Primer Domingo de Adviento (ciclo C)
Bendición de la Corona o Guirnalda de Adviento con la siguiente oración:Señor Dios, bendice con tu poder nuestra corona de Adviento para que, al encenderla, despierte en nosotros el deseo de esperar la venida de Cristo, practicando las buenas obras, y para que cuando Él llegue, seamos admitidos al Reino de los Cielos. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén
Se enciende la primera vela y se reza lo siguiente:
Encendemos, Señor, esta luz, como aquel que enciende su lámpara para salir, en la noche, al encuentro del amigo que ya viene. En esta primera semana de Adviento queremos levantarnos para esperarte preparados, para recibirte con alegría. Muchas sombras nos envuelven. Muchos halagos nos adormecen. Queremos estar despiertos y vigilantes, porque tú traes la luz más clara, la paz más profunda y la alegría más verdadera. ¡Ven, Señor Jesús! ¡Ven, Señor Jesús!
Evangelio de San Lucas (Lc 21,25-28.34-36)
Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, los pueblos serán presa de la angustia ante el rugido del mar y la violencia de las olas. Los hombres desfallecerán de miedo por lo que sobrevendrá al mundo, porque los astros se conmoverán. Entonces se verá al Hijo del hombre venir sobre una nube, lleno de poder y de gloria. Cuando comience a suceder esto, tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación...
Tengan cuidado de no dejarse aturdir por los excesos, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, para que ese día no caiga de improviso sobre ustedes como una trampa, porque sobrevendrá a todos los hombres en toda la tierra. Estén prevenidos y oren incesantemente, para quedar a salvo de todo lo que ha de ocurrir. Así podrán comparecer seguros ante del Hijo del hombre…”
Todos meditan este pasaje del Evangelio, lo comparten en grupo y luego el guía o encargado termina con la siguiente reflexión:
Acabamos de escuchar un pasaje impresionante del Evangelio de san Lucas, en el capítulo 21, que trata del discurso sobre el fin de los tiempos y la llegada del Señor, que esperamos en este Adviento. Con este discurso, Jesús no intenta meternos miedo sino que, con un lenguaje llamado apocalíptico, hecho de imágenes, signos y diversos elementos cósmicos, nos presenta su Venida gloriosa, en la que vendrá a consumar su obra redentora. Es todo un mensaje de alegría, pues se acerca nuestra liberación tan esperada. Es por eso que se nos invita en este tiempo a no perder el tiempo en comilonas
y borracheras, en tensiones innecesarias, propias de nuestra sociedad de consumo, para estar preparados al Señor que viene y estar seguros ante su presencia amorosa. Adviento, es, pues, tiempo de esperanza, vigilancia y responsabilidad activa y creativa.
Se hacen las siguientes peticiones
Presentemos nuestras plegarias a Jesús que viene a nuestro encuentro, en este tiempo litúrgico de Adviento, diciendo todos: ¡Ven, ven, Señor Jesús!
• Por la Iglesia, para que aguarde con alegría y esperanza la llegada del Señor.
Oremos.
• Por nuestros pastores, para que anuncien este tiempo de Adviento al mundo, y
preparen a celebrarlo en el amor, la caridad y la fe a las comunidades cristianas. Oremos.
• Para que en este año de la fe y de la Eucaristía, celebremos cada día este
sacramento que alimenta la fe, a Jesucristo, Pan de vida para nuestro pueblo. Oremos.
• Por los que viven sin esperanza, para que este tiempo de Adviento que hoy
comenzamos, los llene de ilusión y alegría ante la venida del Señor. Oremos.
• Por todos nosotros, para que desde ya nos preparemos a la celebración de la
Navidad, no en el consumismo o el derroche, sino compartiendo nuestros bienes con los más necesitados. Oremos.
• Por todos nuestros difuntos, para que se hayan encontrado con Cristo, el Señor
Resucitado, y a quien esperaban con ilusión mientras vivieron en este mundo. Oremos. Se reza el Padrenuestro, el Avemaría y la siguiente oración final:
Dios todopoderoso, aviva en tus fieles al comenzar el Adviento, el deseo de salir al encuentro de Cristo, acompañados por las buenas obras, para que, colocados un día a su derecha, merezcan poseer el reino eterno. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén
Segundo Domingo de Adviento
Se enciende la segunda vela de la Corona o Guirnalda de Adviento y se reza lo siguiente: Los profetas mantenían encendida la esperanza de Israel. Nosotros, como un símbolo, encendemos estas dos velas. El viejo tronco está rebrotando y se estremece porque Dios se ha sembrado en nuestra carne...
