La manera de producir convencimiento en el corazón del pecador consiste en hacerlo pasar por los Diez Mandamientos (véase Éxodo 20:1-17). Al hacer esto, vea usted si podría permanecer vivo después de cada uno de estos disparos; observe cómo la ley aniquila la justicia propia.
1. "No tendrás dioses ajenos delante de mi." Esto significa que debemos amar a Dios con todo el corazón, con toda la mente, con toda el alma y con todas las fuerzas.
Jesús explicó la esencia de este mandamiento cuando dijo: "Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo" (Lucas 14:26). Esto es lo que comúnmente llamamos una hipérbole; es decir, un contraste entre el amor y el odio, para hacer hinca- pié. Nuestro amor hacia nuestro Creador, el que nos dio la vida, debe ser tan grande que todos nuestros afectos deben parecer odio si se comparan con él.
Hace muchos años compré un televisor a color para que mis hijos pudieran ver los programas infantiles de la tarde. El primer día que tuvimos 4 televisor, llegué al hogar y noté que mis hijos m. estaban esperándome en la puerta para saludar- me. Estaban pegados al televisor. Mi llegada ¡I hogar dejó de ser importante.
Me dirigí al televisor, lo apagué, y les dije: "Mu- chachos, compré este televisor para que ustedes lo disfruten; pero si se va a interponer entre uste- des y su amor hacia mí, devolveré el aparato. Este es un orden de afectos que está equivocado. Uste- des están poniendo su afecto en el regalo, y no en el que hizo el regalo."
Del mismo modo, si amamos al marido, a la esposa, al hijo, al novio, a la novia, el carro, los deportes, la motocicleta^ la música, o aun nuestra vida más que a Dios, estamos poniendo nuestros afectos en la dádiva, y no en el Dador. Es un orden equivocado de afectos, que la Biblia llama "pasio- nes desordenadas". Dios se manifiesta celoso con nuestro amor. El debe ser el punto focal de nues- tras vidas y nuestro afecto.
En mis veintidós años de vida no cristiana, ciertamente yo no amaba a Dios con el corazón, con la mente, con el alma, y con las fuerzas; de hecho, su mismo nombre era para mí el epítome del aburrimiento. Cuando la verdad con respecto a Dios me fue revelada, comprendí que yo había fracasado miserablemente en cuanto a cumplir el primer mandamiento.
2. "No te harás imagen." Esto se refiere a los que "cambiaron la verdad de Dios por la mentira" (Romanos 1:25). Multitudes de personas hacen a Dios a su propia imagen al decir: "Mi Dios es un
Dios de amor; nunca crearía un infierno."
La ironía está en que tienen razón. El dios de ellos nunca crearía un infierno, ¡porque sencilla- mente no existe! Ese dios es una ficción. Está rbrmado para que se conforme a sus pecados. Los dioses de ellos no tienen mandamientos ni dicta- dos morales, porque son mudos. "Semejantes a ellos son los que lo hacen, y cualquiera que confia en ellos" (Salmo 115:8).
SI un hombre fuera caminando sobre una vía férrea, y viera un tren que se dirigiera a toda velocidad hacia él, y cerrara los ojos, y dijera: "Creo que ese es un tren de gelatina", ¿cambiaría eso la realidad? Lo que él crea no importa. Lo que impor- ta es que si él no se aparta de la vía férrea, ¡el tren lo dejará como un hombre de gelatina!
La verdad es que no importa lo que creamos con respecto a Dios. El dice: "Porque yo Jehová no cambio" (Malaquías 3:6). La Biblia nos advierte que los idólatras no heredarán el reino de Dios (véase 1 Corintios 6:9).
3. "No tomarás el nombre de Jehová tu Dios
en vano; porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano." Jesús dijo:
"Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio" (Mateo 12:36).
Una vez estaba yo sentado en el mostrador de un restaurante cerca de dos señoritas que estaban hablando. Después de unos cinco minutos, le ofrecí a una de ellas un librito. Ella notó que era un librito cristiano y dijo que ella era cristiana. Me volví hacia su amiga y le dije:
—Pero usted no lo es, ¿verdad? —¿Por qué dice eso? —me preguntó.
