• No se han encontrado resultados

esto es para ti Eva Mayro

N/A
N/A
Protected

Academic year: 2021

Share "esto es para ti Eva Mayro"

Copied!
280
0
0

Texto completo

(1)
(2)
(3)

esto es para ti

(4)

Esto es para ti

Eva Mayro Editado por:

PUNTO ROJO LIBROS, S.L.

Cabeza del Rey Don Pedro, 9 Sevilla 41004 España

902.918.997

[email protected]

Impreso en España ISBN: 9788418221514

Depósito Legal: SE 22152019 2ª edición: enero 2020

Maquetación, diseño y producción © 2020 Eva Mayro

© 2020 Punto Rojo Libros, de esta edición

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización por escrito de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de esta edición mediante alquiler o préstamos públicos.

(5)

Para mi familia y amigos, para las integrantes del grupo de lectoras de Eva Mayro y las amantes de “Dime si me quieres”: Alize, Marieta, Almudena, Carmen, Yeli, Kata, Lionela, María, Moni, Tania... Para todas las personas que confiaron en mí y en “Dime si me quieres”, gracias por hacer un sueño realidad.

(6)

Eva Mayro

Llego a Zaragoza y mis emociones están a flor de piel. Ya me encuentro en la urbanización donde vive Marco.

Le doy un toque al móvil para que abra la puerta grande de la entrada con el mando a distancia y entro con el coche, aparco donde siempre y llamo a la puerta de casa.

Abre, nos miramos fijamente y me recibe con un abrazo. No sabe muy bien cómo actuar y desviando su mirada hacia abajo, dice:

―He ido al sitio que te gusta a por él― añade mien- tras me ofrece una apetitosa copa de helado― Sé que estuvo mal no preguntarte antes de juzgar pero me volví loco al ver las fotos.

Entramos hasta el salón sin decir nada más, acepto el helado y empiezo a comer. Sin duda alguna, el dulce me hace los momentos difíciles bastante más llevaderos.

(7)

Le miro a los ojos, cojo fuerza y le digo:

―Marco, no te imaginas el daño que me hiciste con tus actos. ¿Por qué la tuviste que traer aquí? A nuestro hogar, donde hemos pasado momentos maravillosos. ¿Por qué? ―Lo siento mucho, amore. Estaba dolido por lo que había visto. Quería ponerte celosa y hacer que sin- tieras lo mismo que yo al ver las fotos. Me equivo- qué al creer lo que había dentro del sobre que dejó mi ex mujer sin preguntarte a ti primero. Soy idiota, Brenda, idiota. Perdóname.

Después del momento tenso, nos fundimos en un abrazo. Siento miles de sensaciones en este momento recorriendo mi cuerpo y cierro los ojos para disfrutar de su olor, de su tacto, de su calor...

―Amore― susurra en mi oído― no sabes cuánto necesitaba verte, sentirte, oírte, olerte... Lo siento. Lo siento mucho. ¿Crees que puedes perdonarme?

Cuando le miro, veo que sus ojos están vidriosos por la emoción. También advierto que ha perdido peso en estos días, y tiene las ojeras muy marcadas de no dormir. Le abrazo con todas mis fuerzas, y le digo:

―Estás perdonado Marco, pero prométeme que no volverás a hacer algo parecido. No quiero a esa mujer en mi vida más de lo estrictamente necesa- rio. Y ahora que sale el tema, tengo que decirte algo sobre ella, escuch...

―Tsss...― Marco me manda callar― no quiero hablar de ella, Brenda. Me da completamente igual, para mí es un cero a la izquierda. Me ha hecho mucho daño, y no me ha aportado nada positivo en mi vida; solamente desgracias. No quiero perder

(8)

nuestro tiempo hablando de alguien que no merece la pena, amore.

Sin decir más, me besa, suavemente. Atrapa mi labio inferior, mientras pasa una de sus manos por la pierna que deja mi vestido al descubierto. Ahora juega con el superior, y asciende, con sus anchos dedos, hasta llegar a mi muslo. Una vez allí, sube la intensi- dad del beso y los dos nos dejamos llevar. Saboreo sus labios, su lengua, disfruto cuando me besa el cuello y tiemblo al notar que sube su mano por mi espalda, acercándose a mis senos, despacio.

Me coloca encima suyo quedando frente a él. Cierro los ojos, necesitamos sentirnos, besarnos, tocarnos, mi- marnos, amarnos... Pero no puedo. No puedo hacer esto ahora, necesito contarle la verdad.

Consciente de lo que le tengo que decir, realizo el mayor esfuerzo del mundo y me retiro de él. Observo cómo me mira; extrañado, y le aviso muy seria:

―Tengo que enseñarte algo, es importante, Marco. Le indico que se siente mientras salgo al coche. Cuando regreso traigo conmigo la carpeta, hago sitio en la mesa de centro y con las manos temblando, consigo abrirla.

Marco, pregunta ojiplático: ―¿Qué es eso Brenda?

―Esto― respondo nerviosa― demuestra que Miranda te mintió.

―¿De qué estás hablando? ¿En qué me mintió?

―Escúchame con atención. En el aniversario de Mateo vi algo extraño en uno de los vídeos que pu- sisteis― saco el folio donde Darek ha impreso la imagen del médico recogiendo el sobre que le da su ex mujer ―esta es Miranda, como podrás ver,

(9)

y éste, al que le está dando un sobre, es el médico que atendía a Mateo. En el sobre que vemos en la imagen, lo que le está dando es dinero.

―No entiendo nada Brenda. ¿Por qué le iba a dar dinero Miranda a ese hombre?

―Déjame acabar― le pido con tacto siendo cons- ciente de que el tema es muy delicado ―Le dio dinero antes de fingir la muerte de tu hijo, y también después de haberlo hecho. Miranda― con- tinúo sacando los informes del banco para que vea los movimientos y el contrato de cesión ―le dio en adopción falsificando tu firma con la ayuda del médico, a cambio de dinero.

―¡NO! ¡NO! ¡NO!― Grita mientras se lleva las manos a la cabeza― Me dijo que había muerto y el médico lo corroboró, ella se encargó de ahorrarme el papeleo y la amargura de ver a mi hijo muerto.

―¡Te mintió, Marco! ¡Te mintió!― digo quitándole las manos de su rostro ―Mira este documento, y los ingresos y extractos del banco. Todo coincide, tienes las pruebas delante de tus narices. Necesito que lo mires detenidamente para que veas que lo que te digo es verdad.

Marco, revisa todo minuciosamente y poco a poco va asimilando que lo que digo es cierto.

Aprovecho ahora que se ha calmado un poco y prosigo:

―Darek es el espía que ha conseguido esta informa- ción. También ha averiguado que este ser desprecia- ble vendió a tu hijo a una tal Emma.

Marco me mira esperanzado y pregunta: ―¡BRENDA! ¡¿MI HIJO ESTÁ VIVO?!

Le abrazo, veo sus ojos llenos de lágrimas y lloro yo también. No imagino el dolor que tiene que estar

(10)

sintiendo en este momento y lamento enormemente lo que voy a decir ahora, pero tengo que ser totalmente sincera.

―No lo sé Marco. Mateo tenía abstinencia neona- tal de verdad y no sabemos si consiguió superar la enfermedad.

Veo cómo cae al suelo de rodillas y desconsola- damente, las lágrimas recorren sus rostro. Intento calmarle, me arrodillo con él, le cojo de las manos y mirándole a los ojos, digo:

―Marco. Tengo la dirección de esa mujer.

Atónito por lo que acabo de confesar, reconozco un atisbo de esperanza en su mirada, me abraza con fuerza y noto sus lágrimas. Después de recuperar la compostura, consigue hablar.

―Amore, dime si me quieres. Después de esto no soportaría perderte. Te necesito más que nunca ahora mismo.

―Claro que te quiero Marco. Te quiero como a nadie en el mundo y juntos, vamos a llegar hasta el final de esto.

(11)

1

Al día siguiente...

Miro el reloj, son las ocho de la mañana y Marco sigue durmiendo. Anoche apenas he podido descan- sar, me duele la garganta, tengo mucha tos y me siento completamente exhausta.

Marco tampoco ha podido pegar ojo pensando en lo de su hijo Mateo, estuvo horas inquieto y nervioso hasta que se consiguió dormir.

Su situación es delicada; dos años después de llorar la muerte de su hijo descubre que todo ha sido una ho- rrible maquinación de Miranda, su ex, quien se atrevió a dar en adopción a Mateo a espaldas de Marco, con ayuda del médico del hospital, a cambio de una gran cantidad de dinero.

El sentimiento de traición y no saber si el niño ha sobrevivido o no, teniendo en cuenta el problema de salud con el que nació, le atormenta a cada segundo. Anoche, tuvimos una extensa conversación donde me habló de su relación con Miranda durante y después

(12)

del embarazo. Desde luego, el cambio fue abismal. Marco no podía hacer como si nada después de que ella tomase decisiones tan desafortunadas durante el embarazo.

Creo que hablar de ello le ha servido para desaho- garse y soltar lo que ha guardado dentro de sí mismo durante todo este tiempo.

