Desde la Puerta del Sol
La Puerta del Sol madrileña, en la que se encuentra el punto kilométrico 0 de España, creemos es un buen enclave para formalizar un juicio de lo que pasa en el país, lo que podemos alargar a Hispanoamérica y al resto del mundo. Con esa idea nos hemos situado junto el oso y el madroño, desde donde saludar a nuestros amigos
or un lado, conviene recordar que los poderes del Estado son el legislativo, el eje-cutivo y el judicial que son
independien-tes entre sí con el fin de que puedan ac-tuar con libertad cada uno en su esfera, sin que haya una interdependencia entre unos y otros, cosa que no se produce hoy día en España, ya que el ejecutivo se arroga la posibilidad de in-fluir en el legislativo mediante dádivas o chan-tajes y en el judicial al ser nombrados los ma-gistrados del Consejo General del Poder Judi-cial. Por otro lado, el poder ejecutivo se encu-entra repartido toda vez que se ha redistribuido en las Comunidades Autónomas.
Traemos a colación este recordatorio, aunque esté en la mente de todos pues la desidia nos hace olvidarlo, para señalar que en estos mo-mentos en Estaña se está produciendo un en-frentamiento desafortunado del poder con el
propio poder. Tenemos, según se desprende de determinadas actitudes, que hay campos enfrentados en el propio poder ejecutivo, pues unos ministros del PSOE se afrontan a los de Podemos con su máximo representante al frente como mayor deslenguado del reino. Por otro lado, el propio presidente del Gobierno, ejerciendo una vez más de Mefistófeles, tras convenir con la presidenta de la comunidad de Madrid un plan de acción sobre el covid19, en el despertar de dos días después decide ejercer un ataque frontal a dicha comunidad y las decisiones puestas en práctica por su ejecutiva. Para ello saca a la calle a las jaurías que controla Pablo Iglesias para protestar sobre las normas puestas en funcionamiento, al tiempo que el propio presidente, por medio de su ministro de Sanidad, Salvador Illa, como director de orquesta, promueve medidas de confinamiento práctica-mente en la totalidad de Madrid, empleando unos ademanes y verborrera excesiva en
El poder contra el poder, Emilio Álvarez Frías ¿Un soldado para salvar la democracia?, Christian Vannester
La amenaza de Pablo Iglesias, Honorio Feito O Sánchez y su banda o democracia, Jesús Cacho
Debilidades de España…, Jesús Laínz El día de la infamia, Alfonso Ussía
La ayuda ofrecida por Sánchez a Ayuso era una trampa indecente, Victoria Prego Sánchez e Iglesias asfixian las instituciones para garantizar la supervivencia de su Gobierno, Jorge Sáinz
Indultos para delincuentes comunes,María Jesús Cañizares
su comparecencia en televisión. Está claro que está bastante desquiciado el entendí-miento entre unas y otras zonas del poder ejecutivo.
Mas no acaba ahí el desencuentro sino que hemos asistido a la decisión del ejecutivo, es decir, de Pedro Sánchez, de que el Rey pudiera presidir la entrega de entrega de des-pachos en Barcelona a los nuevos jueces salidos de la Escuela Judicial, todo ello porque, según ha dicho el ministro de justicia, está pendiente de producirse la sentencia sobre el inefable Torra por desobediencia al Tribunal Superior de Justicia de Cataluña y no convenía provocar con la presencia en Barcelona del Rey. Es decir, que por intereses espurios del presidente del Gobierno de conseguir los votos de los independentistas catalanes para la aprobación de los presupuestos generales del Estado, impide al Rey presidir un acto del poder judicial al que él está vinculado directamente por correspon-derle, según recordó el Presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial, el Excmo. Sr. D. Carlos Lesmes Serrano, «arbitrar y moderar el funcionamiento regular de las instituciones del Estado» según consta en la Constitución. Por cuya ausen-cia, recordó que la presencia del Rey en la entrega de despachos se remonta a 20 años y tiene significado simbólico y constitucional: la Justicia emana del pueblo y se administra en nombre del Rey. Esta breve frase expresa la legitimidad del Poder Judicial, que ema-na, como todos los poderes del Estado, del pueblo español en el que reside la soberanía nacional, y expresa también que la administración de la Justicia se hace en nombre de quien simboliza la unidad y permanencia del Estado, conjugándose así, armónicamente, en la fórmula constitucional, las ideas de soberanía y unidad de nuestra nación. El acto, que termino con un «Viva el Rey» proferido por uno de los asistentes y secundado por parte de los presentes, fue calificado por el ministro de justicia, Juan Carlos Campo, con «se ha pasado tres montañas».
Ítem más. La guerra desencadenada por Podemos, con la comparsa de Garzón, contra el Rey, es furibunda. Los tuites que corren por internet así lo demuestran, e insoportables las manifestaciones que hacen al respecto a través de los medios de comunicación. Ello, lógicamente, con el consentimiento de Pedro Sánchez que ladinamente deja que se mani-fiesten impúdicamente quienes tienen la obligación de defender la jefatura del Estado dado que han prometido «por su conciencia y honor cumplir fielmente las obligaciones del cargo con lealtad al Rey, y guardar y hacer guardar la Constitución como norma fun-damental del Estado».
Estos son sólo unos retales de lo que se produce entre los poderes del Estado. Y si no hay seriedad al respecto, si los actores no son capaces de cumplir sus obligaciones, sus juramentos o promesas, sus compromisos, los deberes que los cargos representan, apa-ga y vámonos. En ese deplorable estado está el país. Lo corroe una pandemia muy pro-funda en el tema político. No sé si más que la del covid19, pero al menos igual que ella aunque de diferente sentido. Y, lo malo, es que se confunden y entremezclan una con la otra, es decir, se aprovecha una para ir sacando a delante los deseos que comprende la otra, para distorsionar la vida del país, para mantener engañados a sus paisanos, para hacer creer que unos tienen la culpa de los desbarajustes que se producen cuando son otros, los que ocupan los primeros lugares en la nómina de la nación, los que la tienen. Esto está difícil. Solo tiene arreglo con decisiones de urgencia, metiendo el bisturí hasta el fondo, sajando aquellos miembros del cuerpo nacional que producen la enfermedad, sustituyendo los órganos deteriorados por otros nuevos y sin mácula. Y de lo que se ve en el mercado no se puede esperar demasiado porque la podredumbre cada vez va sien-do mayor y el remedio cada vez puede ser más difícil de encontrar.
Lamentablemente no andamos solos por el mundo en este desasosiego que provoca estar desamparados de las buenas gentes que son capaces de llevar bien las riendas de un país, sabiendo de quiénes se han de acompañar, conociendo cuáles han de ser los útiles que les han de valer, estando seguros del camino que han de recorrer, y teniendo perfectamente situado el fin a conseguir y el horizonte en el que le han de situar. De este convencimiento nos da buena cuenta Christian Vanneste,
li-cenciado en Filosofía, profesor, político y ensayista francés que ha publicado el artículo que incluimos a continuación, relatando la si-tuación en la que se encuentra Francia, muy pareja a la de Espa-ña. La conclusión a la que llega no deja de ser un desenlace tradi-cional a lo largo de la Historia.
