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(1)

tención a las familias en

situaciones de duelo

(2)

Este manual es propiedad de:

PUBLICACIONES VÉRTICE S.L.

C/ Ter 2-4-6 Pol. Ind. El Viso 29006 Málaga. Tfno: 902 53 24 32 www.editorialvertice.com [email protected]

Y ha sido elaborado por:

Vanessa López del Pozo

ISBN: 978-84-9931-364-1 DEPÓSITO LEGAL: MA 1354-2011

No está permitida la reproducción total o parcial del presente manual bajo cualquiera de sus formas gráƤ cas o audiovisuales sin la autorización previa y por escrito de los titulares del depósito legal.

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El duelo

ín

Dice

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El hombre y la muerte 1.1. Introducción ...9 1.2. El temor a la muerte ...9

1.2.1. Componentes del miedo ... 10

1.3. La muerte en la Historia ... 10

1.3.1. El hombre y la muerte ... 11

1.3.2. Nuestra concepción de la muerte ... 16

1.4. Los ritos funerarios ... 19

1.4.1. Rituales fúnebres en las diversas épocas ... 21

1.4.2. El valor social de los ritos ...24

Lo más importante ... 27

Autoevaluación UD1 ...29

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2

El duelo 2.1. Introducción ... 35

2.2. El Apego. Teoría del apego de Bowlby ... 35

2.3. Concepto del duelo ...36

2.3.1. Características del duelo ...40

2.3.2. Factores determinantes del duelo ... 41

2.3.3. La sensación del duelo ... 43

2.4. El proceso de duelo ...45

2.4.1. Reacciones normales del duelo ...45

2.4.2. La duración del duelo ...46

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saNida

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2.5. Mitos y creencias acerca del duelo ...50

Lo más importante ...53

Autoevaluación UD2 ...55

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3

El trabajo de elaboración del duelo 3.1. Introducción. El trabajo de elaboración del duelo ... 61

3.1.1.El proceso saludable del duelo ... 61

3.2. La elaboración del duelo ...63

3.2.1.Fases o tareas de elaboración del duelo ...64

3.2.2.Tipos de elaboración del duelo ... 72

3.2.3.Otras modalidades de elaboración ... 73

3.3. El duelo complicado ... 74

3.3.1.Duelo Patológico o psiquiátrico Terapia en el duelo ... 77

3.4. Diversas respuestas a pérdidas signifi cativas ... 77

Lo más importante ...85

Autoevaluación UD3 ...87

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La atención del profesional 4.1. Introducción. El profesional ante el duelo ...93

4.1.1.Principios y procedimientos del/la profesional ante el asesoramiento psicológico ...94

4.2. Intervención en crisis (preduelo) ... 97

4.2.1.Comunicación del fallecimiento e inicio del duelo ...99

4.2.2.Introducción del protocolo general de intervención ... 101

4.3. Detección de intervención de un profesional ante el duelo. El diagnostico ... 102

4.3.1.Diagnostico de un duelo complicado ... 103

4.4. Cuidados primarios del duelo. Otra forma de atención al duelo .... 105

4.4.1.Técnicas de cuidados primarios del duelo ... 106

4.4.2.Guía para hacer una sesión estructurada ... 109

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Lo más importante ... 113

Autoevaluación UD4 ... 115

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Dispositivos de intervención en situaciones de duelo 5.1. Introducción ... 121

5.2. Protocolo General de Intervención para profesionales biosanitarios ... 122 5.3. Asesoramiento en grupos ... 128 5.3.1.Grupos de autoayuda ... 129 5.3.2.Grupos de duelo ... 135 5.4. Casos prácticos ... 140 Lo más importante ...149 Autoevaluación UD5 ... 151

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El hombre y la muerte

1.1. Introducción

1.2. El temor a la muerte

1.2.1. Componentes del miedo 1.3. La muerte en la Historia

1.3.1. El hombre y la muerte

1.3.2. Nuestra concepción de la muerte 1.4. Los ritos funerarios

1.4.1. Rituales fúnebres en las diversas épocas 1.4.2. El valor social de los ritos

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1.1 Introducción.

A lo largo de este manual vamos a trabajar sobre el duelo, ¿Pero a qué nos referimos exactamente cuando hablamos de duelo?, lo primero que se nos viene a la cabeza con la palabra duelo es muerte, y nuestra repuesta ante esa muerte es temor. El te-mor que sentimos hacia él, nos viene provocada por el miedo a lo desconocido, y ge-nera en nosotros/as unas manifestaciones cognitivas, fi siológicas y conductuales.

1.2. El temor a la muerte.

Todas las personas sufrimos diferentes miedos como pueden ser , a determina-dos animales, como arañas, insectos, a espacios cerradetermina-dos o espacios abiertos, etc., pero nuestro miedo más grande es a la muerte.

A lo largo de la historia, las distintas religiones existentes hablan de la muerte como un tránsito hacia un mundo mejor, no es difícil imaginar algo así, un paraíso. Sin embargo personas de todas las religiones, incluso los budistas que consideran la reencarnación como la opción con la que se explican este tránsito manifi estan tener este miedo a morir. Resulta ilógico que, si realmente estamos convencidos de la idea de lo que supone la muerte, ese paso deberíamos verlo como algo positivo y por lo tanto no asustar-nos sino todo lo contrario, debería ser una liberación.

El miedo o temor que sentimos hacia la muerte tiene mucho que ver con el miedo al cambio, a lo largo de nuestras vidas vivimos situaciones de cambios los cuales nos generan rechazo y estrés pero lo vamos superando poco a poco con un período adaptativo al nuevo entorno. Pero esa inseguridad que genera el cambio aumenta cuando hablamos de la muerte. Este miedo puede llegar a condicionar nuestras vidas, puede impedir que seamos felices si no nos adaptamos al cambio y no lo afrontamos de manera correcta.

Por ejemplo si nos negamos a acudir al médico a las revisiones por temor a que nos diagnostiquen alguna enfermedad o a realizarnos una operación necesaria por miedo a morir en el quirófano puede suponer que la enfermedad que podría tratarse a tiempo se agrave hasta que ya no haya tratamiento posible.

No resulta fácil liberarse del miedo pero conviene recordar que lo más difícil es vivir la vida y que lo mejor que podemos hacer es realizar aquellas actividades que nos apetecen y nos dan ilusión porque así podremos llegar al fi nal sabiendo que nues-tra vida ha sido plena y no pasar de puntillas por el mundo con miedo porque eso realmente es medio vivir.

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1.2.1. Componentes del miedo

El temor o miedo está compuesto por tres componentes: cognitivo, fi siológico y conductual, los cuales cada uno de ellos generan unas manifestaciones en noso-tros/as.

Las manifestaciones antes estos tres componentes del miedo son:

Manifestaciones cognitivas:

aquí nos referimos a los pensamientos que nos

generan la muerte y en especial el duelo. Estos pensamientos siempre son negativos. Por ejemplo ¿Qué voy a hacer yo ahora que mi marido se ha muerto?. Evidentemente debido a la situación nuestro pensamiento siempre es negativo. Más adelante veremos cómo trabajarlo.

Manifestaciones fi siológicas

: son respuestas de nuestro cuerpo ante esas

manifestaciones cognitiva y/o pensamientos negativos generado. Como puede ser llorar, temblar, sudoración, palpitaciones, difi cultades al respirar, tensión muscular, molestias gástricas, estados depresivos, vómitos, etc.

Manifestaciones conductuales

: estas manifestaciones son una consecuencia de

las dos anteriores y generan rechazo, evitar, mal afrontamiento de la situación o un mal duelo como veremos en los temas siguientes del manual.

1.3. La muerte en la historia

De acuerdo con Iribarren (1965) los únicos capacitados para hablar de la muerte son los muertos; pero los muertos nada dicen porque están mudos y delegan en lo vivos la pretensión imposible de comprender y defi nir el gran enigma.

La muerte (Albornoz, 1990) en sentido general se refi ere al deceso de un ser vivo; así entendida es que nos dice Sartre (1905-1980) que la muerte es un simple hecho como el nacimiento. Podemos distinguir distintas concepciones de la muerte:

La muerte es un principio de una nueva existencia. Es una concepción de 

construcción tanto social como culturalmente y por tanto religiosa.