Le observo mientras duerme, es tan alto y grande como vulnerable en estos momentos, recorro con l a mirada su armoniosa nariz recta acompañada de unas facciones duras y definidas, sus labios son carnosos y aprecio que aún durmiendo, los mantiene apretados y tensos de forma inconsciente. Me acurruco frente a él con cuidado de no despertarlo, acaricio su cabello suavemente y enseguida, noto cómo se relaja. Abre uno de sus preciosos ojos dotados de un profundo azul oscuro, hace lo mismo con el otro y finalmente me mira.

―¿Qué hora es?― pregunta risueño.

―Las ocho. Aún es pronto Marco, intenta descan- sar un poco más. Has tenido una noche bastante complicada.

―Lo siento, espero no haberte molestado― dice afligido mientras me mira a los ojos a la vez que frunce el ceño tras darse de bruces de nuevo con la realidad.

―No tienes por qué sentirlo Marco― respondo en tono conciliador mientras sigo acariciándole el cabello con cariño ―tu situación es muy difícil y aún estás superando la etapa de aceptación. Date tiempo. ¿Vale?

―Es que es tan surrealista― comenta afligido mientras suspira― Dos años, dos, llevo llorando a

(13)

una urna en la que no está mi hijo. Tampoco sé si ha sobrevivido o no, si ha estado o está bien, si lo han cuidado o lo cuidan con cariño y amor como habría hecho yo todos los días de mi vida. No saber nada es lo que me está matando. Estos años han sido una mentira y ya ni siquiera sé qué pensar. Estoy im- paciente por ver a Miranda para que me diga por qué. ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué no le dio a Mateo una oportunidad? ¿Cómo se justifica una acción tan miserable y despreciable?

―¡Marco, no!― le advierto en modo imperativo― Escúchame, a ella no le puedes decir nada porque Darek, el espía que recabó la información, hizo especial hincapié en que era de suma importan- cia tener discreción. Si Miranda se enterase, supo-niendo que supiera dónde y con quién se encuentra Mateo, podría actuar impulsada por la rabia o el miedo. Y no sabemos de lo que esa mujer es capaz; pero seguro que de nada bueno; así que lo mejor es mantenerlo en secreto por el momento.

Hago una pausa para toser y me estiro hasta la mesilla para alcanzar la botella de agua. Me raspa la garganta, algo que me incomoda bastante y Marco, me mira preocupado.

―Brenda, no tienes buen aspecto. ¿Estás bien? Has pasado toda la noche tosiendo.

Le miro dedicándole una de mis mejores sonrisas e in- tentando quitar hierro al asunto, respondo:

―¿Quién puede estar mal teniendo al hombre más maravilloso del mundo a su lado?― me sueno la nariz de forma tan escandalosa que mi “sex appeal” debe brillar por su ausencia en este preciso

(14)

momento. Bebo otro trago de la botella y pongo cara de encontrarme divinamente. Mi italiano me sorprende acercándose a mí, se coloca de frente y dice bajito:

―Tú, y solamente tú, me haces sentir la valentía que necesito para ser capaz de todo, Brenda. Yo sí puedo decir que tengo a la mujer más maravillosa del mundo a mi lado. Atrapa mi boca con pasión, saborea el labio supe- rior, luego el inferior... Mi corazón late fuerte y sus besos siempre provocan esta reacción en mí.

Cierro los ojos y disfruto del momento. Acaricia mi espalda con sus manos y ahora soy yo quien toma la iniciativa, devolviéndole el beso. Juego con sus labios hasta que me rodea con su cuerpo y después de unos minutos en los que ambos disfrutamos, se separa despacio:

―Estoy preparado Brenda, quiero saber toda la verdad sobre mi hijo.

Asiento con la cabeza sabiendo lo que conllevan esas palabras mientras vuelvo a recordarle que no es conveniente decir nada a Miranda hasta que des- cubramos lo que ha pasado con Mateo, y parece que lo entiende, porque ahora es él quien asiente. Retira con cuidado un mechón de mi rostro con sus grandes dedos, le sonrío con calidez y nos levantamos.

Noto que me mareo un poco al incorporarme pero por suerte, Marco no está mirando en ese momento. Disimulo y con rapidez entro al baño. Ahora que no me ve me apoyo sujetándome con ambas manos en el lavabo y una vez se me pasa la sensación de vértigo me desvisto, doy el agua caliente y entro a la bañera,

(15)

respiro hondo y me relajo al notar el agua caer sobre mi piel.

Me duele mucho la garganta, noto dolor muscular en cada parte de mi cuerpo y me encuentro cansada, muy cansada. Si a eso le añadimos la tos y los mocos, el resultado es de todo menos agraciado.

El agua caliente parece que me alivia. Termino de lavarme, me seco con una toalla y añado un poco de aceite a mi cabello para desenredarlo, crema hidratan- te en el cuerpo y me quito con el secador un poco la humedad del pelo; las temperaturas han bajado y ya no hace tan bueno como para ir con ello mojado.

Me visto con lo primero que pillo: una blusa, una cha- queta gordita y un vaquero con los zapatos planos negros.

Bajo a desayunar, Marco y a tiene todo preparado y me recibe con un batido de chocolate, dos tostadas y unas fresas troceadas con sirope por encima. Le miro asombrada por lo que ha hecho en tan poco tiempo, me siento con él y ambos, degustamos un maravilloso desayuno; aunque la verdad es que entre los mocos, la tos y el dolor de garganta, no saboreo ahora mismo todo lo que me gustaría.

Charlamos un rato mientras desayunamos y cuando acabamos, recogemos la cocina, salimos fuera y montamos en el Mercedes plateado. Pongo la direc- ción que me dio Darek en Google Maps y vamos con- duciendo en silencio a casa de Emma hasta que Marco pregunta:

―¿Por qué no me lo dijiste antes?

―¿El qué?― pregunto sin saber a qué se refiere. ―Lo de mi hijo.

(16)

Medito durante unos instantes mis palabras antes de contestar. Al final, me decanto por la verdad, que como suele decirse, “las mentiras tienen las patas muy cortas”.

―Marco, no podía ir sin pruebas y decirte de la noche a la mañana “Hola cariño, he visto algo raro en el vídeo que pusisteis Miranda y tú el día del segundo aniversario de la muerte de vuestro hijo y pienso que tu ex te ha mentido”. Tenía miedo de que no me creyeras, por eso no te he dicho nada hasta conseguir pruebas.

―Te entiendo, tienes razón Brenda―`responde po- niéndose serio.

Pasan los minutos y Marco no dice ni una palabra más. Incómoda por su silencio le pregunto:

―¿Estás molesto conmigo?― seguido me sueno los mocos; a este paso mi nariz va a parecer una bola roja de las que se ponen en el árbol en Navidad.

―No amore, lo estoy conmigo mismo. He tenido esos vídeos en mi móvil durante todo este tiempo y nunca vi nada raro. Puedo asegurarte que he visto cada uno de ellos cientos de veces como poco y nada me parecía fuera de lo normal. Si no llegas a apa-recer en mi vida, jamás lo habría sabido. Muchas gracias Brenda, de verdad.

Acaricio la mano que tiene libre con suavidad para transmitirle mi apoyo. Le miro a los ojos y en este momento no necesitamos decirnos nada más. A veces, una mirada dice más que mil palabras.

El resto del trayecto vamos en silencio, cuando llega- mos a nuestro destino, le indico: ―Es aquí, ya hemos llegado.

(17)

Aparca en el primer sitio que encuentra, bajamos del coche y seguidamente nos aseguramos de que la calle sea la que nosotros buscamos. Una vez compro- bado, andamos hasta el número que es y nos topamos con una casa más grande aún que la de Marco. Con razón, el doctor que dió en adopción a Mateo, tenía esa gran suma de dinero en la cuenta bancaria.

Dudamos unos instantes frente a la puerta pero fi- nalmente llamamos al timbre y esperamos impacientes contestación. Rápidamente nos recibe una mujer ele- gante, imponente y sofisticada. Tendrá unos cuaren- ta, viste de marca y lleva unos tacones finos de aguja bastante altos con un vestido liso ajustado, de color borgoña. Sus facciones son de todo menos suaves, lleva un moño estirado y sus ojos, son oscuros.

Tras examinarnos de arriba abajo y comprobar que no nos conoce, pregunta extrañada: ―¿Quiénes sois?

―Marco Morelli. ¿Es usted Emma, verdad?

La mujer asiente con la cabeza, confundida, y dirige su mirada hacia mí. Me presento enseguida y ella, sin entender nada, responde:

―¿Qué queréis? No os conozco a ninguno de los dos.

Marco saca la documentación que le di la noche an- terior con las fotos del doctor, los movimientos banca- rios, el contrato de adopción... Emma, lo coge reticente y se queda asombrada al leer lo que pone y entender así la situación. Sin duda, es una mujer bastante sagaz, porque en tan solo cuestión de segundos, intenta ce- rrarnos la puerta de su casa en las narices tras tirarnos los papeles a la cara, pero entre los dos, se lo

(18)

impedi-mos. El ambiente está muy tenso y al ver que la mujer no colabora, Marco intenta explicarse:

―Emma, yo soy el padre del niño que adoptaste.