—Porque en los últimos cinco minutos —le res- pondí con mansedumbre— usted ha blasfemack el nombre de Dios cuatro veces.
- | D i o s mío, es cierto! —dijo, poniéndose la ma- no sobre la boca.
—Cinco veces —añadí, y le expliqué—: Cuand: un hombre se machuca el dedo pulgar con ur martillo, puede expresar su dolor y disgusto pe: medio de una grosería o bien puede usar el nombre de Dios. Cuando hace esto, toma el Nombre que es sobre todo nombre, el nombre de su Creador, y lo rebaja al nivel de una grosería sucia.
"Eso se llama blasfemia —le dije bondadosa- mente a la joven—. No me gustaría estar en su lugar en el día del juicio, ni aunque me dieran todc el oro del mundo.
Me miró directamente y me dijo: —Usted ha arruinado mi día.
Realmente estaba disgustada. La obra de la Íes- estaba escrita en su corazón.
4. "Acuérdate del día de reposo para santifi-
carlo." En veintidós años de vida no cristiana, no
le di a Dios ni un minuto de adoración, y menos aún uno de cada siete días.
Aunque él me dio los ojos, los oídos, la mente, la facultad de razonar, y la misma vida, nunca me molesté en decir: "¡Oh Dios, tú me diste la vida! ¿Qué requieres de mí?"
5. "Honra a tu padre y a tu madre." ¿Quién puede decir que ha guardado este mandamiento? La palabra "honrar" significa "valorar". La idea que Dios tiene del valor y la que nosotros tenemos de la misma palabra, sin duda alguna, son polos opuestos. Leemos en Efesios 6:2 que éste es el
primer mandamiento con promesa. Por tanto, si se quebranta, no nos irá bien en todos los días de nuestra vida, y nuestros días no se prolongarán en la tierra.
Dios dio algunas advertencias en el Antiguo Testamento a los hijos que se nieguen a honrar a sus padres.
Si alguno tuviere un hijo contumaz y re- belde, que no obedeciere a la voz de su padre ni a la voz de su madre, y habiéndole castigado, no les obedeciere; entonces lo tomarán su padre y su madre, y lo sacarán ante los ancianos de su ciudad, y a la puerta del lugar donde viva; y dirán a los ancianos de la ciudad: Este nuestro hijo es contumaz y rebelde, no obedece a nuestra voz; es glotón y borracho. Entonces todos los hombres de su ciudad lo apedrearán, y morirá; así quitarás el mal de en medio de ti, y todo Israel oirá y temerá (Deuterono- mio 21:18-21).
El ojo que escarnece a su padre y menos- precia la enseñanza de la madre, los cuer- vos de la cañada lo saquen, y lo devoren ios hijos del águila (Proverbios 30:17).
6. "No matarás." La Biblia dice: "Todo aquel que aborrece a su hermano es homicida; y sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanen- te en él" (1 Juan 3:15). El Nuevo Testamento no sólo se refiere a acciones externas, sino a las motivaciones internas de nuestros corazones.
Jesús pronunció estas penetrantes declaracio- nes:
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Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de Juicio. Pero yo os digo que cualquiera que se enoje con su hermano, será culpable de Juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego (Mateo 5:21,22).
El odio, la ira no santa y el uso de insultos para atacar a los oponentes son prácticas que nos colocan en peligro de sufrir los fuegos del infierno, y en la misma forma como si hubiéramos tomado un arma y asesinado a la persona.
7. "No cometerás adulterio." Como en el caso del anterior mandamiento el Nuevo Testamente nos demuestra la esencia del amor puro de Dios. Jesús dijo: "Os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón" (Mateo 5:28).
En la ley civil, el hecho de conspirar para come- ter un crimen, puede ser una transgresión igual a la comisión del mismo crimen. Dios sabe que el que tiene tentaciones sexuales se detiene del adul- terio, no por causa de la conciencia, sino por la causa de la falta de oportunidad. Los adúlteros no heredarán el remo de Dios (véase 1 Corintios 6:9). 8. "No hurtarás." Ningún ladrón entrará en el remo de Dios. ¿Pero qué tenemos que robar para convertirnos en ladrones? Sencillamente, un su- jetapapeles, o dejar de pagar los impuestos. Si
usted ha tomado cualquier cosa que no le perte- nece, por más pequeña que sea, no entrará en el
reino de Dios (véase 1 Corintios 6:10).
Tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo, no describen sólo los pecados de comisión, sino tam- bién los de omisión. Si no hemos satisfecho alguna necesidad con nuestros recursos, ¿no somos tan culpables como si hubiéramos robado al menos afortunado?
No te niegues a hacer el bien a quien es debido, cuando tuvieres poder para hacer- lo. No digas a tu prójimo: Anda, y vuelve, y mañana te daré, cuando tienes contigo qué darle (Proverbios 3:27,28).
Y al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado (Santiago 4:17).
Robar al menos afortunado por nuestra inacti- vidad es un crimen ante los ojos de Dios. Muchas personas nunca han considerado que su falta de generosidad también es robar a Dios lo que legíti- mamente le corresponde.
¿Robará el hombre a Dios? Pues vosotros me habéis robado. Y dijisteis: ¿En qué te hemos robado? En vuestro diezmos y ofrendas. Malditos sois con maldición, por- que vosotros, la nación toda, me habéis robado (Malaquías 3:8,9).
9. "No hablarás contra tu prójimo falso tes-
timonio." Con mucha frecuencia se da al falso
testimonio el nombre de "mentiras piadosas". En las mentiras también están incluidas las exagera- ciones. El hecho de permanecer en silencio para recibir crédito falso por algún logro de otra perso- na, es también una mentira. Un sutil cambio de tono, una inflexión o cualquier expresión puede
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do que el ojo del Santo Dios está sobre él?
Una vez prediqué una serie de siete sermones. El último día, un joven que se sentía desgraciado se me acercó y me dijo: "Estos siete días han sido los peores de mi vida, ¡gracias a usted!" Me sentí sumamente alentado.
Aunque un pecador pueda sentirse desgraciado y esté tembloroso, eso no significa que esté arre- pentido. El gobernador Félix tembló, pero no quiso abandonar el pecado. No clamó: "Entonces, ¿qué tengo que hacer?" El estaba "accesible", pero no estaba "ansioso". Si el apóstol Pablo hubiera logra- do que Félix "tomara una decisión", sin duda alguna hubiera sido poco sincera.
¿Cómo puede uno saber normalmente la dife- rencia entre un pecador que es accesible y uno que está ansioso? El pecador que se halla convencido de su necesidad, se manifiesta intranquilo y baja la cabeza como un niño que ha sido atrapado en su desobediencia. Carlos Finney, en su libro Cómo
experimentar él avlvamiento, da un excelente con-
sejo sobre cómo hablar con los pecadores que se sienten ansiosos:
Saque a la luz los pecados particulares del
individuo. El hecho de hablar en generali-
dades contra el pecado no producirá resul- tados. Usted tiene que hacer que el hombre se dé cuenta de que usted está hablando de él. Un ministro que no pueda hacer que sus oyentes descubran que se está refirien- do a ellos, no puede lograr mucho. Algunas personas tienen mucho cuidado de no mencionar los pecados particulares de los cuales saben que los individuos son culpa- bles, por temor a herir sus sentimientos. ser tan desorientadora y falta de veracidad come
la mentira más osada.
Cualquiera que miente se coloca al lado dei mismo Satanás, el padre de la mentira. La Biblia dice: "Todos los mentirosos tendrán su parte en e] lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda" (Apocalipsis 21:8).
10. "No codiciarás." Esto no sólo significa que no debemos ser avaros y materialistas. El que codicia no heredará el reino de Dios (véase 1 Corintios 6:10). El apóstol Pablo nos exhorta a que en vez de siempre estar agarrando más, estemos satisfechos con lo que tenemos. "Pero gran ganan- cia es la piedad acompañada de contentamiento . . Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto" (1 Timoteo 6:6,8).
"Porque cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos" (Santiago 2:10). Los que se aferran a
sus pocas hojas de higuera de justicia propia desesperarán en sus esfuerzos a la luz de esta verdad que será el último clavo de su ataúd. Usted no tiene que transgredir diez leyes civiles para que la ley lo persiga. Basta con que infrinja una para que sea un infractor de la ley.