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MANCO Y EL PRIMER VIRREY

In document Manco Inca de Juan Jose Vega (página 113-127)

En los principios de 1544, Manco, al igual que todo el Perú, supo que llegaba un mandatario nombrado por Carlos V. Desde luego, el soberano cuzqueño pediría a los almagristas de Vitcos algunas explicaciones sobre lo que aquel hecho significaba; Diego Méndez, que poseía alguna experiencia política, se las daría. Aun más, le comunicaría que lo que se sospechaba era que el nuevo gobernante, un virrey, trataría de aplicar las Nuevas Leyes, unos dispositivos que favorecían a las poblaciones indígenas de todo el continente. De todo el Perú, para el caso. Pronto reparó Manco que las intenciones de Blasco Núñez Vela no eran otras que las de refrenar los abusos cometidos por los conquistadores del Perú y de modo particular las tropelías de los encomenderos, señores de la guerra. Las propias encomiendas serían abolidas, poco a

poco; y el servicio personal disminuiría. Concretamente, el virrey venía contra los hombres vinculados al poderoso clan Pizarro, quienes se resistían a aceptar las leyes de Carlos V.

Gente ligada al dos veces vencido almagrismo integraba, en parte, el séquito de Núñez Vela. El virrey resultaba así un aliado natural del Inca, pues ambos se hallaban en contra de los señores neo-feudales pizarristas del Perú. Tanto Carlos V como Manco compartían intereses en tal punto tan crucial. Por otro lado, el virrey había demostrado un gran espíritu humanitario hacia los indios peruanos, desde que liberó a varios cientos de ellos, esclavos en Panamá. Luego, a lo largo de sus viajes por la costa se había mostrado favorable a los aborígenes del país y deseoso de un entendimiento con los rebeldes cuzqueños. Aun más, en las reuniones de Manco con sus capitanes se discutía sobre si sería cierto que el emperador Carlos V había aconsejado a su representante en el Perú, anciano de coraje indiscutido, que buscase la paz con Manco y castigara a los causantes de los abusos contra los indios plebeyos peruanos y los despojos y vejámenes inferidos a la realeza imperial del Cuzco.

Esto era cierto, pero los alzados incaicos no tenían seguridad. De todas maneras, las condiciones eran muy favorables para un acercamiento. Corrían ya rumores de que Gonzalo Pizarro, el último de los hermanos, podría alistar fuerzas de los señores neofeudales para luchar a muerte contra el representante de Carlos V. La elección era clara: los de Vitcos -que constituían el rezago de las panacas imperiales- debían estar a favor de aquel hombre venido desde España para aplicar las Nuevas Leyes, un código inspirado por Bartolomé de Las Casas, personaje del cual, quizás, habían oído hablar alguna vez, años atrás, en el Cuzco.

Los rumores que llegaban a través de indios amigos indicaban además que el virrey veía con malos ojos a toda la gente que militó bajo las banderas del difunto gobernador Pizarro y que hasta sentía recelos del ex gobernador Vaca de Castro.

También alegre con las noticias, Méndez trató el caso con el Inca, proponiendo un acuerdo con el virrey. Manco aceptó, pero oponiéndose a que ese Méndez, su yana-capitán español, partiese con tal misión, a causa de sus antecedentes de victimario del gobernador Pizarro. Y ordenó que Gómez Pérez, que había sido hombre muy cercano a Al

MANCO INCA 115 magro el Joven partiese en pos del virrey.