Que cada uno de nosotros, Señor, te abra su vida para que brotes, para que florezcas, para que nazcas y mantengas en nuestro corazón, siempre encendida la esperanza. ¡Ven pronto, Señor! ¡Ven, Salvador!
Evangelio de San Lucas (Lc 3,1-6)
El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene, bajo el pontificado de Anás y Caifás, Dios dirigió su palabra a Juan, hijo de Zacarías, que estaba en el desierto.
Este comenzó entonces a recorrer toda la región del río Jordán, anunciando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados, como está escrito en el libro del profeta Isaías: "Una voz grita en desierto: preparen el camino del Señor, allanen sus senderos. Los valles serán rellenados, las montañas y las colinas serán aplanadas. Serán enderezados los senderos sinuosos y nivelados los caminos disparejos. Entonces, todos los hombres verán la salvación de Dios."
Todos meditan este pasaje del Evangelio, lo comparten en grupo y luego el guía o encargado termina con la siguiente reflexión:
Acabamos de escuchar del Evangelio de San Lucas, cómo se presentó Juan el Bautista en los tiempos difíciles para Israel, el pueblo elegido, pues aquí aparecen los gobernantes y poderosos, tanto de Roma como de Israel, que oprimieron al pueblo y se presentaban como los grandes protagonistas de la historia oficial. Si bien es cierto que tanto Juan el Bautista como Jesús no fueron ajenos a esta historia, ellos dos y especialmente Jesús, son los verdaderos protagonistas de la historia de la salvación, junto con los sencillos, los pobres y los marginados.
Por eso vemos a Juan recorriendo las orillas de río Jordán, predicando y bautizando al pueblo, llamando a la conversión y a prepararse para la llegada del Mesías. Dios, en este tiempo de Adviento, con la predicación de Juan, nos ofrece una nueva oportunidad de encontrarnos con Cristo, que llega en este tiempo, para que sepamos recibirlo de corazón, como lo recibieron los suyos, los pobres y los sencillos.
Se hacen las siguientes peticiones:
En este segundo domingo de Adviento, en que Juan el Bautista nos invita a la conversión, para recibir a Cristo, presentemos nuestras súplicas el Señor, diciendo: Ven, Señor, no tardes en llegar.
- Por la Iglesia, para que anunciando la llegada del Señor, prepare como Juan
Bautista los corazones de sus fieles, a la espera gozosa de Cristo. Oremos.
- Para que el año de la fe sea ocasión para vivir nuestra adhesión firme a Cristo, que
viene a nuestro encuentro en este tiempo de Adviento. Oremos.
- Por los enfermos, los pobres, los que sufren y están tristes, para que, en este
tiempo de Adviento puedan experimentar al Señor en sus vidas, y que nuestra caridad sea afectiva. Oremos.
- Por quienes tienen en sus manos el destino de nuestros pueblos, para que trabajen
en lograr una comunidad más próspera y más justa. Oremos.
- Por todos nosotros, para que este año eucarístico, sea fructífero al celebrar cada
día el banquete del Señor en la Eucaristía. Oremos.
- Por nuestros difuntos, familiares y amigos que hoy recordamos, para que ya en el
cielo haya culminado su espera ansiosa de Cristo, a quien en vida aguardaron con ilusión y esperanza. Oremos.
Se reza el Padrenuestro, el Avemaría y la siguiente oración final:
Dios Padre Nuestro, cuando salimos animosos al encuentro de tu Hijo, no permitas que lo impidan los afanes de este mundo; guíanos hasta él con sabiduría divina, para que podamos participar plenamente del esplendor de su gloria. Por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.
Tercer Domingo de Adviento
Se enciende la tercera vela de la Guirnalda o Corona de Adviento y se reza lo siguiente: En las tinieblas se encendió una luz, en el desierto clamó una voz. Se anuncia la buena noticia: ¡El Señor va a llegar! ¡Preparen sus caminos, porque ya se acerca! Adornen su alma como una novia se engalana el día de su boda. ¡Ya llega el mensajero! Juan Bautista no es la luz, sino el que nos anuncia la luz.
