Lo Que El Diablo No Quiere Que Sepas

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porcionar los recursos necesarios a fin de alcanzar a las personas para Jesu-cristo y ayudarlas a crecer en su fe.

© 1991 EDITORIAL VIDA Miami, Florida 33166-4665 Publicado en inglés con el título Hell 's Best Keep Secret por Whitaker House ©1989 por Ray Comfort

Traducción: M. Francisco LiévanoR. Diseño de cubierta: Osvaldo Gonzaláez Reservados todos los derechos ISBN 0-8297-0307-1 Categoría: Evangelización

Impreso en Estados Unidos de América Printed in the United States of America

03 04 05 v 9 8 7 6

índice

Prefacio 5 1. El evangelio de amor, gozo y paz 7

2. El máximo secreto del infierno 19 3. La técnica de Jesús •. 29

4. U n a entrega a empujones 42

5. La clave olvidada 54 6. Sin unción, no hay resultados 71

7. Fervientes en espíritu 82 8. El método del vendedor 92 9. Cuándo y dónde debemos testificar 107

10. Comprémosle el almuerzo al mundo 117

11. Por qué es eficaz la ley 126 12. Diez pasos hacia el convencimiento 141

13. Tiempo oportuno para hablar acerca

de Jesús 152 14. ¿Quiénes son los descarriados? 169

15. Querer es poder 178 16. Usted tiene lo que necesita 193

Apéndice: Preguntas y respuestas 211

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Prefacio

Dedicatoria

Al pastor Garry Ansdell y a su amable esposa Denlse, por su preocupación por la verdadera salvación de los perdidos, y por su bondad mani-festada al ayudarnos a hacer de los Estados Uni-dos de América nuestro nuevo hogar. A Dan y Evelyn Eastep, Christopher Hromek, Mark Okasa-kl, Neil O'Donnell, Keith y Cathy White, Whitaker House, Dan Skomerza y Dave Boyd, por su amor a la verdad. Y a mi amada esposa Susana (mi mejor amiga), copartícipe en el evangelio.

Recientemente, veinte mil hombres cristianos apartaron un día para dedicarlo a orar a fin de pedirle a Dios un avlvamlento. Motivados por una sincera preocupación por los perdidos, dejaron a un lado los placeres diarios y se negaron a sí mismos por la causa del evangelio. Sin embargo, hablar con Dios acerca de los hombres a menudo es más fácil que hablar con los hombres acerca de Dios.

¿Qué hubiera ocurrido si esos veinte mil hom-bres hubieran combinado las acciones con sus oraciones? ¿Qué hubiera ocurrido si cada uno de ellos hubiera clamado: "Oh Dios, dame sólo un alma este año"? Si cada uno hubiera logrado la respuesta, y como consecuencia hubiera conduci-do a un alma a los pies del Señor, y ese nuevo convertido hubiera hecho la misma oración, ¡sólo en doce años hubieran sido salvas 174.000.000 de personas!

La mayoría de los cristianos no hacen tal clase de oración. Pasamos la responsabilidad de la evangelización a los evangelistas. Pero Jesús or-denó a todos sus discípulos: "Id por todo el mundo

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CAPITULO 1

El evangelio de

amor, gozo y paz

El éxito de la evangelización es actualmente el más bajo de todos los tiempos. La evangelización moderna, tanto en grandes campañas como en pequeñas reuniones evangelísticas, sólo tiene un 20 por ciento de personas que toman la decisión y quedan firmes.

¿Cuan eficaces son nuestros métodos actuales de evangelización, si el 80 por ciento de los que toman la decisión de aceptar a Cristo como Salva-dor personal vuelven atrás? Algunos métodos son aun más Ineficaces. ¡Se informó de una campaña reciente en la cual el 92 por ciento volvieron atrás! La revista EXemity (Eternidad) correspondiente a septiembre de 1977. informó los resultados de una campaña de evangelización en la cual parti-ciparon 178 iglesias. De 4.106 decisiones, sólo el 3 por ciento se unieron a alguna iglesia local. ¡Eso quiere decir que de esas reuniones se levantó un número de 3.981 personas que volvieron atrás! (Estadísticas más recientes nos presentan resul-tados aun menos satisfactorios. Se entiende por y predicad el evangelio a toda criatura" (Marcos

16:15). Según la Biblia, la responsabilidad nos corresponde a cada uno de nosotros. Todo cristia-no tiene la responsabilidad moral de evangelizar al mundo que agoniza.

En agosto de 1982, Dios vio mis frágiles (y poco eficaces) esfuerzos para alcanzar a los perdidos. Bondadosamente se inclinó hacia mí, quitó la venda de mis ojos y me indicó la "llave del conoci-miento" . . . la clave para el avivamiento. Esta clave, el máximo secreto del Infierno, ha estado escondida de la Iglesia a través de muchas gene-raciones.

Esta llave dorada, pero descuidada, abre la puerta de las almas de los hombres. Tan pronto como usted comprenda este principio bíblico, compartirá su fe con un nuevo celo. Ya no se sentirá impotente y frustrado mientras los peca-dores pasan a su lado en camino hacia la perdi-ción. Sus esfuerzos de evangelización y su testi-monio nunca volverán a ser como antes.

Permítame, con la ayuda de Dios, pasarle esa inapreciable clave a través de las páginas de este libro.

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El evangelio de amor, gozo y paz 9 qué no se publican con mucho entusiasmo.)

Sin embargo, leí que en 1987, en una campaña del evangelista Luis Palau se reportaron 6.000 decisiones. No obstante, a pesar del intenso segui-miento y asesorasegui-miento, 947 de esas personas volvieron atrás durante los primeros tres meses.

Para los que tienen una intensa preocupación por los perdidos, como Luis Palau, Billy Graham y muchos otros evangelistas dotados en todo el mundo, estas estadísticas no sólo constituyen malas noticias, sino que les quebrantan el cora-zón. Mientras que los evangélicos se mueven en círculos cada vez menos amplios, 140.000 perso-nas mueren cada día.

¿Por qué no hay quebrantamiento?

Cuando yo era un joven predicador, les implo-raba a los pecadores que recibieran a Cristo. Cuando uno respondía positivamente, me sentía inmensamente satisfecho. Pero en lo profundo de mi mente, yo sabía que había la posibilidad que el 80 por ciento de esos convertidos se descarriaran. Para probar la sinceridad de un posible conver-tido que acudiera a Cristo, decidí acercarme a cada pecador con un plan casi terrorista. Cuando pen-saba que era sincero, lo conducía a los pies de Cristo con la oración más genuina que yo podía hacer: "Amado Dios, soy pecador. Limpíame. Lá-vame."

Mientras orábamos, yo mantenía un ojo abierto. Aunque obviamente eran sinceros, los pecadores repetían la oración de una manera impertinente. Luego yo bajaba la voz y casi con lágrimas afirma-ba: "Creo que Cristo murió por mí en la cruz." Aun así el pecador no mostraba tristeza por su pecado; ¡no había contrición ni quebrantamiento!

¿Cuál era el problema? El pecador era ciento por ciento sincero: sinceramente quería el amor, el gozo, la paz, la satisfacción que supuestamente vienen por recibir a Cristo. La respuesta que daba era sólo una prueba para ver si lo que se había afirmado era cierto.

Los pecadores no huían de la ira que ha de venir. ¿Por qué? Porque yo no había mencionado que habría tal ira venidera. Los convertidos potencia-les no manifestaban un arrepentimiento genuino, porque yo no les había.dado ninguna razón para que se arrepintieran.

¿Quién necesita un paracaídas?

La manera como presentamos el evangelio de-termina la clase de respuesta que da el pecador. Permítame ilustrar.

Dos hombres se sientan juntos en un avión. Una aeromoza le da al primer nombre un paracaídas y le dice que se lo coloque, porque eso mejorará su vuelo.

Por cuanto no entiende de que manera el para-caídas pudiera mejorar su vuelo, el primer pasa-jero se manifiesta un poco escéptico. Finalmente decide ver si lo que le dice la aeromoza es cierto. Después que se lo pone, nota que constituye una carga fatigosa y que tiene dificultad para sentarse recto. Se consuela con la promesa de que tendrá un vuelo mejor. Por tanto nuestro pasajero decide mantenerlo puesto un rato.

Por el hecho de que es el único pasajero que está usando un paracaídas, algunos de los otros pasa-jeros comienzan a reírse de él, lo cual agrega más

humillación. Como no puede soportar más, nues-tro amigo se desploma en su asiento, se quita el paracaídas y lo tira al piso. La desilusión y la

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El evangelio de amor, gozo y paz 11 poráneo: "Vístase del Señor Jesucristo; él le dará amor, gozo, paz y satisfacción." En otras palabras, él mejorará su vuelo. A manera de experimento, el pecador se viste del Salvador para ver si estas cosas son ciertas.