―¡EL PADRE DICE! ¡EL PADRE!― gritando fuera de sí ―Un padre no da en adopción a su hijo y menos en tu caso. Si me dices que no tienes recursos para subsistir podría entenderlo, pero tú, lo que no querías era perder tu valioso tiempo con esa criatu- ra que no tenía culpa de nada, porque dinero desde luego, que no te falta― dice fijándose en la ropa que lleva Marco, en los zapatos y en el caro reloj. ―¡¿Pero qué dices, mujer?!― replica él sin dar crédito ―Se está confundiendo conmigo, no sé qué mentiras le habrán contado hace dos años pero mi ex mujer me engañó y falsificó mi firma en el con- trato de adopción. He estado llorando todo este tiempo a mi hijo y necesito saber la verdad.

Sujeto a Marco para que no tire la puerta abajo y como puedo, intento tranquilizarlo. Está muy alterado y la mujer tampoco ayuda con sus comentarios.

―Yo sí que lo he llorado. Lo he querido, cuidado y

...―Emma aguanta las ganas de llorar y vuelve a es- tallar―¡Y ahora venís vosotros a remover el pasado!

¡Dos años han pasado, dos! ¿Y venís ahora a preo- cuparos por él? ¿Ahora? ¿No he sufrido suficiente ya? ¿Sabéis lo que es tener meses a un bebé como si fuera tuyo, levantarte un día, y que ya no esté? No quiero volver a revivir ese dolor, no quiero. Ya sufrí mucho con su muerte. Iros de aquí los dos. Iros ya.

Se me corta la respiración. Lo que más miedo me daba acaba de hacerse realidad, el hijo de Marco no sobrevivió.

(19)

La mujer aprovecha que nos quedamos impactados tras la triste noticia para cerrar la puerta de un golpe seco en nuestras narices.

Marco aporrea con fiereza mientras grita fuera de sí:

―¡EMMA! ¡SOY SU PADRE Y TENGO DERECHO A SABER QUÉ PASÓ! Intento que se tranquilice pero ahora mismo no está

en sus cabales. Sigue gritando y golpeando la puerta hasta que Emma, amenaza desde el otro lado de la puerta con llamar a la policía. Marco está desconcerta- do, se queda unos minutos pensativo y seguidamente, saca de la cartera una de sus tarjetas de presentación. Tembloroso me pide un boli, busco en el bolso hasta encontrarlo y se lo doy.

―Marco ¿Qué vas a hacer?―pregunto nerviosa.

―Ya hemos descubierto lo que queríamos saber. Por mucho que me duela, Mateo no ha sobrevivido y esta mujer no tiene pinta de querer colaborar ahora mismo― añade con sarcasmo ―Dejaré mi tarjeta, ahí viene mi nombre y un teléfono de contacto.

―¿Y el boli?

―Para escribir una nota en la parte de atrás.

No se me había ocurrido esa idea. Espero hasta que termina de redactar e intrigada leo lo que pone:

“Emma, he vivido todo este tiempo pensando que mi hijo murió hace dos años y tengo derecho a saber qué pasó con él. Espero que entres en razón con el tiempo y un día te sientas capaz de darme las respuestas que tanto necesito.”

Metemos la tarjeta en el buzón de la mujer y vol-vemos al coche afligidos. Una vez en él me acomodo

(20)

como puedo. Estoy peor que esta mañana y después de lo sucedido tengo aún más ganas de llegar a casa.

Marco arranca y conduce un buen rato sin decir ni una palabra así que le pregunto: ―¿Estás bién?

Asiente con la cabeza, pero no dice nada por lo que continúo.

―Marco, siento mucho haberte hecho sufrir. Darek, Yera y Abril, me aconsejaron que pensara bien si de- círtelo o no porque podía pasar esto. De verdad que lo siento. ―Amore, no te sientas mal ni un solo segundo. Gracias a ti he descubierto la verdad, o parte de ella, mejor dicho. Tú no eres la culpable de que esté su- friendo pero tampoco te voy a mentir, habría sido una alegría que Mateo estuviera vivo pero ya llevo dos años llorando su pérdida así que lo único que siento es no haberme dado cuenta antes.

―¿Vas a decírselo a tus padres?―pregunto preocu- pada. Sé que adoran a Miranda porque su hijo jamás les ha contado la realidad y por lo tanto, no saben que Mateo nació prematuro, ni que sufrió absti- nencia neonatal porque la madre se drogó durante embarazo, ni que después estuvo ingresada en una clínica de desintoxicación. Imagino, que tampoco les habrá contado Marco que su ex intentó hace días separarnos enviando unas fotos a éste en las que me sacaba con mi ex, con quien por cierto, he de decir que ella estaba compinchada, haciendo así otra de las suyas.

―Aún no― responde serio ―necesito tiempo para asimilar todo y tranquilizarme. Ellos aprecian

(21)

mucho a Miranda, pero sé que esto no se lo van a perdonar nunca. ―Tienes miedo de que sufran más ¿Verdad?

―Sí amore, pero esto es algo que no puedo dejar pasar. Mis padres tienen que saber la verdad y cuando me sienta preparado iremos a su casa y yo mismo les contaré todo lo que ha pasado.

Aliviada al ver que su entereza hace acto de pre- sencia de nuevo, apoyo en su hombro mi cabeza mien- tras él conduce lo que queda de trayecto.

Lo cierto es que me siento cada vez con menos fuerza y poco a poco voy cerrando los párpados.

(22)

2

Un rato después oigo cesar el ruido del motor, abro los ojos con cautela y advierto que ya hemos llegado a casa.

―¿Te encuentras bien, Brenda? Estás un poco pálida.

Afirmo con la cabeza y respondo mientras disimulo mi malestar:

―Sólo estoy algo cansada Marco, vamos dentro, quiero contarles lo que ha pasado a mi amiga Abril y a mi hermano Yera.

―Está bien, pero si mañana no mejoras llamaré yo mismo al doctor para que venga a verte― advierte en un tono que no da lugar a discusión.

Realizo un puchero fingido mientras cruzo los brazos. Marco, es tan protector que estoy segurísima de que si pudiera meterme en una burbujita de por vida para que no me pasase nada, lo haría.

(23)

―Brenda― dice extendiendo una de sus manos para ayudarme a salir.

Se lo agradezco de corazón con una sonrisa. Estoy tan cansada que toda ayuda es buena así que acepto su mano encantada y de un tirón firme me incorpora sin esfuerzo. Atrae mi cuerpo hacia él con posesión, sé que está tenso por lo que ha desvelado Emma e intento que piense en otras cosas.

―Marco. ¿Cuento a Yera y Abril lo que ha pasado y cenamos? Me muero de hambre.

―Está bien. Habla con ellos, yo me encargo de cocinar.

Mi plan ha salido como esperaba, a Marco le encanta la cocina y por lo tanto, estará al menos un buen rato entretenido sin pensar en nada más.

Por fin entramos en casa y Marco va directo a la cocina. Me acomodo en el sofá reclinable del cuarto de estar y llamo a mi amiga Abril, que por cierto, descuelga enseguida:

―¡Brenda cielo! ¡Cuéntame! ¿Qué tal ha ido todo?― pregunta impaciente.

―Pfff...― resoplo mientras me pongo una mano sobre la frente, creo que tengo un poco de fiebre

―Fatal Abril. Fuimos a casa de Emma y la mujer se puso loca de remate, era muy agresiva hablando y sólo dijo que Mateo murió al poco tiempo de su adopción.

Oigo cómo grita Abril por la triste noticia. En el fondo, todos queríamos pensar que había una posibili- dad por mínima que fuera de que Mateo siguiera vivo y ahora, toca afrontar la dura realidad.

―Lo siento mucho Brenda ¿Por qué murió el pequeño?

(24)

―No lo sé Abril, esa mujer nos cerró la puerta en las narices aprovechando nuestro estado de confu- sión al enterarnos de la muerte de Mateo así que no pudimos averiguar nada más. Marco ha dejado su tarjeta en el buzón, esperemos que con el tiempo entre en razón y contacte con él para explicarnos lo que sucedió. No se merece menos.

―Lo siento mucho. ¿Qué tal se encuentra Marco? ¿Cómo ha recibido la noticia?

―Lo ha asimilado bastante mejor de lo que jamás me habría imaginado pero no está bien. Por mucho que lleve dos años creyendo que su hijo había muerto, ayer tuvo de nuevo la ilusión de encontrar- le con vida al saber que le habían dado en adopción. Ha sido un golpe duro para él descubrir que ya no está. A ver qué pasa cuando vea a Miranda después de todo lo que ha descubierto.

―Esa bruja se merece todo y más Brenda. Es una mujer mala y te digo yo que está desequilibrada mental. A lo mejor el día que repartieron las neu- ronas ella se había ido de vacaciones porque desde luego que lo que hace no es normal. Realmente es la única explicación lógica que encuentro, con eso te digo todo.

Río a carcajadas ante su ingenioso comentario y a continuación me da otro ataque de tos.