Cuando encendemos estas tres velas cada uno de nosotros quiere ser antorcha tuya para que brilles, llama para que calientes. ¡Ven, Señor, a salvarnos, envuélvenos en tu luz, caliéntanos en tu amor!
Evangelio de San Lucas (Lc 3,10-18)
La gente le preguntaba a Juan: “¿Qué debemos hacer entonces?”. Él les respondía: “El que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene; y el que tenga qué comer, haga otro tanto”. Algunos publicanos vinieron también a hacer bautizar y le preguntaron: “Maestro, ¿qué debemos hacer?”. Él les respondió: “No exijan más de lo estipulado”. A su vez, unos soldados le preguntaron: “Y nosotros, ¿qué debemos hacer?”. Juan les respondió: “No extorsionen a nadie, no hagan falsas denuncias y conténtense con su sueldo”.
Como el pueblo estaba a la expectativa y todos se preguntaban si Juan no sería el Mesías, él tomó la palabra y les dijo: “Yo los bautizo con agua, pero viene uno que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias; él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego. Tiene en su mano la horquilla para limpiar su era y recoger el trigo en su granero. Pero consumirá la paja en el fuego inextinguible”
Y por medio de muchas otras exhortaciones, anunciaba al pueblo la Buena Noticia. Todos meditan este pasaje del Evangelio, lo comparten en grupo y luego el guía o encargado termina con la siguiente reflexión:
EL Adviento nos presenta la figura impresionante de Juan el Bautista y su mensaje de salvación, para prepararle el camino a Cristo al pueblo de Israel. Su presencia la descubrimos en los domingos segundo y tercero del Adviento, en continuidad con los anuncios del profeta Isaías, que animaba al pueblo judío a prepararle el camino al Señor y a enderezar sus senderos. Juan el Bautista nos invita a ir al desierto, a salir de nuestras ocupaciones y stress, de nuestras carreras, que no nos dejan escuchar a Dios, para emprender un serio camino de conversión, en vista de recibir al Esperado de todos los tiempos, y ser digno de Él.
Por eso lo vemos hoy invitando a sus oyentes a compartir y ser solidarios con los pobres, a no explotar al pueblo y a no cometer injusticias o atropellos con quienes ayer y hoy son vejados en su dignidad y derechos más elementales.
En estos días, donde vivimos tan ajetreados por consumir, comer en exceso, comprar y gastar, derrochar y festejar a lo grande ¿Habrá personas que escuchen a este excepcional hombre de Dios? ¿Habrá comunidades que se dejen iluminar por el Precursor del Señor? ¿Habrán ricos y poderosos, que sepan sentir su llamada a la fraternidad y a la justicia con los más pobres? ¿Nos convertiremos todos y todas en esta Navidad, gracias a Juan Bautista, para recibir dignamente a Cristo?
Se hacen las siguientes peticiones
En este tercer domingo de Adviento, en que Juan el Bautista llamando a la conversión y a la solidaridad, presentemos nuestras súplicas al Señor, diciendo: Ilumina, Señor, nuestros caminos.
- Por la Iglesia, para que se alegre con la llegada del Señor, que se acerca en este
tiempo de Adviento. Oremos.
- Por los obispos y sacerdotes, para que preparen como Juan Bautista, al pueblo a
ellos encomendado, a vivir una auténtica Navidad. Oremos.
- Para que el año eucarístico y de la fe nos ayude a profundizar nuestro encuentro
con el Señor, por medio de la Palabra y de la Eucaristía, celebrada dignamente y con alegría. Oremos.
- Para que, en este tercer domingo de Adviento, los que somos invitados a estar
alegres, nos preparemos con obras de justicia y de verdad, a recibir alegremente a Cristo que llega. Oremos.
- Por todos nosotros, para que la próxima Navidad sea una auténtica celebración
cristiana, lejos de comilonas, borracheras y desenfreno, propias de corazones no convertidos. Oremos.