¿Qué obtiene el pecador? Tentación, tribulación y persecución. Los otros pasajeros se burlan de su decisión. ¿Entonces qué hace? Se desviste del Señor Jesucristo; se ofende por causa de la pala-bra; se desilusiona, se amarga, y tiene razón.

Se le prometió paz, gozo y satisfacción, pero sólo ha obtenido pruebas y humillación. Su amargura va dirigida contra los que le dieron el mensaje de las "buenas noticias". Su última condición es peor que la primera. ¡Es otro descarriado amargado que ha sido vacunado contra el evangelio!

El apóstol Pedro actuó con un celo desmedido cuando trató de desmembrar la Integridad física de un siervo romano en el huerto de Getsemaní. Muchos cristianos mal orientados también cortan las orejas de los posibles creyentes. Una vez que piensan los pecadores que ya han probado el evangelio, no quieren oírlo más.

¿Por qué hay pecadores cerrados y alejados del evangelio? Porque nosotros ya no predicamos el pleno mensaje del evangelio. Hemos omitido la clave del arrepentimiento genuino: la Ley de Dios. El apóstol Pablo dijo: "Yo no conocí el pecado sino por la ley" (Romanos 7:7, cursivas añadidas).

El predicador Carlos Spurgeon escribió las si-guientes palabras:

Si usted menosprecia la ley, reduce la luz por medio de la cual el hombre percibe su culpa. Esa es una pérdida muy seria para el pecador, en vez de ser una ganancia; amargura llenan su corazón, porque entiende que

se le ha dicho una mentira.

Otra aeromoza le da al segundo pasajero un paracaídas y le dice que se lo ponga porque en cualquier momento tendrá que saltar del avión a nueve mil metros de altura.

Nuestro segundo pasajero, con mucha gratitud, se pone el paracaídas. No siente el peso sobre sus hombros, ni se preocupa porque no se puede sentar correctamente. Su mente está absorta con el pensamiento de lo que ocurriría si tuviera que saltar sin él. Cuando otros pasajeros se ríen de él, piensa: ¡No se reirán cuando vayan cayendo hacia la tierra!

Descarriados vacunados

Analicemos el motivo y el resultado que tuvieron cada uno de los pasajeros de nuestro experimento. El motivo por el cual el primer hombre se puso el paracaídas fue sólo para mejorar su vuelo. Como resultado, fue humillado por los otros pasajeros, quedó desilusionado por cuanto se le había pro-metido algo falso, y se sintió amargado contra la aeromoza que se lo había entregado. Mientras dependiera de él, jamás volvería a ponerse una de esas cosas.

El segundo hombre se puso el paracaídas para escapar del peligro que se aproximaba. Por el hecho de que sabía lo que le ocurriría sin él, tenía un gozo y una paz profundamente arraigados en su corazón. Por cuanto sabía que sería salvo de una muerte segura, tuvo la capacidad de resistir la burla de los otros pasajeros. Su actitud hacia la aeromoza que le entregó el paracaídas era de una sincera gratitud.

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contem-El evangelio de amor, gozo y paz 13 porque disminuye la posibilidad de su

con-vencimiento y conversión. . . . Yo diría que usted despoja el evangelio de su arma más poderosa cuando pone a un lado la ley. De esa manera suprime el tutor que debe conducir a los hombres a Cristo. . . . Ellos nunca aceptarán la gracia, mientras no tiemblen ante la ley santa y justa. Por tanto, la ley tiene un propósito sumamente necesario y bendito, y no debe quitarse de su lugar.

Cuando el pecador comprende las terribles con-secuencias de haber quebrantado la ley de Dios, y ve que no puede escapar de la certeza del juicio, apreciará mejor su necesidad de vestirse del Señor Jesucristo. Cuando predicamos el castigo futuro previsto en la ley, el pecador acude a Cristo por el solo hecho de que quiere huir "del juicio venidero". En vez de proclamar que Jesús mejora el vuelo, tenemos que advertir a los hombres con respecto al salto inevitable. Todos tienen que pasar por la puerta de la muerte.

Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el Juicio (Hebreos 9:27).

Pero ¿no ofrece el cristianismo la vida abundan-te? jClaro que sí! La paz y el gozo son frutos legítimos del Espíritu. Pero cometemos una injus-ticia con los pecadores cuando les atraemos sólo con los beneficios de la salvación. Nuestros esfuer-zos desorientados sólo dan por resultado que al-gunos pecadores recurran a Cristo con motivos impuros, desprovistos de arrepentimiento.

¿Recuerda usted por qué el segundo pasajero

tenía gozo y paz? Porque sabía de qué lo iba a librar el paracaídas. De la misma manera, el verdadero convertido tiene gozo y paz al creer, porque sabe que la justicia de Cristo lo ha de librar de la ira que ha de venir. "El reino de Dios . . . es . . . justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo" (Romanos

14:17). ¿Por qué aparecen juntamente la justicia con la paz y el gozo? Porque "No aprovecharán las riquezas en el día de la ira; mas la Justicia librará de muerte" (Proverbios 11:4).

La predicación centrada en el nombre

Echemos ahora una mirada a un incidente in-fortunado que sucede a bordo del avión. Durante una turbulencia inesperada, la aeromoza deja caer accidentalmente una taza de café caliente sobre la ropa de nuestro segundo pasajero.

¿Cuál es su reacción? ¿Se pone él a gritar de dolor, luego se quita el paracaídas por causa de la ira? jNo! No se puso el paracaídas por ninguna otra razón que la de saltar del avión. De hecho, ni siquiera relaciona el incidente con su paracaídas. En vez de ello, ¡esto sólo hace que se aferré más a la esperanza de la salvación, aunque espere con ilusión el momento de saltar!

Si nos vestimos de Cristo para huir de la ira venidera, cuando surja la tribulación, no nos dis-gustaremos con Dios. ¿Por qué debemos disgus-tarnos? No acudimos a Cristo para tener un mejor estilo de vida. Las pruebas nos acercan más al Señor y nos aferramos más fielmente a él. Como el apóstol Pablo, estamos aquí para animar a otros pasajeros a que se pongan el paracaídas. "Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia" (Filipenses 1:21).

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El evangelio de amor, gozo y paz 15 impresión de que el pecador le hace un favor a Dios, si responde positivamente a la invitación. El evangelio no es una invitación. Las invitaciones se pueden rechazar con cortesía, sin temor a repre-salias. Las Escrituras dicen: "Dios . . . manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepien-tan" (Hechos 17:30, cursivas añadidas).

Nunca nos atreveríamos a utilizar algunos de los siguientes versículos con el propósito de estimular a alguien para que acuda a Cristo:

Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución (2 Timoteo 3:12).

Es necesario que a través de muchas tri-bulaciones entremos en el reino de Dios (Hechos 14:22).

Muchas son las aflicciones del justo (Sal-mo 34:19).

En el mundo tendréis aflicción (Juan 16:33).

Tampoco mencionaríamos los sufrimientos del apóstol Pablo: los apedreos, los peligros y los naufragios que soportó. Bueno, jes bastante difícil lograr que las personas se conviertan con sólo presentarles el mensaje de las buenas cosas del evangelio!

En nuestro celo de evangelización, tratamos de llevar a los pecadores hacia el reino por medio de argumentos, apelando a su intelecto. Intentamos asustarlos en campañas, con el "número 666", a fin de que entren en el cielo. Tratamos de seducir-los para que entren en el reino, diciéndoles que Jesús los hará felices. De hecho, usamos todos los la fe cristiana pierden el gozo cuando hay agitación

en el vuelo. Esos son productos de la predicación centrada en el hombre.

Por el hecho de que la ley rara vez se menciona en la evangelización del tiempo moderno, muchos pastores se sienten frustrados y tratan de atraer convertidos por medio de un evangelio centrado en el hombre. Por el hecho de que no ven que haya personas que abracen las buenas noticias, se vuelven a los métodos inventados por el hombre.

En vez de compeler a los peces a entrar en la red mediante el uso de la ley, tratan de atraerlos presentándoles los beneficios de la salvación. Per-mítame dar un ejemplo de la invitación típica que se hace a los pecadores para que reciban a Cristo:

Vengan a Jesús. ¿No quieren darle su co-razón a él? El los ama y murió por ustedes en la cruz. Quiere darles su amor, gozo y paz. El hará que su vida sea feliz y les dará lo que han estado buscando.