Si vemos las distintas religiones, podemos observar que algunas orientales 

meditan el concepto de muerte como un retorno al mundo del que procedemos.

Karl Jaspers (1883-1969) refl exiona sobre la muerte y nos dice que es la 

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La existencia es la vida más la conciencia de la muerte. 

1.3.1. El hombre y la muerte

La muerte es una experiencia que nos ha acompañado a lo largo de la evolución del hombre. El hombre del Neanderthal dejó unos testimonios de su espiritualidad y su refl exión y respecto hacia la muerte como podemos verlos en las sepulturas, en los cuales podemos observar el cuidado con que se disponía el suelo (cubriéndo-lo con cantos rodados), el cadáver (en posición encogida) y las ofrendas. Esto nos muestra como creían en una vida después y que necesitaban ayuda de los vivos. Muchos investigadores/as han trabajado en este tema y sus conclusiones son que el hombre prehistórico no sólo respetaba a los muertos, si no que se preocupaba por la vida de ultratumba. Sabemos que en las tumbas depositaban ofrendas a los muertos como alimentos, objetos de silex, etc, supuestamente para que los utili-zasen en su camino de la vida a la muerte.

El hombre del neolítico continúa con la misma manifestación de culto a los muer-tos, y aquí depositaban utensilios como vasijas, alimenmuer-tos, pequeños objetos y otras piezas de ajuar.

La refl exión de la muerte de nuestros antepasados se centra en dos ideas:

La muerte no es una destrucción del ser, ya que el/la fallecido/a sobrevive de 

cierta forma en el mundo mediante las relaciones y lazos con los vivos. El hombre es un elemento de divinidad (sea la religión que sea).Este sentimiento 

de lazo entre la humanidad y la divinidad lleva lógicamente a ciertas creencias concernientes a las relaciones entre vivos y muertos.

Como hemos visto anteriormente, nuestros antepasados rendían culto a los muer-tos y en especial a los antepasados, a continuación vamos a hacer un repaso sobre las distintas religiones y civilizaciones que han existido y existen actualmente: Los chinos, éstos en sus primeros tiempos, profesaban un profundo respeto a los mayores, principalmente a los antepasados, a quienes se rendía culto en altares familiares para que los protegieran.

La primera religión Ofi cial concedida en Japón hasta 1945 es el sintoísmo, la cual concedía una especial importancia al respeto de los espíritus de los difuntos (lla-mados Kamis).

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Los israelitas de la época primitiva pensaban que sus muertos vivían en el Seol des-de dondes-de se interesaban por la suerte des-de sus hijos y nietos.

Los antiguos egipcios morían preocupados por su comparecencia ante el tribu-nal de Osiris (como veremos más adelante), con el alegato de su justifi cación bien aprendido. Rendían culto a las almas de los muertos y no tenían por tales, en el sentido material de la palabra, mientras sus cuerpos no fuesen destruidos o sus imágenes se perpetuaran en la piedra. Esto explica el rito de los embalsamamien-tos por ellos practicados. La profusión de momias y estatuas lo comprueba. Así, pues, los antiguos egipcios, aun después de morir, se resistían a abandonar las zo-nas vitales de la naturaleza y de lo divino.

Los egipcios pensaban que los humanos se constituían de tres partes:

El cuerpo: entendiéndolo como la vida terrenal, vivía esta vida como un hecho 

pasajero.

El ka: se referían a la fuerza vital que perduraba incluso después de la muerte. 

El alma: hacían alusión a los sentimientos y las acciones humanas, la 

consideraban inmortal e inmaterial.

Pensaban que al morir, nuestra alma debía ser juzgada. Para ello era llevada ante un tribunal constituido por cuarenta y dos jueces considerados demonios, gober-nado por Osiris (dios de los muertos) y sus acciones valoradas por el dios Anubis ( dios de cabeza de perro) en una balanza, y el secretario del tribunal regido por Tot.

Si la persona no tenía pecados se iba directamente al reino de Osiris, si no, al Duat en el cual le vedaban de libertad.

Para los griegos las divinidades primigenias de su mitología (Rojas M, 2002) eran meras abstracciones simbólicas poco o nada personalizadas. Del Caos original procede el Erebo (tinieblas infernales) y la Noche, de cuya unión amorosa nacen Eter (Cielo) y el Día. El Eter corresponde a la región más limpia, elevada y luminosa del fi rmamento y debe ser distinguido de Urano, otro cielo fuertemente personal. También son hijos de Caos: Hipnos (el sueño) la estirpe de los ensueños (Oneiros), la Burla y la Desdicha, así como las divinidades personalizadas: el Engaño, el Con-cúbito, la Vejez, el Amor, y el Dolor. Pero también son hijos del Caos, Moro, Cer y Thanatos, tres nombres que son casi sinónimos de la muerte.

Los hinduistas creen en la reencarnación de las almas individuales, la idea es que el alma renace en otro cuerpo, y que en función de la conducta que se había tenido

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en esa vida, se puede ascender y descender en la reencarnación. También hacían distinción según grupos sociales o castas, y si se pertenecía a una casta inferior, pero si había mostrado una conducta correcta, se renacía como miembro de una casta superior; por el contrario, si la conducta había sido incorrecta, se volvía a vivir como seres de castas inferiores o aun en animales.

Estas ideas se transformaron debido a:

La aparición del Jainismo, el cual terminaba con la idea de la transmigración del 

alma, porque este reforzaba el sistema de castas y las diferencias sociales. Surge el Budismo, el cual estableció la negación del alma y afi rma que la 

pasión es la fuente de todo mal, por ello establece que para salvarse hay que controlar y abandonar todo deseo.

En todos los pueblos de África, prevalece de forma pura o mistifi cada el totemismo como forma religiosa. El totemismo ha generado la adoración de los antepasados y de los muertos. Para quienes practican el totemismo, las personas continúan viviendo en las mentes de los vivos después de muertos, pudiendo adoptar diversas apariencias:

Como espíritus o como ánimas capaces de trasladarse incorpóreamente. 

Como seres sobrenaturales que conservan su apariencia terrenal. 

Como seres sobrenaturales que asumen el aspecto de animales. 

Los muertos continúan presentes en la vida de los demás, formando parte de los clanes y no abandonando la comunidad. Pero reclaman de los vivos ciertas aten-ciones: sacrifi cios que ayuden a prolongar su existencia en el otro mundo y conse-guir renacer en sus descendientes, así podrán mantener su ser en otra existencia. Por su parte, los vivos consiguen así que sus difuntos les protejan, pues necesitan de sus antecesores quienes, según creen, gozan de dones sobrenaturales.

La adoración de los antepasados muertos es la manera de mantener los nexos en-tre los muertos y los vivos del clan, si estos lazos se rompieran, se cerniría una ame-naza de destrucción tanto sobre los vivos como sobre la comunidad en general. En el siglo XVI se tienen las primeras noticias en Europa de la existencia del Perú y de México (culturas aborígenes). En esos mismos años, entra España en contacto con las tres grandes civilizaciones del mundo indo americano: los mayas, aztecas e incas1.

1Crouzet M., “Historia General de las Civilizaciones. Siglos XVI y XVII.” La Habana:

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Los mayas pertenecieron a una civilización existente desde unos 3 mil años antes de nuestra era, fueron coetáneos de las grandes culturas mesopotámicas, egipcia y china. Eran fuertes y no solían enfermar. Pero si algún hombre caía enfermo se llamaba a un sacerdote, un curandero, o un hechicero cuyo prestigio dependía de su capacidad para sanar a otros.

Los aztecas hacían uso de hierbas y raíces medicinales para curar las enfermeda-des. Prestaban especial atención a los ritos funerarios que plasmaron en las pare-des de sus templos y pirámipare-des, en cerámicas y en todo tipo de utensilios de uso cotidiano, esperando conseguir así la supervivencia de los muertos quienes a su vez tenían, la capacidad de proteger a los vivos.

Estos ritos eran múltiples, formando parte de éstos la conservación de objetos del muerto que se convertían entonces en amuletos de protección o de buena suerte. Los incas fueron un pueblo predominantemente conquistador, que llegaron a con-solidar un importantísimo imperio en la casi totalidad de los territorios andinos de América del Sur, los que fueron conquistando y sometiendo a su cultura.

