esta vez de la rama incaica de los Hanancuzco, la más señalada y mayoritaria. Actos todos cumplidos entre admoniciones de sus mayores y un complicado ritual. Al final, él con los demás jóvenes -conforme a la costumbre de la festividad-, partirían en veloz carrera hacia el Huanacaure, la más elevada de las cumbres en el camino del Collasuyu, montaña que representaba al dios Ayar Cachi, uno de los fundadores míticos del Cuzco.
Desde entonces, en los santuarios de Anta y en los palacios del Cuzco, recibió Manco una instrucción más intensa, la que le permitiera entender poco a poco ese enorme Estado Imperial de tantísimas naciones; porque dada su prosapia -comentarían sus maestros- hasta parecía destinado a gobernar algún día cualquiera de las comarcas del Imperio.
Al joven Manco le sorprendería saber cuán numerosos eran sus hermanos; centenares, quizá quinientos, como lo aseveraría el cronista quechua Guarnan Poma; pero de diversos estratos. La Coya Imperial solamente había alumbrado dos hijas y carecían, por tanto, de acceso al trono (tiana). Decenas eran, como él, hijos de damas cuzqueñas (pallas). Los demás hermanos venían a ser semicuzcos, hijos de su padre
MANCO INCA 9 Huaina Cápac en infinidad de princesas provincianas, esto es, "extranjeras", como la caranqui, madre de Atao Huallpa. Notaría que los hermanos todavía no se diferenciaban mucho entre sí, pero que los mayores, de la vieja aristocracia de los cuzcos, sí eran celosos de los rangos, fueros y privilegios. Aun más, despreciaban a los semicuzcos en su fuero íntimo, como toda casta que al pregonar su origen divino remarca insalvables distancias sociales.
Por entonces se iría compenetrando más con la capital imperial: el Cuzco, en la cual había crecido; sólo entonces se daría cuenta cabal de que era una ciudad de templos y palacios, asiento de los linajes incaicos de más abolengo. Pero era una urbe donde las momias de los antiguos reyes constituían el eje del poder político y económico, a través de su cuantiosa descendencia (panacas), en medio de complejas ceremonias. Asimismo, Manco se hallaba ya en condiciones de observar que la mayor parte de los residentes del Cuzco eran "extranjeros", vale decir hombres de las más distintas partes del Imperio fijados allí para siempre como mitimaes. Otros desempeñaban servicios temporales como mitayos (trabajadores rotativos). Y no faltaban los adscritos de por vida a un gran señor, en cuyo caso se les conocía como yanas. La familia de Mama Runtu, su madre, contaba por cierto de unos y de otros, a quienes se encomendaba las labores manuales y los trabajos físicos en general.
Tales servidores, yanas, que eran muchos miles en el Cuzco, procedían esencialmente de las provincias, aunque también los había de la nación cuzco. Los de guarnición eran esencialmente yana-guerreros cañaris y chachapoyas. Vería que en su entorno había también yanas de alto nivel, con servicios calificados, maestros inclusive; estos últimos eran, en lo esencial, hijos de grandes caciques de naciones rivales del Cuzco. Repararía también en que todos los nobles de jerarquía contaban con yanas y mitayos.
A causa de su línea materna, que no era de la más elevada nobleza cuzqueña, Manco carecía por entonces de toda opción para ocupar el trono imperial. No se hallaba, pues, en la línea inmediata de sucesión, pero los sabios amautas que rodeaban a los príncipes debieron notar en él las condiciones que más tarde mostraría a plenitud. Se esmerarían entonces en adiestrarlo en la administración y en el conocimiento del manejo del Estado. Si así fue, no le ocultarían, por tanto, las graves dificultades que enfrentaba el Imperio: dificultades propias de la expan
sión, cierto, pero no por ello menos agudas. La más delicada de las situaciones, que probablemente le mencionaron, bien pudo haber sido "que la nación del Cuzco estaba derramada por todas las provincias en la administración", como señalaría Miguel de Estete; dispersión que cubría de Pasto al Maulé y desde el mar hasta las selvas altas. El eje, que era el Cuzco, se había debilitado. Una treintena de ciudades habían nacido por obra de los cuzcos en las más distintas comarcas, pero ello no remediaba el mal principal, el debilitamiento demográfico de la metrópoli imperial y de su región base y matriz.
Manco entendería que una periferia más vigorosa no había redundado siempre en beneficio de la sede central del poder. Aun más, Tumebamba, la metrópoli del norte, fundada por Túpac Inca Yupanqui, su abuelo, y Cochabamba en el sur, mostraban -según le contaban- síntomas de creciente autonomía. Tumebamba, además, poseía una mayor modernidad, a la par que notable riqueza, como asiento de representantes de todas las panacas y congregación de mitimaes cuzcos.
Parecía urgente, a raíz de estas presiones, reforzar al Cuzco mismo, ciudad que, sin embargo, mantenía su prestancia, sobre todo en lo religioso. Así era todavía, a pesar que los dos últimos Incas, su padre y su abuelo, habían preferido residir en la espléndida Tumebamba. Y Huaina Cápac no daba muestras de querer retomar al Cuzco.
Se le explicaría a Manco que la dispersión de los cuzcos era fruto de la política expansiva de la aristocracia. Y que tantas guarniciones y tantos mitimaes se habían tornado imprescindibles a causa del tamaño adquirido por el Imperio. Era necesario controlar -le argüirían- a unas trescientas noblezas provincianas vencidas. Estas, en numerosos casos guardaban rencores al Cuzco Imperial; aliadas a la fuerza, no eran de confiar plenamente. De todas maneras, si semejante expansión antes había resultado factible gracias a la alta densidad demótica de las poblaciones ubicadas entre los ríos Urubamba y Paucartambo, asiento de los clanes cuzqueños en general, el Cuzco ya se hallaba agotado demográficamente.
Los más calificados de los sabios orejones y de los yanas fieles que rodeaban a Manco, le advertirían también que existían otros peligros sociales. Uno de ellos era el ascenso en fuerza de los semicuzcos, esos mestizos hijos de cuzqueños en mujeres "extranjeras". Si bien la poligamia había sido inicialmente positiva, al cimentar el poder en las pro
MANCO INCA 11 vincias mediante matrimonios múltiples de los "orejones" con mujeres del lugar, la práctica se había multiplicado de tal manera que tomábase en riesgo político, por el alto número de la descendencia de esos nobles. Le advertirían a Manco que los semicuzcos de prosapia, que eran hijos y nietos de los cuzcos conquistadores, resultaban ya de un número muy superior a la aristocracia de pura sangre cuzco, esto es, la de las panacas en general.
A la vez, aquellos semicuzcos eran requeridos por el Estado Imperial a fin de cubrir las necesidades administrativas en tantísimas provincias y naciones. Se le indicaría a Manco que por ello la influencia de esos "mestizos" se había desarrollado tanto, pero tal vez por igual las secretas ambiciones que guardaban en sus pechos. Todo esto constituía un nuevo riesgo para la antigua nobleza cuzco, creadora del Imperio, dado que por diversas partes se veía a los integrantes de aquel estamento ejerciendo mandos estatales medios y aun altos, mostrando sus crecientes anhelos, a veces con gran favor del rey Inca, que los necesitaba.
De todo aquel grueso sector nobiliario semicuzco, el más vigoroso era el de los príncipes, por ser hijos del monarca. Quizá los maestros que rodeaban a Manco no se atrevieron a expresárselo con nitidez, pero le dejarían entender que esa prole de Huaina Cápac y en general los nietos de Túpac Inca Yupanqui constituían el sector más inestable del Estado Inca, a causa de una ambigua situación. Por un lado poseían una alta investidura paterna, pero esta condición se hallaba menoscabada por su exclusión del sistema de panacas del Cuzco, segregación que provocaba naturales resentimientos y la cual se derivaba, en forma insalvable, del origen materno provinciano y "extranjero", de distinta nación.
