Rafael Manuel Tovar
“AL SERVICIO DE LA VERDAD EN LA CARIDAD” Paulinos, Provincia México.
Primera edición, 2014
D.R. © 2014, EDICIONES PAULINAS S.A. DE C.V.
Versión electrónica: Centro Paulino Provincial de Comunicación e Informática
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Los amigos son lo más importante
Cuando me di cuenta, ya estaba metido en la pelea. Mis amigos dijeron que él lanzó el primer golpe, aunque yo moví la cara y su puño apenas me dio en el pómulo. Yo respondí directo, a la boca. El círculo de alumnos curiosos se cerró rápido, algunos gritaron: "¡Pégale duro!", Otros sólo miraban, con los ojos muy abiertos. Pero no pasaron treinta segundos y nos separaron.
No soy pendenciero. Pero tampoco me quedo de piedra si me atacan. ¿Debí dejarme golpear? Han pasado muchos años desde aquel encontronazo en la escuela, y la edad me ha enseñado algunas habilidades para no caer en la primera provocación. Salí poco golpeado, con un solo moretón en la cara, gracias a mis amigos.
Los amigos. Eran lo más importante para mí. Y así ellos lo sentían también. Compartíamos secretos, nos contábamos los éxitos o los tropiezos con las muchachas, nos ayudábamos con las tareas de la escuela, organizábamos los partidos de futbol… Y las confidencias eran una parte del apoyo que intercambiábamos, no sólo en los estudios o en la diversión. Jamás olvidaré cuando los cuatro más allegados entraron en casa para convencer a mis papás de que me dejaran ir a la salida al cerro, organizada por la escuela, a la que no podía ir yo por un castigo. ¡Me corrió la alegría bajo la piel cuando los convencieron!
La pelea inició porque yo saqué buena calificación y el otro, que era un flojo en los estudios, me insultó diciéndome que yo era bueno sólo para leer y pensar, pero sin amigas ni dinero. Yo le respondí que prefería tener pocas monedas, pero sin orejas de burro. Le rompí el labio antes que mis propios amigos se metieran entre los dos y frenaran los golpes… Han pasado muchos años y todavía recuerdo a aquellos amigos como el mejor regalo que tuve, mientras me acercaba a cumplir los quince. Con lo mucho que ha llovido desde entonces, repetidamente me he preguntado si los amigos son lo más importante en la vida, durante la adolescencia y todavía hoy. Pero, para responderme, necesité aclarar algo.
Me río, incluso cuando estoy solo, al recordar los buenos ratos pasados con los cuates. Pero algo sucedió, tras aquella riña en el patio, que me hormigueó en la mente. Nos llevaron con el director de la escuela. Solo nos dijo, a mi contrincante y a mí, una frase que no entendí del todo y que después procuré comprenderla mejor:
—¿Saben por qué se han partido la cara? Porque no distinguen entre amistad, amor y egoísmo.
No explicó más. Nos pidió que evitáramos otra pelea y nos dejó ir. Nos fue bien, pues no hubo castigo. Creo que su trato fue bueno y acertó en la solución, porque salir libre de su oficina me inspiró aclarar aquella frase extraña: "No distinguen entre amistad, amor y egoísmo". ¿La dijo por casualidad? ¿O para que lo pensáramos? Le di vueltas, aunque tardé bastante tiempo en entender a qué se refería.
estuviera de mi mano y divertirnos juntos. Pero uno del grupo tuvo una enfermedad grave: leucemia. Lo visitamos, procuramos agradarle cuando estábamos con él, oramos por su salud… Pero murió. Fue entonces cuando me pregunté qué era un amigo, justo cuando lo perdimos. De todos modos, no logré precisarlo. Sentía lo que era una amistad, pero no podía decirlo. Pasó el tiempo. Y ha sido el crecimiento quien me lo ha enseñado: un amigo es la persona con quien compartes afecto, compañía, dolor y diversión. Simplemente eso: compartir, de modo que él da y uno mismo también da. De rebote, se me aclaró lo que es el egoísmo, el cual se resume en mucho para mí y poco para los demás. Porque el egoísmo se opone a la amistad, ya que el egoísta no comparte, quiere todo el pastel para él, compartiendo si acaso unas migajas.
Otra cosa me quedó clara: que los amigos son lo máximo cuando son verdaderos amigos. Suena a repetición. Pero hablo de verdaderos amigos porque me encontré, aquí y allá, con gente que se decía serlo. Pero lo eran sólo de labios para afuera, cuando querían que yo les compartiera mi dinero, mis visitas o que les llevara a las fiestas donde me invitaban. Pero ellos no compartían sus cosas: las guardaban solo para sí. Al toparme con tipos como ellos, me volví a preguntar si son los amigos lo más importante. Tras darle vueltas, me he respondido que en parte sí, aunque con un pero. Sí, porque compartir es la gran expresión del amor entre los humanos; con un pero, porque hay personas que te envuelven en sus malos manejos y te chupan como una araña. Trataré de explicarme más.
Aquella frase del Director de la escuela me despertó el interés por descubrir qué era la amistad, el amor y el egoísmo, y logré entender dos, pero no comprendí bien qué era el amor. Tardé años en encontrar su verdadero significado, sobre todo porque la palabra amor se contamina con las escenas románticas, con el sexo o con el comercio del catorce de febrero. Me costó captar que el amor es buscar la felicidad del otro, no como la amistad, que se necesita que haya dos y compartan algo, sea sus pasatiempos o su música. El amor va más allá, por eso, llega hasta amar al enemigo, al desconocido, al necesitado que no te cae nada bien pero que carece de lo mínimo. También hay amor entre los verdaderos amigos, porque cada uno busca la felicidad del otro, y comparten sus alegrías y tropezones. Cuando entendí que amar va más allá de lo que recibes del otro, caí en la cuenta por qué el director de la escuela nos sugirió que distinguiéramos entre amistad, amor y egoísmo.
El día que entendí la diferencia, me autoevalué para ver qué tanto tenía de las tres cosas. Algo de egoísmo guardaba en mí, porque no siempre estaba dispuesto a compartir y, al comprobarlo, me propuse ser más generoso. Amistad también tenía, y me dio gusto saborear los buenos ratos que pasaba con los amigos. Y amor… Creo que algo tenía, aunque siempre se puede amar más, pues siempre se puede buscar más felicidad para los otros. Con las ideas claras, sin embargo, una sombra de pena se atravesó en mi mente. Nació del recuerdo sobre otro compañero, que en aquellos tiempos llamaba amigo, el cual me propuso un juego.
Era un juego peligroso. Y el peligro, fruta prohibida y apetitosa, me atrajo. Fuimos a un gran supermercado y entramos a la aventura de robar un modelo novedoso de
teléfono celular. Preparamos la estrategia para distraer al empleado que vendía en el mostrador, nos dividimos las tareas y nos acercamos al punto de venta. Él se encargó de entretener al joven del negocio, llevándole al extremo más opuesto, para que yo tomara el aparato. Cuando lo agarré, me vio un vigilante vestido de cliente común. Me tomó la mano que sostenía el teléfono en el bolso, llamó a seguridad y fui conducido a las oficinas. Ahí relaté la complicidad de mi compañero. Lo trajeron, pero negó todas mis explicaciones. Como era muy joven, los de seguridad se limitaron a avisar a mi familia. Mis papás se avergonzaron, se enojaron y me pusieron un fuerte castigo. También me preguntaron si el desacierto me enseñó algo. Yo dije que sí, que me dejó una buena enseñanza. E insistí en que no iba conmigo el robo, que me dejé llevar por la aventura y por arriesgado. No les dije que, en el fondo, el aprendizaje que más me caló fue saber que aquel compañero de clase… de plano no era un amigo verdadero.
¿Son los amigos lo más importante? Sí, pero cuando se trata de amigos auténticos. Y, como no es sencillo descubrir cuál gente de la que tienes cerca te va a dar su apoyo y cuál te va a meter en la ratonera, se me grabó lo que oí una vez, para distinguir los amigos verdaderos: que el verdadero te comparte sus bienes, te enseña algo y guarda las confidencias que le haces en los momentos difíciles. Y así he procurado ser yo, compartiendo, enseñando y callando los secretos. Porque un amigo verdadero no está junto a ti sólo entre las luces de la diversión, sino también cuando te rodean sombras y melancolía.
Se puede tener novia a cualquier edad
Mi actual trabajo de tutor en la escuela se concreta en tres tareas principales: atender a los alumnos que piden una cita para aclarar alguna cosa, suplir a algún profesor con una clase, programada por la dirección, sobre temática de adolescencia, y ayudar a los alumnos que reprueban muchas materias, para que salgan del bache escolar. Un día, me pidieron hablar sobre los embarazos no deseados en un grupo. Todo lo que preparé se rompió a las primeras de cambio.
El grupo era sólo de varones, pues se trataba de una materia optativa y casualmente no se inscribió ninguna muchacha. Eran unos treinta jóvenes y, no llevaba tres minutos hablando, cuando un alumno levantó la mano y consultó:
—Oiga, profe. ¿Habla del embarazo así no más o cuando se tiene con la novia?
—Me refiero a todos. Porque un embarazo no deseado se da muchas veces al decidirse por la relación sexual sin medir las consecuencias.
Otro alumno levantó la mano y comentó: —Es que con la novia es diferente.
—Hay que admitir que hay algo de diferencia —acepté—. Pero, en el fondo, siempre hay la decisión sin tener en cuenta las consecuencias.
—Es que todos sabemos las consecuencias —dijo otro—. Pero el noviazgo es el noviazgo.
La frase final asentaba que las relaciones sexuales en el noviazgo eran comunes y, por tanto, tenían más posibilidad del embarazo. Esta afirmación me pareció más propia de una pareja comprometida y dirigida al matrimonio estable que de un noviazgo al vapor. Yo tenía mis dudas de que un noviazgo sólido pudiera darse entre adolescentes, por lo que reboté la pregunta a quien dio por normales y recomendables las relaciones sexuales con quien llamaba su novia:
—A ver. ¿Qué es para ti el noviazgo?
—Pues es formar pareja —dijo el muchacho.
—Y, ¿qué diferencia hay entre una amiga, una novia y una esposa?
—Bueno pues una amiga es como una compañera. Y una novia es… pues para algo más —dijo con risa, a la que se unieron muchos alumnos.
Vi que algunos no reían, aunque atendían expectantes al progreso del diálogo. Así que me fijé en uno de los que no se rieron y le consulté:
—¿Qué piensas tú de lo que ha dicho tu compañero? Se encogió de hombros. Yo insistí:
—¿Estás de acuerdo con todo lo que ha dicho?
—En parte —dijo para salir del paso, aunque yo le pedí más explicaciones. —¿En qué parte sí y en qué parte no?
—Bueno, yo creo que él ha dicho qué es una amiga y qué es una novia, pero me parece que explicó la novia como si fuera esposa.
Hubo exclamaciones en el grupo: unas reprochando el comentario y otras con opiniones varias. Yo subrayé la diferencia:
—Es importante distinguir entre una novia y una esposa. No pueden ser lo mismo. —Casi, casi —escuché de no supe quién, entre más risas.
—No creo que sea lo mismo una esposa que una prostituta —volvió el silencio al grupo y yo continué—. Una novia no es un objeto sexual con el que jugamos ¿verdad? —el silencio se hizo más espeso—. Con la novia hay compromiso, sólo que este compromiso se puede romper. Y con la esposa, no.
—Pero existe el divorcio —dijo alguien de la última fila.
—Sí, para romper el compromiso, pero no es tan sencillo como cortar con la novia. —Casi, casi… —dijo otro y provocó las carcajadas.
A veces, los jóvenes bromean cuando hablan entre amigos, aunque sólo sea por llamar la atención con la puntada ingeniosa. La última no me molestó. Más todavía: me sentí muy bien porque tenía captada toda la atención del grupo, éxito difícil en una clase con adolescentes, por lo que les propuse:
—¿Qué les parece si cambiamos el tema de los embarazos no deseados por el del noviazgo?
Aplaudieron la propuesta.
Yo recibía de la dirección el tema que debía tratar, pero preferí afrontar uno nuevo, que les atrajo con fuerza. Además, no me sería difícil hacer algún comentario más sobre los embarazos mientras platicaba del noviazgo y cumplir con mi responsabilidad. Pero no supe por cuál punto iniciar. Les pedí entonces que dijeran qué se comparte con una novia y qué con una esposa, y escribí sus ideas en dos columnas. Cuando terminamos de elaborar las dos listas, subrayé las diferencias. Otra vez, apareció el compromiso, la continuidad y la permanencia a largo plazo como exigencias del matrimonio. También salieron a relucir que las relaciones sexuales y el embarazo se daban en el matrimonio y en el noviazgo. De ahí, saqué mi primera conclusión que, al inicio, no gustó a la mayoría, sobre todo los más alborotados:
—Si no hay un compromiso serio y duradero, las relaciones sexuales traerán frustraciones a la pareja que tiene un futuro inseguro.
—¡Pero es normal que haya las relaciones! —dijo un alumno de la segunda fila.
—También es normal que haya ladrones que te roban —respondí —, y no por eso es beneficioso.
Una voz escondida murmuró:
—Pero las relaciones sí son beneficiosas…
Más risas. No hice caso e ignoré el comentario. Quería que se fijaran en que el noviazgo no se reduce a una relación donde el sexo es el ingrediente que separa a la amiga de la novia, para que descubrieran el alcance de un noviazgo. Para dirigirles hacia esta observación, pregunté:
—Vamos a ver. ¿Quién de ustedes está capacitado para formar una relación estable con una chava? Levante la mano.
Unos diez la levantaron de inmediato. Otros cuatro o cinco les imitaron, más por no quedar fuera de juego que convencidos, pues no tuvieron tanta seguridad cuando pregunté. A continuación, consulté:
—Muy bien. Quienes levantaron la mano, díganme si tienen capacidad para tener casa propia, dinero para alimentarse y para los gastos diarios.
Uno solo la levantó. Le extendí la mano al tiempo que dije: —¿Tienes dinero propio?
—No —se excusó—.
—Pero podríamos vivir con mis papás. Fui tajante:
—Eso quiere decir que eres alguien sin autonomía, sometido a ellos, sin capacidad para formar una relación estable, pues das a la muchacha algo que no es tuyo, y te cobijas bajo el paraguas de tus papás.
El ruido del tráfico proveniente de la calle destacó el silencio en el salón. Era el momento de recapitular:
—Miren. Es muy normal que ustedes formen parejas con muchachas donde se dé un trato que se diferencia con el de una simple amiga. Y es bueno, porque les da experiencia en el trato con la mujer, lo cual les facilitará la elección de su esposa en el futuro. Pero —hice una pausa para recalcar lo que venía después—, recuerden que ustedes son adolescentes y congenian con una adolescente, los dos están en una etapa de desarrollo, adquiriendo experiencia sobre muchas cosas, como el trato con el otro sexo, el manejo de sus sentimientos, la orientación de sus impulsos sexuales, el cumplimiento de los compromisos, la elección de una persona dejando a las demás en segundo plano… ¿Es posible un compromiso de noviazgo a la edad de ustedes?
—Pos puede… —dijo alguien en voz queda, aunque no siguieron risas.
Tampoco hice caso al comentario. Esperé unos segundos antes de continuar, viendo al grupo muy absorto y vigilante sobre cuanto había propuesto.
—Repito. No es malo tener una amiga fuerte, como se dice, diferente a las demás, con quien se platica en más confianza, con la que se comparten secretos o se recibe afecto. Pero tratarla como novia creo que es, por lo menos, una falta de respeto, porque son rarísimos los casos de adolescentes como ustedes que terminan en un noviazgo formal. Y, ya lo comenté, las relaciones sexuales en esos casos, por muy atractivas que sean, crean frecuentes frustraciones, aunque este tema requeriría más tiempo para explicarlo.
—Pero el amor de pareja es muy bonito —dijo un alumno.
—Sí. No hay duda. Y yo no lo estoy rechazando. Ni prohibiendo. Pero a todos nos toca aprender que un noviazgo pide un compromiso más allá de pasarla bien con la muchacha. Fíjense en el caso cuando varios jóvenes se interesan por la misma chava. ¿Qué hacen? Tratan de llamar su atención para que se fije en ellos, para conquistarla. Pero ¿para qué quieren conquistarla?
—Para ligarla —dijo otra voz baja, que arrancó algunas sonrisas. —¿Sólo ligarla? ¿Sin amor verdadero?
—El amor verdadero es buscar la felicidad para alguien. —¿Sólo eso? —preguntó otro alumno de la primera fila.
—No sólo. Pero es la base. Si formas pareja con una muchacha y no buscas su felicidad por encima de tus intereses, eso no es amor, sino egoísmo. ¿Quieres amarla de verdad? Dedícate a lo que ella te pide.
—¿Y si pide sexo?
Respondí sin querer entrar en el tema de la sexualidad, porque se terminaba el tiempo de la clase y no disponía del suficiente para explicarlo:
—Recuerda: hay que elegir bien, hay que decidir midiendo las consecuencias. Quizás ella quiere manipularte… Porque ellas saben que los varones somos fáciles a entrarle a las caricias. Pero qué tanto busca ella con una caricia. Y quién sabe los efectos que tendrá esa relación. También un embarazo.
Comenzaron a poner en orden sus útiles escolares, pues el término de la clase se acercaba. Yo cerré mi exposición:
—Distingan siempre entre una amiga, una novia y una esposa. Pero, sobre todo, traten a todas las mujeres con mucho respeto, que es darles su lugar. Y darles mucho amor, que es buscar el bien que ellas necesitan. Así, cuando empiecen la relación con quien será su esposa, ella les amará más que al resto de los hombres, porque no la tratan interesados sólo en sacar provecho de ella. Tendrán una vida de pareja muy cautivadora.
Los estudios no son el único camino para triunfar
Di un resoplido ante el cofre abierto del carro. Por media hora, no conseguí arrancarlo. Normalmente fallaba la conexión de unos cables que procuré unir, aunque se separaban en cuanto los dejaba. Con las manos llenas de grasa, los entrelacé y quedaron fijos. Pero hasta ahí llegó mi éxito. El motor se negó a arrancar. Entonces llegó Félix.
—¿No arranca, profe? Déjeme ver.
Sacó de su mochila un desarmador, metió medio cuerpo sobre el motor, husmeó en un par de lugares y me dijo:
—Entre y póngale la cuarta velocidad.
Le obedecí y él comenzó a agitar la carrocería, la cual se balanceó. —¡Enciéndalo! —me gritó.
Moví la llave y el motor rugió. Me vio la boca en forma de O y explicó: —Se pegó el motor de arranque. Con una movida, se despega.
Quedé tan admirado de su habilidad que expresé sin pensar: —¿Lo adivinaste o sabes de carros?
Sonrió. Y me explicó:
—Siempre me han fascinado los autos deportivos. Y tengo un amigo que es mecánico y vive junto a la casa: tiene un Mustang viejo. Muchos domingos los pasamos revisando algo. Y me ha enseñado muchas cosas. También vamos juntos a las carreras.
No es un deporte muy común entre los adolescentes, sobre todo porque la edad les impide el acceso al permiso de manejar. Para Félix, no era un obstáculo:
—Me he hecho muy amigo de ese mecánico. Hasta me ha dejado probar su carro deportivo en un fraccionamiento abandonado.
Su amigo mecánico tenía unos treinta años. Supuse que no arriesgaría demasiado al prestar el carro a alguien con poca pericia. Me dieron ganas de preguntar a Félix si sus papás le permitían esa diversión, pero estaba fuera del mi horario de trabajo y preferí no meterme, aunque sí curioseé sobre sus aspiraciones:
—Me imagino que pensarás estudiar una carrera de ingeniería que se relacione con los carros ¿verdad?
—Bueno, lo que pasa es que no pienso estudiar una carrera. Me dedicaré a mecánico. —¿Solo mecánico?
—Sí, pero de carros de la Fórmula Uno.
Me pareció una meta valiosa, aunque vi a Félix un poco fuera de la realidad:
—Pero son carros muy sofisticados, con mucha tecnología de punta. Necesitarás estudios muy fuertes para llegar a ese nivel.
—Mi amigo dice que no, porque la experiencia es más importante que los estudios. ¡Me hizo gracia! Un par de días atrás, un estudiante de primer año de universidad me aseguró que unos pocos estudios dan lo que muchos años de experiencia. ¿Quién tenía razón? ¿Félix diciendo que el triunfo viene de la experiencia o el universitario que la
ponía en los estudios? Leyó algo Félix en mi rostro que preguntó: —Parece que usted piensa lo contrario.
—No del todo. Creo que las dos cosas sirven. Y que una ayuda a la otra.
—Pues, ahora que acabe el año, pienso irme a trabajar con mi amigo y aprender todo lo que necesito para ser mecánico de carreras.
Me pareció un poco ingenuo. No voy a negar que mucha gente ha logrado grandes fortunas con apenas estudios básicos. Y que eminentes estudiosos no han pasado de dar clases de bajo nivel, sin destacar. Pero también se dan los otros extremos: gente que no progresa por ignorante y grandes sabios que alcanzan el Premio Nobel. La historia muestra, por tanto, que la unión de buenos estudios con la experiencia ha producido los personajes más exitosos. Félix daba valor solo a un apoyo: buscaba mucha experiencia, sin libros. Dudé que llegara lejos si cojeaba de un pie. ¿Le había influido su amigo? ¿Por qué no valoraba el estudio como un medio para mejorar su futuro? Me atreví a sondearlo:
—Si yo digo que los estudios te ayudarán a que seas mejor mecánico, ¿qué me respondes?
Sonrió y dijo:
—Bueno, hay otra cosa: no me gusta estudiar.
O sea, que no era solo cuestión de ideas, sino de gustos. O de pasiones, diría yo. Pasiones o instintos, como se quiera.
Cerré esa parte de la plática con Félix sin decirle lo que se me ocurrió. No era una conversación en mi oficina, donde podía detenerme a decirle que las pasiones o instintos son energías que todos tenemos, que nos defienden de peligros y también nos impulsan a saltar un obstáculo. Además, ¿qué hubiera pensado si yo le decía que su rechazo al estudio nacía de una pasión? Todavía hoy me pregunto si debí explicarle que todos tenemos instintos físicos, como el hambre, la sed, el estímulo sexual, el gusto del paladar o la necesidad del descanso. Y que también tenemos instintos psíquicos, como la necesidad de afecto, la tendencia a ser aceptados por los demás, el estímulo hacia el triunfo.
Miré a Félix. ¿Le convenía hacer caso a su instinto de tener mucha experiencia en la mecánica o le convenía ser más sensato y estudiar ingeniería automotriz, para ser el mejor mecánico de carros de última generación? Generalicé el caso y me planteé si la mayoría de los adolescentes sigue sus pasiones o la sensatez. Porque las primeras crujen en el cuerpo y en los sentimientos, pidiendo que se les haga caso, sea para devorar la comida chatarra, para darse un gusto sexual o para continuar en la cama aunque sea hora de prepararse para ir a la escuela. No eché el rollo a Félix. Solo le pregunté:
—¿Dejarás de estudiar solo porque no te gusta? —No me gusta. Y me cuesta.
—¿Y los carros?
—¡Ésos sí! Me gustan y no me cuesta pasar horas revisando un motor.
Pensé que el problema que tienen los adolescentes con los instintos es el mismo de cualquier otro humano: nos cuesta controlarlos. ¡Es tan fácil darse un gusto cuando el
apetito, el sexo o las ganas de aparecer nos atraen! Sin embargo, las pasiones tienen su cara oscura, porque darse un gusto puede resbalar en un golpe doloroso, porque nos enferma o nos mete en situaciones ilegales, o porque nos hace engreídos. Por el contrario, cuando dominamos estos apetitos, gozamos de la vida y evitamos los excesos que trae un desenfreno.
Me limpié la grasa de las manos con un pañuelo y agradecí a Félix su ayuda:
—Eres de veras hábil con los motores. Tu ayuda ha sido un regalo, porque ya estaba derrotado.
Se despidió. Caminó por la banqueta y, apenas tres metro delante, se volteó y me dijo: —Usted dijo que la tecnología de punta…
¿A qué se refería la frase inacabada de Félix? Abría el dilema entre el gusto que sentía por los carros y la dificultad de estudiar, es decir, entre un impulso a seguir lo que te atrae y rechazar lo que te desagrada. Enfrentaba así el conflicto que provocan los instintos o inclinaciones que nos nacen, pues pareciera que frenarlos sólo trae dolor y dejarlos correr resulta más atractivo. Pero no se trata sólo de freno o de acelerador, ya que el control sobre las pasiones no equivale a suprimirlas ni a someterse a ellas. No se pueden suprimir, porque el estímulo sexual o el instinto de ofrecer una buena imagen no se pueden quitar como un grano de la cara. Y en segundo lugar, hay que atender los impulsos, aunque sin someterse a ellos, por ejemplo, saciar la sed o actuar con audacia necesitan atenderse, para no enfermar física o psíquicamente. Las pasiones se controlan haciéndoles caso cuando son aceptables y jalando fuerte la brida cuando intentan desbocarse, es decir, que todo se resume en tener fuerza para dominarlas o para dejarlas correr según el momento, según lo más oportuno.
—…A lo mejor necesito estudiar computación para el manejo de la tecnología que tienen los carros.
Félix manejaba sus reacciones. Alguna vencería. Deseé que ganara su instinto de querer lo mejor, de llegar primero a la meta, sin el estorbo del desconocimiento que traen los pocos estudios.
—Lo pensaré, profe.
Le saludé con mi mano sucia mientras retomaba su camino. Ajustaba alguna tuerca para el horizonte de circuitos de roncos tubos de escape, de olor a gasolina quemada y de velocidades vertiginosas. Porque ni basta la sola experiencia ni bastan los solos estudios para subir al podio.
Hay que resignarse ante los dominantes
Inició casi como juego y pasó a un trabajo serio. Santi, de pelo oscuro y algo gordito, lo dijo. Y sus tres amigos lo tomaron a pecho: actuarían como detectives, pero no lo sabrían los maestros. Ni otros alumnos. Todo porque robaron el teléfono celular a Renato.
—¿No será que lo perdiste? —preguntó Pinto, el de las muchas pecas.
—No. No lo perdí. Lo guardé en la mochila después de enviar un mensaje a Mariana. Estoy seguro porque no quería jugar con él en la cancha durante el recreo —explicó Renato, que era el más alto de los cuatro.
—Y ¿por qué se lo dijiste a la profa. Luisa? —insistió Pinto.
—Bueno, yo le dije que avisara a todo el grupo por si alguien lo veía…
—Pero la regaste, Renato, porque uno de los Matones levantó la mano y acusó a Luisillo.
—¡Yo no quería que lo acusaran! —se defendió Renato. —Déjalo, Santi: Renato no tiene la culpa.
—¿Y qué? Podemos hacerle a los detectives para saber quién lo robó —propuso Santi. —Yo creo que fue uno de los Matones —sugirió Pinto—. Y podemos descubrirlo. —Y, ¿si no ha sido uno de ellos? —anotó Santi.
—Pues lo encontramos igual —propuso Armando con las manos en las bolsas del pantalón, el más reflexivo, que escuchó hasta ese momento y concluyó—. Juntamos nuestras iniciales y ya lo tenemos: somos los detectives PRAS. ¿Qué les parece si le entramos desde ahora?
Hubo acuerdo unánime. E iniciaron la investigación, dividiéndose el trabajo. Armando poseía mucha creatividad e imaginación, y sugirió:
—Pinto y yo revisamos al grupo de los Matones. Y Santi y Renato le van a los Papas, por si acaso han sido ellos. ¿Va?
—Va que va —dijo Santi.
—¿Y qué hacemos? —consultó Renato.
Armando les explicó el primer paso. Todos rieron y Santi se frotó las manos.
Supe los pormenores de la historia tiempo después, porque quedé involucrado por los detectives. Me incluyeron, sin conocer yo su intención, en una visita que Armando me hizo con una petición un poco extraña, aunque buena:
—…Y usted podría darnos algunos consejos para aprovechar mejor las clases en la escuela. ¿Le entra, profe? Ya sabe que lo de los medios de comunicación nos gusta un chorro.
Acepté, pero me pregunté cómo supo Armando que yo debía dar una clase a su grupo para suplir a un docente al día siguiente. Desconocía que su plan contemplaba la alianza con un profesor. Se fijaron en mí, supieron de la enfermedad de otro maestro que había faltado a una clase, investigaron con la secretaría de asuntos académicos de la escuela
sobre las suplencias con la excusa de preparar mejor la clase, y me utilizaron en sus planes. Caí en su red sin darme cuenta.
A nivel dirección, la desaparición del teléfono se agravó. Luisillo, el acusado, fue llamado por el Director, que le trató bien y vio al alumno muy cohibido. Nosotros no sabíamos que el adolescente era víctima de acoso por otros alumnos, que lo aislaban en los recreos, lo ridiculizaban con mensajes duros en las redes sociales y llegaron a empujarle entre todos, haciéndole rebotar en el centro del círculo que formaron, como una bola de billar brincando de una banda a las otras. Luisillo tuvo miedo de decirlo en casa. Su único refugio ante el acoso de los Matones era esconderse en los laboratorios durante los recreos, o en la biblioteca, o buscando plática con algún profesor para verse protegido.
El dolor del acoso se sumó al aburrimiento de no poder jugar en los recreos y al dolor de no tener amigos en la escuela, pues la presión de los Matones llegó a forzar que otros compañeros no se le acercaran, tachándole de cobarde, de débil, que no merecía ni siquiera platicar con algún compañero.
Los detectives PRAS actuaron con astucia. Corrieron la voz de que yo organizaría un juego durante la clase que impartiría. Todos les preguntaban en qué consistía el juego, pero ellos se limitaron a decir lo que se necesitaba para participar. Nadie olvidó llevar lo que ellos dijeron. Los cuatro amigos formaban un grupo de buenos muchachos, que unieron su ingenio con el deseo de ayudar.
Así son los adolescentes: poseen una rara mezcla de desinterés con egocentrismo, la admiración por el heroísmo y la aventura, e igual son generosos que crueles. Cambios inexplicables que cada uno debe reconocer para saber cuándo usar el acelerador y cuándo meter el freno, para que tanto bandazo no les perjudique.
El grupo de detectives se movió hacia su meta de descubrir al ladrón del teléfono y, al mismo tiempo, liberar a Luisillo de la acusación, pues les era indiscutible que él no había robado el teléfono. ¿Se equivocaban? Frente a ellos, los grupos de los Matones y de los
Papas daban rienda suelta a sus ataques salvajes, a veces entre ellos mismos, a veces
contra otros alumnos. Controlaban el grupo de clase, pero desconocían el plan de los detectives, el cual prepararon en la sombra, conscientes de que un choque frontal con una de las pandillas les traería muchos problemas, pues los Matones recurrían a los puños con facilidad y los Papas a los destrozos de mochilas, de bicicletas o de cuadernos a sus adversarios.
Hay que recalcar que el grupo representa mucho para un adolescente, por lo que no es extraño que el joven llegue hasta la brutalidad si sus compañeros se lo exigen. Por el contrario, si se rodea de amigos con valores, protagoniza gestos muy valiosos. Jóvenes de la madera de Pinto, Renato, Armando y Santi, no tienen miedo a encarar la presión de grupos destructivos y se apoyan juntos para no dejarse arrastrar, para no saltar a precipicios locos ni quedarse frenados ante sus objetivos. El grupo de detectives PRAS, firmes para descubrir al autor del robo, incursionaron en un terreno arriesgado, que les exigió cautela y habilidad.
algo pero sin el esfuerzo de aplicar los medios que permiten alcanzarlo. El grupo de detectives sí los puso en práctica: querían descubrir al ladrón del teléfono y planearon una táctica para delatarlo, lograron encadenar unas conexiones para desenmascarar al autor del robo, sin ser ellos descubiertos como los organizadores del hallazgo.
Llegó el momento de mi suplencia y, antes de entrar al salón de clases, Renato me detuvo en la puerta antes de abrirla:
—Profe, deseo platicarle algo para la clase que nos va a dar. —Está bien. Dime.
—Como parece que nos hablará del uso de los medios de comunicación, se nos ha ocurrido un juego, que puede ser útil.
Me desconcertó, aunque me interesó: —¿Para qué es el juego?
—Para —explicó con naturalidad— que experimentemos cómo molesta la interrupción de un teléfono en una clase.
—Me parece bien. Y, ¿en qué consiste?
—Simplemente en poner un ejemplo que lo subraye —antes de que yo pensara cuál ejemplo, él me propuso—. ¿Qué le parece si, para que se vea más interesante, yo marco el número de un amigo que está en la clase mientras usted habla. Así le interrumpo y usted lo explica. Lo haré cuando usted hable de usar bien los teléfonos sin molestar a otros.
Me pareció una buena sugerencia. Sólo que me entró el temor de que tuviera malicia y me pusiera en ridículo, o algo así, por lo que puse condiciones:
—Espero que no sea parte de una diversión. Más aún, si se crea indisciplina en el salón con tu llamada, pasaré una nota dura a la Dirección, porque sabes que está prohibido usar los teléfonos durante las clases.
—No se preocupe, profe. Tenga por seguro que me he puesto de acuerdo con un amigo y lo haremos para que se vea muy natural. Usted espere a que él conteste para que sea así, normal.
—¿Es Luisillo tu amigo? —dije preocupado de crear más problemas al pobre muchacho.
—Sí es mi amigo, pero él no es quien me responderá.
Podía negarme y quitarme de problemas, pero me gustó ver las ganas de participación de Renato y siempre prefiero apoyar a quien tiene iniciativa en vez de ponerle dificultades. Si su intención era mala, ya estaba avisado. Y yo actuaría con dureza. Entré en el salón, un poco alerta a lo que encontraría.
Todos los alumnos me recibieron sonrientes. Sus miradas mostraban mucha atención, fijas en mí, lo cual aumentó mi alarma. Yo desconocía el plan de los detectives PRAS y los avisos que habían dado, pero, para aplicar pronto lo de la llamada telefónica que me propuso Renato como ejemplo, inicié con el tema de la utilidad y de los inconvenientes que trae la tecnología de la comunicación.
Apenas iniciada la explicación, Renato marcó desde su aparato. La llamada resonó con poco volumen, entre lejana y apagada. Recordaba el timbre de un aparato fijo, antiguo.
Continué hablando para que el receptor de la llamada sacara su celular según convenimos. Pero el sonido prosiguió, sin que ningún alumno respondiera. Me extrañó. Las reglas acordadas con Renato me pedían esperar a que su amigo contestara. Muchos alumnos miraban hacia un punto del salón, pero el sonido repicaba opaco, como metido en una mochila, por lo que el lugar preciso quedaba impreciso. Los timbrazos se repitieron, por lo menos ocho veces. Luego enmudeció. El nerviosismo corrió entre los pupitres. Hubo quien levantaba las cejas hacia otros compañeros, algunos revisaron abajo del pupitre para examinar sus teléfonos, que yo no veía, y que todos trajeron para el juego anunciado. Algunos llevaron más de uno, pues los detectives PRAS dijeron que había más posibilidades de ganar si se tenía más de un aparato.
Continué la explicación a la espera de que se cumpliera lo acordado: quizás el plan era insistir para remachar la distracción que trae una llamada fuera de lugar. El chirrido volvió a aparecer bajo un pupitre, en la misma área, con la misma tonada, golpeando mis explicaciones. Las miradas de muchos alumnos volvieron hacia el origen del sonido, siempre el mismo, centrado en una ventana, insistente, pero no respondido. Estaba a punto de romper la tensión y pedir que el dueño del teléfono respondiera, cuando un alumno dijo a otro:
—Suena en tu mochila.
El aludido puso cara de "No es mío".
Primero miré a Renato que, con el rostro satisfecho, me asintió varias veces con la cabeza. Me dirigí hacia el joven que era centro de todas las miradas, con la preocupación en mis ojos, pues no respondía el teléfono según lo planeado, aunque el gesto de Renato me confirmó que se trataba del número que él marcaba.
—¿Por qué no respondes tu teléfono? —dije conteniendo mi molestia.
Tras mi pregunta, el teléfono dejó de sonar. Los cachetes del joven se pusieron rojos. Esperé a que me respondiera. El teléfono sonó de nuevo.
—Sácalo —le dije.
En cuanto apareció en su mano, el sonido subió de volumen y, en medio de la curiosidad general, se oyó la voz firme de Santi:
—¡Es el que me robaron el otro día!
El bullying, el acoso que lastima y hunde a quien es amenazado, puede originarse por broma, pero siempre es un daño y nunca viene de corazones nobles. Porque una broma que duele, es aceptable cuando se da una vez, y queda en una diversión pasajera. Pero si se repite, se convierte en una ofensa, que lesiona y que no tiene excusa; pasa así a maltrato, con la categoría de delito, aunque la realice un menor de edad.
Cuando el jefe de los Matones explicó en la dirección cómo había obtenido el teléfono de Santi y por qué había acusado a Luisillo del robo, el desenlace fue severo: tuvo que abandonar la escuela a mitad de curso, en medio de la humillación de sus papás y el escalofrío de los amigos.
Ningún alumno supo que el grupo de detectives descubrió al ladrón. Sólo yo, cuando llamé a Renato para pedirle que aclarara lo sucedido, me llegó con los tres socios de PRAS y explicó el plan desarrollado:
—También lo hicimos por Luisillo —me dijeron—. Él no podía ser el ladrón, porque es muy miedoso. Y quisimos echarle una mano, porque lo pasa mal.
Cuando dejaron mi oficina, se me fue la mirada por la ventana. Vi los tejados de las casas, y pensé: cuántos adolescentes sufren por el acoso de otros, sin que se sepa. Suspiré al imaginar su padecimiento bajo la mano dura de quienes deberían ser su apoyo, porque los adolescentes se unen naturalmente entre sí. ¿Les faltan habilidades —me dije —, como el simple aviso a sus papás o a un profesor de que son maltratados? ¿Pensarán que no deben acusar, que pueden tomar venganza sobre ellos, que es mejor callar…? ¡Se equivocan! Que otro haga el mal porque yo me callo, es miedo, es cobardía… Y favorece más abuso. Todos los humanos, también los adolescentes, mucho bien hacemos al cuidar a otro que lo pasa mal, al acercarnos a quien ha sido herido, al avisar sin miedo para que se descubra al maltratador. Porque resignarse ante quien domina aumenta su opresión. Y luchar es el primer paso para la victoria.
Los adolescentes de hoy son iguales a los de ayer
Durante una caminata por la sierra, encontré un grupo de adolescentes en un cruce de caminos. Me saludaron. Correspondí y uno de ellos me avisó:
—Si va a ver las huellas prehistóricas, déjelo para otro día: han vallado la zona y hoy no se pueden visitar.
Continué la vereda y ellos atravesaron un prado. Sus risas y saltos me hicieron regresar a mis años de adolescente. Y traté de saber si los adolescentes de hoy son muy diferentes a los de siempre, porque algunos dicen que se adelantan, sobre todo por el acceso a las muchas informaciones que aporta la tecnología, con lo que la preadolescencia, que normalmente va de los doce a los catorce años, se anticipa. Pero observé que las manifestaciones del crecimiento físico en esta etapa, como el ensanche de espaldas, el nacimiento del vello en el pubis y en las axilas, el cambio de tono a una voz más de adulto, la activación de hormonas sexuales y del crecimiento en el organismo, no han podido cambiar. Quizás tengan hoy más cambios en las emociones, en las inquietudes… ¿Será todo igual?
Lo normal es que los varones entren de lleno en la adolescencia a los quince años y las muchachas a los catorce. ¿Se adelantan hoy? Para ellos, es importante saberlo, porque la sentencia "Conócete a ti mismo" sigue siendo válida. No hay duda de que es vital para un joven saber qué pasa en su cuerpo, en su mente y en su corazón, pues así se sentirá más tranquilo y más contento en esta edad tan espectacular como agitada. Y no exagero: basta mencionar la llegada de la primera eyaculación nocturna, donde el semen brota espontáneo durante el sueño y señala el avance del crecimiento corporal. Es un hecho común durante la adolescencia, muestra de la maduración sexual, uno de los cambios que se dan en el cuerpo en desarrollo y que inyectan energía y vigor al joven. No obstante, como todo proceso, los impulsos físicos impactan en la psicología de la persona, creando un perfil muy curioso durante esta edad.
Vi un rebaño de ovejas pastando en la ladera verde del cerro y se me vino la explicación a la mente.
Los adolescentes con un desarrollo corporal menor, que conservan la cara casi infantil o los músculos aún débiles, sufren, aunque calladamente, pues ven a sus compañeros más fornidos; los más débiles reciben burlas con facilidad por causa de su cuerpo frágil. Yo lo sufrí un poco, pues mi crecimiento fue lento y, cuando los gallos del grupo se reían de mí, no entendí sus ganas de molestar. Con el tiempo, años más tarde, también me desarrollé y me acomodé. Pero quizás mi lucha por aceptarme como era, no tan corpulento, valoró el respeto a la naturaleza, cosa que algunos descuidan. El respeto es uno de los cimientos fundamentales para sobrevivir y para vivir feliz, pues basta notar que Dios perdona siempre, los hombres algunas veces y la naturaleza nunca, de modo que no respetar las leyes del propio cuerpo, como tener mala alimentación, masturbaciones fáciles o cargarse una dosis alta de alcohol, perjudica a fondo la salud,
sea la del cuerpo o la psíquica.