Los predicadores, con mucha amabilidad, cor-tejan a los pecadores para que pasen adelante. Piden que toda cabeza se incline y todo ojo esté cerrado. Luego, mientras la música suena apaci-blemente, el predicador pregunta: ¿Por qué usted, hermano, no le pide a la persona que está junto a usted que lo acompañe, pasando adelante para que Jesús le haga feliz?

¿Una invitación o un mandato?

En vez de procurar que los pecadores desespe-rados lleguen corriendo a tocar la puerta del cielo, incorrectamente pintamos un cuadro de un Jesús que está implorando que lo dejen entrar en el corazón del pecador. Esta clase de invitación da la

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El evangelio de amor, gozo y paz 17 fica necesariamente que esa alma haya sido agre-gada a la Iglesia. El hecho de que una persona haga una manifestación de aceptar a Cristo no significa necesariamente que pertenece a Cristo.

Una vez asistí a un servicio donde se presentó un desafío a aceptar a Cristo, pero no se mencionó la ley. Un joven se puso en pie y rápidamente pasó hacia el altar. Subió a la plataforma, dio la vuelta y sonrió a la congregación. Lo miré, pero no le vi señal externa de quebrantamiento, culpa o contri-ción. El no estaba huyendo hacia Cristo en busca de misericordia. Poco después volvió atrás.

A diferencia de este hombre, algunos no vuelven atrás hacia el mundo. En cambio, la congregación se convierte en algo que no se diferencia en nada de un club social. Estos nuevos convertidos se ganan muchos nuevos amigos; se presentan acti-vidades regulares en la iglesia sin costo alguno. Desgraciadamente, esos convertidos no se preocu-pan por los perdidos, ni tienen hambre real de la palabra de Dios, ni de Dios, ni fruto duradero. El evangelio centrado en el hombre puede servir para llenar el edificio donde se reúne la congregación, sin que haya ninguna clase de conversión.

P. T. Forsyth ha hecho correctamente la siguien-te observación:

Nuestras iglesias están llenas de las per-sonas más simpáticas y bondadosas que nunca han experimentado la desespera-ción de la culpa, ni el pavoroso asombro del perdón.

No me opongo al llamamiento público para reci-bir a Cristo. No hay nada incorrecto en que se obtenga una respuesta, pero aquello a lo cual métodos para atraer a las personas hacia Cristo,

excepto el método que Dios estableció: ¡la ley!

Como llenar el auditorio de la iglesia

Momentáneamente enfoquemos nuestra mirada hacia adentro de nosotros. ¿Predicamos un evan-gelio fácil, centrado en el hombre, porque quere-mos que más gente se salve, o porque sabequere-mos las consecuencias de no recibir la salvación? ¿Somos como aquella madre que no disciplina a su hijo desobediente porque no le gusta el sentimiento que tiene cuando aplica el castigo? Ella coloca su preocupación inmediata por encima del bienestar de su hijo a largo plazo.

Tal vez Natán haya lamentado el hecho de que David se encogió bajo las palabras del profeta, pero éste tenía que obedecer a Dios, no a sus sentimien-tos. El eterno bienestar de David estaba enjuego. Es mejor que el pecador se ofenda a fin de que se arrepienta, y no que disfrute de los placeres por un tiempo y que sea echado al fuego eterno. ¿Dónde está el centro de nuestra preocupación? ¿En el destino eterno del pecador o en nuestra satisfacción?

El pecador se esconde en el bosque del pecado, pero nosotros batimos la maleza alrededor del bosque sin batir el bosque, por temor a causarle perturbación. Sin embargo, vendrá el día en que el pecador no podrá esconderse más.

Algunos cristianos preguntan inocentemente: "Si el evangelio basado en el hombre logra salvar a algunas personas, ¿por qué no predicarlo?" Po-demos predicar el evangelio basado en el hombre y obtener ciertos resultados; aun podemos llenar los auditorios de nuestras iglesias, pero el hecho de agregar un alma a una congregación no

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signi-CAPITULO 2

El máximo

secreto del

infierno

En la manera típica del hijo pródigo, un joven abandonó su pueblo para buscarse la vida en una gran ciudad. Tomó un carro deportivo prestado, y después de tomarse unos tragos, decidió impre-sionar a su tranquilo pueblo con la fuerza del motor. Haciendo sonar la bocina y los cauchos, hizo rugir el carro por el pueblo a la peligrosa velocidad de 100 kilómetros por hora.

La gente del pueblo se sintió aterrorizada. Ja-más había ocurrido tal cosa en su aislada aldea. De hecho, puesto que las personas del pueblo poseían pocos vehículos, no había normas con respecto a la velocidad. En cuanto al joven corre-dor, él no estaba quebrantando la ley, porque allí no se conocía.

De inmediato se reunió el concejo municipal y decidió aprobar una ley que indicaba que dentro del poblado la máxima velocidad era de 50 kilóme-responden los pecadores determina la eficacia del

llamamiento.

¿Fríos o calientes?

Sólo hay dos clases de cristianos: "fríos", o re-frescantes, y "callentes", o estimulantes. Todos los demás serán vomitados de la boca de Cristo en el día del juicio.

. Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o callente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca (Apocalipsis 3:15.16).

El reblandecimiento del evangelio es la desgra-cia de la evangelización moderna. La masa de personas que vuelve atrás después de convertirse en esta clase de evangelización, deja a multitudes en la clasificación de "tibios", y predispone mal a aquellas personas a las cuales no se les ha ense-ñado las verdades del real compromiso con Cristo. ¿Cómo podemos cambiar este curso y restaurar la credibilidad a nuestros porcentajes de conversión? ¡Dejemos de suavizar el evangelio y digámosles a los pecadores la verdad sin ambages ni rodeos!

En los siguientes capítulos estudiaremos por qué se debe predicar la ley, y como se debe predicar con eficacia, no con crueldad. Demostraremos cómo se puede conducir a los pecadores al arre-pentimiento hasta que queden definitivamente salvos, presentándoles la verdad del evangelio con amor y compasión.

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dad de su desenfreno. El sentido común le indicó que estaba obrando mal, pero la ley le demostró cuan profunda era su maldad.

¿Comprende usted plenamente cuál es la fun-ción de la ley de Dios para la humanidad? ¿Qué dice la palabra de Dios con respecto al uso de la ley en la predicación del evangelio?

1. La ley nos señala nuestra culpa delante de Dios e impide que nos justifiquemos a nosotros mismos. Pero sabemos que todo lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo juicio de Dios (Romanos 3:19).

2. La ley produce en nosotros el conocimiento del pecado.

Ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; por-que por medio de la ley es el conocimiento del pecado (Romanos 3:20).

3. La ley define el pecado. ¡El apóstol Pablo ni siquiera sabía lo que era el pecado hasta que la ley se lo dijo! ¿Qué diremos, pues? ¿La ley es pecado? En ninguna manera. Pero yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás (Romanos 7:7).

4. La ley fue diseñada precisamente con el propósito de traer a los hombres y las mujeres a Cristo. De manera que la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuése-mos justificados por la fe (Gálatas 3:24). tros por hora. Esta ley también establecía arresto

para los transgresores, o una multa de no menos de cien dólares por cada kilómetro de exceso.

Cuando nuestro joven regresó de su viaje decidió repetir la Jugarreta. Se quedó sumamente abisma-do cuanabisma-do el funcionario de tránsito, que recien-temente había sido elegido, lo detuvo y le impuso una multa por conducir a 100 kilómetros por hora. Con mucha vergüenza, el joven fue a parar al tribunal, y tuvo que comparecer ante su propio padre quien era el juez del pueblo. Su padre no pudo permitir que el nexo emocional que lo unía con su hijo pervirtiera la Justicia; por tanto dictó la sentencia establecida por la ley: cien dólares por cada kilómetro de exceso o un arresto proporcio-nal. Como no tenía dinero ni palabras para defen-derse, el joven fue llevado a la cárcel.

Posteriormente el mismo día, su padre llegó a la misma celda donde estaba su hijo, abrió la puerta, y le dijo que quedaba en libertad. Con incredulidad oyó el Joven la asombrosa explica-ción que le dio su padre. El tranquilo señor le explicó que él había tenido que reunir los cinco mil dólares vendiendo numerosas posesiones que apreciaba mucho.

Para el hijo fue difícil creer que lo amaba tanto; sin embargo, se sintió humilde y lleno de una tremenda gratitud al mismo tiempo. Los dos se abrazaron como nunca antes. Derramaron lágri-mas de gozo; y salieron juntos. Habían hallado un nuevo vínculo de amor.

¿Por qué insisto en la ley?

¿Puede usted entender ahora lo que la ley hizo a favor de este automovilista que le gustaba el exceso de velocidad?. La ley le mostró la

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profundi-22 Lo que el diablo no quiere que sepas

Así como la ley dejó al corredor impotente ante el juez, sin medios para pagar la multa ni palabras para justificarse, así la ley de Dios deja al pecador sin medios para pagar su deuda de pecado delante del juez del universo.

Ninguno de ellos podrá en manera alguna redimir al hermano, ni dar a Dios su res-cate (porque la redención de su vida es de gran precio . . .) (Salmo 49:7,8).

La ley no ayuda a nadie, sino que nos deja impotentes delante de Dios.

¿Y qué?

¿Se ha preguntado alguna vez por qué el pecador no se conmueve cuando se le narra la historia del Calvario? Su mente divaga, y casi bosteza mien-tras usted le explica que el Hijo de Dios derramó su sangre para pagar la deuda que nosotros tenía-mos que pagar por nuestros pecados. El pecador piensa: "¿Y"qué?" No se conmueve hasta derramar lágrimas, como el santo que reconoce la profundi-dad de su malprofundi-dad y el tremendo perdón que Dios le ha garantizado.

Para explicar este misterio, volvamos a la histo-ria del automovilista corredor. Si él no hubiera estado informado sobre la norma, la certidumbre y la severidad de la ley, entonces la buena noticia de que su papá había pagado la multa no hubiera tenido sentido. El resultado hubiera sido muy diferente, si no se le hubiera informado que el límite de velocidad establecido por la ley era de 50 kilómetros por hora; que tan pronto como fuera arrestado, no podría escapar; y que la multa era severa.

Imaginemos que el funcionario de tránsito

hu-biera detenido al joven en medio de su bendita ignorancia con respecto a la alta velocidad, y le hubiera informado: "Tu padre acaba de vender todas sus posesiones y ha pagado la multa de 5.000 dólares por tu desenfreno!" Imaginemos que sólo se le hubiera dicho eso. Que no se le hubiera mencionado la ley ni sus demandas.

Probablemente nuestro corredor le hubiera con-testado: "¿Y qué? Eso fue una necedad." De inme-diato hubiera seguido manejando, un poco perple-jo, pero sin conmoverse. A causa de su ignorancia

de la ley, las buenas noticias de que su padre había pagado la multa no hubieran tenido sentido para él.

De la misma manera, por el hecho que el pecador ignora la norma, la certidumbre y la severidad de la ley de Dios, tampoco tienen ningún sentido las buenas noticias de que el padre pagó la pena que le correspondía a él por el pecado. No tiene idea en cuanto a lo que la ley demanda de él; no entiende la santidad de Dios. No comprende la certidumbre del juicio de Dios, de la eterna condenación.

A causa de esta ignorancia, los pecadores con-tinúan en el pecado. Concon-tinúan "en la vanidad de su mente, teniendo el entendimiento entenebreci-do, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón" (Efesios 4:17,18). Las buenas noticias de que el Padre manifestó su amor al pagar la deuda que al peca-dor le correspondía pagar, no tienen significado para él. Esto efectivamente afirman las Escrituras: "Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden" (1 Corintios 1:18).

La confrontación con las consecuencias

¿Qué podría hacer que nuestro corredor volviera

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El máximo secreto del infierno 25 en sí? Supongamos que esta vez el vigilante de

tránsito lo detiene, pero no le presenta ningunas buenas noticias. El vigilante le informa que la máxima velocidad permitida es de 50 kilómetros por hora, le coloca las esposas en las manos y lo escolta hasta el tribunal. Después que recibe la sentencia, el joven es llevado a la cárcel.

Sólo cuando siente las esposas sobre sus manos y oye que la puerta de la celda se cierra, y ve que se queda encerrado, comprende la severidad de la sentencia y adquiere un cuadro mental adecuado para recibir las buenas noticias. Cuando ve su verdadera situación, ya no se burla de lo que su padre hizo para permitirle el escape. De hecho, la profundidad del entendimiento de su condición a la que llegue nuestro corredor determinará el apre-cio que tenga de las buenas noticias.

¿Comprende usted que al pecador hay que con-frontarlo con la ley y todas las consecuencias, para que pueda apreciar el hecho de que el Padre pagó la multa que le correspondía a él? ¿Puede usted ver que el pecador necesita comprender la realidad de la demanda de la ley de Dios? ¿Que tiene que llegar al punto de absoluta desesperación para que pueda apreciar verdaderamente la gracia?

Métodos comprobados

Juan Wesley decía: "Antes de predicar acerca del amor, la misericordia y la gracia, tengo que predi-car sobre el pecado, la ley y el juicio." A un joven amigo que con frecuencia le pedía consejos, le escribió: "Predica el noventa por ciento acerca de la ley, y el diez por ciento acerca de la gracia."

Veamos la manera como Carlos Spurgeon, el "Príncipe de ios Predicadores", usó la ley de Dios para producir convencimiento:

Pero es más, hay guerra entre ti y la ley de Dios. Los Diez Mandamientos están contra ti. Los primeros cuatro salen y dicen: "Sea maldito porque él me niega. Tiene otro dios además de Mí. Su dios es su estómago; rinde homenaje a su propia sensualidad." Todos los Diez Mandamientos, como diez cañones, están apuntados contra ti hoy, porque has quebrantado todos los estatu-tos de Dios y diariamente has descuidado todas sus demandas divinas.

Alma, te será difícil levantarte en guerra contra la ley.. . . ¿Qué harás cuando la ley se presente con sus terrores, cuando la trompeta del arcángel te levante de la tum-ba, cuando los ojos de Dios penetren ar-dientemente en tu alma culpable, cuando los grandes libros se abran, y tus pecados y vergüenza reciban el castigo?

¿Puede usted imaginar la desesperación que surge en el corazón de un pecador culpable, cuan-do oye tan horribles palabras? jSólo cuancuan-do com-prenda su depravación delante del santo Creador, y la severidad del juicio de Dios, la cruz tendrá significado para él! Sólo entonces clamará con desesperación: "¡Ay de mí! que soy muerto." Sólo entonces se golpeará el pecho y dirá: "¡Dios sé propicio a mí, pecador." Cuanto más comprenda su culpa, tanto mejor.

La Biblia dice: "Todo aquel que invocare el hom-bre del Señor, será salvo" (Romanos 10:13). Cuan-do un hombre se está ahoganCuan-do, no susurra, sino que grita con toda la fuerza. Si no comprende que se está ahogando, ni siquiera llamará. Del mismo

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El máximo secreto del infierno 27 ocurrido si hubiera dicho: "¡Qué tonto fui! Hubiera podido matar a alguien. ¡Merezco esto!" Luego hubiera aparecido su padre en la celda y le hubiera dicho que de cualquier modo él había pagado la multa. El joven hubiera quedado absolutamente quebrantado por tal demostración de amor, y hubiera dedicado su vida a honrar a su padre.

El propósito de la ley

El famoso evangelista A. B. Earle, un hombre lleno del Espíritu Santo, quien escribió los himnos "Traigo las gavillas" y "El reposo de la fe", supues-tamente predicó con más frecuencia que todos los demás predicadores de su tiempo. En cincuenta años, viajó 540.000 kilómetros en los Estados Unidos de América y en Canadá y predicó 19.780 veces. En sus reuniones, 150.000 personas se convirtieron a Cristo.

Earle fue un gran creyente en la predicación sobre el castigo futuro.

He descubierto mediante una larga expe-riencia, que las más severas amenazas de la ley de Dios tienen un lugar prominente en el trabajo de conducir a los hombres hacia Cristo. Estos tienen que verse perdi-dos, para que puedan pedir misericordia. No escaparán del peligro hasta que no lo vean.

El propósito de la ley es cuádruple:

1. Mostrar que el mundo es culpable delante de Dios

2. Permitirnos el conocimiento del pecado 3. Mostrarnos la profundidad del pecado 4. Servir de tutor para llevarnos a Cristo modo, sólo los que entienden que se están

ahogan-do en sus pecaahogan-dos clamarán: "Dios, sé propicio a mí, pecador."

Spurgeon dijo: "¡Los pecadores tienen que ser Inmolados por la ley, para que puedan ser resuci-tados mediante el evangelio!"