Para refrescar el agua y echar un trago en momentos de sed pro-funda, no hay nada como un botijo que tenga ya algunos años de servicio, que esté perfectamente preparado para cumplir sus de-beres a plena satisfacción. Por eso hoy acudimos, no al anaquel
donde aparecen expuestos todos aquellos con los que nos hemos topado, sino al rincón umbrío, húmedo por las aguas que se filtran de un cercano arroyo, en el que encon-tramos a un añejo botijo del que conocemos perfectamente sus servicios pasados, las cualidades que le acompañan, y la paciencia de estar esperando con sosiego el trans-currir del tiempo.
Nouvelles de France
https://www.ndf.fr/poing-de-vue/23-09-2020/un-soldat-pour-sauver-la-democratie/ Traducción: Esther Herrera
eis elecciones legislativas parciales tenían lugar el domingo pasado (20/9/2020).
Habrían pasado casi desapercibidas si el número 2 de LREM
1no hubiera dimitido
en el proceso y si un Comité ejecutivo del «partido» no hubiera dejado mostrar la
consternación de sus dirigentes. Francia tiene una enfermedad política infinitamente más
grave que el Covid-19 para los franceses. Es la democracia
francesa la que está en fase terminal. Los síntomas son
nume-rosos. El virus es el Macron-2017 y aqueja a un cuerpo
terrible-mente debilitado.
En apariencia, es la rutina: en unas legislativas parciales, los
electores no van a las urnas y mandan un aviso a la mayoría
parlamentaria, que les decepciona todo el tiempo. Pero la
am-plitud es excepcional. La abstención ha llegado al 87% en una
de las circunscripciones. Ningún candidato del partido de la
mayoría LREM ha sobrevivido después de la primera vuelta,
incluyendo una circunscripción ocupada por una diputada que llegó a ser ministra. El
«mundo de antes» está de vuelta con el Partido Socialista, la izquierda y la derecha en las
circunscripciones que les eran favorables tradicionalmente. En tres circunscripciones, el
ecologismo está en segunda posición; el partido de M. Le Pen (RN
2) en una nada más.
La mayor parte de las grandes democracias conocen la alternancia de la derecha y la
izquierda. En algunas, uno de los bandos se impone en el largo plazo aunque tenga
cambios internos. En otras, con el escrutinio proporcional, surgen mayorías insólitas y
coloreadas después de largas negociaciones. En todos los casos se enfrentan la
tenaci-dad de la oligarquía política en conservar sus sitios y la expresión de la voluntad popular
que, según sus ganas, acredita, sustituye o da un vuelco. Al contrario de lo que podemos
pensar, el escrutinio proporcional por el que se escogen etiquetas y no personas, estando
estas situadas de forma que algunas salgan sistemáticamente elegidas, es la más
favora-ble a la oligarquía, como sucede en Bélgica. Sin embargo, la votación suiza es la única
forma de hacer escuchar la voz del pueblo por encima de una casta política consensual y
particularmente estable en la Confederación.
Los franceses, cansados de alternancias improductivas, y decepcionados por un
candida-to, profesional de la política como muchos otros, pero en el objetivo como ningún otro de
una escandalosa campaña de difamación, política, judicial y mediática, han creído dar un
vuelco a la situación. Se han dado cuenta,
con resaca, que la borrachera del «nuevo
mundo» no era más que una estafa de una
dimensión desconocida hasta ahora.
Eligi-eron a un hombre sin experiencia, con
mu-chas competencias, pero dotado de una
sobreestimación de sí mismo increíble,
apoyado por los círculos de negocios que
veían en él la manera de satisfacer sus
inte-reses a pesar de la opinión creciente, cada
vez más hostil al mundialismo y a la
construcción europea. En ese punto,
sigui-endo la costumbre adquirida desde la instauración del mandato quinquenal, escogieron
una cámara desaparecida para permitir al joven y bello genio hacer lo que quisiera. Se
pasaba de una elección en gran parte negativa a otra muy positiva. Después de Hollande,
nada de socialistas. Después de Sarkozy y Fillon, ninguna moral en política. Y, sobre todo,
nada de Marine Le Pen. Así, el presidente era un socialista convertido en banquero…
Entonces llegó la feria del oportunismo: reunidos bajo una sola etiqueta, los socialistas
agarrados a su silla, los oportunistas de todos lados y la derecha que intuía la ocasión
formaron una mayoría cuyo único credo común ha sido la supervivencia. Poco a poco,
aquellos que cometieron el error de tener convicciones, se han ido marchando.
La legitimidad popular es el fundamento de la democracia. El poder en Francia no tiene
ninguna: es la autoridad legal, pero no tiene ningún arraigo en el país. A pesar de las
ventajas que saca de la mascarilla impuesta más allá de lo necesario por el miedo
exacerbado al virus, se sabe que, aunque la oposición haya sido reducida al silencio o a
la prudencia, el apoyo al presidente es uno de los más débiles. La gestión de la crisis
sanitaria ha sido calamitosa de principio a fin, con torpezas unas detrás de otras. No se
tenían tests cuando eran necesarios. ¡Hoy se los usa demasiado para que sean eficaces!
El tsunami económico y social revela el estado de nuestro país, y la impotencia del
gobierno para ponerle remedio. La seguridad de los franceses está gravemente alterada.
La política extranjera, que se pretendía convertir en ambiciosa, va del revés europeo al
contratiempo mediterráneo.
Desafortunadamente, todo se deshace. La ausencia de confianza en la política actual ha
llevado a la desaparición de toda confianza en la política: porcentajes increíbles de
abs-tención; subida aparente del ecologismo político, esa ideología izquierdista llena de
dogmas contradictorios y totalmente inadaptada a las necesidades de Francia; la
incapa-cidad del RN para presentar una solución alternativa; la falta de personalidades aptas que
encarnen un futuro positivo para el país dibujan un paisaje sombrío y descorazonador,
cuando la vida democrática necesita fervor. No es la Quinta República la que está en
cuestión, salvo que se restablezca el mandato septenal y se incremente el uso del
referéndum, sino la calidad de la clase política, convertida en una profesión en la que se
recluta por cooptación, sin competencia profesional, salvo en el campo de la
comuni-cación, y cuyo nivel de formación, cultura y experiencia son trágicamente insuficientes.