―¿Estás bien? Eso no tiene muy buena pinta. ¿Has ido al médico?

―No Abril, y no empieces tú también, por favor. No sé la de veces que me ha dicho Marco lo del doctor en lo que llevo de día.

(25)

―Bueno, tú sabrás que ya eres mayorcita. Mayorci- ta y cabezota, porque madre de dios qué tozudez la tuya cielo. Eres peor que una mula.

Sonrío después de oírla y sin querer entrar más en el tema de mi salud, cambio de asunto con rapidez.

―Abril― digo yo ahora. ―¿Sí, cielo?

―¿Qué tal con Darek? Se ve que el hombre está loquito por ti.

―Uhh... Calla, Brenda, calla. Ayer, cuando está- bamos en Daroca, se fue tu hermano Yera al baño después de que tú te fueras donde Marco para contarle lo de su hijo. Durante la ausencia de Yera, quien por cierto no me hace ni caso, Darek aprove- chó el momento para robarme un beso.

―¡¿Qué me dices Abril?!― pregunto sorprendida.

―Como lo oyes, y qué beso por cierto. Mira que fue corto, porque enseguida oímos que Yera giraba el pestillo para salir del cuarto de baño pero... ¡Me tembló hasta la pepitilla! Darek me parece muy ar- diente, mucho, mucho, mucho, pero creo que no es realmente lo que busco.

―JAJAJAJA― muero de la risa por las expresiones de mi amiga y en consecuencia me da otro ataque de tos. La cabeza me estalla y estoy ansiosa por cenar algo e irme a descansar ―Abril, estoy deseando que me cuentes más pero me encuentro un poco mal.

―Tranquila, sólo pasó eso. Cuídate ¿Vale? Y si te

encuentras peor llama al doctor, no seas cabezota. Asiento con la cabeza y quedamos en tomar algo cuando se me pase. Después de colgar escribo un mensaje a mi hermano, estoy cansada y la verdad es

(26)

que no tengo ganas de llamar a nadie más, por lo que le envío un Whatsapp:

“Buenas noches Yera, ya hemos ido a casa de Emma. El hijo de Marco murió poco después de ser adoptado. No sabemos por qué, debido a que Emma nos cerró la puerta en

las narices cuando tuvo oportunidad. Marco ha dejado una tarjeta en el buzón de esa mujer, espero que con el tiempo se sienta pre- parada para hablar con él”

Enseguida recibo contestación de mi hermano:

“Lo siento Brenda, deseo que Marco esté bien y tú también. No es una situación fácil, pero al menos, gracias a tu pers- picacia ha descubierto la verdad. Voy a acostar a Martina,

quien por cierto te manda muchos besos, te queremos”

Veo a Marco traer la cena, por lo que respondo a Yera con rapidez:

“Da un beso enorme a mi soplito de aire fresco. Os quiero”

Dejo el teléfono sobre la mesa y miro con apetito los maravillosos sándwiches que mi hombre ha prepara- do. Cojo el mío y lo observo con deleite. Tiene el pan tostado, jamón, queso mozzarella, bacon y un huevo frito por encima. ¡Qué buena pinta! Doy un mordis-quito pequeño y enseguida me entran ganas de darme cabezazos contra la pared. ¡Apenas saboreo!

Marco elige este frustrante momento para preguntar si me gusta la cena. Le digo que sí con la cabeza porque aún tengo comida en la boca. Paso de preocuparle por un constipado así que nos terminamos todo, re- cogemos lo que hemos ensuciado y vamos a nuestro dormitorio.

(27)

Una vez allí entro al baño, me lavo la cara, las manos y los dientes. Regreso al cuarto y me desvis- to para ponerme el pijama. Estoy únicamente con la braga brasileña doblando la ropa minuciosamente cuando Marco susurra bajito en mi oído situado desde atrás:

―Olvídate de todo por esta noche Brenda. He querido hacerte el amor desde que volviste ayer y sé que tú también lo deseas. El pasado ya no puedo cambiarlo, pero tenemos un maravilloso futuro por delante juntos.

Mi piel reacciona a su contacto y se me eriza cada centímetro de mi cuerpo.

―Claro que te deseo Marco― contesto nerviosa tras su inesperado acercamiento ―pero en estas circunstancias, con lo de tu hijo... Creo que necesi- tas tiempo para sanar esto― digo mientras poso la palma de mi mano sobre su corazón.

―Brenda― añade mientras retira de mi rostro un fino mechón de cabello ―el amor siempre merece la pena.

Me sorprende mucho la fuerza de sus palabras. Le miro a los ojos y veo que estos arden de excitación.

Raudo, me besa con pasión y muerde mi labio infe- rior con impaciencia y posesión. Su reacción me pilla desprevenida y con un ágil movimiento retira lo que me queda de la ropa interior, dejando mi cuerpo total- mente expuesto.

―Brenda, quiero saborearte por completo, y pienso hacerlo.

Me derrito con su declaración y voy a responder pero no me da tiempo. Marco acaba de quitarse el bóxer,

(28)

tira de mí con energía y me coloca contra la pared de- jándome suspendida en el aire. Sube una de sus grandes manos por mi vientre y asciende despacio hasta alcanzar mis senos, cuando les tiene en su poder los agarra con posesión; primero uno, luego el otro, y seguidamente se les lleva a la boca mientras con la otra mano me sujeta.

Disfruto cada segundo que pasa y me encanta notar el roce de sus labios sobre mis pechos. Me besa de nuevo y gimo mientras siento su dureza empujar con impaciencia. Le deseo, deseo que me haga suya.

Acaricio sus brazos con mis manos y voy ascen- diendo con los dedos hasta llegar a su cabello, cuando veo cómo cae un mechón sobre su frente, otorgándole un toque aún más atractivo, más sexy, más...

Le muerdo el labio con fuerza haciéndole emitir un grave sonido gutural. Sigo suspendida en el aire apoyada en la pared mientras me sujeta con una de sus manos y con la otra, recorre despacio mi columna vertebral hasta llegar a mi intimidad.

―Estás húmeda amore, muy húmeda― afirma mientras se roza contra mí.

Retira los dedos con delicadeza y me los muestra complacido, están tan brillantes por la lubricación natural que produce mi cuerpo que me sonrojo de manera incontrolable. Sin previo aviso, la introduce de una sola estocada, lle- gando así hasta el fondo de mi interior.

―¡Aaaaay!― grito.

Noto cómo se le descompone el rostro al oírme y se detiene de inmediato, aterrorizado. ―Brenda ¿Estás bién? Lo siento mucho, no pensé

(29)

―¿En serio crees que me ha dolido?― contesto asombrada al ver que se queda paralizado ―He chi- llado porque no me lo esperaba. ¡SIGUE MARCO, SIGUE! Suelta aliviado todo el aire que estaba conteniendo y por fin, respira tranquilo, hasta que de nuevo, arre- mete con sus sacudidas.

Me agarro a él con fuerza y tengo la deliciosa y abrumadora sensación de que me llena como nadie. Jamás me había hecho el amor así, con tanta fuerza e insistencia. Pienso que es fruto de la rabia que siente por todo lo que ha pasado y sinceramente, me da igual, porque no cabe duda de que yo también estoy disfru- tando con esto.

―¿Te gusta amore? ¿Te gusta que te lo haga así? ―¡Sí! ¡Sí!― Me siento tan llena que apenas articulo palabra.

Marco me sigue complaciendo con sus incesantes embestidas y me sorprendo de nuevo por lo húmeda que estoy. Arqueo la espalda para que la introduz- ca aún más y me besa con voracidad al comprender mis intenciones. Los dos estamos sudorosos y jadean- do, necesito acabar. Noto que él siente lo mismo y parece que me lee la mente porque seguidamente, dice impaciente:

―Amore, no aguanto más.

Me agarro a él aún con más fuerza y moviéndonos los dos al compás, digo haciendo un gran esfuerzo por ar- ticular palabra:

―Acabemos Marco... ¡Voy a estallar!

No nos hace falta más. Mi italiano aumenta el ritmo y la fuerza de sus embestidas mientras yo me entrego completamente a él. Los dos nos dejamos ir, llegamos

(30)

al clímax juntos y siento cómo tiembla todo mi ser. Noto a Marco dentro de mí y jadeo por la excitación y el placer que me brinda este momento tan íntimo, hasta que da un último empujón, antes de quedar to- talmente inmóvil sobre mí.

Se toma unos segundos para coger aire y así poder re- cuperar fuerzas. Me baja con cuidado, nos abrazamos y susurra en mi oído:

―Dime si me quieres.

Con fuerza, le estrecho entre mis brazos, y respondo:

―Claro que te quiero Marco, ni te imaginas cuanto. Coge mi mano con delicadeza y me dirige hasta el baño. Una vez allí da el agua caliente, alcanza el mango de la ducha y me lava con mimo cuando nos metemos dentro. Frota cada centímetro de mi cuerpo con cuidado, me enjabona, me aclara y una vez termina, se lava él también mientras yo le ayudo y salimos de la ducha.