Para ellos, el sufrimiento, las enfermedades o la muerte eran el resultado de los malos deseos y las iras de los dioses quienes se enfurecían por los pecados de los humanos, por algún descuido o falta, algún incumplimiento u olvido en el culto o por haber tomado contacto con algún espíritu maligno, presente, según creían, en los vientos y en las fuentes.

Atribuían las enfermedades a las brujerías. Cuando se trataba de una calamidad colectiva, de una epidemia, ésta era atribuida a un pecado colectivo. Así, al tener las enfermedades y la muerte causas sobrenaturales, su cura debía atender a ese origen y por lo tanto debían ser curadas por la magia o la religión.

Los cristianos consideran la muerte como el precio que tenemos que pagar de nuestros pecados. Así consta en el libro del Génesis (I, 27; XX,2), y San Pablo lo con-fi rma y recuerda en casi todas sus cartas (a los Romanos, V,12; VI,23. A los Corin-tios, Primera, XV, 21. A los Efesios,II,15. A los Colosenses, II, 13. A Timoteo, Primera, V,6). Jesucristo destruía la muerte con la muerte: “Yo soy la resurrección y la vida, quien cree en mi aunque hubiere muerto vivirá; y todo aquel que vive y cree en mi no morirá para siempre” (San Juan, XI, 25 y 26).

En los tiempos heroicos del cristianismo morían los fi eles gozosamente, con la ale-gría del viajero que sabe de antemano que le aguarda la felicidad al término de su viaje. Nada les causaba temor; ni las incomodidades del trayecto, ni el dolor físico de la jornada. Antes al contrario, eran méritos y trabajos santifi cantes que harían más apetecibles el placer de llegar.

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Esos tiempos heroicos pasarán cuando Constantino (gobernó entre 312-337) con el Edicto de Milán (año 313) decretó la tolerancia al cristianismo. Con Theodosio (gobernó entre 379-395), el cristianismo triunfó, por lo que el nuevo emperador lo declaró religión ofi cial y única del imperio (año 380), aboliendo el paganismo en el año 394.

El cristianismo triunfará y el imperio romano se dividirá y luego se derrumbará dán-doles paso a la Edad Media y a la hegemonía de la Iglesia y el poder a los Papas. Durante la Edad Media, la muerte conlleva connotaciones de castigo. Veían la muerte como una manera de solucionar todos los confl ictos humanos.

La religión judía, sitúa la muerte como fi n de la existencia y el premio y/o castigo según las malas y buenas acciones realizadas.

Para el pensamiento ortodoxo, la muerte está decretada a los hombres por Dios y su hora es incierta. Debemos mirarla con sacrifi cio grato al Todopoderoso. Es la puerta de acceso a la inmortalidad y por ello la muerte de los seres queridos no debe afl igirnos.

Los árabes, a través de Mahoma y los mandatos del Corán; la vida del hombre está predestinado, el juicio fi nal y la reencarnación existen.

En la época moderna el sistema feudal es reemplazado en muchos países por los estados nacionales. Además comienza un notorio crecimiento demográfi co por la afi rmación de los centros urbanos en donde se desarrolla la burguesía. Se instala el mercantilismo, fl orece el comercio y los artesanos se organizan formando gre-mios.

Se suceden constantemente los descubrimientos geográfi cos. La Iglesia ofi cial su-fre una serie de divisiones, fruto de una crisis religiosa en la Iglesia Católica, Apos-tólica y Romana produciéndose reformas o separaciones de ideales como fueron anglicana, calvinismo y luterana, que repercuten sobre la sociedad de la época y sobre su pensamiento.

El humanismo, contrario a las creencias escolásticas, emancipa al hombre y le ofrece posibilidades creativas como nunca antes.

La ciencia y la tecnología disfrutan de un auge sin precedentes.

Sin embargo, la medicina mantiene sus patrones clásicos hasta que, como conse-cuencia de algunos cambios relacionados con la llegada del Renacimiento, se va a ir desarrollando el paradigma moderno: la biomedicina.

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Aquí las enfermedades dejarán entonces de ser interpretadas como fenómenos sobrenaturales, pero como efecto no deseado, se dará paso a una idea dicotómica del cuerpo y la mente separándose las enfermedades físicas de las mentales. In-cluso se comienza a considerar la enfermedad como algo que está al margen de la persona y del entorno en que enferma. Esta forma de entender la enfermedad y la muerte alcanzarán un gran auge más tarde, en pleno siglo XVIII.

1.3.2. Nuestra concepción de la muerte

Hoy en día nuestra sociedad tiende a buscar explicaciones técnicas, científi cas, empíricas y racionales a diversos acontecimientos que en otras épocas y culturas se explicaron con argumentos religiosos, mágicos o sobrenaturales.

Actualmente la muerte es considerada como un hecho biológico e individual. Esta concepción está sin duda muy vinculada a la tendencia presente de explicar la vida científi camente dejando de lado otros aspectos más sentimentales y menos tangi-bles, guardando una fuerte vinculación con la medicalización actual de la vida, de la salud, de la enfermedad y por supuesto también de la muerte.

Se vive y se muere por una serie de procesos bioquímicos, siendo pocos quienes desde no hace mucho, comenzaron a tomar en cuenta factores socioculturales, económicos, de clima, alimentación y estilo de vida para pensar en la vida y en la muerte.

Esta imagen de la muerte y esta representación social que tenemos hoy día, su consideración como “algo natural e imposible de evitar o cambiar”, se han ido construyendo a partir de valores sociales que dieron lugar a actitudes individuales y que rigen nuestro modo de enfrentarnos a nuestras vidas y a la muerte.

Para comprender cómo se ha llegado a esta situación, nos remitiremos a dos su-cesos históricos relevantes que han marcado un antes y un después en los últimos dos siglos. Estos son:

En el siglo XIX: comienzan los médicos a hacerse cargo de diagnosticar y 

decretar la defunción de una persona.

En el siglo XX: se introduce la tecnología médica a los tratamientos y se ponen 

en funcionamiento las unidades de cuidados intensivos.

La ruptura y el cambio que implicaron estos dos acontecimientos tuvieron como efecto la evolución de nuestra concepción sobre la muerte.

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La forma de entender la muerte de otros, la representación social de la propia muerte, los ritos, costumbres, actitudes y palabras con las que se hace referencia a ella han sufrido desde entonces un cambio importantísimo pudiéndose decir que existe un antes y un después respecto de estos dos momentos de ruptura.

Hasta fi nales del siglo XVIII la fi gura del médico estuvo separada del hecho mismo de la muerte. El médico acompañaba al paciente e intervenía sólo mientras se po-día hacer aún algo para evitar su muerte o su sufrimiento, pero en el momento en que ya se esperaba que muriera, era la familia quien se ocupaba del moribundo. En esta época el médico no dictaminaba la muerte de un enfermo sino que era com-petencia de un sacerdote o religioso o alguna fi gura de relieve como podría ser el más anciano de la comunidad, un sanador o un hechicero.

La ruptura comienza en este siglo a partir de una fuerte medicalización de la vida, caracterizada por la frecuente e importante intervención médica.

El médico se transforma a partir de ahora en una fi gura socialmente relevante, en un agente de regulación y control para el Estado, quien, ya en éste siglo, comienza a intervenir en la vigilancia y atención de la salud de la población fi jándose como objetivo general su cuidado para garantizar así que la persona tenga un cuerpo sano para la producción y la industria (una visión de la salud muy industrializada y puramente productiva).

La fi gura del médico inicia así su marcha para hacerse un hueco en las clases so-ciales de prestigio, no sólo relacionado con el curar o atender al enfermo sino que adquiere además un rol social en benefi cio de las autoridades y del Estado como institución, es decir logra un estatus social alto.

Podríamos fi jar en este punto el pasaje desde una concepción individual y privada del cuidado de la higiene y por consecuente de la salud, a una concepción social y pública de la misma.

Según nos dice Marisel Hartfi el2 en su artículo “La construcción social de la muerte.

Una mirada actual”, los cambios en el rol médico acontecidos en ese momento

convierten al médico en un experto y prestigioso consejero cuya función pasa a tener objetivos socialmente funcionales, lo cual le dota de prestigio y de status. Nos dice: “El médico se convierte en el gran consejero y en el gran experto en

ob-servar, corregir y mejorar el cuerpo social. Y es su función de higienista, más que sus prestigios de terapeuta, quien le asegura esta posición políticamente privilegiada en el siglo XVIII”.

2Información obtenida de la página web: http://www.cucaiba.gba.gov.ar, consultada

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Pero ha de ser a principios del siguiente siglo, a comienzos del XIX, cuando se em-pieza a confi ar plenamente en la fi gura del médico y en su diagnóstico gracias tam-bién al nacimiento de la medicina moderna y al uso de aparatos de diagnóstico de mayor precisión (como el estetoscopio que se crea en el año 1818), que llevan a la población a mejorar la confi anza y la certeza ante el diagnóstico de la muerte. Recordemos que el diagnóstico de muerte fue un tema confl ictivo hasta el momen-to, con casos de catalepsias y muertes aparentes, enterramientos prematuros, etc. Se calma así el miedo a la “muerte aparente” y el médico se convierte en el fi scali-zador, el que comprueba y diagnostica la muerte de las personas.

La muerte deja de ser entonces patrimonio de las religiones, de la fi losofía, de los sacerdotes y pasa a ser una cuestión científi ca, social y médica.

Como hemos comentado anteriormente, el segundo hecho que señalamos como relevante fue el gran avance de la tecnología de la salud en el siglo XX, junto al sur-gimiento de los cuidados intensivos introducen una segunda ruptura: desde este momento existe la posibilidad de prolongar la vida del paciente.

Estos avances científi cos que pueden prolongar la vida, modifi can también los lími-tes de la vida y la muerte y la forma de morir pues la persona que agoniza no estará ya acompañada por su familia sino por los profesionales médicos.

Con el surgimiento de la terapia intensiva, la muerte se hizo más científi ca, más técnica eliminando la visión puramente cultural y social. Además se le suma a la muerte secularizada (es decir, no religiosa, laica) la muerte solitaria, fuera de la casa, lejos del afecto de los familiares.

Actualmente la muerte en nuestro entorno cultural se caracteriza por:

Negación de la muerte. La muerte aparece como algo inevitable, como un 

límite ineludible que se nos impone contra nuestra voluntad y a pesar de la ciencia. Como modo de enfrentarse a esto, y para poder mantener la creencia de que siempre se puede conseguir todo lo que se desee, se niega la muerte. La muerte queda así excluida, resultándonos siempre sorprendente, fruto de un accidente inesperado y como tal se transforma en un hecho que podríamos denominar “clandestino”, que debe disimularse, ocultarse, superarse rápidamente para volver a la vida cotidiana.

Individualización: La muerte deja de ser algo social, deja de ser el último acto 

social para convertirse en algo institucional y anónimo. Con esto nos referimos a que ahora, los/as enfermos/as mueren en el hospital, en la residencia, solo o apenas rodeado de sus familiares más cercanos.

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La vida en las ciudades, la tecnología aplicada a la medicina, la medicalización de la enfermedad, la negación de la muerte, la simplifi cación de los ritos y la ruptura de los lazos sociales son las principales causas de esta individualiza-ción.

Mercantilización: Al negarse el acontecimiento de la muerte, todo lo que 

este hecho implica deja de ser realizado por la familia y se encarga a otros que lo hagan convirtiéndose ésta en una actividad pagada. Así nace una actividad mercantil en torno a la muerte, actividad realizada por empresas y servicios funerarios que se hacen cargo de preparar todo lo necesario, desde los trámites legales hasta la cremación o el entierro. Así mismo asistimos actualmente al surgimiento de los cementerios privados, que convierten los camposantos en verdaderos parques exentos de símbolos religiosos o de otro tipo, relacionados con la estética tradicional de los cementerios. Todo esto refuerza la individualización y negación de la muerte además de resaltar las diferencias económicas y el prestigio social que caracterizan la vida de quien muere y sus familiares.

1.4. Los ritos funerarios

Entre los pueblos primitivos, la muerte constituía una grave amenaza a la supervi-vencia de la comunidad y por ende a la cohesión. La falta de cohesión generaba de vez en cuando situaciones de descontrol entre los miembros debido al miedo, ori-ginando expresiones de explosión y violencia interna hacia los jefes que no podían garantizar la convivencia en estas situaciones. Para paliar este caos, se utilizaban los rituales como una forma de control y de calmar a la población. La muerte de un miembro del grupo se convertía en una ocasión para una celebración, así se ponía en marcha una serie de acciones especiales para esa ceremonia y al repetirse en el tiempo dio lugar al surgimiento de una celebración obligada de carácter social, que son lo que llamamos ritos funerarios. Estos constituyen también un modo de certifi car la muerte, de confi rmarla públicamente tanto por razones sociales como higiénicas (tomemos en cuenta que muchos de estos rituales incluyen el lavado del cuerpo o su untado con sustancias antisépticas).

Quienes mantienen creencias de tipo religioso consideran hasta hoy día, que estos rituales permiten facilitar “el camino al lugar de destino” y espantar a los malos espíritus para que no interfi eran en ese camino.

Es sabido que entre muchos grupos humanos la sepultura ha adquirido un valor esencial para “dar descanso” al difundo, negar sepultura es equivalente a conde-nar al alma a errar sin descanso y en consecuencia, crear un peligro para los vivos. Esas son las denominadas “almas en pena” que deambulan entre los vivos y cuyos

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“actos” son maléfi cos. Para evitar su aparición, se ha procurado que los ritos fune-rarios se cumplan sin fallos.

Un funeral bien planteado puede facilitar el proceso de recuperación tras la pérdi-da de un ser querido y ayupérdi-dar a disminuir la probabilipérdi-dad de un duelo patológico. La importancia de los rituales funerarios de cara al proceso de recuperación del duelo puede verse en la triste situación que se origina en los casos de los desapa-recidos y la necesidad de realizar rituales funerarios simbólicos para dar resolución a un duelo no iniciado.

El hecho de la conmemoración de la muerte de una persona ha hecho que sea con-siderado necesario el funeral como una forma extrema de importancia o prestigio y no hacerlo representa su negación, algo así como un abandono social.

A continuación trataremos acerca de los ritos funerarios a lo largo de la historia, cómo el culto a los muertos se viene practicando desde tiempo muy remotos. Dos son los aspectos que han llamado nuestra atención y que destacan especialmente en la respuesta a la pérdida o al duelo:

En los registros arqueológicos se señala la existencia de prácticas de 

enterramiento, esto nos permite suponer que ya entonces, en la edad de piedra, existía una ceremonia en que se ponía en juego la necesidad de manifestación del dolor por la pérdida de un ser querido y la conciencia de muerte como un momento luctuoso.

El segundo proviene del desarrollo del concepto de responsabilidad personal 

frente a la vida y la muerte. Este concepto aparece hacia el año 500 a.c. y se refl eja en la literatura clásica donde se habla de la necesidad que tiene el humano de comprender qué ha hecho para merecer una enfermedad, una guerra o una pérdida.

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1.4.1. Rituales fúnebres en las diversas épocas

La descripción más primitiva encontrada data de hace más de 4 mil años. Es una narración babilónica que cuenta las aventuras de un héroe de la época, y en éstas hace una descripción del proceso del duelo y de los rituales respectivos.

En la antigüedad fue cuando más dramatismo y expresión cobraron los ritos fune-rarios y la exteriorización del duelo. En esa época la muerte era vivida por la comu-nidad con grandes celebraciones, organizándose eventos que evidenciaban que la muerte afecta la continuidad del ritmo social y que nada ya es igual.

Este tipo de celebraciones se han perdido en parte pero es común observarlas aún a nivel colectivo en los casos del fallecimiento de una fi gura relevante como un/a profesor/a importante, un/a directo/a de cine, un/a ex presidente/a o político/a, etc. en que se procede a la realización de demostraciones públicas y memorias para señalar el acontecimiento.

Alguno de los hechos rituales más frecuentes en la antigüedad eran:

El rasgado del vestido, dejando plasmado de este modo el sentimiento de que 

ha habido una ruptura, un antes y un después tras la pérdida. Algo se ha roto en la cotidianidad de la vida de los/as deudos y esta ruptura se traslada a la ropa, a un lugar visible para que se sepa de este sentimiento. Este rito se mantiene hasta nuestros días entre personas de religión judía, por ejemplo.

El llanto intenso, los desvanecimiento, 

los golpes en la cabeza y en el pecho que se han mantenido hasta hace muy poco en pueblos y aldeas españolas en que las plañideras se hacían cargo de manifestar por este medio el dolor. En algunos países latinoamericanos existen aún las llamadas “lloronas” semejantes a las plañideras que cumplen esta función. La demostración exagerada tiene como objeto dar muestra pública del dolor, como si hubiera una relación directa entre la magnitud de la queja y la del amor hacia quien ha muerto.

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Ofrenda de cabellos, que en los hombres se trataba sólo de un rizo y en las 

viudas de raparse la cabeza. Esto es interpretado como una entrega simbólica al difunto para que sea enterrado junto con su viudo o viuda . El cabello representa un trozo de la persona. Esta entrega voluntaria en señal de duelo, se mantiene de forma simbólica aunque con modifi caciones. En nuestros tiempos es reconocido que el pelo es un signo erótico y de seducción, raparse es entendido como humillarse y en cierto modo es señal de sumisión frente al poder de la muerte. Con lo cual también podemos ver que además de ser un símbolo es una costumbre patriarcal para aun muerto someter la mujer a su difunto esposo.

Un rasgo sobresaliente de los rituales es su ocultamiento. En nuestros días se 

mantiene de algún modo este pudor. Entre los antiguos romanos así como en la antigua Grecia, el entierro era un deber sagrado que garantizaba que el alma del difunto no habría de errar sin descanso. Los romanos practicaban los ritos de la cremación y la inhumación, siendo lavado el cadáver y expuesto en el lecho mortuorio adornado con fl ores y guirnaldas. Este ritual nos acompaña hasta nuestro tiempo si bien ha sido mantenido por los cristianos. Los funerales se prolongaban durante varios días en que era acompañado por música fúnebre y plañideras, permitiéndose así un primer tiempo para poder llorar y despedirse. Tras la cremación o la inhumación se abría un período de duelo en la familia y a los nueve días tenía lugar un banquete fúnebre. Esto ha sido heredado entre nosotros y posiblemente sea la misa que suele dar la familia, un heredero del banquete fúnebre de entonces.

En algunas comunidades indo americanas es costumbre traer comida y comer jun-to a los/as deudos durante el velajun-torio, y luego ésjun-tos les retribuyen al fi nal de la primera semana de duelo con dulces y bebidas espirituosas. Algunos pueblos de Asia Central, realizan aún hoy una comida copiosa que comparten con quienes les acompañan al cementerio tras volver del entierro.

El duelo durante esta época no solía sobrepasar su manifestación ni ser ostento-sa. Se condenaba menos la aceptación del carácter mercenario de las plañideras (recordemos que se trata de plañideras pagadas para llorar), que el exceso que manifestaban ya que se descargaba así la expresión de un dolor.

Más tarde, en la Edad Media son los familiares y amigos/as del/la difunto/a quienes protagonizan las escenas de duelo y acompañamiento. Estos ritos son esencial-mente civiles y el papel de la iglesia se reducía a la absolución póstuma. Las expre-siones de dolor eran violentas, con estallidos y manifestaciones de desesperación que se interrumpían por unas palabras de despedida que se encargaba a una per-sona ajena a la familia. Llama la atención que entonces el tiempo de duelo oscilaba de acuerdo a la importancia pública del muerto, pudiendo durar desde unas horas hasta un mes. Los/as acompañantes se vestían de colores fuertes: rojo, verde, azul, etc. para honrar al muerto/a.

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A partir del año 1000 de nuestra era, en la segunda mitad de la Edad Media, con los cambios internos producidos en la Iglesia, cambian los rituales y las demás mani-festaciones de la arquitectura, las artes y el duelo se manifi esta con mayor sobrie-dad y recogimiento.

Aquí el duelo no se expresa ya por la violencia del dolor sino por el autocontrol de los sentimientos, el respeto, y la dignidad frente a la muerte. El dolor es expresado por medio de visitas a los familiares, visitas de duelo a los/as deudos, cuya fi nalidad era la de rehacer la unidad tras la pérdida, recrear el calor del afecto perdido. Pero lo que no se podía expresar con palabras se expresaba a través del uso de trajes y colores: se comienza con el uso de ropa sobria, oscura, se impone el luto y se viste de negro por la muerte de un pariente. Es a partir de los siglos XII y XIII que la familia y los/as amigos/as dejan de ser los principales actores y actrices de la ceremonia de duelo; en adelante este papel le queda reservado a los sacerdotes, especialmente a las ordenes mendicantes (tanto sacerdotes como monjas) que se convierten en verdaderos especialistas. La familia es apartada, los actos fúnebres se convierten en verdaderas procesiones solemnes las que pasan a ser vistas como representantes de la muerte y los funerales.

A partir del Renacimiento entran en crisis los rituales anteriores, la sencillez es la expresión predominante así como el silencio. El duelo se realiza con intimidad y dura unos pocos días. Quien no consigue superarlo y no puede pasar a la vida nor-mal, se recluye en un convento o se retira de la vida mundana.

Para P. Ariés3 , la voluntad de simplifi car los ritos funerarios tuvo causas de tipo

religioso, consecuencia de una obligación impuesta por la humildad cristiana, pero ésta se confundió con un sentimiento ambiguo.

Desde entonces el duelo comienza a perder su carácter de liberación de emociones o expresión de sentimientos.

En la edad moderna, la muerte se ve como algo familiar que no se oculta ni reviste dramatismo. Las manifestaciones públicas del duelo, así como una expresión pri-vada demasiado insistente, son ya de naturaleza morbosa.

Como nos indica P. Ariés (2006), en el siglo XX comienza la “prohibición” del duelo. Este hecho no se debería a los/as deudos y sobrevivientes sino a la presión social. Frente al ocaso de las costumbres funerarias, la simplifi cación de los rituales fu-nerarios así como la negación de la muerte en nuestro ámbito social y cultural, costumbres que como hemos visto son fundamentales para un adecuado proceso

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de recuperación, es preciso buscar recursos con que suplirlos que permitan la recu-peración de la pérdida de personas queridas.

1.4.2. El valor social de los ritos

Todas las sociedades manifi estan su identidad a través de los acontecimientos biológicos y sociales que suceden a los sujetos que la conforman por ejemplo na-cimientos, matrimonio, muerte, etc. Estos hechos marcan momentos de gran importancia para la vida de una comunidad y de sus integrantes, hechos que cí-clicamente se repiten. En muchos casos la comunidad depende hasta tal punto de lo que sucede en estos acontecimientos que puede llegar a marcar para ellos la diferencia entre sobrevivir o desaparecer como grupo o comunidad. De hecho aquí en España tenemos la experiencia de que cuando hemos sido conquistados adoptamos la cultura de nuestros conquistadores, modifi cando nuestros propios rituales y ceremonias. Otro ejemplo es cuando España conquisto Sudamérica, el cambio de las deidades entre las tribus indoamericanas por sus homónimos cris-tianos llevaron a que se desgajaran sus rituales y tradiciones, surgiendo una nueva identidad mestiza pero que no es la que tenía las comunidad anteriormente. Las personas y los pueblos han celebrado ceremonias para dejar constancia de for-ma explícita y pública de su deseo y su voluntad de que todo salga bien y que los resultados les favorezcan para lo que los rituales ayudaban a tener la tranquilidad de que así podrían conseguir una buena cosecha, por ejemplo, o un matrimonio fecundo, etc.

Como señala A. Montedeoca4 “Éstas pueden ser una de las razones que propició en el

nivel individual y en el colectivo, el surgimiento de ceremonias para convocar a las fuerzas internas de lo manifestado y buscar, de esta manera, que la voluntad creadora, transfor-madora o destructiva actuaran en benefi cio de los individuos y de los colectivos…”.

La búsqueda de la ayuda y de la protección se hacía a través de ciertos actos que se repetían de manera sistemática convirtiéndose éstos en ceremonias rituales. Las ceremonias se convierten entonces en una expresión de las necesidades del gru-po, en la representación simbólica de sus objetivos, de sus intenciones y valores. En los momentos cumbre de la vida de las personas, de los grupos pequeños o grandes, se celebraban ritos, actos repetidos invariablemente, para agradar y pro-piciar la ayuda de las fuerzas sobrenaturales.