Los franceses han recurrido a menudo, en su historia, a hombres providenciales, con
mejor o peor fortuna. El militar, unido por definición al interés superior de la nación,
especialista en el mando, y cuyo conocimiento de los problemas del Estado es
particular-mente elevado, representa de forma ideal el perfil del hombre que Francia necesita…
No volverán a formar parte del Consejo de Ministros de este país». El jueves, Pablo Iglesias sentenció a la bancada del Partido Popular. Frase de resonancias tristes, que nos transporta a otra época, en la que otro(a) comunista, Dolores Ibárruri, sentenció al líder de la minoría católica, José Calvo Sotelo, que poco después fue asesi-nado de dos disparos de pistola en la nuca, por la acción de un socialista, miembro de la escolta de Indalecio Prieto, apellidado Cuenca. La acción de otro socialista, de ahora, llamado Pedro Sánchez, ha empujado y echado al Jefe del Estado, el rey Fe-lipe VI, de un acto oficial. Yo no creo que la Historia se repita, yo creo que la Historia tiene situaciones muy pareci-das. Y no aprendemos. Este personaje siniestro, que vive en el lujo de la casta que él criticó, pero envuelto en el velo de la tristeza, que desafía el buen gus-to transitando por las instituciones del Estado como el que transita por el campo para disfrutar de una romería; que aparenta una falta de higiene en su compostura, aún representando a la vicepre-sidencia del Gobierno, impropia del cargo; que se mueve como una marioneta colgada por los hombros, que suele inventarse situaciones que le convierten a él en víctima, pero que suelta la lengua con desparpajo, arropado por el narcisista y presumido mentiroso que habita el palacio de La Moncloa, están escribiendo una crónica siniestra en una España entregada, humillada, vencida, carente de orgullo y de cojones para combatir el
virus de la covid 19, que está matando con la precisión de un francotirador y la eficacia de una batería de élite, y a estos personajes y sus acólitos hasta reducirlos a una triste anécdota.
Escribo al filo de la media tarde del viernes 25 de septiembre. Justo un año antes, em-prendía un viaje a Nueva York. Ahora, sin embargo, son cada vez más insistentes los rumores de que vamos a ser confinados de nuevo, ante el recrudecimiento de la pande-mia, en esta segunda oleada, sin que las autoridades, ni los españoles, sacaran conclu-siones acerca de lo que ha acaecido hace unos meses, para evitar que vuelva a repetirse. Escribo tras dos días de presenciar en los informativos de las diferentes cadenas de tele-visión, y algunas emisoras de radio, la impresentable acción de Pedro Sánchez, respon-sable del Ejecutivo, de excluir al Rey en la entrega de los despachos a los nuevos jueces, acto celebrado hoy en Barcelona. Los contrasentidos, las contraposiciones, los diferentes intentos de Carmen Calvo de justificar lo que no tiene justificación. La carencia de res-puestas firmes por parte de los partidos, en plural, de la oposición. Impotencia ante la mentira.
¿A quién representa el Partido Popular?, ¿cómo pueden asumir la amenaza de Iglesias sin responder a la misma? Como en los guiones teatrales, se oyen voces, murmullos, pero no la voz de Cuca Gamarra saliendo al paso. ¿Qué piensan los socialistas al ver cómo su actual líder prepara los indultos a los separatistas, o pacta con los etarras?, ¿no se acuerdan ya de los compañeros asesinados?, se oyen murmullos de nuevo, barullo, pero Sánchez se sale con la suya.
¿A qué espera el Rey Felipe VI para hacer una declaración acerca del menosprecio a que se ve sometido por parte del presidente del Gobierno? ¿No sabe lo que le ocurrió a su bisabuelo?
No recurriré a la sociedad española, en este interrogatorio inevitable que me hago a mí mismo; dejo en paz a esa sociedad española que prefiere vivir y disfrutar de una cele-bración familiar, aún a costa de infectarse del mortal virus, en vez de aplicar un mínimo de sentido común. No, no espero nada de la sociedad española a la que, por lo que parece, sólo le queda la actitud de un chucho callejero, lamerse sus propias heridas, cuando ya no tenga remedio. Y a punto de terminar de redactar esta reflexión, veo los titulares de la prensa digital que destacan que Pablo Iglesias y Alberto Garzón acusan al Rey Felipe VI de «maniobrar» contra el Gobierno. Sus declaraciones semejan a las risas histéricas de las hienas cuando se relamen ante la carroña.
(vozpopuli)
elipe VI tuvo, al fin, un gesto de entereza el viernes, al tirar de móvil y llamar al presi-dente del Tribunal Supremo, Carlos Lesmes, para transmitirle que le «hubiese gustado» asistir al acto de entrega de despachos a los nuevos jueces en Barcelona, al que no pudo asistir por habérselo prohibido el Gobierno que preside Pedro Sánchez, es decir, Pedro Sánchez. En una de las semanas más aciagas para la España constitucional que se recuerdan en mucho tiempo, dos silencios han resonado con la fuerza hueca de su significado frente a la brutalidad de un Gobierno decidido a hacer girones este país para poder pagar las facturas que le pasan a cobro quienes le llevaron en mayo de 2018 al poder y le sostienen en la peana de Moncloa: Génova, sede del Partido Popular, y Zarzuela, residencia del monarca. Pero,
¿qué hace el Rey? ¿Por qué no dice nada? ¿Cómo es que no protesta ante decisión tan arbitraria como contraria a los intereses nacionales? Silencio.
Es verdad que la incalificable conducta de su padre, el Rey emérito, le ha dejado una herencia tan pesada como difícil de gestionar, y es verdad también que, de acuerdo con el mandato constitucional, el Gobierno tiene la facultad de refrendar los actos del monarca, de modo que Sánchez no ha cometido ninguna ilegalidad en el caso que nos ocupa, de lo que se deduce que el margen de maniobra del titular de la Corona es muy escaso, por no decir nulo; pero de ahí a asumir como propia la iniciativa del presidente de vetar ese desplazamiento para satisfacer las exigencias de sus socios independentistas, a quienes necesita para aprobar no ya los PGE sino simplemente el techo de gasto, que viene primero, media un abismo. Porque eso es lo que ha hecho Zarzuela: aceptar con mansedumbre la decisión del sátrapa de La Moncloa y endosarla como propia, algo que solo puede entenderse como un desvarío propio del que no sabe lo que se está jugando, o como un pésimo consejo de quienes le rodean, con el jefe de la Casa del Rey, Jaime Alfonsín, a la cabeza, un personaje de educación
exqui-sita en el que se funde la pruden-cia con la cobardía en dosis muy contraproducentes para los tiem-pos de vértigo que vivimos, en los que el valor es una condición sine qua non simplemente para subsis-tir.
Cierto, el Rey no puede provocar un conflicto institucional y además no debe hacerlo, obligado como está a mostrar un exquisito respe-to al mandarespe-to constitucional, pero eso no equivale a cruzarse de bra-zos en uno de los momentos más críticos de la reciente historia de España. ¿Qué tendría que haber hecho, entonces? Haberse plantado, como poco, y manifestado su disgusto por la decisión del Ejecutivo. La entrega de despachos a los nuevos jueces no es un acto cualquiera. «La Constitución de 1978, al instituir y regular el poder judicial, emplea una fórmula de hondo significado simbólico y constitu-cional: “La justicia emana del pueblo y se administra en nombre del Rey”. Esta breve frase expresa la legitimidad del poder judicial que emana, como todos los poderes del Estado, del pueblo español en el que reside la soberanía nacional y que expresa también que la admi-nistración de la justicia se hace en nombre de quien simboliza la unidad y permanencia del Estado, conjugándose así en la fórmula constitucional las ideas de soberanía y unidad de nuestra nación. Por todo ello, la presencia del Rey en este acto tiene una enorme dimensión constitucional y política, expresión del apoyo permanente de la Corona al poder judicial en su defensa de la Constitución y de la ley». Se lució Lesmes en Barcelona.
Esto es lo que han hecho añicos Sánchez y su banda. Y esto es lo que no puede consentir el Rey si no quiere jugarse la Corona en el cubilete de un trilero dispuesto a romper el edificio constitucional en su personal provecho. El monarca no puede consentir convertirse en una antigualla a la que un Gobierno de izquierda radical arrincona en silencio, un Gobierno hacia el que Felipe VI no oculta, por cierto, sus simpatías, por no hablar de la reina consorte. Curio-sa esta querencia de los Borbones por la izquierda, llamativa hasta rozar lo escandaloso en el Emérito huido a los Emiratos Árabes con su dinero a cuestas. Porque si el rey calla y otor-ga, corre el riesgo de que la gente empiece a preguntarse para qué sirve. En estas andába-mos el viernes tarde cuando, a última hora, a las redacciones llegó la bomba fétida lanzada por el ministrín Garzón acusando al Rey de «maniobrar contra el Gobierno democráticamente elegido» por haber contado a Lesmes que le «hubiera gustado» estar en Barcelona,
califican-do de «insostenible» la posición de la Monarquía, a la que acusa de incumplir el principio de neutralidad que marca la Constitución.
Con ser grave, todo hubiera resultado la típica salida de pata de banco de un tipo no muy dotado por la madre naturaleza, un auténtico good for nothing, si no hubiera sido porque, casi a renglón seguido, la Casa del Rey emitía un comunicado, ¡viernes noche!, dejando a Lesmes a los pies de los caballos al asegurar que ese «me hubiera gustado» nunca salió de labios del monarca. De donde se colige que el jefe de la banda llamó cabreado al rey Felipe y le puso firme o lo intentó, ¿le amenazó? ¿Con qué le amenazó? ¿Qué cosas guarda este Gobierno contra el monarca? Hasta el punto de que en Zarzuela se asustaron mucho, se lo hicieron en los pantalones y decidieron dejar a Lesmes como un mentiroso. Y esto es ya más que una anécdota. Esto es una crisis institucional de proporciones gigantescas, que es quizá la orilla a la que el Gobierno social comunista lleva tiempo queriendo llevar a la Corona. El incidente del golfo de Tonkín. De modo que o bien el presidente Sánchez desmiente y cesa de inmediato a su ministro de no sé qué, el tal Garzón, o realmente es Sánchez, como sospe-chamos casi todos, quien en primera fila dirige las operaciones de acoso y derribo contra la monarquía parlamentaria española.
Felipe VI debe ponerse en marcha
El episodio, en fin, ha puesto una vez más de manifiesto lo desprotegido que se encuentra el Rey en Zarzuela, lo aislado incluso, lo falto de soportes de talento en derredor. Carente de equipo. El monarca sabe que ya no es el tiempo del actual jefe de la Casa, pero se resiste a reconocerlo y a obrar en conse-cuencia. Alfonsín es ese contra-maestre que asiste al hundi-miento de la nave sin ser capaz de lanzar al agua los botes sal-vavidas. No tiene demasiado tiempo para pensarlo. Felipe VI debe ponerse en marcha dispu-esto a movilizar apoyos en la sociedad civil al margen de los partidos, empresarios, colegios profesionales, academias, aso-ciaciones de todo tipo, gente dispuesta a defender algo más importante incluso que el propio Felipe VI, como son la Constitución y la monarquía parlamentaria que han dado cobijo a estos más de 40 años de paz y prosperidad. No tiene tiempo que perder, a menos que un día no lejano quiera repetir el triste lamento que Aixa formula a su hijo Boabdil al abandonar Granada: «Llora como una mujer lo que no has sabido defender como un hombre».
Silencio llamativo también el de Pablo Casado al frente de un ausente PP. Esta ha sido la semana más dura de la legislatura para el líder de la oposición. El miércoles por la tarde, mientras se acumulaban las noticias a cual más alarmante (veto al Rey, tramitación del indul-to a los golpistas, reforma del deliindul-to de sedición, negociación con EH Bildu), medio Madrid se echaba las manos a la cabeza preguntándose, entre el pasmo y la indignación, ¿dónde está Casado? ¿Qué se hizo del PP? ¿Por qué no sale a emitir siquiera opinión? Resultó que había salido, lo había hecho. Había aparecido el mismo miércoles en una fugaz rueda de prensa en el patio del Congreso para calificar de vergüenza que el Gobierno no pudiera garantizar «la integridad física del jefe del Estado» en una parte del territorio español, y para anunciar que recurrirá los indultos a los líderes del «procés» y se opondrá a la reforma de los delitos de sedición y rebelión. Dio la cara, pero nadie se enteró. Ese es el drama actual del líder del PP: que los medios, en particular esas televisiones que con tanto mimo Rajoy y Soraya contri-buyeron a enriquecer, les ignoran olímpicamente.
También a Casado le queda poco tiempo. También Casado se encuentra desasistido, necesi-tado de incorporar talento con urgencia en la sede de Génova. Falto de un esnecesi-tado mayor con capacidad para arroparle, ayudarle a preparar estrategias y a dar respuesta puntual a las demandas de al menos esa mitad de España («La fortuna mis tiempos ha mordido / las horas mi locura las esconde / falta la vida, asiste lo vivido / y no hay calamidad que no me ronde») que asiste horrorizada a la deriva de un Gobierno campeón del sectarismo, la incompetencia y la irresponsabilidad. El PP corre el riesgo no ya de no volver a gobernar (Iglesias, en plan Dolores Ibarruri ante Calvo Sotelo, ya se ha encargado de recordárselo, amenazador, desde la tribuna del Congreso), sino de desaparecer de la política española como un partido desco-nectado de las necesidades reales de la población.
De modo que Sánchez lo tiene fácil. El presidente del Gobierno con el menor apoyo parlamen-tario que ha existido del 78 a esta parte goza de la beatífica vida de quien maneja una cómo-da mayoría absoluta. Lo hace por incomparecencia del contrario. Con apenas 120 diputados y con la audacia del déspota carente de cualquier barrera moral o ética, Sánchez hace lo que le sale de las pelotas, con perdón por la expresión. Nombra fiscal general del Estado a la novia de Garzón, Baltasar, auténtico capo de la Justicia española en estos momentos, anuncia indultos, veta al Rey, rebaja las penas por sedición, prepara mesas de diálogo, lisonjea a EH Bildu… Todo, con total desahogo; y todo gratis, sin el menor desgaste personal. Porque po-dría indultar a los golpistas a cambio de algo, a cambio de un arrepentimiento siquiera fingido, de un «no lo volveremos a hacer». Pero él y nosotros sabemos que lo volverán a in-tentar, aunque, torpes y patéticos cual son, siempre terminen llegando al mismo sitio del que salieron: a ninguno.