Observemos las siguientes citas relevantes del libro Conferencias sobre avivamiento, por el gran predicador Carlos Finney. fTenga en mente que el ministerio de Finney produjo un 80 por ciento de convertidos que permanecieron fieles.)

Es de gran Importancia que al pecador se le haga sentir su culpa, y no se le deje la impresión de que es infortunado.

No tenga temor. Muéstrele la amplitud de la ley divina, y lo estricto de sus preceptos. Indíquele que la ley condena sus pensa-mientos y su vida.

Cuando hablo de un pecador convencido, me refiero a uno que se siente condenado por la ley de Dios, como un pecador

culpa-ble (cursivas añadidas).

En otras palabras, el pecador tiene que verse en verdad. Si nuestro corredor no hubiera entendido su culpa, se habría sentado en la celda a pregun-tarse: "De todos modos, ¿qué hay de malo en to-marse unos tragos y conducir? Yo sólo estaba corriendo a 100 kilómetros por hora." Cuando el padre hubiera llegado y le hubiera dicho: "Hijo yo pagué la multa por ti," probablemente le hubiera respondido: "Ya era tiempo papá. ¡Ábreme ahora la puerta! ¡Quiero quemar cauchos!"

Por otra parte, ¿qué habría ocurrido si su actitud hubiera sido de quebrantamiento? ¿Qué habría

(15)

Hemos visto que la ignorancia de la ley deja al pecador sin cuidado con respecto a su alma. Las buenas noticias con respecto a la obra que se realizó en la cruz del Calvario constituyen una necedad para él. La única manera de despertarlo consiste en mostrarle la ley divina con todas sus consecuencias para el alma culpable. Sólo enton-ces llegará el pecador al punto de la desesperación y clamará que se le dé la salvación. No sorprende, entonces, que la predicación de la ley sea el máxi-mo secreto del infierno.

La técnica

Jesús

CAPITULO 3

de

Estaba yo predicando una vez en la esquina de una calle, cuando un borracho comenzó a fasti-diarme. El hecho de que hablaba en alta voz, sin embargo, me sonaba como música en los oídos. Aumentó mi auditorio de un grupo de alrededor de veinte personas a uno de ciento cincuenta personas en unos pocos minutos. Desgraciada-mente, él no sabía cuándo detenerse. No me deja-ba decir ni una palabra.

En cierto momento, logré llamarle la atención y le pregunté si le gustaría un emparedado. Dijo que no, se volvió a sentar en frente de la gente, y continuó haciéndome preguntas molestas. Luego me preguntó qué clase de emparedados tenía yo. "De jamón", le respondí y de inmediato le entregué uno. Cuando él lo recibió y comenzó a comer, yo comencé a predicar.

Después de unos segundos, volvió a continuar el fastidio. Lo señalé directamente y le grité "|No hable con la boca llena!" La multitud se rió a carcajadas, y el hombre cerró la boca.

(16)

30 Lo que el diablo no quiere que sepas

Cómo hacer que la gente se calle

Hay, sin embargo, una mejor manera de detener el clamor y las preguntas de los pecadores. Jesús sabia hacer eso. De hecho, era un experto en dejar a la gente sin habla. Veamos un ejemplo clásico:

Y he aquí un intérprete de la ley se levantó y dijo, para probarle: Maestro, ¿haciendo que cosa heredaré la vida eterna? El le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees? Aquél, respondiendo, dijo: Amarás al Se-ñor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo. Y le dijo: Bien has respondido; haz esto, y vivirás.

Pero él, queriendo justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo? (Lucas 10:25-29).

Cuando este hombre preguntó qué debía hacer para heredar la vida eterna, Jesús no le dio el mensaje de las buenas noticias. Lo llevó a la ley. Observemos detenidamente el resultado. "Pero él, queriendo Justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo?" (Lucas 10:29)

La Biblia al Día describe la actitud del Intérprete de la ley de una manera más clara: "El hombre, queriendo justificar su falta de amor hacia cierto tipo de personas, preguntó: —¿Ya quién debo considerar mi prójimo?" (Lucas 10:29). Cuando el intérprete de la ley llegó a estar consciente de su culpa, trató de cubrir sus pecados. ¿Por qué? ¡Porque la ley lo puso al descubierto!

Por medio de la parábola del buen samaritano, Jesús procedió a explicarle al abogado, un

"exper-to" en la ley, lo que la ley realmente requería. Cuando el personaje principal del relato que le presentó resultó ser un samaritano, a quien los Judíos despreciaban, el intérprete quedó con la boca cerrada. Después de la parábola, Jesús le preguntó directamente:

¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?

El dijo: El que usó de misericordia con él. Entonces Jesús le dijo: Ve, y haz tú lo mismo (Lucas 10:36,37).

¿Cuál fue la sorprendente respuesta de este abogado? Quedó mudo sin justificación. No había manera en que pudiera justificarse, ¡quedó claro que era culpable!

Observemos lo que dice D. L. Moody acerca de la importancia de predicar la ley:

Como Dios es perfecto, tenía que dar una ley perfecta, y la ley no se dio para salvar a los hombres, sino parar medirlos. Quiero que entiendan esto claramente, porque creo que centenares y millares de personas tropiezan en este asunto. Tratan de salvar-se tratando de guardar la ley; pero no fue dada con el propósito de que los hombres se salvaran por medio de ella.

Preguntémosle a Pablo para que fue dada. La siguiente es su respuesta: "Para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios" (Romanos 3:19). La ley hace que todo hombre cierre la boca. Siempre sé cuando un hombre está cerca del reino de Dios: su boca se cierra.

(17)

Enton-La técnica de Jesús 33 en sentido contrario en una calle que tiene sólo una vía?

Diferentes excusas me vinieron a la mente, pero no había nada que pudiera justificar mi acción. Me sentí culpable.

—No tengo ninguna excusa, señor —le dije. Cerré la boca. Estaba totalmente expuesto y, por tanto, merecía lo que estuviera previsto en la ley. Después de una larga pausa me dijo:

—Bueno, no hubo ningún inconveniente para el flujo del tránsito, y creo que usted no lo volverá a hacer.

Mientras se alejaba de mí, pude ver que por dentro se sonreía.

El funcionario de tránsito tenía dentro de sus facultades la discreción para juzgar si yo estaba verdaderamente arrepentido de mi crimen. ¿Cómo hizo eso? Por las palabras que salieron de mi boca. Estoy seguro de que, si yo hubiera ofrecido cual-quier justificación, él me hubiera castigado con todo el peso de la ley.

Pero por el hecho de que mi boca se cerró, él pudo entender que yo estaba verdaderamente arrepentido. El pudo discernir mi genuino dolor, y decidió manifestarme indulgencia. De la misma manera, Dios hizo provisión por medio de la muer-te de Cristo en la cruz para derramar su miseri-cordia sobre todos aquellos que manifiestan pia-doso dolor por haber transgredido la ley de Dios.

¿Podemos lavarnos con el espejo?

Obviamente, si nos miramos en el espejo y vemos que tenemos la cara sucia, no procedemos a tomar el espejo para lavarnos con él. No, acudi-mos al agua, a causa de lo que heacudi-mos visto en el espejo.

ees, ésta es la razón por la cual Dios da la ley: para que veamos cuál es nuestro ver-dadero carácter. (Tomado de Select Ser-mons).

No hay excusa.

Recientemente descubrí lo que significa hacer-me cerrar la boca. Iba manejando mi carro hacia una tienda fotográfica ubicada en una calle de una sola vía. Desafortunadamente me equivoqué al cruzar y me hallé en el fondo de esa calle. Aunque la tienda estaba a unos trece metros de la esquina, tendría que ir alrededor de la manzana para llegar a ella. ¿Lo haría? Me di cuenta de que si podía mover el carro levemente en cierto ángulo, podría entrar en el estacionamiento de esa tienda en dos o tres segundos. ¡Y eso fue precisamente lo que hice!

¡Al apagar el motor, noté la presencia de la ley! Un funcionario de tránsito me había visto tratando de economizar tiempo. Mientras él cruzaba la calle, la primera reacción que sentí fue de pánico. Si simplemente no lo tomo en cuenta, —pensé— se irá. Agarré mis negativos y corrí hacia la tienda. Cuando estaba en el mostrador, me di cuenta de que, por el apuro, había agarrado el sobre que no correspondía. Al recordar mi compromiso con Cristo, decidí en mi corazón regresar al carro y enfrentarme a las consecuencias.

Regresé al carro y le dije al funcionario de trán-sito que estaba esperándome con paciencia pero que me miraba con firmeza:

—Lo siento, cometí una falta—. Me senté en el carro mientras él miraba mi licencia para condu-cir.