4Información obtenida de la página web: http://www.tendencia21.net, consultada en

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Los rituales fi jan la forma en que se representan simbólicamente sentimientos, miedos, mitos, mediante danzas, rezos u ofrendas, ayudando de este modo a una mejor integración social, a una mayor cohesión y unión del grupo promoviendo la transmisión de valores.

Dado que marcan la secuencia y el orden en que deben realizarse, establecen los roles y fi jan las jerarquías. Tomemos como ejemplo lo que sucede en el ritual de la misa, allí queda muy determinado quién dirige la ceremonia, cuál es el valor de cada uno de los participantes, y además, se materializa la conciencia de integra-ción y pertenencia de los miembros a una comunidad, a través del acto de la comu-nión mediante la ingesta de la ostia sagrada que convierte a todos en “hermanos en Cristo”.

Los ritos ayudan a las personas a reconocer su pertenencia y su integración a una sociedad, le ayudan a tomar conciencia de sus limitaciones y de la fragilidad de su condición humana frente a la fuerza de la naturaleza y la grandeza del universo. Busca a través de los rituales el aumento de su capacidad y de su seguridad frente al cosmos y a la vida.

Se garantizan de este modo la vida, la permanencia y la supervivencia siendo tan tranquilizadores y protectores que muchos, de la mano de las religiones, en gene-ral, se han perpetuado hasta nuestros días.

A pesar de la secularización de nuestra sociedad, los ritos se mantienen y regresan continuamente a nosotros, aunque su apariencia se va modifi cando, adoptando nuevas formas, mezclándose algunos nuevos rituales con otros que nos llegan des-de tiempos lejanos.

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En algunos casos, quedan disimulados dentro de creencias populares y supersti-ciones o en rituales que las diversas religiones ofrecen para dar orientación a esta fuerza que busca explicarse o a través de la ciencia que pretende llegar de alguna forma más racional a interpretar la naturaleza y la realidad.

Los rituales son necesarios para nosotros también hoy día. Su pérdida hace que se desdibuje el sentido del vínculo como expresión de la solidaridad con el otro, que se pierda el sentimiento de pertenencia a algo colectivo, son la manifestación externa de los valores y creencias que rigen una sociedad dada.

El ritual se transforma en cada época para poder mantener su función simbólica de ayudar al sentimiento de estar acompañado, como aceptación del dolor de la soledad que se siente ante la grandeza de la naturaleza y la complejidad de nuestra esencia humana.

Es preciso que se exprese de alguna manera la conciencia de la trascendencia de los hechos que vivimos, tanto cuando se inician como cuando se fi nalizan y dan paso a una nueva etapa. El ritual es el momento cumbre de la comunicación con los otros. Por eso es necesario a la hora de comenzar un proyecto, sea éste el comien-zo del curso escolar, el nacimiento de un nuevo miembro en la familia, la entrada de la primavera, la pubertad, la fi rma de un contrato, el comienzo de la construc-ción de un edifi cio, etc.

También como forma de fi nalizar algo, los rituales ayudan a canalizar el miedo a la pérdida, a la soledad y al vacío que se nos genera cuando un proyecto fi naliza. Tomemos como ejemplo los actos de homenaje que se hacen al fi nalizar una eta-pa de actuación laboral, o de algunas fi estas populares relacionadas con la fi nali-zación de una obra, cierto es que se niega lo que hay de pérdida y se acentúa lo que aparece como nuevo (por ejemplo cuando se hace una entrega de diplomas a alumnos/as que acaban su formación).

No signifi ca esto que se deba transformar la vida cotidiana en una cadena de ritua-les, lo cual nos estaría situando en una conducta que pudiera llegar a ser califi cada casi como insana.

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...

El temor o miedo está compuesto por tres componentes: cognitivos, 

fi siológicos y conductuales y se retroalimentan entre sí.

Todas las religiones tienen una concepción de la muerte propia. 

Actualmente la muerte en nuestro entorno cultural se caracteriza por 

una negación, individualización y mercantilización de la misma.

El culto a los muertos ser practica desde tiempos remotos mediante los 

ritos funerarios.

El ritual funerario ayuda a canalizar el miedo a la pérdida, a la soledad y 

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auto

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valuación

1.

Los tres componentes del miedo son: a. Cognitivo, auditivo y sensorial. b. Temor, alteración y estrés.

c. Cognitivo, fi siológico y conductual. d. Cognitivo, conductual y sensorial.

2.

Actualmente, la muerte en nuestro entorno cultural está caracteriza-do por:

a. Sensibilización y adoración.

b. Negación a la muerte, individualización y mercantilización. c. Respeto y miedo.

d. Amor, obligación e imposición cultural.

3.

En algunas comunidades indoamericanas tienen como costumbre du-rante sus ritos fúnebres:

a. Acompañar al deudo por todo el pueblo/ barrio o ciudad. b. Llorar junto al fallecido.

c. Hacer compañía a los familiares durante 3 días.

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4.

Nuestra concepción de la muerte sufre un antes y un después debido a:

a. Los médicos diagnostican y decretan la defunción y aparecen nuevas tecnologías médicas.

b. El clero es el encargado de la defunción y las monjas de los cuida-dos de los enfermos.

c. Se tiene más en cuenta aspectos de higiene corporal y salubri-dad.

d. Uso de medicina natural.

5.

Quienes eran las plañideras:

a. Mujeres encargadas de amortajar a los fallecidos.

b. Mujeres familiares que realizan la procesión detrás del féretro. c. Mujeres contratadas para servir la comida en el velatorio.

d. Señoras contratadas para llorar de manera intensa en los duelos.

6.

En nuestro entorno cultural el abordaje de la muerte se caracteriza por su negación y por haberse convertido en un hecho:

a. Social y público. b. Biológico y natural. c. Privado y anónimo. d. Familiar y económico.

7

.

Los antiguos egipcios pensaban que los humanos se constituían de tres partes:

a. Cuerpo, mente y alma.

b. Cuerpo , fuerza y pensamiento. c. Cuerpo, ka y alma.

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8.

Sartre hace una refl exión sobre la muerte: a. La muerte es la división del alma y el cuerpo. b. Que es un simple hecho como es el nacimiento. c. La muerte es el principio de una existencia. d. La muerte es el fi nal de una vida.

9.

Los ritos funerarios tienen la cualidad de:

a. Ayudar a elaborar el duelo cuando los deudos lo ven útil. b. No guardan relación con la calidad de elaboración del duelo. c. Disminuir la probabilidad de un duelo patológico.

d. Favorecer la aparición de un duelo patológico.

10.

Cuál de los siguientes rituales funerarios se mantienen hasta hoy en día en la sociedad occidental y cristiana.

a. La exposición del cuerpo del muerto rodeado de fl ores. b. La realización del banquete fúnebre a los 9 días. c. Rasgarse las vestiduras.

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El duelo

2.1. Introducción

2.2. El Apego. Teoría del apego de Bowlby 2.3. Concepto del duelo

2.3.1. Características del duelo

2.3.2. Factores determinantes del duelo 2.3.3. La sensación del duelo

2.4. El proceso de duelo

2.4.1. Reacciones normales del duelo 2.4.2. La duración del duelo

2.4.3. Cómo enfrentarse al duelo 2.5. Mitos y creencias acerca del duelo

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2. 1. Introducción

En el tema anterior hemos hablado de la muerte, centrándonos en el duelo como el proceso de aceptación de la muerte de un familiar, amigo/a y cualquier persona con la que tenemos un vínculo especial. Pero cuando hablamos de duelo, no pode-mos centrarnos sólo en duelo como pérdida de alguien, sino que el término duelo tiene otras connotaciones que veremos a continuación en este tema. A modo de introducción rápida duelo denota toda separación con personas, objetos y /o con-textos con las que hemos establecido un vínculo.

En éste manual nos vamos a centrar en el duelo referido a la separación con alguna persona signifi cativa con la que establecemos un vínculo.

2.2. El Apego. Teoría del apego de Bowlby

Antes de adentrarnos en defi nir qué es el duelo, el consecuente impacto de una pérdida y el comportamiento humano al que va asociada, debemos centrarnos en el signifi cado de apego.

John Bowlby1 es la principal fi gura representativa cuando hablamos del apego y de

la pérdida.

La teoría desarrollada por Bowlby (2007) nos brinda una argumentación en la cual explica que los seres humanos tienden a establecer fuertes lazos emocionales con otros seres humanos de su entorno y que esos lazos o vínculos desarrollados que establecemos cuando se rompen y se ven amenazados provocan unas fuertes re-acciones emocionales en la persona.

Para desarrollar su teoría, Bowlby (2007)amplía sus conocimientos y la convierte en multidisciplinar incluyendo datos de la etología, de la teoría de control, de la psicología cognitiva, de la neuropsicología y de la biología evolutiva.

Los apegos se originan de la necesidad que tenemos de tener sentimiento de protección y seguridad, estos sentimientos se generan a una edad temprana, de hecho desde el crecimiento del feto se establecen relaciones de apego con la pro-genitora, después al nacimiento evolucionan a estas relaciones de apego y perdu-raran para siempre. A medida que crecemos nos constituimos un sistema de apego en función de las experiencias vividas con nuestro entorno y con las personas que

1John Bowlby, “La pérdida, 3. El apego y la pérdida”, Editorial Paidos Ibérica,

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nos rodean. Si estas experiencias han sido positiva desarrollaremos un sistema de apego estable y generará en el niño o niña una estabilidad emocional para ser un adulto mentalmente estable.

2.3. Concepto de Duelo

Duelo (del latín dolos) signifi ca dolor y es la respuesta natural por pérdida de al-guien o de algo. No es un momento, no es una situación o estado, es un proceso de reorganización que tiene un comienzo y un fi nal.

Otra defi nición es de Mercedes Cavanillas de San Segundo (2007)2“ Se denomina

duelo a la reacción conductual (pensamiento, emoción y acción ) que se produce tras la muerte de un ser querido u otra signifi cativa. Se trata de un proceso que permite al individuo adaptarse a la pérdida”

Luto (del latín lugere) signifi ca llorar y es la muestra de una afl icción por la muerte de una persona querida, que se manifi esta con signos visibles externos, comporta-mientos sociales y ritos religiosos.

Como nos indica la defi nición anterior, podemos diferenciar dos categorías de due-los: el duelo por muerte de alguna persona con la que hemos establecido alguna relación de apego o el duelo referido a otras pérdidas por ejemplo la pérdida de un objeto, sentimientos, situaciones, o bien la ruptura de una relación sentimental, la fi nalización de un proyecto largamente desarrollado en el que se ha invertido mu-chas energías o dinero, o simplemente la fi nalización de las vacaciones.

Existen dos características que diferencian al duelo por muerte del duelo por otras pérdidas:

La intensidad de los sentimientos, pues la muerte de una persona querida en 

general causa una reacción más profunda y prolongada en el tiempo.

La irreversibilidad de la pérdida. La muerte de alguien concluye la experiencia 

de contacto directo con éste, no es recuperable o reversible mientras que en las otras pérdidas siempre queda la posibilidad, real o fantaseada, de poder recuperar total o parcialmente lo que se ha perdido.

Según lo comentado anteriormente podemos decir que llamamos duelo a las re-acciones y sentimientos que nos provoca la pérdida o separación (reversible e

irre-2Cavanillas de San Segundo ( Junio 2007) “ Intervención en crisis en Comunicación de

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versible) de personas, objetos , situaciones que nos provocan un desapego de las mismas.

A lo largo de nuestra vida vamos a experimentar distintas situaciones de duelo, y según cómo actuemos y reaccionemos ante estos escenarios, desarrollaremos nuestro propio sistema de apego. Estas son conductas aprendidas que provocan o desencadenan unas reacciones de nuestros sentimientos cuando volvemos a vivir un duelo nuevo. Cada persona desarrolla una historia particular de cada uno de nuestros duelos y en la forma de haberlos superado o elaborado. Aquí juega un pa-pel muy importante la capacidad de frustración de cada uno, la mayor o menor re-sistencia al sufrimiento, las estrategias que adquiere cada persona para enfrentar-se a situaciones extrañas, a la pérdida, etc. Consideramos que están directamente relacionadas con el sistema de apego que hemos ido desarrollando a lo largo de nuestra vida y a cómo afrontamos las distintas situaciones de duelo.

Según Otto Rank3 el momento del nacimiento es una fuente de ansiedad y este

autor ve en este momento tan signifi cativo de la vida, el origen de la ansiedad de separación y por tanto del duelo.

Otros autores ven en el mismo que la manera de afrontar las situaciones de duelo está directamente relacionado con el sistema de apego que hemos ido desarro-llando a lo largo de nuestras vidas y de las conductas aprendidas.

Freud4 señala que la fi nalidad del dolor es la de recuperar la energía emocional que

se había unido a la persona o al objeto perdido. Mediante el dolor se podría reinver-tir esa energía en nuevos vínculos.

Se considera el dolor como parte indivisible de los afectos y del amor y es conside-rado el precio que se paga por el amor cuando éste no es correspondido o rece. Haber amado o tener un vínculo de amor signifi ca que cuando éste desapa-rece o cambia, habrá de sentirse un dolor igual de fuerte al amor que se sintió. Por eso la intensidad del dolor no depende de la naturaleza de lo que se ha perdido sino de la intensidad de los sentimientos generados hacia él. Como hemos comentado anteriormente, lo que determina la intensidad del sufrimiento será la fuerza con que se desarrollaron esas relaciones de apego, junto con ello, la historia particular de cómo se han ido elaborando las separaciones (o duelos) y la variedad de pérdi-das a las que nos enfrentamos a lo largo de nuestra vida.

Existen unas variedades en cuanto a las pérdidas o duelos, de entre ellas destaca-mos:

3Otto Rank, “El trauma del nacimiento”, Ed. Paidos, Madrid (1981). 4S.Freud, “Duelo y melancolía”, Ed. Biblioteca Nueva, Madrid (1981).

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La pérdida del nacimiento

 : El corte del cordón umbilical y la pérdida del seno

materno dan lugar a una serie de cambios que son vividos como una fuente de inseguridad por parte del bebé. Se pasa de tener la placenta proveedora de todo lo necesario para la vida a tener que respirar, mamar, etc. todo lo cual ha de procesarse para que éste cambio traumático ayude a una buena adaptación del bebé al nuevo medio constituyendo para el/la recién nacido/a la primera pérdida irrecuperable.

El destete:

 es el pasaje de la alimentación por leche materna que el bebé hace mamando del pecho de la madre a la alimentación no materna. Es sabido que la alimentación conlleva mucho más que un acto alimentario, que se trata de la constitución de un vínculo de amor, un momento de comunicación entre el bebé y su madre que le hace sentirse querido, aceptado, contenido. El destete marca una segunda separación tras la pérdida del seno materno.

Las pérdidas del crecimiento

 : Múltiples son las pérdidas que hemos de superar

a lo largo del crecimiento. Siguiendo algunas opiniones desarrolladas en este sentido, diremos que en cada etapa evolutiva sufrimos unas crisis de desarrollo, es preciso dejar atrás algo para pasar a una nueva etapa. La consecuencia de este fenómeno, la necesidad de aceptar la pérdida de lo que se deja atrás es un tipo de duelo5.

Esto se hace más evidente en las grandes crisis de crecimiento, como la del “negativismo” del segundo y tercer año de vida, o la de la adolescencia. El logro de un nuevo equilibrio, aunque en otro nivel de complejidad, contribuye al desarrollo de estrategias de defensa ante estos cambios y pérdidas.. Por el contrario la incapacidad de lograrlo, el excesivo nivel de satisfacción obtenido en el estadio anterior, o bien los dos factores en conjunto, pueden contribuir a una cierta inhibición del desarrollo por una incapacidad para elaborar ese duelo de forma correcta.

5Información obtenida en la página: www. el juego infantil.com, consultada en

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Pérdida de la propia cultura

 : Este tipo de pérdida es la que caracteriza a quienes

migran de una ciudad a otra, de un país a otro o de un pueblo a una ciudad. Estos cambios provocan innumerables rupturas entre las que destacan los cambios de costumbres, valores, idioma, profesión y estilo de vida. Aquí nos referimos a que la persona inmigrante al estar en un país distinto se adapta al nuevo entorno cambiando sus costumbres y puede llegar a suponer un duelo muy doloroso para la persona.

Pérdida de la identidad personal

 , una de las pérdidas características de

inmigrantes con cierto nivel de reconocimiento en su país de origen que no goza del mismo en la comunidad de destino. Ésta última es también la que ocurre tras una guerra u otro tipo de contienda, catástrofe natural o accidente.

La pérdida de bienes materiales

 , debido por ejemplo a la quiebra de la empresa

familiar, o por un desastre de carácter nacional, o una catástrofe natural.

La pérdida de lazos afectivos

 (es el caso de los duelos de las personas de la

tercera edad que sufren por la escasez de afectos y la pérdida de lazos afectivos que les permitan desear seguir vivos).

La pérdida de lo que no se ha tenido nunca

 . Aquí nos referimos a la pérdida

de un proyecto nunca realizado, de un deseo anhelado, etc., esto conlleva un proceso de duelo a veces más difícil de elaborar que otros pues ni siquiera se pudo disfrutar del objeto, de la persona o la situación en la que se genera el vínculo establecido.

Como ejemplo podemos indicar el caso de una pareja que deseaban ser padres y a la que se le anuncia que no podrán tener hijos/as, o de un/a deportista que sufre un accidente y debe dejar de competir y abandonar sus proyectos de éxito, o un/a alto/a profesional que es cesado de su cargo y debe truncar un determinado proyecto.

La pérdida de la salud

 , como es el caso del desarrollo de una enfermedad que limita el estilo de vida, una enfermedad crónica, es decir todo lo que conlleva a una restricción de la salud de la persona y del desempeño de su vida de forma normalizada.

La última pérdida

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2.3.1. Características/Cualidades del duelo

Las personas llevamos elaborando duelos desde el principio de los tiempos, es por ello que estamos preparados para afrontar este tipo de dolor. En el transcurso del tiempo se han ido socializando las habilidades necesarias para superarlo. Lo habi-tual, lo frecuente, es que los duelos se elaboren adecuadamente, y cómo hemos ido explicando en el apartado anterior su superación depende del vinculo que se tenga con esta pérdida, con el sistema de apego generado en la persona a través de las experiencias vividas y de la intensidad del tipo de duelo.

El duelo es una respuesta afectiva y adaptativa: afectiva pues conlleva la exterio-rización y pone en juego de sentimientos y actitudes con los que respondemos frente al sufrimiento de la pérdida (llantos, tristeza, desolación, etc.) y adaptativo pues requiere una reacomodación debido a que se producen cambios en nuestra vida tras esa pérdida. Se trata de un proceso tendente a la reorganización interna y a la elaboración de esa pérdida en sus aspectos individuales, familiares y sociales. La mayoría de las personas responden de una forma determinada sin embargo en cada caso la forma de responder será diferente dependiendo de la intensidad de los sentimientos y del tipo de vínculo con la persona o situación que se ha perdido, su situación y el momento vital en que esta pérdida tiene lugar. A su vez, es im-portante resaltar que a la mayor intensidad del vínculo con esa persona y/u objeto mayor será el dolor de su pérdida.

Tomemos por ejemplo el caso de un par de compañeros de trabajo, uno de los cuales es el considerado como “experto en informática”, pues por razones de su experiencia maneja con facilidad esta herramienta. Si esta persona abandona el trabajo o desaparece, el equipo ha de sentir esa pérdida, pasará necesariamente por un momento de duelo tras el que habrá de recuperarse y hacerse cargo de los temas de informática, aprendiendo algo que no sabía y haciendo algo que creía que no podría hacer.

Otro ejemplo es el de un hijo que abandona la casa paterna para irse a vivir solo y que nunca se ocupó de ciertas actividades cotidianas, habrá de asumirlas tras aceptar la pérdida que este crecimiento evolutivo le conlleva.

Cada duelo es distinto en función de las características que hemos estado comen-tando en puntos anteriores. Poch y Herrero, 2003, nos dicen que existen unas ca-racterísticas comunes en todos y cada uno de los duelos :

Es un proceso: el duelo evoluciona a través del tiempo y del espacio. 

Normal: esta vivencia lo sufrimos todos y todas a lo largo de nuestra vida, lo que es 

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2

Dinámico: durante todo el proceso del duelo la persona experimentará distintos 

estados anímicos. Reconocimiento social. 

Íntimo: cada persona los sufre y lo afronta de manera muy personal e íntima. 

Social: aquí nos referimos a los rituales culturales que se realizan como por ejemplo 

los ritos funerarios.

Activo: reiteramos en que la persona tiene un papel activo en el afrontamiento de 

su pérdida.

2.3.2. Factores determinantes del duelo

Aunque todos los duelos tienen elementos comunes, cada uno constituye una respuesta adaptativa singular mediatizada por las circunstancias y personalidad específi ca del/la doliente y en consecuencia tiene sus propias particularidades ex-presándose en cada caso de una manera singular.

Enumeraremos a continuación, siguiendo a Alejandro de Barbieri Sabatin6,cuales

son los principales factores que determinan la respuesta a una pérdida.

Factores psicológicos:

El signifi cado, la calidad y la carga emocional

 que tenía para el doliente

la relación con el/la fallecido/a. Lógicamente a mayor importancia del/ la fallecido/a, mayor será el sentimiento de dolor, así mismo sucederá si la intensidad emocional del vínculo era mucha.

El grado de dependencia o independencia afectiva

 que tenía cada uno/a,

fallecido/a y doliente, respecto de la relación con el/la otro/a.

La cantidad de confl ictos sin resolver

 entre e/la fallecido/a y el/la

dolien-te, las “deudas afectivas” pendientes. Por ejemplo cuando las relacio-nes han sido confl ictivas, la culpa que se genera tras la pérdida es un alto factor de riesgo que difi culta o impide su elaboración. Esto se observa bastante cuando fallece, por ejemplo, algún hermano/a con quien se ha peleado o rivalizado mucho. La elaboración es difícil y larga, pasando por momentos de mucho compromiso afectivo del/la hermano/a que ha sobrevivido.

6Información obtenida en la página: http//: www.logoterapia.com.uy, consultada

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Las características de/la fallecido/a, la edad, sexo y personalidad

 .

Segura-mente se sentirá de una forma distinta la muerte de una persona joven que de un anciano.

La percepción que tiene el/la doliente respeto del grado de realización, 

de satisfacción y cumplimiento de las expectativas del/la fallecido/a, de cómo ha sido su vida, de sus logros o fracasos, según son valorados por el/la doliente. Por eso es frecuente que la muerte de una persona joven resulte más incomprensible que la de una persona mayor, o que se con-sidere una injusticia cuando muere una persona que estaba a punto de obtener un logro largamente acariciado por ésta.

La función y el papel del/la fallecido/a en la vida de/la doliente

 , en su

fa-milia y en su sistema social. Por ejemplo si con ese fallecimiento se ha de cambiar el lugar de residencia o de ciudad, perder amigos/as, eviden-temente las pérdidas secundarias son muchas y agregan a la pérdida principal una carga adicional proveniente de las secundarias. El/la do-liente tiene que enfrentarse a la pérdida actual y para eso debe primero enfrentarse a las viejas pérdidas no resueltas.

Los recursos internos del/la doliente, y variables de personalidad:

Variables de la personalidad. Bowlby

7 defendió la idea de que hay que

tener en cuenta la estructura de personalidad de la persona que está viviendo el duelo cuando se intenta comprender su respuesta ante esa pérdida. Las variables incluyen la edad y el sexo, la inhibición de senti-mientos que tiene, su control de la ansiedad y su modo de enfrentarse a las situaciones que le generan estrés. También infl uye si la persona es muy dependiente o si han tenido relaciones tempranas complicadas.

Buena autoestima

 , es decir una autoestima positiva, sufi ciente pero no

excesiva como para responder de forma correcta negando el dolor, le ayudará a poder hacer un duelo adaptado, a aceptar el cambio que este duelo conlleva.

Un buen

nivel de madurez ayuda a una adecuada elaboración del duelo

pues la persona madura tiene más posibilidades de entender el sentido de la muerte.

Antecedentes históricos

 . Haber o no sufrido otros duelos y la forma en

que se elaboraron dichos duelos. También es importante conocer la

his-7John Bowlby, “La pérdida, 3. El apego y la pérdida”, Editorial Paidos Ibérica,

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