El idílico transitar de Sánchez
Sánchez tiene un Gobierno de coalición a su servicio, con un Iglesias sumamente débil, que jamás osará romper la urna de cristal en la que vive. Y con unos separatistas que igualmente atraviesan por su peor momento en años, conscientes de que tardarán tiempo en volver a embarcarse en otra aventura como la de 2017. Ninguno gana nada rompiendo el idílico paisaje que el presidente y su banda tienen preparado para esta España «amputada, dolien-te, vencida», que cantaba Rubén Darío. Ninguno tiene incentivos para traicionarle. Bonito el precipicio que nos está quedando. De modo que el jefe de la banda puede hacer lo que le venga en gana. Sin nadie en frente. Con un PP en las catacumbas y un Cs que ha decidido suicidarse lentamente camino a la próxima cita electoral. Y con Vox sirviéndole de eficaz espantajo para mantener prietas las filas, recias, marciales van hacia la ansiada Confedera-ción de Repúblicas de las Cartagenas Autónomas.
Y lo hace sin estrategia de fondo alguna. Viviendo al día pero, eso sí, dispuesto a hacer lo que sea menester para apalancarse en el poder durante 10 o 20 años. A lo Putin. A lo Erdo-gan. El signo de los tiempos. Con elecciones cada cuatro años. Ahora se trata de conseguir tener unos PGE de una vez por todas, porque la aprobación de las cuentas públicas le garan-tiza tres años más de legislatura y lo que venga. Ese es el charco que le queda por vadear. Ese, y el paro y sus secuelas de hambre y miseria, consecuencia de la hecatombe económica que se viene encima, un tsunami que cree poder superar con el dinero europeo. Y para sacar adelante esos Presupuestos está dispuesto a vender hasta la última de las joyas de la abuela, dispuesto a arrastrar por el fango desde la Corona a la última de las instituciones. Y una vez que los tenga en el bolsillo bajará el suflé, atenuará la crispación y aplacará a sus dobermanes para dedicarse con tranquilidad a desmontar definitivamente la Transición y acabar con la Monarquía parlamentaria, haciendo definitivamente realidad esa mayoría social, moral y política de izquierda social comunista que significará el exilio, interior o exterior, de la media España que aspira a seguir viviendo en libertad («España mía, combate / que atormentas mis adentros, / para salvarme y salvarte, / con amor te deletreo»). O Sánchez y su banda o democracia. Ese es el dilema.
(LD)
eamos sinceros y echemos un vistazo a este maldito 2020, en el que ha caído el mito, que tanto nos complacía, de gozar del mejor sistema sanitario del mundo. Evidentemente es muy bueno, y probablemente esté entre los mejores del mundo, pero el inesperado coronavirus ha demostrado que no es oro todo lo que reluce, al menos en situaciones excepcionales. Y aquí nada, o muy poco, tienen que ver los profesionales. El problema es la estructura, la planificación, la organización, la dirección. Los sistemas sanitarios de otros países europeos, aunque hayan padecido igualmente la pandemia, han lidiado con ella sin provocar el desorden, la desatención y el inconsolable dolor que han sufrido decenas de miles de españoles. Y ahora, con la llegada del otoño, España vuelve a ponerse primera del mundo en contagios. Esperemos que no se repita la satu-ración hospitalaria, que ya no podría justificarse con la excusa de la imprevisibilidad. Consecuencia del virus está siendo la grave crisis económica que azota y seguirá
azo-tando al mundo entero por el confina-miento, la contundente reducción del tu-rismo y la ralentización de otros muchos sectores debido al peligro de nuevos con-tagios. Y también en esto España vuelve a encabezar, lamentablemente, los em-pleos perdidos, las empresas cerradas, la caída del PIB, el incremento de la deuda y las dificultades para la recuperación una vez pasada la crisis vírica.
Todo esto demuestra la fragilidad de la economía española, excesivamente dependiente del sector servicios desde la reconver-sión industrial impuesta por la CEE y llevada a cabo durante los primeros gobiernos de Felipe González. La paulatina desindustrialización sufrida por España desde entonces ha provocado que el peso de la industria alemana represente cuatro veces el de la española y que la francesa y la italiana representen el doble. El ministro de Industria y Energía del primer gobierno González, Carlos Solchaga, confesó que el llamado proceso de reconver-sión industrial consistía más bien en el de destrucción industrial, porque no veía fácil que los puestos de trabajo perdidos en la industria fuesen a recolocarse en nuevas industrias. Efectivamente, los puestos de trabajo perdidos en aquella primera legislatura del PSOE ascendieron a más de 800.000, los mismos que había prometido crear en su programa electoral. Y el mismo Solchaga declaró que el futuro de España, por su clima y ubicación, tendría que estar más orientado hacia el sector agroalimentario, la industria del ocio y las energías alternativas que hacia la industria pesada o manufacturera. «¿Qué hay de malo –declaró– en que nos convirtamos en un país dedicado a los servicios?».
A todo lo anterior no nos queda más remedio que sumar la singular inestabilidad de una España que está siendo el hazmerreír del mundo. Por un lado, el más enquistado de nuestros problemas: el separatismo. Golpes de Estado, huidas de los culpables, propa-ganda separatista nunca contrarrestada desde el Gobierno, sentencias ridículas, Estado de derecho inexistente, tribunales y fiscalías a las órdenes de los partidos gobernantes, excarcelación y homenajes a terroristas, masas pegando fuego a las calles sin que la policía pueda intervenir, golpistas en los gobiernos regionales, embajadas a las órdenes
de los golpistas, medios de comunicación públicos a servicio de los golpistas, cómplices de los golpistas sentados en el Gobierno de la nación, incluido un presidente del Gobierno declarando su cariño hacia los terroristas…
Hablando del Gobierno de la nación, nunca España, en toda su larguísima historia, había alcanzado las profundidades de infamia a las que ha llegado con el actual, y eso que Za-patero pareció insuperable. Cuatro décadas de degeneración de toda una nación me-diante el ataque sincronizado de gobiernos progresistas, medios de comunicación mercenarios, neopedagogías destructivas, artistas del inframundo, cine guerracivilista, periodismo canalla, televisión inmunda, intelectualidad venenosa y cultureta analfabeta ha ido convirtiendo España en una inmensa cloaca. La cloaca se ha saturado, han reventado las tapas y la mierda lo ha invadido todo, incluidas las más altas esferas de la nación. Habría sido imposible que un pueblo sano encumbrara con sus votos al prodigioso montón de escoria personal, intelectual y moral que hoy se sienta en la Moncloa.
