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EL ATAQUE AL CUZCO

In document Manco Inca de Juan Jose Vega (página 44-51)

El ataque de los cuzcos se desencadenó el cinco de mayo. En la noche luce el plenilunio más brillante, lo cual, según creencias, aseguraba la protección de los dioses.

Inguill, Villa Oma y Páucar Guaman comandaban una verdadera muchedumbre de combatientes, tal vez quince mil soldados, a los cuales respaldaba un número mucho mayor de auxiliares y servidores.

Avanzaron enarbolando sus banderas "como turcos" y cantando himnos triunfales que alternaban con gritos de combate entrecortados por el bronco ulular de los pututos. Un combatiente español recordaría aquel momento diciendo que "empezaron a poner fuego por todas partes del pueblo, haciendo palizadas en las calles".

Titu CUSÍ Yupanqui, el hijo de Manco, que escuchó varias veces el relato de estos hechos, contaría que en el ataque participaron, por el cerro Carmenca -que es hacia Chinchaysuyu-, además de Villa Oma, Cori Atao, Cuillas y Taipi; por el lado de Condesuyu, Huamán Quilcana y Suri Guallpa, quienes fueron los últimos en llegar. Por el Collasuyu,

MANCO INCA 45 Llicllic. Hacia el Andesuyu, Rampa Yupanqui y Anta Allca. La mayor cantidad de gente llegó de esta provincia.

Estas huestes de Manco eran, por cierto, numerosas. Pero el temor español hizo subir las cifras (conforme ocurrió en toda América). Así, se habla o deduce cien mil y hasta quinientos mil, recordándonos, por la exageración, el "millón de persas" atribuido a las huestes de Jerjes por célebres historiadores griegos. Pero el hecho es que ceros más o menos, los incaicos esa vez fueron muchísimos, "infinidad" y que superaban abiertamente a los sitiados. Probablemente, los cuzcos mismos no eran más de unos diez mil guerreros, secundados por unos cinco mil de otras naciones, seguidos, eso sí, de un número bastante mayor de servidores, especialmente cargueros. Entre los soldados auxiliares destacaban siempre los campas, los machigüengas y los piros, porque aun cuando sólo constituían pequeños contingentes peleaban con arco y flecha. Aunque sufriendo todavía los efectos de la altura cordillerana ya se habían reincorporado a las filas del ejército incaico.

En cuanto a los españoles, éstos eran a lo sumo doscientos cincuenta "con clérigos, frailes y mozos y muchachos y enfermos", razón por la cual casi siempre se da una cifra inferior a doscientos. De éstos, unos cien acababan de llegar: Estaban de paso para juntarse con las columnas de Almagro en el lejano Chile. Tuvieron la mala suerte de que la sublevación los sorprendiera durante su escala en el Cuzco.

Pero la cortedad del número de españoles se compensaba enormemente con los "indios amigos", que en esos días serían unos tres mil. También estaban los famosos "negros de guerra" esclavos, que tal vez sumaban algunas decenas, y unos que otros moriscos igualmente esclavos.

El ataque, masivo, violento, empezó capturando las calles y los andenes de las partes altas del Cuzco, a precio altísimo de sangre. Al parecer el Inca se hallaba muy optimista, porque desde los primeros días interrogaba a los mensajeros que llegaban con noticias: "¿habéislos ya muerto a todos?", pero seguramente le reiterarían lo difícil que era combatir contra jinetes, reforzados abundantemente por experimentados yana-guerreros; jinetes que por su altura eran casi inalcanzables para las porras y macanas y otras armas mesolíticas.

empujando a los conquistadores y a sus aliados hacia la plaza mayor, la Haucaypata. Fue el peor momento para los defensores, puesto que carecían de suficiente agua y el espacio era estrecho. La ciudad incendiada por barrios en cada avance incaico provocaba mucho humo, daño que se mezclaba con la intensa pedrea ("parecía que granizaba") y con la grita constante y perturbadora de los soldados incaicos. Estos peleaban tan confiados en la victoria que no faltaron burlas a los españoles. Pero el hecho que inexplicablemente el fuego no devorara la iglesia cristiana en el incendio, sirvió para mantener la fe de Hernando Pizarro y los suyos, así como para desalentar un tanto a los atacantes. Otros conquistadores, en sus grandes miedos, creyeron ver hasta descender a la Virgen y caracolear el caballo blanco de Santiago Apóstol y no faltó español que se escondió en un pajar, ni otro que se fugó al bando de Manco.