Usando caminos desviados, que aconsejó su comitiva incaica, Gómez Pérez alcanzó al virrey en la provincia de los huauras, antes de que entrase a Lima. Cedemos sitio al cronista mestizo Pedro Gutiérrez de Santa Clara, hombre de esos tiempos, para que nos relate el suceso:

"Estando en este pueblo de la Barranca vino a él por mensajero Gómez Pérez, criado que había sido de don Diego de Almagro el Mozo, a besalle las manos de parte del rey Mango Inga Yupangue, señor de todas estas provincias y reinos del Perú. Este Magno Inga Yupangue estaba apartado y fuera del camino real, en unas sierras muy ásperas y confragosas, con el capitán Diego Méndez de Sotomayor y seis hombres que habían seguido siempre la opinión de don Diego de Almagro el Mozo, los cuales escaparon de la batalla de Chupas y se metieron en las sierras de los Andes. A lo que este mensajero vino fue que el rey Magno Inga Yupangue y el capitán Diego Méndez de Sotomayor, con los demás españoles, le enviaban a pedir licencia y salvoconducto para parecer ante su señoría y salir de la sierra a servir a Su Majestad con el rey Inga y con muchísimos indios vasallos suyos, y que el virrey los asegurase de Vaca de Castro y de los pizarristas, que los querían mal y eran perseguidos dellos. El virrey se holgó con esta embajada y tuvo entendido que estando este poderoso rey de paz, que también lo estarían luego los demás caciques y principales indios que también estaban alzados con él, que se abajarían a poblar la tierra de los llanos, porque en ello se haría gran servicio a Dios y a su Majestad, y por tanto los envió a llamar, dándoles todas las seguridades que pidieron por escrito y firmadas de su nombre Gómez Pérez se fue y llevó los recaudos que pidió, muy a su voluntad, de lo cual se holgaron mucho Mango Ynga y Diego Méndez y sus compañeros".

Como se ve, el emisario español de Manco y su comitiva cuzqueña fueron muy bien recibidos por Núñez Vela. En realidad, la Corona había expedido una Real Cédula donde se expresaba que "conviene al servicio de Dios Nuestro Señor e nuestro e bien de aquella tierra, que se preocupe de traer de paz (al Inca)", porque "estando el Inga de paz, será gran parte para que toda aquella tierra esté en quietud". El virrey, a no dudarlo, sabía que así ganaba posiciones frente a los hoscos encomenderos pizarristas, que ya habían empezado a hostilizarlo. Atrayendo a Manco "se sosegaría la tierra", por lo menos en lo tocante

a la sublevación incaica, que tenía ya ocho años; y también podría mirar al Inca como un futuro aliado contra los pizarristas, si llegaba a abrirse conflicto.

Además de ser los indios útiles para todo, conocíase que siempre se había contado en el Perú con miles de auxiliares de carga y de batalla (para empezar, los miles que portaban a lomo humano la artillería). Por otra parte, Vaca de Castro, enemigo potencial, tenía gente aborigen adicta, "indios armados", entre los chachapoyas y, por último, que cada encomendero pizarrista de importancia acostumbraba a poseer gente propia para diversos usos, sin excluir la guerra, principal actividad española en el país.

En suma, Gómez Pérez había emprendido el camino de regreso llevando a Manco ofrecimientos de que si salía de su reductos vilcabambinos alcanzaría los privilegios sociales propios a sus condición de rey y, seguramente, los honores que le incumbían. En cuanto a los que habían militado bajo los estandartes de los Almagro, un perdón parecía asegurado de labios del propio representante del "Emperador del Universo Mundo".

No podían, por tanto, ser mejores los frutos de la entrevista de Barranca. En Vitcos, el monarca indio, al escuchar a su yana-embajador Gómez Pérez, reiteraría su criterio de que "Núñez Vela venía favorable a los caciques indios", tal cual sus espías se lo habían comunicado desde un inicio. Así como lo sostiene Garcilaso, tomaría Manco una línea de acercamiento al virrey "persuadido de ellos, que le decían que se abría camino para restituirle todo su Imperio o muy buena parte de él", en lo cual los yanas almagristas mentían en parte, pero en algo decían verdad.

Los almagristas resolverían convencer al Inca de que no había tiempo que perder, lo que se consiguió; y así "acordaron de salir (de la comarca de Vilcabamba) y dijéronlo a Mango Inga y el Mango Inga mandó a sus capitanes que le proveyesen de lo que hubiesen menester y que se saliesen con ellos". Allí mismo encargó "al Diego Méndez que de su parte hablase al visorrey y que para ello fuesen con él ciertos orejones suyos para que volviesen con el recaudo y respuesta de lo que el visorrey proveyese y él con él negociase y esto así proveído tomaron los del Inga al Diego Méndez y a los demás en ciertas hamacas y lleváronlos".

MANCO INCA 117 manga, por ser más corto y bien conocido por los soldados de Manco que varias veces habían incursionado por esa vía; la ruta satisfaría a Méndez también, que vería en ella una oportunidad para retomar a esa ciudad como triunfador, tras la catástrofe almagrista en la vecina Chupas dos años antes. Pero ni él ni Manco supusieron que en Guamanga las posiciones pizarristas se habían fortalecido durante las últimas semanas, a raíz de la gradual insurgencia de Gonzalo Pizarro en Charcas y el Collao; aun más, es probable que, para aquel momento, los españoles de la ciudad tuviesen ya conocimiento del exitoso ingreso gonzalista al Cuzco (la cronología no esta clara). Por todo lo cual, la oposición a todo trato con los del Inca y con los almagristas -de suyo siempre vigorosase endureció al máximo; mucho más si probablemente conocían lo ofrecido por el virrey a Manco en el tambo de Barranca, el mes anterior, en torno al buen tratamiento que debía darse a los indios.

Algunas columnas del ejército imperial cuzqueño, y los yana-guerreros españoles capitaneados todos por Méndez, avanzaron así sobre una Guamanga a la que no sabían tan hostil; en ataque sorpresivo. Pero caciques pizarristas, como el fiel Huasco de los chancas de Andahuaylas, alertarían a los de la ciudad. Quizá luego llegaron informes más precisos, obligando al Cabildo a tratar el asunto del avance incaico el 26 de mayo. El caso aparecía tanto más riesgoso oyendo que un indio mejor informado apuntaba que gente con barbas y buenas armas aparecía codo a codo con las huestes del Inca. "Preguntado qué españoles son" aquel mensajero respondía que era gente que había luchado por Almagro el Joven "y traen caballos y arcabuces".

Por su lado, Manco, con diligencia, había levado una mita con el fin de construir un puente en Laco, lugar donde un curaca pizarrista resistía el avance de los inca-hispanos. Por todo esto decíase en Guamanga que "el Inca trae mucha gente de indios", pero las versiones eran confusas en tomo al número de milites cuzcos y antis.

Resultó así que la ofensiva se suspendió por razones desconocidas; quizá por informes sobre el avance de Gonzalo Pizarro desde la lejana Charcas sobre el Cuzco, avance que habría alarmado a los yana- guerreros almagristas; o tal vez porque se sopesó la situación, considerándose que la campaña podía hacer daño a la causa del virrey, que las pasaba mal en Lima. O quizá se trató sólo de una marcha que tenía como finalidad doblegar pacíficamente al Cabildo de Guamanga con

los salvoconductos virreinales y luego pasar de allí a la capital a fin de perfeccionar un acuerdo entre la Corte de Vilcabamba y la Corte de Lima.

Pero la situación política del flamante virreinato se descompuso velozmente; y no por culpa del Inca ni de los impacientes refugiados almagristas. Sucedía que desde que ingresó Nuñez Vela a Lima (15 de mayo de 1544) fueron aumentando las tensiones del nuevo gobernante con los poderosos encomenderos y hasta con los españoles pobres, que con ellos se solidarizaron. Los mismos oidores de la Audiencia y otros funcionarios -ligados ya el gran poderío de los encomenderos- distaron de otorgar al virrey el apoyo enérgico que le debían. Nada de esto fue un secreto, al contrario, y por tanto debió trascender hasta la misma comarca de Vilcabamba. Junio, julio y agosto fueron así meses de dudas y vacilaciones en la Corte Incaica de Vitcos, donde Manco seguía rondando el proyecto de vengarse de los Pizarro con la colaboración del atrabiliario virrey, venido allende los mares.