Y por si todo esto fuera poco, el mundo contempla estupefacto que el rey emérito se ha-ya largado al extranjero en medio de una tormenta mediática sobre sus oscuras cuentas bancarias y que el vicepresidente del Gobierno declare sin disimulo que su objetivo es acabar con la monarquía, provocando que en España no esté clara ni la forma de Estado que tendrá en el futuro inmediato.
Confiéselo, sensato lector: si usted tuviese mando en una empresa, un gobierno, una alianza militar, una entidad financiera o un organismo internacional, ¿consideraría a España un país, un interlocutor, un miembro, un aliado, un socio fiable?
(PD)
ste viernes 25 de septiembre de 2020, será recordado como el Día de la Infamia, el día en el que un Rey de España no puede asistir a un acto judicial en Barcelona, España, porque un Gobierno de España que pacta con los herederos de la ETA y los separatistas catalanes, se lo ha prohibido. No obstante, intuyo una cierta reacción en la mansedumbre social ante el atropello.
Cuando un vicepresidente del Gobierno, un papanatas con sus apoyos sociales mengua-dos y en claro descenso, se siente autorizado a decir en el Congreso de los Diputamengua-dos que «nunca más volverá el PP a formar parte del Gobierno de este país», está claro que los pasos hacia el golpe de Estado están perfectamente medidos. Pero sucede que no siempre los planes más estudiados se resuelven a favor de sus autores. Y más aún, cuando la verborrea de un tonto los hace públicos por su insaciable verborrea.
Un gran periodista, inteligente y culto, como Luis María Anson, ha elogiado repetidas ve-ces la «formación intelectual» de Iglesias. A mí, personalmente, y ruego ser perdonado por la Humanidad, me parece un tonto con balcones a la calle, además de un cursi redo-mado. No sabe estar callado. El tonto con balcones a la calle, categoría de tonto acuñada en Sevilla, es aquel tonto al que no sólo no le preocupa serlo, sino que presume de ello y exhibe su majadera condición.
Cuando un político en el poder se halla inmerso en un golpe de Estado, tiene que disfrazar su grave deslealtad con discreción. Iglesias no puede con su lengua, del mismo modo
que su perfil es incapaz de soportar su moño. Ética y estética siempre caminan de la ma-no, como la imprudencia y la necedad jamás se separan.
Los jueces, casi sin excepción, están que trinan. El Presidente del CGPJ, Carlos Lesmes ha anunciado un escrito que no va a resultar de fácil lectura a los miembros del Gobierno y asesores distinguidos.
A la señorita Lastra se lo leerán y explicarán, como es recomendable. Luego ella, dirá las burradas que se le ocurran, como es menester y costumbre. Los jueces rechazan la presencia en el acto judicial del ministro de Justicia, ese señor tan raro y antipático que le prepara el de-sayuno a Maritxel Batet o Betet. «Si no va el Rey, no pinta nada el mi-nistro de Justicia. Si Felipe VI que es el Refrendado, no puede presidir el acto judicial, no tiene sentido que acuda el Refrendante, que es el ministro de Jus-ticia». Entretanto, Carmen Calvo y los representantes de «Bildu» ya se han besado. Para mí, que el Gobierno no ha medido bien la reacción de los jueces y de la calle. Más aún, cuando el ministro que le sirve el desayuno a Maritxell, ha anunciado que en la semana que entra se iniciarán los trámites para indultar a los golpistas separatistas alojados en el Hotel Lledoners.
La señorita Lastra considera que hay que eliminar o suavizar el delito de Sedición del Código Penal. Lo ha dicho. «El Código Penal es una antigualla con 200 años de vigencia». Creo que el CP vigente se aprobó en 1995, pero si la nena considera que desde 1995 al 2020 han transcurrido dos siglos, habrá que aceptarlo. Lo que tiene 200 años no es el Código Penal, sino su chaquetilla vaquera, que cada día que pasa se muestra más vieja y más cochambrosa.
Hoy, Día de la Infamia y del principio declarado de Golpe de Estado contra España, su Constitución, la Corona y la libertad, bueno es recordar a Clemente Metternich, el gran vienés que venció sobre todos con su silencio y su diplomacia. «El problema de los que nacen tontos y hablan demasiado, es que siempre tienen recaídas».
(El Independiente)
s un auténtico escándalo. Pero han calculado mal los tiempos y se les ha visto demasiado pronto para sus propósitos la brutalmente sucia jugada que se traían entre manos. Hablo de lo que le tenían preparado en comandita el PSOE y el Gobierno a la presidenta de la Comunidad de Madrid y a sus consejeros.
Recordemos que Pedro Sánchez declaró anteayer a La Sexta que acudiría a su entrevista con Isabel Díaz Ayuso con la intención de su Gobierno de «ayudar» y en ninguno caso a
«tutelar» y, por supuesto, sin el menor propósito de «juzgar» la gestión de los dirigentes madrileños. Y todos pensamos que, por fin, el presidente ocupaba el puesto que había abandonado deliberadamente como máximo responsable ante una crisis sanitaria como la que padecemos, una obligación que le marca la ley. El Gobierno da por fin un paso al frente y asume la colaboración exigible entre el Ejecutivo y los gobiernos de las comunidades autónomas, empezando por Madrid. Eso fue lo que pensamos muchos, los más cándidos sin duda.
Qué error. La tal entrevista no era más que la primera parte de un plan maquiavélico para destruir ante la opinión pública al gobierno de Madrid y ponerlo a cocerse a fuego lento para luego ir a por él y, de paso, a por el presidente del PP, Pablo Casado.
Estamos ante un ejercicio de una profundísima deslealtad institucional que produce ver-güenza a quienes contemplamos este
ignominioso espectáculo. La primera parte, destinada a engatusar a la opi-nión pública haciendo el papel del lobo metido en la cama haciendo ver a Ca-perucita que en realidad él era la abu-elita a la que se acababa de zampar, la ha protagonizado Pedro Sánchez. Pero pocas horas más tarde ha empe-zado a soltar, uno detrás de otro, a sus rotweiler para que se lanzaran sin pie-dad contra su víctima y la
despeda-zaran lo bastante como para que él se la encontrara al día siguiente, es decir, hoy por la mañana, agonizando y suplicándole un poco de caridad que la ayude a sobrevivir. La primera en lanzarse directamente al cuello de Isabel Díaz Ayuso ha sido ese prodigio de sutileza y buen hacer político que es Adriana Lastra, la portavoz del grupo parla-mentario socialista. Sus ataques han sido feroces además de profusamente aderezados con sal gorda. Ha acusado a la presidenta de la Comunidad de Madrid, que lleva poco más de un año en el cargo, de «trocear, destrozar y depredar la sanidad pública para que al final la gente tenga que derivarse a la privada». Ni más ni menos.
Es decir, la ha acusado a ella y, por extensión, a todos los anteriores presidentes madri-leños del PP de atacar deliberadamente a la sanidad pública con el propósito de empujar a los ciudadanos a la sanidad privada para beneficiar a ésta. Le ha faltado añadir que seguramente lo han hecho para enriquecerse ellos mismos a través de mordidas y corruptelas por todo lo alto.