En lo peor de la liza, Hernando Pizarro señaló a Pascac, el capitán general de los "indios amigos", la necesidad de recuperar Sacsahuamán para contener las constantes ofensivas cuzqueñas. Para entonces ya había muerto el Alcalde del Cuzco y una multitud de los "amigos" y sumaban los heridos un gran número.

Una relación del fraile Murúa se explaya en diversas acciones, dirigidas por Pascac, el jefe militar indio proespañol y no deja de lado las acometidas de los "negros de guerra" y ni siquiera a los llamados "indios de Nicaragua" (los remanentes que aún quedaban de los traídos de Centroamérica); y registra cómo Hernando Pizarro "empezó en tomar Sacsahuamán y echar de allí a Villa Oma".

Los cuzcos combatieron como leones. Pero sus aliados no guardaban mayor adhesión a la causa del Inca. Además, Hernando Pizarro usó escalas de palo, desconocidas por la tecnología incaica, las cuales anularon totalmente la defensa.

Para empezar, Inguill desertó con el grueso de sus contingentes, no sin antes ordenar la evacuación de Sacsahuamán, orden que fue cumplida por Villa Oma, que tal vez pudo contradecirla, mas no lo hizo.

Para entonces millares de defensores habían caído; igualmente un crecidísimo número de los "indios amigos".

Los torreones mayores soportaron un asedio de algunos días más; los tomaron por sed. Algunos defensores se suicidaron. El más destacado de ellos fue Cahuide, que luchaba equipado a la espa

MANCO INCA 47 ñola, con casco y espada. Los propios cronistas dijeron que murió como "un romano", por su coraje. Su verdadero nombre fue Titu Cusi Huallpa.

La situación para los españoles mejoraría notoriamente con esta captura de Sacsahuamán, pero la guerra seguiría; no tenía respiro.

El alivio les llegó recién, conforme lo preveían, a los veintiún días de asedio. Desde aquel momento, de acuerdo con la ley religiosa, los guerreros cuzcos no combatirían hasta un nuevo plenilunio, esto es, por espacio de siete días. Quizá ningún español entendió tal costumbre, tal vez porque no comprendían que Manco no podía violar principios sagrados; porque la religión era la base del Imperio, de su corona.

Esto ocurrió de la misma manera cómo la valerosa Esparta -modelo de guerreros- contra los persas sólo envió, por causa religiosa similar, apenas el batallón simbólico de trescientos. Estos se inmortalizaron en las Termopilas, mientras veinte mil de sus compatriotas oraban todo aquel mes a sus dioses, no obstante hallarse Grecia invadida por los persas y ser ellos, los espartanos, los mejores soldados del mundo. Y esta crisis se registró en el período clásico; ni siquiera en la era griega arcaica.

Manco y sus jefes militares estarían también en Calca y Yucay entre oraciones, ayunos y abluciones; interpelando a los arúspices en tomo al destino de la guerra. No debieron ser contrarias las respuestas dadas por los dioses incas a través de los augures. Porque los cuzcos se lanzaron con mayor furia a la guerra, iniciando el segundo mes del asedio. Mas, para entonces los españoles ya habían aprovechado muy bien la semana, fortaleciéndose y pactando alianzas nuevas con caudillos quechuas vacilantes.

Acabado el novilunio, Manco, según parece, asumió el comando directo de las operaciones. No deja de intrigar la causa por la cual no lo hizo desde el primer momento. Hemos sostenido que así actuó para fortalecer la alianza con los semicuzcos, dejándoles la dirección de las acciones; pero ésta es apenas una hipótesis, acaso la más probable. Caben otras opciones: por ejemplo la voluntad de la nobleza de no arriesgar la vida del Inca, porque su muerte o captura crearía un caos de sucesión, dificilísimo de desanudar y de repente hasta imposible de arreglar, dadas las ásperas pugnas de los linajes.

habían sacralizado o solemnizado con exceso en el reciente esplendor, porque no deja de llamar la atención que tampoco Atao Huallpa comandase sus huestes. Ni Huáscar, salvo muy al final, por presión de la nobleza o llevado por uno de sus frecuentes arrebatos de ira.

Cualquiera que fuese la verdad, tras la traición de Inguill, Manco tuvo que pasar a conducir directamente la guerra. Mucho más si había censurado a Villa Oma por su vacilación en Sacsahuamán.

Pasada pues la semana de luna nueva, que fue de enorme auxilio para los sitiados, empezó un segundo cerco del Cuzco, en el cual el valiente Villa Oma no apareció, quizá castigado por Manco. El Inca mandó recapturar la fortaleza, pero esto ya no fue factible a causa de la guarnición de Tomás Ortiz y sus cincuenta españoles, además del infaltable concurso de los yana-guerreros cañaris y de otras etnias.

Numerosas escaramuzas se produjeron entonces en los alrededores de la ciudad; recrudeciendo la presión de los cuzcos sitiadores, Hernando Pizarro dispuso la matanza general de las mujeres porque ellas servían como habrían de hacerlo las "rabonas" de tiempos posteriores (de las cuales, además, aquellas fueron predecesoras). Así, "no dejaron mujer a vida"; allí donde los jinetes llegaban todas perecían a cuchillo, lo cual se efectuaba con el concurso de los "iridios amigos", esos yanas anti-incas cada día más sanguinarios.

Quizá desde esta época se empezó a cercenar la mano derecha de los cuzcos prisioneros, a fin de infundir más terror en el enemigo, práctica que luego se generalizó; en cierta ocasión se cortó la mano a doscientos de los cuzcos capturados. Pero ni aun así los atacantes aflojaron, lo que obligó a los defensores de la ciudad a efectuar salidas a fin de traer abastecimientos. Las más importantes fueron las de Gonzalo Pizarro a Jaquijaguana y la de Hernando Pizarro a Calca, donde también fracasó un plan pizarrista de capturar sorpresivamente a Manco.

El novilunio volvió a interrumpir las acciones ofensivas de los cuzcos. Iniciado el tercer asedio, ya en el mes de julio, los españoles intensificaron la matanza de mujeres.

Fue esta, época de numerosos encuentros, de los cuales el mejor narrador habría de ser Pedro Pizarro, por entonces el más joven de los jinetes.

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EN LIMA

La presión sobre el Cuzco resultó atenuada al poco tiempo a causa de que Pizarro, desde Lima, había decidido socorrer a la antigua capital incaica. Los caminos habían quedado misteriosamente cerrados desde mayo. Los primeros informes que indicaban un vasto levantamiento se habían confirmado con creces.

El hecho adquiría gravedad por carecerse de noticias tanto de Hernando Pizarro como de Almagro, quien había partido hacia Chile un año atrás. Muchos en Lima daban por muertos a los dos caudillos y pensaban abandonar la capital. Pizarro, como gobernador del Perú, tuvo que apelar a toda su energía para calmar las flaquezas e inquietudes. Y con firmeza propia de las difíciles épocas del descubrimiento del Perú, decidió organizar la resistencia. Pidió refuerzos a otras gobernaciones de América, inclusive socorro a España, y formó las primeras capitanías que habrían de marchar hacia el Cuzco a fin de dar auxilio a los sitiados.

Por su lado, en el cuartel general de Calca, Manco estimó de necesidad liquidar a la guarnición costeña de Lima y las columnas que Pizarro se aprestaba a enviar; "hizo junta de muchos millares de indios de todas partes, pareciéndole que si tomaba Lima y destruía al marqués Francisco Pizarro que en ella estaba con mucha gente, el Cuzco le vendría luego a las manos, faltándole el aliento que de soldados le subía de allí".