(18)

ía técnica de Jesús 35 prendían el significado de la ley.

Si usted estudia este pasaje, notará que Pedro no predicó acerca de la ley. ¿Por qué? No necesi-taba predicar sobre ese tema. Sencillamente pre-dicó al Cristo crucificado. Como resultado, estos judíos pidieron ayuda con corazones arrepentidos.

Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos? (He-chos 2:37, cursivas añadidas).

La ley había sido el tutor para llevarlos a Cristo. Como los judíos que se habían reunido en el día de Pentecostés, Cornelio era un hombre devoto. La ley de Dios que estaba en su corazón había hecho que estuviera consciente del pecado; por tanto, no necesitaba que se le hablara más de la ley; nece-sitaba la gracia. Tan pronto como se predicó a Cristo, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oyeron las palabras de Pedro (véase Hechos

10:44).

Nicodemo, un principal de los judíos, se acercó a Jesús con un espíritu diferente. El no había llegado para tentar a Cristo. Se había acercado con una comprensión de la ley; él era culpable delante de Dios, y lo sabía. Llegó con un humilde recono-cimiento de la divinidad de Cristo. Jesús de inme-diato le presentó el mensaje de la cruz. No necesi-taba que se le dijera nada de la ley, ni del pecado, ni del juicio. Jesús sencillamente le presentó las buenas nuevas.

Examinemos el caso cuando Natanael aceptó a Cristo:

Felipe halló a Natanael, y le dijo: Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés La ley nos muestra nuestro verdadero estado.

Nos Indica que estamos sucios delante de Dios. Lavarnos con la ley es una necedad tan grande como limpiarnos la cara con el espejo. La ley es el espejo que nos motiva a ser limpios por la sangre de Cristo.

Notemos que cuando Jesús respondió a la pre-gunta del intérprete de la ley, no le predicó el mensaje de la cruz. No le dijo: "De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios" (Juan 3:3). Tampoco le dijo: "Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo" (He-chos 16:31).

¿Por qué no le predicó las buenas nuevas al abogado? La Biblia nos revela la actitud de su corazón: "Y he aquí un intérprete de la ley se levantó y dijo, parar probarle: Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna?" (Lucas 10:25, cursivas añadidas).

¿Puede usted comprender que este hombre no estaba listo para oír el mensaje de las buenas nuevas? Su pregunta no indicaba contrición. No era un pecador arrepentido; no tenía conocimiento del pecado, porque no tenía entendimiento de la ley. El apóstol Pablo describió a tal persona con las siguientes palabras: "Porque ignorando la Jus-ticia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios" (Romanos 10:3, cursivas añadidas).

Cuándo está lista una persona para oír

el mensaje de gracia

El día de Pentecostés, Pedro predicó a judíos devotos. El término griego que se tradujo por medio de nuestro vocablo devoto literalmente sig-nifica "bien agarrados". En otras palabras,

(19)

com-La técnica de Jesús 37

Sabiduría para dar el testimonio

No mucho tiempo después que descubrí el "máximo secreto del infierno", fui a Australia para realizar una serie de reuniones. Una tarde decidí suspender mis preparativos, y salí a ca-minar. Al ver a una mujer que, con el dedo pulgar, pedía auxilio a los automovilistas para avanzar un trayecto en la carretera, me acerqué a ella y comencé una conversación. Pronto me encontré diciéndole:

—¿Por qué usted no se hace cristiana? ¡Es emo-cionante! Dios le dará amor real y gozo en su corazón.

Ella se volvió hacia mí y me dijo:

—¡Eso lo puedo conseguir en el mundo!

Inmediatamente comprendí que le estaba dando mi testimonio en la forma tradicional. En vez de llevar a la mujer a los pies de Cristo mediante el uso de la ley, había tratado de atraerla presentan-do ante sus ojos los beneficios de la salvación. Rápidamente cambié el procedimiento y dije:

—Sí, pero el mundo no le puede dar justicia, y eso es lo que va a necesitar el día del juicio. Dios la juzgará según la norma de la ley, según los Diez Mandamientos.

De repente se sintió convencida de su culpa, y comenzó a buscar un automovilista que la llevara una distancia en la carretera. Podemos enredar-nos con el mensaje del evangelio centrado en el hombre. Lo que hemos querido comunicar en el mensaje de la felicidad, y no en el mensaje de la justicia.

Un domingo decidí predicar en nuestra propia iglesia sobre la ley. Había leído los libros de Finney con respecto al pecador que suspira tan fuerte-en la ley, así como los profetas: a Jesús el

hijo de José, de Nazaret.

Natanael le dijo: ¿De Nazaret puede salir algo de bueno? Le dijo Felipe: Ven y ve. Cuando Jesús vio a Natanael que se le acercaba, dijo de él: He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño.

Le dijo Natanael: ¿De dónde me conoces? Respondió Jesús y le dijo: Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.

Respondió Natanael y le dijo: Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel (Juan 1:45-49).

Sólo podemos conjeturar lo que Natanael estaba pensando cuando estaba debajo de la higuera, pero las palabras de Jesús nos dan un buen indicio: "He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño" (Juan 1:47). El había sido criado en conformidad con la ley, y era verdadero, no sólo en palabras, sino que obedecía la ley. Leía la ley de Dios en verdad, y no la torcía para que se adecuara a sus pecados, como lo hacían los fariseos.

Creo que Natanael vivía bajo la carga y el peso de su pecado. Esta es la razón por la cual inme-diatamente abrazó al Salvador. La Biblia dice: "La ley y los profetas eran hasta Juan; desde entonces el reino de Dios es anunciado, y todos se esfuerzan por entrar en él" (Lucas 16:16).

¿Qué significan las palabras "todos se esfuerzan por entrar en él?" significan que la ley estaba cumpliendo su cometido en Israel. Multitudes es-taban trabajadas y cargadas bajo la culpa del pecado, y venían en tropel a Juan el Bautista para reconocer su culpa.

(20)

La técnica de Jesús 39 mente que levanta los hombres. Precisamente eso

ocurrió. Al hacer la invitación, una Joven se puso en pie y pasó adelante por el pasillo de la iglesia, suspirando y levantando los hombros. Obviamen-te sentía fuerObviamen-temenObviamen-te el convencimiento de su pecado. Nunca había visto nada semejante.

En el área del testimonio personal, necesitamos discernir si la persona es un Nicodemo o un endurecido fariseo. No se necesita un gran dis-cernimiento para descubrir la actitud de una per-sona hacia el pecado y el juicio.

En cuanto a sabiduría para dar el testimonio, Dios ha prometido darla (véase Santiago 1:5). Si usted está compartiendo su fe con alguien que no tiene comprensión del pecado, use la ley para conmoverlo. Si el pecador se siente profundamen-te cargado por la culpa de su pecado, no necesita un despertamiento. Necesita al Salvador.

Estudie los diferentes ejemplos que se presentan en la Biblia. No fue necesario convencer de pecado a la mujer samaritana. Ella sabía que había que-brantado el séptimo mandamiento al cometer adulterio (véase Juan 4:17-26).

El carcelero romano de Filipos sabía la ley de Dios. Cuando preguntó qué debía hacer para ser salvo, esa pregunta no surgió a causa del terremo-to que había pasado. Se humilló para pedir la salvación de la ira contra su pecado. Fue entonces cuando el apóstol Pablo le predicó a Cristo.

Debemos seguir las palabras probadas de Carlos Finney, quien dijo:

Si usted habla con un pecador no conver-tido, convénzalo.

Si usted habla con un pecador convencido, conviértalo.

Si usted ve a un pasajero que no ve la necesidad de ponerse el paracaídas, porque se siente satis-fecho tomándose el alimento y viendo la película, no le diga: "Por favor, póngaselo; será mejor que ver la película y comer."

No, jeso no tiene sentido! Si usted quiere que se lo ponga y que lo mantenga puesto, dígale que tendrá que saltar. Dígale: "Bueno, si usted quiere que su carne y sus huesos queden esparcidos en el campo, siga comiendo y viendo la película. Usted tiene el derecho de decidir." Entonces, por un motivo correcto, se pondrá el paracaídas.

Cuando ve que los pecadores no se han vestido del Señor Jesucristo, no les diga que él mejorará sus vidas. Eso genera un motivo incorrecto. Há-bleles del salto que tendrán que dar, que "está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio" (Hebreos 9:27); que el puño de la justicia eterna los empu-jará a la perdición, si permanecen en sus pecados;

que a menos que se arrepientan, perecerán.

¿Cómo deben acudir a Cristo los

pecadores?

Cuando Cristo habló del reino de Dios, hizo las siguientes observaciones:

Entrad por la puerta estrecha; porque an-cha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puer-ta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan (Mateo 7:13,14, cursivas añadidas).

Esforzaos a entrar por la puerta angosta; porque os digo que muchos procurarán

(21)

CAPITULO 4

¿Una entrega a

empujones?

Hace algún tiempo, una mujer acudió a mí con lágrimas en los ojos y me relató que dos años antes, ella y su marido habían oído la predica-ción del evangelio. Un tremendo sentido de con-vencimiento de pecado se había apoderado de ella. Así que tomó de la mano a su marido y lo haló hacía adelante para que pasara a manifes-tar que recibía a Cristo como Salvador personal. Los dos tomaron la decisión de recibir a Cristo. Ella acudió a Cristo por cuanto comprendió su pecado y sabía que necesitaba misericordia y perdón. El acudió a Cristo por complacer a su esposa. Aunque ella pudo sostener a su marido durante dos o tres meses, con el tiempo se volvió tibio, luego se descarrió y por fin se sintió amar-gado. En el momento cuando ella hablaba con-migo, el matrimonio se había disuelto, y ella se sentía responsable.

Me pareció bien difícil consolarla, porque ella tenía razón: era responsable. Ella fue sincera, pero estaba desorientada. El se había apartado

del santo mandamiento, y su postrero estado había llegado a ser peor que el primero (véase 2 Pedro 2:20).

Cuando advierto a mis hermanos sobre el pe-ligro de conducir a Cristo pecadores que rio tienen ninguna conciencia de pecado, hablo ba-sado en la experiencia. Cuando yo era nuevo convertido, tenía un celo desorientado. Con un librito al estilo de Cuatro pasos fáciles entre manos, conduje a unos veinte o treinta personas para que hicieran la oración del pecador arre-pentido. Por desgracia, el 95 por ciento de ellas volvieron atrás.

Ahora puedo comprender que, aunque yo era sincero, las personas que oraron conmigo no clamaban por misericordia. Simplemente esta-ban tratando de probar si lo que yo les decía era la verdad. Mis nuevos "convertidos" pronto se desilusionaron.

La siguiente carta resume la experiencia de muchos cristianos que igualmente se desilusio-naron con los modernos métodos de la evangeli-zación:

Mi amigo y yo hemos tocado unas qui-nientas puertas con el mensaje del evan-gelio, y me he sentido absolutamente frustrado por la falta de respuesta. Ahora vemos lo inútil que es predicar si se ex-cluye la ley de Dios.

Obtuvimos unas pocas "decisiones", pero luego no dieron resultado. Con frecuen-cia las personas toman decisiones para quitarse de encima al que les da el men-saje, y luego hacen imposible que uno vuelva a tener contacto con ellos.

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Sabiduría para dar el testimonio

La Biblia nos dice: "El que gana almas es sabio" (Proverbios 11:30). No es necesario decir que el que vacuna contra el evangelio destruye el propósito en sí de la evangelización. Pero surge la pregunta: ¿Es sabio porque gana almas, o gana almas por-que es sabio?

Si somos sabios discerniremos la condición del corazón de la persona. ¿Es sincera como Nicode-mo, o arrogante como el intérprete de la ley que no tenía comprensión del pecado, ni de la justicia, ni del juicio? Si es como Nicodemo, se le deben dar las buenas noticias de la salvación; si es como el intérprete de la ley, se debe usar la ley para conmover su conciencia y su voluntad. Si no está consciente de su pecado, debemos producir en él convencimiento; si está convencido, entonces es-tamos en condiciones de convertirlo.

Cuando la cosecha está madura, el fruto prácti-camente cae en la cesta. Pensemos en la conver-sión del eunuco etíope. |Dios dirigió a Felipe para que se encontrara con un alma que estaba madura para la salvación! Si usted tiene que torcer y doblar una rama para quitarle una manzana, probable-mente la hallará acida.

Jesús nunca presionó la entrega de aquellos que no estaban dispuestos a abandonarlo todo. Cuan-do el intérprete de la ley lo probó diciénCuan-dole: "Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna?" (Lucas 10:25), Jesús no le dijo que debía hacer la oración del pecador arrepentido. Le pre-dicó acerca de la ley, y así conmovió su conciencia de pecador.

Cuando muchos de sus discípulos volvieron atrás, según nos lo dice Juan, en el capítulo 6 de

¿Una entrega a empujones? 45 su evangelio, Jesús no acomodó su doctrina para mantenerlos en el reino. Cuando Jesús le dijo al joven rico que vendiera todo lo que tenía y éste se fue triste, Jesús no lo llamó para que se devolviera, o para decirle: "¿Cómo te parece que vendas sólo la mitad de tus bienes?"

He estado en grandes reuniones en los cuales los ministros predican sobre las buenas noticias, destacando la gracia sin la ley, y luego invitan a los pecadores a que tomen la decisión de recibir a Cristo. La música comienza a sonar suavemente, y una docena de consejeros lentamente caminan hacia adelante para hacer que la respuesta del pecador sea más fácil. Al averiguar por qué se hace esto, se da la siguiente justificación para usar un método como ése: "Haremos cualquier cosa para que la gente sea salva."

No dudo de la sinceridad de los que hacen esto, pero observo el fruto de ese método. Tal vez uno de cada diez pecadores haga una entrega genuina, pero ¿qué diremos con respecto a los otros nueve que han sido seducidos para que respondan emo-cionalmente? ¡Estos han sido vacunados contra el cristianismo! Estoy seguro de que usted estará de acuerdo en que algunas de las personas a las cuales es más difícil dar el testimonio son aquellas que alguna vez tomaron una decisión de aceptar a Cristo como Salvador, y después se enfriaron o se sintieron amargados con el evangelio.

Hemos olvidado que Dios nos ha llamado a sembrar la semilla y dejar los resultados en manos de él. Si nosotros cosechamos con regocijo, es muy probable que otra persona haya sembrado con lágrimas. Si fielmente sembramos la semilla, la falta de respuesta no es razón para que nos

(23)

mos apresurados o creamos que hemos fracasado. Los predicadores no deben prolongar la invitación a fin de que alguno acepte la salvación, mientras se canta el himno "Maravillosa gracia" dos veces más, esperando que alguna mano indique la deci-sión. Dios es fiel; su palabra no volverá vacía.

Hay que pegar en el blanco.

El oyente que es suelo fértil, que da fruto, antes oyó la palabra y la entendió. Tenemos que asegu-rarnos de que el pecador oiga la palabra y la entienda. No tiene que acudir a Cristo teniendo aún la idea de que la cruz es una locura; tiene que considerarla como el poder de Dios.

El predicador tiene que comprender que lo que vale no es el estallido del arma, sino el hecho de que la bala pegue en el blanco. Algunos sólo nos ocupamos en entregar el mensaje, y no nos preo-cupamos por el objeto hacia el cual va dirigido. El pecador tiene que entender su pecado, su depra-vación, su condenación y su juicio; sólo la ley de Dios puede hacer eso de manera eficaz.

Los evangelistas del siglo diecinueve blandieron con inteligencia la ley de Dios en la predicación, y cosecharon el fruto de verdaderas conversiones. Recuerde estas dos declaraciones de grandes pre-dicadores cuyos ministerios fueron eficaces:

Para esto, entonces, Dios nos da la ley: para que veamos nuestro verdadero carác-ter. {D. L. Moody)

Observo que [la ley] es la norma, la única norma justa por la cual puede medirse la culpa del pecado. (Carlos Finney)

El oyente que es suelo fértil comprende su

ver-dadera condición delante del juez del universo. Clama de corazón: "¡Ay de mí que soy muerto!" Así admite su maldad. Recibe la palabra implantada con un corazón bueno y sincero y exclama: "Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio." Su arrepenti-miento y su fe en Dios lo establecen sobre un fundamento seguro. Produce fruto con perseve-rancia (véase Lucas 8:15).

Con tranquila humildad, el nuevo convertido se arraiga en la palabra de Dios. Crece en fidelidad, en confesión de pecado y en obediencia a la pala-bra que se va desarrollando ante sus ojos.

Cuando la marcha se hace difícil

Por el hecho de que este creyente es suelo fértil y tiene profundas raíces, sólo puede beneficiarse de la luz del sol. Cuando vienen la persecución, la tribulación y la tentación, sólo lo hacen crecer. Las pruebas hacen que sus raíces se profundicen aun más en busca de la humedad. No sólo dará fruto, sino que este fruto permanecerá (véase Juan

15:16).

