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MANCO Y VACA DE CASTRO

In document Manco Inca de Juan Jose Vega (página 110-113)

Lograda así la "pacificación" con la derrota del almagrismo y las ejecuciones que siguieron, Cristóbal Vaca de Castro procedió a efectuar un nuevo reparto del Perú, recogiendo los mejores beneficios para sí mismo, pues pronto se hizo comentario general de que el juez "robaba la tierra y la cohechaba". Imposibilitado de premiar con encomiendas a todos sus seguidores, otorgó el licenciado permisos para nuevas conquistas, volviendo a ser los nativos objeto de explotación y exterminio. Escudán- dose, el propio conductor de la maquinaria destructiva escribiría que andaban soldados por todo el país "hechos vagabundos y rancheando los indios y tomándoles lo que tienen".

Buscó luego la sumisión de los incas. Con Paullo y su grupo no tuvo problemas, porque el líder de los renegados, mostrando una vez más cortesanía y absoluta sumisión, hasta consintió ser bautizado con el nombre del nuevo amo del Perú, llamándose desde entonces Cristóbal Paullo Inca.

Por entonces un grupo de quipucamayos, encabezados por Supno, dictaron las bases de una Relación que se haría famosa; es de sumo interés porque, destinada a ensalzar la vida de Paullo, sin quererlo exaltan las proezas de Manco, cuyo nombre -aunque atacado- aparece en numerosas páginas de la obra.

La negociación con Manco fue difícil; Vaca de Castro le comunicó que era portador de cartas del emperador español, que prometía al rebelde un trato conforme a su alta calidad a cambio de que se sometiera. El 24 de noviembre de 1542, el juez daba cuenta de estos afanes: "Los tratos que... traigo con el Inca andan con mucho calor, aunque él me envía papagayos y yo a él brocados"; con esta comparación quizá quería significar que el Inca manifestaba poco caso a las promesas de perdón

MANCO INCA _____________________________________________________________ 111 y consideraciones. Finalmente, cesaron bruscamente las conversaciones.

Todavía varios capitanes (como Illa Túpac en Huánuco) proseguían peleando en pequeñas zonas; no obstante representaban resistencias inconexas y sin mando central.

Manco, por otro lado, se dio cuenta de que a nada podía aspirar con Vaca de Castro. Principalmente porque éste jamás perdonaría haber refugiado a varios almagristas. Entre esos refugiados, no lo olvidemos, se hallaba nada menos que Diego Méndez, capitán que además de victimario de Pizarro, era hermano del mariscal Orgóñez, difunto jefe militar máximo de Almagro el Viejo, y quien fuera asesinado traición en Las Salinas; pese a todo lo cual Méndez militaba bajo las banderas de Manco, como un distinguido yana-capitán en Vilcabamba, al igual que otros guerreros de naciones no-cuzqueñas, indígenas para el caso.

Asimismo, el Inca, que ya carecía de mayores tesoros, debió reparar en que ninguna negociación podría prosperar con Vaca de Castro por ser éste un personaje corrupto y de dobleces. Se asombraría más bien de la venalidad del gobernante español, de su indisimulada forma de enriquecerse en el ejercicio de un cargo público, algo absolutamente desconocido en la sociedad incásica.

Por último, el acercamiento de este Gobernador al pizarrismo (aunque no a Gonzalo Pizarro) cancelaba cualquier opción de trato; por todo esto quizá fue en 1543 que Manco empezó a pensar en crear un reino separado en la región de Vilcabamba, dejando de lado la esperanza de recuperar su perdido Imperio.

EL FRACASO

Tal vez Manco trató de entender las causas del fracaso de la sublevación, hablándolo con personas de su máxima confianza. Si tal ocurrió, llegarían a la conclusión de que el debilitamiento del Imperio y sobre todo de la cúspide directriz a consecuencia de la guerra civil era un factor inicial y quizá el más vigoroso, porque Cusi Yupanqui, en nombre de Atao Huallpa, había sido en la práctica, y sin que ambos se lo propusieran, una verdadera vanguardia de Pizarro y de Almagro, al exterminar a la enorme mayoría de los integrantes de las panacas Hanan

112 _____________________________________________________________ JUAN JOSE VEGA y Hurin del Cuzco en diciembre de 1532. Ese vacío en la dirección central jamás se llenó.

Luego, cabía señalar que los yanas se habían sublevado en casi todo el Imperio, pasando a dar sus servicios a los españoles, en una mala entendida reivindicación social que llegó a convertirlos no sólo en verdugos de sus antiguos amos, los nobles, sino en cuchillo de su propio pueblo, al cual robaban y masacraban con igual codicia y crueldad. Paralelamente, estuvo el factor del alzamiento de los caciques de las etnias conquistadas por los Incas en medio siglo de constante ba- tallar; eran unas trescientas y los jefes nativos de esas colectividades pasaron con frecuencia a respaldar a los conquistadores, estimando ilusamente que los habrían de retornar a su antigua autonomía pre-inca. Aunque más tarde actuaron ya abiertamente a cambio de prebendas hispánicas y hasta rastreramente a fin de mantener sus mermados privilegios.

Más grave pudo ser la inercia del campesinado. La gente de los ayllus (dividida además en cientos de naciones o etnias) como masas mediatizadas e inermes, prohibidas por los reyes Incas de usar armas, poco pudieron hacer. Nunca habían visto con beneplácito a los orejones incaicos y no tuvieron interés en defender el Estado Inca que se sustentaba de mitas y tributos. Fue un error por lo que advendría luego, pero la prolongada verticalidad de las sociedades andinas (perceptible desde Sechín, precisaríamos hoy) volvía imposible una actitud de rebeldía contra el nuevo sistema que los españoles iban imponiendo a sangre y fuego.

La aristocracia imperial carecía de respuestas para estas realidades. No la tenía ni para los yanas. Ni para los caciques étnicos. Ni para los mitimaes. Ni para los campesinos comunitarios. Efectuar concesiones habrían significado el derrumbe de su propio poder social menguado ya por la agresión externa y el avance de las contradicciones que estallaban doquiera. El Imperio se hundía más si cedía. Por eso apenas si tuvo respuesta y entendimiento con los aristócratas semicuzqueños, re- belados con Atao Huallpa en 1528, con los cuales se hizo, frecuentemente, frente común contra el invasor español.

Por supuesto que todo lo dicho no constituye sino un análisis desde las perspectivas de la Corte de Vilcabamba. Porque la guerra estaba perdida de antemano por otra razón fundamental, superior a las otras:

MANCO INCA _____________________________________________________________ 113 La disparidad en la evolución tecnológica. Era el enfrentamiento de una sociedad que, aunque brillante, pertenecía al calcolítico (piedra y cobre) frente a otra del Renacimiento europeo, dueña del hierro desde dos milenios atrás (quipu contra alfabeto; balsa contra carabela; etc.), y con avances decisivos en tecnología bélica (honda contra arcabuz; venablo contra ballesta y sobre todo el caballo con el perro bravo amaestrado).

Manco podía ganar victorias, como las obtuvo, pero los invasores siempre podrían traer más y más gente con más y mejores armas. Los Incas estaban limitados por toda clase de factores, que los españoles utilizaban a la perfección. Por otro lado, una mentalidad casi completamente lógica tenía las de ganar frente a otra mágico-religiosa, dentro de lo cual un jefe militar hasta podía suspender una batalla, aun con posibilidades de victoria, si los vaticinios de las entrañas de las llamas o del vuelo de los cóndores no eran favorables.

Obviamente, las contradicciones y limitaciones del estadio histórico propio de los Incas no atenúa el heroico esfuerzo de sus defensores; al contrario, lo amerita, porque también tratando de vencerlas lucharon hasta el fin.

Pero retomemos a los sucesos mismos de esa Vilcabamba, porque en el nuevo Perú se produjeron acontecimientos que permitieron un destello de esperanza para el tenaz monarca andino.

In document Manco Inca de Juan Jose Vega (página 110-113)