Fuera me envuelve con la toalla, mientras da suaves toquecitos sobre mi piel hasta dejarla totalmente seca. Seguidamente me masajea a la vez que extiende por mi piel la crema corporal. Sonrío encantada y ahora soy yo quien se lo echa a él.

Cuando hemos terminado de darnos la crema, salgo en busca del pijama. En el dormitorio me visto y me acomodo sobre la cama, Marco se coloca detrás de mí, gira mi rostro hacia él y después de un suave y cálido beso, se tumba junto a mí.

Siento tanta tranquilidad cuando estoy a su lado que inevitablemente me duermo enseguida, sin apenas darme cuenta.

(31)

Son las tres de la madrugada cuando me despierto incómoda debido a la tos, necesito agua. Me levanto despacio de la cama y noto que la cabeza me estalla.

Intento hacer el menor ruido posible para no des- velar a Marco, que actualmente duerme plácidamente. Bajo las escaleras hasta llegar a la cocina de cuclillas, y con sigilo, sirvo agua del tiempo, y me doy un susto de muerte cuando escucho mi nombre detrás de mí.

―Brenda― dice Marco sorprendiéndome.

Creo que del susto se me va a salir el corazón por la garganta. Me ha pillado completamente de imprevisto.

―¿No sabes cómo deshacerte de mí y has pensado en matarme de un infarto?― increpo mientras respiro agitada.

―Lo siento amore, no pretendía asustarte. Escuché ruidos y vi que no estabas en la cama. Tu aspecto no es bueno, tienes mala cara. ¿T e encuentras bien? Siéntate, te prepararé algo y luego llamaré al doctor.

―Sólo es un resfriado, tranquilo y por supuesto nada de llamar a nadie ¿Entendido?

―No deberías ir a trabajar en ese estado. Todo el mundo tiene derecho a ponerse enfermo.

―No empecemos. Un poco de malestar, mocos y tos, no van a hacer que me quede en casa.

―Pues deberías― contesta imperativo con gesto serio.

―A mí no me hables así porque soy mayorcita, no una niña. Voy a ir al trabajo y punto, digas lo que digas.

Dicho esto me doy la vuelta y salgo con paso firme camino del dormitorio pero Marco agarra mi cintura por detrás, me gira hacia él y una vez estamos frente a frente, responde:

(32)

―Sólo me preocupo por ti.

Al ver su expresión suavizo mi tono, acaricio su rostro con mis dedos y le digo en tono conciliador:

―Vamos a descansar anda. Estoy cansada y mañana tenemos que trabajar.

Subimos las escaleras de la mano, llegamos al dor- mitorio y nos tumbamos de nuevo, aunque no sin antes asegurarme de tener agua y pañuelos para el resto de la noche. Una vez acomodada sobre el pecho de Marco, cierro los ojos y me duermo.

Suena mi alarma, mi estrepitosa alarma y me hago la remolona en la cama más de lo que acostumbro.

La pospongo un par de veces hasta que finalmen- te consigo levantarme pero rápidamente, tengo que volver a sentarme, porque me quedo sin fuerza. No he descansado casi nada y eso está repercutiendo en cómo me encuentro hoy.

Marco está abajo haciendo el desayuno, casi siempre me lo prepara antes de irme al hotel cuando tengo el turno de mañana. Hago un gran esfuerzo por levan- tarme de nuevo e ir al servicio donde me aseo, peino y visto. Recojo el dormitorio, bajo a la primera planta y me encuentro con Marco haciendo el desayuno.

―Como estás algo pachucha te he preparado un gran zumo de naranja natural para estimular las de- fensas, yogur y un poco de miel para calmar la tos.

Me quedo alucinada, este hombre está pendiente de todo. Pellizco uno de mis dos brazos con fuerza y por el rabillo del ojo veo que me observa.

―Brenda ¿Se puede saber qué haces? ¿Por qué te pellizcas? Te has dejado toda la marca en el brazo. ―Ay Marco, eres tan ideal que a veces me pellizco para cerciorarme de que no estoy soñando.

(33)

Ríe ante mi comentario.

―Por lo que veo, tu sentido del humor sigue intacto. ―Eso siempre, Gianmarco Morelli.

Disfruto del desayuno, bebo todo el zumo, me como el yogur y doy un par de cucharadas a la miel para suavizar mi garganta. Marco ya se va, y me despido de él antes de que salga de casa para irse al pub.

―Si te encuentras mal llámame e iré a buscarte ¿Vale Brenda?

―Que siiii plomoplasto, que siiiiiiiiii.

Recojo los cacharros cuando se marcha, me lavo los dientes y tras revisar que llevo todas mis pertenen- cias en el bolso, monto en mi viejo cochecito y salgo camino del hotel. Paso por el Paseo de la Independencia para llegar hasta él, es una de las principales vías de comunica- ción de Zaragoza, mi ciudad. Lo cierto, es que esta calle está siempre muy transitada debido al gran número de tiendas, bares y tapas que podemos encontrar por aquí pero hoy no hay mucho atasco así que el camino se me pasa rápido a pesar del malestar que siento en este momento.

Cuando llego al hotel me pongo al día con el papeleo. Organizo las entradas y salidas, compruebo que se haya hecho la limpieza en las habitaciones que han quedado vacías y resuelvo las dudas a los clientes sobre las horas de llegada, los servicios, la comida...

Al principio estoy entretenida pero conforme pasa el tiempo me voy encontrando peor. Estoy sentada in- tentando recomponerme cuando recibo un mensaje de Marco:

(34)

Pienso bien qué decirle antes de contestar y al final decido responderle que estoy bien, que no se preocu- pe. Me va a crecer la nariz por mentirosa pero bastante ha tenido el pobre con lo suyo, como para darle yo más quebraderos de cabeza.

Al poco de contestar, recibo otro WhatsApp suyo:

“Me fiaré de tu palabra. Hoy tengo mucha tarea en el pub, viene gente importante para organizar las fiestas privadas y tengo que cuadrar todo. Llegaré un poco más tarde que

tú a casa, te quiero, luego te veo”

Noto que me mareo después de leer el mensaje y dejo de mirar el teléfono. Una de mis compañeras de trabajo se acerca por si necesito algo pero enseguida la indico que estoy bien. Al rato viene Toni, mi ex, que tiene una sesión de fotos con unas modelos que se alojan en el hotel. Por desgracia para mí, trabajamos en el mismo sitio.

Toni, al ver mi cara demacrada se acerca. ―Brenda― dice preocupado― ¿Necesitas algo? ¿Te encuentras bien?

Ni siquiera respondo y miro para otro lado, pero él insiste.

―Brenda, por favor, perdóname. Miranda, la ex de Marco, me convenció para hacerte la trampa con las fotos. Me dijo que Marco estaba contigo para darle celos a ella y que sólo serías otra más en su lista de juegos. Ahora sé que lo que me decía esa mujer era mentira y que me utilizó para su propio beneficio. De verdad que lo siento.

Asiento con la cabeza tras oír su discurso, me encuentro fatal y lo último que me apetece ahora

(35)

es ponerme a discutir con este, por lo que termino diciendo:

―Está bien. No necesito nada, solamente estoy algo resfriada. Gracias Toni.

Antes de que conteste me disculpo con la excusa de ir al baño. Allí aprovecho para mojarme la nuca y la cara, cada vez me noto peor y antes de volver a mi puesto compruebo que Toni se haya ido. Cuando estoy segura de que ya ha empezado con la sesión de fotografía vuelvo a mi puesto de trabajo y allí me las apaño como puedo para aguantar hasta que acabo el turno.

Cuando llega mi compañera de relevo sólo me falta salir corriendo. Me cambio con rapidez, salgo pitando del hotel y monto en el coche con impaciencia. Con- duzco hasta casa con precaución; pues solo me falta un susto al volante para terminarme de apañar el día, vaya.

Tras un trayecto que me parece eterno, por fin llego a la urbanización, aparco el coche donde siempre y mareada e incómoda por cómo me siento, consigo entrar en casa.

Marco aún no ha venido y estoy muy asustada, siento un gran dolor en el pecho cada vez que toso, me duele el cuello, las cervicales, todo, absolutamen- te todo, estoy aturdida y temblando. La sensación que tengo es de estar congelada pero al llevarme una de las manos a la frente, noto que esta está ardiendo. Tengo la camiseta empapada por el sudor y pienso en subir a cambiarme al dormitorio pero me da tal bajón que tan sólo llego al salón.

A duras penas dejo caer mi cuerpo sobre el sofá e intento llamar a Marco cuando siento un fuerte mareo

(36)

que me impide continuar. Solamente me da tiempo a pulsar el icono de llamada antes de que el móvil caiga estrepitosamente contra el suelo.

Ni siquiera intento cogerlo, cierro los ojos y me acurruco tapándome con la manta por encima como puedo mientras tiemblo. Siento mucho frío, me en- cuentro muy cansada y segundos después, pierdo el conocimiento.

(37)

3

No sé el tiempo que ha pasado desde que he perdido la conciencia cuando oigo muy de fondo girar la cerra- dura de casa. Estoy con una sensación de malestar que no llego a entender, y tampoco consigo ver nada.

Acurrucada en la manta y temblando de frío, noto cómo Marco se queda inmóvil al encontrarme en este estado.

