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EL CERCO DE LIMA

In document Manco Inca de Juan Jose Vega (página 62-64)

Vencedores en Puruchuco, Quisu Yupanqui y Cusi Rímac optaron por iniciar el cerco de la capital, a fin de lograr el anhelo de matar o capturar a Pizarro, con lo cual se cumpliría plenamente la orden de Manco de exterminar a la guarnición extranjera.

El desplazamiento hacia la ciudad de Lima se había iniciado al momento de perseguirse a las huestes de Pedro de Lerma, quien, herido y todo, no perdió el control de la situación y se retiró en buen orden.

Es nuevamente Diego de Silva y Guzmán quien en su Relación nos proporciona las mejores informaciones en tomo a este momento decisivo e inicia su descripción anotando que viendo el gobernador Pizarro (seguramente desde algún cerro) "como venían tan grande cantidad de indios a dar en la ciudad... salió gente de refresco a dar en ellos y marcharon muchos".

Los lanceros de a caballo hicieron esa vez bastante daño entre los incaicos, por darse el encuentro en tierra llana, hacia lo que ahora se llama Yerbateros; asimismo, las fuerzas incas y de sus aliados pagaron caro el no contar con flechas, única arma que podría contener la caballería española. Quizá los dos máximos jefes indios, Cusi Rímac, el imperial y Quisu Yupanqui, el semicuzco, debatieron en lo tocante a lo que correspondía hacer en tal contingencia, acordándose en todo caso posesionarse de los cerros aledaños a la capital.

La situación fue tomándose difícil para los españoles porque los jefes cuzcos recurrieron a la táctica de "quitar el agua del río y la echaron por junto al cerro de San Cristóbal y para ir por agua era menester gente de guerra". Lo cual no resultaba siempre fácil porque, siendo el sitio del río pedregoso, "los caballos se mancaban muchos", como lo recordaría fray Vicente de Valverde en su famosa carta de 1539.

La Relación de Silva nos indica que luego "los indios se pusieron en unos cerros; en lo más alto de ellos se puso Quisu Yupanqui, con la gente principal, que venía por capitán general de toda esta gente. Los españoles arremetieron al cerro más bajo, adonde cayeron dos de caballo, y al uno dellos mataron y el otro se salvó por gran milagro más que por su posibilidad. El Gobernador, viendo tanta multitud de gente, creía sin duda ninguna que ya lo de acá era todo despachado; los españoles anduvieron escaramuzando con ellos, matando muchos, especialmen

MANCO INCA 63 te una vez que los enemigos se determinaron de acercarse a la ciudad, poniéndose en unos edificios caídos. La gente de a caballo estuvo en celada, y habiendo tiempo, salieron matando y alanceando mucho número de ellos hasta que se subieron en unos cerros. Al Gobernador jamás este día le dejaron salir a pelear, pero estaba con veinte de a caballo a punto para socorrer a donde hubiese necesidad. Esa noche se hizo mucha guarda, rondando la gente de caballo la ciudad".

"Otro día amanecieron los indios más cerca, en una sierra grande, que estaba dellos cubierta que cosa della al parecer no se divisaba, de donde quitaron e hicieron pedazos una cruz grande de madera que estaba puesta en lo alto, a la parte del camino que van a la mar y al puerto; y en otro cerro algo más lejos pareció muy gran cantidad de gente, toda de la provincia de los Atavillos".

"En estos cerros los enemigos peleaban muy a su salvo, abajando a lo llano a pelear un escuadrón y aquel retirado bajaba otro; en la ciudad había algunos indios amigos, los cuales, haciéndoles espaldas los españoles, peleaban muy bien y era causa de reservarse de grandísimo trabajo los caballos, porque de otra manera no lo pudiera sufrir".

"Algunos de los indios que se tomaban a vida se atormentaban cruelmente, para saber nuevas desta ciudad (el Cuzco); unos decían uno y otros decían otro, y jamás concordaban, porque así estaban prevenidos de sus capitanes".

"Viendo el Gobernador que los contrarios estaban tan cerca de la ciudad y que no les podía hacer ofensa ninguna, trataba cercarlos y para esto hallaba poca posibilidad. Otras veces decían que sería bien subir de noche y tomalles lo alto; también esto les pareció muy dificultoso, así por ser pocos y el número de los indios tan grande, como por la fragosidad del cerro en que estaban: Pero al fin acordóse ser esto lo mejor... En esto pasaron cinco días, y acordaron de hacer un reparo de tablas para resistir las piedras; pero después de hecho les pareció imposible poderlo llevar".

Así transcurrieron seis días de incesantes combates, con muertos en ambos bandos. Quisu Yupanqui aguardaría el auxilio de una parte de los contingentes de los curacas de los huancas, para ejecutar el ataque final, que se presumía muy caro en vidas; merced, sobre todo, a la fuerte potencialidad de fuego de los numerosos arcabuces de los españoles.

Pero los caciques huancas jamás llegaron, pese a las órdenes de los jefes incas que los buscaron. Estos seguramente acabaron asesinados.

No obstante la enemistad de los caciques huancas y de otras naciones aborígenes, los incaicos habían entrado a la lucha con excepcional vigor. De allí la cantidad de heridos graves en esos días, a pesar de que fueron rarísimos los flecheros, si es que hubo alguno.

Por aquellos días, Diego de Aliaga "estuvo a punto de morir por haberle aprisionado el equipo sus enemigos con boleadoras, pero auxiliado por sus compañeros logró encaramarse en la grupa de otra cabalgadura y regresar salvo a Lima", según registra José Antonio del Busto.

Quisu Yupanqui proyectaría un asedio largo, que rindiese por hambre a Pizarro y los suyos. Pero la situación de los cuzcos pronto se deterioró a causa de las noticias de que Alonso de Alvarado avanzaba a marchas forzadas desde la costa norte a fin de auxiliar Lima cercada; con los españoles bajo su mando venían -según se decía- varios miles de chachapoyas, sus aliados, entre ellos numerosos yana- guerreros, enemigos tenaces del Cuzco.

Convenía pues tomar la ciudad antes que a su defensa concurrieran aquellos contingentes. Pero fue aun peor lo sucedido con los batallones huancas. Sencillamente los caciques de esta comarca traicionaron a Quisu Yupanqui y fueron a dar apoyo a Pizarro. Veamos los hechos.

In document Manco Inca de Juan Jose Vega (página 62-64)