El Inca decidió concentrar sus fuerzas en el aniquilamiento de aquellos ejércitos, juzgando además, con razón, que le sería más fácil vencerlos que a la gente española del Cuzco, que estaba siempre atrincherada tras las murallas de los templos y palacios de la ciudad.

Manco hizo traer más yana-guerreros de otras áreas y de las unidades destinadas al asedio del Cuzco trasladaría varias al nuevo ejército, cuyo mando entregó a uno de sus hermanos, el afamado Quisu Yupanqui, príncipe semicuzco de enorme valía.

Relata el cronista Martín de Murúa que, en efecto, Manco "determinó de acometer primero a Lima y así envió a ello a Quisu Yupanqui y a Illa Túpac y a Puyu Huillca. Y Quisu Yupanqui era capitán general a quien los otros obedecían y llevó orden de Manco Inca para que toda

la gente de Chinchaysuyu le siguiese y con ella y con la que llevaba, cercase Lima y matase al marqués Pizarro y a todos los españoles que con él estaban".

Esta determinación del Inca alteró de modo total la estrategia de la insurrección. A partir de este momento los esfuerzos militares se concentraron fundamentalmente en los caminos que conducían hacia el mar. Para cumplir este empeño partió Quisu Yupanqui, en medio del entusiasmo de los cuzcos, escoltado por las mejores legiones que conservaba el Inca, y los yana-guerreros más decididos.

Por su parte, Pizarro ultimó detalles para organizar la defensa de Lima. Contrariamente a lo que muchos debieron esperar, el Gobernador no asumió el comando militar de las operaciones.

Las expediciones quedaron encomendadas a los capitanes Diego Pizarro y Gonzalo de Tapia. Se recogió a los más esforzados castellanos y con varios españoles nuevos que habían en aquel momento en la capital, así como con buen número de indios amigos y esclavos negros, decidieron emprender todos la jomada que -nadie podía suponerlo- los habría de conducir a la muerte en manos de Quisu Yupanqui. Porque para entonces ya este brillante jefe militar marchaba sobre Lima. Una primera victoria, todavía menor, la alcanzó en Chul- comayo.

Quisu Yupanqui, tal vez el mejor guerrero incaico, había ideado el perfeccionamiento de las galgas, método de lucha sólo usado en pequeña escala antes del inicio de la conquista española. Con tales galgas que eran "unas piedras grandes que dejan rodar de lo alto, que vienen con gran furia y todo lo que toman por delante hacen pedazos", según la descripción de Pedro Pizarro, que las sufrió, se podía compensar la escasez y a veces la inexistencia de arcos. Por tanto, resultaba más fácil enfrentarse a la temida caballería.

Quisu Yupanqui no dejaría de considerar que fue con galgas como Quizquiz obtuvo, tras muchas sangrientas derrotas, una victoria en Cusibamba sobre Almagro y Pedro de Alvarado coaligados y que el último casi había muerto arrastrado por un pedrón.

Quisu Yupanqui había mejorado el sistema de guerra inca, arcaizándolo. La panoplia incaica poseía veintitrés armas diferentes, pero él, posponiéndolas en parte, la hizo más lítica al perfeccionar el uso de las galgas. Debió trabajar activamente en la sierra central con mitas, para

MANCO INCA 51 subir las enormes piedras hacia los cerros en lo alto de los desfiladeros por donde había caminos que tendrían que ser forzosamente recorridos por los conquistadores. Recia disciplina tuvo que haber sido impuesta a los lucanas, a los ancaraes, a los pocras y a los de otras etnias preparando estas emboscadas, puesto que fue menester subir esas piedras a las cumbres y sujetarlas con fuertes bastidores.

Y luego, aplicó el más severo control para evitar que algún cacique anti-inca pudiera enviar mensajeros denunciando el emplazamiento de tales galgas.

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