No puedo verlo, pero siento su presencia. Sé que está delante de mí, intentando calmar el ritmo de su respiración.

Inmóvil por mi estado, se acerca temblando y des- esperado, intenta hacerme volver en sí mientras mece mi cuerpo de un lado a otro con temor. Al ver que no obtiene la respuesta que desea entra en pánico y co- mienza a gritar:

―¡Brenda, por favor, Brenda! Abre los ojos, vamos, mírame mi vida, mírame― ruega mientras coloca una de sus grandes manos sobre mi frente―¡Por el amor de dios, estás ardiendo!

(38)

La intensidad de sus temblores aumenta y con mucho esfuerzo consigo abrir poco a poco los ojos.

Lo primero que me encuentro es el rostro de mi hombre descompuesto, sus ojos reflejan el miedo que siente y noto su pulso acelerado. Yo me encuentro fatal, estoy aturdida y tras emitir un sonido de inco- modidad, Marco me mira:

―Brenda, tranquila. Voy a llamar al médico pero primero te llevaré al cuarto para tumbarte sobre la cama.

Le intento sonreír pero estoy tan débil que ni si- quiera lo consigo, por lo que desisto en el intento. Con todas mis ganas hago por incorporarme pero por lo visto es misión imposible. Marco enseguida se hace cargo del problema y como si yo pesara menos que una pluma me carga en sus brazos y avanza conmigo hasta nuestro dormitorio.

Con cautela me deja sobre la cama y tapa mi cuerpo con las sábanas y el edredón, luego saca su móvil del bolsillo y se dispone a llamar al médico:

―Hola doctor, necesito que venga urgentemente, se trata de mi mujer.

Explica brevemente los síntomas que ha observa- do y yo mientras tanto pienso como una boba en el término que acaba de usar para referirse a mí; “mi mujer”. Jamás me he planteado si quiero casarme o no, pero que me llame de esa forma, he de reconocer que me ha hecho especial ilusión.

Cuando termina de hablar con el doctor, me limpia el sudor de la frente con gasas y me cambia. Mi ropa está empapada.

―Esta te la pienso guardar, pequeña diablilla― replica sacándome de mis pensamientos ―No te voy

(39)

a regañar todavía porque no es el momento, pero en cuanto el médico te dé la medicación que nece- sitas para ponerte bien que sepas que tenemos una conversación pendiente; PENDIENTE― recalca ha- ciendo especial hincapié en la última palabra antes de darme un tierno beso en la frente ―porque tú sí que me has dado hoy un susto de muerte.

Durante la espera, Marco está pendiente de mí. Ha quitado mi sudor varias veces con las gasas y no pasa mucho tiempo cuando llega el médico, que por cierto, debe de trabajar con la familia Morelli desde hace muchos años, por lo que me ha contado mi italiano.

Marco baja a abrirle, no escucho lo que dicen pero cada vez están más cerca y cuando sube con él al dor- mitorio, puedo ver que es un hombre mayor al que aún le queda tiempo por ejercer. Advierto por su porte, por sus gestos y por su manera de vestir que es un señor elegante, formal y la verdad es que me transmite bas- tante tranquilidad.

―Doctor ¿Cómo puede provocar algo así un simple resfriado? Si usted la hubiera visto como yo... Estaba empapada en sudor, tiritando y no conseguía que volviera en sí. Ha llegado a perder el conocimiento y está muy débil. ¿Se va a poner bien? ¿Qué cuida- dos necesita? ¿Puedo hacer algo por ayudar?

―Morelli, siéntese y tranquilícese. Primero exa- minaré a Brenda y luego les informaré de lo que padece y de las pautas que deberán seguir para que su recuperación sea óptima. No puedo darle un diagnóstico sin estudiarla antes así que respire hondo y cálmese, está más nervioso usted que ella.

(40)

Me hace gracia el comentario del doctor y sonrío como puedo porque Marco sigue sin callar por los nervios.

―Es lo más preciado que tengo. No soportaría per- derla. ¿Qué tiene? ¿Va a ponerse bien?

―No la vas a perder, hágame caso y siéntese― le pide con tacto el médico. Se ve que le conoce muy bien y sabe cómo manejar la situación porque Marco, obedece enseguida.

El médico, una vez controla los nervios de mi italia- no, me realiza una serie de pruebas, y una vez que ya me ha examinado a conciencia, dice:

―Señorita Brenda, lo que usted tiene es gripe. ―¡¿Pero cómo la va a dejar así una simple gripe?!― pregunta Marco de nuevo, exaltado.

―A ver ―responde el doctor ―un constipado no es gripe, Morelli. La gripe es una infección causada por un virus que ataca de forma agresiva a las vías respiratorias. Entre sus síntomas tenemos: fiebre alta, sudores, sensación de vértigo, dolor de cabeza y de garganta o pecho, temblores e incluso pérdida del conocimiento; como ha pasado con Brenda.

Marco parece que entiende las diferencias entre “un leve constipado” y “la gripe en todo su esplendor” porque enseguida baja al despacho para regresar con un paquete de folios y el archivador.

A pesar de lo mal que me encuentro me entran ganas de reír debido a su dramática reacción pero me con- tengo, no está el horno para bollos.

El médico parece estar acostumbrado a este tipo de re- acciones en la familia Morelli porque sin darle impor- tancia alguna a Marco ni cambiar siquiera el gesto, le dicta con todo detalle lo que debo hacer:

(41)

―Lo primero, reposo absoluto― nos advierte a los dos.

―Sí doctor― le dice Marco.

―Recuerda Brenda― dice ahora dirigiéndose a mí tras poner los ojos en blanco por culpa de Marco― incorporar vitaminas y minerales a tu dieta para aumentar el desarrollo de las defensas. Para preve- nir la deshidratación y eliminar la mucosidad toma mucho líquido caliente o del tiempo.

―Sí doctor― vuelve a repetir Marco al tiempo que apunta todo lo que el otro dice. Parece un niño de colegio atendiendo a las explicaciones del profesor.

El médico pone los ojos en blanco otra vez y ya le reprende algo irritado:

―Morelli, no hace falta que apunte cada palabra que sale de mi boca. Con que preste atención, sobra. De verdad que no es necesario que copie todo como cuando le dictaban un párrafo en clase.

El pobre deja el papel, el boli, los folios y se cruza de brazos a regañadientes.

―Muy bien, así atenderá mejor. Lo que estaba di- ciendo, ah, sí, mucho líquido, vitaminas, minerales y ahora vamos con los medicamentos: paracetamol intercambiado con ibuprofeno cada ocho horas, a menos que la fiebre no remita; entonces será cada cuatro. Esto también le aliviará la sensación de pesadez muscular tan incómoda que tiene de forma permanente. Aparte de estas dos cosas deberá usar antibiótico; ahora haré la receta del que más la con- viene pero recuerde que sólo debe tomar uno al día y habiendo comido antes, porque esta medicación es bastante fuerte. Todo esto lo hará durante cinco

(42)

días, si para entonces no mejora puede volver a llamarme.

Dicho esto, saca un papel donde escribe todo lo que ha dicho que tengo que tomar con rapidez y le entrega la receta a Marco.

―Morelli, un placer. Espero que la siguiente vez que nos veamos no sea por algo malo. Brenda, que se mejore, y no olvide seguir las pautas que la he dado. No hace falta que me acompañe a la salida― dice dirigiéndose ahora a Marco ―séquela un poco el sudor de la frente y luego vaya a la farmacia a por lo que he recetado. Nos vemos.

Hace lo que el médico ha indicado y cuando el doctor ya se ha ido, Marco se acerca a mí. Aún está algo nervioso por el susto y me seca con cuidado el sudor como el otro le ha indicado. Pasa las gasas con ligeros toquecitos sobre mi rostro insistiendo en la frente, después por el cuello, y baja hasta el escote. Estoy empapada y vuelve a cambiarme la camiseta, después me acomoda en la cama, se lo agradezco con la mirada y tras darme un beso en el dorso de la mano, me abraza y se va a la farmacia.

Escucho cómo arranca el coche antes de marchar- se y me apretujo contra las almohadas enrollando las sábanas y el edredón sobre mi propio cuerpo. Estoy helada, y ni los temblores ni la fiebre bajan.

Se me hace eterna la espera e intento relajarme y descansar hasta que de nuevo escucho la puerta. Ya vuelve mi italiano con la medicación que necesito pero no sube directamente arriba. Espero un rato largo, i m- paciente, hasta que por fin siento sus pisadas al pasar por las escaleras.

(43)

Cuando abre la puerta del dormitorio observo que trae consigo una bandeja. Empuja la puerta despacio y se acerca. Aún nervioso por lo que ha pasado me explica:

―He buscado en internet qué alimentos son ricos en vitaminas y minerales, no vayas a replicarme nada, ya sé que aún queda bastante para la hora de cenar pero como tienes que tomarte la medicación cuanto antes, considera esto la merienda. He preparado una rebanada de pan integral con queso de untar, nueces y un poco de miel por encima para endul- zar. Luego tienes una naranja en rodajas con algo de azúcar y para beber, agua mineral del tiempo.

Frunzo el ceño porque ahora mismo tengo de todo menos hambre, pero soy consciente de que para tomarme la medicación primero tengo que comer algo, aunque sea poco.

Intento incorporarme en la cama lo suficiente como para poder comer pero me cuesta mucho y al final es Marco quien se encarga. Con cuidado me levanta y es él mismo quien me va dando la comida partiendo la rebanada de pan integral con queso de untar en ca-chitos chiquititos. Hace lo mismo con la naranja en rodajas y al verme comer, pregunta feliz:

―¿Te gusta amore? Venga, un poquito más, te vendrá bien.

Le hago caso y al final me convence para acabar con casi toda la bandeja pero lo cierto es que ya no me entra ni una migaja más. Pido agua, sedienta, y con cuidado me lo acerca a los labios junto con la medica- ción. Menos mal que la píldora anticonceptiva me la tomo por las mañanas cuando me levanto porque vaya popurrí haría en el estómago si no.

(44)

Marco retira el vaso cuando acabo y se sienta a mi lado. Su gesto es serio y le miro con cara de “Lo siento”. Parece que me entiende porque enseguida cambia la expresión y dice: ―Brenda, ahora que has comido algo y tomado la medicación descansa. Seguro que después de un rato te sientes mejor y podremos hablar tranquilamente.

―No sé por qué intuyo que lo que me vas a decir no será de mi agrado.

―Hablamos más tarde, Brenda.

Asiento con la cabeza y me tumbo en la cama apoyán- dome sobre él. Mientras me acaricia el cabello noto cómo se relaja mi cuerpo y al final, tras unos minutos en los que consigo descansar, me duermo.

Horas después abro los ojos y pestañeo. Observo que ya es de noche porque a través del gran ventanal sólo se aprecia la luz de la luna, también veo que Marco está a mi lado.

―¿Qué tal estás, Brenda?― pregunta al ver que me despierto.

Me estiro aliviada y aún un poco adormilada, pregunto:

―¿Qué hora es? La verdad es que más descansada sí que estoy y también noto menos pesadez en los músculos de mi cuerpo.

―Me alegro de que te haya aliviado la medicación, y por cierto, son las once de la noche.

―¡¿LAS ONCE?! ¡Pero si llevo cinco horas dur- miendo! ¡¿Por qué no me has despertado antes?!

―¿Para qué te iba a levantar? El doctor ha dicho que necesitas descansar.

―Pero me he acostado a las seis de la tarde... ―¿Y a que ahora te sientes mucho mejor que antes?

(45)

Debato mentalmente unos instantes antes de contestar y finalmente digo la verdad.

―Pues sí, mucho mejor me siento, las cosas como son.

―Pues ya está Brenda. Por cierto, aprovechando que te sientes mejor te diré que en tres horas tienes que tomar de nuevo el fármaco combinado así que por desgracia para ti, ahora quieras o no, me vas a oír.

―Marco, no estoy para reprimendas. A ver si ahora me vas a poner tú el dolor de cabeza.

―Pues te tendrás que aguantar porque me vas a es- cuchar. Vamos a ver pequeña cabezota, te va a llegar la nariz a la otra punta del país por mentirosa. ¿Por qué no me has dicho las veces que te he preguntado si estabas mal la verdad? ¿Cómo crees que me he sentido al llegar a casa y encontrarte en el estado en el que estabas?

―Porque no quería pr...

―¡¿No querías qué?!― Pregunta irritado y un poco desesperado diría yo―¿Sabes qué miedo he pasado? ¿Sabes lo que ha sido encontrarte así?

―Marco, escúchame, déjame que me explique. ―No quiero. No quiero oírte decir ni una sola palabra hasta que acabe.

Abro los ojos de par en par por la brusquedad con la que me está hablando y no me da tiempo a decir nada porque de nuevo, arremete contra mí.

―Llego de trabajar en el pub y te encuentro incons- ciente y tiritando en un estado deplorable. ¿En qué pensabas? Dímelo porque no lo entiendo. ¿A qué juegas? ¿Qué has conseguido mintiendo? Oh, ya

(46)

lo sé, darme un susto de muerte, eso desde luego. Brenda, te lo advierto, no vuelvas a hacerme esto.

Por fin se calla aunque sólo sea para coger aire y apro- vecho el momento para expresarme:

―Marco lo siento. Pensaba que era un simple cons- tipado, sí que es verdad que luego he notado que la cosa iba a más pero entiende que no quería...

―¡¿Que no querías qué?! ¡¿Qué es lo que no querías?!

―¡PREOCUPARTE!― grito enfadada conmigo misma por haber llegado a esta situación ―Preo- cuparte, no quería preocuparte. Ya bastante tenías con saber que Miranda dió en adopción a vuestro hijo y cuando fuimos a casa de Emma, descubrir que éste no había sobrevivido, como para encima darte yo guerra porque estuviera un poco indispuesta. Tampoco soy vidente Marco, jamás me ha pasado lo que hoy... ¿Cómo iba a saber que terminaría así?

Marco resopla enfadado y se levanta de mi lado, camina de un lado para otro mientras se toca el cabello nervioso y cuando consigue calmarse, continúa:

―Brenda― dice serio, intentando suavizar un poco el tono de su voz ―Para mí, mi hijo murió hace dos años y descubrir ayer que sólo vivió un poco más me duele en el alma, porque tenía ese atisbo de esperan- za en el que pensaba que realmente podría encon- trarle con vida. No puedo hacer nada para cambiar el pasado, y en el presente que es donde estamos, tú eres mi prioridad. Me he quedado aterrorizado al encontrarte así, no entendía lo que había ocurrido ni por qué estabas inconsciente, tiritando, sudando... No te imaginas lo mal que lo he pasado. Tenía miedo por ti, mucho miedo Brenda, así que por favor, no

(47)

vuelvas a hacerme esto porque si te hubiera pasado algo jamás me lo habría perdonado.

Con sentimiento de culpa le cojo las manos y me inclino sobre él colocando la cabeza en su pecho. En- tiendo perfectamente lo que me dice, si yo le hubiera encontrado en ese estado después de preguntarle veinte veces si se encuentra mal, también me habría sentido frustrada y engañada.

―Lo siento Marco. ¿Me perdonas por ser tan cabezota?

―Depende― responde con cara de pillo. ―¿De qué depende?― pregunto intrigada. ―De cómo te portes estos días.

―¿A qué te refieres?

―A que tienes que tomar medicación durante cinco días y en ese tiempo vas a comer sobre todo ali- mentos ricos en vitaminas y minerales, vas a beber mucha agua, vas a tomar lo que te ha recetado el doctor siguiendo cada indicación y vas a descansar, lo que implica también que no vas a ir a trabajar.

―¡¿Pero qué dices?! ¡¿Cómo voy a estar cinco días sin ir al hotel?! ¡¿Te has vuelto loco, verdad?! Si seguro que en un par de días ya estoy como nueva...

―Me da igual, como si mañana te levantas brincan- do, de aquí no sales en cinco días. ―Vamos a ver, que me da a mí que tú también eres un poco cabezón. No puedo decir en el trabajo “Ale majetes, que os den por el culete durante casi una semana porque estoy con gripe y el prestigioso Gianmarco Morelli no me deja ir a trabajar”.

―Tú quizá no, yo sí.

(48)

―A que he pedido la baja al doctor para estos días, después he remitido a tu jefa el papel del médico explicando la situación y por cierto, te adelanto que no ha puesto ninguna objeción. Además ha sido bas- tante agradable y me ha dicho que te recuperes. Abro la boca drásticamente por la sorpresa. Alucina pepinillo aquí con el listillo. ¿Pero no entiende que la gente con una economía normal no puede faltar al trabajo así porque sí, o porque lo diga él? Molesta, termino replicando de mala leche:

―Mi pinis di lis nirviis ciindi ti pinis in midi mirimindin.

Con cara de pocos amigos tras escucharme, pregunta: ―¿Qué has dicho?

―Gianmarco Morelli, ahora mismo te odio un poquito― respondo cruzándome de brazos a la vez que ignoro su pregunta.

―Pues... Me da lo mismo que me odies un “poquito” o un “muchito”. Vas a estar en casa estos días y me voy a encargar personalmente de que cumplas todas las indicaciones del doctor, y por supuesto, de que no salgas por la puerta.

―Bueno, pero luego estaré oficialmente perdona- da ¿No? ¿O después de tenerme encerrada piensas seguir poniéndome morro choto?

―Si te cuidas y te pones bien, te perdono. ¿Trato?

Pienso unos instantes si aceptar o no y aunque creo firmemente que me voy a volver loca estando encerra- da tantos días en casa sin hacer nada, respondo:

―Trato hecho.

Me abraza con suavidad, sabe que aún estoy delicada y con mucho cuidado me rodea entre sus brazos.

(49)

―Voy a preparar algo de cena así que nada de salir de la cama, pequeña liliputiense.

―No me digas pequeña que tampoco mides mucho más que yo ―arqueo una ceja después de asimilar la estupidez que acabo de decir teniendo en cuenta que me saca de altura un montón.