Para mayor complicación social, aquellos príncipes semicuzcos contaban con el respaldo de sus madres, princesas ricas todas -pero no cuzqueñas- oriundas de los más diversos lugares del Imperio. Y no era asunto de poco vuelo el de los semicuzcos, dados los cientos de príncipes que en tal condición habían nacido, que eran la mayoría de sus propios hermanos. Además, algunos de ellos tenían madres de mucha presunción, como Atao Huallpa y Paullo Topa.
A los palacios de Anta -donde quizá pasó Manco la mayor parte de su infancia y juventud- llegarían también maestros para advertirle
de otros riesgos que cerníanse sobre el aparentemente vigoroso Imperio. Le hablarían de los yanas, esos servidores que Manco estaba acostumbrado a ver desde su más tierna infancia. Nunca por ello había reparado en las características sociales de este grupo, cuyos servicios plenos y vitalicios le parecían naturales. Jamás le habían dicho, sin embargo, que su número aumentaba sin cesar en todo el reino, por exigencias de una aristocracia cada vez más encumbrada y por el mismo progreso de la sociedad, que requería de servidores a tiempo completo, en artes y tecnologías.
Maestros experimentados le indicarían a Manco que el número de los yanas de alto rango había crecido peligrosamente en la administración, a causa de la multiplicación de los yana-curacas. Estos caciques plebeyos y muy dependientes eran hombres rodeados de privilegios que, como pertenecían de por vida al Inca o a algún o rejón, traslucían a veces cierto descontento. Muchos constituían un peligro potencial. Pero, a la vez, la presencia de esos funcionarios plebeyos devenía inevitablen por el crecimiento desmesurado del Estado Imperial, tema del cual había oído hablar a otros maestros. No había ya orejones en número suficiente para asumir tareas en tantísimas y tan distantes y lejanas provincias: los yana-curacas se habían vuelto un mal necesario; y a veces, incluso, abusaban de la confianza concedida.
Simultáneamente iba brotando una situación aun más enrevesada. Los amautas se sintieron-sin duda- en la obligación de comunicársela al joven príncipe, cuya educación les había sido encomendada. Al fin y al cabo Manco -como ellos lo reconocían- estaba llamado para altos cargos gracias a su condición social y a su inteligencia. Debía, por tanto, estudiar hasta las más adversas realidades. El punto en cuestión se relacionaba con las aspiraciones mayores de los jefes militares de origen plebeyo. Porque esos yanas, los yana-guerreros, sentíanse cada vez más poderosos. Algunos provenían de pequeñas noblezas vencidas; otros eran de extracción popular y habían ascendido exclusivamente con propios méritos. Pero en todos los casos eran absolutamente dependientes de los grandes señores. No va demás incidir en que su rol (al igual que con los yana-curacas) había aumentado rápidamente en los últimos decenios a causa de la expansión gigantesca y veloz del Imperio. Pues bien, estos yana-guerreros
MANCO INCA 13 tenían en sus manos gran proporción de las armas. Eran los especialistas de la guerra, los auca camayos de los nuevos tiempos.
Manco debió preguntar por las causas de tal realidad; al inquieto príncipe se le respondería con palabras sencillas que los aristócratas veían su poderío en peligro; porque ya no podían tener en sus manos, como antes, todos los mandos castrenses, sencillamente porque faltaba gente de alcurnia para tantas campañas y guarniciones, más si se piensa que muchos orejones morían durante las guerras. A la postre había resultado inevitable recurrir a guerreros cuzcos experimentados, aunque fuesen plebeyos y aun esclavos, que tal era el status de los yanas. Pero lo que al principio fue de excepción, pronto se hizo común. De esta suerte -según la explicación dada-, esos "yanas de guerra" (ex campesinos, ex caciques de bajo nivel, etc. ) eran quienes en la práctica, tras años de contiendas, habían pasado a controlar el ejército en varias regiones.
Los maestros terminarían mencionándole a Manco ejemplos concretos y cercanos: Rumiñahui, de Paruro; Quizquiz y Challcochiina, de Anta; Yucra Huallpa, del Cuzco. Eran todos yana-Generales. Mas a pesar del boato que mostraban, no eran hombres de linaje sino gente encumbrada gracias a su coraje y su inteligencia. Vivían bien, pero seguían siendo yanas. Dependían del Inca. Eran pertenencia del Inca, pero mandaban directamente miles y miles de yana-soldados de múltiple origen étnico. Por encargo de sus señores, claro está ¿pero hasta cuándo resistiría esta subordinación?
En verdad formaban un cuerpo como en Turquía el de los jenízaros o los mamelucos iniciales. A Manco le aclararían que lo más grave para el Estado Imperial partía del hecho que esos plebeyos a veces dejaban sentir su deseo de obtener mayores privilegios y hasta de lograr la ruptura de los lazos de dependencia que los ataban al Inca o a cualquier gran señor orejón. Esa servidumbre de por vida que los agobiaba.
LOS DIOSES Y LAS CATASTROFES
Tenía Manco trece años cuando llegaron de la costa noticias sorprendentes; chasquis informaron a Huáscar, a la sazón gobernador del Cuzco, que los posibles dioses habían reaparecido, esta vez frente a Tumbes y avanzaban al sur por el mar.
Era Pizarro. Fueron fugaces sus desembarcos en ese 1528; con algunos de los trece del Gallo y el carabelín de Bartolomé Ruiz, consumó el descubrimiento de tierras ricas y pobladas que la soldadesca española ya había bautizado como Perú. Por la brevedad de esos contactos marinos, Huaina Cápac no tuvo modo de informarse adecuadamente de la condición divina o humana de los raros seres ultramarinos.
Manco, con la curiosidad de su edad, escucharía los relatos de quienes repetían el mensaje tallán de las costas del norte. Las hipótesis eran muchas. Que habían retornado los hijos de Viracocha. Que eran sus emisarios o criados. Que era el propio Viracocha con su cortejo. La desbordada imaginación daba cien versiones, porque la ciencia inca nada podía frente a semejante desafío. Sin duda los extraños visitantes tenían poderes divinos o quizá mágicos. Traían consigo abundante alimento para dioses: ese mullu rojizo del norte, y hasta en varios colores (lo cual no era sino la vulgar chaquira española de vidrio); uno de ellos esgrimía el rayo-trueno-relámpago (el arcabuz); viajaban en algo que unos calificaban como ''torre flotante" y otros como "isla que se mueve" (el carabelín); navegaban increíblemente contra los vientos, las mareas y las corrientes (gracias a la vela latina); tenían un hacha y otras herramientas y armas muy cortantes (con el hierro). Además, habían aparecido por el mar de Manta, paraje por donde, precisamente, se marchó Viracocha con su gran séquito en tiempos inmemoriales de la creación del mundo.
Todo parecía indicar la divinidad de los visitantes. Interrogados los mensajeros sobre el trato que daban a la gente, decían que se mostraban generosos. Aseverábase que podían ser dioses. Dioses buenos. Viracocha y su corte. Informes complementarios aludirían a animales extraños (el gallo, el cerdo); a que vestían muy cubiertos, como momias (las calzas y otras ropas europeas); que tenían corazas y armas de plata (confusión con el hierro ligero). Mostraban raras barbas largas.
Huaina Cápac dispuso que se les siguiera el rastro, para reverenciarlos. Pero nunca los alcanzaron. Ellos bajaron en Tangarará, en Sechura, en Chérrepe, en Santa y en algunos puntos más. A causa de la movilidad que mostraban, los funcionarios, jamás lograron ubicarlos.
Y finalmente los supuestos dioses desaparecieron. Por donde habían venido. Por la ruta marítima de Viracocha. Gran alboroto se produjo en
MANCO INCA 15 las cortes del Cuzco y de Tumebamba. Pero los amautas, los umus y los laicas (sabios, sacerdotes y hechiceros) fracasaron al intentar respuestas coherentes. Manco escuchó así, alelado, que Viracocha había retornado otra vez al mundo. Todavía reinaba la incertidumbre cuando empezó un suceso terrible: la peste. Era a mediados de 1528.
Los españoles habían traído los virus incubados de la viruela; o llegó por vía de balseros. El mal empezó a causar estragos horrorosos en la población incásica del norte. Todos carecían de inmunidad biológica para esa enfermedad nueva, que en estos casos aparece como una maligna lepra que destroza la cara y partes del cuerpo y mata casi sin remedio entre calenturas torturantes.
Perecieron cientos de miles. Tal vez más. Muchos se preguntarían en vano si sería castigo de los dioses. Pero nadie podía responder nada; nadie sabía nada. En medio de tal incertidumbre creció aun más la religiosidad. Manco asistiría por entonces a innumerables preces, rogativas y ofrendas. Entretanto iban cayendo en el norte personajes visibles de la aristocracia, tratados por la peste igual que los pobres campesinos y pescadores.
Manco fue oyendo cómo, aterrados, contaban su madre y sus deudos, la muerte del gobernador de Quito y del jefe del ejército Hanancuzco. Rogaría a Viracocha -junto con todos los suyos- que el mal no llegara hasta el sur.
Finalmente, el propio Huaina Cápac, encerrado entre murallas impenetrables de piedra, cayó con el mal. Fue en Tumebamba. Pero el Cuzco se salvó. La peste contuvo su marcha.
A la muerte del Inca Emperador, los Hanancuzcos tumebambinos fueron a buscar al heredero del trono, Ninan Cuichi, pero éste había también fallecido en la peste, no lejos. Los estragos habían sido tremendos.
Como consecuencia de los dramáticos acontecimientos, el Imperio afrontó días acéfalos durante el tercer trimestre de 1528. La imprevista crisis sucesoria creó más de un conflicto, puesto que varios príncipes cuzcos, hijos de Huaina Cápac, poseían un alto linaje materno y aspiraron a ceñirse la mascapaicha.
Ocurría que el único vástago vivo de Huaina Cápac en la Coya Imperial era Asa Pacsi, quien por ser mujer no tenía derecho a la sucesión, a causa de las leyes patriarcales vigentes en el Incario. Por cierto que
Manco carecía de mayor opción para el incazgo por cuestión de ancestros, como sabemos. Otros hermanos, hijos también en pallas cuzqueñas, eran de mayor linaje, como Huáscar, Cusi Atauchi, Tilca Yupanqui, Túpac Huallpa, Sayri y Atoc Xopa. Por entonces escucharía en Anta lo que comentaban su madre Mama Runtu y otros deudos sobre la crisis interna.
Al final, la fugaz acefalía se resolvió cuando los sacerdotes solares del Cuzco se inclinaron por Huáscar, al fin y al cabo gobernador de la capital del Imperio puesto por Huaina Cápac. Era un Hanancuzco e hijo de Rahua Ocllo, una de las principales pallas del difunto emperador. El abolengo de Rahua Ocllo había roto las incertidumbres. Pero no fue un paso fácil el dado por el clero helíaco en esta grave coyuntura.
Así, el joven príncipe Manco, atribulado, tuvo que asistir en aquellos días a una sucesión de acontecimientos. Contempló sin duda las ceremonias del arribo de la momia de su padre, traída en andas desde Tumebamba y tal vez al desconcertante matrimonio de ese ilustre cuerpo con Rahua Ocllo, la antigua favorita, a fin de "legitimar" y favorecer al hijo de ambos: Huáscar, que seguía ejerciendo como gobernador del Cuzco. Las exequias al difunto emperador, rodeadas de la pompa imperial, tendrían a Manco entre los concurrentes más señalados, ocasión en la que pudo conocer a muchísimos de sus hermanos, cuzcos y semicuzcos.
Luego se sucederían episodios como la victimación por Huáscar de importantes sacerdotes y de otros personajes, y el deterioro de la relación del nuevo rey Inca con su hermano paterno Atao Huallpa, quien por entonces solamente pedía que se le dejase al frente de la reducida zona de Quito, una hilacha del Imperio; príncipe, aquél, hacia quien muchos del Cuzco ya manifestaban recelos, principalmente a causa de que -por una u otra razón- no se había presentado jamás en la capital desde su partida; ni siquiera había venido acompañando la momia de Huaina Cápac, su padre, que tanto lo había amado.
Manco supo luego que, incitado por gente acantonada en el norte, Atao Huallpa actuaba cada vez con mayor independencia y que hasta ordenó construirse allí unos espléndidos palacios. Y que mandándoselo el Inca se negó a concurrir al Cuzco, Huáscar entonces ordenó castigar
MANCO INCA ________________________________________ _________________________17 a ese su medio hermano, a quien veía muy inferior a causa de ser la madre una princesa carangui, de las vecindades de Quito, mediana urbe norteña de los confines imperiales.
Aprovechando el gran desconcierto reinante, los yana-guerreros del norte del Imperio decidieron actuar. Hartos de las altas jerarquías aristocráticas de las panacas, incitaron al príncipe semicuzco Atao Huallpa hacia una revolución regional, que rompiese lazos con el Cuzco a fin de crear una sociedad que diese un mayor espacio a estamentos postergados, lo cual sólo podría alcanzarse a expensas de los inmensos privilegios de la aristocracia imperial.
Promotores de este alzamiento fueron los yana-Generales de la nación cuzco, ya enaltecidos por Huaina Cápac, a pesar de la baja posición que ocupaban en la sociedad. Manco oyó de nuevo algunos de los nombres: Quizquiz, Challcochima, Rumiñahui, Yucra Huallpa, Maila y Chaicari. Cuzqueños pero plebeyos, todos habían decidido romper el férreo dominio de las panacas imperiales.
Sentimientos también sediciosos, aunque de otra naturaleza, anidaban en el corazón de muchos nobles medios. A los jefes militares no les resultó complicado convencer al príncipe semicuzco Atao Huallpa de que tomase una decisión; al fin y al cabo con él habían sido compañeros de varias campañas. Todo marchó con presteza.
La relativa autonomía que Atao Huallpa forzó a fines de 1528 habría de ser rechazada por Huáscar, quien finalmente recurrió al uso de las armas; el usurpador llegó al extremo de ceñirse en Tumebamba una falsa mascapaicha, proclamándose rey Inca regional, a lo cual no tenía ningún derecho, ni constituía tradición, según le explicarían a Manco al pormenorizarle los sorprendentes acontecimientos del extremo norte. Porque aquel Atao Huallpa -tal como se lo recalcarían sus tíos- no era sino un cuzco a medias, un hijo de extranjera, ajeno por completo a cualquier línea dinástica de sucesión; privilegio que solamente las panacas poseían por intransferible derecho de sangre.
Manco vio salir en 1529 al ejército del príncipe imperial Atoc, quien con sus orejones venció a Atao Huallpa en la región de Tumebamba y llegó a capturarlo. Pero luego supo que el insurgente había huido con apoyo local y que, con sus yana-Generales, preparaba una ofensiva; y que, de inmediato, el rebelde cobró la revancha, radicalizando luego sus posiciones en Tumebamba, tras matar a Atoc.
Era la primera vez que un orejón de panaca moría condenado por orden de un hombre que, como Atao Huallpa, era noble de nivel social mucho menor. Probablemente el joven Manco no comprendió lo que acaecía: una verdadera revolución se había iniciado.
Luego Manco oyó a sus mayores que los alzados aspiraban a la formación de un reino autónomo y distinto en el norte, dentro de un sistema que iría concediendo mayores libertades a los y anas de alto nivel, bajo el predominio de los príncipes semicuzcos. Pero esta pretensión, que se reiteró, acabó rechazada del todo en la capital imperial, pues constituía una auténtica sedición social y la destrucción de la base de las panacas imperiales; mas, no debieron faltar en el Cuzco numerosos semicuzcos y sus servidores que secretamente simpatizarían con Atao Huallpa. Huáscar, sintiéndose amenazado, rodeado, y tal vez víctima de una paranoia, viendo enemigos por todas partes, exageró la represión y probablemente contribuyó, sin querer, a desintegrar su poder, atacando y persiguiendo a muchos de su entorno, incluso a deudos cercanos. Pero también era cierto que la revolución había empezado a propagarse. El problema regional segregacionista de Quito amenazaba cubrir todo el imperio, merced a la actitud esquiva frente a Huáscar de muchos caciques no cuzqueños de diversas comarcas.
Tras la paz de Cusibamba, que duró tres meses, se reiniciaron las hostilidades. Fue una sucesión de catastróficas derrotas para el ejército imperial, no obstante el heroísmo de la élite orejona; todas aquellas batallas fueron muy sangrientas y la de Yanamarca resultó una matanza que duró tres días. Manco asistiría en el Cuzco a los honores rendidos a los capitanes caídos en las renovadas campañas.
Seguramente el príncipe preguntó sobre la causa de la serie de triunfos casi ininterrumpidos de las huestes de Atao Huallpa; porque le resultaría inexplicable que las poderosas huestes imperiales fuesen continuamente derrotadas en una decena de batallas por una tropa regional, sin comando de orejones cuzcos y dirigida más bien por despreciados plebeyos levantiscos. Pues bien, se le respondería a los amautas que era obra de los yana-guerreros. Porque si, en general, sólo en algunas áreas los yanas habían roto con sus señores, constituía un hecho innegable que en el norte el sector de los yana-guerreros había dejado del todo la obediencia. Rebelándose contra el Cuzco -tras matar a los aristócratas de panaca- pasaron ellos a tomar los cargos importantes
MANCO INCA 19 del ejército rebelde. Y esos ex esclavos de guerra eran, por razón de trabajo, los mejores expertos en pelear, los encargados del oficio de la guerra, los "oficiales" de las artes bélicas. Ellos eran pues, los autores de las victorias ataohualpistas.
Y expresarían también a Manco que si algunos orejones rapados de Tumebamba, por ambiciones bastardas, despecho o frustración, habían apoyado inicialmente la rebelión en 1529, éstos ya se estaban apartando de Atao Huallpa. Poquísimos de ellos quedaban en el entorno del audaz semicuzco sublevado.
Pero tal vez no se atrevieron todavía a decirle que era demasiado tarde para frenar la revolución; que la sedición cubría casi todo el Chin
chaysuyu, la más importante región. Pero sí tuvieron que explicarle que el gesto de Atao Huallpa de coronarse, era el símbolo de una guerra iniciada contra todos los linajes cuzqueños puros, los de las panacas, cuyo exterminio regional proclamaba Atao Huallpa, insinuando un reparto de los cuantiosos bienes acumulados. Se le diría, asimismo, que la sublevación iba siendo un éxito a causa de la insurgencia de diversas tierras del Imperio al amparo de muchos de los cientos de hermanos semicuzcos de Atao Huallpa, y también por la colaboración de otros "mestizos" semicuzcos (hijos de Apus, de Tocricocs, de Hunus, en princesas provincianas).
Quizá algún consejero más allegado al joven príncipe pudo hablarle de otro problema igualmente delicado: varias naciones del norte habían proclamado su autonomía (huancahuilcas, chachapoyas, agua- runas, etc. ), aprovechando la sublevación ataohualpista y la subsiguiente guerra civil provocada por la revolución. Precisarían que lo más grave era el sesgo antipanaca y anticuzqueño que en varias áreas venía cobrando el alzamiento, convertido ya en una revolución social; y que podría propagarse a otras regiones.
En sus proclamas Atao Huallpa hablaba de "arrasar el Cuzco", conforme anotaría Juan de Betanzos. El príncipe semicuzco rebelado ordenó por entonces nuevos ataques militares.
En este trance (1531) fue que se supo de la sorpresiva reaparición de los extraños seres (¿dioses? ) que habían llegado a las costas del Imperio en 1528. El Cuzco se estremeció de esperanza, pero Atao Huallpa no se inmutó; siguió adelante con la guerra, y empezó una nueva ofensiva. Nunca, además, había sido hombre muy creyente.
La ofensiva dio sus frutos y así Atao Huallpa alcanzó renovados triunfos. Siguió perdiendo la contienda el ejército que Miguel Cabello Valboa llama "de los orejones", esto es, de la nobleza cuzqueña.
Entre tanto, precautoriamente, el Inca semicuzco alzado envió sus espías a la costa "a ver que gente era" la que otra vez venía. Ellos le garantizaron que los indefinibles visitantes eran humanos, que no eran dioses. Además de datos sueltos, más o menos probatorios, los habían oído gritar de dolor con unas verrugas en Coaque y también los habían visto morir. Entonces, despectivamente, los ataohualpistas los calificaron de "sungasapas", vale decir barbudos, en quechua, nombre que, entre bromas, se impuso en la Corte de Tumebamba. Pero hubo más información: los espías llegaron a decir que los intrusos eran una partida de ladrones y de ociosos, quizá fragmento de alguna bárbara tribu nómada; que asimismo carecían de mujeres y que no poseían arcos ni flechas; pero que los caballos eran sí, de temer. En todo caso lo que les daba confianza era el número escaso de "barbudos" y de las raras bestias.
Maltrechos, los españoles de Pizarro avanzaron ocupando la isla de Lapuná, frente a Guayaquil. Luego Tumbes y Piura. Entre tanto en el Cuzco se propagaba otra vez, y muy fervorosamente, la versión de que los nuevamente aparecidos visitantes del norte lejano eran enviados de Viracocha. Y que por ello tendrían que favorecer a la dinastía Hanancuzco. Hay que advertir que, con las distancias, carecían de noticias directas. Huáscar incluso llegó a enviar una misión secreta a Tangarará, según varios informantes (Zárate, Guamán Poma, etc. ), la que habría retornado deslumbrada por los sedicentes "viracochas". Y el hecho fue, efectivamente, que Pizarro partió hacia Cajamarca anunciando que iba a apoyar a Huáscar "el señor natural de estos reinos".
Manco vibraría de fe, junto a todos los suyos. La creencia en la divinidad de los siempre extraños visitantes se acrecentó esta vez con otros factores tan aparentemente inexplicables, como los de 1528: traían nuevos animales (caballos y perros, grandes y bravos); por otro lado, no se contagiaban de viruelas, leían el pensamiento (la lectura) y no dormían (las rondas nocturnas).
Por estas razones varios huascaristas del norte (sobrevivientes de las matanzas ordenadas por Atao Huallpa) apoyaron a "los viracochas", así como también lo hicieron caciques de etnias vencidas por los Incas
MANCO INCA 21 pocos decenios atrás, o rencorosos con Atao Huallpa a causa de recientes levas y confiscaciones castrenses.
Por su lado, las panacas del Cuzco defendían sus fueros; profundizando la actitud de amparar con las armas sus privilegios, pidieron al propio Huáscar que asumiese la conducción de las operaciones. Lo hizo, alentado por las gratas noticias de Piura. Triunfó en Chontacaxas, pero pronto acabó vencido y capturado; fue el golpe final a la nobleza cuzqueña. El Cuzco terminó ocupado por las tropas ataohualpistas.
Los jefes revolucionarios vencedores eran -como sabemos- de la etnia cuzco: Quizquiz, Challcochima, Yucra Huallpa y otros. Manco recordaba a algunos, porque eran de Jaquijaguana, junto a Anta, lar materno; sabía que eran hombres del pueblo, plebeyos, yanas, ex esclavos; esos yanas también solían ser hijos de caciques doblegados. Percibía que la situación política se había alterado radicalmente.
Manco oiría las acongojadas opiniones de sus mayores, que temían lo peor, porque se sabía que las intenciones de esos jefes militares sublevados eran las de acabar con las panacas, fuesen de los Hanan o de los minoritarios Hurin.
Preces y rogativas a Viracocha se elevaron entonces, desesperadamente, pidiendo libertad para Huáscar y justicia para la causa de la dinastía Hanancuzco. Y como si realmente los dioses se hubieran confabulado para engañar del todo a los cuzcos, se produjo en esos días un aparente "milagro".
Atao Huallpa, el omnipotente vencedor, el que parecía el dueño del mundo, el invencible Inca autocoronado, cayó prisionero fácilmente en Cajamarca el 16 de noviembre de 1532. Lo consiguieron aquellos de quienes se sospechaba que eran emisarios de Viracocha. Desde aquel momento se afianzó, por cierto, tal creencia en el Cuzco, aun más que antes. Aquel mismo día el ejército norteño del falso Inca también quedó deshecho.
Manco y los suyos, muy en reserva festejarían el suceso, ai igual que los demás Hanan, aprovechando el momentáneo desconcierto de los yana-Generales ataohualpistas ocupantes del Cuzco, para quienes el goce de la victoria en la guerra civil había durado apenas unos cuantos días.
Pero el respiro de los Hanancuzco duró poco. A fines de diciembre llegaba Cuxi Yupanqui a la capital imperial enviado especialmente por
Atao Huallpa, con encargo de eliminar a las panacas. Ordenó a Challcochima y a Quizquiz el exterminio; primero, de más de mil descendientes de Túpac Inca Yupanqui, el más odiado de todos los linajes incaicos, junto con incontable número de sus servidores yanas. A Huáscar se le mató los casi noventa hijos que se logró ubicar en el Cuzco y los alrededores, así como a sus favoritas; se liquidó luego a todas las que habían sido sus mujeres, abriéndoles el vientre. No se perdonó ni a los niños ni a los ancianos. Muchísimos Hanan se suicidaron para evitar la humillación de verse ajusticiados por sus ex esclavos y sus ex siervos. Y la represión cubrió por igual a losHurin.
En verdad, lo que buscaba Atao Huallpa era "la destrucción de toda la sangre real", como apuntó Garcilaso. Guarnan Poma no vaciló en registrar que Atao Huallpa "mató en el Cuzco a todos sus linajes incas, auquiconas y ñustaconas, hasta las preñadas". Pero algunos nobles alcanzaron a evadirse y entre ellos se halló Manco, quien, sin embargo, había sufrido ya vejámenes a manos de los yanas, aunque no sabemos de qué tipo.
Entre las víctimas femeninas de la masacre dispuesta por Cuxi Yupanqui -cientos de pallas y ñustas- estuvo al parecer Mama Runtu, la madre de nuestro protagonista, pues jamás se volvió a tener de ella ninguna referencia.
Manco fue a guarecerse al Antisuyu por la vía de Huayllabamba. Desde algún refugio en las selvas altas de Vilcabamba, se enteraría luego de la cruel eliminación de Huáscar Inca y de toda la familia imperial por orden del apresado Atao Huallpa, suceso ocurrido en la lejana Andamarca, dos meses después de las masacres del Cuzco. Pero también trascendería la desazón del Sumo Sacerdote Solar, Vila Orna ante todos estos acontecimientos, que lo alejaron definitivamente de la causa de Atao Huallpa. Porque éste resultaba responsable, por cuanto seguía mandando desde su cautiverio en Cajamarca, con hábil tolerancia española, ya que sus órdenes dividían más a "los indios".
Luego se supo en el Cuzco la ejecución de Atao Huallpa, ocurrida el 26 de julio de 1533; hecho que se vio como un fausto suceso entre los sobrevivientes de los raleados linajes cuzqueños perseguidos; y hubo secreto júbilo, aunque en la misma capital nadie pudo expresar sus sentimientos, por cuanto ella seguía bajo la ocupación militar de los
MANCO INCA 23 yana-guerreros enemigos: chachapoyas, caranguis, y de otras naciones, por cierto entre ellos cuzcos sublevados contra su propia aristocracia; plebeyos todos éstos a quienes nada de lo ocurrido conmovía, comandados siempre por Quizquiz, quien en el caos se había convertido en Sinchi, amparado en sus tropas.
En sus mismos reductos, aguardando la hora de la venganza, Manco debió informarse luego de cómo un sector de la nobleza cuzqueña había coronado en Cajamarca a un hermano de padre, Túpac Huallpa; era casi un niño, pero tras las masacres atahualpistas había quedado como el príncipe de mayor alcurnia (coronación que, obvio es señalarlo, se vio con alborozo por los españoles porque consolidaba la escisión indígena). Y también a los dos meses se informaría de la muerte de este Inca en Jauja, envenenado al parecer por el yana-General Challcochima, quien venía cautivo en el séquito de los viracochas.
Los supuestos emisarios del dios continuaron su marcha al Cuzco, siempre proclamando la restauración de la legítima dinastía de los Hanan. No sin orgullo Manco se enteraría por esos días de un hecho trascendental: el influyente hermano de Huaina Cápac, el orejón Tísoc Inca, consultando a los restos de la nobleza de panacas, lo había escogido para el incazgo por encima de los pocos príncipes cuzqueños que sobrevivían. Las matanzas dispuestas por Atao Huallpa, eliminando a los jóvenes de mayor linaje, lo habían colocado a la cabeza de la aris-tocracia imperial, al perecer Túpac Huallpa. Así lo había expresado Tísoc Inca en la asamblea nobiliaria de los cuzcos en Jauja, en los inicios de octubre de 1533, respaldándolo en esto los demás orejones presentes y ante "los emisarios de Viracocha". Manco era, pues, el auqui a quien los Hanancuzcos y los cuzcos en general debían acatar en la línea de sucesión de Huáscar, dado el mayor linaje que, sin pretenderlo, había llegado a ostentar. Conseguida la aquiescencia de los "mensajeros divinales", Tísoc fue a buscar al príncipe en su refugio adentro de Huayllabamba.
Mientras se trataba el caso, Manco, Tísoc y otros nobles cuzcos se informaron de que los yana-guerreros sublevados, esta vez bajo Maila, habían peleado bien en Vilcashuamán contra "los emisarios de Viracocha" y que, por su lado, el bravo Quizquiz se aprestaba a defender el Cuzco, tanto de los odiados Hanancuzco como de sus barbados favo
recedores. Sin duda esos yanas rebeldes ya conocían mejor las nuevas armas que esgrimían los sedicentes interventores divinos, a los que los yana-Generales seguían viendo como un tropel de raros y poderosos bandidos de barbas.
Los yanas se hallaban, pues, lejos de retomar al acatamiento de las panacas. La muerte de Atao Huallpa no había menguado sus ímpetus ni sus odios sociales; tampoco se habían desalentado por el repliegue de casi todos los príncipes semicuzcos, promotores y cómplices del alzamiento de 1529, ya reincorporados a la obediencia a las panacas cuzqueñas; y menos había deprimido a tales yanas rebeldes la irrupción y avance de los negados mensajeros de Viracocha, a quienes despectivamente seguían llamando sungasapas.
Radicalmente opuesta seguía siendo la convicción de los Hanancuzco. Estos loaban la divina violencia de los "emisarios de Viracocha" desatada sobre los yanas insurrectos. Por ello, sopesando los acontecimientos, Manco, Tísoc, y demás Hanancuzco sobrevivientes salieron de Huayllabamba con rumbo a Jaquijaguana. Aproximándose, se noticiaron de que "el desvergonzado" Quizquiz acababa de dar una cruda batalla en Vilcaconga, matando a cinco de los de Viracocha e hiriendo a muchos. Entre tanto, habían desertado del bando de Quizquiz los yana-guerreros cañaris y chachapoyas de la región.
Todo esto apresuró los pasos de los Hanancuzco. Y fue en Jaquijaguana que su conductor, el joven Manco (engañado por su propia religión y por la ficción española), rindió pleitesía como todos los cuzcos de la nobleza, al máximo dios Viracocha en las personas de sus fingidos hijos y emisarios. Era su agradecimiento al auxilio, supuestamente divino, que la deidad más alta otorgaba a la legítima dinastía imperial. Las oraciones a Viracocha y las impetraciones habían sido escuchadas: El Cuzco se salvaría: los nobles semicuzqueños y los esclavos no llega-rían al poder, gracias a los designios del dios máximo.
Y así, en medio de la esperanza de las panacas cuzqueñas -de sus sobrevivientes mejor dicho-, Manco creyó confirmar la buena voluntad del dios y de sus enviados.
Tan asombrado de los "viracochas" como Moctezuma estuvo de los "teúles" (dioses) entre los aztecas, Manco reiteraría su adoración a la máxima divinidad, que (así creía; todos los cuzcos lo creían) tanta ayuda le había otorgado enviando a sus emisarios a fin de eliminar al usur
MANCO INCA 25 pador Atao Huallpa, y que le seguía dando auxilio para aplastar a los yanas rebeldes, a esos ex esclavos de guerra que bajo su yana-General Quizquiz seguían negándose a acatar a la verdadera nobleza; no obstante estar ya muerto al conductor de los semicuzcos, Atao Huallpa, y pese a hallarse dispersos o vueltos al orden casi todos los nobles semicuzcos, que habían sido de los que dieron inicio a la revuelta social que acababa de destruir gran parte de los basamentos de la aristocracia y del Imperio mismo.
Pizarro captó bien el momento. Perfeccionando su rol de divino interventor, le dijo al joven príncipe ese mismo día "señor Manco Inca. Os traigo preso a vuestro enemigo capital Challcochima. Véis lo que mandáis que se haga de él". "Mi padre como lo vio, mandó que fuese quemado", contaría más tarde Titu Cusi Yupanqui.
Así ocurrió, en efecto, al no poder contener Manco la ira de ver ante sí a un causante de la muerte de su madre, la princesa Mama Runtu, masacrada al lado de tantos aristócratas tras la toma del Cuzco un año atrás apenas; acción en la cual habían tenido rol tan protagónico hombres como el que tenía en sus manos. Debió recordar en aquel momento la masacre de sus hermanos y de sus tíos y la destrucción de las momias más venerables; él mismo había sido objeto de humillaciones por parte de los entonces triunfantes yana-guerreros, que por unos días parecieron dueños del mundo.
Muy profundo era el odio que separaba a los principales bandos incaicos en pugna, esto es, a los aristócratas imperiales de los yana-guerreros. Y así Challcochima, notable soldado por otra parte, murió sin clamar perdón ni buscar reconciliación con la nobleza a la cual Manco representaba; al contrario, invocó a gritos a Quizquiz, gran caudillo de yana-guerreros, a que siguiera en la brega, sabiendo que esa noche algunos de ellos andaban cerca de Jaquijaguana, observando cautelosamente cuanto acaecía.
A ojos de Manco, la decisión de Pizarro de entregar a Challcochima pareció confirmar la voluntad de Viracocha de apoyar a los Hanancuzco. Juntos entonces, Manco y Pizarro prosiguieron su avance hacia el sur. La acogida al Inca resultó multitudinaria. "Fue tanta la gente que salía a vemos que los campos estaban cubiertos", recordaría Pedro Pizarro de aquella jornada. Cristóbal de Molina habría de anotar que toda la gente de la tierra salía de paz a los españoles y les favorecían
contra aquella gente de guerra de Atao Huallpa, porque los tenían en gran odio”.
Para entonces habíanse juntado ya todas las fuerzas españolas (los presuntos emisarios de Viracocha) con los pequeños contingentes aportados por Manco y los numerosos pero heterogéneos grupos de guerreros indígenas de naciones enemigas de los Incas, que obedecían directamente a Pizarro, huancas sobre todo. Quizquiz salió a enfrentarlos en Anta, junto a Paucarpata, donde se libraría una furiosa batalla; luego de ella, Manco vio cómo se incendiaba parte del Cuzco. Poco después él y todos los de su séquito entraron a la capital en medio de las aclamaciones de la multitud de cuzcos y de otras naciones que veían en Quizquiz un enemigo. Manco, desde su litera, contemplaría gozoso lo que creía el restablecimiento pleno y eterno del dominio de la legítima dinastía imperial, que él representaba. Pizarro, cabalgando a su lado, disimularía una sonrisa. Al llegar al Coricancha, Manco se descalzó. Luego, ya solo, se prosternaría ante el Sol. La ciudad se llenó de preces y de cánticos.
El Cuzco en esas horas resultaba a la vez liberado y conquistado; pero en este doble escenario político-religioso solamente los españoles sabían lo que realmente estaba sucediendo. Los demás, poco o nada podían entender del proceso que se desenvolvía.
A los pocos días Manco partió en campaña contra Quizquiz llevando algunos miles de guerreros cuzcos escogidos. También fueron con él dos de los supuestos emisarios de Viracocha, Almagro y Soto, con unos setenta hombres; el joven monarca alcanzó las victorias de Capi y Tambobamba sobre aquel sublevado yana-General que, a pesar de toda la crisis que agobiaba al Imperio, continuaba negándose a reconocer la autoridad de las panacas y de los Hanancuzco; más bien trató él, aunque inútilmente, de pactar otra vez con un príncipe semicuzco, Paullo Topa. Pero éste carecía de la fibra de Atao Huallpa.
Manco decidió luego retomar al Cuzco. En ese mismo diciembre, se-guramente cuando el sagrado solsticio, al recibir el "plumaje blanco" fue coronado por toda la nobleza Hanancuzco sobreviviente, en presencia de Pizarro y de los demás españoles, en compañía de las momias ilustres que habían salvado de las hogueras subversivas de Cuxi Yu- panqui, Quizquiz y Challcochima.
MANCO INCA 27 remonias en la plaza de Haucaypata. Finalizadas estas fiestas y sus ritos, Manco, aguijoneado por los remanentes de la vieja nobleza cuzqueña, no se dio por satisfecho con las derrotas recientes de los yana-Generales enemigos. Decidió, así, perseguir a "aquel traidor del Quizquiz", como lo llamaban los príncipes imperiales incaicos. Juró no detenerse hasta matarlo. Para ello convocó a cinco mil guerreros cuzcos.
En esta nueva campaña Manco, hostilizando a sus enemigos, llegaría hasta el río Pampas, desde donde dio la vuelta, encomendando al "viracocha" Hernando de Soto la continuación de la campaña, para lo cual le dejó varios miles de soldados dirigidos por Paullo Topa. Soto y Paullo habrían de infligir en Mariacaya una seria derrota a Quizquiz quien se encontraba debilitado por la guerra de los huancas en las batallas de Yacusmayo y Jauja y la de los táramas, amén de encuentros menores.
Al tiempo que Quizquiz se replegaba más al norte, hacia la región de los conchucos y los huambos, Manco, en la antigua capital imperial, asistía a una ceremonia que se le explicaría poco y mal: la fundación española de la ciudad de Santiago del Cuzco, el 23 de marzo de 1534. Aquel día el joven rey actuó con la misma ingenuidad aborigen que había mostrado el 25 de diciembre cuando, a pedido de Pizarro, al levantar dos veces una hermosa bandera multicolor, incorporó formalmente su Imperio al de Carlos V, sin sospechar siquiera la significación del acto ni la existencia de aquel emperador europeo.
Manco se ocuparía desde entonces en restaurar el destrozado Imperio, nombrando a orejones Hanancuzcos en los cargos más importantes. Aún no sospechaba el doble juego que se venía desarrollando a sus espaldas. Estaba seguro, como todos los de su casta, que los emisarios de Viracocha se retirarían del país apenas culminada la "misión divinal" de ayudarlo a destruir a los renegados yanas de guerra y a etnias sublevadas, que todavía resistían en el norte del Imperio, bajo los estandartes de Quizquiz y de Rumiñahui.
En tal entendimiento, marchó con Pizarro al valle del Mantaro; pero lo que el jefe español deseaba era proceder a la fundación de una ciudad que fuese la capital del Perú; y no sabemos qué versión se le daría al monarca indio de este nuevo acto poblacional, que contradecía en principio las suposiciones sobre la pronta partida de "los viracochas".
Quizá, por entonces, empezaron ya algunos recelos entre los Hanancuzco. Algo se debieron deteriorar las relaciones entre los capitanes españoles y el Inca, porque cuando éste preparó en Jauja una gran partida de caza en homenaje a sus huéspedes, Pizarro y sus hombres asistieron armados, temiendo que "la cacería no fuese con ellos", como habría de narrarlo uno de los que allí estuvieron. Un poco antes, el 25 de abril, se había realizado la fundación española de Jauja, no sabemos si en el mismo sitio del asentamiento del año anterior; debió ser acto muy concurrido gracias a los numerosos caciques huanca proespañoles de la comarca, los que sin embargo no verían con buenos ojos tener muy cerca a tan ávidos aliados o tan depredadores semidioses.
Por aquellos días ya todos los indicios conducían a la conclusión de que "los viracochas" podrían quedarse; y entre cuzcos de la nobleza baja empezaban a multiplicarse las quejas, por ciertos abusos que les resultaban incomprensibles.
Quizá surgió por esos meses la idea de que Pizarro y los suyos pudiesen haber sido enviados por Taguapica, el hijo malo de Viracocha, el hijo destructor.
Mas si así era, igualmente gozaban de un mandato divino. Y eran de temer. Pero lo que más apegaba a Manco a la creencia en la misión divina de Pizarro y los suyos era que continuaban respetando a los Hanancuzco de la más elevada jerarquía.
A Manco poco le importaban los ataques españoles a las noblezas indígenas que eran enemigas; o contra pueblos o sectores que siempre habían sido contendores de la aristocracia imperial cuzqueña. Sin embargo, por entonces, empezaron algunos desmanes contra los Hanancuzco. En la propia capital imperial varios españoles, desacatando ordenanzas de Pizarro, procedieron a saquear a ciertos indios nobles y, como Villa Oma protestase, se le apresó, a pesar de su jerarquía de Sumo Sacerdote. Manco debió asombrarse de lo ocurrido y quizá fue entonces que empezó a dudar de la identidad divina de los supuestos emisarios de Viracocha.
Pero sus vacilaciones se habrían disipado pronto porque Pizarro, con sagacidad política, ordenó que se restituyera lo robado y se liberara al pontífice; todo lo cual no fue sencillo pero se logró. Por ese tiempo Manco retornaría al Cuzco para contribuir a la solución de los proble
MANCO INCA 29 mas surgidos por obra de españoles torpes, que no reparaban en que la vinculación sólida con Manco y la nobleza cuzqueña era fundamental para su propia supervivencia en el Perú; por lo menos mientras subsistiesen los restos del ejército que había sido de Átao Huallpa y que empecinados yanas de guerra se empeñaban en sostener en pie, combatiendo.
Precisamente, cuando Pedro de Alvarado desembarcó en el norte del desgarrado Imperio con sus quinientos españoles, más doscientos negros y cuatro mil auxiliares guatemalas, seguramente se le dio al Inca la versión de que todos ellos venían para reconquistarle Tumebamba y Quito, donde otro valeroso esclavo de guerra, el yana-General cuzqueño Rumiñahui, se había atrincherado, proclamándose Sinchi, al igual que Quizquiz en el sur. Pero a Manco debió de acrecentársele la incertidumbre dada la magnitud de esa incursión.
Luego las dudas y los desencantos fueron acentuándose y el Sumo Sacerdote contribuiría seguramente a un esclarecimiento de cuanto sucedía. Mas el criterio de Manco empezó a variar con rapidez recién con el retomo al Cuzco de un hombre que regresaba de las guerras del norte: Felipe Guancavilca, más conocido por los españoles como Felipillo.
Acabadas las negociaciones con el intruso español Pedro de Alvarado (que tuvo que vender flota y ejército), se produjo la fundación de Lima el 18 de enero de 1535; el hecho debió mortificar al joven monarca aborigen, quien no hallaría explicación para el afincamiento de lo que algunos cuzcos ya empezaban a ver como una nueva llacta (ciudad) poblada con raros mitimaes de ultramar, que se estaban comportando como aucas (enemigos), porque así se lo dirían algunos indios a Manco. Hombres comunes debían ser en realidad los seres de las barbas que cada vez aumentaban más en número y en abusos. ¿Podía acaso haber tantos "hijos" o "emisarios" de Viracocha?, se preguntarían otros orejones, también desconfiando. ¿O eran en realidad sajras (demonios)?¿0 tal vez -como se rumoreaba- serían
descendientes de Taguapica, el hijo malvado de Viracocha, famoso por destructor? Gran confusión reinaba en los ambientes indígenas.
En cualquier forma, al subir Almagro de Lima al Cuzco, llevó consigo su grueso ejército y entre sus servidores al intérprete Felipillo. Fue entonces, en febrero, que creció la vinculación entre el monarca y
el traductor; la cual hasta entonces sólo superficialmente habían trabado. Aquel Felipe, hombre que conocía como nadie a los españoles -estuvo en España inclusive- sería el primero en abrirle los ojos al Inca. Y obraría con cautela, porque un bajo plebeyo provinciano no podría tampoco, de improviso, revelar a un rey sagrado todo el engaño en que se hallaba.
Este acercamiento fue de la más alta trascendencia. Felipe Guancavilca ya había dejado atrás su irracional odio general a las noblezas incaicas (nacido del hecho que, al fin y al cabo, Atao Huallpa había sojuzgado y maltratado a los guancavilcas, patria del intérprete, al parecer). Manco empezaba por su lado, a abandonar su cerrada altivez aristocrática. Empezaba a escuchar con interés -quizá sin demostrarlo mucho- a ese hombre, que en su juventud fuera apenas un modesto remero de balsas en lejana provincia litoral de los límites tropicales y norteños del Imperio, pero que le llevaba harta ventaja en el conocimiento del extraño mundo de los que hasta entonces se creía gente enviada por Viracocha.
Felipe Guancavilca, como tantos plebeyos y campesinos triturados por la agresión europea, había llegado a concluir que un dominio incaico morigerado resultaría mucho mejor que aquello que ya se veía venir bajo los nuevos dueños de la tierra.
El Cuzco de aquellos meses de mediados de 1535 era una metrópoli llena de tensiones, con un Manco progresivamente disminuido, buscando en vano el asentamiento de su poder real, haciendo crecer en su pecho el odio a los conquistadores y enfrentando, a la par, ambiciones de uno que otro príncipe de panaca dispuesto a ganarse la simpatía de los vencedores. En éstos igualmente bullía la división, entre quienes alineaban con los Pizarro y los que preferían sostener a Almagro, que solía ser pródigo, lo cual le atraía amigos o por lo menos partidarios en cualquier ambiente.
Manco prefirió una vinculación con el almagrismo, porque percibía que el clan Pizarro constituía el enemigo principal, por gozar, como grupo, de la mayor parte de las encomiendas y, además, las mejores. También por el trato poco amistoso que solían darle los Pizarro, desde que fueron eliminados los ejércitos de Quizquiz y de Rumiñahui. Los Pizarro, según parece, se inclinaban por la destitución o eliminación de Manco, para colocar la mascapaicha a otro hijo de Huaina Cápac, un
MANCO INCA 31 joven príncipe cuzco, hijo también de palla cuzqueña, llamado Atoc Xopa.
Esta situación, entre reyertas y amenazas, llevó al Inca más cerca de Almagro. Pensemos que carecía hasta de una insignificante escolta. Ya en las vísperas de lo que pudo ser su asesinato, una noche tuvo que irse "secretamente a la posada del Adelantado" y allí, el rival de los Pizarro le dio su respaldo, concediéndole como virtual guardaespaldas a Martincote, que era uno de los más valientes españoles del Perú, según unánime criterio. Al final, desarrollándose el plan pizarrista para la liquidación de Manco (o creyéndolo éste así), prefirió adelantarse y mediante algún acuerdo con Almagro consiguió que dos o tres españoles mataran a puñaladas a su rival (solución común en infinidad de pueblos del mundo en estado histórico similar al incaico). En la victimación del posible contendor indígena actuó también, según afirman algunos, el príncipe semicuzco Paullo Topa, por entonces todavía muy partidario de Manco, su hermano de padre.
Desde entonces los lazos de Manco y el almagrismo se fortalecieron, al amparo de varios españoles de este bando. El Inca, en el entretanto, fue comprobando, cada vez más, que los Pizarro representaban el poder imperial español y una autoridad plena. Por su lado, Felipe Guancavilca le seguiría dando cuenta cabal de lo que sabía y Manco oiría, maravillado, la versión de todo lo que ese faraute había visto al lado de los conquistadores desde 1528, en las costas del Imperio de los Incas, en Panamá y en la misma España.
Poco a poco Felipe Guancavilca se volvió el más valioso consultor del Inca; porque éste comprendió que nadie como él conocía la sociedad española y, además, no se podía dudar de su alineación contra los invasores. Era un patriota y un conspirador, por lo menos desde mediados del año anterior (1534), cuando intrigó para que se enfrentaran Almagro y Pedro de Alvarado; batalla que se evitó gracias a la sagacidad del primero en los campos de Liribamba (Riobamba).
Finalmente, su conocimiento del castellano lo volvía insustituible y le hacía alternar entre el palacio de Manco y las residencias de los almagristas más visibles. Felipe Guancavilca era todo un personaje, aunque no ostentase posición en ningún sitio, salvo el puesto menor de intérprete, a través del cual, sin embargo, se hallaba al tanto de todo.
de dividir a los españoles, que eran muchos, considerando el nivel del armamento incaico. Los conjurados, entonces, empezaron a difundir la especie de que al extremo sur del Imperio (Chile) abundaban tesoros y riquezas: Almagro mordería este anzuelo.
Pero el desencanto del Inca sobre los españoles (no eran enviados del dios Viracocha, sino de Supay, el demonio) se había producido en medio de tensiones entre los bandos ibéricos; pizarristas y almagristas estuvieron así al filo de una guerra civil en aquel 1535. Para calmar los ánimos subió desde Lima el propio gobernador Pizarro, quien hizo las paces con su antiguo socio Almagro. El 12 de junio se prometieron amistad eterna y hasta comulgaron de una misma hostia.
Como Almagro se comprometía a partir rumbo a Chile, Pizarro optó por dejar el Cuzco y retornar a Lima, lo cual hizo en jomadas espaciosas.
A fin de apoderarse de los supuestos tesoros chilenos, Almagro solicitó entonces a Manco dos hombres de plena confianza para que lo acompañasen en la expedición. Como tal solicitud encuadraba en el proyecto insurreccional, el Inca accedió. Incluso le dio tres. Fueron sus hermanos de padre Villa Orna y Paullo Topa; y Felipe Guancaviica.
Avanzando los preparativos para la incursión sobre Chile, Villa Orna y Paullo Topa ratificaron sin duda el compromiso de alzarse. Sabemos que "Villa Orna dejó concertado con Manco, a quien mucho amaban y respetaban los indios, el levantamiento para cobrar la libertad de aquel Imperio que ya no mantenía sino una pequeña figura de su antigua grandeza".
Los tres personajes indios se hallaban concertados en la conjura. Aún no se habían fijado fechas (e iba a transcurrir todavía un año para que se desencadenara el vendaval indígena), por lo que Manco fijaría un servicio de chasquis secretos permanente, sobre todo para informar de la decisiva reunión que debía efectuar con la gente de la mayor alcurnia de los cuzco, los orejones Hanancuzco.
En estas condiciones partieron aquellos tres confabulados, como avanzada almagrista, a fin de preparar el desplazamiento de las numerosas columnas españolas, que marcharían escalonadamente. Así, espaciadas, dada la pobreza general del Collasuyo que en sus tramos iniciales era todo puna y páramo. La partida de Villa Orna debió verificarse promediando junio de aquel mismo año de 1535.
MANCO INCA ___________________________________________________________ 33 Almagro habría de salir el 3 de julio, siguiendo a una gruesa vanguardia que lo precedió. Todo indica que en los días anteriores dialogó con Manco; éste quizá vio poco segura su vida y prefirió organizar fuera del Cuzco la planeada reunión con la nobleza Hanancuzco, para lo que pidió astutamente a Almagro que le permitiera acompañarlo. Pero no está claro si se tomó tal decisión, para lo cual Manco le habría ofrecido un tesoro.
En todo caso, Almagro aguardaba el desarrollo de los acontecimientos en los palacetes de Muina, lugar cercano al sur de la capital incaica.
MANCO Y LA NOBLEZA
"Pasados algunos días de la partida (de Almagro), Manco envió a llamar a muchos de los señores de las provincias de Condesuyo, Colla- suyo y Chinchaysuyo, y después de haber llegado con disimulación y hecho muchos sacrificios y fiestas, Manco les dijo: Que los había mandado llamar para representarlos delante de sus parientes y criados lo que a todos convenía acerca de aquellos extranjeros, para que (pues cada día iban acrecentando de número, antes que más llegasen) se pusiese algún remedio en salir de sujeción y que se acordasen que los Incas, sus padres y abuelos que en el cielo descansaban con el sol, reinaron desde el Quito hasta Chile, tratando a sus vasallos como a hijos salidos de sus entrañas, no robando ni matando, sino manteniéndolos en justicia y paz, teniendo en las provincias la orden y razón que sabían, porque los ricos no tenían soberbia ni los pobres padecían necesidad".
El cronista Cieza de León y, siguiéndolo, Antonio de Herrera, nos han transmitido los diálogos de aquella reunión.
Prosiguió Manco su arenga señalando que los dioses habían ido más allá al castigarlos por sus faltas, pues "permitieron que entrasen en el reino aquellos hombres de tierras tan remotas, predicando uno y obrando otro, tratándolos como a perros, robando los templos y cosas sagradas, sin hartar jamás su codicia ni su lujuria, pues tenían por mancebas sus hijas y sus hermanas, y para tenerlos en mayor sujeción se repartían las provincias haciéndose señores para que ellos no entendiesen sino en buscarles metales y todo lo que hubiese menester".
Manco expresó también otra queja de suma importancia social: Que los españoles, además, "habían allegado a sí los yana (conas), que como