Así como nuestro amigo se puso el paracaídas con el fin de alistarse para el salto y no para tener un vuelo feliz, así el creyente que es suelo fértil acudió a la cruz por la razón correcta. El se regocija en la tribulación porque su nombre está escrito en el cielo. El vuelo puede ser tormentoso, pero es seguro, mientras mantenga firmemente el paracaídas sobre su espalda.

En una ocasión Pablo y Silas tuvieron un vuelo tormentoso, después de recibir muchos latigazos y ser encarcelados. En vez de caer en la trampa de sentir compasión por sí mismos, oraron y canta-ron alabanzas a Dios (véase Hechos 16:25). No se regocijaron por el vuelo; se regocijaron porque sus

(24)

¿Una entrega a empujones? 49 nombres estaban escritos en el cielo. Cuando el

fuego de la tribulación cayó sobre ellos, no se marchitaron ni murieron. ¡Crecieron!

Con este pensamiento en mente, ¿qué otra cosa nos dicen las Escrituras con respecto a la tribula-ción? "Hermanos míos, tened por sumo gozo cuan-do os halléis en diversas pruebas, sabiencuan-do que la prueba de vuestra fe produce paciencia" (Santiago

1:2,3).

En otras palabras, pequeña planta, regocíjate cuando el sol brilla sobre ti, porque eso hará que produzcas el fruto de la paciencia. El apóstol Pablo también vio el beneficio de la luz del sol: "Sobre-abundo de gozo en todas nuestras tribulaciones" (2 Corintios 7:4).

Las Escrituras también dicen: "En lo cual voso-tros os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas" (1 Pedro 1:6). Pedro dice: "Pequeña planta, tú puedes marchitarte levemen-te al principio, cuando el calor del sol comienza a arder sobre tus hojas, pero eso sólo sucederá según sea necesario."

Por cuanto Dios es un labrador, amoroso y cuidadoso, se asegura de que la planta reciba suficiente luz del sol. El sabe que la luz del sol hace que las raíces se extiendan en búsqueda de hume-dad. Con frecuencia la profundidad de las raíces es mayor que la altura del árbol, y su extensión supera la extensión de las ramas. Algunos árboles grandes chupan de la tierra hasta 250 galones de agua diariamente. Las raíces de los árboles siem-pre crecen hacia la humedad.

El santo que es genuino, en medio de la tribula-ción, siempre crecerá hacia el Espíritu de Dios. La

luz del sol lo lleva a ponerse de rodillas en humilde rendimiento a El. No levantará su puño contra Dios cuando vea la primera señal de que se le presentan problemas.

La aflicción obra a favor de nosotros.

Retrospectivamente, me doy cuenta de que el tiempo de mi mayor rendimiento a Dios ocurrió durante mi experiencia en el desierto, es decir, precisamente después de mi conversión. Nunca había experimentado tal pesadumbre, pero eso me puso de rodillas en busca de la humedad. Fre-cuentemente le echamos la culpa de la tribulación al enemigo, cuando en verdad Dios usa este mismo instrumento para cumplir su voluntad en nuestra vida.

El Espíritu Santo llevó a Jesús a su experiencia en el desierto (véase Lucas 4:1). Aunque él era un hijo, aprendió la obediencia de lo que sufrió. El Salmo 66 nos muestra por qué no debemos des-preciar el calor de la tribulación.

Bendecid, pueblos, a nuestro Dios, Y haced oír la voz de su alabanza.

El es quien preservó la vida a nuestra alma, Y no permitió que nuestros pies resbalasen. Porque tú nos probaste, oh Dios;

Nos ensayaste como se afina la plata. Nos metiste en la red;

Pusiste sobre nuestros lomos pesada carga. Hiciste cabalgar hombres sobre nuestra cabeza;

Pasamos por el fuego y por el agua, Y nos sacaste a abundancia

(Salmo 66:8-12).

(25)

que-¿Una entrega a empujones? 51 marnos, sino para purificarnos. El nos hace pasar

por el agua, no para ahogamos, sino para lavarnos. El hecho de entender que el Señor castiga a los que ama, nos capacita para soportar las pruebas. "Por-que esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria" (2 Corintios 4:17).

¿Puede comprender ahora que la aflicción obra a favor de nosotros? El tiempo que pasé en mi experiencia del desierto obró a favor mío. Dios me demostró su propósito, de manera que pude creer y producir fruto. David dijo:

Bueno me es haber sido humillado, para que aprenda tus estatutos (Salmo

119:71).

La persona definitivamente salva crecerá espiri-tualmente durante las tribulaciones y las tentaciones. Esta es una evidencia de genuino arrepentimiento y de verdadera salvación.

En busca del fruto

Hay otra manera de determinar la condición del alma del que se convierte. La Biblia nos exhorta a examinarnos para ver si estamos "en la fe" (2 Corintios 13:5). ¿Debemos examinar nuestra tar-jeta de decisión, o revisar nuestra condición de

miembro en la iglesia? No. Debemos examinar el fruto.

Por nuestro propio bien y por el bien del pecador, necesitamos evaluar a los que se convierten y ver si dan fruto. ¿Por qué? Primero, para saber cuáles son aquellos que causan divisiones, y averiguar quiénes son lobos entre las ovejas:

Guardaos de los falsos profetas, que vienen

a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis (Mateo 7:15,16).

Porque yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapa-ces, que no perdonarán al rebaño. Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos (Hechos 20:29,30).

Salieron de nosotros, pero no eran de no-sotros; porque si hubiesen sido de noso-tros, habrían permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestase que no todos son de nosotros (1 Juan 2:19).

Un evangelio que conduzca a los pecadores a un compromiso, sin conciencia de pecado, producirá una cosecha de personas que no tienen celo, ni fuego, ni fruto; serán pecadores que han tomado la decisión, pero que no sienten ardor por la obra de Dios.

Los cristianos infructíferos y tibios realmente no forman parte del cuerpo de Cristo. Caen pesados en el estómago del Señor, hasta que se los vomite de la boca. Carecen de celo por los perdidos. No se asimilan en el cuerpo de Cristo para convertirse en sus manos, sus pies y su boca.

Fruto que permanece

En un libro titulado Evangelización por medio del estilo de vida, Jim Petersen, un predicador experimentado, comparte sus preocupaciones con respecto a las conversiones superficiales. Escribe con respecto a muchas campañas de evangeliza-ción a las cuales acuden las masas, y que tienen

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¿Una entrega a empujones? 53 un efecto tremendo sobre la cristiandad . . .

du-rante unos tres meses.

Con toda sobriedad, Petersen declara lo siguiente:

Las campañas evangelísticas de satura-ción se han realizado en numerosas oca-siones tanto en la América Latina como en (otros) países. Pero las investigaciones so-bre la eficacia de las mismas que han hecho los estudiosos de la obra misionera, demuestran que han tenido muy poco resul-tado, o que el crecimiento no ha sido dura-dero.

En un capítulo titulado "El factor de la heren-cia", este escritor estudia los insignificantes resul-tados de la predicación del apóstol Pablo a las multitudes paganas (Hechos 17:34) y los asombro-sos resultados de la predicación de Pedro el día de Pentecostés (Hechos 2:37-41). ¿Cuál fue la dife-rencia? ¿Estaba Pedro más lleno del Espíritu San-to que Pablo? ¿Sabía Pedro comunicarse mejor? No. La diferencia estaba en que la herencia religio-sa Judia habla preparado a los que oyeron a éste para que respondieran con afán al evangelio.

;Cuán cerca de la verdad se halla este autor! ¡La ley les sirvió como tutor para llevarlos a Cristo!

Muchos hombres de Dios están frustrados a causa de lo que ven en la Iglesia hoy. En sentido general, no somos el poderoso ejército que debié-ramos ser. Nuestras iglesias están llenas de oyen-tes que han sido sembrados en pedregales, que son cizaña en medio del trigo, murmuradores, quejumbrosos, apagadores del Espíritu, y lobos que están en medio de las ovejas. Dan la apariencia de estar entrando en el corral de las ovejas por la

puerta, pero en verdad están trepando por otra parte, y nuestros sinceros métodos de evangeliza-ción del siglo veinte se acomodan a esta circuns-tancia.

Necesitamos volver a la evangelización de base bíblica y, cuando sea necesario, usar la ley para producir el reconocimiento del pecado. Sólo enton-ces veremos a los perdidos y no regenerados trans-formarse en obreros fervientes, eficaces, fieles y osados que enderezarán el rumbo de su mundo hacia el reino de Dios.

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