Pero no se ha quedado ahí. También ha acusado a Díaz Ayuso y al PP en general de parasitar el estado de bienestar y destrozarlo nada menos que con el infame objetivo último de conseguir que crezca la desigualdad, que es lo que está pasando en Madrid, dice, donde «no hay coherencia, ni hay claridad, ni hay seriedad, especialmente por parte de Ayuso».
Pero que nadie salga corriendo de miedo, que ya viene el PSOE a resolver el problema: «Ahora es el momento de ponerse manos a la obra en lo que haga falta por la salud de los madrileños». Es decir, primero disparan con un bazooka al que va a ser a día siguiente su interlocutor y luego se presentan como los salvadores de sus allegados. Inicuo, no hay otra palabra.
Así es como ha querido preparar el PSOE el encuentro de notable importancia, en prin-cipio, para la población de Madrid entre los máximos responsables de las dos adminis-traciones públicas. Porque hay que decir que ésta no ha sido una patada en el estómago propinada por una persona que carece de todo sentido de lo que es una relación política con un mínimo, sólo un mínimo, de elegancia. No, esto, como todo lo que hace, no lo dice la señora Lastra sin la autorización y el encargo de su jefe máximo Pedro Sánchez. Y por eso mismo Rafael Simancas ha acudido a martillear en Twitter el clavo que ya había hundido su superior en el cargo Adriana Lastra a base de repetir las mismas frases de los ataques que ella acababa de lanzar minutos antes. Pero no ha acabado ahí la «operación encerrona» milimétricamente preparada contra el gobierno de Madrid este domingo de septiembre.
Simultáneamente a esto, los dirigentes de Podemos y de Más Madrid han convocado decenas de concentraciones y manifestaciones ante las juntas de distrito de los barrios que van a sufrir limitaciones en la movilidad por razón de su índice de contagios. El tremendo argumento esgrimido es que se les discrimina no por razón del virus sino por razón de sus rentas, que tiene bemoles. «¡No al apartheid!» se gritaba en una de esas concentraciones, siguiendo la consigna lanzada previamente por el podemita Juan Carlos Monedero en plena calle y con los manifestantes detrás coreando sus lemas
propa-gandísticos.
Lo llamativo, lo escandaloso, es que es-tas medidas de semiconfinamiento de determinada zonas se han aplicado en multitud de ciudades españolas en las últimas semanas y nadie ha dicho nada. No ha habido manifestaciones relevan-tes. Sólo en Madrid han salido, eviden-temente convocados por grupos próxi-mos a Podepróxi-mos y a Más Madrid, lo cual es una prueba de que esto forma parte de una estrategia diseñada para romperle las piernas, políticamente hablando, a Isabel Díaz Ayuso en el momento más crítico de toda su trayectoria como presidenta y, lo que es mucho peor, en el momento más dramático por incierto de la población.
Pero es que después de la embestida de Lastra, replicada por su mozo de espadas Simancas, entró en escena el secretario de Organización del PSOE y ministro de Fomento José Luis Ábalos, que ha sido entrevistado por el diario El País y cuyas declaraciones no estaban colgadas en la web de este periódico el domingo por la mañana. Ha sido horas más tarde cuando hemos podido asistir a la última, por ahora, andanada contra la presidenta madrileña.
Su ataque es tan brutal como el de Adriana Lastra, más brutal incluso porque procede de un miembro del Gobierno. Ábalos no se lanza contra ningún otro presidente autonó-mico de los varios que reclamaron a Pedro Sánchez que levantara el estado de alarma y que pusiera al mismo tiempo en marcha las modificaciones legislativas necesarias para dotar a las comunidades de instrumentos legales suficientes para hacer frente con sus propias armas a la pandemia.
No señores, ni una mención a ninguna más que a Madrid, comunidad a la que acusa nada menos que de haber «antepuesto el principio de una concepción que no es exclusiva del PP y que hemos visto en EE.UU: poner la economía por encima de la salud». Y añade el ministro: «Y luego hay una visión también diría ciertamente clasista, que a veces se
desliza». Una batería selectiva de descalificaciones que resulta inaudita en las terribles circunstancias en las que está España entera.
Y por si fuera poco grave este nivel de acusaciones, José Luis Ábalos incluye en sus consideraciones la sugerencia política que tanto gusta a su grupo y que tanto repite el presidente Sánchez. Dice el ministro: «Vox no es un partido democrático, es una excre-cencia del PP, que deriva de un momento de difuminación del proyecto del PP que es el periodo de Rajoy, que no le gustaba ni a la propia derecha».
Ahora, eso sí, preguntado por las razones que él encuentra para explicar que España tenga las peores cifras de coronavirus de Europa, José Luis Ábalos responde lo siguiente: «Tenemos un nivel de diagnóstico alto. Portugal ha empezado a acusar más la propa-gación del virus. Francia también. Yo en esto creo que no hay que ponerse muy rotundo». No, señor ministro, no hay que ponerse muy rotundo en nada que no sea acosar a la comunidad de Madrid porque está gobernada por un partido que no es el suyo y al que sueñan ustedes con sacar como sea y por el procedimiento que sea de la Puerta del Sol, sede del gobierno madrileño.
No hay mucho más que añadir. Hace un par de días afirmé en estas mismas páginas que Ayuso y sus consejeros se habían esforzado en combatir los efectos del virus, ciertamente, pero que lo habían hecho mal y habían fracasado en su batalla. Pero eso es una cosa y otra asistir a esta operación descarnada de acoso y derribo contra este gobierno concreto y contra ningún otro de los 17 que se enfrentan hoy en España a esta pandemia. Porque es demasiado evidente que le quieren pasar la factura del Covid-19 sólo a la presidenta de Madrid. A los demás, no. Y eso es inadmisible por indecente. Lo sucedido ayer es una vergüenza y la demostración del juego sucio a cara descubierta que el PSOE está dispuesto a practicar con todas las armas a su alcance por impresen-tables que éstas sean con tal de hacerse con el trofeo. Están buscando derribar al adver-sario aprovechando el momento de su mayor debilidad.
La visita de hoy del presidente del Gobierno a la presidenta de la Comunidad de Madrid seguramente tiene por único objeto el de rematar a la víctima.
(Vozpópuli)
Hay que sacar los Presupuestos como sea». Es la consigna de La Moncloa a los ministros, según revelan fuentes del Gobierno a Vozpópuli. No importa la línea roja que se cruce, ni la institución que quede entredicho. La coalición entre Pedro Sán-chez y Pablo Iglesias se ha conjurado para un único objetivo: su supervivencia. Y la con-tinuidad del Ejecutivo exige unas nuevas cuentas.
Es la interpretación que hacen fuentes del PSOE y de Podemos sobre los acontecimientos de los últimos días. El anuncio de la tramitación de los indultos a los líderes del proceso separatista, el choque con la Comunidad Madrid por la gestión de la pandemia y el ataque de los ministros morados a la monarquía son el embrión de un conflicto institucional. La preocupación en las altas esferas del Estado, las empresas y los partidos políticos, incluido un sector del PSOE, va en aumento.
Algunos ministros han lamentado la gestión que ha hecho La Moncloa del veto al rey Felipe VI en Cataluña. No entienden la falta de explicaciones, que, en su opinión, solo ha contribuido a alimentar las especulaciones sobre las verdaderas razones de su ausencia en el acto de entrega de despachos a los nuevos
jueces en Barcelona.
El episodio ha desconcertado al PSOE, que no sabe a qué atenerse. Y critican esa sensación de que todo está en venta con tal de sacar adelante los Presupuestos. Fuentes socialistas entienden que la maniobra de Sánchez con los indultos y la reforma de los delitos de sedición y rebelión es un intento de atar esas cuentas.
Vía Cs y negociaciones con ERC
Es cierto que el Gobierno mantiene abierta la vía de Ciudadanos, pero no quiere cerrar la puerta del bloque de la investidura: ERC y Bildu, además de PNV. Desde el socialismo interpretan que son «gestos estéticos» hacia el independentismo que de momento no tienen consecuencias judiciales, pero que pueden servir para los Presupuestos. «Hay mucha táctica», admite un alto cargo socialista. «Podemos está muy duro y complica la vía de Ciudadanos».
En Podemos aseguran que las negociaciones de Iglesias con Bildu y ERC estaban pacta-das con Sánchez. Y que el presidente del Gobierno quiere lanzar al vicepresidente para «evitar quemarse». «Estamos en una pandemia mundial, y hacemos todo lo posible para sobrevivir», reconoce un dirigente de Podemos en conversación con Vozpópuli.
Los morados admiten que el Ejecutivo lucha por la supervivencia. Apuntan a que Iglesias siempre pacta con Sánchez todos sus movimientos, y que en el caso del indulto a los condenados del procés, así como en el veto del Rey Felipe VI a Cataluña del pasado viernes, fue Sánchez y su sanedrín en la Moncloa los que tomaron la decisión.
«Sánchez tiene miedo»
«Sánchez tiene mucho miedo a que vuelva a ocurrir lo que pasó en febrero del año pasa-do. Entonces presentó los presupuestos antes de tener atado el pacto político, y ERC le obligó a convocar elecciones. Esta vez el borrador presupuestario ya está casi cerrado, pero hace falta blindar un pacto político», mantienen las fuentes consultadas.
Tanto Sánchez como Iglesias saben que la aprobación de los presupuestos es esencial para evitar una crisis de Gobierno. La orden de la Moncloa es sacar adelante las cuentas como sea, lo que de momento está desembocando en algo parecido a una crisis institucional. Pero en el Gobierno reiteran: «Estamos en una pandemia mundial, y hace-mos todo lo posible para sobrevivir».
(El Español)
or mucha épica que los procesistas quieran imprimir a la causa independentista – algo que se remonta al sueño de Ítaca de Artur Mas–, lo cierto es que los conde-nados por la organización del referéndum del 1-O son delincuentes comunes. Aquí
no hay presos políticos ni exiliados. Nada les diferencia del resto de presos con los que comparten módulo. Por tanto, que el Gobierno aborde ahora los indultos de los dirigentes independentistas condenados por el Tribunal Supremo entra dentro de la más absoluta normalidad. Así de garantista es nuestro ordenamiento jurídico.
Otra cosa es que, socialmente y políticamente, se considere prematura esa medida de gracia en el caso de acusados sentenciados hace apenas un año –las penas oscilan entre los 13 años de cárcel im-puestos a Oriol Junqueras y los diez años de Joaquim Forn, mientras que a Meritxell Borràs, Carles Mundó y Santi Vila se les condenó solo a inhabilitación– o sea interpretada como una concesión del Ejecutivo de Pedro Sánchez al independentismo.
El indulto ofrece en este caso un amplio abanico de posibilidades, pues puede ser total o parcial, y no tiene por qué aplicarse a todos los secesionistas por igual. Asi-mismo, son muchas las partes que pueden proponerlo – los propios condenados (que se niegan en este caso), la Fiscalía, el propio Gobierno, el tribunal sentenciador…–. Y, sin duda, se tendrá en cuenta el nivel de arrepenti-miento de cada reo.
El proceso ni siquiera apenas ha comenzado y, como muy pronto, se concretará en marzo, por lo que podría coincidir con las elecciones catalanas, pues ese es el calendario que impone Quim Torra con su negativa a poner fecha de los comicios aunque el Supremo confirme su inhabilitación. Una condena, por cierto, que el futuro también podría someterse a la vía del indulto. Y más allá de los rigores procedimentales ¿no sería delicioso que el rey, tan denostado por los secesionistas, concediera el perdón al president?
Dicho de otra manera, la concesión (o no) de indultos a los reclusos secesionistas podría irrumpir, y de qué manera (la tibia reacción de los independentistas duros fue muy elocuente), en la próxima campaña electoral. Ya lo hizo en las elecciones de 2017, cuan-do el líder del PSC, Miquel Iceta, planteó la posibilidad de indultar a los procesacuan-dos. Aseguran que la propuesta reventó la campaña de los socialistas y allanó la victoria de Ciudadanos.
Posiblemente, los comentarios de Iceta fueron prematuros, pero nunca en la historia de la democracia española ha habido un momento oportuno para hablar de indultos, siem-pre bajo sospecha por el color del gobierno de turno. Si esta medida de gracia es arbi-traria, confusa o mejorable es algo que el legislador, arropado por una mayoría parla-mentaria suficiente, podría abordar. No creo que estén los tiempos para abrir ese melón, y mucho menos a golpe de titular. Y lo que realmente es injusto es incurrir en un relati-vismo legal, consistente en cuestionar esa vía de perdón en función de los propios inte-reses.
La tramitación anunciada por el ministro de Justicia reaviva, de nuevo, el debate sobre la dureza de las condenas. Máxime cuando también se acaba de retomar la idea de revi-sar el delito de sedición que contempla el Código Penal. Otra iniciativa que populares y naranjas ven como cesión al «chantaje» independentista.
Sería interesante analizar si a la ciudadanía le interesa más asegurarse que los malver-sadores devuelven el dinero invertido en el proceso independentista a las arcas públicas y son incapacitados para ocupar cargo público alguno, o seguir pagando la estancia en prisión de los nueve presos. Pero eso entra dentro de las subjetividades y los sentimien-tos. Lo cierto, lo jurídicamente constatable es que en las dos únicas ocasiones que se ha pronunciado el Tribunal Europeo de Derechos Humanos sobre el procés ha sentenciado a favor de la Justicia española, esto es, avalando el procedimiento judicial que derivó en las condenas.
Posiblemente no tengamos la mejor de las justicias posibles. Ni podamos fiarnos del todo de los motivos que llevan a un gobierno a perdonar a un reo. Pero es innegable que nuestro sistema jurídico es garantista y está sometido a muchos filtros precisamente para evitar arbitrariedades.