Los que vacilaban respecto al plan de algunos meses atrás eran precisamente los que lo habían urdido, los almagristas, que sopesaban el poder creciente de Gonzalo Pizarro y conocían cuán difícil les sería alcanzar perdón si llegaba a tomar el poder en el Perú; y esto lo suponían porque mientras se deterioraba la autoridad virreinal, a ojos vistas crecía la fuerza de aquel hermano del difunto gobernador Pizarro. Como se había pronunciado en contra de las Nuevas Leyes y, por tanto, a favor de las encomiendas, el Cuzco español lo había acogido con alborozo en junio y allí estaba el nuevo caudillo levando gente y reforzando los pertrechos de sus huestes. Ante estos acontecimientos, los almagristas refugiados en Vitcos habrían preferido permanecer "a la mira", mientras se resolvía el conflicto.

Tres meses más tarde llegarían presurosos chasquis a tierras vilcabambinas. Quizá hasta trayendo cartas para los almagristas, indicando que el 17 de setiembre el virrey había sido capturado por la Audiencia de Lima.

Era un golpe de Estado de los encomenderos.

Pero aquel mismo 17 de setiembre se producía otro acontecimiento: el Cabildo de Guamanga reconocía a Gonzalo Pizarro como su procurador. El suceso no tendría mayor importancia para nuestra narración si no fuese porque en esos mismos días el yana-capitán Diego Méndez

MANCO INCA 119 avanzaba otra vez por regiones guamanguinas al frente de sus seguidores españoles y de un batallón de cuzcos, probablemente para proceder a un ataque a la mencionada ciudad.

¿Qué había sucedido? Pues, que pasando los días en la incertidumbre, el yana- guerrero Diego Méndez había decidido tomar la iniciativa. Era temible como soldado. El que aceptase su condición de yanaguerrero de lujo a órdenes de Manco debió sentirlo siempre como una situación temporal, hasta el día en que se le abriera una opción de retomo al mundo hispánico. Con el ascenso del gonzalismo, aquella opción se le estaba cerrando. Al igual que a Manco la factibilidad de negociar con el virrey, que era todo un solo asunto, se bloqueaba. Quizás ambos creyeron, en especial el capitán español, que podrían contribuir decisivamente en lo militar a la lucha que se venía, ayudando al anti-pizarrismo en cualquiera de sus formas, porque en Vitcos se conocía el aumento de fuerzas de Gonzalo Pizarro en el Cuzco. La Audiencia de Lima urgía de guerreros eficientes.

Por estas causas Manco había organizado, al mando de Méndez, esta nueva expedición sobre Guamanga, ciudad en donde predominaban abiertamente los pizarristas; también debió ver con buenos ojos la campaña porque su pequeño ejército sufría escasez, agotado el botín de anteriores incursiones. Vilcabamba, provincia pobre, siempre lo había empujado a la guerra. Era la hora de un nuevo raid.

Méndez, pues, había partido a tomar Guamanga, teniendo a Lima como eventual destino para fortalecer a la Audiencia frente al gonzalismo. Lo hizo con los demás yana-guerreros españoles y la gente cuzqueña escogida, comandada al parecer por Pumasupa. Pero lo que Méndez ignoraba del todo es que casi simultáneamente partía Gonzalo Pizarro del Cuzco hacia el mismo objetivo: Guamanga. Separados por nevados y selvas marcharon paralelamente por caminos distintos, usando Méndez los senderos de la selva alta. Cruzaría luego el caudal del río Apurímac y el río Pampas. Por cierto, los pizarristas de la ciudad no se hallaban desprevenidos y alertados por "indios amigos" decidieron la defensa de la plaza frente a los incaicos. El Cabildo así lo acordó el 23 de setiembre, tomando nuevo capitán "encargándole tenga especial cuidado de que si Manco Inca a esta ciudad viniese pueda acaudillar gentes para la defensa de ella".

Pero el yana-guerrero español y los jefes incas se llevaron la gran sorpresa: "como llegaron a las cabezadas de Guamanga tuvieron noticia que allí estaba Gonzalo Pizarro, que venía con los del Cuzco contra el virrey".

Semejante novedad cambiaba totalmente lo proyectado en Vitcos. Por ello "el Diego Méndez y los demás -según cuenta Juan de Betanzos- acordaron de se volver de allí, hasta ver en que paraba aquello". Aprovecharon sin embargo la ocasión para proceder a recoger el botín que Manco había ordenado que se tomase en todos los pueblos enemigos (chancas, pocras, asháninkas, españoles, etc.). Y así los del Inca asaltaron "todos aquellos pueblos como ellos lo solían hacer y llevaron de allí todo lo que pudieron así indios y indias como llamas, ropa y todo lo demás que pudieron haber, en la cual vuelta el Diego Méndez adoleció y volvió doliente".

Manco los recibió a todos con alegría, mirando los trofeos que traían de la campaña. Y olvidando los problemas surgidos en Guamanga y Lima, procedió al reparto de bienes conforme las tradiciones bélicas del Imperio, otorgando preferencia a sus yanas más destacados, en este caso los del grupo español, que tan briosamente lo servían. En efecto, "como llegaron donde Mango Ynga y llevasen aquella presa el Ynga mandó que todo lo que ansí traían de aquel asalto que habían hecho que lo pusiesen en la plaza y mandó a los cristianos que escogiesen lo que de allí les pareciese bien y así lo hicieron y lo demás que restó mandó que lo guardasen en las casas que para ello tenían señaladas y mandó curar al Diego Méndez".

Hubo fiesta en Vitcos, en la gran explanada. Manco se hallaba feliz porque percibía que con el creciente deterioro de la situación política española, aumentaban las posibilidades de reabrir hostilidades en gran escala; quizás creía que con la exterminadora explotación de todos sus vasallos reflexionarían los caciques de diversas naciones indígenas rivales y se animarían a volcarse a su favor.

Una vez repuesto con las medicinas de los hampicamayocs lugareños, esperaba a Méndez una sorpresa mayor. Siempre los yanas españoles habían gozado, como los demás, de alta jerarquía, de una o más concubinas plebeyas o de nobleza secundaria. Pero esta vez el Inca quiso distinguir a su yana-capitán con "dos mozas doncellas de su nación, pallas", esto es aristócratas cuzqueñas, privilegio que pocos

MANCO INCA 121 alcanzaban en el Imperio.

"Y a los demás españoles les mandó que les hiciesen todo servicio y ansí se hacía siempre con mucho cuidado. Y después holgábase el Manco Ynga con el Diego Méndez y los demás y ellos con él...".

Mas no todo fue fiestas y entrega de trofeos. Recuperado del todo de sus males -tal vez una fiebre tropical- Méndez conversaría con sus compatriotas en tomo a la gravedad que para ellos revestían los nuevos sucesos. Méndez, especialmente, sabía que el pizarrismo jamás lo perdonaría. Parecían condenados a lo que quizá mirarían como una prisión en los enormes y desiertos parajes vilcabambinos.

Fue en esta coyuntura que llegó a Méndez un mensaje aleve de Alonso de Toro, hombre de Gonzalo Pizarro en el Cuzco. Lo llevó un mestizo hasta la misma Vitcos, visita a la cual el Inca no concedió mayor importancia porque no era la primera vez que se producían contactos similares; además, sus huéspedes engañaron al monarca sobre las razones de la llegada del nuevo personaje a tan remoto lugar; porque hasta ropa española fin a acabó obsequiándole.

Por entonces Gonzalo Pizarro ingresaba triunfalmente a Lima (28 de octubre

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