Se reza el Padrenuestro, el Avemaría y la siguiente oración final:
Estás viendo, Señor, cómo tu pueblo espera con fe la fiesta del nacimiento de tu Hijo; concédenos llegar a la Navidad, fiesta de gozo y salvación, y poder celebrarla con alegría desbordante. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
Cuarto Domingo de Adviento
Se enciende la cuarta vela de la Guirnalda o Corona de Adviento y se reza lo siguiente: Durante estos domingos de Adviento y entre semana, hemos encendido, Señor, las tres velas de esta guirnalda, que nos recuerdan la Luz de Cristo que viene a iluminarnos. Hoy, al encender la cuarta vela, proclamamos que el Verbo encarnado ha venido como luz en las tinieblas, como Luz del mundo que ilumina a todo hombre y mujer, que viene a este mundo.
Que como María y José la recibieron en la primera Navidad, allá en Belén, en aquella gloriosa noche, llena de luz, hoy también nosotros seamos iluminados por Cristo, nacido muerto y resucitado, que en Nochebuena y Pascua, ha hecho brillar su luz maravillosa, en medio de la noche, tiempo de salvación.
Evangelio de San Lucas (Lc 1,39-45)
En aquellos días, María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas Isabel oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: “¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno. ¡Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor!”.
Todos meditan este pasaje del Evangelio, lo comparten en grupo y luego el guía o encargado termina con la siguiente reflexión:
Adviento es el tiempo mariano por excelencia. María es la Madre del hágase, de la esperanza. Es la Virgen que con amor llevó a Jesús en su seno, la que supo creer, esperar y guardar las palabras de Dios en su corazón (Lc 2,19). La tenemos muy presente en este tiempo, porque Ella es símbolo de la Iglesia que espera al Señor, la mejor maestra de la espera del Adviento, de la alegría acogedora de la Navidad. Ella es modelo de todos aquellos que viven con intensidad este tiempo: vigilantes en la oración, jubilosos en la alabanza, para salir al encuentro del Señor que viene. Adviento es un tiempo para rendir culto a María., nuestra Señora de la Esperanza.
Hoy la contemplamos yendo a visitar a su prima Isabel, para llevarle a ella el regalo más grande, a Cristo, en su seno, a aquella mujer anciana embarazada de Juan el Bautista, que exclama en alabanzas a María, llamándola bendita y bienaventurada. Esta visita es el encuentro entre el Antiguo Testamento (simbolizado en el niño Juan) y el Nuevo (simbolizado en Cristo). Es el encuentro de dos mujeres, las cuales han experimentado, de una u otra forma, la gracia y la elección de Dios, que siempre se acuerda de los pobres y de los humildes.
Se hacen las siguientes peticiones:
Con María la Madre del Señor, nuestra Señora del Adviento, oremos a nuestro Redentor diciendo: Que tu santa madre, Señor, interceda por nosotros.
- Por la Iglesia, para que, como María, esté siempre disponible a los planes de Dios y
conduzca a sus hijos por los caminos de la salvación. Oremos.
- Por los gobernantes, para que, en estos días de Adviento y Navidad, trabajen por el
mejoramiento material y espiritual de nuestros pueblos. Oremos.
- Por los países en conflicto, para que, al acercarse los días de la Navidad, cesen las
guerras, los odios, las divisiones y las injusticias en los pueblos. Oremos.
- Por los que estamos celebrando este tiempo de Adviento, como preparación a la
Navidad, para que, con la oración, la meditación de la Palabra de Dios y la celebración eucarística, nos preparemos a recibir a Cristo que llega. Oremos.
- Por todos nosotros, para que el ejemplo de María, así como su fe, su disponibilidad
y esperanza, nos invite a vivir como Ella este año eucarístico y de la fe. Oremos.
- Por todos nuestros difuntos, familiares y amigos que estamos encomendando,
para que, con María Asunta a los cielos, vivan plenamente la felicidad y la salvación traídas por Cristo, en su primera venida. Oremos.
Se reza el Padrenuestro, el Avemaría y la siguiente oración final:
Derrama, Señor, tu gracia en nuestros corazones, los que hemos conocido por el anuncio del ángel, el misterio de la encarnación de tu Hijo, para que podamos, por los méritos de su pasión y de su cruz, llegar a la gloria de la resurrección. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén