HISTORIA
^ M V N D O
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n t î g v o
EGIPTO DORANTE
EL IMPERIO MEDIO
HISTORIA
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ntïgvo
Esta historia, obra de un equipo de cuarenta profesores de va rias universidades españolas, pretende ofrecer el último estado de las investigaciones y, a la vez, ser accesible a lectores de di versos niveles culturales. Una cuidada selección de textos de au tores antiguos, mapas, ilustraciones, cuadros cronológicos y orientaciones bibliográficas hacen que cada libro se presente con un doble valor, de modo que puede funcionar como un capítulo del conjunto más amplio en el que está inserto o bien como una monografía. Cada texto ha sido redactado por el especialista del tema, lo que asegura la calidad científica del proyecto.
O R I E N T E
1. A. Caballos-J. M. Serrano, Sumer y A kkad.
2. J. Urruela, Egipto: Epoca Ti- nita e Im perio Antiguo. 3. C. G. Wagner, Babilonia. 4. J . Urruelaj Egipto durante el
Im perio Medio. 5. P. Sáez, Los hititas.
6. F. Presedo, Egipto durante el Im perio Nuevo.
7. J. Alvar, Los Pueblos d el Mar y otros movimientos de pueblos a fin es d el I I milenio. 8. C. G. Wagner, Asiría y su
imperio.
9. C. G. Wagner, Los fenicios. 10. J. M. Blázquez, Los hebreos. 11. F. Presedo, Egipto: Tercer Pe ríodo Interm edio y Epoca Sai- ta.
12. F. Presedo, J . M. Serrano, La religión egipcia.
13. J. Alvar, Los persas.
G R E C I A
14. J. C. Bermejo, El mundo del Egeo en el I I milenio. 15. A. Lozano, L a E dad Oscura. 16. J . C. Bermejo, El mito griego
y sus interpretaciones. 17. A. Lozano, L a colonización
griega.
18. J. J . Sayas, Las ciudades de J o - nia y el Peloponeso en el perío do arcaico.
19. R. López Melero, El estado es partano hasta la época clásica. 20. R. López Melero, L a fo rm a
ción de la dem ocracia atenien se , I. El estado aristocrático. 21. R. López Melero, L a fo rm a
ción de la democracia atenien se, II. D e Solón a Clístenes. 22. D. Plácido, Cultura y religión
en la Grecia arcaica.
23. M. Picazo, Griegos y persas en el Egeo.
24. D. Plácido, L a Pente conte da.
25. J. Fernández Nieto, L a guerra del Peloponeso.
26. J. Fernández Nieto, Grecia en la prim era m itad del s. IV.
27. D. Plácido, L a civilización griega en la época clásica. 28. J. Fernández Nieto, V. Alon
so, Las condidones de las polis en el s. IV y su reflejo en los pensadores griegos.
29. J . Fernández Nieto, El mun do griego y Filipo de Mace donia.
30. M. A. Rabanal, A lejandro Magno y sus sucesores. 31. A. Lozano, Las monarquías
helenísticas. I : El Egipto de los Lágidas.
32. A. Lozano, Las monarquías helenísticas. I I : Los Seleúcidas. 33. A. Lozano, Asia Menor h e
lenística.
34. M. A. Rabanal, Las m onar quías helenísticas. I I I : Grecia y
Macedonia.
35. A. Piñero, L a civilizadón h e lenística. R O M A 36. J. Martínez-Pinna, El pueblo etrusco. 37. J. Martínez-Pinna, L a Roma primitiva. 38. S. Montero, J. Martínez-Pin na, E l dualismo patricio-ple beyo.
39. S. Montero, J . Martínez-Pin-na, L a conquista de Italia y la igualdad de los órdenes. 40. G. Fatás, El período de las pri
meras guerras púnicas. 41. F. Marco, L a expansión de
Rom a p or el Mediterráneo. De fines de la segunda guerra Pú
nica a los Gracos.
42. J . F. Rodríguez Neila, Los Gracos y el com ienzo de las guerras aviles.
43. M.a L. Sánchez León, Revuel tas de esclavos en la crisis de la República.
44. C. González Román, La R e pública Tardía: cesarianos y pompeyanos.
45. J. M. Roldán, Institudones p o líticas de la República romana. 46. S. Montero, L a religión rom a
na antigua. 47. J . Mangas, Augusto. 48. J . Mangas, F. J. Lomas, Los
Julio-C laudios y la crisis del 68. 49. F. J . Lomas, Los Flavios. 50. G. Chic, L a dinastía de los
Antoninos.
51. U. Espinosa, Los Severos. 52. J . Fernández Ubiña, El Im pe
rio Rom ano bajo la anarquía militar.
53. J . Muñiz Coello, Las finanzas públicas del estado romano du rante el Alto Imperio. 54. J . M. Blázquez, Agricultura y
m inería rom anas durante el Alto Imperio.
55. J . M. Blázquez, Artesanado y comercio durante el Alto Im perio.
56. J. Mangas-R. Cid, El paganis mo durante el Alto Im peño. 57. J. M. Santero, F. Gaseó, El
cristianismo primitivo. 58. G. Bravo, Diocleciano y las re
form as administrativas del Im perio.
59. F. Bajo, Constantino y sus su cesores. L a conversión d el Im perio.
60. R . Sanz, El paganismo tardío y Juliano el Apóstata. 61. R. Teja, L a época de los Va
lentiniano s y de Teodosio. 62. D. Pérez Sánchez, Evoludón
del Im perio Rom ano de Orien te hasta Justiniano.
63. G. Bravo, El colonato bajoim - perial.
64. G. Bravo, Revueltas internas y penetraciones bárbaras en el Imperio.
65. A. Giménez de Garnica, L a desintegración del Im perio Ro mano de O cddente.
HISTORIA
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Director de la obra:
Julio Mangas Manjarrés (Catedrático de Historia Antigua de la Universidad Complutense de Madrid)
Diseño y maqueta:
Pedro Arjona
«No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del Copyright.»
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EGIPTO DURANTE EL REINO MEDIO
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Indice
P ágs.
I. La p rim era gran c r is is ... 7
1. El fin de la m onarquía m e n f i t a ... 7
2. El período h eracleopolitano y la dinastía XI hasta M e n tu h o tep I I ... 10 3. E stado y s o c ie d a d ... 16 II. La unidad r e s ta b le c id a ... 23 1. La dinastía X I ... 23 2. La d inastía X I I ... 27 3. E stado y s o c ie d a d ... 38 III. De nu evo la o s c u r id a d ... 50 1. C o n tin u id a d y d e c a d e n c i a ... 50 2. Los h i c s o s ... ... 55 3. Tebas y el n acionalism o r e b r o t a d o ... 58 C r o n o lo g ía ... 60 B ib lio g r a fía ... 61
I. La prim era gran crisis
1. El fin de la m onarquía
menfita
Para el período inm ed iatam en te p o s terior al fin del Reino A ntiguo se e v i dencia una absoluta falta de conexión entre los elem entos que el arqueólogo puede m an ejar y la continuidad d in ás tica pretendida por M anetón. E fe c ti vam ente, las llam adas din astías VII y VIII, a las que el sacerdote de Sebe- nitos adjudica, respectivam ente, se tenta reyes en setenta días y veintisie te en otros ciento cuarenta y seis días, dejan al historiador perplejo. Su sig nificado no puede ir más allá de m a nifestar una inestabilidad política p a l pable, sobre todo por lo que respecta a la llam ada dinastía VIT, a la cual la m a y o r p arte de los investigadores e s tán de acuerdo en negar una e x iste n cia real. A ceptan que a la m uerte de Pcpi II la anarquía se hizo dueña del país bajo el m andato de un rey débil de nom bre M erenrc, que fue seguido de un conjunto de personajes en lucha por el p o d e r a los que difícilm ente puede d en o m in arse m onarcas. Hayes, sin em bargo, acepta unos ciertos vi sos de continuidad din ástica en base a la existencia de ciertos n o m b res re a les (HAYES, 1946, 1970, 1971) que la tradición ha mantenido.
La au sen cia de d o c u m e n ta c ió n h a ce de éste un m o m e n to histórico c o n
fuso por el que se ha gestado un n o m b re c iertam en te de c o m prom iso: P rim e r Período In term ed io , q u e rie n do ex p re sa r así su corte entre la e x is te n c ia de dos épocas b rillantes, los R e in o s A ntiguos y M edio. M uy p r o bablem ente los eg ip cio s no r e c o rd a ron ni señalaron con calificativos e s peciales este lapso de tiem po m ás que en fu n ció n de su a dscripción a lugar geo g ráfico determ inado. P o r que, y ello será cla ra m e n te d e te rm i nante, lo que sí puede afirm arse sin lugar a dudas es que la d e s c e n tra liz a ción g eográfica ya a p reciab le bajo los débiles reyes de la d in astía VI se p rolongó drásticam ente de tal m anera que los a c o n tecim ien to s, la ausencia de autoridad y las revueltas no a f e c taron po r igual a to das las tierras egipcias y, en algunas zonas c la r a m ente m arginales, c o m o el oasis de D a k h la (GTDDY, 1987), la d o c u m e n tación a rq u e o ló g ic a in d ica r e g u la ri dad en el uso del suelo, poblados y n ecró p o lis, lo que la d escarta com o e s cen ario de aco n te c im ie n to s e x c e p cionales.
Es posible que la falta de autoridad de los últim os m o n a rc a s de la d in a s tía VI p ro p ic ia ra una situación de c onfusión, a g rav ad a p o r situaciones debidas a m alas co sech as y h am b re gen eralizad a, a la que p udo llegarse tanto por crecidas in su ficien tes del
8 Aka! Historia del Mundo Antiguo
N ilo com o po r crecidas catastróficas. N o faltan quienes apuntan h ipótesis sobre un cam b io c lim ático que afectó al A frica N o ro rien tal a finales del tercer m ilenio (B E L L , 1971). P ero la a u sen cia de control h id rá u lic o t a m b ién p udo p ro p ic ia r d esastres a g r íc o las de prop o rcio n es gig a n te sc a s para una pob lació n a c o stu m b ra d a a ese control durante cientos de años.
L o que sí es evidente es que M enfis p erdió el d om inio del Valle y de los acontecim ientos y esta situación es la que ha querido leerse en un texto c o n ocido com o "Las lam entaciones del sabio Ipuw er" Se le co n o ce p o r una copia en papiro no anterior a la d i n a s tía X IX , escrita por un escriba no aco stu m b rad o a la lengua del texto ( D O N A D O N I, 1967). Según G A R D I N ER (1909) su redacción no puede ser posterior al período que aquí se trata, aunque no han faltado autores que lo em plazan en el S eg u n d o P e río do Interm edio (S E T E R S , 1964).
L a "L am en tacio n es. . . " m u e s tra n un Egipto d e s c o m p u e s to y en el cual el o rden natural de las cosas ha sido subvertido. El escrito r es, in d u d a b le m ente, un h o m b re de la clase s u p e rior a quien la situación le p ro d u c e un p esim ism o que p uede aparecer c o mo ex a g e ra d o (H A Y E S, 1953) pero que p roviene de u n a situación d e m a siado patética para ser c o m p le ta m e n te falsa. Para la form a en qu e está c o n ceb id o y red actad o , que recu erd a a ciertos p asajes de la b io g rafía de Weni, encierra un lirism o ev id en te, prod u cto de una situación em o cio n al ante la realid ad de los hechos:
"F ijaos, el N ilo g o lp ea y no se la bra (la tierra). C ada uno d ice: no s a bem os lo que nos lleg a rá a tra vés d e l p a ís. F ija o s, las m u jeres son e s té r i les, ya no se co n cib e y K h n u m no da vida (a los hom bres) a cau sa d e l e s tado d e l p a ís. F ija o s, los p o b re s han lleg a d o a p o s e e r riq u e za s, y q u ien no tenía ni sa n d a lia s es a h o ra d u eñ o de b ien es in n u m era b les. . .
F ija o s a l h ijo de un noble no se le reconoce y el hijo del am a se c o n v ie r te en hijo de sierva.
F ija o s, el d esie rto se a b a te sobre el p a ís, lo n o m o s son d e stru id o s y los a siá tic o s han lleg a d o a E g ip to desd e el exterior.
F ija o s. . . ya no hay n a d ie en n in g ú n sitio. (. .
D e "Las L a m en tacio n es del sabio Ipuwer". L a situación que se d e sp re n d e del te x to es de a narquía, pero sería e x a g e ra d o atribuirla a rev u eltas p o p u la res o a un p ro c e so re v o lu c io n a rio . Ipuw er muestra su desaliento con cier to e sto ic ism o de sabio y p arece a c h a car los m ales a la presen cia de un m o n a rc a débil au n q u e b ien in te n c io nado. D ado q u e faltan tanto el c o m ie n z o c o m o el final del texto no p u e d e a firm arse con s e g u rid a d si la alo c u c ió n tiene un destinatario. A l g u n o s in v e stig a d o re s p ien san que el rey débil es M e re n re II, (S P IE G E L , 1950) pero n ada hay que lo d e m u e s tre. Hay, eso sí, zonas que se d e s p re n d e n de la lectura del texto que ab o g an po r s u p o n e r un in terlo cu to r divino, pues Ip u w e r da a rg u m e n tos para p e n s a r que la causa de los m ales viene de la falta de pied ad de los reyes, razón por otra parte de su falta de éxito político (KEM P, 1983, B A R TA , 1974).
N o puede precisarse cuánto tiem po duró el caos, pero parece razonable p en sar que la m o n arq u ía m enfita se sostuvo a duras penas, y que el Valle del Nilo sólo conoció la autoridad que pudieran desarrollar los cada vez m ás independientes g obernadores lo cales.
A ju z g a r por los nom bres que o s tentaron los reyes de la dinastía VIII debieron ser d escendientes más o m e nos directos de Pepi II y los autores reconstruyen la sucesión gracias a las listas de A bydos y Turin (B E C K E - RATH, 1984). Estos reyes, en núm ero de unos diecisiete o dieciocho
pudie-MAR MEDITERRÁNEO
Sam annud , _ . . □ n Tell el-Rubca A b u siru e| Rubcaiyin
u al- <** Tell Atrib O π Tell el-Rataba Kom Abu BillOg D Tell Basta
Auslm π Tel1 el-Yahudiya Zaw yel el-Aryan, Abu Raw a s h p p HELIOPOLIS
Abu fih n m h —I ~~ ~ ~ ~ V l rT~
Saaaarar^ ^ ^ ^ F rM ^ ‘Tura
í i - ^ ^ B a h s h u r ^ ^ a d , el-Garawi W idan el-Faras n Maidum
Umm el-Sawan Ihnasya e l-M e d in E ^S ld m a n t el-Gebel
Oishashan ' Nazlet Awlad el-Sheikh [ O a r a r fiD Wadi el-Sheikh c ---□ el-Kom el-Ahmar Sawaris
i Gebel el-Teir Wa^Kharil Wadi Maghara i Quseir el-Amarna i Deir el-Gabrawl Oaçis el-Dakhla AmhadaQ- ELBalat •η, H
HnnaLL Zawye, e|-Amwat Ü B e ni Hasan i Sheikh Catiya el-Sheikh S acidÿ M eirü^· Dará □ ' Qj Asyut Hammamiyan-i Qaw el-Kebir
~u N agcel-Gaziriya H agarsa q Akhm im / Qendara - el RaqaqnaX-y.— Man~ j i n , £ r
e l- M a b a s n ^ n rfíy < Wádi^tamama
A B Y D O S -® ¿ _ 0 2 6 Gebelaw Wadi Atolla Wa-’l-Saiy/d NaqadadO-Quik* Fawakhir
D/ac Abu el-NagaÆ el-Tarih^ wSdi Hammamat G e b e le ín ffi R o c a l la ' Q ^ r Menih
□ el J<ab ^ s Korn el-AhmarCgr" __ \
Edíu
TiWueilha Hagar el-Gharb Geoel el-Hammam Qubbe, o l - V # S e h e l ^ 1 Í e 1 a bnU,iAn9aa9 \
C a n t e r a s / ^ n , de granito u a r a Canteras de
o Kulb
• · · · · curso de agua (Wadi) ---ruta del desierto
□ yacimiento ■ capital
0 graffitis Turnas nombre moderno MENFIS nombre clásico
BUHEN nombre antiguo
Mapa de Egipto al término del Reino Antiguo y durante el Primer Período Intermedio.
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Aka! Historia del Mundo Antiguoron recibir sepultura en la zona de Sakkarah, aunque sólo puede c o n je tu rarse por la existencia de Ja p irá m id e de uno de ellos: Aba.
La existencia de catorce in s c rip ciones debidas a varios rey es de esta dinastía, c o n o cid as c o m o los D e c r e tos de K optos, les hace a p arecer con u n a cierta autoridad. E fe c tiv a m en te, estas copias de textos legales in f o r m an sobre n o m b ra m ie n to s en cargos a d m in istrativ o s y eclesiástico s a v a rios m ie m b ro s de una fam ilia local, la del visir S hem ay (W E IL , 1912, H AY ES, 1946), que o sten tab a el visi- rato del Sur. ¿ P o d ría en te n d e rse ésto co m o la existencia de un cierto c o n trol por parte de los reyes de M en fis? N o n e c e sa riam e n te , sino que es p e r fectam en te posible p e n sa r que los j e fes locales aceptaban un a sanción por parte de la m o n a rq u ía "histórica" de M enfis para m e jo r ejercitar sus s itu a ciones de hecho. A hora bien, en todo caso, prueban que seguía fu n c io n a n do el espíritu de g o b iern o (KEM P,
1984) aunque, y por decirlo de a lg u na m anera, no el g o b iern o m ism o.
Estos m onarcas m enfilas son, por tanto, débiles im itaciones de aquellos grandes faraones de la dinastía IV. Y com o herederos suyos g ozaban aún del carism a de una tradición de varios siglos.
Shem ay y su hijo Idi recibieron los títulos de nom arca, g o b e rn a d o r del Alto Egipto y visir, a pesar de que, indudablem ente, ya g o b e rn a b a n a su antojo en la zona. Esta d e s c o m p e n s a da relación de fuerzas entre n o m arcas y reyes de Menfis propició que d eter m inados nom os, al frente de los c u a les se alzaron g o b ernadores fuertes y em p ren d ed o res, ejercitaran un p ro ta gonism o que se fue consolidando pau latinam ente y que en algunos casos se convirtió en h eg em o n ía dentro de una zona dete rm inada.
Y así se apagó d efin itiv am en te la m o n arq u ía de M enfis, sin poder e je r cer un control m ás allá de los límites com arcales, con el Delta o cu p ad o por
los asiáticos y el M edio y Alto Egipto co n tro lad o por las aristocracias lo ca les.
2. El período heracleopolitano
y la dinastía XI h asta
M entuhotep II
El nom o en el que m ás ráp id am en te se gestó un gobierno fuerte fue N en-
n esu al sur de M enfis. Lo suficiente
m ente lejos para que no le afectaran los disturbios de los asiáticos del D e l ta y lo suficientem ente cerca para p o der asum ir ciertas aptitudes de las que siem pre se contagia todo lo que está cerca del poder, sobre todo si e s te pod er es ejercido durante cientos de años. A esta situación hay que añadir indu d ab lem en te la facilidad de acceso de la localidad que luego lla m arían Hcracleópolis a la zona de Fa- yum.
Un nom arca, de no m b re M eribre K hety I (Aktoi o A ktoes según la tra dición griega), asum e el pod er y e s ta blece un control en b uena parte del Valle que parece que en principio no fue discutido. N o se sabe de dónde procede la info rm ació n d ada por Ma- netón sobre la tiranía y c ru e ld a d de este m onarca, pero pudiera tener s im p lem ente relación con las dificultades que hay que suponer aco m p añ aro n un cam b io de d inastía sobre un caos casi generalizado. T am poco se explica d e m a sia d o bien la atribución por el m ism o M anetón de dos dinastías, la IX y la X, a la citada H eracleópolis cu an d o no puede detectarse un corte entre las m ism as (R E D F O R D , 1986). M uchos autores las consideran com o una sola y a sus gobern an tes una ú n i ca familia.
Los reyes heracleopolitanos es evi dente que se sintieron herederos de la tradición m enfita y ello puede consi derarse así, sin m ás que analizar los nom bres reales utilizados, dentro de la m ism a línea que la casa real de M en fis (B E C K E R ATH, 1966). Incluso
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conservaron a efectos administrativos la antigua capital menfita y todo ello puede llevar a pensar que el cambio de m onarquía sólo significó un cambio de familia en el poder sin que se produje ra ni enfrentamiento bélico ni conquis ta de la capital, Menfis. Los monarcas de la casa de Heracleópolis p erm ane cieron en el poder algo más de un si glo, según algunos autores (HAYES,
1970, 1971; V ER C O U T E R , 1987; p.e.) o poco menos de esta cifra, según otros (BECK ERA TH , 1971, p.e.).
De los sucesores de K hety T se tie nen conocim ientos muy dispares y e s casos en general, que hacen casi im posible esta blecer el orden necesario y los años de reinado. Es el caso de un N efercare, tercero o cuarto de la lista dinástica que HAYES (1971), quiere identificar con el K aneferre citado en la tum ba del n om arca Ankhtifi, en contra de la opinión de otros investi gadores, com o se verá más adelante.
El siguiente rey del que se conoce algún dato es un N ebkaure Khety 11, que puede ser identificado con el m o narca que aparece en el cuento "El cam p esin o elocuente", también c o n o cido com o "Las nueve palabras del habitante del Oasis". De esta narra ción se han localizado cuatro pápiros de finales del R eino Medio. Algunos autores, basándose en ciertas palabras de las "Instrucciones a M erikare", h a cen del rey que se cita en el texto al posterio r K hety III, pero no hay argu m entos que lo dem uestren. A quí inte resa destacar que la narración p ro p i cia un cierto sentido de lo h u m a n ita rio (D A U M A S , 1962) y de la idea de justicia que puede ponerse en relación con las aspiraciones de una dinastía que afianza su control político aun a pesar de las dificultades existentes. Es posible considerar el texto del cam pesino com o una narración d ifu n dida con intenciones de p ropaganda política, pero es sólo un».sugerencia. HAYES (1971) destaca corno rasgo im portante que en el m o m en to a que se refiere el texto la dinastía co n tro la
ba los dos horizontes del Delta. Ello puede ponerse en relación con las alusiones al m ism o pro b lem a que a p arecerán después en las "Instruc ciones a M erikare".
D el resto de los m onarcas de lo que M anetón den o m in ó dinastía IX no puede decirse p rácticam en te nada. Ni sus nom bres com pletos se conocen.
E n cuanto a la d en o m in a d a dinastía X, parece que en un principio se re c o gían cinco nom bres en el pápiro de Turin. A través de otra docum entación p ueden precisarse cuatro. El fu n d a dor, o c o ntinuador si se considera a las din astías IX y X co m o una sola, parece que fue un tal M erihathor que sin em bargo V. B E C K E R A T H (1966) prefiere leer M eribre por un grafito en las canteras de H etnub. Su sucesor fue un Neferkare; luego Wahkare K hety ITT, después su hijo M erikare y finalm ente un rey del que no se sabe nada.
Sobre la interpretación del segundo rey, N eferkare, se debate una cierta polémica y su identificación con el Ka- nefera, aparentemente el m ismo n o m bre escrito de forma diferente, que se cita en la tum ba del n o m a rc a Ankhtifi tienen gran im portancia en relación con los acontecim ientos que rodearon la expansión tebana.
En M oalla, al norte del nom o de N ck h em , tercero del A lto Egipto, y al sur de Tebas, está situada la tum ba de un m o n arca que hizo causa com ún con la casa real de Heracleópolis:
"El p r ín c ip e , c o n d e , P o rta d o r del S ello R eal, co m a n d a n te d el ejército, A m ig o U nico, Sacerd o te Lector, Jefe de E xploradores, Jefe de las R eg io n es E x te rio re s, G ran J e fe de los nom os de E dfu y H iera ko m p o lis, A n kh tifi, dice:
E l H o ru s (rey) m e ha c o n c e d id o el n o m o de E d fu p o r su vid a , p r o s p e r i d a d y sa lu d ; (e n c o n m e n d á n d o m e p a c ific a rlo y yo lo h ice (. . .) Yo e n c o n tré la casa de K h u n in u n d a d a com o p a n ta n o , a b a n d o n a d a p o r a q u e l a
12 Akat Historia del Mundo Antiguo
Tumba de Ibi, Gebelein.- Primer Período Intermedio. Museo de Turin.
q u ie n le p e r te n e c e , una lu ch a con el re b e ld e , b ajo el c o n tro l d e l m is e r a ble. Yo h ice (c/ue) un h o m b re a b r a za ra a l a se sin o de su p a d re (o) a l a se sin o de su h e rm a n o , con el f i n de r e sta b le c e r (e l orden en) e l n o m o de E d fu . C uán f e l i z fu e el d ía en que yo e n c o n tré el bien en este n om o. N in gún p o d e r será a c e p ta d o (p o r) q u ien esté en el a rd o r de la lu c h a , a h o ra que to d a s las fo r m a s de m a ld a d que la g e n te d e te sta han sid o s u p r im i das.
Yo so y la v a n g u a rd ia de lo s h o m bres y la re ta g u a rd ia de los h o m bres. E l que e n c u e n tra la so lu c ió n d o n d e ha ce fa lta . E l g u ía de la s tie rra s p o r una d ire c c ió n e xa c ta , f i r m e en el d isc u rso , tr a n q u ilo de p e n sa m ie n to , en el día de la U n ific a c ió n de los tres nom os. P u e sto que so y un c a m p eó n sin ig u a l, que h a b lo c u a n do los d em á s (han de) g u a rd a r s ile n cio ; en el d ía tem id o en el que el A l- to -E g ip to y el B a jo E g ip to e stá n c a lla d o s (. . .)"
De "La inscripción de Ankhtifi"
A s í se expresa un h o m b re que sin duda fue un je fe local, n o m a rc a o Príncipe del nom o, pero que ejerció un control efectivo en la zona. Puede deducirse por los textos de su tum ba que en alianza con el rey de Heraclc- ópolis intervino en el n o m o de Edfu, al sur del suyo propio. Que conquistó o pretendió co n q u istar el siguiente n o m o , todavía m ás al sur, el de E le fantina, prim ero del Alto Egipto.
A nkhtifi, com o aquellos S h em ay y su hijo Idi del nom o de Koptos, signi fica palp ab lem en te una fuerza im p o r tante al am paro teórico de una d in a s tía lejana, que da sanción política a sus am biciones personales. Del resto de la inscripción de su m orada po stre ra dedujo VAN D IER (1950) que A n khtifi era c o n tem p o rán eo del Nefer- kare que figura en el P apiro de Turin c o m o pred eceso r de K hety 111 y poco anterior a la ex p a n sió n de W ahankh In y o te f II (A n te f II) de Tebas.
S e g ú n este a u to r hay qu e s u p o n e r que A n k h tifi im p o n e una a lia n z a al p rín c ip e del n o m o de E le f a n tin a y
c o n q u is ta y a su m e el p o d e r en el de E dfu. Con los c o n tin g e n te s que le p ro p o r c io n a n estos te rrito rio s ataca a las tro p as que el n o m a r c a teb an o h a b ía la n z a d o c o n tra E rm a n t, a n ti g u a c a p ita l del p ro p io n o m o y rival por lo tanto. Los a co n tecim ien to s p a re c e q u e se d e tu v ie ro n , pues s o b r e v in o u n a g ran h a m b re en Valle de N ilo y A n k h tifi se ja c t a de h a b e rlo r e m e d ia d o y no sólo en su p ro p io te rrito rio p u es in d ic a que a c u d ió en so c o rro ta n to del A lto c o m o del B a jo E g ip to , e m p le a n d o los e x c e d e n te s de cereal p roducidos durante su m a n dato.
Es difícil m edir con exactitud el al cance de estas palabras, propias del estilo grandilocuente de los jerarcas orientales. ¿Socorrió Ankhtifi a otros no m o s al norte de Tebas?. Y si es así ¿cóm o soslayó a las fuerzas de los te- banos?.
H AYES (1970) no acepta que de la inscripción de la tumba de Mo'alla pue da deducirse que el K aneferra citado
sea el N eferkare p redecesor de Khety III hace, com o ya se ha visto, al no- m arca Ankhtifi y a los acontecim ein- tos de los que fue protagonista algo anteriores en el tiem po. Este p la n te a m iento sólo podía sostenerse, si guiendo a G A R D IN E R (1961), si al antagonista de Ankhtifi, el tebano In- y o te f II, se le suponía s u ficien tem en te fuerte c o m o para con tro lar efecti vam ente el territorio, pero d o c u m e n tos posteriores han d em o strad o que la expansión tebana, que se verá d e s pués, no fue eficaz hasta un m om ento posterior a la m uerte de A nkhtifi y del m ism o In y o te f II.
En c u a lq u ie r caso, y sea cual sea la re a lid a d de lo ocu rrid o , la in s c rip ción de la tu m b a de M o 'a lla viene a plantear, ju n to con otros datos p ro c e den tes de otros lu g ares c o m o D an d e- ra, que las am b ic io n e s p erso n a le s de los n o m a rc a s sig n ific a ro n un cierto freno al caos an terio r y p ro p iciaro n así la u n ific a c ió n llevada a cabo por Tebas.
Arqueros nubios. Tumba de Meschti, Asyut. Din. XI. Madera pintada. Museo Egipcio.
14 Aka! Historia del Mundo Antiguo
El sig uiente m o n arca h eracleopoli- tano es Wahankh K hety III (A chtoes III) que sin em bargo B E C K E R A T H (1966) prefiere leer N ebkare Khety. A él se atribuye ia autoría de las lla madas "Instrucciones a Merikare", que a m an era de testam ento algunos in vestigadores suponen que dejó a su hijo. En realidad hay los m ism o s a r gum en to s en favor de la hipótesis de que el autor verdadero fue el propio M erikare que puso en b o ca de su p a dre aquello que suponía una j u s tif i cación de su c o m p o rta m ie n to com o rey y su falta de belicosidad para con Tebas.
Por las m ism as "Instrucciones" se co n o cen algunos de los a c o n te c im ie n tos en que se vio im plicado Khety III. El valor histórico de estos datos ha si do e x cesiv am en te consid erad o po r a l gunos autores (W ARD, 1971) y hoy día se tiende a juzgarlos con mayor d u reza, aunque no se discute la im pre sión general, sino lo detalles (KEMP, 1983).
Puede aceptarse que K hety III se vió im posibilitado para enfrentarse a los te banos y por lo tanto "aconsejó" a su hijo que no lo hiciera. N ecesitó a los n o m arcas del M edio E gipto por lo cual "recom endó" a su hijo que se apoyara en ellos: "Grande es un G ra n de cuyos G randes son grandes" que expresa todo un c oncepto de la m o narquía muy diferente del de las é p o cas gloriosas del E stado egipcio.
Las d iferen tes alu sio n e s al co n tro l del D elta hacen p e n sa r que e f e c tiv a m en te sí fue ésta una p re o c u p a c ió n c o n sta n te de K h ety III. Se p u e d e ac e p ta r po r lo tanto que p a c ific ó el D elta y persig u ió o e x p u lsó a los asiáticos, allí ase n ta d o s d e sd e los p o stre ro s m o m e n to s del R e in o A n ti guo. Una p o lític a de c o lo n o s e g i p cios en las tierras bajo control fu e m uy p o s ib le m e n te una so lu c ió n d e f i nitiva.
A p esar de que estos datos parecen significar una autoridad firm e no hay que olvidar, co m o contraste, que en el
m ism o texto de las Instrucciones se h ace m ención expresa de que el rey K hety III no pudo evitar, en la toma de This, los saqueos de tum bas y re c o m ie n d a a su hijo que no construya su últim a m orada con restos de m a te riales reaprovechados; h echo que, in d udablem ente, había sido frecuente. Estos rasgos no perm iten presentar a los m o n arcas herecleopolitanos com o grandes reyes y su control de territo rio dejaba, por lo tanto, m u c h o que desear.
La alianza de H eracleópolis con al gunos nom arcas m ás al Sur, com o Te febi de A syut, perm itió la to m a de A b y d o s por Khety III, pero esta c o n quista debió ser efímera.
P o r las in scrip cio n es de las tum bas de los n o m a rc a s de A sy u t p u ed e c o legirse que estos je r a r c a s m a n te n ía n e stre c h a s relaciones con la casa real de H e ra c le ó p o lis, con la que tal vez e stu v ie ra n e m p a re n ta d o s. Tefebi p a só su infancia en la corte heracleo - p o litan a, tal vez ju n to al fu tu ro M e rikare, a quien d e d ica un h im n o en su tu m b a de A sy u t a la b á n d o lo de form a s o rp ren d en te. En sus títulos los prín cip es de A syut u tilizan una n o m e n c la tu ra en boga ( B R E A S T E D , 1906) "P ríncipe h e re d e ro , conde, P o rta d o r del sello real: A m ig o U n i co, profeta de U p w a w e t, señor de A sy u t" , e q u iv a le n te a la ya ex p u esta de A n k h tifi. D urante tres g e n e r a c i o nes pu ed en seguirse las v icisitu d es de esta fam ilia de n o m a r c a s que u ti lizaron n o m b re s id én tico s a los de los rey es h era c le o p o litan o s. El padre y el hijo de Tefebi se llam aro n K hety y en la tu m b a del p rim e ro de ellos se hace m e n c ió n e x p re s a de la G ran H a m b r e que asoló el Valle, tal vez la m is m a citada p o r A n k h tifi. Se sabe ta m b ié n que estos p rín c ip e s m a n t u viero n en pie e jército s m uy n u m e r o sos entre los que eran de d e s ta c a r los m e rc e n a rio s nubios.
Estos hechos están, por lo tanto, rela cionados indirectamente con los acon tecim ientos que se presentan com o
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ejecutados por K hety III en las " in s trucciones". De alguna m anera este texto aparece com o un balance políti co de la din astía IX/X pues en él se hace referencia al prim er Khety, rey Meribre:
"C uando m e a p o d e ré de This y de M a q i, en el lím ite su r de Taut y los tom é com o una trom ba de agua. N o hizo esto el rey M eribre, J u s tific a d o ".
De "Las Instrucciones a M erikare" Estas palabras parecen in cidir en la co n sid eració n antes expuesta, y es que los m o narcas heracleopolitanos, desde M eribre K hety I, se c o n sid era ban pertenecientes a una m ism a f a m i lia dinástica. K hety III se presenta así co m o el ejecutor de las am biciones territoriales no alcanzadas po r sus pro d eceso res en el trono.
P are c e p robable que a la m uerte de K h ety III', H era c le ó p o lis co n tro la el Valle sólo p o r la alian za con n o m a r- cas c o m o los de A syut. A lgo más al sur, y ya en la ép o c a de M erikare, A b y d o s está en p o d e r de Tebas y p o sib le m e n te el rey h e ra c le o p o litan o no osó discutirlo. Tras su m u erte los a c o n te c im ie n to s d eb iero n p r e c ip ita r se y las in scrip cio n es de las tum bas de los p rín cip es locales en los d if e rentes nom os los presentan com o ser vid o re s de Tebas. De todas fo rm as el silen cio d o c u m e n ta l no p erm ite m u chas con jetu ras. Un m o n a rc a h e r a cle o p o lita n o debió su ced er a M e r ik a re pero puestos a d e s c o n o c e r no se c o n o c e ni su nom bre. Pro n to el p o der de Tebas se afianza y su n o m a rc a se lev an tará con el título de "S eñor de las dos T ierras". P asará a la H i s toria c o m o el H o ru s Seakhtaw y, rey M o n tu h o te p II, pero la trad ició n p o s te rior hizo reyes a sus an teceso res, a u n q u e m u y p r o b a b le m e n te no lo fueron.
E fectiv am en te, en la C ám ara de los A n te p a sa d o s de K a rn a k se m e n cio n a a un p rim e r A ntef, "Inyotef", que al igual que su su ceso r M o n tu h o tep ,
prim er g obernante de Tebas con este no m b re d edicado al dios M ontu, f u e ron los no m arcas o riginarios de una fam ilia que fundará la d inastía X I del E gipto reunificado. Se d e sco n o ce la p o sib le relación de esta fam ilia con los g o b ern an tes locales en tiem pos del R eino A ntiguo. A este M o n tu h o tep, ev id e n te m e n te un n o m a rc a que se hizo fuerte en W aset (El Cetro), lu ego llam ada Tebas, se le dió p o s te rio rm en te un sob ren o m b re: Tepy-a, "el ancestro". La fam ilia debió d e s plazar en la je ra rq u ía local a la c iu dad de E rm ant, con la cual, c o m o ya se ha visto, llegará a enfrentarse b é li camente. Estos jerarcas locales, M o n tuhotep y su padre I n y o te f el A n ti guo, osten taro n títulos sacerdotales de ind u d ab le significado en el p e río do, que algunos investigadores han interpretado com o "padre divino", iti-
n etjeru (H A B A C H I, 1958). El padre
divino M o n tu h o te p fue, p ro b a b le m ente, el padre del p rim e r Seherw - tawi In y o te f I, fu n d ad o r pretendido de la dinastía. A ntes de arrogarse el D oble T ítulo se au to d e n o m in ó "Jefe Sup rem o del A lto Egipto", pero m uy p ro b a b le m e n te la rea lid a d no debió co rre sp o n d e r a los títulos. Sólo tras la m uerte del n o m a rc a ankhtifi en H ct-nut (M o'a lla) pudo el su c e so r de I n y o te f I, es decir su h e rm a n o Wa- hankh In y o te f II, c o n tro lar algo e f i caz m e n te el Sur. Un personaje de su tiem po de n o m b re H etepi, cuya t u m ba está en E l-K ab, ha dejado en la m ism a su a utobiografía y en ella h a ce alusión a la gran h am b re que se extendió por el Valle y a ciertos acontecim ientos que dieron com o re sultado el control efectivo sobre el Sur (G A B R A , 1976). Si esta G ran H am b re es alguna de las señaladas por A nkhtifi o po r Tefebi, puede d e cirse que el control de los n o m o s del Sur sólo p udo realizarlo Tebas en los ú ltim os años del reinado del hcracle- opolitano K h ety III. Tal v ez por ello sus "consejos" fueron la declaración política del sucesor, M erikare. La d i
1 6 Akal Historia del Mundo Antiguo
Lanceros egipcios. Tumba de Meschti, Asyut Din. XI. Madera pintada. Museo Egipcio. El Cairo.
nastía h e ra c le o p o litan a ha m uerto, c o m o m u rió la m enfita. El T iem p o In term ed io ya ha pasado. El S ur u n i ficará Egipto una vez más.
3. E stad o y socie d ad
La evolución de la sociedad egipcia y las características propias de este período están íntim am en te rela c io n a das con la frag m en tació n producida tras el colapso del Reino Antiguo. La ausencia casi total de docu m en tació n sobre los acontecim ientos, que obliga a un cierto grado de conjetura, com o se ha visto en las páginas p re c e d e n tes, se contrapone con testim onios li terarios y arqueológicos que sí p e rm i ten, en cam bio, dar un d eterm in ad o cuadro del am biente social y cultural del Valle del Nilo.
En esta literatura, y en otros testi m onios posteriores, se hace presente una cierta idea de decadencia, pro ducto de la reflexión de los propios egipcios sobre su presente y su p a sa
do m ás inm ediato. El ejem plo más significado tal vez sea el cuento de "N eferkare y el general Sisenet". El texto es una acusación m anifiesta a la relación h o m osexual del m onarca N e ferkare Pepi con uno de sus g e n e ra les. A unque la gestación oral de la "historia" pueda atribuirse a finales del período, su puesta por escrito no irá m as allá de los c o m ien zo s de la dinastía XVIII. R ecoge, ev id e n te m e n te, una tradición de notable peso: la d e sco m p o sició n moral del R eino A n tiguo com o razón de su caída. Esta m ism a línea narrativa, surgida tras la superación de los períodos de d e c a dencia del pod er centralizado, tendría su auge m ás tarde, cuando a través de la Baja Epoca justifique los relatos herodotcos de sentim ientos populares hostiles a reyes com o K eops y Khe- fren (P O S E N E R , 1957) y cuya prim e ra línea narrativa pudo form arse de la m ism a m anera que los cuentos del papiro Wetscar.
La debilidad de los últim os reyes de la dinastía VI había d e s e n c a d e n a
do la ruptura del equilibrio entre el todo y las parte. Las am biciones p e r sonales y el control del excedente pol los gob ern ad o res locales habían c o n ducido a la autonom ía de las p ro v in cias.
Las din astías qu e s u b sistie ro n no p u d iero n eje rc e r un control real m ás allá de unos p ocos k iló m e tro s fuera de su capital. E ntre los m o n a rc a s de la d in astía VIII m e n fita y de la IX /X h e racleo p o litan a sum an, a p ro x im a d a m e n te , unos treinta y seis reyes, si no m ás. Y ésto en un esp acio de tie m p o de unos cien to c u a re n ta años, según algunos investigadores. La m e dia de d u ra c ió n de los reinados fue a s o m b ro s a m e n te baja, aten d ie n d o a los p ocos datos de q u e se d ispone. Ello r e d u n d ó d o b le m e n te c o m o f a c tor de d e se q u ilib rio político y s o cial. E sto, unido a la falta de r e c u r sos e c o n ó m ic o s explica, por ejemplo, que sólo se conozca una pirám ide, la de Aba.
La falta de control sobre el territo rio perm itió la llegada de asiáticos. A lusiones a ellos se encuentran tanto en las "L am entaciones del sabio Ipu- wer" com o en las "Instrucciones p ara Merikare". Debieron significar un fac tor de desequilibrio social que dejó en o rm e h uella en los egipcios, que sintieron por ellos un profundo re c h a zo. De am bos textos se puede deducir que estaban am pliam ente instalados en casi lodo el Delta, a excepción de alg unos lugares de la zona occidental. Incluso se piensa que participaron c o mo m ercenarios en las luchas entre los n o m a rc a s del M edio y del Alto Egipto, y ello en función de la pre sencia de puntas de flecha de cobre (P O S E N E R , 1971).
La situación que se produce d u ra n te este P rim e r Período In term ed io fue excepcional en la historia de E gipto y no tuvo paralelos con los otros m o m entos de n om bre análogo. En pri m er lugar hay que adm itir con K E M P (1983) que la m o n arq u ía m enfita e s taba excesivam ente ligada al N orte
del País y, por lo tanto, d ependía más de los personajes que estaban relacio nados con la corte, a los que se b en e fició con el usufructo de donaciones funerarias que se agolpaban fu n d a m e n talm en te al Norte del n om o d e c i m oquinto.
Estela de Merw. Din XI. Año 46 del reinado de Mentuhotep II Museo Egipcio. Turin.
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18 AkaI Historia del Mundo Antiguo
Esto favoreció la independencia de los n o m arcas del sur que se fueron haciendo fuertes en sus territorios d a do que cada vez fue m e n o r el papel ju g a d o por el "G o b ern ad o r del Alto Egipto", cargo frecu en tem en te e n tre gado a uno de los m ism os nom arcas. En realidad la cualidad de n o m arca sólo puede ser aplicada en ju sticia a los g o bernadores locales del Alto Egipto. En el bajo no h u b o en reali dad estos títulos, puesto que se dio siem pre el cargo de "g obernador de la ciudad" a individuos v in cu lad o s con la corte que eran sacerdotes del te m plo local, y c o m p a g in a b a n algún otro cargo, com o resp o n sab les de la ju s t i cia y el orden. Ciudad que, no era, necesariam en te, la capital del n om o (KEMP, 1983). Se dieron, eso sí, al gunas excepciones, co m o el caso de los n o m arcas de Beni H asan que o s tentaron el título com o h eren cia fa m i liar.
La d e sc e n tra liz a c ió n del p o d er h i zo que estos g o b e rn a d o re s y n o m a r cas, tanto en el M e d io c o m o en el A lto E g ip to se co n v irtie ra n p ro n to en v e rd a d e ro s p rín c ip e s a u tó n o m o s que c o n tro la ro n su pro p io ex ce d e n te local, levantaron sus e jé rc ito s de m e rc e n a rio s y se ro d e a ro n de los e l e m e n to s de p restig io que en un p a s a do in m e d ia to h a b ía n sido priv ileg io de los re y e s-d io se s. In clu so en las lo c alid ad es m ás p e q u e ñ a s el j e f e l o cal se a dornaba con títulos p o m p o so s y hacía erigir estelas fu n e ra ria s que r e c o r d a b a n su p e rso n a y sus c argos, co m o el caso de un tal S h e d m o te f, que se calific a b a de " g o b e rn a d o r de la c iu d a d y e n c a rg a d o de las q u e r e llas" lo que se p o d ría tra d u c ir p o r a l calde y co m isa rio de p o licía ( C L E RE, 1950). Y ello en una p e q u e ñ a lo c a lid a d del E g ip to M e d io , c e rca de A b y d o s.
Pero en las ciudades im portantes, c abeza de nom os, lo que no siem pre coincidió, el g o b e rn a d o r lo cal se hizo con el control de todo el territorio y d esb an có a los jefes de las ciudades
del m ism o nomo. Esto pasó más fá cilm ente en el Sur que en el Norte. Ya se ha visto el caso de A nkhtifi, análogo al de los prim eros In y o te f de Tebas.
El cargo de sacerdote del templo local, tradicionalm ente unido al de g o b e rn a d o r de la ciudad, p erm itió el control sobre el terriorio, los hom bres y el excedente, pues este conjunto de cargos suponía tam bién la gestión de los im p u esto s que eran entregados al visir, cu an d o la m o n arq u ía había sido fuerte y poderosa. R oto el eslabón c a beza de la cadena el g o b ern ad o r del te rritorio sólo tenía que ren d ir c u e n tas a su dios local, al cual, com o s a cerdote, adm inistraba. Esta estructura de pod er territorial no cam bió en a b soluto y se m antuvo bajo el Reino M edio.
La falta en principio de una " C a b e za del Sur", papel luego asu m id o por T ebas, propició la fra g m e n ta ció n del A lto E g ip to y perm itió que en f u n ción de individuos y situaciones d ife rentes determ in ad o s no m o s se aliasen m o m e n tá n e a m e n te con la realeza te ó rica que se m a n tu v o en M en fis o He- racleópolis. A sí pues, la idea de la re a le z a com o re fe re n cia m á x im a de pod er subsistió por en c im a de todas las vicisitudes aunque, según algunos autores, perdió algo de su c a rácter d i v ino e inm utable. Es difícil tom ar p artid o en una cu estió n tan delicada porque los egipcios c o n c e n tra ro n en el co n c e p to de m o n arq u ía ideas m uy diferentes, entre las cuales no era m e n o r la del sentido de la ju sticia, pero ciertam ente no la única. ¿De qué m a n e ra afectó este p eríodo de crisis m o n á rq u ic a a la im agen que el c a m pesin o tenía de sus reyes? La r e s p u e sta es p ro b le m á tic a porque todo cu an to se ha dicho lo ha sido en f u n ción de textos que sólo podían ser e s critos y en ten d id o s po r u n a m in o ría rea lm e n te pequeña. Tal vez se pueda d ecir que la m o n a rq u ía se racio n alizó y su c o n c e p c ió n se vinculó m ás a la idea red en to ra de la ju s tic ia y el
or-Alzado y reconstrucción del templo funerario de Mentuhotep II.
den c ó sm ic o -p o lític o salv ag u ard ad o - ra de la paz, cuya ausencia lam entaba el sabio Ipuwer. Esta m ism a ju sticia que re c la m a b a para sí el H ab itan te del Oasis: "In ten d en te, m i señor, el
G ra n d e de los G r a n d e s , la g u ía de lo q u e es y de lo que no es. Si tu d e s c ie n d e s a l lago de la v e rd a d y la j u s ticia q u e n a v e g u e s con el buen v ie n to (...) N o hay n a d a p e o r que una b a la n za que se in c lin a , un p lo m o que se d e sv ía , un ho m b re ju s to y v e raz que se d e sc a rría (...) [P orqueJ el m e d id o r d e l g ra n o se g u a rd a una p a rte (...) E l que d eb ía h a ce r c u m p lir la s leye s ord en a la ra p iñ a . ¿ Q u ién se en ca rg a rá d e c o m b a tir la in fa m ia si el que d eb e a d m in istra r la ju s tic ia co m ete él m ism o ig n o m in ia " ,
y que, p ro b a b le m e n te , los reyes he- ra c le o p o lita n o s p re te n d ie ro n p e r s o nificar. La literatura posterior, d is e ñada desde el poder, insistió sobre e s
ta idea: m o n a rq u ía cen tra liz ad a e q u i valía a orden y sa lv a g u a rd a del in d i viduo.
Del texto de las "Tnstruccciones Merikare" se ha querido extraer una nueva c oncepción de la m onarquía, más hum ana y, por lo tanto, sujeta a errores. Tal vez sea una conclusión dem asiado fácil. En el contexto de la ideología del poder, la m onarquía aparecía para los egipcios en dos e s feras bien diferentes. Por un lado, el rey com o cabeza del E stado cuyo é x i to político estará íntim am en te v incu lado a su relación con los dioses y su actuación personal. Es en este ámbito en el que se m anifiesta el autor de las "Instrucciones". En otra esfera el m o n a rc a e n c a rn a a H o ru s y a Ra en un sin c re tism o que no debía e ntrañar ningún m isterio para los egipcios, y que perm aneció p r á c tic a m e n te i n v a riable a lo largo de los siglos de c u l
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tura egipcia (P O S E N E R , 1960). Esto no está, sin em bargo, en co n tra d ic ción con el hecho de que la im agen del m o n arca no sufriera m o d ific a c io nes en relación con la situación p o lí tica, pero sí que éstos pu ed an d e d u cirse del citado texto. En realidad, puede decirse, las "Instrucciones" no difieren de cualq u ier otra m u e stra li teraria del tipo de las "E nseñanzas de Ptahotep" o de otros textos del R eino M ed io que se verán mas adelante.
A pesar de lo dicho, hay que a c e p tar que la crisis de la m o n a rq u ía de M enfis pudo influir en la m etalidad de los habitantes de Valle. Por lo que respecta a los c am p esin o s conviene re c o rd a r que es difícil que pudieran vivir peor de lo acostum brado, pero sí que la falta de autoridad, ju n to con otros factores, pudieran generar situa ciones de h am b re que no n e c e sa ria m ente fueran achacables a desastres naturales. El ya citado texto de las "L am en tacio n es del sabio Ipuw cr" da e jem p lo de situaciones de desorden que hacen reflex io n ar al personaje con argum entos que son p atrim onio de la hu m an id ad y no sólo de una c u l tura d eterm inada. En el "D iálogo del d e se sp e ra d o con su ba" el tono es di ferente y el p e sim ism o alcanza su c é nit. Ante el desastre de la vida sólo puede d esearse la m uerte:
"La m u erte está hoy a n te m í com o la cu ra ció n d esp u és d e la e n fe rm e dad. C om o la recu p e ra c ió n a n te un a ccid en te la m u erte está h o y a n te m í C om o el arom a de la m irra com o d e s ca n sa r bajo la vela en un d ía de vien to".
Al "D esesperado" sólo le resta el co n su elo en el M ás Allá, dado que n in g u n a ilusión le q ueda de la e x is tencia terrenal. P ero su ba le presenta el cuadro horroroso de la m u erte in tencionada y le intenta c o n v e n c e r p a ra que acepte la vida c o m o es, con sus m iserias y con sus c o n tra d ic c io nes, con sus alegrías y sus dolores. La
obra, en suma, es un bellísim o tratado filosófico ante el h echo del vivir c o ti diano, de la oposición entre la e sp e ranza de la vida y la angustia de la nada (D A U M A S , 1962).
N o todos los autores están de a cuerdo en adscribir estas dos obras al P rim e r Período Interm edio, no fa l tando, incluso, quienes piensan que no tienen relación con situación de crisis alguna, siendo por lo tanto, m e ros ejercicios literarios. Es difícil, sin e m bargo, sustraerse a la idea de que sean ú nicam ente m uestras de ingenio, elaboradas sin el trasfondo de c ir cunstancias históricas propias, y por otra parte no es difícil suponer cuál fue el proceso que p udo deg en erar en caos.
El sistem a de explotación hidráuli co se b asaba en el fuerte control de la m ano de obra y una dirección m uy especializada. C ualq u ier fallo en el aparato de gobierno podía su p o n er la rotura de la cadena de producción. Si faltaba la enorm e cantidad de e x c e dente necesario para m a n te n e r a la clase dirigente, el ciclo se cerraba y e m p ezab a de nuevo. Este era el c a m i no del desastre. En este ciclo ju g a b a n un papel fundam ental los g o b e rn a d o res de ciudades y los nom arcas. La m era existencia de un arte provincial, el relieve que adquirieron los j e r a r cas, po r lo tanto, prueba, sim p le m e n te, que el ciclo se había rolo hacía tiem po.
Con el acceso al control local de la p roducción y el uso de su excedente, estos príncipes im itan el fasto de la antigua corte m enfita. Surge así un arte nuevo, a veces rústico, incluso tosco, pero e x trem ad am en te original. Sin em bargo, cuando Tebas unifique a E gipto todo volverá a los cauces tradicionales, incluso el arte, aunque de form a paulatina.
C on la nueva situación se hizo uso, así, de form as y ritos que antes habían sido exclusivos de los reyes. Ante e s te hecho, algunos investigadores han utilizado, tal vez un tanto e x a g e ra d a
m ente, el concepto de " d em o cratiza ción". Pero el uso de estos bienes de prestigio se hizo extensivo solam ente entre la clase dirigente y el fenóm eno en co n tró su eco en las ideas re lig io sas, d ejando huella en los Textos de los Sarcófagos:
"P alabras d ich a s p o r A q u e l cuyos n om b res son secretos, el S e ñ o r del U niverso... Yo he creado cuatro b u e nas a c cio n es en el p ó rtico del h o ri zonte. Yo he creado los cuatro vien to s a f i n de que cada uno p u ed a respirar en su tiem po.
E sta f u e la p r im e r a d e las a c c io nes. Yo he crea d o e l G ran C a u d a l de la In u n d a c ió n a f i n de q u e el p e q u e ño co m o el G ra n d e se a n vig o ro so s; esta f u e la se g u n d a a c c ió n . Yo he crea d o todo h o m b re ig u a l a todo h o m b re, Yo no les a u to r ic é a h a c e r el m a l p e ro su s c o ra zo n e s han tr a n sg re d id o m i m a n d a to . E sta f u e la te rc e ra a c c ió n . Yo h ice q u e su s c o ra zo n e s d e ja ra n de o lv id a r a l O c c id e n te a f i n de h a c e r las o fre n d a s d iv in a s a los d io se s de lo s n o m o s ; e sta f u e la cu a rta de las a c c io n e s. Yo he crea d o los d io se s de m i su d o r y a lo s h o m b re s de las lá g rim a s de m is o jo s".
"Textos de los Sarcófagos", ηΩ 1130 B A R G U E T , 1986 H a b la el d i o s - c r e a d o r c o n c a b e z a d e c a r n e r o , el "G ra n A lf a r e r o " , K h - n u m , y éste es, en to d a la h is to ria de la c u ltu r a e g ip c ia , el ú n ic o te x to en el q u e se c o n s i d e r a un h o m b re igual a otro. Se trata, p u e s , de un p a sa je de e x tr e m o in te ré s en el c o n t e x to del P e río d o . El p r o c e s o de f o r m a c i ó n de los T e x to s de los S a r c ó f a g o s s ig u e un m e c a n i s m o p a r a le lo al de la p r o v i n c i a l i z a c i ó n del arte f u n e ra rio . Se h a b ía n d if u n d id o e n tre las c la se s altas de los n o m o s y a p a r e c e n , po r lo tan to , en los s a r c ó
Danzarinas de la tumba de Antefoker. Tebas. Comienzos de la Din. XII.
22 AkaI Historia del Mundo Antiguo fa g o s de los g r a n d e s p e r s o n a j e s l o c a le s , al te n e r é sto s a c c e s o a los c e n tr o s de f o rm a c ió n de e s c r ib a s , en d o n d e se c o n s e r v a b a n los a n t i g u o s e s c rito s re a le s: los T e x to s de las P ir á m id e s , p o s i b l e m e n t e e n f o r m a de p a p i r o s - b o c e t o s ( B A R G U E T , 1986) y de jos c u a le s d e r i v a r o n m e d ia n te s im p l i f i c a c i o n e s y c a m b io s c o n la in tr o d u c c ió n de n u e v a s f ó r
m u la s . L a d ifu s ió n de las id e a s osi- ria n a s , q u e e m p ie z a n a h a c e r s e p o p u l a r e s y q u e lu e g o s e rá n p r o p u l s a das p o r los I n y o t e f de T e b a s, f a c i l i ta ro n la r e d a c c ió n y d if u s ió n de e s ta lite r a tu r a r e lig io s a , u n o de los a s p e c to s c u ltu r a le s m á s s i g n i f i c a t i v o s del P r i m e r P e r í o d o I n t e r m e d i o y qu e p a s a r á c o m o h e r e n c ia al R e i n o M e d io .
II. La unidad restablecida
1. La dinastía XI
El p rogresivo debilitam iento de los jefes p rovinciales tras m uchos años de luchas intestinas ju g ó a favor de los príncipes tcbanos, por lo que ya en el reinado de In y o te f II se puede adm itir la existencia de un control efectivo del Sur. De Inyotef III nada se sabe, salvo que reconstruyó la tu m b a de un príncipe divinizado en A sw an. La frontera de la influencia tebana quedó, durante m u ch o tiempo, detenida en el nom o de La Cobra, el d écim o del Alto E gipto y ahí seguirá hasta el año catorce del reinado del hijo de In y o te f TIL Un poco m ás al Norte, en el n om o trece, los príncipes Le A syul se m antienen fuertes en su alianza con los m o narcas heracleopo- litanos.
A pesar de lo a com pasado de las conquistas, el interés de los tebanos por unificar E gipto es algo que se h a ce evidente por razones sim plem ente económ icas. El Norte, con una m ayor p roducción agrícola, podía pasarse p erfectam ente sin el Alto Egipto, p e ro, m uy probablm ente, la recíproca no era cierta.
Esta voluntad se aprecia en el n o m bre de Horus que M entuhotep II adop ta al subir el poder: Sankhibtawy, es
decir: "Aquel que hace vivir el c o ra zón de las Dos Tierras". Pero sería in justo pensar que el m érito de la re u n i ficación sólo fue debido al interés de los tebanos. (V E R C O U T E R , 1987). La labor previa efectuada por los príncipes de H eracleópolis no puede ser m en o sp reciad a y gracias a su c o n trol del Delta, y a haber m antenido aglutinados a los nom os m ás al Norte de A syut, pudo beneficiarse Tebas, y todo Egipto después, de una rápida p acificación que produjo, de nuevo, la unidad centralizadora de la din as tía XI.
Es evidente, sin em bargo, que el m érito en su m ay o r parte hay que atribuirlo a M en tu h o tep II, y la totali dad de la dinastía queda oscurecida por su figura. Su papel com o unifica- dor, p acificador y o rganizador fue in gente. El reco n o cim ien to de este h e cho ha sido labor de la bibliografía m oderna, que ha sabido reco n o cer en un solo m on arca los acontecim ientos que la docum en tació n asignaba, a p a rentem ente, a tres reyes diferentes con el m ism o nom bre. Los cam bios en el epíteto de H orus fueron la clave de la confusión.
Parece ser que el H orus S a n k h ib tawy M e ntuhotep IT asum e el poder h acia el año 2061 a.d.C, y si se hace
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caso al C anon o Papiro de Turin d e bió re in a r unos cincuenta y un años, cifra sorprendentem ente larga p ara el período. Hay que añadir, de paso, que por lo que respecta a la din astía XI, el Papiro de Turin está en un estado la m entable (G A R D IN E R , 1959 y 1987, D R IO T O N -V A N D IE R , 1938).
No p arece que se p u e d a a segurar si dedicó los prim eros años a organizar sus fuerzas, pero por un estela del British M useum se sabe q u e T hinis se levantó en armas, tal vez com o c o n se cu en cia de un período de h am bre, el año catorce de su reinado. Por el po- sicio n am ien to de la antigua cuna real en el bando heracleopolitano M en- tu hotep debe realizar el e sfuerzo más im portante en su carrera militar. La incursión contra el Norte acaba con la caída de Heracleópolis. A ño 2040 a.d.C. Un nuev o n om bre de H orus re m ata los acontecim ientos: N etjerihed- jet, es decir: "D ivina es la Corona Blanca". Lo cual viene a ser c o m o re co rd ar que la realeza divina del Sur ha sojuzgado al Norte. Un n om bre muy poco d iplom ático para un hábil diplom ático. Junto al no m b re de c o ronación, M enluholep, había parecido otro nuevo: N ebhepetre.
La labor de pacificación debió sig nificar m ucho más tiempo. Parece que algunos de sus en em ig o s se habían refu g iad o en el oasis de D akhla, en el desierto O ccidental, y tal vez esto tu viera relación con las o fensivas que se lanzaron p o ste rio rm e n te contra los libios, en em ig o s históricos de Egipto. M e n tu h o te p reo rg an iza el D oble País m a n te n ie n d o en su puesto a los no- m arcas que no le o p u siero n r e siste n cia, com o ocurrió en los n o m o s del O ryx y la Liebre. N o fue este el caso de los príncipes de Asyul donde, a par tir de este m o m e n to sólo aparecen tum bas de sacerdotes y a d m in is tra d o res, im puestos po r Tebas. Se crea el puesto de G o b e rn a d o r del N orte, que puede suponerse que en un principio tuvo un duro c a rácter militar, y se restablece el cargo de visir, único que
tuvo las m ism as co n n o tacio n es que en el reino Antiguo, es decir, r e s p o n sable, ju n to al m onarca, de los a s u n tos fiscales, adm inistrativos y j u d i ciales. (KEMP, 1983). Se conocen tres de los visires sucesivos de M e n tuhotep, de nom bres: Dayi, Bebi e
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La labor de pacificación y organiza ción debió concluir hacia 2031 a.d.C, treinta y nueve años después de su subida al poder, porque un nuevo n om bre de H orus re em p laza al a n te rior: S em ataw i, es decir: "El que u n i fica las Dos Tierras". Y hay razones para pen sar que sí, que efectivam ente el País estaba pacificado. U n soldado grabó en la roca de un lugar llam ado A bisko, en la prim era catarata, una inscripción en la que alude al "control de todas las regiones" (P O S E N E R 1952), y en otras inscripciones rep ar tidas po r diversos lugares de Egipto se refleja el éxito político en relación con ofrendas a dio ses y otros motivos (H AYES, 1971).
El co m ien zo de la organización del E stad o coincide con el interés por las fronteras. Casi al m ism o tiem po que m a rc h a contra H eracleópolis un d e s tacam en to penetra en la B aja Nubia. N o puede saberse si la razón inm edia ta era el control de las m inas de oro, im p e d ir el reclutam iento de m e rc e n a rios nubios por parte de los enem igos que restara dominar, o am bas cosas a la vez. A partir de este m om en to las exp ed icio n es se m ultiplicarán y a u n que no ocupó la zona de W awat de for ma perm anente, la m antuvo bajo c o n trol. La expansión definitiva hacia el S ur vendría más tarde.
La dem anda de m aterias nobles y el control de los asiáticos le llevó a o r g an izar expediciones hacia el Este. C on tra los A m u de la zona de Djaty, com o indica la inscripción de Abisko, y tam bién hasta el S inaí (P O S E N E R , 1971). Hay constancia, asim ism o, de im p o rtacio n es de m ad era del Líbano tanto para co n stru cció n com o para la marina.