―Claro que no amore, qué disparate, si solamen- te hay alguna cabeza de diferencia― responde con vacile mientras se retira para bajar a la cocina.

―Pues que sepas que el perfume se sirve en frascos pequeños― respondo picada por lo bajini, pensan- do que no me va a oír cuando de repente, responde:

―El veneno también amore, el veneno también.

Dicho esto me guiña un ojo y sale del dormitorio de- jándome sola en el cuarto mientras repito como una niña pequeña cuando está de morros:

―Il vinini timbiin imiri, il vinini timbiin...

Me acurruco entre las sábanas para echarme una cabezadita en lo que Marco prepara algo en la cocina pero no consigo pegar ojo, me da que ya he dormido suficiente por ahora así que cojo uno de mis libros fa- voritos y me pongo con él. Sumergida en una maravi-llosa historia y con la nariz metida en el libro, pierdo la noción del tiempo y mi italiano sube con la cena.

―¿Qué lees?

―Romeo y Julieta. Espero que no haya más naranja― cuchicheo según se acerca.

―Come y calla― dice dejando sobre mí un delicioso plato de espárragos verdes con champiñones en salsa y de postre por lo que puedo observar un plátano― toma Brenda ―añade dejándolo a mi lado.

Le miro con cara de disgusto y pregunta: ―¿Qué pasa?

(50)

―Que yo no quiero este plátano― replico cruzán- dome de brazos mientras hago un mohín. ―¿Por qué no? ¿Te traigo uno que esté más maduro?

―¡Noooooo! ―¿Entonces? ―Prefiero el tuyo.

Marco se aleja considerablemente de mí y tras dibujar una barrera imaginaria entre los dos, contesta:

―Atrás diablilla. Ya has oído al doctor, tienes que descansar. Reposo absoluto dijo exactamente.

―Pero dicen que hacer el amor alarga la vida. ―¿Ah si? Pues no te preocupes, Brenda, que cuando te recuperes del todo si quieres te hago inmortal.

Será jodío el respondón... Me resigno a comer los deliciosos espárragos con champiñones en salsa ha- ciendo un gran esfuerzo por saborear algo y después, hago lo mismo con el maldito plátano.

―Que sepas que este no es precisamente de mi agrado― gruño señalándolo. ―Jajajajaja― ríe Marco ―Pues de momento es el

único que vas a tener.

Le fulmino con la mirada e intenta besarme pero molesta porque no quiera tocarme ni con un palo ex- tensible por culpa de la maldita gripe, me aparto.

―¿Qué pasa Brenda? ¿No me digas que te has enfa- dado porque ese plátano no sea de tu agrado?

―No, pero no me beses, no vaya a pegarte la gripe y termines malo como yo, encerrado en casa y co- miendo plátanos de estos.

Se queda dubitativo y dice a regañadientes: ―Está bieeeeeen, enfadica, no te besaré... Me da un beso en la frente y le pregunto cuando se sienta a mi lado:

(51)

―¿Mañana vas a ir al pub?

―No. Ni pienses que voy a dejarte sola porque co- nociéndote como te conozco, capaz eres de escabu- llirte para ir a trabajar.

―Para tu tranquilidad, no tengo en mente escapar- me y tampoco me hace especial ilusión que te quites de hacer tus cosas para poder vigilarme.

―Soy el jefe. ¿Alguna ventaja tenía que tener, no? Además, no creo que a nadie le entre depresión porque no vaya por allí en un par de días y por cierto, no te voy a vigilar, te voy a cuidar.

―También tienes razón― respondo aludiendo a lo primero que ha dicho ―Por cierto, Marco, hay una cosa que no entiendo y me gustaría preguntarte.

―A ver, pequeña diablilla, sorpréndeme.

―¿Por qué teniendo médico privado en casa no atendió el doctor que ha venido hoy a Miranda, cuando estaba embarazada?

―Ella no quería. No me dejaba siquiera acompa- ñarla a las revisiones porque como supongo, sabía las consecuencias que sus actos tenían sobre el bebé y no quería que me enterase de lo que hacía a mis espaldas.

Le miro, y durante unos segundos en los que me quedo pensativa, no digo nada. Estoy dando vueltas a algo cuando al final no puedo resistirme y termino diciendo lo que pienso.

―Marco, de verdad que no logro entender qué es l o que te gustaba de esa mujer, realmente es peor que un dolor de muelas.

Me observa serio, extrañado al mismo tiempo por mi declaración y al final, después de una preciosa car- cajada que resuena por toda la estancia me envuelve

(52)

entre sus brazos y hunde su nariz en mi cuello, inha- lando el perfume de mi cuerpo. ―Yo podría decirte lo mismo de Toni, tu ex.

―Bueno, Toni era muy obsesivo, posesivo y me atrevo a decir que si hubiera seguido con él se habría vuelto hasta agresivo pero desde luego que no tiene el nivel de maldad que la otra. Miranda es vil y peligrosa.

Ignorando por completo los adjetivos que acabo de dedicar a la bruja de Miranda, mi querido italiano, pregunta serio:

―¿Toni te ha puesto la mano encima alguna vez?― está muy tenso, lo noto.

―No, corté la relación cuando empezó a mostrar celos por mi hermano y mi sobrina. Me quería única y exclusivamente para él.

―Me alivia saber que no ha llegado a hacerte nada, por suerte, el destino es sabio y ha decidido juntar- nos. Brenda, espero que sea verdad lo que dices de Toni porque si me entero de que alguna vez te ha...

―Marco, deja de decir y pensar tonterías. ¿Crees que yo le habría permitido que me pusiera una mano encima? Vamos, no tiene Zaragoza suficiente para correr el hombre. Por cierto... ¿Has visto lo que han terminado dando de sí las llaves en la alcantarilla? Todavía recuerdo el primer día que te vi, lo primero que pensé fue “dios santo bendito, qué hombre más grande”, luego me fijé en tu oscuro cabello, caían mechones de manera desenfadada por tu rostro y seguido, observé esos preciosos ojos azules que me atraparon al momento, tu nariz recta y esas facciones tan duras y firmes que hacen que seas

(53)

infinitamen-te irresistible. Me alegro tanto de haberinfinitamen-te conocido, Marco...

―Y yo a ti amore, y yo a ti. Por cierto, jamás se me olvidará la primera imagen que tuve tuya, sin duda, algo digno de recordar.

―Oh Marco, calla, qué vergüenza...

―No me callo, no. Lo cierto es que me sorprendió ver a una diminuta y hermosa mujer dando golpes y patadas a mi coche sin entender por qué, pero lo que me dejó realmente sin palabras aparte de tus ojos color verde grisáceo y de esos labios tan bonitos y apetecibles que tienes, fue tu carácter y tu forma de ser. Te veía tan fuerte y a la vez tan débil Brenda... Por cierto ¿Qué es lo que me llamaste antes de irme a por la cuerda y el imán?

Sonrío al recordar ese idílico momento. ―Niñi ripipi di pipí.

―JAJAJAJAJA, creo que ahí fue cuando quedé total- mente prendado de ti. Bésame Brenda, bésame.

No quiero pegarle la gripe e intento resistirme, pero insiste, y al final me roba un dulce, tierno y sensual beso. Enseguida reacciona mi cuerpo, su contacto siempre crea este efecto en mí y en cuestión de segun- dos ya estoy deseando tocarlo, sentirlo, tenerlo... Pero muy a mi pesar, Marco se retira.

―Ahora a dormir ,amore, estás malita y como ha dicho el doctor “tienes que descansar” así que pórtate bien, lávate los dientes, la cara o lo que nece- sites y nos vamos a la cama.

―Pero si aún tengo que hacer tiempo para tomarme la pastilla.

Referencias

Documento similar

Digamos que uno tiene un cuerpo y que puede disponer de él como quiera (salvo por unos parámetros impuestos que en honor a aquello que se denomina “sentido común” uno no

Este documento destaca nuestra visión colectiva sobre la Transición Energética Justa, tal como debatieron las/os participantes y se expresó en los seminarios virtuales de Amigos de

Objetivo del Proyecto: Fortalecer el proyecto educativo del Centro Fe y Alegría Chiantla, fortaleciendo los procesos que lo constituyen, en el marco de la calidad educativa del

o esperar la resolución expresa" (artículo 94 de la Ley de procedimiento administrativo). Luego si opta por esperar la resolución expresa, todo queda supeditado a que se

1. LAS GARANTÍAS CONSTITUCIONALES.—2. C) La reforma constitucional de 1994. D) Las tres etapas del amparo argentino. F) Las vías previas al amparo. H) La acción es judicial en

Período de realización (indicar meses ou períodos posibles de realización e xornada laboral: tempo completo ou parcial).. Do 01 de abril ao 30 de setembro en horario de

A Carlos Eduardo, Oscar y Gilma, mis colegas de doctorado que ya se graduaron y que fueron mi ejemplo y grupo de apoyo. Por supuesto a todos los Emes, amigos

Volviendo a la jurisprudencia del Tribunal de Justicia, conviene recor- dar que, con el tiempo, este órgano se vio en la necesidad de determinar si los actos de los Estados