En aquella mañana fresca de caminata por la montaña, contemplé el reflejo del sol sobre una laguna azul durante la subida y volví a cuestionarme si los adolescentes de hoy enfrentan igual, por ejemplo, las derrotas que tienen en el juego o ante una calificaciones bajas, y no digamos si padecen el rechazo de una muchacha. Porque un adolescente normal acentúa su visión de los sucesos y de las personas, pues suelta la amarras que le atan a los papás, la cual le hizo dependiente de ellos mientras era niño, y va adquiriendo un juicio más independiente. La mayoría rechaza, por tanto, la infancia, pues ya no quieren ser niños, un rechazo comprensible y bueno porque manifiesta que se liberan de las faldas de la mamá. Pero, ¿cambia esta independencia hoy? ¿Son más capaces los adolescentes actuales para obtener su propio dinero, rendir con más responsabilidad en los estudios o colaborar en las tareas de casa aunque se sientan cansados?
Durante la adolescencia, hay mucho crecimiento en el cuerpo, sobre todo cambios hormonales, que descargan dosis enormes de sustancias que excitan sus órganos internos y sus vísceras. Es normal que sientan cansancio, muchas veces sin causa aparente, pero muy comprensible, porque todo desarrollo corporal desgasta. Y ahí se clava la pregunta: ¿Es diferente este crecimiento físico ahora que hace cincuenta años? Mi análisis, que hice sentado bajo la sombra de un grueso pino, concluyó que los adolescentes de hoy tienen igual aspecto físico que hace mucho tiempo, quizás sólo se nota que hay más jóvenes obesos, por las comidas poco saludables. Con el aire fresco moviendo algunas ramas, miré los árboles frondosos de la llanura extendida a mis pies, salpicada de parcelas amarillas. No supe explicarme si todos los adolescentes reconocen los alimentos que les benefician y los que sólo les engordan. El acantilado de un precipicio que vi al reanudar el camino me distrajo.
Recordé a un alumno que estuvo al borde del suicidio. No dio el salto porque se atrevió a platicármelo en un diálogo de tutoría. ¿Cómo llegó a ese límite? Simplemente porque le pareció que nadie a su alrededor apreciaba los solos de batería que tocaba. Parecía algo muy simple, pero así son los adolescentes: intensifican su óptica personal sobre los acontecimientos, se crean un horizonte muy particular y acentúan su punto de vista, totalmente individual, tan propio que, en la mayoría de las ocasiones, se apasiona y fanatiza. Esta pasión por una persona o por una ilusión les mueve a admirar sin límites y a criticar sin límites, de modo que saltan con facilidad de la histeria ante sus ídolos o sus victorias al llanto o la depresión por cualquier fallo. Y a todos, sin excepción, les encanta llamar la atención, aparecer sobre el pedestal. Es normal, por tanto, que desprecien con brutalidad a personas, platillos o comentarios que les desagradan, y que acepten sin reparos algo o a alguien que les cae bien. Pero, incluso en pocos minutos, tienen cambios imprevistos y altibajos rápidos, depreciando lo que poco antes alabaron. Creo que esta forma de ser, que sube y baja en una montaña rusa explosiva, tampoco ha cambiado. ¿O me equivoco?
Conocerse a uno mismo es de gran ayuda para el adolescente. Sólo que, algunas de sus características no le favorecen, pues se imagina el mundo a su manera, le pone su color favorito y, con ese horizonte artificial, fuerte y atractivo, se cierra todo en el
estrecho esquema que se ha formado. ¿Normal? Sí, porque la salida de la niñez pide la maduración del propio modo de ver, incrementar el juico personal sobre lo que es aceptable y rechazable, y aterrizar así en más libertad y autonomía, por lo que repela ante los horarios de llegada a casa, que le imponen los papás, o ante cualquier prohibición. Su lucha por la independencia le atrae, pero le pide madurez para resolver las cosas por sí mismo, una meta tan atrayente como imposible para el adolescente, que conseguirá sólo con años y esfuerzo. Es como el aguilucho que quiere salir del nido, pero cuyas alas aún no se han fortalecido lo suficiente. ¿Debe el adolescente hacer lo mismo que el águila joven? Sí. Debe esperar. Y continuar el fortalecimiento de sus músculos, como hicieron las aves jóvenes por miles de años. También hoy, los adolescentes actuales necesitan acrecentar el respeto hacia los adultos o ancianos, la libertad para sacudirse los influjos de la moda o su resistencia para privarse de un gusto que daña su salud. Me parece, pues, que no sean hoy muy diferentes a quienes les precedimos.
¿Son hoy los adolescentes generosos, soñadores, dispuestos a la aventura? Yo creo que sí. Sólo que su impulso hacia las bondades que sueñan choca con sus antipatías. ¿A quiénes rechazan? A los papás y a los educadores, que fueron los protagonistas de la niñez, y a los que no escuchan porque les regresan al mundo infantil. ¿Qué quieren? Quieren ser adultos, independientes, libres. Y ¿qué les falta? Les falta principalmente madurez: fijémonos en cuántos adolescentes amenazan marcharse de casa… y no se van, por su incapacidad para salir solos adelante. Por otro lado, dan mucha importancia a su imagen ante los demás, por lo que se tatúan, se ponen un arete en la ceja o se visten de colores, casi como perico, simplemente porque su grupo lo hace y no pueden quedar fuera de la jugada. Además, es común que los grupos de adolescentes sean los más ruidosos en cualquier espectáculo o reunión. Ayer lo fueron. Y hoy lo son.
El aire era más frío a medida que subía. Admiré la nieve en la ladera del cerro — contrastando con el cielo azul y las rocas grises—, igual de llamativa que un arrebato juvenil, la cual trajo a mi memoria la idea de un adolescente que se propuso compensar a sus papás por el gasto de un dinero que hizo sin su permiso. Se le ocurrió repararlo con una limpieza a fondo en su propia recámara, trapeándola y quitando el polvo. Lo razonó así:
—Hice algo mal y quiero mostrar que voy a mejorar.
Un adolescente es maravilloso cuando se levanta de las cenizas y echa mano de sus cualidades. Por eso, conocerse a sí mismo, saber cuáles influencias le llevan a decisiones con resultados penosos o cuáles amistades le envuelven y dominan, suele ser un primer paso en la forja de su personalidad libre y sacudida de influencias dañinas; paso doloroso muchas veces cuando enfrenta dejar a alguien con quien se ha encariñado pero que le perjudica, sea porque le aparta de los estudios o porque le aviva sus caprichos. Si tiene coraje para romper con la compañía que le corrompe, muestra su fibra más enriquecedora.
Todo adolescente puede conocerse mejor si analiza sus reacciones más explosivas, conocimiento que es la base esencial para dominar sus brincos y tropiezos más tormentosos; para entender cuál faceta de su persona le inclina más hacia el rigor con sus
familiares y conocidos, o el polo opuesto, para retrasar las decisiones y no escapar cuando le toca estudiar o trabajar un poco más. Mucho ayuda a cualquier adolescente buscar un buen guía espiritual, que le aclare dudas y le sugiera habilidades en su batalla por mejorar, porque escuchar sólo a los de su edad le hunde en la inexperiencia que ya tiene.
Llegué a la cima del cerro. Vi otros montes al otro lado de la sierra, con un río que serpenteaba su lecho de plata en el fondo del valle. Pueblos pequeños, entre bosques y praderas. El aire helado me recordó que el adolescente triunfador es el que elige un modelo valioso, el cual le abre un camino atractivo que da sentido a su vida. Yo tuve el mío. Fue un héroe que murió por sus ideas. Un personaje muy altruista, dedicado más a los demás que a él mismo. Revolucionario. Pero que no batalló con armas de fuego ni flechas, porque su ideal se pintaba con los colores de la paz y del interés por los otros. Un tipo que arrastró masas enteras y que no se dejó comprar, porque prefirió la muerte sobre el poder, que marcó un horizonte exigente a quienes le seguían, el cual fascina también hoy a millones de adolescentes. Invitó a muchos a conocerse más a sí mismos. Y logró contagiarles su entusiasmo por el amor y la entrega. Por su propuesta de generosidad y lucha, continúa despertando sueños y proyectos. Sólo se necesita conocerle bien para descubrir su tesoro escondido y buscarlo. Hasta alcanzarlo.
En las fiestas siempre hay diversión
Pidió a su profesor una visita a mi oficina para platicar conmigo. No supe si fue para zafarse de la clase, ya que cualquier alumno puede asistir con el tutor en cualquier momento, o lo hizo para hablarme de algo que le interesaba. Mi duda se resolvió al inicio.
Esteban era de los que no destacaban en el salón de clases: no estaba entre los rezagados ni los conflictivos. Simplemente pasaba desapercibido, como la mayoría. Tenía inteligencia despierta y buenos sentimientos. Miraba a su alrededor con los ojos muy abiertos para entender los secretos guardados por las muchachas y para acariciar el sendero novedoso. Su afición principal era el judo, que practicaba en la escuela, con la que participó en los campeonatos regionales. Tuvo un éxito destacado. Le pedí que me platicara el motivo de su visita:
—Quiero saber una cosa, profe. ¿Está bien que me gusten las fiestas?
La pregunta a bocajarro encubría alguna preocupación que corría por sus venas, porque la respuesta obvia era que sí, que a todos los adolescentes les gustan las fiestas. Pero me lo preguntó para escuchar algo más que un sí o un no. Yo dije con naturalidad:
—Pues… está bien que te gusten, Esteban.
Y permanecí callado, para ver qué rumbo daba a la plática. Él mantuvo todos los músculos del rostro inmóviles y, tras unos segundos, añadió:
—Yo no les veo problema.
"Les ves algún problema", me dije. "Si todo estuviera bien, no vendrías a preguntarme". Se lo comenté con palabras más suaves:
—Pues si no les ves problema, parece que algo te inquieta sobre ellas. ¿O me equivoco?
Fue honesto en la respuesta:
—Es que… Sí me inquieta algo. Pero es así… algo tal vez sin importancia. —¿Me lo quieres platicar?
Yo sabía que deseaba platicarlo, pues para eso había llegado a mi oficina. Lo dijo primero en forma confusa:
—Los amigos hacemos muchas fiestas. Claro que algunas son más así y otras no tanto.
Como no se explicaba, tuve que ayudarle, sin forzarle: —¿Tú prefieres las así o las no tanto?
—Es que… Mejor las no tanto. —¿Por qué?
—Porque… —se detuvo—. Es que las así… No sé… —Dime cuáles tipos de fiestas crees tú que hay.
Ladeó la cabeza, entrecerró un ojo y dijo:
de gente responsable, aunque hay relajo; y otras se pasan, desde el destape a…
Otra vez se cortó. Se topó contra un nudo atado en su mente. Y no sabía cómo destrabarlo.
Fue muy exacto al distinguir entre las fiestas de simple plática, con las que tienen otras cosas como el baile y las de plano desabrochadas. Me atreví a que expresara su enredo mental:
—Me late que has ido a alguna fiesta donde no te has sentido bien. ¿Verdad? Apretó los dientes y asintió. Levantó la mirada hacia un lado y dijo:
—Es que, el otro día, mis amigos me insistieron y le entré bastante al alcohol. Me dijeron que no era capaz de tomarme tres caballitos seguidos y me los eché.
—Y te sentiste mal después.
—Un chorro. Todo me empezó a darme vueltas y me caí. Me llevaron a un sofá y ahí me quedé. Menos mal que fue al inicio de la fiesta, porque al rato fui al baño, vomité y pude regresar a casa menos rebanado.
—De veras te fue mal entonces. Pero dime. ¿Crees que hubo algo malo o no en lo que te pasó?
Balanceó la cabeza ligeramente con la mirada pegada al techo. Luego apretó los labios y se sinceró:
—Pues sí. No sólo me dolió la cabeza, sino que no me pareció bien —hizo una pausa y añadió mirándome fijamente—. Es que no me gustan los borrachos. Cuando veo a alguien tirado en la banqueta, como que… No sé… Pensar que yo también quede así…
—Pues parece que ya has respondido a la pregunta que me hiciste: está bien que te gusten la fiestas y no está bien que te pases en las que son del tercer tipo que dijiste, donde algunos se destapan. ¿Te parece?
Sólo asintió con la cabeza. Quise que centrara su atención sobre el núcleo de lo sucedido y le pregunté:
—Para que te entiendas mejor a ti mismo. ¿Qué es lo que más te disgustó de lo que te pasó?
Dio un leve suspiro y respondió:
—Que me pasé porque me presionaron los amigos.
Esteban no quería tomar. Pero bebió. Por presión exterior. Le dolía verse empujado a una zanja donde no quiso caer. No le pregunté más. Sólo amplié los datos que ya le había dado, un poco, para no atosigarlo, pero para aclararle algunos conceptos:
—Creo que te pueden servir unas ideas básicas para entenderte mejor. La primera es que todos recibimos presiones de fuera. Es común. Y lo fácil es dejarse presionar. Es un poco más difícil hinchar el pecho y decir: "Hasta aquí". Sin embargo, tendrás más fortaleza y una personalidad más enérgica si pones un límite a quienes te empujan para dar un paso que no quieres.
—Es que… es difícil.
—Sí. Tienes toda la razón. Pero la respuesta débil, el sometimiento ante quien nos empuja, nos trae mayores males que plantarle cara. ¿Qué habría pasado si tú te hubieras negado a tomar el tequila?
—Se habrían reído de mí.
—De acuerdo. Y, ¿qué fue peor? ¿Que se rieran de ti o el mal rato que pasaste, que no pasó a más por chiripa?
Se me quedó mirando. Dudó. ¿Qué hubiera sido lo peor para él? Me miró. Y dijo con cara de desprecio al pasado y sin mirarme a la cara:
—Que se rieran de mí.
Durante la adolescencia, el grupo de amigos es vital. Verse rechazado del grupo resulta una derrota demasiado dolorosa. Sin embargo, este impulso a ser aceptado por los amigos es el estímulo que lleva a los adolescentes a entrar en pandillas que asesinan, como las maras centroamericanas, o en círculos de drogadictos, o en antros peligrosos con trata de personas o con desapariciones relacionadas con la venta clandestina de órganos. Sólo la fortaleza propia puede superar las reacciones de sometimiento ante quienes proponen cualquier forma de ruleta rusa, donde se carga una bala en el tambor de la pistola, se le da vueltas y se coloca en la sien antes de disparar. Esteban, como muchos adolescentes, necesitaba más fortaleza ante los influjos perjudiciales de sus amigos. Era una proeza costosa, porque la primera reacción de un adolescente es sumarse a lo que propone el grupo. Pero esta proeza es accesible cuando el joven desea triunfar: por encima de los amigos, siempre está el ideal, el sueño que se desea conseguir, sea en el deporte, en el arte o en el éxito que trae la ciencia.
Sonreí a Esteban. Fue veraz al decirme que prefería que no se rieran de él. En el fondo, quería no dejarse arrastrar, pero necesitaba reforzar esa disposición a levantar la barbilla con firmeza, fuerza que le suponía, además, un gran dolor por oponerse a su grupo. Sin embargo, captaba que debía sobreponerse, para no pasar un mal rato, como el sufrido en aquella fiesta. Le abrí una ventana a su vida para que observara los pros y contras de la fortaleza:
—Toda la vida es una mezcla, Esteban, donde hay deportes, noviazgo, estudios, familia, fiestas… Y caminas por ese coctel, donde se combinan las zonas de luz con las sombras. A veces, el atractivo del rincón oscuro es muy potente y te hipnotiza. Pero, así como el deportista no salta del avión sin paracaídas para bajar a mayor velocidad, ni el novio se tira de un quinto piso para dar gusto a su pareja, ni el alumno normal deja de estudiar para el examen del día siguiente, tampoco es sensato aceptar la presión de unos delincuentes para emborracharse, para drogarse o para acostarse con la primera que aparece en una fiesta. ¿Sabes por qué? Porque nunca se sabe qué hay detrás de unas copas, de una probadita o del aislamiento con la chava. Estos riesgos no son una barrera para disfrutar de las fiestas, sino una estrategia para evitar los accidentes. Porque sabes muy bien que el borracho puede romperse la nuca en una mala caída, el drogado entra en la antesala de la adicción definitiva y un sexo alocado puede infectar con una enfermedad fatal. No digamos si alguien aprovecha para que tomes unas gotas de un somnífero y terminas vendido a quién sabe cuál mafia del crimen organizado. Yo no voy a concluir en que se deben dejar las fiestas, porque hay fiestas sanas y fiestas agresivas, como tú anotaste. Sólo sugiero que conviene ir a las primeras y saber desmarcarse de las enredadas.
Entendí que era difícil para Esteban aceptar y, sobre todo, aplicar la estrategia que le proponía. Quizás porque las fiestas más aventuradas son las más atrayentes; quizás porque es difícil zafarse de un grupo que siempre las organiza con frecuentes trampas; quizás porque es sencillo asistir con la fantasía de no dejarse enredar, aunque, a la hora de enfrentar el riesgo, te amarras y el ambiente te gana. Esteban torció la boca, meditó un momento y dijo:
—No sé qué tan fuerte soy. Pero… voy a intentarlo.
Procuré fortalecer su buena disposición, porque encaraba una aventura difícil: —Lo conseguirás con mayor control sobre tus impulsos más inmediatos. Apretó los párpados y preguntó:
—Y ¿cómo se consigue?
—Es sencillo. Primero, reconoce cuáles son tus puntos débiles, porque te podrás defender mejor si sabes cuál es tu talón de Aquiles. En cuanto a las fiestas, el punto débil de cualquier adolescente es la presión de los amigos. Segundo, ten preparada una respuesta para el influjo de otros, como decir "Ya pasé por eso y no me gusta este juego".
—¿Aunque nunca haya entrado al juego de verdad?
—Aunque no has entrado, porque aquí se trata de tu seguridad. Y tercero, busca amigos que no te creen problemas. No es sencillo, porque dejar amigos es bastante complicado, sólo que, no hay más remedio en casos complicados.
Asintió lentamente. Yo continué:
—Veo que te queda claro. Se entiende con facilidad. Pero recuerda que una frase bien preparada y juntarte con gente valiosa, te dará más diversión que verte caído sobre el vómito amarillo de tu borrachera.
—Y, ¿no sirve ir a las fiestas que son tranquilas y zafarse de las destrampadas?
—¡Claro que sirve, Esteban! Si distingues las que te convienen de las enlodadas, has dado el primer paso para disfrutar sin ataduras molestas.
Pasados unos meses, le encontré en un pasillo de la escuela. Se me acercó y me dijo: —Me ha ido muy bien, profe. Ya sé a cuáles fiestas ir y a cuáles no.
—Me da gusto.
Los hermanos y hermanas llegan a ser molestia
Escuché una conversación desde la ventana de mi oficina entre un grupo de alumnos, plática asombrosa y llena de sorpresas. No supe si calificarla de loca o de ingeniosa. Lo que sí pude entender fue que tocaba un punto crucial de la vida adolescente.
Todo partió de un plan ideado por uno de los jóvenes para resolver una situación que, sin poder yo comprobar si era verdadera o falsa, le escocía. Según platicó, cada uno de sus hermanos recibía dinero de los papás por el trabajo que realizaban en la casa. No había domingos. No había entrega de dinero por otra causa que una tarea realizada, fuera barrer el garaje, cortar el pasto del jardín, ordenar la alacena, lavar los platos… Hasta ahí, no pareció existir algún conflicto. Los papás decían que el dinero no se regala, sino que se gana, por lo que llegaba a los hijos según su participación en los quehaceres del hogar. Quien expuso el caso centró el problema en la hermana, pues eran cuatro varones y una mujer. Él la calificó de floja, pero era la consentida. Otro del grupo le apoyó:
—Lo mismo pasa en mi casa: mis papás defienden siempre a mi hermana y dicen que yo debo respetarla, pero ella se aprovecha y siempre me castigan a mí.
El propulsor del plan se llamaba Toño. Consideraba que sus papás pagaban más a la hermana que a los varones, lo cual calificó de injusticia. Explicó a sus amigos que primero había pensado llevar adelante un proyecto sin pedir ayuda a nadie, porque supuso que sus amigos no lo aceptarían…
Conforme Toño hablaba, me latió que necesitaba decírselo a sus compañeros. Me pareció normal que tuviera confianza en ellos, como corresponde a un adolescente. Pero su finalidad principal fue que pidió apoyo al grupo para llevar a cabo su plan.
Todos sabemos que el trato con los hermanos y hermanas tiene dos caras para un adolescente. Por lo común, los hermanos ayudan, una veces más y otras menos, y siempre se puede recurrir a ellos. Los lazos de familia son tan grandes en la especie humana que ponen la base para el desarrollo de la personalidad, del saber que tienes un apoyo excepcional cuando el resto de la gente te falle. Pero es también común que los hermanos estorban, sea en la competencia por la rebanada de pastel más apetitosa, por el lugar frente al televisor o por la privacidad que rompen cuando hablas con alguien a solas por teléfono en tu recámara. Hay que admitir la existencia de familias anómalas, donde los hermanos se odian, pero son una minoría pequeña. Hay también hijos únicos que carecen de las alegrías y de los conflictos de la convivencia fraternal. En todo caso, competir con los hermanos es tan natural en el hogar como conversar o comer. Sabemos que los momentos de conflicto o de diferencia crean choques y, por lo tanto, fueron el detonante que movió a Toño para proponer a sus compañeros:
—Lo que pasa es que pagan mejor a mi hermana que a nosotros. Y no se vale. Por eso, quiero que me ayuden en una manifestación que voy a hacer frente a la puerta de mi casa, para pedir la igualdad de pago a los trabajos, sin que mi hermana tenga ventaja.
opinaron que los papás las favorecen. Repito que era un dato a comprobar, pero el pensamiento fue común en los cinco que hablaban.
—Si me apoyan, yo les ayudaré también. Formamos un grupo de presión y organizamos la manifestación en la puerta de cada una de sus casas. ¿Sí?
Todos estuvieron de acuerdo. Es natural que, en un grupo de adolescentes, una ocurrencia atrevida siempre sea aceptada. La correcta y la descabellada.
Cada uno de ellos propuso ideas, más valientes que eficaces. Pero el sentimiento de lucha por sus derechos y de apoyo mutuo les espoleó, y fueron delineando cómo aplicarían el plan. Tuve mis dudas de que llevaran el proyecto a la práctica, porque una cosa es imaginar algo y otra ejecutarlo. Sin quererlo, mi mente de tutor analizó el caso y se preguntó por qué se entusiasmaron tanto con la manifestación. Se me ocurrió que sentían heridos sus sentimientos por los roces normales que se dan con los hermanos, aunque repito que también recibimos mucho apoyo y amor de ellos. No obstante, algo hay en el corazón humano que el dolor deja huellas más profundas y duraderas que la felicidad, por lo que surgen en nosotros sentimientos de venganza, de ira o de desesperación, sentimientos todos que, si supiéramos manejar bien, nos evitarían muchos sufrimientos.
En fin, Toño propuso que experimentaran con una primera manifestación, frente a la puerta de su casa. Se reunirían al día siguiente por la tarde para preparar los cartelones que llevarían.
—Tiene que ser una manifestación pacífica, sin violencia —asentó Toño. —¿Cómo es eso? —preguntó uno.
—Pues que sólo vamos a llegar con los cartelones y daremos vueltas ante la puerta. —¿Y no vamos a gritar una consigna, como hacen en la televisión?
—Bueno, sí —aceptó Toño.
—También podemos llevar silbatos. He visto en la televisión que lo hacen. Y los pitidos jalan mucho.
—¿Y cuál será la consigna? —preguntó Toño.
Estaban ardidos. Propusieron primero frases duras, pero alguno dijo que eran muy fuertes. Otros insistieron en ser fuertes, claros. Vi que se guiaban por los sentimientos, no por ideas precisas o útiles, aunque así sucede con los impulsos sentimentales: nos alucinan, nos arrastran. Muchos no saben que los sentimientos son las reacciones de la sensibilidad. Y que tenemos una sensibilidad externa, en la piel, en los ojos, en los órganos sexuales o en los oídos, como también tenemos una sensibilidad interna, que reacciona ante una muestra de afecto, un desprecio o un recuerdo hermoso. Los muchachos de aquel grupo defensor de los derechos de los hermanos se guiaban por sus sentimientos. Continué escuchando la conversación para ver si conseguían su propósito, aunque guiarse sólo por los sentimientos suele acabar mal.
Alguien dijo un comentario en voz baja que no oí y todos rieron. Siguieron la discusión, con poco resultado, sobre la consigna a decir frente a la casa de Toño. No obstante, estaban muy seguros de que la manifestación sería un éxito. Uno propuso, incluso, que sería bueno avisar a la prensa. Di por asentado que no lo harían. Más aún: